23 de febrero, domingo. 1981


No consigo recordar nada del lunes 23 de febrero de 1981 antes de las cinco de la tarde. Desde aquel momento, el día queda grabado en una estela de mármol que ahora transcribo.  Como cualquier tarde, al acabar horario y tareas, se puede salir del cuartel. Cumplía entonces el servicio militar en Madrid, en la zona de Campamento, en un acuartelamiento de la División Acorazada. Aquel mes de febrero a la compañía de tanques donde me han destinado le toca entrar en los servicios de cocina y a mí, por ser el escribiente novato, me han enviado a la oficina, un antro oscuro y húmedo, sin ninguna ventana, donde paso las jornadas junto a un sargento. Aquella mañana, en concreto, anduve seguro sumido en la tristeza. Al siguiente, 24, operan de corazón a mi madre, a seiscientos kilómetros de distancia. He pedido unos días para asistir a la operación, pero los destacados en cocina carecen de permisos. Por pura coincidencia, ese día 23 también operan al padre del sargento, a quien tampoco le dan permiso, pero aquella mañana se va a Valencia sin avisar a nadie, para volver por la noche.

         A las cinco de la tarde, hora de paseo, lo único que me sorprende es que no haya cola en la puerta. Cuando me presento el cabo me pregunta a qué compañía pertenezco. Le digo que soy el escribiente de cocina y me deja salir. Ni me preocupa que hubiera oído durante la tarde por los altavoces en diversas ocasiones llamadas a los soldados para que acudieran a sus compañías. Los de cocinas somos la excepción en todo.  Solo pienso que he quedado con un poeta. Lo había conocido a los diecisiete años. Era miembro del jurado de un premio escolar que me dieron. Un hombre mayor, de carácter tranquilo, autor de varios libros en editoriales de provincias. Como he llegado a Madrid un par de meses antes, aquel lunes de febrero quedamos en reencontrarnos. Al llegar a su casa el poeta me abre la puerta con asombro: «¿Qué haces aquí? Pensaba que no vendrías». Menuda acogida. Enseguida me cuenta que ha ocurrido algo de extrema gravedad en el Parlamento. Con tiroteo incluido. Que lo acaba de oír por la radio. Y yo vestido de soldado.

         El poeta me habla, a continuación, de sus lecturas en ciudades que solo he visto en el mapa, del libro que está escribiendo, asuntos que, en general, hubieran ganado enseguida mi interés, pero después de la primera conversación no consiguen mitigar el nerviosismo. Se lo digo y añado que prefiero regresar al cuartel cuanto antes, por lo que pudiera haber pasado. Lo comprende y nos despedimos. Recuerdo que únicamente logro contener la ansiedad dentro del metro, de regreso. Podría estar ocurriendo cualquier tragedia, pero de pie, dentro del vagón lleno, cada pasajero a su bola, con el aire cansado de una jornada de lunes a las espaldas, pienso que no existe normalidad más perfecta. Al salir de la estación de Campamento regresa la inquietud. Aquellas calles suelen ser un hervidero de soldados de los múltiples cuarteles que hay en la zona. Lo que encuentro es una imagen inaudita, nadie por ninguna parte. Junto a los bares, hoy vacíos, hay un pequeño estanco y recuerdo haber pensado que no sería mala idea una buena provisión de sellos por si acaso la situación se complica. Entro en el estanco y la persona que me atiende tiene la radio encendida a máximo volumen. En ese momento un locutor lee los puntos del bando militar lanzado por Milans del Bosch en Valencia, pero yo lo oigo descontextualizado, pensando que es el bando que rige para el país entero.  Escucho: «Artículo primero. Todo el personal afecto a los servicios públicos de interés civil queda militarizado, con los deberes y atribuciones que marca la ley. - Artículo segundo. Se prohíbe el contacto con las unidades armadas por parte de la población civil». Etcétera. Hasta el undécimo.

         Camino cabizbajo por la calzada contigua a la carretera de Extremadura hasta el cuartel. Encuentro la puerta, que siempre está abierta, cerrada. Busco el timbre, que ni sé dónde está. Aparece un cabo y me espeta: «¿Estás zumbado?, ¿qué haces fuera del cuartel?». Le digo que soy de cocina, que he ido de paseo y que me han permitido salir a las cinco. El cabo me salva la vida en una frase y en la siguiente me la arrebata: «Anda pasa y cámbiate rápido. Acabamos de dar un golpe de estado». En la compañía, una nave de hangar larga, ancha y alta, tampoco hay nadie. Me pongo la ropa de cuartel y me encamino hacia mi lugar de trabajo aquel mes de febrero, la cocina. El comedor da servicio en un único turno a seis compañías de soldados de infantería; tres de tanques, como la mía, que son pequeñas, y tres de vehículos de transporte acorazado, que llamamos toas, que son enormes. La sala es descomunal, avanzo a oscuras, hace rato que ya ha anochecido, entre las decenas de mesas para veinte comensales cada una. No se ve absolutamente nada, pero escucho una radio de fondo y me dirijo hacia donde suena. Y completamente a oscuras encuentro a mis compañeros de servicio en cocina, junto a los cocineros, unos veinte en total, sentados unos, tumbados otros, alrededor de una de las mesas, escuchado en absoluto silencio un transistor de bolsillo que han colocado en el centro de la mesa. Sin decir nada a nadie busco una silla y me incorporo.

         Aquella noche no hay cena para nadie. Imagino que en la cocina comeríamos algo. Lo siguiente que recuerdo es la intervención del Rey. Cuando acaba, me doy la vuelta y sin despedirme regreso a la compañía, donde algunos de mis compañeros, los tanquistas, están sentados ya sobre sus camas. Al día siguiente me contarán que arrancaron los tanques y los colocaron en posición de salida junto a la puerta. Pero por la noche estoy cansado, me acuesto y me duermo al instante porque ya no recuerdo nada más del 23 de febrero, hace hoy cuarenta y cuatro años.  

20 de febrero, jueves. Jardín de aforismos



Quien guardaba silencio sobre los conocimientos que había adquirido era una figura cultural relevante. Ahora solo se aprecia a los que no paran de hablar sobre lo que no saben nada.

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Me estimula oír discursos que expresen sus razonamientos entre líneas. La literalidad aburre.

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Ignoro por qué la cicuta tiene peor prensa que la mentira. 

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No sé qué es peor, si tratar con indiferencia los asuntos relevantes o empeñarse a fondo en las nimiedades. 

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Que no sea fácil distinguir al ambicioso del altruista no favorece a la cultura.

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El único mensaje que se atiende en la época es el de quien promete que con él empeorarán las cosas.

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Se denomina civilización al cuidado con el que los predadores tratan a las presas. Aunque se advierten por todas partes signos de fatiga en el propósito.

 

10 de febrero, lunes | El cosmonauta vago | Epigrama


Ese agente justificador de la vagancia que es la inteligencia artificial, en este caso la enanita que asoma en el correo de Gmail, me ofrece tres posibilidades de respuesta al mensaje que me recuerda que debo enviar la colaboración para un proyecto:

Estoy en ello  /   Así lo haré   /   ¡Hecho!

