31 de diciembre de 1988, sábado | Último viajero a Rødberg



Puede regresar a aquella hora a Rødberg, el tren está a punto de pasar, sin embargo, en Lampeland toma la línea en sentido opuesto y se dirige a Kongsberg, como si quisiera enlazar con la L12 a Oslo. Ya en la estación de los cuatro pabellones blancos, en la cafetería, lee el periódico mientras espera la hora de salida del último convoy hacia Rødberg, la de los dos caserones rojos. No es el último del día, aunque lo sea; tampoco el último del año, pese a la fecha que aparece en el calendario, 31 de diciembre de 1988. Es, en un sentido absoluto, el último. Tal como se diría de alguien que acaba de fallecer. Tras casi una década de obras y apertura paulatina de tramos, el primer tren había llegado a Rødberg en diciembre de 1926, sesenta y dos años antes del día de hoy. También su edad, aunque para él no sea aún su última jornada. O eso espera.

De haber sido el tren una persona, se lamentaría su temprana desaparición. Como no pudo verlo llegar, porque para el primer viaje era demasiado pequeño, apenas un bebé de dos meses, le seduce la idea, más teórica que con un valor práctico, de ser el último viajero en recorrer los noventa y tres kilómetros de la línea del Numedal. Y casi literalmente lo consigue, pues en esta fecha y a esta hora nadie tiene problemas para encontrar asiento. Si acaso, tal vez, solo para decidir el costado que contemplar en la despedida. La luna, en cuarto menguante, apenas asoma, aunque el cielo parezca en parte despejado. La noche, por encima de la nieve, cuyo bulto en los márgenes de la vía reluce con el reflejo de las ventanillas, es profunda. Opaca. Y el tren se abrirá paso, indiferente, hacia ese corazón oscuro.

Como conoce el recorrido, los tiempos y las paradas, el viaje nunca se le hace largo. Da para leer el periódico sin interrupciones por otros quehaceres. Es la ventaja que le ve al tren. Nunca ha entendido que para algunos resulte un suplicio no poder abandonar el vagón durante dos horas. La vida actual cada vez ofrece menos momentos detenidos y hay que aprovecharlos. Para su último viaje en el ferrocarril de su valle accede con las manos vacías. No necesita distracciones. El periódico lo ha dejado en la puerta de la cafetería, sin darse cuenta de que ya no aparecerá detrás de él ningún viajero que pueda aprovecharlo.

Por no saber dónde colocar las manos, se quita los guantes y las enfunda en el chaquetón y se deja caer en el asiento. Como si fuera un adolescente. La gente se empeña en tratarle de señor, pero siente que quien era cuando tenía veinte años sigue utilizando su cuerpo para moverse y pensar. El viejo que le cambie opiniones, hábitos y gustos aún no ha comparecido en su interior. Continúa siendo el mismo estudiante que regresa cada fin de semana a casa de sus padres. Entonces, cuando tras hacer el transbordo en Kongsberg accedía al mismo vagón que ahora arranca, ya se sentía en casa. Ahora vive solo en una cabaña en las afueras del pueblo, si es que el pueblo ha tenido alguna vez centro. Quizá la estación lo haya sido estos años, el lugar por donde se entraba y se salía de Rødberg, pero cuando a partir de mañana ya no llegue ningún tren, nadie se acercará a los andenes, que se convertirán en un escenario vacío para un público despeinado de hierbas y maleza que se tumba sobre los rieles y se esparranca sobre los durmientes de madera.

Pero el futuro no existe. Acaba de comprobarlo nada más subir al primer vagón, como acostumbra, y sentarse de cara a la marcha en un asiento que, si encuentra libre, es su preferido. Su horma reconoce las hechuras de su cuerpo. Esta noche de fin de año, apenas dos o tres personas más acceden al vagón. Prefiere no reconocer a ninguna. Tampoco aparecen en su campo de visión. Quedan detrás, como la estación de Kongsberg. Aunque ha decidido fijarse en todos los detalles del viaje que ya no podrá volver a vivir, el pensamiento rara vez queda sujeto en el noray del puerto donde se ata y vuela por el tiempo a su antojo, sin pedirle permiso. En qué ensalada de sensaciones se convierte el pensarse en aquel viaje ferroviario durante tantas décadas de una vida. Tampoco el pasado existe. Al desviar la mirada hacia la ventanilla, la noche tras el cristal le devuelve su imagen de ahora, un hombre de sesenta y dos años, pelo cano, entradas, bolsas bajo los ojos, contemplándose.

