23 de junio de 1971, miércoles | El comienzo


Lo que falta es lo que éramos

cuando éramos ese hermoso comienzo.

Mary Jo Bang


Sé que estoy sentado sobre la losa áspera del murete que rodea uno de los edificios más altos del barrio, enfrente de la casa donde vivo, que tiene menos altura. Es lo que sé porque me veo ahí absorto, pese a la intensidad con la que trazan planes los seis o siete amigos que me rodean. Unos son vecinos de la calle Santa Amelia; otros, compañeros de clase. En este momento miro alrededor y solo consigo verme sentado, simulando que escucho el reparto de grupos, de zonas del barrio y de tareas. Pero lo único que me absorbe es pensar que me está ocurriendo algo desconocido. Nuevo. Estoy ahí solo.

Estoy rodeado de mis amigos, claro. Salgo cada mañana y cruzo tres calles con el semáforo en verde hasta el colegio. Lo hago desde hace unos meses, porque mi madre ha de acompañar a mis hermanas, menores, a su escuela, que está más lejos. Como siempre nos retrasábamos, un día le propuse ir solo y desde entonces me deja salir antes. Llegar temprano resultó un descubrimiento parecido al de hoy. Me sentaba junto a alumnos madrugadores de diferentes cursos, muchos mayores, y asistía con el corazón en un puño a conversaciones sin énfasis ni pavoneos que me sorprendía que existieran. Como ocurre el día de hoy.

El curso escolar acabó ayer. Hacia la mitad, en marzo, cumplí once años. Entonces ni me di cuenta de la frontera que acababa de cruzar cumpliéndolos. Creí que seguía siendo el niño que había sido hasta entonces, sin ni siquiera sospechar que existiera para mí otra manera de ser. Los estratos parecían inamovibles: mis abuelos, mis padres, mis hermanas y yo. La vida, hubiera afirmado de ser un niño filósofo, está bien hecha y consolidada. Y no tenía previsto que al cumplir once años algo cambiara en la estratificación de la realidad.

Lo descubro aquí sentado. En el muro bajo de la calle Santa Amelia, esquina Capitán Arenas, con mis amigos y compañeros de clase que han acudido a este lugar en la hora señalada. Los que van algún curso por delante saben para qué. Yo, no. En casa, a la hora de irme a clase, digo que he quedado con amigos y mi madre, en lugar de extrañarse, me aplasta contra el cabello repeinado un rizo contestatario y me dice: «Has de ir al barbero». Que no dijera «Tengo que llevarte al barbero» pudo ser una pista de lo que estaba ocurriendo, pero no la supe ver. O solo más tarde, después de salir, cruzar la calle y comprobar que acuden a la cita tantos colegas. Los que ahora están reunidos en un círculo y se reparten en grupos las calles, igual que en el patio del colegio se forman los equipos para el partidillo del recreo.

Hoy es la víspera de San Juan. Lo sé porque es lo que repiten los de los cursos superiores. Y la de este año ha de ser la hoguera mayor en la historia de la calle Santa Amelia. Para lograrlo tenemos que recorrer el barrio, cada casa, cada piso en cada edificio, llamar a las puertas y pedir trastos viejos e inservibles para que ardan, por la noche, en nuestra fogata. No recuerdo que hubiera existido nada parecido antes en mi vida. Mis padres no me habían llevado nunca a ver quemar ninguna hoguera, así que esta palabra significa poco para mí. Lo único significativo aquella mañana es que de repente tengo once años, puedo salir de casa sin tener que dirigirme al colegio y me encuentro en mitad de la calle con mis amigos para compartir un tiempo, por primera vez, mío.

«Está alelado», sentencia uno. «Tú, fantasma, levanta el culo que te vienes con nosotros», clama Calopa, que allí donde se forme una cuadrilla siempre es el jefe. Despierto. Me levanto. Acabo de entrar en una dimensión diferente. Desconocida. No del todo alentadora: hasta aquella mañana había sido solo un niño al que le gustaba serlo. La puerta que de repente veo abierta delante encuadra un paisaje que me inquieta. Menos iluminado. No es miedo lo que siento en aquel instante mientras sonrío a mis compañeros. Tampoco descubro qué es. Tal vez solo sea pánico, pero disimulo. Me uno a mi grupo y lo sigo en silencio mientras el resto habla a la vez, coro que ensaya mientras el director se empolva la cara en el camerino.

