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10 de mayo, miércoles. Luciérnagas


La luz transita los días, pero por las noches persigo luciérnagas. En la oscuridad, un poema se ilumina como aquellos insectos brillantes que ya es tan difícil encontrar. Pier Paolo Pasolini escribió un famoso artículo donde atribuía a su extinción la metáfora de la desaparición de la cultura popular, saqueada por el mercantilismo salvaje. Llevó a las luciérnagas al terreno de la política. Tal vez toque ahora regresar. Busco luciérnagas verbales para recuperar universos significativos en la ceguera de la época. Vuelos de luz en la tiniebla. Breves partículas luminosas sobre las palabras que leo. Uno mismo, luciérnaga que batalla con la oscuridad que le rodea.

[Libro V, Epigrama & XXXIII]

11 de abril, martes. El entierro


Para la mentalidad tradicional la muerte representa un momento más sagrado que la vida. La vida es un pasar donde ocurren acontecimientos. La muerte es un acto que detiene este transcurrir. Para ir a ver a un familiar existe el tiempo, pero tras su fallecimiento, la desaparición de esta posibilidad obliga a asistir al funeral. Para la despedida, que se celebra como acto único e irrepetible, a diferencia de los que caracterizan a la vida. Desde que salió de su pueblo, muy joven, mi padre solo vio a su madre unas pocas veces, algún que otro verano, pero cuando llegó la noticia de su muerte, corrió a coger un taxi a última hora de la tarde y a emprender el camino durante la noche. Este fue el primer viaje iniciático de mi vida. Debía de tener unos diez años. Mis hermanas se quedaron en la ciudad con unos parientes, pero a mí me permitieron ir, era el mayor. Recuerdo con precisión los detalles de aquel viaje. El restaurante de Zaragoza, a medio camino, donde cenamos con el taxista, que después se tomó un café. El entierro de la abuela Albina, la reunión nocturna de la familia, la visita a casa de mi abuela al día siguiente y su desván. De un baúl lleno de prodigios me traje la montura de unas gafas de nariz, sin varillas, con funda de madera, un termómetro de horno y otros objetos igualmente antiguos e inútiles. El significado sagrado para mi padre de despedirse de su madre coincidió con el significado sagrado del niño que, al abandonar el círculo de sus hábitos, descubría nuevas facetas inesperadas de la vida. No es una casualidad. Las alteraciones a los que obliga la muerte reúnen a personas que tampoco se ven muy a menudo y propician hechos que dejan muescas sobre la piedra. 

[Libro V, Epigrama XXXII]

28 de marzo, martes. Lección de poética nocturna


Lo fascinante de la pintura de Turner es que lo circunstancial de la escena era más importante que el tema. Le gustaba más pintar el paisaje de fondo que los personajes que daban nombre al cuadro. Lo que los pintores dejan para que lo acaben sus discípulos o aprendices fue lo que pintó Turner, y dejó expresiones, rostros, pliegues en las ropas para el empleado que había en él. Poco a poco se olvidó de que los cuadros tenían una historia que contar, un asunto que desarrollar, una narración, y solo se entregaba a las partes insustanciales del cuadro. Solo pintaba poesía.

[Libro V, Epigrama XXI]