Cada parada en la que el convoy se detiene surge algún recuerdo. Como quien abre los cajones de una vieja cómoda sin saber qué hay, pero reconociendo inmediatamente lo que encuentra. En la aldea de Svene, una noche de verano, una fiesta, amigos, conversaciones. Tantas palabras vertidas. Su lengua de entonces, más poblada de tacos. Flesberg. De Flesberg era Emma. Aún la recuerda. Se fue a estudiar a Bergen y no regresó nunca más al Numedal. Si la viera por la calle, está seguro que la reconocería. En Rollag, el cauce bravío del Numedalslågen y de repente la calma del lago. Así también transcurren los años, le dice la figura que ve reflejada en su ventanilla y va conversando con él. Detrás, el resplandor blanco de la nieve acumulada en los márgenes. Se pregunta hacia dónde ha viajado en todo el tiempo ferroviario transcurrido, la infinidad de horas que ha pasado en este tren donde no podrá volver a subirse. En la esquina superior de la ventanilla consigue ver solo media luna. Menguante, como el ir viviendo.

De súbito, un fugaz pensamiento le sobrecoge: ¿y si fuera el tren el que se ha subido en su tiempo por última vez? Del mismo modo que su nacimiento, de algún modo, fue el presagio de la llegada del ferrocarril a Rødberg. ¿Existirá algún vínculo entre la edad de su cuerpo y la de la locomotora que arrastra los vagones? Aunque se han abierto las puertas en la última estación del último trayecto, y las pocas personas que viajan se han diluido ya en la noche como sombras dispersas, esta idea le petrifica en el asiento. Un silencio espectral se cuela por la puerta y le despierta de sí mismo. Estira el paso para salvar el hueco entre vagón y andén. Las luces de las farolas en la estación van trazando círculos escolares a su paso. Despacio los atraviesa sin salirse de una mínima senda entre las placas de hielo. Abre la cancela de salida con un chirriar de herrajes y sin darse la vuelta para ver el tren detenido, el último viajero también desaparece en el corazón opaco de la noche. 

20 de junio, sábado. Jardín de aforismos



Qué inútil queda lo valioso de cada época —la memoria, la caligrafía, la lectura, el silencio—. Ni siquiera los anticuarios exageran su precio cuando lo ponen a la venta.

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En la juventud traumatizan los defectos de carácter que, en el curso de la vida, ahorran traumas mayores.

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Quien pronostica en exceso se suele reír de quien añora tiempos pretéritos, pero ambos padecen de idéntica sinsustancia de presente.

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Cuanto más aprende uno a vivir, más se ejercita también en su despedida. De ahí que sea esta una materia que no se imparte en ninguna escuela.

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Añoro la época en la que lo imaginario y fantasioso era considerado pernicioso para la verdad; que ahora resulte inocuo la debilita.

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Lo importuno avisa con su sobresalto de que aún no somos capaces, felizmente, de controlarlo todo.

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El límite que un cuesco establecía en las relaciones sociales ha quedado relegado a lo anecdótico.

15 de junio de 2026, lunes | La feria | Epigrama


Crecí en una época donde todo era uno: escribir, cartas; hablar, teléfono; quedar, en la cita anterior; leer, libros; estudiar, apuntes; informarse, periódico; documentarse, biblioteca. Cada necesidad, un soporte. Ahora, con frecuencia recuerdo algo que he leído, pero soy incapaz de decir si lo he visto en un libro, en una revista, en wikipedia; en internet; en un blog, en una página de fbk, en un comentario de instagram.... un sin vivir no saber dónde se hace cada cosa que hay que hacer. 