Las sillas con la enea suelta, las cajoneras sin cajones o los cajones sin cajonera, los marcos apolillados, las escaleras con un peldaño roto, las cucharas y los utensilios de cocina desgastados, las cajas de fruta vacías, los travesaños sueltos de una antigua cama, los muebles pasados de moda o que cojean e incluso las polvorientas maletas de madera se convierten en el botín del día. A última hora de la tarde, la montaña de trastos multiplica por diez mi altura. Un día intenso de trabajo. Subo con las manos en los bolsillos y bajo cargado por las escaleras de los edificios como en un sueño. Quiero decir, como quien despierta de un sueño. Pero del sueño que ha tenido un durmiente que desconoce.

A las diez de la noche, algunos minutos antes incluso, alguien que conozco de vista, uno de los cursos de mayores, va encendiendo con una antorcha los papeles arrugadas y la paja entreverada por todo el perímetro del montículo. El fuego, en pocos segundos, se adueña de todas las formas que había adquirido la madera, y también de la calle y de la noche. Y allí, ensimismado, contemplándolo, veo también cómo se apodera de mi infancia. No sé si lo pienso así exactamente, pero es así como lo siento. Las llamas se alzan sobrecogedoras desde el asfalto hacia el cielo oscurísimo del futuro. Pero el tiempo solo ilumina este instante en el que vivo, como quien subraya un título apretando el rotulador contra la hoja del cuaderno para que se vea claro que ese es el comienzo de lo que aún no ha empezado.

20 de marzo, viernes. Jardín de aforismos



Que no sea verdad es un atributo frecuente de la verdad.

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La circularidad no conduce al origen, sino a otro final diferente al esperado.

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El significado que no existe incentiva la ocurrencia.

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En lo ininteligible se puede comprender lo que uno desee. Es una suerte de inteligibilidad a la carta.

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La extinción de los seres humanos solo preocupa a caracteres hiperbólicos. Los más sensatos se conforman con alargar el propio devenir.

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Los puntos ciegos en un espacio se apropian fraudulentamente de la noción de inexistencia.

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Hay entes que solo pueden existir ante un testigo; para empezar —y quizá también para acabar—, el yo.

11 de marzo, miércoles | DISPUTAR UNA FINAL



Nada de lo que hacemos 

es una siembra que brote después de nosotros.

Hilde Domin

Regino ha muerto. No puedo afirmar que lo escuchara así de claro, con estas palabras, a veces las noticias se transmiten con expresiones y sobrentendidos. Además, yo era un niño entonces y nadie pronunciaba según qué cosas delante de un niño. Iba y venía de la escuela por el mismo camino a diario y al menos cuatro veces pasaba delante de su casa. Sin saberlo, claro, la suya no era nada más que una vivienda más en un recorrido que conocía tan bien como ignoraba a sus pobladores. No solo por quién habitara en cada morada, sino sobre todo qué significaba el hecho de que hubiera personas viviendo en aquel lugar y no en cualquier otro.

         Regino era el único nombre propio que conocía. Me cuesta evocarlo, porque no sé si recuerdo lo que en realidad ocurría o lo que me he ido contando a mí mismo desde entonces cuando no quería olvidarlo. De hecho, tener un nombre como punto de partida ya es hacerlo con un pie en tierra. Pero el otro pie, lo cierto es que no sé dónde está, si en el aire o enterrado. Regino vivía solo, creí siempre. Era un hombre atildado. Salía a la calle como quien va a un bautizo. O a una primera comunión. No digo a una boda, porque a las bodas va la gente disfrazada. Él solo iba de domingo, aunque fuera martes. Era delgado y hablaba sin acento, como los maestros que venían de fuera del pueblo a dar clase. Se sentaba en un banco de la plaza donde nosotros, la pandilla, íbamos de vez en cuando a jugar al escondite.