En principio, hay que aceptar que ha leído el mensaje antes de que yo ni siquiera lo abriera. Por mi parte, me quedo pensando en cuál de las tres opciones debería apretar para que mi corresponsal obtenga una réplica a su solicitud. Las tres son respuestas optimistas, pero tengo la impresión de que están mal graduadas. La primera debería ser «Así lo haré», que esconde el credo de la procrastinación, en lugar de «Estoy en ello», que es emblema de la mentira piadosa. Ahora bien, esta alteración resulta significativa, porque lo habitual, imagino, es pinchar la primera que se ofrece y no seguir leyendo, y el algoritmo debe pensar que siempre queda mejor una mentira piadosa que una promesa. El receptor lo agradecerá. La tercera opción también se las trae, porque si la clico y la mando, es decir, solo la respuesta, sin el trabajo comprometido, ya la mentira deja de ser piadosa y se convierte en una cochina mentira. Que la inteligencia artificial deje la cochina mentira para quien haya leído los tres conceptos también tiene su razón de ser: mentir siempre ha sido fruto de un trabajo similar al trabajo, pero menos comprometido. De ahí el triunfo de la política, que permite en su seno mentiras sin exceso de esfuerzo, porque el futuro suele tener aún menos memoria que el pasado

[Epigrama VI-01]

3 de febrero. CUCHITRIL / ARMSELIGE KAMMER


die Nacht wird lose
fällt aus
toter Zahn vom Gebiss.
Nelly Sachs

El cuarto de las escobas de la casa donde viví de niña era mayor que mi habitación ahora, que por ser la única de este piso en mitad de la inmensa colmena, la comparto con mi madre. No sé dónde he leído que los japoneses duermen directamente sobre la tarima. Es un argumento que me viene de perlas para convencerla de que el colchón sobre una tabla, en el suelo, donde nos acostamos nosotras, no es signo de carencia, sino cosmopolitismo. En la esquina, una antigua mesa consola, desvencijada, es mi lugar de trabajo. La silla es de otro estilo, pero ambas riman en pérdidas de barniz y melladuras. El armario que alberga las escasas ropas que pudimos traernos cojea un poco al abrir las puertas, tal vez por eso no lo sacamos de paseo y él lo entiende. Si no dialogara constantemente con la escasez que nos rodea correría el peligro de no comprenderla.

         Este es uno de los dos espacios. El otro es cocina, comedor y sala de estar, también es despensa, biblioteca y mirador.  Desde su cristalera se contempla íntegro el edificio que hay construido delante, idéntico al nuestro, una especie de muralla china con cientos de ventanas similares en un prodigio de estructura racionalista. Abajo, entre una y otra construcción, hay un tilo mediano y un aliso raquítico, una senda de gravilla y queda algún penacho de hierba dentro de un escueto parterre. Desde la ventana del octavo piso donde habitamos todo adquiere la dimensión de una casa de muñecas, como las que tenía en mi cuarto de juegos infantil, solo aquel espacio mayor que este piso y el del vecino juntos.

         No se les ocurrió pintar las paredes cuando nos lo entregaron, y eso me facilita las labores de investigación sobre los seres humanos que me precedieron en el piso. Por las muescas descubro tanto los muebles que poseían como sus movimientos rituales. No es una preocupación baladí, porque teniendo más enseres y siendo, creo, más los habitantes, cuesta hacerse una idea de cómo resolvían el puzle cotidiano. Hay también mensajes garabateados en las paredes. Y aunque mis clases de sueco no han hecho nada más que empezar, resulta un aliciente estudiar la lengua para conseguir descifrarlos. Y, además, estas inscripciones me animan a realizar las mías, primero a la altura del zócalo, detrás del colchón que es también cama, pero más tarde debajo de la ventana me atrevo a abandonar versos de una supuesta suicida, que también soy yo.

         No hay nada en este lugar que no entierre la memoria de todos aquellos lugares donde transcurrió mi vida. El palacete con jardín donde mi padre me enseñaba, los domingos, a cultivar flores exóticas cuyos bulbos le traían, especialmente para él, de países lejanos. Cuando los habitantes de Schöneberg recibían en verano visitas de foráneos, aparecían por la tarde en nuestro jardín para mostrárselo como quien acude a un museo. Mi padre les abría la cancela de entrada y luego los invitaba a una taza de té de frutas con delicias de mazapán. Sobre aquel tiempo de bonanza y encanto ha caído la noche sin que nunca más se haya visto el rosicler de un amanecer posible.      

         La noche se aparece como un animal feroz capaz de arrancar de una única dentellada la mano que pretende acariciarlo. La noche ruge como un huracán de aullidos donde aquellos que emiten los agresores pretenden superar en virulencia a los de las víctimas. La noche convierte en albañal de tormentos lo más hermoso que un padre es capaz de enseñar a una hija. La noche desconoce la redención.

         Ah, este piso de Södermalm, tan chiquitín y humilde, un espacio donde los vecinos hablan, al otro lado de la pared, dentro del cuarto en el que una busca el sueño. Donde los pasos en el piso superior resuenan en el inferior con la exactitud de una campana. Donde el llanto de un bebé es preocupación de todo el vecindario. Donde la intimidad conyugal carece de secretos para los demás. Y, sin embargo, la noche ruidosa y compartida no puede ser más amable, porque al cabo de las horas conocidas, el cielo se abrirá a la luz de las miradas tranquilas desde las ventanas, los saludos convencionales en la escalera, las carreras de los niños camino de la escuela, el silbato del afilador de cuchillos que solo van a ser utilizados para asegurar la finura de las lonchas cuando se vaya a servir carne para cenar.  

*

la noche se desprende
de la dentadura
y cae como un diente sin vida.
Nelly Sachs

Die Besenkammer in dem Haus, wo ich als kleines Mädchen gelebt habe, war größer als mein Zimmer jetzt, das ich ja, weil es hier das einzige ist,  mir mit meiner Mutter teilen muss, in der Wohnung inmitten dieses riesigen Bienenstocks. Ich weiß nicht, wo ich gelesen habe, dass die Japaner direkt auf dem Boden schlafen. Dieses Argument kommt mir sehr gelegen, um sie davon zu überzeugen, dass die Matratze auf der Platte hier, direkt auf dem Boden, wo wir jetzt schlafen, kein Anzeichen für unsere fehlenden Mittel ist, sondern eben für unser Weltbürgertum. In der Ecke ist ein alter, recht klappriger Konsolentisch mein Arbeitsplatz. Der Stuhl ist von einem anderen Stil, aber beide stimmen darin überein, was Lackverlust und Kratzer angeht.  Der Schrank, der die wenige Wäsche beherbergt, die wir mitnehmen konnten, wackelt und wankt etwas beim Öffnen der Türen, vielleicht nehmen wir ihn ja auch deshalb nicht mit bei unseren Spaziergängen und er hat vollstes Verständnis dafür. Wenn ich nicht ständig in Gedanken Zwiegespräche führte, mit den knappen Mitteln, die uns umgeben, würde ich Gefahr laufen, sie nicht zu verstehen.

