Cada vez cobra más entidad una
expresión que, como tantas otras relativas al universo informático, escuché un
día por primera vez sin siquiera pensar que había llegado no para quedarse, sino
para sustituir a las que se usaban: posesivo + «redes sociales». Enunciado que
cada vez se incrusta más en la identidad de los individuos. Pero es tan intenso
su uso que ya se escapa a las posibilidades de retenerlo en un breve escrito.
Aunque no renuncio a realizar alguna observación sobre su multitudinario uso.
Percibo
cierta diferencia vivencial de las redes sociales entre las generaciones que se
han educado con ellas y las que se las han encontrado en mitad del camino.
Entre las personas socializadas desde muy pronto en las redes, aunque no me
detengo mucho en el análisis, tengo la impresión de que se ha establecido una
relación entre red social y realidad más complejo que la mera sustitución de
una por otra que habitualmente se argumenta. De repente, no es extraño ver
potenciados hechos de la realidad por el influjo de las redes, y no al
contrario, por ejemplo, en las ferias del libro las colas más hiperbólicas se
forman ante personas reales que
pertenecen al universo de las redes. Sé que es así porque el causante de esa
gran afluencia de gente es alguien que desconozco en absoluto, frente a la
familiaridad del resto de escritores, a cuya firma se accede sin esperas.
Fijo
este punto de apoyo en las generaciones informatizadas para analizar un aspecto
que me inquieta en la convivencia con las redes sociales de los mayores, es
decir, informatizados tardíamente. Las redes sociales, en este caso, no veo que
hayan establecido un vínculo directo con la realidad, al contrario, acceden a
ellas con el hábito adquirido de relacionarse con los medios de comunicación clásicos.
Es decir, básicamente utilizan las redes sociales para informarse sobre los asuntos que les interesen. Es cierto que esa
información es compartida entre redes sociales y medios de comunicación convencionales
presentes en la red, pero si bien estos perpetúan los hábitos adquiridos en la época
anterior a la informática, las redes sociales interfieren con pequeñas, pero
significativas modificaciones.
Me
fijaré solo en un detalle relativo al ámbito de los libros, aunque tenga la
impresión de que la dimensión posiblemente sea mayor. Antes de las redes, en
los medios de comunicación el vínculo entre una persona y un libro se
establecía a través de la crítica literaria. La lectura de un artículo
implicaba no solo un tiempo personal, sino también una información, una
valoración y, en muchos casos, una reflexión que trascendía el hecho de su
novedad y afectaba, por decirlo con palabras pomposas de entonces, a la condición humana. Es cierto que los
diarios en la red mantienen la crítica literaria, pero la impresión es que su
capacidad para establecer un vínculo entre el lector y un libro literalmente se
ha desplomado. Su lugar me da la impresión de que ha sido ocupado por la
presencia de los libros como novedad en las redes sociales.
He
observado que el reflejo de la aparición de un libro en las redes, como mera
noticia, es un contenido muy aceptado. Es posible incluso que más exitoso
cuando es un proyecto —en el proceso de pruebas de imprenta— que tras su
edición efectiva. Aunque eso no importe. Las redes establecen un vínculo entre
un libro y un lector. Ahora bien, ya no es de tipo intelectual, como ocurría
con la crítica literaria, sino emocional: «Me gusta, me encanta…». El vínculo
existe, se puede cuantificar incluso. En un primer análisis se descubre que despierta
interés, incluso que provoca afectividad (suscita comentarios entusiastas, por
ejemplo), pero su duración es extremadamente breve. En un minuto, un lector de
estos rollos digitales (durante
siglos los humanos habíamos leído los libros en tiras continuas de papel
enrollado) puede establecer vínculos emocionales con una media de 5 o 6
elementos diferentes, entre ellos uno o varios libros.
Los
vínculos emocionales extremadamente breves se han convertido en el elemento
constitutivo del ser de las redes sociales, pero en este aspecto da la
impresión de que afecta de manera diferente a las distintas generaciones. Los
más jóvenes, que establecen con rapidez el vínculo de la red con la realidad,
transitan de una a otra, es decir, si algo les interesa en la red, lo trasladan
de inmediato a las vivencias reales de diferentes maneras. Los mayores, sin
embargo, no realizan esa operación. Se limitan a transformar la información en
una chispa emotiva, efímera, incapaz de establecer un compromiso con la
realidad, es decir, en una búsqueda del libro que durante cinco segundos ha
impactado e incluso provocado una frase entusiasta. Que cierra en sí misma el
proceso. Sin necesidad para el lector de que necesite la lectura: ya la ha
admirado.
No
solo en la crítica literaria ha caducado la capacidad de suscitar interés, me
temo que también ocurra algo parecido con los consejos de lectura entre amigos,
o la disposición personal para descubrir nuevos libros. Hay, sin embargo, una
fuente que permanece brotando con abundancia: la publicidad, dentro y fuera de
las redes sociales. Con la diferencia de que ya no existen contrapesos. De
hecho, cuando en las redes sociales de los mayores se informa sobre la aparición
de un libro, lo que se suele hacer es un remedo bastante primitivo de un anuncio
publicitario. Contra estas opiniones aquí vertidas se pueden objetar múltiples
aspectos, por lo intuitivo de las afirmaciones, e incluso una denigración a la
totalidad: ¿a quién le interesan hoy los libros que se publican?