21 de febrero, martes. Elogio de lo impreciso


Recuerdo haber oído, no sé muy bien dónde, la anécdota que narraba la sorpresa de un técnico alemán que vino a solucionar un problema en las instalaciones del metro de la ciudad y descubrió una nueva medida de presión: «un poquitín más». Lo impreciso tiene mala prensa en la sociedad tecnológica, pero a veces se echa de menos. Por ejemplo. En el pueblo donde pernocto en fechas de asueto hay dos campanarios. La historia es simple. En el siglo XIX se ordenó que todas las casas consistoriales tuvieran delante un reloj público con la hora oficial del reino. Como delante del Ayuntamiento solía estar la iglesia, se instaló el reloj en su campanario. Pero en este pueblo en concreto, la iglesia, románica y anterior a la población, se encuentra en un extremo y la plaza Mayor en otro. Así que situaron reloj y campanario en una vieja torre de vigilancia que había más o menos delante. El caso es que al siglo XX llegaron dos campanarios. La habitación donde duermo está justo a medio camino entre los dos, así que escucho a ambos con la misma intensidad. Primero sonaba el de la torre civil y unos minutos después el de la iglesia. Ese vivir el mismo instante dos veces resultaba reconfortante, sobre todo por las mañanas. Pongamos que uno había previsto levantarse a las 8. Oía las campanadas, pero sabía que aún disponía de varios minutos de relajación, fuera del tiempo, antes de volver a escucharlas. Una prórroga. El siglo XXI ha traído un cambio en el funcionamiento de los campanarios. Ahora suenen los dos a la hora en punto, y es un guirigay desacompasado de campanas en las que es imposible no ya saber la hora, sino ni siquiera sentir un ápice de su grata armonía. La precisión temporal tiene sus desventajas. 

[Libro V, Epigrama XXX]

20 de enero, viernes. Delicias de presente


El hecho de que me sienta ajeno al presente me sorprende un poco. Durante muchos años me ha gustado seguir todo lo que ocurría en el presente. Más que en el pasado. De hecho, el pasado era solo una escalera para acceder a lo que sucedía en el ahora. En poesía, en literatura y en arte, pero también en la sociedad y en el mundo. Desde hace un tiempo no consigo que me interese nada de lo que ocurre. Ni siquiera las novedades. Cuando me sentía atraído por cuanto pasaba, me parecían reales las pulsaciones de vida, los movimientos en un espacio concreto. Ahora veo repeticiones, falsedades, artificios. ¿Es una cosa del tiempo o es una cosa mía? No lo sé. Tampoco importa. No interesarse por el presente tiene sus ventajas: proporciona más tiempo para hacer otras cosas, evita el fastidio de las redundancias artísticas y permite estar más cerca de otro presente, el que de verdad se transforma con el tiempo, no el que siempre es el mismo con diferentes máscaras.

[Libro V, Epigrama XXIX]

3 de enero, martes. ¿Dónde dice que está el arte?


Visito un mercadillo de artesanía. Ropa, encuadernación, marroquinería, pequeños objetos cotidianos, joyería. Venden los propios artesanos. Cuando les pregunto por las razones de alguna pieza, no me responden como lo haría un comercial de una gran superficie, objetivando las maravillas del producto, sino que me cuentan su relación personal con ella. Como si estuviera hablando con quien ha convivido con lo que veo delante. No parece que vendan nada, solo conversan sobre sus propias experiencias. En los puestos no solo admiro el diseño de un objeto, sino las decisiones estéticas de todos los que están alrededor. Hay una coherencia sorprendente. Es más, hay un estilo que bien se podría denominar personal. Venden sus obras estos artesanos porque es su medio de vida. Trabajan durante la semana y los exponen en los mercadillos de los festivos para poder mantenerse durante la semana que sigue. Su creatividad está condicionada por esta necesidad, hecho que al mismo tiempo potencia aquella convirtiendo cualquier objeto cotidiano en una pieza única, elaborada con las artes y criterios de una personalidad compleja. A eso antes se le llamaba arte. Coincide que estos días también escucho las declaraciones de la directora de un museo de arte contemporáneo de mi ciudad. No se aparte, ni un ápice, en su perorata artística, del discurso sociológico, que si el arte debe de servir para la emancipación de unas y de otros, que si el museo ha de estar al servicio de los vecinos del barrio (como si fuera un ateneo, con bingo por las tardes, pienso), que el destino del planeta depende de las actitudes artísticas. En fin, y me pregunto si las palabras «artista» y «artesano» no habrán cambiado de significado sin que me haya dado cuenta. ¿No significa ya «artista» persona que tiene la vida resuelta y «artesano» persona que dependen de sí misma? De donde se deriva que los artesanos trabajan como artistas y los artistas ya son los artesanos del presente, es decir, los que asumen los discursos sociológicos del momento y les dan cuerpo sin siquiera aportar ni un ápice de personalidad propia. 