         Que acabáramos tropezando con él era de cajón. Por más vueltas que le dé, sin embargo, no consigo determinar cómo ocurrió el encuentro. Solo me recuerdo, en muchas ocasiones, sentado en el suelo, con mis compañeros, todos alrededor de Regino, el único que ocupaba el banco de la plaza. Nos hablaba desde una tribuna. No digo desde una tarima a propósito, porque los maestros se subían a una en cada clase y desde allí hablaban, como Regino, pero no contaban las mismas cosas ni tenían para nosotros el mismo interés. Con el tiempo, cuando se hizo común ver la televisión en casa y no solo en el Casino, descubrí lo que era dar un discurso desde la tribuna de las Cortes y pensé que ese exactamente era el lugar desde el que nos hablaba Regino. Sobre todo, porque aquella era la manera de explicarse, como quien da un discurso a la nación. Los maestros se quedaban en monaguillos al lado del obispo.

         Le escuchábamos encandilados. Cada frase nos abría un universo. Cada incógnita nuestra se convertía en una lección que lo aclaraba todo. Incluso cuando desconocía la respuesta a nuestras inquietudes, aprendíamos cómo buscarlas por nosotros mismos a imagen de cómo él le daba vueltas a los asuntos hasta que descubría el hilo que le conducía hasta lo que ocultaban. Se nos pasaba por alto celebrar el partidillo diario en el descampado que había detrás de la plaza, y que hoy es un supermercado y un aparcamiento. Si algo le podíamos recriminar ahora a Regino era eso, que truncó la carrera de futuros futbolistas que teníamos todos en mente. Ya no nos importaba ser los que metíamos más goles del colegio. Y mucho menos los que meteríamos cuando fuéramos profesionales. De eso nos olvidamos en cuanto le conocimos y pasó a compartir sus inquietudes con los chiquillos de pueblo que éramos.

         Unos días nos hablaba del cielo. Donde, si mirábamos, éramos incapaces de ver nada en concreto, nubes a lo sumo, Regino nos explicaba lo que se sabía entonces del universo, de las galaxias, del sistema solar y nos enseñó a distinguir con sus nombres, que he olvidado ya, cada uno de los tipos de nubes y la razón de su forma. Otras tardes, recitaba versos de memoria. Le preguntábamos si eran suyos, de lo hermosos que nos parecían, y se reía. Nunca supimos qué significaba esa sonrisa. El caso es que nombraba a los autores, y autoras también, de los poemas, después de decirnos su título, y como ninguno nos sonaba de nada, barruntábamos que lo hacía por no darse méritos, pero los había escrito él. Porque aquellos recitales que hacía de memoria, de repente, hablaban de la vida en el pueblo, describían sus campos, las veredas y desvelaban, o eso nos parecía, el pensamiento de los paisanos. Incluso los nuestros más secretos.

         Bastaba con verle aparecer por la plaza para que en el baldío se acabara el partidillo. Corríamos a sentarnos alrededor del banco donde se sentaba. Como si fuéramos su clase, pero no como nuestra clase, que no callábamos ni con la cabeza sumergida en un barreño, como solía decirnos el maestro, sino otra clase ideal, de niños ideales a los que les gustara aprender cosas. Que no éramos en absoluto nosotros, pero que nos transformábamos en ese milagro, como hubiera reconocido, si nos hubiera visto, el maestro de las mañanas. La clase de la plaza empezaba por nuestras preguntas. La primera, cada tarde, era: ¿está casado? ¿Tiene hijos? ¿Cómo se llama su madre? ¿A qué colegio ha ido? El Piernas hasta le preguntó cómo se ganaba la vida para vivir en una casa tan buena. Solo después de escucharnos, porque nuestra energía nos impedía callarnos después de formular la pregunta, y a continuación la respondíamos nosotros tras la coletilla de «pues a nosotros nos parece que» y ahí nos inventábamos su vida sin que nunca se enfadara con las tonterías que se nos llegaron a ocurrir. Una vez reídos, esto lo decía Regino, vamos a los asuntos interesantes, y nos preguntaba: ¿sabéis por qué existen mareas en los océanos? Silencio absoluto. Solo el Piernas respondía: «No, pero nos gustaría saberlo».

