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16, miércoles. Junio. Balada de la ventana

En Lisboa existe una calle llamada Rua das Janelas Verdes, que incluso exhibe prestigio literario, con la que soñé en los años de mi juventud. También en español ofrece un sugerente eneasílabo: «Calle de las Ventanas Verdes». No está céntrica, así que pasaron unos meses de mi vida lisboeta en los que conocí calles, y nombres de calles, pero me olvidé de la única con la que había viajado idealizada.

Un día en el que no tenía nada que hacer, un domingo por la mañana, me encaminé hacia mi calle anhelada. La recorrí desde un principio que no tenía hasta un final que tampoco. El inicio lo señalaba el mero cambio de otro nombre de calle para el mismo trazado, que en cierto punto continuaba, pero ya con otro nombre. La Rua das Janelas Verdes no era más que un trozo de una calle muy larga, sin otra personalidad urbanística que la de heredar un antiguo camino entre poblaciones. Angosta, con el paso incesante de coches y autobuses en ambas direcciones, una acera rácana, incómoda y ruidosa. Obviamente, no tenía ventanas verdes, entre otras cosas porque en su estrechez era difícil contemplar las ventanas con cierta perspectiva. No sé si lo continuará siendo, pero aquel día de 1983 pensé que había conocido la calle más inocua de Lisboa.

Aunque aquella experiencia había afectado a su idealización previa, con el tiempo me di cuenta de que el nombre de la calle permanecía indeleble en mis evocaciones. Tal vez porque la calle en realidad no nombra las ventanas de esa vía en concreto, sino todas. Las ventanas son verdes, pero no porque las hayan pintado así, como pensé en su momento que ocurría. El verde es el que entra en salas y habitaciones a través de las ventanas. El color del aire, de las arboledas urbanas y de los paisajes campestres, pero también de cuanto no está enmarcado, aunque aparezca en la mirada de quien se asoma a la ventana: el prado donde se sueña abrazado por la persona que ama. Incluso si la persona a la que ama, a su lado, mira a través de la misma ventana idéntico prado.

5, sábado. Octubre. Desde la ventana



Amanece la ciudad con niebla. Aunque tal vez más exacto fuera decir que la niebla se ha posado sobre la ciudad. Por la ventana miro los edificios decapitados. Sin azoteas, sin áticos, sin bosques de antenas. La niebla es un fenómeno contradictorio. Nunca nos oculta su origen fantástico, el que no esté lo que está, pero contemplarlo no produce alegría, sino un mohín melancólico. Existencial. Sus desapariciones no son mágicas, sino premonitorias.
    Me gustaba la niebla en Lisboa. Subía desde el río y anegaba todo el barrio portuario. En las calles solo se descubrían los transeúntes que caminaban en sentido contrario en el instante anterior del roce al esquivarlos. Como apariciones de película. La niebla ha sido siempre muy cinematográfica. Del cine en blanco y negro. En Lisboa me compré una gabardina años cincuenta que posiblemente llevaba en el establecimiento a mi espera desde entonces. No me la he vuelto a poner porque no estoy seguro de que me cayera bien. Pero los días de niebla, enfundado en su coraza, recorría los laberintos del Cais do Sodré viviéndome otro. La niebla ha sido siempre, también, muy pessoana.
     En Santa Perpetua, donde acudía cada mañana temprano a trabajar, hubo unos años de intensas nieblas. A finales de los ochenta. El coche entraba en el interior de una nube y el conductor se convertía en un piloto. De la nada. Los árboles gigantes al costado de la carretera, las altas grúas de los bloques en construcción, los campos cultivados que de repente tropiezan con un edificio y se convierten en ciudad habían sido borrados. Solo se reconstruían en la memoria de quien los recordara de su paso cotidiano por ahí. Pero estar, no estaban.
      Luego estas nieblas persistentes dejaron de actuar, como si el clima también tuviera cambio generacional o revoluciones tecnológicas. Se quedaron junto al tocadiscos, el molinillo de café y la máquina de escribir. Por eso me ha gustado esta mañana de sábado permanecer un rato frente a la ventana viendo, hoy más cerca, cómo la niebla regresaba con su sed inmensa de desapariciones íntegra.