6 de marzo, viernes | En el espejo de las redes sociales



Cada vez cobra más entidad una expresión que, como tantas otras relativas al universo informático, escuché un día por primera vez sin siquiera pensar que había llegado no para quedarse, sino para sustituir a las que se usaban: posesivo + «redes sociales». Enunciado que cada vez se incrusta más en la identidad de los individuos. Pero es tan intenso su uso que ya se escapa a las posibilidades de retenerlo en un breve escrito. Aunque no renuncio a realizar alguna observación sobre su multitudinario uso.

         Percibo cierta diferencia vivencial de las redes sociales entre las generaciones que se han educado con ellas y las que se las han encontrado en mitad del camino. Entre las personas socializadas desde muy pronto en las redes, aunque no me detengo mucho en el análisis, tengo la impresión de que se ha establecido una relación entre red social y realidad más complejo que la mera sustitución de una por otra que habitualmente se argumenta. De repente, no es extraño ver potenciados hechos de la realidad por el influjo de las redes, y no al contrario, por ejemplo, en las ferias del libro las colas más hiperbólicas se forman ante personas reales que pertenecen al universo de las redes. Sé que es así porque el causante de esa gran afluencia de gente es alguien que desconozco en absoluto, frente a la familiaridad del resto de escritores, a cuya firma se accede sin esperas.

         Fijo este punto de apoyo en las generaciones informatizadas para analizar un aspecto que me inquieta en la convivencia con las redes sociales de los mayores, es decir, informatizados tardíamente. Las redes sociales, en este caso, no veo que hayan establecido un vínculo directo con la realidad, al contrario, acceden a ellas con el hábito adquirido de relacionarse con los medios de comunicación clásicos. Es decir, básicamente utilizan las redes sociales para informarse sobre los asuntos que les interesen. Es cierto que esa información es compartida entre redes sociales y medios de comunicación convencionales presentes en la red, pero si bien estos perpetúan los hábitos adquiridos en la época anterior a la informática, las redes sociales interfieren con pequeñas, pero significativas modificaciones.

         Me fijaré solo en un detalle relativo al ámbito de los libros, aunque tenga la impresión de que la dimensión posiblemente sea mayor. Antes de las redes, en los medios de comunicación el vínculo entre una persona y un libro se establecía a través de la crítica literaria. La lectura de un artículo implicaba no solo un tiempo personal, sino también una información, una valoración y, en muchos casos, una reflexión que trascendía el hecho de su novedad y afectaba, por decirlo con palabras pomposas de entonces, a la condición humana. Es cierto que los diarios en la red mantienen la crítica literaria, pero la impresión es que su capacidad para establecer un vínculo entre el lector y un libro literalmente se ha desplomado. Su lugar me da la impresión de que ha sido ocupado por la presencia de los libros como novedad en las redes sociales.

         He observado que el reflejo de la aparición de un libro en las redes, como mera noticia, es un contenido muy aceptado. Es posible incluso que más exitoso cuando es un proyecto —en el proceso de pruebas de imprenta— que tras su edición efectiva. Aunque eso no importe. Las redes establecen un vínculo entre un libro y un lector. Ahora bien, ya no es de tipo intelectual, como ocurría con la crítica literaria, sino emocional: «Me gusta, me encanta…». El vínculo existe, se puede cuantificar incluso. En un primer análisis se descubre que despierta interés, incluso que provoca afectividad (suscita comentarios entusiastas, por ejemplo), pero su duración es extremadamente breve. En un minuto, un lector de estos rollos digitales (durante siglos los humanos habíamos leído los libros en tiras continuas de papel enrollado) puede establecer vínculos emocionales con una media de 5 o 6 elementos diferentes, entre ellos uno o varios libros.

         Los vínculos emocionales extremadamente breves se han convertido en el elemento constitutivo del ser de las redes sociales, pero en este aspecto da la impresión de que afecta de manera diferente a las distintas generaciones. Los más jóvenes, que establecen con rapidez el vínculo de la red con la realidad, transitan de una a otra, es decir, si algo les interesa en la red, lo trasladan de inmediato a las vivencias reales de diferentes maneras. Los mayores, sin embargo, no realizan esa operación. Se limitan a transformar la información en una chispa emotiva, efímera, incapaz de establecer un compromiso con la realidad, es decir, en una búsqueda del libro que durante cinco segundos ha impactado e incluso provocado una frase entusiasta. Que cierra en sí misma el proceso. Sin necesidad para el lector de que necesite la lectura: ya la ha admirado.

         No solo en la crítica literaria ha caducado la capacidad de suscitar interés, me temo que también ocurra algo parecido con los consejos de lectura entre amigos, o la disposición personal para descubrir nuevos libros. Hay, sin embargo, una fuente que permanece brotando con abundancia: la publicidad, dentro y fuera de las redes sociales. Con la diferencia de que ya no existen contrapesos. De hecho, cuando en las redes sociales de los mayores se informa sobre la aparición de un libro, lo que se suele hacer es un remedo bastante primitivo de un anuncio publicitario. Contra estas opiniones aquí vertidas se pueden objetar múltiples aspectos, por lo intuitivo de las afirmaciones, e incluso una denigración a la totalidad: ¿a quién le interesan hoy los libros que se publican?