[Libro V, Epigrama XXVIII]

12 de diciembre, lunes. Bagatelas


Una dirección de internet con diccionarios multilingües que uso de vez en cuando ha liberado todas sus aplicaciones para uso público y, claro, ha llenado cada página de publicidad. Es el trato: uno no paga, pero soporta anuncios. De acuerdo, está bien. Es el mundo que nos toca vivir. Hoy, mientras buscaba algunas palabras en otra lengua que he olvidado o que no conozco aún, ha llamado mi atención, al lado de la información que necesitaba, un enorme anuncio de bragas. Bragas estilo tanga, de las que cuesta incluso ver sus dimensiones en la pantalla. Como no tiene pinta de ser un producto precisamente barato, no concibo que solo se pague la tela de la pieza, una cantidad ínfima de materia. Imagino que se incluye en el precio la parte que no cubre. Hay de comprar, compruebo, hasta la desnudez. Aunque no sé de qué me asombro si delante de mis narices se alza el inmenso negocio del fútbol, que solo se basa en vender el producto que fabrica el propio consumidor, sus emociones. 

[Libro V, Epigrama XXVII]

26 de noviembre, sábado. Morandi, pintor


Veo una exposición de Giorgio Morandi. El valor de su pintura es la verdad. Lo contrario de la verdad no es, en el arte, una mentira, sino una decoración. En un documental que pasan en la sala, un historiador del arte cuenta una hermosa anécdota. Sus hermanas, que se ocupaban de los aspectos prácticos de su vida, al ver que los cuadros se vendían bien, decidieron comprar un terreno para construir una casa en un pueblo cerca de Bolonia. El arquitecto, al enterarse de que era para el pintor, hizo un diseño para una casa sofisticada y enorme.  Cuando le llevó los planos a Morandi, este, tras verlos, buscó una hoja en blanco y le dijo: «No, lo que tiene que hacer es esto». Dibujó un cuadrado, puso la puerta en el centro, dos ventanas a los lados, un balcón arriba, en medio, y otras dos ventanas, y luego pintó un triángulo en la parte superior como techo. Es decir, la casa que dibujaría un niño. Y eso es exactamente lo que se construyó. Una casa como cualquier otra en las inmediaciones. Porque lo contrario de lo verdadero, en arquitectura, es la pretenciosidad y la arrogancia. 

[Libro V, Epigrama XXVI]

17 de noviembre, jueves. De policías y ladrones


Una noticia que oigo en la radio me llama la atención. Un policía que trataba de detener a un ladrón que quería despojar de un reloj a un turista fue apaleado por este y sus amigos al creer que era quien les estaba robando. El ladrón aprovechó la coyuntura para patalear también al policía. El caso presenta algunos aspectos interesantes. Solo pudo ocurrir porque durante el acontecimiento hubo una confusión de papeles entre policía y ladrón en la percepción de los turistas. De modo que el ladrón era alguien que ofrecía confianza, y por eso le dejaron propinar patadas al policía, mientras este les pareció obviamente un ladrón. El intercambio de identidades, a poco que se piense, resulta obvio. El ladrón, para robar, debe poseer una imagen agradable cuando se acerque demasiado; el policía, para despistar a los delincuentes, ha de ataviarse según el modelo barriobajero al uso. Sin este cruce de aspectos no es posible comprender la confusión, que también yo experimenté una tarde al presenciar una detención en el Raval. Si me hubieran dejado elegir, no lo hubiera dudado, me hubiese ido a tomar algo con el ladrón, un tipo guapo y bien vestido. La pinta del policía era de cambiar acera en la calle. De lo que se deriva que las categorías con las que percibimos la realidad, tanto las empíricas como las conceptuales, están completamente erradas. Y solo sirven para hablar sin decir nada. 