         Das ist einer der beiden Räume. Der andere ist Küche, Esszimmer und Wohnzimmer, auch Vorratskammer, Bibliothek und Ausguck in einem. Vom Fenster aus ist das ganze Gebäude zu sehen, das direkt vor dem unseren steht, von identischer Bauart, eine Art chinesische Mauer mit Hunderten von gleichen Fenstern in einem Wunderwerk rationalistischer Baustruktur. Unten, zwischen den beiden Gebäuden stehen ein mittelgroßer Lindenbaum und eine mickrige Erle, und dort verläuft ein Schotterweg und in einem spärlichen Blumenbeet sind noch ein paar Grasbüschel zu sehen. Vom Fenster des achten Stocks, wo wir wohnen, nimmt alles die Ausmaße eines Puppenhauses an, wie die, die ich als Kind in meinem Spielzimmer hatte, nur dass jener Raum damals größer war als diese Wohnung hier und die unseres Nachbarn zusammen.        

         Es war ihnen nicht in den Sinn gekommen, die Wände zu streichen, als sie sie uns übergaben, und das hilft mir jetzt bei meinen Nachforschungen über die Menschen, die vor mir in dieser Wohnung gelebt haben. An den Einkerbungen erkenne ich sowohl die Möbel, die sie besaßen, als auch ihre Gewohnheitsrituale. Das ist keine triviale Angelegenheit, denn da sie über mehr Hab und Gut verfügten und, wie ich glaube, auch mehr Bewohner waren als wir, kann man sich nur schwer ein Bild davon machen, wie sie das alltägliche Puzzle hier lösten. Es gibt auch an die Wände gekritzelte Botschaften. Und auch wenn mein Schwedischunterricht gerade erst angefangen hat, ist das durchaus  ein Anreiz, jetzt die Sprache zu erlernen, um sie entziffern zu können. Und außerdem ermuntern mich diese Inschriften dazu, auch selbst welche zu machen, zunächst auf der Höhe des Sockels, hinter der Matratze, die ja zugleich unser Bett ist, aber später dann auch unter dem Fenster, wo ich mich traue, Verse einer mutmaßlichen Selbstmörderin zu hinterlassen, welche ich ja auch bin.

         Es gibt nichts an diesem Ort, das nicht die Erinnerungen unter sich begräbt, an all jene Orte, an denen ich mein Leben verbracht hatte. Der kleine Palast mit der Gartenanlage, wo mein Vater mir sonntags beibrachte, exotische Blumen zu züchten, deren Zwiebel, extra für ihn, aus fernen Ländern geholt wurden. Wenn die Einwohner Schönebergs im Sommer Besucher von Außerhalb bekamen, erschienen sie nachmittags in unserem Garten, um ihnen diesen zu zeigen, so wie man ein Museum besucht. Mein Vater öffnete ihnen dann die Pforte zur Eingangshalle und lud sie zu einer Tasse Früchtetee und Marzipangebäck ein. Über jene Zeit des Wohlstands, die schon ihren Reiz hatte, war die Nacht hereingebrochen, ohne dass je wieder die glühende Röte einer möglichen Morgendämmerung zu sehen war.    

         Die Nacht erscheint wie ein wildes Tier, fähig, mit einem einzigen Biss die Hand abzureißen, die vorhat, es zu streicheln. Die Nacht brüllt wie ein Orkan, wobei das Geheule, das die Angreifer ausstoßen, das der Opfer an Schärfe noch übertreffen will. Die Nacht verwandelt das Schönste, was ein Vater einer Tochter beizubringen vermag, in eine Kloake voller Qualen. Die Nacht kennt keine Erlösung.

         Ah, diese Wohnung in Södermalm, so winzig und bescheiden, ein Raum, in den die Nachbarn sich auf der anderen Seite der Wand unterhalten, innerhalb des Zimmers, in dem man gerade einzuschlafen versucht. Wo die Schritte aus der darüberliegenden Wohnung in der darunterliegenden mit der Präzision einer Glocke erklingen. Wo die gesamte Nachbarschaft das Schreien eines Babys mitbekommt. Wo die eheliche Intimsphäre vor den anderen keine Geheimnisse hat. Und dennoch könnte diese laute und gemeinsam erlebte Nacht schöner nicht sein, denn am Ende der besagten Stunden wird sich der Himmel öffnen für das Licht der ruhigen Blicke aus den Fenstern, für die gewohnten Grußworte im Treppenhaus, für die Wettrennen der Kinder auf dem Schulweg, für die vertrauten Pfeiftöne des Scherenschleifers, der die Messer schleifen kommt, die nur dazu gebraucht werden, die Scheiben so fein wie möglich schneiden zu können, wenn es einmal zum Abendessen Fleisch gibt.

Übersetzung aus dem Spanischen Peter Burfeid 2025

[Cuaderno de ficciones, página 25]

CARTAS AL s XX | 19 de febrero de 1919, miércoles. Encuentro en Raivola


El Báltico es una losa de sílice que quema los pies si se camina por encima, dice Edith nada más detenerse frente a la playa de Raivola. Hagar contempla el mar abierto junto a su amiga. En Gustavs, ahora recuerda el pueblo donde nació, da la impresión de que de islote en islote se pueda ir saltando a Estocolmo, nunca he estado en Estocolomo, ¿y tú Edith? Ambas se hablan en sueco. Conozco bien los hospitales suizos, son grandes, el aire no consigue nunca embolsarse en sus ventilados corredores, techos altos, grandes ventanales, uniformes blancos, tenía solo diecinueve años y ya arrastraba una sentencia, tuberculosis, pero este año, cuando florezcan los abedules, cumpliré veintisiete años, me parece un milagro. Hasta septiembre tuve veinticuatro años, replica Hagar. Vaya, tú te quitas años y yo me los pongo. Será porque tienes complejo de ser la mayor de las dos. ¿Tú crees?, solo he nacido un año antes que tú. Somos hermanas, Edith Södergran.

La escasa luz de la mañana de febrero en la que caminan hasta el mar se consume a gran velocidad. Nubarrones oscuros vagan por el este, como ejércitos desplazados desde la costa rusa. Tal vez pronto vuelva a nevar. Te dije que podíamos haber ido al lago, está en el mismo Raivola, no hay que caminar tanto. Pero tú, Edith, vienes con frecuencia aquí, a esta playa pedregosa y solitaria, y te sientas a escribir, cuántas veces me lo has contando en tus cartas. No en febrero. Ah, pero yo quería ver el lugar de donde manan tus poemas, Edith. ¿Este mar de silicio es lo que querías conocer?, ¿este cielo que parece un yacimiento de carbón colocado bocabajo? Desde Gustavs, de niña, me imaginaba el Báltico como un mar de juguete. Hay islotes donde apenas cabe una persona tumbada, sobre uno próximo a la costa le pedí a mi abuelo que me llevara en barca y me dejara allí después de haber construido una casa de muñecas. Todo lo que cuentas es como si lo recordara de mi propia infancia, somos idénticas, Hagar Olsson.

Es cierto, habitamos las dos solas una misma isla en el océano de la literatura. Entonces, Hagar, ¿explícame por qué demonios has tenido que escribir esos comentarios admirables y detestables al mismo tiempo?, la verdad, ahora no sé si estar molesta o agradecida, quizá hubiera preferido que solo existieran las opiniones execrables y así tener claros los argumentos para odiar tu reseña. He viajado hasta Raivola para conocerte, Edith, y he caminado sobre la nieve hasta este pedregal aislado solo para ver con mis propios ojos la fuente de tus poemas, ¿no es cierto? Lo es, y, créeme, soy feliz de haberte abrazado y de acompañarte hasta mi lugar más secreto, las dos cogidas del brazo, como dos compañeras de colegio ya inseparables.

