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20 de agosto, martes. Veinticuatro aforismos para Juanjo Martín Ramos



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Juan José Martín Ramos, Juanjo, es un clásico de una época sin clasicismos. Cuando abrió los ojos al no mundo contemporáneo solo encontró un ápice de clasicismo entre los modernistas.

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Los modernistas perdieron su época con la irrupción de las vanguardias y, como quien pierde el tren, se quedaron compuestos y sin horizonte. También Juanjo un día preguntó qué día es hoy, y hoy no llevaba ningún nueve en el nombre. Se había quedado sin siglo.

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Sin siglo empezó a escribir aforismos. Sin la arcilla de los ochenta, que había moldeado el mundo, y sin el esmalte de los noventa, que lo había coloreado.

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Coloreado se muestra fugazmente el pensamiento con el destello de un resplandor. Quien lo copie en su cuaderno habrá escrito un aforismo.

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Un aforismo es un pliegue de mármol en una túnica griega sobre el que se desliza una mano.

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Una mano de la mano de otra mano escenifican, las dos manos juntas, el hábitat de un aforismo.

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Un aforismo es para el cuerpo del pensamiento una caricia. Una hoja arrancada por el viento que cae sobre el cauce y se va con el río.

8.

El río es un accidente geográfico clásico. Clásicos son los pliegues y rizos de la piel del agua cuando fluye y también el modo de retratar a los transeúntes que se asoman desde el puente para contemplarlo con el gesto misterioso de un aforismo.

9.

Un aforismo de Juan José Martín Ramos, Juanjo, es un pliegue sobre el lenguaje que produce, al oírlo, un leve calambre semántico que sorprende.

10.

Sorprende, sobre todo, el dejarse sorprender por la ausencia de sorpresa. La verdad se esconde en la aridez de la verdad. Abro comillas: “Todo empieza siempre por querer atrapar la vida en unas imágenes que, al cabo del tiempo, ya nada significan”, fin de la cita. No de la cita que tenemos Juanjo y yo con ustedes, sino de la literaria.

11.

Literaria es la condición que cumple aquel pensamiento que le impulsa, por amor, a desenroscar el capuchón de la pluma.

12.

La pluma del escritor Martín Ramos solo tiembla entintada sobre el papel cuando el propósito promete brevedad.

13.

Brevedad o breverías, una tras otra, también componen un rostro, aunque confiese no haberlo visto el autor.

14.

El autor ignora que la conciencia de que carece de rostro, es decir, de que no tiene nada que decir, de que las imágenes ya nada significan, dice más que cualquier mamotreto de páginas y páginas redactadas por el escritor que sí tiene algo que decir.

15.

Decir es necesario, vivir lo es menos.

16.

Menos es para Juanjo una poética. Cito un aforismo: “Cuando el intruso no es el otro”. Siete palabras bastan para desvirtuar la máscara. Cito otro: “A mí me ha tocado ser yo”. Siete palabras bastan para colocar la nueva máscara.

17.

Máscara era la encarnación del destino para los griegos. De los pliegues de sus túnicas nacieron los aforismos. En el barroco fue símbolo y en los pliegues de sus frases emergió la sorpresa. Para la vanguardia fue la multiplicidad del yo y en los ecos balbucientes prendió, lleno de personajes, el vacío.

18.

El vacío lleno de vacío es la máscara desprovista de máscara del yo ausente del yo.

19.

Del yo cuyo decir hurga en el contenido que ya no está, cito, “¿De verdad tengo algo que decir?” Seis palabras.

20.

Palabras que fueron palabra y ahora son palabras. Montonera, pedregal, sotobosque. Ausencia que busca su significado en el abandono de los significados.

21.

Los significados que significan tras la muerte del significado. Yo asomado al puente sobre el río cuyo cauce no fluye. Máscara de la máscara que los tramoyistas extraviaron. Luz apagada de lo trascendente.

22.

Lo trascendente reducido a espejismo. Cito: “Vivimos en relación con los recuerdos que elegimos para atormentarnos”. La luz de una estrella muerta que en el cielo del verano encandila los idilios.

23.

Los idilios deshilados. Cito: “Hoy hacemos el amor; mañana seguiremos pagando facturas”. Sin siglo, sin significados, sin máscara, sin yo, sin ilusión, sin rostro.

24.