[Epigrama VI-09]

3 de junio, miércoles | Parábola del mal samaritano



Me entrego solo a aquello que destruyo

Pierre Emmanuel

  

Así como lo veo yo, la cuestión es la siguiente. El caminante avanza por un sendero invernal. A cada paso que da, la hojarasca crepita bajo las botas. Lleva buen ritmo. El fragor que provoca anula el resto de sonidos del bosque, pero no le importa desatender el canto de algún pájaro que tampoco es capaz de identificar. Lo único que persigue es mantener la cadencia de la marcha. No quedarse por detrás de su determinación. Al atravesar un claro, en cierto punto, descubre a lo lejos la figura de otro viajero, pero no está erguido, como él, sino tumbado sobre la hierba que crece en un poco pronunciado talud. Se ha colocado la mochila bajo la cabeza, a modo de almohada y los ojos cerrados parecen indicar que está dormido. Si el caminante continúa su marcha, es muy posible que despierte a quien aprovecha el silencio para descansar. Pero no me corresponde a mí tomar esa decisión de continuar o de emprender un rodeo a través del bosque para no producir ninguna molestia. Yo soy, en este ejemplo, siempre quien está durmiendo, mi compromiso se limita a continuar así de ignorante o a despertar.

         No puedes acusarme de incumplir mis promesas si de repente me desvelo y al abrir los ojos con mi gesto afeo el alboroto que montan tus botas al caminar. En una pareja, siempre hay uno de los dos que perturba y otro que duerme plácidamente. Si este no se despabila, la perturbación tampoco existe. Si el caminante decide no modificar su ruta y atraviesa por delante de quien dormita sin que el otro se alerte, es lo mismo que si no hubiera pasado nunca por ahí. A su hora, abrirá un ojo, luego, el otro y se dirá a sí mismo «necesitaba este descanso». Alzará la mochila hasta su espalda y reanudará su vida en el mismo punto donde la había dejado al sentirse agotado. Tal vez incluso beba unos sorbos de la cantimplora y al sentir un ligero apetito apriete con una mano la bolsa donde guarda un bocadillo como vitualla. Que se lo zampe o no en ese instante resulta indiferente para el caso que estamos analizando. Si fuera yo quien soy, el recién espabilado, puedes estar segura de que no me hubiera levantado del talud hasta no dar cuenta de las provisiones. De todas las provisiones. Para con ellas tomar fuerzas y alcanzarte. ¿Y qué hubiera pasado entonces?, pues nada. Nada de nada. ¿O sí? Te abrazaría.

         Es como yo lo veo, un ir acercándonos; sin embargo, tal como tú explicas las situaciones, en cualquiera de los dos casos, la distancia entre tu itinerario y el mío aumenta sin cesar. No me habrían alertado tus pasos ni me hubieran causado ninguna molestia, pero en lugar de sentarte a esperar que me despertara por mí mismo, has seguido caminando y no solo estás ya lejos de mí, sino lo que es peor, sigues alejándote en cada conversación que mantenemos. Es posible que tus pasos no levantasen ningún rumor sobre las hojas secas, taimada como eres en todas tus maniobras, pero eso no quiere decir que no pasaras por delante de mi sueño y trataras de no desvelarlo, quizá avanzando de puntillas. El engaño sería entonces más patente, por oculto. Y más doloroso si en ese instante lo descubriera. Y al abrir un ojo, como quien no quiere asistir a ninguna prueba con las que nos examina la vida de pareja, de repente te viera caminar entrelazada con alguien que no soy yo, acaramelados los dos, queriéndoos entregar el uno al otro en cada uno de los gestos que os regaláis. Los dos muy juntos, buscando un recodo del camino, pero no para dar un rodeo, sino para esconderos de mí. Y si eso ocurriera así, ¿qué despertar sería el mío? ¿Cómo podría continuar el camino, después, que recorremos juntos?