         Regino ha muerto. No recuerdo mayor bofetada de la vida que esa frase que se la oí de refilón a un mayor. El caso es que no apareció nunca más por la plaza. En el descampado regresaron los campeonatos del mundo de fútbol. De vez en cuando, cansados y aburridos de nosotros mismos, nos sentábamos en el suelo alrededor de su banco, ahora vacío, y tratábamos de recordar alguna de sus lecciones. Pero acabábamos peleándonos. Unos decían que había dicho tal cosa, y la otra mitad había oído lo contrario. Al poco nos hartábamos y cada uno se iba a su casa con su propio recuerdo de Regino, cada día más borroso y más distante.

Por mi parte he mantenido todos estos años devoción por aquellas charlas. Incluso un día, al poco de jubilarme, me vestí con traje y corbata y fui a sentarme en la plaza, frente al supermercado. Ahora hay columpios y una fuente y una estatua muy fea que prefiero no mirar demasiado. Tenía la esperanza de que algún grupo de muchachos, de los que fuman a escondidas tras los setos, se me acercara y pudiera contarles algo de lo que he aprendido en una vida de profesional de la fontanería. Sé cosas sobre la electricidad, por ejemplo, que estoy seguro que encandilarían a un grupo de chavales. Pero no se acercó nadie. Insistí otras tardes, vestido del mismo modo, hasta que un día tres mozalbetes se me quedaron mirando, con curiosidad. Les sonreí. Se acercaron. Les dije que me llamaba Regino, aunque no fuera ese mi nombre. Se echaron a reír. «Regino —me dijo uno entre risotadas—, danos un cigarrillo». Les informé de que no fumaba y que eso tampoco era conveniente que lo hicieran ellos a su edad. Ahí estallaron los tres en una sonora carcajada y se dieron media vuelta para irse, pero antes uno espetó: «Entonces no sirves para nada». Y ya desde lejos, apostillaron su huida con un término que me dejó perplejo. Me llamaron: «Pervertido». Entonces pensé que por fin comprendía el significado verdadero de la frase que oí de niño a alguien que susurraba que Regino había muerto.  

[Cuaderno de ficciones, página 38]

6 de marzo, viernes | En el espejo de las redes sociales



Cada vez cobra más entidad una expresión que, como tantas otras relativas al universo informático, escuché un día por primera vez sin siquiera pensar que había llegado no para quedarse, sino para sustituir a las que se usaban: posesivo + «redes sociales». Enunciado que cada vez se incrusta más en la identidad de los individuos. Pero es tan intenso su uso que ya se escapa a las posibilidades de retenerlo en un breve escrito. Aunque no renuncio a realizar alguna observación sobre su multitudinario uso.

         Percibo cierta diferencia vivencial de las redes sociales entre las generaciones que se han educado con ellas y las que se las han encontrado en mitad del camino. Entre las personas socializadas desde muy pronto en las redes, aunque no me detengo mucho en el análisis, tengo la impresión de que se ha establecido una relación entre red social y realidad más complejo que la mera sustitución de una por otra que habitualmente se argumenta. De repente, no es extraño ver potenciados hechos de la realidad por el influjo de las redes, y no al contrario, por ejemplo, en las ferias del libro las colas más hiperbólicas se forman ante personas reales que pertenecen al universo de las redes. Sé que es así porque el causante de esa gran afluencia de gente es alguien que desconozco en absoluto, frente a la familiaridad del resto de escritores, a cuya firma se accede sin esperas.

         Fijo este punto de apoyo en las generaciones informatizadas para analizar un aspecto que me inquieta en la convivencia con las redes sociales de los mayores, es decir, informatizados tardíamente. Las redes sociales, en este caso, no veo que hayan establecido un vínculo directo con la realidad, al contrario, acceden a ellas con el hábito adquirido de relacionarse con los medios de comunicación clásicos. Es decir, básicamente utilizan las redes sociales para informarse sobre los asuntos que les interesen. Es cierto que esa información es compartida entre redes sociales y medios de comunicación convencionales presentes en la red, pero si bien estos perpetúan los hábitos adquiridos en la época anterior a la informática, las redes sociales interfieren con pequeñas, pero significativas modificaciones.

