15 de septiembre, jueves. A vueltas con el «metaverso»


Como poeta me veo impelido a decir algo en contra del neologismo de moda: metaverso. Ya sé que la raíz «verso» en esta palabra no tiene nada que ver con la poesía. Es algo que se podría discutir etimológicamente, aunque en este caso ni siquiera interesa demasiado. Lo pernicioso del metaverso procede de su descarado diseño para sustituir lo real. No lo que ocurre en la realidad, que nunca podrá dejar de ocurrir, sino la realidad como fuente de los significados biográficos, es decir, aquello que significa para una vida. Es algo un paso más allá de lo que ocurre en este momento con la informática —por ejemplo, ahora se quejan en las bibliotecas universitarias por el hecho de que ni profesores ni alumnos se acerquen ya a los libros de una manera significativa. Este ir más lejos trata de encasillar en el tiempo digital todas las sensaciones, los efectos, las emociones, las ideas que antes emergían del trato con la realidad. El verso vive de estos significados, que emanan de lo real y al mismo tiempo lo explican, lo contradicen o lo interpelan. Cuando los significados posibles lleguen codificados del metaverso, los versos habrán caído en desuso: se vivirá una realidad perfectamente codificada. Prisiones a la puerta de las cuales se prevén enormes colas para acceder. 

[Libro V, Epigrama XXII]