         Bueno, no es más que simple un ejemplo. Los ejemplos no son una crónica, no se construyen con datos reales, sino solo con parábolas. Es hablar por entendernos mejor así, metafóricamente. Qué más da quién haya sido infiel con quién. Quién ha perturbado el descanso de quién. No pongamos nombres a los personajes. Veamos solo cómo se comportan. Ya sé que el desleal he sido yo. Pero tú eres quien no admite que levanta un ruido infernal por el camino cuando avanza, la que se queja en todo momento de mi comportamiento inadecuado. Ya lo he admitido. Ahora descanso sobre un pequeño talud de la vía que compartimos y por eso soy yo el durmiente. Y tú la que me despierta una y otra vez, atravesando por la senda con tacones de bailadora sobre una plataforma de madera. Por eso, cuando te acercas a mí, que descanso tumbado sobre la hierba, deberías aplicarte el cuento, el cuento original, y abandonar la pista de hojarasca y en silencio dar un rodeo sobre todo lo que ocurrió y el que tus malas artes descubrieran que me había echado a dormir en nuestra relación, y sin levantar la voz aparecieras al otro lado, justo cuando yo emprendía de nuevo el camino, para así juntarnos de nuevo y seguir como siempre, de la mano, sin alharacas, los dos hacia delante, reconstruyendo al unísono aquello tan valioso que estaba sobre la mesa y una corriente de aire ha empujado hasta el borde y ha dejado caer al suelo, sin que se rompa nada, ni un solo añico, solo si tú eres capaz, claro, de no despertarte mientras cruzo por delante, aunque crepiten mis pasos. 

[Cuaderno de ficciones, página 41]

15 de septiembre de 1913, lunes | Franz Kafka en Venecia



El nombre de Venecia, repetido por los viajeros exaltados, llega a mis oídos desde proa como el eco de un orante. Bendición que no puedo rezar yo, retorcido encima de una caja de madera, por no tirarme al sucio suelo, mientras trato de ocupar en la realidad el menor volumen posible. La cabeza entre las piernas y los brazos por encima, porque erguido mi cuerpo gira a la velocidad de una peonza que hubiera lanzado la estatua de un prócer hecha carne. Sé que el barco de vapor donde navego desde Trieste se acerca a la ciudad con la parsimonia de dos cuerpos que aspiran a un coito matrimonial. Es lo que me hace pensar en Felice, ahora, y en la celebración de una ceremonia que me produce idéntico vértigo al que padezco por el incesante balanceo de la galerna. Solo consigo desenredar los pensamientos sobre mi mareo y sobre Felice, como si uno fuera causante del otro. Escucho el Shemá profano de los asombrados viajeros entre el chapoteo del oleaje contra el casco sin lograr ni siquiera acercarme hasta el ventanuco redondo para contemplar también yo el prodigio que he venido a ver.

         Justo en el momento de virar ante la Punta Sabbioni, tal como había previsto que hiciera la ruta que había trazado en un pequeño mapa del norte de Italia, adquirido en Trieste, de repente se desata sobre el barco y sobre Venecia un aguacero. Los viajeros regresan apresurados a cubierta y se refugian a mi alrededor, dándome algunas patadas en su pretensión de pegar las narices a un cristal manchado de sal y convertirse de nuevo en orantes. Solo lo que oigo de sus labios con exclamaciones — ¡Giudecca!, ¡Gran Canal!, ¡cúpula de San Marcos!— es lo único que veo. Por sus voces sé que el vaporetto Carmen, se llama como una novia que no es mi novia, se acerca al dique. El hotel no está lejos, lo sé, hay que caminar un centenar de metros por un paseo junto al canal, al que los venecianos, con un discernimiento que mi estado tambaleante duda en reconocer, llaman «Fondamenta», igual que los filósofos a sus creencias.   

         El Sandwirth es un hotel de estilo oriental. Cuando lo distingo en la distancia, bajo el paraguas que sostiene un mozo a mi lado, mientras otro detrás carga con la maleta, empapándose, se lo indico, casi en italiano: «Per raggiungere questo hotel è necessario arrivare in carovana di cammelli». Ni un mozo ni el otro, sin embargo, se inmutan. Será por el chaparrón que está cayendo, así que me concentro en mí mismo. Las piernas, aún bamboleantes, no están seguras de sostener ni siquiera el nimio peso de mi cuerpo cuando, por entretenerme con las vistas, no advierto el charco en el que naufraga mi zapato derecho e, inmediatamente, el izquierdo. En un instante el agua rodea mis tobillos, como una bufanda afianzada al cuello en día de ventisca, y traza un círculo perfecto, pero de súbito helor.

