25 de enero, jueves. Tiempo de futuro


Al dar un paseo por los alrededores, de repente, un almendro en flor. Por justificar que me haya plantado delante de su esplendorosa blancura, saco el móvil y lo fotografío. Me doy cuenta de que estoy a contraluz y las flores salen oscuras, pero no me inmuto. Finales de enero, me pregunto si la imagen me da permiso para alentar la llegada de la próxima primavera. Los almendros la anuncian mientras el clima subraya su condición invernal. Forma parte del ciclo de la vida, pero resulta fácil soslayarlo y admirar el augurio. En tiempos del Cid se atendía hacia el lugar desde donde procedía el canto de la corneja; ahora uno busca el pronóstico de la semana próxima en la aplicación del móvil. Tampoco es que se haya adelantado tanto.

     Al Cid el pasado le importa poco. Se sabe que la ira regia lo destierra, pero no se discuten las causas. Ni se lamenta, ni se justifica. Hay épocas que se han construido sobre el pasado, incluso que lo han reproducido con la máxima literalidad. No la medieval ni tampoco el nuevo siglo. El pasado ni apetecía ni apetece. Por razones diversas. En el siglo XII existían escasos registros de lo ocurrido; en el XXI excesivos. Escasez y exceso mantienen parentesco. Es difícil avanzar con su herencia a hombros. El tiempo del Cid es el presente: lo que ve, lo que dice, lo que piensa para ganar una batalla, que gana haciéndolo. Lo que recauda y reparte en cada victoria. Es el canto más entusiasta que conozco dedicado al presente, lo único capaz de redimir cualquier penalidad. No es el caso, sin embargo, de este presente, que desprecia profundamente lo que esté ocurriendo en cada instante; bien porque lo considere reiterativo con lo que se esperaba de él, bien porque al desviarse de lo previsto subraya lo impropio de lo que ocurre. El único tiempo en el que se valora nuestro presente es el futuro. Todos sus esfuerzos están dedicados a modelarlo. Hasta se da el caso de que cuando ese futuro irrumpe antes de tiempo, se le increpa y persigue, como al chatbot de inteligencia artificial por el que tanto se suspiraba y que tantos inconvenientes, de repente, acarrea. Solo por precipitarse: por dejar de ser futuro. Algo parecido casi ocurre con los japoneses y su perfecto alunizaje. Menos mal que la perfección ha resultado tan chapucera como se necesitaba para que sea olvidado enseguida y se esté ya en los próximos proyectos, esos sí, perfectos, a la luna, a marte y quién sabe a qué confín del universo.

     Mi almendro de esta mañana está ya muy viejo, descuidado y sin fuerza para cubrir de blancura la copa por entero, aún así me anuncia la primavera como un único propósito del presente. Y de súbito he visto los campos pletóricos de sensualidad, mis brazos al aire, el abrigo en el armario y la luz cabalgando sobre el día como una amazona que solo retira la montura de su yegua a la hora de la cena. Cada flor del árbol lanza mi vida hacia el futuro. Ya lo estoy viviendo y, acaso, perdiéndome el antiguo heroísmo de la floración de los almendros. Pero soy un hombre de su siglo y solo pienso en el libro que escribiré, en los viajes que preparo, en el más allá temporal que existe en cada paso dado ahora. Porque, la verdad, si despojo al árbol florecido de su poder de augurio, ¿con qué me quedo? ¿Qué demonios hago aquí parado ante esta reiteración cíclica de la vida con la de cosas que tengo por hacer?

20 de enero, sábado. Jardín de aforismos



Resulta difícil sostener el símbolo del agua como principio de la vida ante el cauce de algunos ríos contemporáneos.

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En la antigüedad que alguien fuera el dueño de algo significaba que gobernaba su destino. Ahora la idea se ha simplificado en el derecho a venderlo. Quizá sea eso a lo que se denomina progreso en la civilización.