[Libro V, Epigrama XXV]

3 de octubre, lunes. Repudio de agenda


Tengo previsto acudir hoy a un encuentro con conocidos para conversar sobre asuntos comunes. No me despierta ningún interés la cita, pero como me llamaron para que acudiera, eso sí me gustó. Aún no sé qué dimensión va a tener: ¿solo por la mañana? ¿Con comida incluida? ¿Seguiremos por la tarde? No es raro que me olvide de preguntar estas cuestiones prácticas. En el fondo, creo que prefiero no saberlas. Que haya algo imprevisto en lo que suceda. El control sobre todo cuanto va a ocurrir, lo que los contemporáneos llaman «agenda», me da la impresión, al vivirlo, de que ya lo he vivido antes de que pase. O lo que es peor, que los acontecimientos se viven solo porque está programados que ocurra de ese modo. Para cumplir horario. 

[Libro V, Epigrama XXIII]

15 de septiembre, jueves. A vueltas con el «metaverso»


Como poeta me veo impelido a decir algo en contra del neologismo de moda: metaverso. Ya sé que la raíz «verso» en esta palabra no tiene nada que ver con la poesía. Es algo que se podría discutir etimológicamente, aunque en este caso ni siquiera interesa demasiado. Lo pernicioso del metaverso procede de su descarado diseño para sustituir lo real. No lo que ocurre en la realidad, que nunca podrá dejar de ocurrir, sino la realidad como fuente de los significados biográficos, es decir, aquello que significa para una vida. Es algo un paso más allá de lo que ocurre en este momento con la informática —por ejemplo, ahora se quejan en las bibliotecas universitarias por el hecho de que ni profesores ni alumnos se acerquen ya a los libros de una manera significativa. Este ir más lejos trata de encasillar en el tiempo digital todas las sensaciones, los efectos, las emociones, las ideas que antes emergían del trato con la realidad. El verso vive de estos significados, que emanan de lo real y al mismo tiempo lo explican, lo contradicen o lo interpelan. Cuando los significados posibles lleguen codificados del metaverso, los versos habrán caído en desuso: se vivirá una realidad perfectamente codificada. Prisiones a la puerta de las cuales se prevén enormes colas para acceder. 

[Libro V, Epigrama XXII]

6 de septiembre, martes. Paradojas futbolísticas


De vez en cuando me cuelo en algún campo de fútbol de barrio y asisto al entrenamiento de un grupo de escolares, sentado entre sus pacientes padres. A poco que uno se fije en lo que ocurre dos aspectos le llaman la atención. El primero es que el entrenamiento se convierte, si todo va como se espera, en una coreografía. Los jugadores se mueven con una armonía que se diría científica, trazando perfectas líneas de un armazón conceptual exacto. El segundo es que estos movimientos están dirigidos solo por voces que mandan. No se explica, no se razona, solo se dan órdenes. En absoluto me extraña. El fútbol es una estructura jerarquizada, donde únicamente se tiene en cuenta una opinión, que, claro, se convierte para los demás en una orden. La paradoja es que siendo un juego tan antiguo régimen, es decir, tan antidemocrático, haya acabado convirtiéndose en el emblema de la democracia occidental.

[Libro V, Epigrama XXI]

15 de agosto, lunes. ¿Quién reconoce los méritos?


Escribe —diré mejor: desvela— Enrique Lista, en un ensayo sobre fotografía, que son «Otros fotógrafos con posición ya reconocida en ese campo, comisarios, editores, críticos o coleccionistas, [quienes] tendrán más papel en la legitimación que el que pueda tener un supuesto público indiferenciado». Y me pregunto a continuación quiénes serán los lectores diferenciados capaces de legitimar a los poetas del presente. Los poetas con posición militan solo en la mediocridad de sus discípulos, los antólogos andan despistados, los editores cuando no publican premios parece que lo hagan al tuntún, los críticos no existen —los mejores reseñistas parecen asalariados de alguna editorial; los demás, ecos de ecos—, los coleccionistas (o mejor, compradores de libros) tan desorientados como el consumo en general. Pero sí existe una voluntad legitimadora en la poesía. La ejerce cada poeta sobre sí mismo. Se autoedita, se elogia, se publicita, se organiza actos y cuando hace todas estas cosas, el público, indiferente, le considera un gran poeta sin ninguna objeción. 