         Acabo de escribir, en una habitación trasera del Sandwirth, una tarjeta postal a Felice.  La he comprado en la recepción y me ha servido a mí también para obtener así al menos una imagen de Venecia. Solo he sabido escribirle que no cesa de diluviar, como si la inmediatez me rescatara de los debates que azotan mi interior. La carta que he de enviar a su padre desde hace semanas; la carta que me da vueltas en la cabeza, más que mi mareo, sin que me atreva a convertirla en palabras. No concibo que dar el paso que nos reúna en un único destino suponga que me separe yo del mío. Que no otra tragedia será renegar del sentido que orienta mi vida, la escritura, renunciando a los hábitos que lo sostienen. Pero no consigo pensar claro tampoco ahora. Mañana, si logro dormir esta noche, le escribiré a Felice lo que hoy no sé ni pensar.

         El temporal continúa cuando decido emprender mi primer paseo por Venecia. La precipitación no se detiene. Me sitúo junto al botones, en la puerta, y practico mi pobre italiano: «Nessuno mi aveva detto che a Venezia piove». Sonríe y, pensando quizá en la posible propina, se arriesga con un dato sentimental: «Oggi, tanto quanto a Berlino». Pero ha fallado en el tiro. En Berlín solo está Felice, a quien la lluvia me había hecho olvidar por un instante. Y de repente regresa en la voz del botones y me roba la posibilidad de continuar el diálogo. Me giro hacia la Fondamenta vacía, me cubro con la capa y empiezo a andar en dirección a la plaza de San Marcos. La lluvia repiquetea en las baldosas a mi paso. Después de caminar un buen rato sin cruzarme con nadie, veo a un comerciante, con el delantal abrochado a la prominente cintura, bajo la marquesina de su establecimiento, tan sin clientes como el paseo. Desde lejos le pregunto: «¿Piazza San Marco?». Y de inmediato levanta un brazo en la dirección opuesta a la que avanzo.

         Nada más alcanzar los soportales del Café Florián me quito la capa, que chorrea agua como lo haría un arroyo de montaña. La sacudo y la doblo. Entro. El camarero me señala desde la otra punta una mesa para dos en una esquina de la sala. Ocupo la silla destinada a Felice con mi capa y mi sombrero, completamente calados. En la otra, me siento. Observo alrededor penosas pinturas ricamente enmarcadas, espejos enormes, molduras al gusto del siglo pasado pintadas en dorados. En un café de estación ferroviaria me sentiría más a gusto, sin duda. Se acerca el camarero y parece no tener mucho trabajo, porque consigo de su paciencia que avance mi práctica del italiano más que con todos los botones del Sandwirth juntos. Cuando se da la vuelta para ir en busca del servicio que he encargado se instaura en mi mente el primer instante de sosiego en Venecia. Que al momento siguiente se estrella contra el suelo igual que haría una copa de vino rozada con el codo sin querer al levantarse.

         Sin que lo advierta se ha acercado desde una mesa vecina, arrastrando su propia silla con una mano y su taza humeante en la otra, un desconocido. Me pide permiso para sentarse a mi mesa en alemán y sin que me dé tiempo a rechazar su oferta, se sienta. Se presenta formalmente como ritter von Pflügler, Ingeniero de Construcciones de Siemens & Halske. Me tiende la mano. Respondo por inercia: «Franz Kafka, Administrador de Seguros». «Su alemán —me replica de inmediato— me evoca el este». «Praga». «Claro, qué cabeza tengo», y utiliza el sustantivo birne en lugar de kopf, como haría cualquier mozo de cuerdas berlinés. «¿De turismo?», le pregunto no sé por qué, pues lo que en este momento deseo es que desaparezca de inmediato y me deje a solas con la ausencia de Felice. «En absoluto, querido amigo, estoy aquí en Venecia para desempeñar una misión altamente secreta».