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Cómo me gustaría salir al bosque por las noches para recoger estrellas del cielo. Las guardaría dentro de un tarro en lo alto de un armario.

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En la lotería, el primer premio debería ser tiempo en lugar de dinero.

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Lo realmente trágico es la coincidencia de dos elementos opuestos.

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Nadie pronuncia ya, en las tertulias radiofónicas y televisivas, el adjetivo «cósmico» para definir sus intereses. Solo se utiliza su raíz en los anuncios de «cosmética».

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La idea tan seductora de nacer dos veces no consigue borrar la certeza de que el final de la primera vida acontece al mismo tiempo que el fin de la segunda.


15 de enero, lunes. Anatomía del miedo


Miedo, no. Nunca hubiera dicho que vivo con miedo. Sí con precaución. Prefiero hablar de prudencia. De previsión. De orden. De cautela. Eran las palabras que usaba para organizar mi vida. Creo que es lo conveniente, pero no por miedo. Si a eso ahora le llaman miedo, cuando me traspasaba un calambre de miedo, entonces lo que padecía eran auténticos ataques de pánico. Es posible, sin embargo, que algo de miedo sí sintiera. No a hacer lo que tuviera que hacer en cada momento, sino por evitar consecuencias que no me iban a gustar. ¿Te ríes? Pues no veo el motivo de tanta risa. A las cosas que se hacen hay que buscarles un sentido. Tengo la impresión de que abusas de la palabra miedo. Nunca me he considerado miedoso. Sí, preparado para lo que hacía. Lo que implica conocer las consecuencias y evitarlas. Eso nunca ha sido miedo. Lo contrario sí me parece peligroso, ser negligente, confiado. ¿No es peor que el miedo? El caso es que nunca había sabido antes, ni siquiera en los momentos de pánico, qué era realmente el miedo.

         Porque nunca se me había ocurrido antes llamarlo pronóstico. No puedo decir que no fuera amable, que su trabajo lo ha elegido él, y bien se debe de ganar la vida, pero yo no lo querría para mí. Es verdad que seguramente es mitad y mitad. A unos les anuncia buenas noticias. Pero ¿y a los otros? Personas a las que tiene que ponerles delante, en su más cruda realidad, lo que nunca antes han conocido, el miedo. El miedo auténtico. No las tonterías que tú llamas miedo. A partir de ese momento, lo de las consecuencias pasa a ser un juego de niños. La despreocupación, una quimera. La distracción, una utopía. Cómo una sola palabra, tan inofensiva, le cambia a uno la vida. Y alguien tiene que pronunciarla para que exista un desgraciado que la escuche, en este caso, yo. Para que oiga decirlo como quien no dice nada, como quien habla de los resultados de la liga durante el fin de semana, y de repente ya nada sea igual a como era antes. Antes de entrar en la consulta. Antes de oírle interpretar unos análisis.

         «Tiene muy mal pronóstico», dijo, «su tumor». Ahí arrancó el miedo, como un zarpazo repentino que extirpa el pensamiento. Y no deja nada en qué pensar. Luego siguió con las estadísticas, que ya ni recuerdo haber oído, y con las previsiones, las que ponen en marcha un reloj que avanza hacia atrás en lugar de hacia delante. Como cuando de niño me gustaba ver lanzar los cohetes a la luna. De eso me acordé. Por fin se cumpliría mi deseo infantil de ser astronauta. Oiría descontar el tiempo que falta. Diez. Tramitar la baja. Luego, la larga enfermedad. Nueve. Sesiones de quimioterapia. Ocho. Sesiones de radioterapia. Siete. Análisis y pruebas. Seis. Consultas y pronósticos. Cinco. Tratamiento experimental. Cuatro. Más análisis y más pruebas. Tres. Ya no siento nada. Dos. Paliativos. Uno. Despedida… Cero. Ya iré camino de la luna. En la luna no existe el miedo. Ni los pronósticos. Ni las precauciones. No hay atmósfera y eso significa que no hay corrupción de la materia. Ni tiempo. La luna es un espacio puro. Allá arriba siempre; por esencia, inalcanzable. De niño quería ser astronauta. Invertir el sentido de los relojes. ¿Habré logrado, por fin, aunque solo sea una de mis aspiraciones? Sí, al menos esta, estoy seguro. Me iré contento, por fin habré sabido lo que es de verdad el miedo. 