[Libro V, Epigrama XX]

3 de agosto, miércoles. Fábula dominical


En Lisboa, los domingos iba a comer al Tronco, un pequeño restaurante en una calle paralela a la Avenida Liberdade. Una familia de gallegos trabajaba allí. El padre, en el mostrador. Nunca hablaba con nadie, respondía con monosílabos, pero dirigía los movimientos de todos con precisión de escenógrafo. Los dos hijos atendían a las mesas, y madre e hija cocinaban.  Como cerraba la cantina universitaria, íbamos Gianluca y yo sin falta todos los domingos. Solíamos instalarnos en la última mesa, al fondo, donde nadie quería ponerse, frente a la puerta de la cocina. La hija, que tendría nuestra edad, de vez en cuando se asomaba, nos miraba y nos sonreía. Tal vez más a Gianluca, porque como buen italiano vestía con más elegancia que yo. Pedíamos siempre un filete de la casa con patatas, y el plato era una enormidad de carne y un salirse por todas partes de patatas. Comíamos proteínas para una semana de sopa de cantina. Un domingo, acudimos con dos amigas, ni siquiera recuerdo quiénes eran, tal vez dos compañeras de curso. Los platos aparecieron puntuales, pero en ellos se moría de soledad el filete más breve que había visto y patatas cuyo número se podía establecer con los dedos de una única mano. Nos dimos cuenta del error de inmediato. Nunca más nos presentamos acompañados. La comida era más importante que la compañía. Tuvimos que pasar dos o tres domingos de purgatorio, con platos reducidos, hasta que regresó el tamaño XL al que nos habíamos acostumbrado antes de la traición.

[Libro V, Epigrama XIX]

29 de julio, viernes. El taller


En el cultivo de las artes existe un ingrediente de transmisión, una continuidad. Es una idea antigua, porque la época le ha puesto fin. Un artista que enseña a otros su arte se le considera un fracasado. El artista exitoso es el que vive aislado en su burbuja artística. Una idea que en el Renacimiento hubiera sido considerada como una aberración. Pero el momento actual es así. Antes, el músico enseñaba a otros músicos, el pintor mantenía un taller con aprendices, el escritor daba clases de literatura. Ahora solo los músicos, pintores o escritores subestimados se han dedicado, como yo, a la educación. Igual que en tantas otras ideas, no estoy de acuerdo con mi tiempo. O, quizá sea mi época quien no quiere sabe nada de mí. Y la entiendo, yo haría lo mismo si no pensara como pienso. 

[Libro V, Epigrama XVIII]

25 de julio, lunes. Lo que hay detrás de una lengua


En una tertulia que sigo los miércoles, uno de los sabios que la animan realiza una afirmación que me ha tenido en vilo una semana: «las grandes lenguas ya no generan identidades». En cierto modo es cierto. Pero hay algo que me impide otorgar la razón completa a la tesis. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en EEUU, los emigrantes de origen hispanoamericano de ciertos países —no de todos—, les hablen sistemáticamente a sus hijos en inglés. Es algo que también he visto con frecuencia en mi ciudad, incluso entre hablantes de una de sus dos lenguas que les hablan a sus hijos en la otra. Le he dado vueltas al asunto y creo que el problema está en el contenido de la palabra «identidad», a la que suponemos el atributo «cultural», que es lo que se ha perdido. La «identidad» que otorgan las lenguas de prestigio en una sociedad es la del «estatus», es decir, la de «clase», eso que creíamos desaparecido, pero que, como tantas lacras del silgo XIX superadas, regresa vigorizada en el XXI. 