         Que tampoco se esmera demasiado en ocultar. El caballero Pflügler me cuenta, sin que yo ni siquiera se lo haya sugerido, que le ha enviado su empresa a la ciudad para preparar un proyecto innovador. «Ya sabe, queridísimo amigo —la confraternización resulta fácil con Pflügler—, que Siemens & Halske hace treinta años puso en pie la primera línea comercial de tranvías en el mundo, —y puntualiza— capital Berlín». «Claro», afirmo desde mi ignorancia absoluta sobre la historia de los tranvías. Mi asentimiento, sin embargo, resulta una llave certera para adentrarse más a fondo en la materia reservada de su presencia en Italia. «Siemens & Halske se propone construir un servicio completo de tranvías para Venecia». Según me cuenta, sus planes son para una primera línea, que recorrerá el Gran Canal por ambos márgenes y conectará con una segunda línea que realizará un trayecto perimetral a toda la isla, más una tercera línea que conectará con el continente por San Giuliano. Los convoyes discurrirán —continúa la efervescencia de sus explicaciones— sobre una plataforma cuya estructura metálica se fijará en el fondo del canal mediante los mismos pilotes de madera de roble hincados en la arcilla que sostienen todas las construcciones de Venecia. «Si un palacio barroco se mantiene en pie, ¿no lo hará el paso fugaz de un tranvía?».

         Mareado, ahora no por la galerna, sino por el torrente de confidencias técnicas del caballero Pflügler, y casi sin probar la consumición que había pedido, me levanto como puedo, pese a sus protestas, saludo y abandono el Florián. San Marcos se mantiene tan enorme como desangelado bajo el azote incansable de la lluvia. Avanzo pegado a las paredes hasta que consigo llegar al Sandwirth. Y al fin obtengo, como premio al ajetreo de este día, el silencio de la habitación que acompasa el ya tenue repiqueteo de las gotas en la ventana. Tomo asiento frente a una cuartilla. Retiro el capuchón, con la vaga intención de escribir a Felice la carta prometida, sin embargo, la tinta de la pluma abre los ojos, como quien se despierta de un sueño alterado, y reconoce como suyos la cama, la mesa, las ropas en el respaldo de la silla y el álbum de postales ilustradas de Venecia, pero en absoluto las súbitas rarezas de su cuerpo, «echado sobre el duro caparazón de su espalda». 

Foto de Jordi Canals

20 de mayo, miércoles. Jardín de aforismos



Mirar algo y ver su metáfora no es lo mismo que mirar una metáfora y entrever algo diferente. El primer caso es lo razonable; el segundo, lo irrazonable.

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La polémica admite todas las opciones menos una, la de permanecer callado.

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La claridad es el vestido de la desnudez de quien en lo oscuro se desviste.

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La estructura semicircular del teatro griego pretende anular las diferentes perspectivas en el juicio de la obra. Cuando parece que no lo consigue es cuando mejor lo logra.

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Ahí donde rige la fijeza del conjunto aumenta la mutabilidad del resorte que lo fija.

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Que sentirse una persona de su tiempo esté bien visto por el resto explica lo difícil que resulta comprender la idea de caducidad.

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Entre uno mismo y el otro no hay nunca idéntica distancia que entre el otro y uno mismo.

5 de mayo, martes | POÉTICA DEL PARQUE


los árboles son ángeles

Menna Elfyn

A veces veo cómo abandona el parque un niño que llora. Levanta los guijarros con la punta del pie que se niega a caminar mientras la madre lo arrastra por el sendero. Aún el anochecer ni siquiera se ha insinuado y no entiende que ya sea la hora de irse. Contrariedad que comprendo bien, porque tampoco es para mí la hora de llegar. Sin embargo, estoy sentada en un banco del paseo central y lo veo pasar por delante de mis piernas cruzadas, sin medias. Al poco se marchan, en grupo, las niñas y los niños que jugaban con el que se ha ido a rastras. Los acompañantes pasan primero, sumidos en arduas conversaciones de adultos, como un rebaño que pastorean, por detrás, los pequeños. Brotan de la nada, más tarde, los adolescentes. En grupitos dispersos de chicos solos, silenciosos, como enfadados unos con otros, y, entre estos, dos o tres muchachas que caminan muy juntas, riéndose en exceso y dándose codazos. Los chicos me dan igual, pero a ellas me quedo mirándolas hasta que desaparecen pasados los columpios. En sus mejillas encendidas luce una promesa que hace tiempo he perdido y, sin embargo, no añoro. No es posible ya regresar a la ignorancia.