Edith, la poesía es un don sagrado que nos excede a ti y a mí, las dos nos debemos por entero a ella, pero nosotras no podremos poseerla nunca, allá donde queramos abrazarla, se deshará en nada como una nube tras la tormenta, no alcanzaremos a ser ni siquiera la esposa ante el despótico marido, la que posee al menos la evidencia de su terror y el patrimonio de su odio, se lo deberemos todo y la poesía no nos restituirá nada de lo que le entregamos, tus poemas de septiembre, aquellos que, sin saberlo, escribiste para celebrar mi aniversario, me hicieron morir y vivir al mismo tiempo; morir como quien lo desea cuando se ve a sí misma al descubierto y vivir como quien descubre la vida que se había negado a ver hasta aquel momento, por eso quise que al leer mi lectura de tu libro, no la escribí para ningún otro lector de la revista, sintieras tú lo mismo que había sentido yo al leerlo, tirria y pasión hacia ti, la autora de mi gozo y de mi penuria, enteramente fundidas.

20 de enero, lunes. Jardín de aforismos


Añoro el tiempo en el que las objeciones no favorecían a quien las formulaba.

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Todo lo que los pensadores antiguos calificaron como trágico es para el presente una fuente de perpetua comedia.

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Si bien es cierto que cada época juzga con su propia mirada, también lo es que rara vez acierta a juicio de quienes sobreviven de la anterior. 

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La ciencia ha descubierto en la propia ciencia la idea mágica del mundo que tanto se había empeñado en enterrar. Se denomina informática. Los espíritus y ocultas fuerzas que rigen el acontecer andan emboscados entre los bytes.

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Hubo un tiempo en el que la política producía acontecimientos, ahora hace bolos los fines de semana.

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No sé muy bien a qué se debe el hecho de que ya nadie invoque el dominio sobre la naturaleza como causa de algún desastre.

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El pensamiento sigue siendo una alfombra mágica que no encuentra un aparcamiento libre. 

7 de enero, martes. CANCIÓN / LIED



Der wird mit den Tulpen geköpft

PAUL CELAN


En realidad, no sabría cómo explicarlo. Me había preocupado por cumplir con todos los requisitos del amante perfecto desde mucho antes de esperar conocerla. No, no es una ocurrencia. Desde jovencito me había preparado para amar a la que amare. Con las lecturas, en la edad en la que se descubre el mundo en los libros, cuando desechaba sin sombra de duda aquellas que daban de la vida una visión de carrusel, festiva y casual. No era lo que deseaba leer, pero no por gusto propio, que sin duda hubiera disfrutado más, sino por seguir su criterio, el de quien aún no existía. Me preparaba con los hábitos cotidianos, claro, al descartar amigos proclives a acabar el día en la noche, y la noche en la taberna. Hay licores que nunca he probado, no por mi antojo, que tal vez hubiera apreciado, sino por guardarle fidelidad a la embriaguez que solo quien fuera la fuente de mis delicias provocaría en mí.

         No concretaba el futuro que aguardaba, en absoluto. Que recuerde solo tenía un sueño, ser el primero en pronunciar su nombre y que el mío fuera la última palabra que acunara en sus labios al acabar el día. Sobre si eran finos o carnosos, nunca me había detenido a determinar una preferencia. Nada sabía sobre si sería alta o baja, ni sobre las particularidades de su constitución. Su voz me iba a provocar estremecimientos, pero no por un tono grave o agudo, sino por ser la voz de ella. Este era el criterio principal de mi espera. Confiaba en que, al verla, conocería con exactitud matemática mi modelo de belleza femenina. Y si me la imaginaba vestida, de hecho, siempre me la imaginaba vestida, aunque diera por supuesto que estaría a la altura para convivir también con su desnudez, no determinaba estilo, ni colores favoritos, ni preferencia alguna por este o aquel perfume. O quizá solo una. Creo que quisiera equipararla, entre todas las flores que admiro, con la hermosura simple y profunda de los tulipanes.

         Había convertido mi vida en un sacerdocio para una divinidad ausente. Un cubierto o cualquier mueble que se necesitara en casa, lo adquiría para dos, y así mismo se lo explicaba al comerciante: «Son dos, para mi prometida y para mí». Y si el comerciante era una persona sensible y nos felicitaba por esa promesa que nos unía, garantizaba trasladársela a mi amada.  El día en el que por fin la conociera. A diario, para ella, vigilaba mi higiene personal con rigor. Evitaba palabras soeces o incómodas ya en mi pensamiento. Cultivaba temas de conversación gratos y entretenidos, y procuraba estar informado de las vicisitudes de la época para poder responder con aplomo a cualquier cuestión que pudiera plantearme o la inquietase. Que no hubiera llegado aún a mi vida no era excusa para permitirme cualquier tipo de desatención u omisiones en mi condición de amante.

         Estaba convencido de que mi paciencia la reconocería nada más verla. De ahí que supiera desde hacía años que la señorita Ringe, mecanógrafa en el negociado del tercer piso, justo debajo del gabinete donde desempeño mi jornada laboral, no era, en absoluto, la candidata. Tampoco había tenido mucho contacto con ella. La cortesía de los saludos y alguna conversación, quizá, sobre algún asunto concreto de dimensiones exclusivamente administrativas. Es más, si tuviera que adscribirle una flor a la muchacha, pensaría en un clavel que crece en rústica maceta, lo más alejado que pudiera imaginarme de un ramo de tulipanes dentro de un jarrón de porcelana. Por eso me resultó extraño el exceso de familiaridad con el que me saludó en la feria anual cuando por casualidad coincidimos en la cola de una de las atracciones.

Recuerdo con precisión qué me movió esa tarde a querer subirme en aquel artilugio que subía y bajaba girando, una noria gigantesca. Pensé que algún día, cuando llegara a mi vida, ella me pediría que subiéramos y si yo no lo había probado antes, para saber que no me causaba excesivo miedo, ni me mareaba, ni alteraba mis nervios, en aquel supuesto momento, cuando llegara, no estaría seguro de responder con un aplomo convincente: «Claro, amada, subamos». Una duda hubiera resultado entonces catastrófica. El caso es que no pude evitar compartir la espera con la mecanógrafa del tercer piso, cuyo nombre de pila, si algún día lo supe, lo había olvidado por completo.  Y lo peor, tampoco logré zafarme cuando apareció el cangilón de noria vacío y el mozo que lo iba a cerrar por fuera, viendo mi indecisión, gritó: «Adelante, parejita, más agilidad, que nos vamos». 