         Me fijaré solo en un detalle relativo al ámbito de los libros, aunque tenga la impresión de que la dimensión posiblemente sea mayor. Antes de las redes, en los medios de comunicación el vínculo entre una persona y un libro se establecía a través de la crítica literaria. La lectura de un artículo implicaba no solo un tiempo personal, sino también una información, una valoración y, en muchos casos, una reflexión que trascendía el hecho de su novedad y afectaba, por decirlo con palabras pomposas de entonces, a la condición humana. Es cierto que los diarios en la red mantienen la crítica literaria, pero la impresión es que su capacidad para establecer un vínculo entre el lector y un libro literalmente se ha desplomado. Su lugar me da la impresión de que ha sido ocupado por la presencia de los libros como novedad en las redes sociales.

         He observado que el reflejo de la aparición de un libro en las redes, como mera noticia, es un contenido muy aceptado. Es posible incluso que más exitoso cuando es un proyecto —en el proceso de pruebas de imprenta— que tras su edición efectiva. Aunque eso no importe. Las redes establecen un vínculo entre un libro y un lector. Ahora bien, ya no es de tipo intelectual, como ocurría con la crítica literaria, sino emocional: «Me gusta, me encanta…». El vínculo existe, se puede cuantificar incluso. En un primer análisis se descubre que despierta interés, incluso que provoca afectividad (suscita comentarios entusiastas, por ejemplo), pero su duración es extremadamente breve. En un minuto, un lector de estos rollos digitales (durante siglos los humanos habíamos leído los libros en tiras continuas de papel enrollado) puede establecer vínculos emocionales con una media de 5 o 6 elementos diferentes, entre ellos uno o varios libros.

         Los vínculos emocionales extremadamente breves se han convertido en el elemento constitutivo del ser de las redes sociales, pero en este aspecto da la impresión de que afecta de manera diferente a las distintas generaciones. Los más jóvenes, que establecen con rapidez el vínculo de la red con la realidad, transitan de una a otra, es decir, si algo les interesa en la red, lo trasladan de inmediato a las vivencias reales de diferentes maneras. Los mayores, sin embargo, no realizan esa operación. Se limitan a transformar la información en una chispa emotiva, efímera, incapaz de establecer un compromiso con la realidad, es decir, en una búsqueda del libro que durante cinco segundos ha impactado e incluso provocado una frase entusiasta. Que cierra en sí misma el proceso. Sin necesidad para el lector de que necesite la lectura: ya la ha admirado.

         No solo en la crítica literaria ha caducado la capacidad de suscitar interés, me temo que también ocurra algo parecido con los consejos de lectura entre amigos, o la disposición personal para descubrir nuevos libros. Hay, sin embargo, una fuente que permanece brotando con abundancia: la publicidad, dentro y fuera de las redes sociales. Con la diferencia de que ya no existen contrapesos. De hecho, cuando en las redes sociales de los mayores se informa sobre la aparición de un libro, lo que se suele hacer es un remedo bastante primitivo de un anuncio publicitario. Contra estas opiniones aquí vertidas se pueden objetar múltiples aspectos, por lo intuitivo de las afirmaciones, e incluso una denigración a la totalidad: ¿a quién le interesan hoy los libros que se publican?

3 de marzo, martes | Walker Evans, afianzador de sombras



En las primeras decisiones del jovencísimo Walker Evans (1903-1975) hay aspectos que parecen determinar el conjunto de su impresionante legado fotográfico. Tras su graduación a los diecinueve años en estudios literarios, se inscribe en el Williams College para continuar su formación en literatura francesa, como preámbulo a su aspiración de estudiar en La Sorbona. Y a París llega con veintitrés años persiguiendo otro sueño, el de convertirse en un escritor. Su modelo era Charles Baudelaire y ahora vivía en su ciudad. Su habitación de estudiante tenía los típicos postigos de lamas parisinos, los volets battants. En su interior posiblemente escribiera versos, pero una mañana en la que el sol se volcaba como un cubo de pintura sobre la fachada de su edificio le atrajo más la cámara fotográfica que la pluma y el papel. Dentro de su habitación no estaba París, pero se encontraban activados él y su creatividad.