[Cuaderno de ficciones, página 14]

9 de enero, martes. Navegar en estanques


Por mi ciudad corren dos ríos y no tiene ninguno. Ambos están situados en los extremos, son sus límites al norte y al sur. Fueron ríos en otro tiempo, y hasta se desbordaban con furia; ahora son un hilo de agua turbia que baja entre dos enormes losas de hormigón que forman sus márgenes por donde incluso resulta grato pasear. Que no exista un gran río que la cruce por el centro me parece un déficit de mi ciudad. Copenhague tampoco tiene río, pero se lo han inventado. Un largo y estrecho estanque hace de río decorativo entre el casco antiguo y los nuevos barrios por donde la ciudad crecía. Resulta agradable pasear bajo los tilos y contemplar el agua, aunque al falso río le falta lo esencial, el sonido del agua cuando fluye. La música áspera y delicada de la vida. La mayor parte de los ríos que atraviesan ciudades también carecen del rumor de las aguas al pasar, los han desviado por otros lugares y en el casco urbano han dejado un simulacro de río; hermoso, sí, pero inane. Este es el dilema en el que andamos sin saberlo: amamos fantasmagorías inocuas de lo que admiramos por su esencia salvaje. 

CARTAS AL s XX | 25 de junio de 1920, viernes. Grand Prix de París


El día 25 de junio París vibra de nuevo con los vítores y algaradas que arrancan en el velódromo de Vincennes y su vértigo recorre las calles que, durante los años sin Grand Prix, solo habían transitado las campanas enloquecidas de las ambulancias y el zumbido de los aviones que presagiaban los estruendos. Concluida la suspensión, las carreras ciclistas, que solo unos privilegiados contemplan, inundan con nombres de favoritos las conversaciones de los parisinos y con boletos de apuestas sus bolsillos. El doctor Guinon acude temprano a la Sociedad Médica de Hospitales y permanece varias silenciosas horas sentado en la sala de espera, con la cabeza entre las manos. Hacia el final de la mañana asoma por una puerta lateral un funcionario con los manguitos a medio extraer. «No creo que esté esperando a nadie, ¿verdad?», le dice con una sonrisa benevolente, y sin aguardar una respuesta inquiere: «¿Quién cree usted que puede ser este año el sucesor del añorado Léon Hourlier? Su bicicleta no corría con ruedas, iba sobre alas».

El doctor Guinon se ajusta las varillas de los anteojos tras las orejas, se yergue, abandona un sobre sellado con lacre encima del asiento que ha ocupado y apenas cuenta con voz para sugerir: «Cuando haya descubierto a su campeón, entrégueselo después, por favor, al secretario del Presidente». Una plaga de pulgas asola las ensimismadas calles de la capital liberada de las bombas. Es tal la euforia que abarrota los comercios y construye colas en la puerta de los restaurantes que a nadie le importa demasiado rascarse la nalga algo más de lo conveniente. El doctor Guinon, como más tarde lo confirmará el profesor Teissier y lo comprueban otros profesores en el curso de sus investigaciones, ha sospechado que los cuadros cada vez más frecuentes de fiebre, tos y vómitos no se corresponden al catarro común que la mayoría de médicos diagnostican, porque los bultos que los acompañan en algún lugar del cuerpo son auténticas bubas de la peste negra.