Ascendimos, paso a paso, mientras las góndolas se iban llenando. La señorita Ringe no paraba de reír, como si todo lo que yo dijera, y procuraba hablar lo mínimo, le causara un divertimento infinito. Se movía inquieta. Miraba las vistas desde todas las posiciones, incluida la que estaba a nuestra espalda, de rodillas sobre el asiento que ocupaba a mi lado. No se abstenía de llamarme la atención sobre cualquier tontería que era capaz de reconocer desde la altura. Luego la noria empezó a girar y girar. A ascender hacia el cielo y a despeñarse, parecía, sobre las atracciones de alrededor. Ignoraba si algún poder maligno me había secuestrado o si me estaba mareando como en una borrachera. En ese punto de delirio interior. Y exterior, porque la señorita Ringe había decidido traducir en alaridos selváticos todas las sensaciones que experimentaba. En ese punto, decía, mientras alcanzábamos la cota más alta de la rotación, la noria se detuvo de repente, con una sacudida en la que difícilmente pudimos controlar los movimientos, y menos la señorita Ringe, quien temerariamente se había desabrochado el cinto que nos ataba al asiento y acabó aplastada sobre mi pecho y menos mal que mis brazos consiguieron sujetarla con fuerza contra mi cuerpo.  Yo no sé si fue un segundo o un milenio el tiempo que la noria necesitó para sosegarse del todo, pero nosotros no variamos la posición del abrazo ni un ápice. Bueno, tal vez un poco sí girásemos la cabeza, hasta hacer coincidir plenamente sus labios con los míos y entregarnos a un súbito, inesperado e inacabable beso. Cuando acabó, al tiempo en el que la noria emprendía, ahora lentamente, el regreso al punto de partida, se me ocurrió mirar hacia abajo y en el conjunto de asientos que revisé en un golpe de vista, todas las parejas continuaban haciendo lo que nosotros habíamos hecho hasta ese momento, así que devolví mis labios donde habían sido felices para aprovechar el disfrute de aquella atracción hasta el momento en el que oiríamos, «Vamos, parejita, se acabó lo que se daba, pero podéis seguir el viaje en el tren del terror, que está oscuro de la hostia». Aunque esa frase cortara de un tajo toda una vida de dedicación devota al amor. 

*

Lo decapitará junto a los tulipanes
PAUL CELAN

Ich wüsste wirklich nicht, wie ich es erklären sollte. Ich hatte dafür Sorge getragen, alle Anforderungen eines perfekten Liebhabers zu erfüllen, und zwar schon sehr lange, bevor ich darauf hoffen konnte, sie kennenzulernen. Nein, das ist keine Schnapsidee. Schon in meinen Jugendjahren hatte ich mich darauf vorbereitet, die zu lieben, die ich einmal lieben würde. Bei meinen ersten Lektüren, in dem Alter, in dem man die Welt in den Büchern entdeckt, verwarf ich, ohne jedes Zögern, solche, die eine Vision des Lebens vermitteln, als wäre es ein Karussel, immer locker und in Feierstimmung. Das war es nicht, was ich zu lesen wünschte, aber nicht, weil es etwa nicht nach meinem Geschmack gewesen wäre, denn ich selbst hätte zweifelsohne mehr Freude daran gehabt, sondern um ihrem Urteilsvermögen zu folgen, dem von der, die ja noch nicht existierte. Ich bereitete mich natürlich auch in meinen  Alltagsgewohnheiten dementsprechend vor, indem ich selbstverständlich von jenen Freunden Abstand nahm, die dazu neigten, bis spät in die Nacht zu feiern und jeden Abend im Wirtshaus zu verbringen pflegten. Es gibt Spirituosen, die ich noch nie gekostet habe, nicht aus einer Laune heraus, denn ich hätte sie sicher durchaus zu schätzen wissen, sondern, um nur dem Rausch treu zu sein, den allein diejenige in mir hervorrufen könnte, welche die Quelle all meiner Wonnen wäre.

         Dabei wusste ich ja überhaupt nicht, welche Zukunft mich erwartete. Soweit ich mich erinnere, hatte ich nur einen Traum, nämlich der Erste zu sein, der ihren Namen ausspricht und dass der meine das letzte Wort wäre, welches am Ende des Tages über ihre Lippen käme. Ob diese nun schmal oder voll sein sollten, diesbezüglich hatte ich mich nie damit aufgehalten, meinerseits eine Vorliebe festzulegen. Nichts wusste ich darüber, ob sie nun groß sein würde oder klein, noch über die Besonderheiten ihres Körperbaus. Ihre Stimme würde mich erschaudern lassen, aber nicht aufgrund eines tiefen oder schrillen Tonfalls, sondern aufgrund der Tatsache, dass es eben ihre Stimme sein würde. Das war das Hauptkriterium für mein Warten. Ich baute darauf, wenn ich sie einst endlich zu Gesicht bekäme, dann mit mathematischer Genauigkeit mein weibliches Schönheitsideal kennenzulernen. Und wenn ich sie mir angezogen vorstellte, tatsächlich stellte ich sie mir immer angezogen vor, auch wenn ich davon ausging, dass ich ebenso imstande wäre, mit ihrer Nacktheit leben zu können, dann legte ich mich weder auf einen besonderen Stil fest, noch auf eine Vorliebe für diesen oder jenen Duft. Oder vielleicht doch nur für einen einzigen. Ich glaube, unter allen Blumen, die ich bewundere,  würde ich sie gleichstellen wollen mit der schlichten und tiefgründigen Schönheit der Tulpen..

         Ich hatte mein Leben in eine Priesterschaft für eine abwesende Gottheit verwandelt. Ein Essbesteck oder jeden Gegenstand, den ich für zuhause brauchte, kaufte ich immer für zwei Personen, und genau so erklärte ich es dann jeweils dem Verkäufer: «Bitte zwei davon, für meine Verlobte und für mich». Und wenn der Verkäufer eine einfühlsame Person war und er uns zu dem Treuegelöbnis, das uns verband, gratulierte, sicherte ich ihm umgehend zu, seine Glückwünsche an meine Verlobte weiterzuleiten.  An dem Tag, an dem ich sie schließlich kennenlernen würde. Täglich habe ich für sie peinlich genau auf meine Körperhygiene geachtet. In meinen Gedanken vermied ich unflätige oder anstößige Worte. Ich zog immer angenehme und unterhaltsame Gesprächsthemen vor und bemühte mich, über die Wechselfälle der Zeitgeschichte auf dem Laufenden zu bleiben, um ihr jede mögliche Frage, die sie mir stellen mochte oder die sie vielleicht beunruhigte, souverän beantworten zu können. Dass sie bislang noch nicht in mein Leben getreten war, erlaubte mir ja in keinster Weise, meinen Status als Liebhaber irgendwie zu vernachlässigen oder gar zu verlassen.

         Ich war davon überzeugt, dass meine Geduld  mich sie auf den ersten Blick erkennen lassen würde. Von daher war mir schon seit Jahren klar, dass das Fräulein Ringe, Stenotypistin im Büro vom dritten Stock, genau unter der Kanzlei, wo ich meiner Arbeit nachgehe, ganz gewiss nicht die richtige Bewerberin war. Ich hatte ja auch nie besonders viel Kontakt mit ihr gehabt. Die höflichen Begrüßungen und vielleicht ab und an eine Unterhaltung über bestimmte Angelegenheiten ausschließlich verwaltungstechnischer Natur. Mehr noch, wenn ich diesem Mädchen eine Blume zuordnen sollte, so würde ich wohl eher an eine Nelke in einem rustikalen Blumentopf denken, soweit entfernt, wie ich es mir nur vorstellen konnte, von einem Strauß Tulpen in einer Porzellanvase. Daher kam mir ihre übertriebene Vertraulichkeit auch seltsam vor, mit der sie mich auf dem Jahrmarkt begrüßte, als wir uns zufällig in der Warteschlange vor einer der Attraktionen trafen.