         En 1926, el joven Walker Evans antes de ponerse a escribir debía resolver una ecuación nada sencilla. Había llegado a París con Las flores del mal y Madame Bovary en un bolsillo, pero los diferentes realismos del siglo XIX, su modelo, eran ya un espléndido jarrón en la vitrina que durante una limpieza había resbalado de su anaquel y había estallado en el suelo en mil pedazos. Añicos que descubría en el París de los años 20 y que necesitaba reinterpretar. En el otro bolsillo llevaba un cámara y aquel día de sol dentro de su habitación le resultó más fácil trabajar con ella que con la pluma. Abrió la ventana de par en par, situó su imagen en un contraluz excesivo, empuñó el disparador con la mano izquierda y lo apretó. El autorretrato que se hizo en París le mostró, de repente, un descubrimiento que incorporaría a su poética fotográfica para siempre: el protagonismo de la sombra que borraba casi por completo su rostro. Que percibió inmediatamente su valor lo demuestra otro experimento fotográfico similar realizado unos meses después: su autorretrato convertido ya, al completo, en una sombra. Ambas placas fotográficas consiguen lo que tal vez no supo lograr como escritor: convertir, gracias a las sombras, los añicos del elegante jarrón de la cultura en material significativo, un aprendizaje que desarrollaría después a lo largo de toda su carrera artística.


1926-Autorretrato en una ventana-5 rue de la Santè, Paris
1927-Autorretrato en sombra Juan-les-Pins Francia

      De regreso a Nueva York, a finales de los años 20, se dejó seducir —como Baudelaire, pero también como Eugène Atget, Alfred Stieglitz o su contemporánea Berenice Abbott— por la magia de la ciudad. Con la cámara en la mano salió a las calles a capturar la luz que le proporcionara el día, pero llevaba dos propósitos estéticos que se atestiguan implícitos en todas sus tomas. Uno era de carácter negativo —no quería convertirse en un cronista, ni siquiera en un narrador de historias— y el otro, ya en positivo, lo transformaba en perseguidor de la belleza de las sombras, o dicho de una manera más explícita, de la reconstrucción de la realidad del presente desde sus añicos. Ambas determinaciones se observan en las fotografías de estos años, 1929 y 1930. La imaginería neoyorquina grandilocuente de la monumentalidad de los rascacielos ya había sido desarrollada por la generación anterior y solo quedaba espacio para la actuación hiperbólica, camino que toma su contemporánea Margaret Bourke-White y sus vistas desde las alas de un avión. Walker Evans, sin embargo, emprende la opción opuesta: busca revelar la magia de la magalópolis a través de los detalles y de la cara oculta de las grandes construcciones. Y a partir de esta intuición desarrolla la poética de las sombras descubierta en los autorretratos parisinos. Una fotografía de 1928, «Ventanas de Wall Street», lo ejemplifica de manera espléndida. Sobre un plano de detalle en un inmenso edificio de oficinas, con series interminables de ventanas iguales, enfoca las sombras que produce una humilde escalera de incendios, que son capaces de convertir el inflexible racionalismo arquitectónico en un poema visual vanguardista. Otra, mucho más célebre, de 1929, muestra el fotogénico puente de Brooklyn… con una toma debajo de su plataforma, de modo que dos tercios de la placa lo conforman una uniforme mancha negra sobre un cielo gris y, en el tercio inferior, una densa niebla baja entre la que asoma, lejanísima, la silueta enana del Empire State Building. Dos imágenes que enarbolan carácter, contemporaneidad y decisión, tal vez más literaria que fotográfica. Esta segunda incluso vinculada a un relevante proyecto editorial, la publicación del poema El puente de Hart Crane (1899-1932). 