Sin rostro, pero con lucidez, con verdad, con clasicismo de túnica griega, con elegancia modernista, con brillo en los ojos, con cazamariposas de relámpagos, con la luz de las supernovas muertas, con el estremecimiento de las palabras, con siete palabras que a veces son seis y otras veinticuatro, con la inmanencia del capuchón sobre la mesa mientras la pluma entinta el papel, con la voz de actor clásico, cuando los lee en voz alta, del escritor y editor Juan José Martín Ramos, mi amigo Juanjo.

26, jueves. Marzo. El mundo, la biblioteca (nunca fue tan así)



En su biografía de Rainer Maria Rilke (1875-1926), evoca Antonio Pau el posible primer paseo que dio el poeta por las calles de París, recién llegado y tras alojarse en un hotel del Barrio Latino. Aquella tarde de finales de agosto de 1902 pudo pasar por delante de tres hospitales parisinos —batas blancas, inválidos, gente cabizbaja y huidiza—, y sin duda no muy diferente debió de ser su recorrido real, pues el mismo día le escribe a su mujer: «Me asustan tantos hospitales, están en todas partes… A veces se tiene la sensación de que en esta inmensa ciudad hay ejércitos de enfermos, multitudes de moribundos, pueblos de muertos». Una sensación tan intensa que la conservará para reproducirla en el célebre inicio de su novela biográfica Los apuntes de Malte Laurids Brigge: «¿De modo que aquí vienen las gentes para seguir viviendo? Más bien hubiera pensado que aquí se muere».
    Con ser contundentes estas apreciaciones sobre la vida urbana, son propias de la perspectiva desde la que se observa la realidad: primeras impresiones de quien acaba de llegar. En París reside Rilke algo más de una década —aunque con constantes y extensos viajes— y ahí escribe las dos colecciones de Neue Gedichte (Nuevos Poemas) donde hay textos que afinan más en sus símbolos de la vida de ciudad. Me gusta en especial uno —ubicado en el Jardin des Plantes parisino, como indica el epígrafe, aunque obviamente se refiere al zoo instalado en su interior— que se titula «La pantera». Compuesto por tres cuartetos, el primero es una prodigiosa descripción de lo que pudo observar Rilke ante el felino: «Su vista se ha cansado tanto de ver pasar / los barrotes, que no retiene nada. / Le parece que hubiera mil barrotes / y tras los mil barrotes ningún mundo».
    Hasta hoy siempre había leído este poema como símbolo de la vida urbana, encerrada en la jaula de su propia magnitud —edificios, tránsitos, multitudes—, pero recibo el correo de un amigo que se define como «una persona que recorre el pasillo de un piso del Ensanche» y descubro una nueva, inédita, lectura de «La pantera», emblema ahora del confinamiento. El «ningún mundo» ya no es un horizonte filosófico, sino la misma ciudad que hasta ahora interpretaba el papel de jaula.
   De hecho, otro maestro de la cuarentena domiciliaria, Xavier de Maistre (1763-1852), describió el itinerario concreto del felino, de mi amigo y de medio planeta en estos momentos: «cuando viajo por mi habitación, rara vez recorro una línea recta; voy de mi mesa hacia un cuadro que está colocado en un rincón, de allí parto oblicuamente para ir a la puerta; pero aunque al partir mi intención sea dirigirme allí, si me encuentro en el camino con mi butaca, no me lo pienso, y me acomodo de inmediato». Este fue el único recorrido posible durante cuarenta y dos días de su encierro, que se corresponden con los cuarenta y dos capítulos de su manual de ironía filosófica titulado Viaje alrededor de mi habitación, libro que me recuerda en un mensaje de móvil mi amigo Juanjo Martín Ramos, editor de Polibea y novelista.
    Me ha reconfortado leer a Rilke y a Xavier de Maistre estos días en los que me dirigía a «la butaca» con un libro, pero por el camino siempre encontraba otros que mitigaran la orfandad de referencias sobre lo que nos está ocurriendo. Es lo que acaba de ocurrirme ahora. Me topo en los estantes, buscando otro libro por la C, con los de E. M. Cioran (1911-1995) y me voy hacia el sofá con sus Silogismos de la amargura (1952). De repente descubro con pavor qué hay al otro lado de un confinamiento: «Oblíguese a la gente a acostarse durante días y días: los colchones lograrían lo que ni las guerras ni los eslóganes han conseguido. Pues las maniobras del Tedio superan en eficacia a la de las armas y a las de las ideologías». No puedo decir ahora que Cioran me reconforte, mejor diré que me proporciona motivos para el insomnio.