Ich erinnere mich noch genau, was mich an diesem Nachmittag dazu bewogen hatte, dieses Artefakt zu besteigen, das sich da auf und ab drehte, ein Riesenrad enormen Ausmaßes. Ich dachte nämlich, sie würde, wenn sie dann in mein Leben käme, mich vielleicht eines Tages darum bitten, darin einzusteigen, und ich wäre dann, wenn ich es nicht zuvor ausprobiert hätte, um herauszufinden, dass es mir weder zu viel Angst machte, noch dass es mir dabei übel würde, noch dass es meine Nerven irgendwie aus dem Gleichgewicht brächte, in diesen angenommenen Augenblick, wenn er dann endlich käme, mir nicht sicher, ihr mit überzeugender Souveränität zu antworten zu können: «Klar, Liebste, steigen wir ein». Ein Zögern meinerseits mochte dann wohl katastrophale Folgen haben. Tatsache ist, dass ich es nicht verhindern konnte, die Wartezeit mit der Stenotypistin aus dem dritten Stock zu teilen, deren Taufname, falls ich ihn jemals gewusst haben sollte, ich vollkommen vergessen hatte.  Und das Schlimmste dabei war, dass es mir auch nicht gelang, zu entkommen, als die leere Kabine des Riesenrades auftauchte und der Platzanweiser, der die Tür danach von außen verschließen würde, angesichts meiner Unschlüssigkeit rief: «Na, kommt schon, Ihr zwei Hübschen, etwas Beeilung, bitte, es geht gleich los!». 

Wir stiegen stufenweise in die Höhe, während sich unter uns die Gondeln füllten. Das Fräulein Ringe lachte unaufhörlich, als ob alles, was ich sagte, und dabei bemühte ich mich doch, so wenig wie möglich zu reden, ihr ein unendliches Vergnügen bereitete. Sie bewegte sich unruhig hin und her. Sie betrachtete die Aussicht von allen Positionen, einschließlich der hinter unserem Rücken und sie kniete sich dabei auf den Platz, den sie an meiner Seite eingenommen hatte. Sie hielt sich nicht zurück, meine Aufmerksamkeit auf jede noch so unbedeutende Kleinigkeit zu lenken, die sie in der Lage war, von hier oben zu erkennen. Dann begann sich das Riesenrad ohne weitere Unterbrechung zu drehen. In den Himmel hinaufzusteigen und abzustürzen, so wie es schien, auf die umliegenden Jahrmarktattraktionen. Ich wusste nicht, ob eine böse Macht mich entführt hatte oder ob es mir schwindelig wurde, wie in einem Alkoholrausch. An diesem Punkt inneren Deliriums; und äußeren, denn das Fräulein Ringe hatte beschlossen, alle Gefühle, die sie empfand, in Urwaldschreie umzusetzen. An diesem Punkt, wie gesagt, während wir die höchste Stelle der Drehung erreichten, blieb das Riesenrad plötzlich stehen, mit einer Erschütterung, bei der wir nur schwer unser Gleichgewicht halten konnten, und das Fräulein Ringe schon gar nicht, die sich ja leichtsinnigerweise den Sicherheitsgurt abgeschnallt hatte, der uns an den Sitz fesselte und mit vollem Schwung an meiner Brust landete und meine Arme es zum Glück schafften, sie an meinem Körper abzustützen und mit ihm festzuhalten.  Ich weiß nicht, ob es eine Sekunde oder ein Jahrtausend lang gedauert hat, bis das Riesenrad sich endlich beruhigt hatte und nicht mehr schaukelte, aber wir änderten die Stellung unserer Umarmung nicht einen Deut. Nun, gut, vielleicht haben wir ein bisschen den Kopf gedreht, bis ihre Lippen voll auf die meinen trafen und wir uns einem plötzlichen, unerwarteten und endlosen Kuss hingaben. Als er zu Ende war, im selben Augenblick, in dem das Riesenrad jetzt wieder langsam Fahrt aufnahm, zurück zu seinem Ausgangspunkt, kam es mir in den Sinn, nach unten zu schauen und, auf allen Gondelplätzen, die ich überblicken konnte, waren alle Pärchen dabei, das zu tun, was wir bis zu diesem Augenblick auch getan hatten; also brachte ich meine Lippen dorthin zurück, wo sie glücklich gewesen waren, um diese Jahrmarktattraktion, bis zu dem Moment auszukosten, in dem wir zu hören bekamen, «Los, raus da, ihr zwei Hübschen, hier ist jetzt Zapfenstreich, aber ihr könnt ja gleich dort in der Geisterbahn weitermachen, da ist es schön dunkel». Wenngleich dieser Satz ein ganzes Leben voller Hingabe an die Liebe jäh beendete. 

Übersetzung aus dem Spanischen Peter Burfeid 2025

[Cuaderno de ficciones, página 24]

CARTAS AL s XX | 20 de diciembre de 1963, viernes. El sepelio


«El sabio escribe con sus pasos sobre la arena del camino». Es lo que clama en la basílica el más fornido de los discípulos después de que se lo haya dictado al oído el más enclenque, pero también el preferido del viejo maestro, ahora encerrado bajo los brillos de barniz de un féretro. Con el grito parece que tiemblen las columnas. La comitiva fúnebre, que abandona el lugar tras el oficio, se detiene al instante. Los empleados de la funeraria que empujan el carro no dan un paso más, aunque tampoco lo hubieran conseguido de haberlo intentado. Detrás, la hilera de familiares, en primer término, y de allegados, que en ese momento se incorporan al cortejo, palidecen. El oficiante, que se dirige ya hacia la sacristía muy despacio queda petrificado ante la voz que ha atronado en la nave, sin saber si ha de seguir o darse la vuelta.

         Después de que los labios del enclenque abandonaran la oreja del fornido, este da un paso al frente. Abandona una mano, con inesperada delicadeza, sobre la madera fúnebre y habla. «El sabio encabezaba los paseos doctrinales por la montaña. Suyas eran la voz y la dirección de nuestros pensamientos. Aprendíamos disciplina en el vuelo de los vencejos y perseverancia en el tronco de los robles. Con el talón de su bota excavaba un breve hoyo en la arena y señalándolo nos enseñaba el sendero de la vedad». El silencio se apodera de la comitiva que sigue al féretro, sin que nadie consiga encontrar la puerta de salida a su estupefacción. Al verlo, el discípulo enclenque decide tomar la palabra, pero su pronunciación trasluce incomodidad. «¿Hacia dónde vais ahora?». Nadie entre familiares y allegados comprende la dimensión de la pregunta. Un codazo de la hermana del difunto sobre le costado del primogénito arranca una respuesta, que el hermano mayor del maestro formula como una pregunta: «¿Al cementerio?». «¿Para hacer qué?», clama al instante el discípulo aventajado. La rápida respuesta en forma de nueva cuestión silencia otra vez el templo. El padre oficiante, entonces, logra salir de su marasmo, gira la cabeza y decide, no sin dudas que hubieran comprometido una vocación, dirigirse, sin prisa alguna, hacia el corredor central de la basílica.