         Viví enamorada una época, lo confieso. Creo que me precipité. Es algo que nadie explica en su momento y hay que aprenderlo desde el suelo, cuando ya se ha tropezado. Pude limitarme a como era al principio. Ir al cine, al centro comercial y, al caer la tarde, dirigirnos hacia el parque y permitir que acariciara mi mano con la suya. También observo cómo pasean por aquí las parejitas más jóvenes, siempre sonrientes. No saben muy bien qué contarse, y no se me escapa que lo poco que hablan se lo van repitiendo entre los dos como una salmodia. Es el cuerpo quien habla por ellos desde las distancias, reducidas a lo milimétrico, pero siempre presentes. Qué gracia tienen estos noviazgos primerizos, que anhelan, como yo, la discreta umbría del parque. Se miran a los ojos sin cansarse y su quietud, respetuosa y tan estudiada, entrega el protagonismo a sus cuerpos, que son los que hablan por ellos. Tampoco necesito charlar con mis amantes fortuitos, cuando llegue la medianoche y haga mucho rato que los enamorados se han ido. De nuestro encuentro solo emana un silencio que con cada gesto se hace más profundo.

         No sé si voy a tener paciencia para permanecer sentada en este banco hasta entonces, viendo pasar, según las horas, los habitantes del parque que también he sido. A la hora de estar en casa para la cena, con la primera oscuridad, me levantaré y saldré a las calles. En esta zona hay un bar tras otro, ni siquiera es necesario decidir, el azar mueve los hilos siempre con precisión. Estuve enamorada durante años. Fue el peldaño siguiente, cuando ya dejamos de venir al parque porque disponíamos de piso propio. Así lo contemplé entonces. No me di cuenta de la contradicción de haber llegado al final de la escalera justo cuando empezaba a subirla. No advertirlo aumentó la catástrofe. La vida es mucho más larga que el amor, al menos en mi experiencia, pero nadie me lo había advertido.

         El parque está dividido en tres zonas. En la primera aprendí a caminar, sobre la gravilla del paseo central, primero, y después correteando por los parterres de una hierba que acogía con dulzura mis tropezones. Es lo que me han contado en casa, tantas veces que hasta tengo la impresión de que me acuerdo. Y en el pensamiento me lo sigo repitiendo cada vez que entro, ahora que es posible que ya sepa caminar, pero no descarto ningún tipo de tropezón. Me digo a mí misma: aquí diste los primeros pasos. Posiblemente ocurriera el primer llanto tras caerme de morros contra la hierba, por blandita que fuera. Más tarde entregué, y recibí, los primeros besos. Y a partir de entonces, ni sé cuántas vivencias más se inauguraron en el parque. Después aparece la zona de juegos infantiles y la plaza central, que cada tarde se convertía en el campo de fútbol de los niños, y aún sigue así, resulta complicado atravesarla sin recibir un balonazo. Las niñas preferíamos la tercera zona, en la parte superior, una umbría casi boscosa con senderos más estrechos y bancos perdidos. Allí empezamos a jugar a papás y mamás, entonces sin papás, que estaban dándole patadas a un balón, y ahora es como si continuara el mismo juego y de idéntica forma, pues de ellos solo comparecen sus sombras.

         Me perdí en la zona de umbría en el parque una noche aciaga. Dolida por el feo que me acababa de hacer la vida. Ni siquiera creo que fuera culpa del joven del que me había enamorado. Sin duda entendió mejor que yo la teoría de los escalones, y habiendo subido el primero, la escalera sin un segundo peldaño se le hacía corta. Y se fue hacia lo desconocido, y yo, desazonada, me vine al parque. No sentí miedo. Era donde prefería ocultarme cuando juagaba de pequeña al escondite. Y más tarde, donde ensayaba maneras de dejarme besar. Fue una noche de marzo, aún hacía frío. Se me acercó un tipo, tal vez algo mayor que yo. No sentí ni un ápice de miedo. Recuerdo que me hablaba con una ternura extraña para el contenido de sus palabras. Le seguí sin más hasta la zona más boscosa. Me acarició como si estuviera acostumbrado a hacerlo cada noche. Enseguida me di cuenta de que había cometido el error de vestirme con pantalones. No me importó quitármelos. Los había dejado caer al suelo, pero se agachó, los recogió y tras doblarlos los dejó con delicadeza sobre el respaldo de un banco próximo. Esa noche nos escondimos entre los troncos de dos árboles muy juntos. Siempre que puedo regreso a ese mismo lugar, acompañada por una sombra diferente en cada ocasión, cierro los ojos y los árboles de alrededor se convierten en los ángeles de la ausencia de mí misma en todo cuanto emprendo. 