1928-Ventanas de Wall Street
1929-Puente de Brooklyn

      En torno a 1930 Walker Evans, con veintisiete años, mientras indaga en estas perspectivas inéditas que logra trazar sobre la realidad urbana y experimenta con las sombras consigue una notoria madurez estética y consolida en la fotografía la personalidad literaria que anhelaba en su adolescencia. Pero si bien el literato posee un campo mayor —en teoría infinito— para proyectar sus ideas sobre el papel, el papel fotográfico exige una doble dependencia con la que Evans pronto se enfrenta, la necesidad del presente en el momento de disparar la cámara y la confrontación imprescindible con la realidad exterior a la obra.  Y una tercera, no menos importante, la vertiente profesional: mientras el editor literario actúa sobre un manuscrito concluido, el encargo fotográfico siempre es apriorístico. Tras unos años de formación personal, en 1931 encara por primera vez un encargo importante: documentar las desprestigiadas casas victorianas en los alrededores de Boston. El resultado es una serie impresionante de placas que posiblemente marquen una pauta en la fotografía arquitectónica. Su amigo y emprendedor del proyecto, Lincoln Kirstein, acertó en el elogio a Evans: «El enfoque es tan nítido que algunas de las casas parecen existir en una atmósfera sin aire que recuerda las pinturas de Edward Hopper». Y es cierto, esa emocionante ingravidez que logra, como alejándolas de las condiciones del presente y de la realidad —y por qué no, también del encargo— se debe en exclusiva a lo único que estaba mirando a través del visor Evans en el momento de disparar su cámara, que no eran las envejecidas fachadas victorianas, sino las sombras de los árboles de sus jardines que se proyectaban sobre las paredes. Ese baile evanescente de líneas es el que obra el milagro estético que fascina a Kirstein. En unos casos juega con la ubicación de los troncos de los árboles, pero en otros consigue evitarlos de modo que sus sombras sin referente protagonizan, como si fueran trazos pictóricos, el resultado.   

1931-Siete casas victorianas
1931-Siete casas victorianas

     A partir de entonces las sombras juegan un papel esencial en todas sus placas. Tanto en las fotografías de edificios, que siguió captando durante años, como en las tomas callejeras, incluso en los retratos, donde logró un dinamismo extraordinario con los efectos del contraluz. La práctica del sombreado continuó evolucionando a la par del crecimiento de su obra. Descubre nuevas posibilidades en el diálogo entre iluminación y sombra. En una imagen panorámica de una pequeña ciudad, «Vista de Johnstown, Pensilvania» de 1935, utiliza la luz invernal como sombreado del conjunto en una iluminación, en calles y tejados, que no procede del sol, sino de la blancura de la nieve. Una sobrecogedora imagen que de repente aparece casi como el negativo de la ciudad en un día de verano. La misma técnica se aplica en una de sus obras más célebres, «El cementerio de coches de Joe», de 1936, tomada con la escasa luz dominante de un atardecer en la que brillan en puntos aislados —como hacen las sombras ante la luz del mediodía, pero al revés— pequeñas manchas iluminadas. 


1936-El cementerio de coches de Joe

         Los juegos entre sombras y luz se arrogan el protagonismo estético exclusivo en las fotografías de Walker Evans. Lo que sitúa en segundo plano el argumento de la imagen. Esta práctica consigue mantener el carácter literario de lo que refleja, despojándolo de sus tramas narrativas o su valor como crónica. El poeta que anhelaba ser en su habitación de París el día en el que decidió autorretratarse se consolidó en otra disciplina artística, pero fue fiel a sus principios. Como fotógrafo profesional tuvo que asumir encargos donde resultaba más complicado mostrar su personalidad, los realizó con dignidad y carácter profesional, como lo haría un poeta que redactara un ensayo sobre la poesía africana o relatara un viaje a Cuba, por ejemplo. Pero en sus poemas visuales, nunca olvidó lo que había aprendido en su primera fotografía artística: la clave de la mirada nunca está en el dominio objetivo de lo que permanece, sino en su opuesto, en la visión —subjetiva— de lo que es fugaz y casi invisible y de repente la imagen lo captura.