         La escena aguarda a que llegue el padre para su resolución mientras avanza entre impávidos asistentes a la ceremonia. El discípulo fornido, aún con la mano sobre el ataúd, aunque ya desprogramado e imprevisible, arranca a hablar ante la estupefacción, en este caso, del grupo de camaradas que le acompaña. «Se puede afirmar que nunca vuelve a nacer la misma hierba por la senda que abrían sus pasos en sus meditaciones. Transformaba el paisaje con su pensamiento. Nada permanecía igual a como había sido durante siglos después de que él —pronunciado como «Él»— lo pisara.  El sabio, que un día nos mostró la luz en el interior de una húmeda y oscura caverna, iba siempre solo aun en nuestra compañía, y siempre iba acompañado cuando caminaba solitario por los bosques. Él—así pronunciado— era quien daba sentido al lugar, y el sentido, después, ha permanecido en nosotros insobornable». «Inalterable», le corrige el discípulo enclenque en voz baja.

         El corazón de los discípulos empieza a latir desacompasado al unísono, como solía ocurrir frente al maestro, ahora yaciente. El pequeño discurso ha permitido la llegada del padre, que sin arrobo se planta al frente de la comitiva y trata de resolver el incidente. «Les ruego, queridos amigos del difunto, que se sumen en silencio al dolor de familiares y allegados, y nos acompañen, si este es su deseo, en la despedida». «Imposible», clama de nuevo el fornido, pero quien continúa el diálogo ahora es el enclenque. «Hemos conocido la noticia de que el sabio va a ser incinerado». «Cierto es». «No es posible». «Lo es». «Es imposible». «Ya no. El Papa, el nuevo Papa, Pablo VI, que rige el destino de nuestra comunidad desde el junio pasado, ha afirmado que nada se opone al dogma en la cristiana cremación de los fieles difuntos». «Se opone el difunto». «Explíquese». Y el discípulo enclenque, incapaz de soportar la tensión del debate, rompe a llorar como un niño ante su juguete roto.

Entonces toma el relevo el fornido discípulo. «El sabio, nuestro maestro, es, por esa misma condición, inmortal». El cura le replica como un experto jugador de tenis: «Lo mismo que todas las almas del Señor». Ni se inmuta el discípulo, que sigue concentrado solo en lo que ha de decir, no en lo que le contradicen: «Él nos enseñó que la inmortalidad prende, como las rosas dentro del jardín, en la tierra que los pasos del pensamiento han pisado. Él nos mostró cómo estamos hechos de lugar y el lugar nos da amparo, en vida y en la memoria. El cuerpo mortal del alma inmortal de nuestro maestro ha de permanecer necesariamente por siempre en su lugar. Allí donde arraiga su memoria. El sepelio es incuestionable. Quemar el cuerpo, quien quiera que lo permita, será un sacrilegio insoportable para el paisaje». Y en aquel momento, familiares y amigos evocaron la imagen del hermoso y antiguo cementerio de la localidad, y pensaron que, tal vez, como parecía afirmar el enloquecido discípulo del finado, una chimenea humeante en su extremo sí ensuciara, de algún modo, el cielo en el paisaje de aquel día. 


Cao Cultura, 16 de noviembre de 2024 | Enlace a CaoCultura

20 de diciembre, viernes. Jardín de aforismos


El aburrimiento que ocasionan los libros que parecen malos deriva de su imposibilidad de contemplar al lector; quien, sin esa mirada fija en sus ojos, se da permiso a sí mismo para distraerse.

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La obsesión moderna por fotografiar los lugares antes incluso de pisarlos no está relacionada con el momento en el que ocurre, sino con la necesidad de falsificar el inexistente deseo previo por conocerlos.

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La simetría clásica enmascara las creencias con valores asimétricos entre dioses y mortales.

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A diferencia de lo que se sabe, los ojos perciben que la luz emana de los objetos iluminados. 

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Detrás de una ventana ciega solo hay una pared. Delante, también, pero la simulación decorativa se atribuye una palabra que no le corresponde. Los fundadores de las ideologías conocen, mejor que los albañiles, el procedimiento.

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Un ciego puede ver con las manos, pero no se necesita ser manco para querer tocarlo todo con el objetivo de la cámara.

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Nadie esgrime una lanza frente a un espejo, y tal vez algunos deberían hacerlo con más frecuencia.

16 de diciembre, lunes. Fotografía y realidad


 (1. La complejidad)

La fotografía no solo se suele calificar, junto a la pintura o al teatro, como una práctica artística de carácter representativo, sino que ha sido considerado el arte mimético de la realidad por antonomasia. De la pintura y del teatro se discute el grado de realidad implicado en su representación, pero en la fotografía se da por supuesto, a la par que su capacidad de retrato de lo real, su sometimiento a esta función del modo más inerte.

El hito que le dio origen, en fechas tan tardías como es el siglo XIX, tiene dos dimensiones. Una es química. La primera fotografía que reconoce la historia, «Vista desde la ventana en Le Gras» de Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833), se consigue mediante la disolución de «betún sensible a la luz en aceite de lavanda» aplicada en «una fina capa sobre una placa de peltre pulido». La química cuenta la vida secreta de la fotografía durante siglo y medio. El siglo XXI la ha convertido en un producto informático, ya sin vida propia. No es esta una mala metáfora de la transformación de la realidad en la revolución tecnológica.

La química era un saber laberíntico, pero explícito. Uno puede desconocer lo que es el betún, en qué consiste su cualidad de sensible a la luz y quizá no sepa qué es el peltre, aunque cualquier diccionario se lo explicará como una aleación de estaño, cobre, antimonio y plomo. No son conceptos comunes, pero conforman una mecánica, difícil quizá de poner en práctica, pero sencilla de comprender a grandes rasgos. Esta ha sido la razón de ser de la fotografía clásica: un complejo proceso mecánico de plasmación de la imagen. Conocimientos que caracterizaban el oficio del fotógrafo, que necesitaba ser, antes que un captador de imágenes de la realidad, un técnico en la plasmación de estas imágenes. El proceso era completo, arte y oficio entreverados. Igual, por otra parte, que siempre había ocurrido en la pintura, y posiblemente también en el teatro. No existe genio pictórico que no esté basado en un conocimiento exhaustivo de pigmentos y disolventes, ni autor teatral que no se haya subido a una escalera con un destornillador en la mano. El fotógrafo, al igual que el pintor, firmaba al mismo tiempo su mirada y su pericia técnica. Una y otra, sin embargo, se corresponden con dos categorías diferentes de la realidad. Mientras la primera establece una relación de representación a posteriori, con mayor o menor subjetividad, de lo real; la segunda, la pragmática fotográfica, es un elemento más de la realidad: proceso real que produce un elemento real, antes inexistente, y que exige una interpretación real, producida a partir de su capacidad para interactuar en el presente absoluto de la realidad.

De la fotografía clásica, la que se desarrolla en los siglos XIX y XX, es posible afirmar tanto que tiene un valor de representación de la realidad, como de acontecimiento real. Es más, del fotógrafo habrá que afirmar además que interviene en dos momentos diferentes de la realidad: en el presente de la captación de una imagen, al seleccionar los parámetros técnicos con que desea tomarla, y en el presente de su plasmación y elaboración como imagen. Afirmación que no se convalida en otras actividades artísticas más antiguas, que con frecuencia sustituyen el primer momento por la memoria. De la combinación de ambos presentes solo puede surgir una representación compleja de lo real, donde la complejidad se deriva precisamente del grado de realidad implicado en el proceso. Al menos tan complejo como las otras artes a las que se reconoce, por la implicación de la realidad en su génesis o en su proceso, una capacidad de transformación de lo real, como el arte pictórico o la literatura.