Transcurrida una semana de la denuncia sin que llegue a ningún hospital ni gabinete médico normativa específica sobre la existencia de un brote de peste bubónica, el doctor Guinon se dirige de nuevo, ahora por carta, a la Sociedad reiterando la conclusión de sus observaciones, aún más certeras dado el incremento de pacientes con síntomas inequívocos. «Casuales», le matiza el secretario en su oficina cuando frente a él, tras solicitar la preceptiva visita, repite los argumentos una semana más tarde. «¿Usted cree que si tuviéramos alguna constancia de lo que usted nos avisa no habríamos actuado ya con todos los efectivos de esta institución? Cómo no avisar entonces a los hospitales de París, ordenar la limpieza concienzuda de los lugares públicos, encerrar por edicto a los ciudadanos en sus casas y suspender cualquier actividad colectiva, entre ellas los fastos del recién recuperado Grand Prix, que ojalá pudiera volver a ganar nuestro valiente Léon Hourlier, que dios lo tenga en tan merecida gloria. ¿Ve usted que eso ocurra? ¿Verdad que no? Pues esta es la prueba de que lo que usted ve en su gabinete son meros constipados de primavera. No sea alarmista, no quiera amargarnos la gran fiesta de la paz. Además, no quiera ver con dos ojos lo que no están viendo, con multitud de facultativos detrás, los hospitales más importantes de Francia. No sea tan presuntuoso».

De regreso a la consulta en el Barrio Latino, se encamina dirección a Notre Dame para cruzar los puentes del Sena a través de la isla donde también está situado el mayor hospital de la ciudad, la Casa de Dios, frente a cuya puerta el doctor Guinon se detiene. Del cabás extrae una máscara de tarlatana, que se coloca sobre nariz y boca. Tras un árbol se aposta, de incógnito, como si fuera un maleante a la espera de un asalto. Ve acercarse pacientes aturdidos que son transportados en parihuelas por personas sin ninguna protección. Dos guardias impiden la entrada a los que van llegando y los enfermos se quedan alineados sobre la calzada, al pie de la fábrica del hospital, según el hábito que se había fraguado durante la guerra con los muertos tras los bombardeos. Que ahora los alineados estuvieran solo desfallecidos por la fiebre no parece una diferencia significativa.

Unos metros más allá del árbol que le oculta observa la llegada de una carretilla tirada por un burro con la caja cubierta por una lona. Cuando el muchacho que la acompaña se dirige a hablar con la guardia para preguntar dónde deja la carga, el doctor Guinon se acerca. Al destapar la lona aparecen, amontonados uno sobre otro, tres cuerpos abatidos. Con la ayuda para moverlos de una lezna quirúrgica, los examina con atención. Las manos del hombre muestran múltiples cicatrices y diminutas incrustaciones metálicas entre las largas uñas, posiblemente debidas a un trabajo metalúrgico. Las manos de la mujer, que debieron ser hermosas, aparecen sin vida, desgastadas, quizá, de fregar los suelos ajenos con exceso de lejías. El tercer cadáver descompone el cuerpo del doctor. Una niña de unos ocho años permanece debajo, aplastada por los otros dos, con los ojos abiertos y en blanco. Cuando regresa a su transporte el muchacho, un mozalbete que con dificultad alcanza los catorce años, le pregunta cómo los ha encontrado, a lo que le responde solo lo que anda pensando en ese momento: «Al cementerio, me han dicho, abren una fosa por las mañanas y la cierran antes de mediodía. He de darme prisa o se quedarán al aire el resto de la jornada. ¿Está lejos el cementerio? No sé si voy a llegar a tiempo». Guarda silencio un instante, mira a los ojos del extraño que le contempla tras los anteojos y con la cara cubierta, y añade como una siniestra coda a sus cavilaciones: «Son mi madre y mi padre. Es mi hermana. Estaban resfriados anoche, pero esta mañana, al despertarme, los he encontrado así, y no sabía qué hacer y aún sigo sin saberlo».

CaoCultura, 15 de diciembre de 2023. Enlace