[Libro V, Epigrama XVII]

7 de julio, jueves. Nociones de permanencia


La idea de que poseemos objetos que nos sobrevivirán es una concepción barroca. Y el Barroco dio los primeros pasos de la época en la que aún seguimos, aunque es posible que el hecho de que las cosas tengan más esperanza de vida que sus dueños ya haya dejado de ser una de las grandes pesadillas del ser moderno. Hoy los objetos se diseñan para que sean comprados varias veces a lo largo de una vida, es decir, difícilmente ninguno durará más que su dueño. Por mi parte, aún no he terminado de pensar en lo que me sobrevivirá. O tal vez sí. He acumulado carpetas durante años con materiales, los usara o no. La última semana antes de cerrar un ciclo profesional me encontré con un armario lleno. Montañas de papel que no podía conservar. La memoria caligrafiada de algunas décadas de trabajo. Bien, sin tiempo para otra solución, con los ojos cerrados, fue todo a la basura. De reciclaje, por supuesto. No me supo mal. Estaba, quizá, entrenado. Durante años he visitado los Encantes con asiduidad, donde se saldan los restos de vidas que ya no están. Y por el suelo estoy acostumbrado a revolver no solo libros, pinturas o muebles, sino también cartas, diarios, papeles íntimos, económicos, todo cuanto la gente cree que les sobrevivirá. Allí aprendí que la única trascendencia es el presente. Ni siquiera lo que hoy salvo guardándolo se redimirá. Tarde o temprano, acabará en los Encantes.

[Libro V, Epigrama XVI]

21 de junio, martes. Ontología tarifaria


Saco billetes por internet desde años. He visto cómo las tarifas han ido probando diversos modelos, pero últimamente se ha consolidado uno, idéntico para cualquier medio de transporte, que da qué pensar. Aunque se suele presentar en tres posibilidades para despistar sus intenciones, en el fondo consolida dos tipos muy diferentes de tarifa: una en la que desaparecen todos los derechos consolidados en décadas de consumo, y a la que se le añaden incluso condiciones impropias (como la de no poder llevar maleta en un viaje). No es que sea más barata, es que se renuncia explícitamente a cualquier derecho sobre el servicio adquirido (dudo incluso que sea legal ofrecer un servicio sin ninguna garantía y con tales restricciones).  Y otra tarifa que disfruta de los derechos normales y habituales de cualquier tarifa en el pasado. Se diría, sin exagerar demasiado, que una es la tarifa de esclavo y otra la tarifa de ciudadano (como las que debían de existir en las civilizaciones o en los países donde reinó la segregación social). La única diferencia que descubro entre aquellas sociedades infames y la nuestra es que aquí cada cual elige su condición, voluntariamente. El resto es lo mismo. 

[Libro V, Epigrama XV]

2 de junio, jueves. Al perder el sentido.


A veces percibo una profunda trivialización en el sentido de las palabras. En las conversaciones casuales que escucho al azar y, sobre todo, en los nuevos hábitos de los locutores en los medios de comunicación. Se ha puesto de moda una suerte de repetición rotatoria de las frases que desvirtúa su significado. Convierte los contenidos en estribillos de ninguna canción. Es curioso, lo que debería servir para construir pensamiento es cada vez más una pantomima en la que las palabras son marionetas de feria a las que se disparan significados, sin que ninguno acierte, con un rifle de cañón desviado.

[Libro V, Epigrama XIV]

24 de mayo, martes. Idilio de espacio y tiempo


El pueblo de mis padres es conocido por el asado de corderos lechales. Mi madre los hacía muy bien. En mi infancia, había un hombre que asaba lechazos solo los domingos, y se podían comer en una sala que estaba encima del cine, que no era exactamente un restaurante. Había mesas y sillas desiguales. Se colocaba en la mesa una servilleta, un plato de barro, los cubiertos… y listo. Era plato único. Salía del horno, en un recipiente de barro, después de haber pasado muchas horas dorándose. Algún domingo de verano, en mi adolescencia, comí con mi familia. Mi abuelo Clemente y la mayor de sus hijas, mi tía, ayudaba en el asador. La gente venía de todas partes solo para comer sus lechazos. Llevará ya muchos años muerto, pero nadie lo olvida su mote, el Nazareno, ni siquiera yo, a cientos de kilómetros y a décadas de ausencia. Creo que fue la persona más importante del pueblo en el siglo XX. El asador de corderos aficionado. 

[Libro V, Epigrama XIII]