La segunda dimensión de la fotografía es plástica. La primera imagen fotográfica que la historia recoge, en 1826, denominada poéticamente heliográfica —es decir, escrita por el sol—, solo refleja las anodinas vistas que su inventor, antes que fotógrafo, veía a diario en la ventana de su laboratorio y taller. Paredes, tejados y chimeneas de los edificios próximos. También una de las primeras impresiones tomadas por Louis Daguerre (1787-1851) por el procedimiento al que dio nombre, y sin duda el daguerrotipo más célebre de la historia, son unas vistas de un paseo urbano, el Boulevard du Temble (1837), desde lo alto de un edificio en París, la ciudad del inventor y fotógrafo. El dato no resulta trivial. Estas imágenes son el punto de partida de la historia de la fotografía, que después de esta primigenia constatación del lugar propio la conducirá hasta acompañar los lugares-otros más extremos, tanto lo nunca antes mostrado como lo nunca antes visto, que incluye todas las ocurrencias de lo insólito. Pero el origen consagra una función principal que acabará por ser recurrente, la de un reconocimiento.  Tal como parece denominarlo Daguerre tras el resultado exitoso de uno de sus primeros experimentos con el aparato de su invención: L’Atelier de l’artista. La fotografía, se podría concluir, por esencia reconoce el presente de quien la practica, sea su ámbito cotidiano, sea el de su descubrimiento.

Es más, sin una interacción directa y concreta con la realidad, sin que se produzca este reconocimiento, la fotografía no existe. De modo que su carácter representativo opera en sentido opuesto al de las demás artes: mientras que estas generalizan, a partir de incontables experiencias reales, la imagen de la realidad que trazan; la fotografía la detiene en un único instante —diez minutos en la vida de Daguerre, mínimas fracciones de segundo en la de un contemporáneo— de la realidad, necesariamente vivido por el fotógrafo. Mientras otras disciplinas tratan de explicar la realidad mediante la creación de un doble de lo real, la fotografía realiza un duplicado. Es decir, un documento que tiene el mismo valor que el original. Sin esta interacción con la realidad, que impregna la creación fotográfica e implica una relación privilegiada con lo real, no se concibe la fotografía. El cine, aunque sea un arte derivado, inmediatamente descubrirá la técnica de filmar un doble —Georges Méliès fue el pionero en el desvío del cinematógrafo en favor de la fantasía—, apartándose desde el principio de su inicial esencia fotográfica.

En resumen, las relaciones con la realidad del arte fotográfico exceden la simplicidad de la mera representación, e implican una complejidad singular, no compartida con ninguna otra disciplina artística, hecho que no siempre se ha reconocido.

 

(2. La simplicidad)

Este preámbulo sobre las complejas relaciones de la fotografía con la realidad, aunque no lo parezca, carece de intención reivindicativa. Existe un desprecio explícito por el arte fotográfico por parte de pensadores y creadores que se ha extendido por toda su historia. Y quizá lo que resulte aún peor, un menosprecio que se ha transformado en hiriente silencio en sus ensayos y teorías. Lo cierto es que no vale la pena refutar lo que no se ha pensado con la suficiente solvencia. El interés de discernir las complejas relaciones de la fotografía con la realidad es alertar hacia el fenómeno de su simplificación desde que se ha impuesto, de modo generalizado, la imagen digital.

         Atravieso la plaza de la Sagrada Familia, en Barcelona, al menos una vez por semana. Podría rodearla en el tránsito desde mi domicilio a mi destino por las calles adyacentes. Alguna vez lo hago por evitar las aglomeraciones turísticas de los alrededores del monumento, pero en general tomo la decisión de seguir el itinerario más directo. Me entretiene evaluar en qué asombrosa cantidad de fotografías saldrá mi imagen caminando cuando las revisen o las muestren en los lugares más alejados del planeta. Hay días que paso literalmente delante de una muralla de móviles enfocados a las torres de Gaudí. A veces entro en la plaza al mismo tiempo que algún grupo de turistas y mientras continúo ellos se detienen y fotografían lo que acaban de ver. Es tan instantáneo el gesto que realizan que mi descripción resulta inexacta. Más preciso parece afirmar que lo fotografían antes de verlo, es decir, para verlo.

         Se diría, en una primera impresión, que esta actitud contemporánea exacerba la presencia de la realidad con la que interactúa la fotografía, una de sus características más notables de su práctica. Claramente quien realiza la toma sustituye la contemplación real del monumento por el trajín con el encuadre de su móvil. ¿Es esta una práctica que intensifica la realidad con la que la fotografía se relaciona? Es difícil comprender la dimensión de este hecho sin apelar a la relación habitual del individuo contemporáneo con su teléfono. Pongamos algún ejemplo. Las personas sentadas en el metro ya casi unánimemente viajan con los ojos fijos en la pantalla de su aparato. Las que viajan de pie, no siempre, pero he visto acciones de cierta violencia por conseguir un asiento libre para, en el mismo gesto con el que se sientan, extraer el móvil de bolsos o bolsillos. ¿Qué función tiene entonces el móvil en su viaje? Obviamente, anular su realidad —¿incómoda, aburrida?— de viaje. Sustituirla por la irrealidad paralela de cualquier entretenimiento, sea una red social o un juego. Ante la Sagrada Familia, que no es un monumento complicado, pero que sí ofrece una lectura con cierta complejidad por su peculiar estilo, sus épocas de construcción y sus dimensiones. Complicaciones que resuelve la fotografía al instante sustituyendo la lectura de la persona por la de la cámara del móvil. Y en el momento en el que se produce la fotografía, un segundo después, la comprensión resulta ya innecesaria: la memoria del aparato ya guarda el original. El objetivo de conocer ya se ha cumplido. En suma, la fotografía ha dejado de intensificar la realidad al buscar el modo de capturarla en un instante, para convertirse en el método más eficaz para despejar todas las singularidades con las que nos apela e incomoda. Es decir, para anularla. Para sustituirla, proyecto implícito, por cierto, en cualquier aplicación informática.

Si después de fotografiado el monumento lo miran es un asunto discutible, con frecuencia los descubro dándole la espalda para encontrar una mesa vacía en una cafetería. Y he observado también que a continuación lo que sí observan de modo sistemático es la fotografía que acaban de realizar. Revelada ante su mirada de manera mágica, sin implicación de esfuerzo ni de tiempo. Sin realidad que medie entre la toma y el visionado. Y lo que ven en la pantalla, grato a su vista porque ha sido obra suya, índice de su singularidad, no de la del monumento ni la del momento de vislumbrarlo, les colma más que la realidad, que estando allí tan cerca, sin embargo, no la veo comparecer por ninguna parte.  Cabría entonces concluir que la fotografía digital, o quizá fuera mejor empezar ya a llamarla fotografía de la inteligencia artificial, ha dilapidado en apenas dos décadas la herencia de dos siglos de hercúleos esfuerzos de un arte por relacionarse, de tú a tú, con la complejidad de lo real. La FIA no es que sea una completa representación de lo real, es que se ha convertido en el anhelado antifaz con el que algunos se acuestan para permanecer dormidos más tiempo.