[Cuaderno de ficciones, página 40]

23 de febrero de 1981, lunes | Crónica de una tarde



No consigo recordar nada del lunes 23 de febrero de 1981 antes de las cinco de la tarde. Desde aquel momento, el día queda grabado en una estela de mármol que ahora transcribo.  Como cualquier tarde, al acabar horario y tareas, se puede salir del cuartel. Cumplía entonces el servicio militar en Madrid, en la zona de Campamento, en un acuartelamiento de la División Acorazada. Aquel mes de febrero a la compañía de tanques donde me han destinado le toca entrar en los servicios de cocina y a mí, por ser el escribiente novato, me han enviado a la oficina, un antro oscuro y húmedo, sin ninguna ventana, donde paso las jornadas junto a un sargento. Aquella mañana, en concreto, anduve seguro sumido en la tristeza. Al siguiente, 24, operan de corazón a mi madre, a seiscientos kilómetros de distancia. He pedido unos días para asistir a la operación, pero los destacados en cocina carecen de permisos. Por pura coincidencia, ese día 23 también operan al padre del sargento, a quien tampoco le dan permiso, pero aquella mañana se va a Valencia sin avisar a nadie, para volver por la noche.

         A las cinco de la tarde, hora de paseo, lo único que me sorprende es que no haya cola en la puerta. Cuando me presento el cabo me pregunta a qué compañía pertenezco. Le digo que soy el escribiente de cocina y me deja salir. Ni me preocupa que hubiera oído durante la tarde por los altavoces en diversas ocasiones llamadas a los soldados para que acudieran a sus compañías. Los de cocinas somos la excepción en todo.  Solo pienso que he quedado con un poeta. Lo había conocido a los diecisiete años. Era miembro del jurado de un premio escolar que me dieron. Un hombre mayor, de carácter tranquilo, autor de varios libros en editoriales de provincias. Como he llegado a Madrid un par de meses antes, aquel lunes de febrero quedamos en reencontrarnos. Al llegar a su casa el poeta me abre la puerta con asombro: «¿Qué haces aquí? Pensaba que no vendrías». Menuda acogida. Enseguida me cuenta que ha ocurrido algo de extrema gravedad en el Parlamento. Con tiroteo incluido. Que lo acaba de oír por la radio. Y yo vestido de soldado.

         El poeta me habla, a continuación, de sus lecturas en ciudades que solo he visto en el mapa, del libro que está escribiendo, asuntos que, en general, hubieran ganado enseguida mi interés, pero después de la primera conversación no consiguen mitigar el nerviosismo. Se lo digo y añado que prefiero regresar al cuartel cuanto antes, por lo que pudiera haber pasado. Lo comprende y nos despedimos. Recuerdo que únicamente logro contener la ansiedad dentro del metro, de regreso. Podría estar ocurriendo cualquier tragedia, pero de pie, dentro del vagón lleno, cada pasajero a su bola, con el aire cansado de una jornada de lunes a las espaldas, pienso que no existe normalidad más perfecta. Al salir de la estación de Campamento regresa la inquietud. Aquellas calles suelen ser un hervidero de soldados de los múltiples cuarteles que hay en la zona. Lo que encuentro es una imagen inaudita, nadie por ninguna parte. Junto a los bares, hoy vacíos, hay un pequeño estanco y recuerdo haber pensado que no sería mala idea una buena provisión de sellos por si acaso la situación se complica. Entro en el estanco y la persona que me atiende tiene la radio encendida a máximo volumen. En ese momento un locutor lee los puntos del bando militar lanzado por Milans del Bosch en Valencia, pero yo lo oigo descontextualizado, pensando que es el bando que rige para el país entero.  Escucho: «Artículo primero. Todo el personal afecto a los servicios públicos de interés civil queda militarizado, con los deberes y atribuciones que marca la ley. —Artículo segundo. Se prohíbe el contacto con las unidades armadas por parte de la población civil». Etcétera. Hasta el undécimo.

         Camino cabizbajo por la calzada contigua a la carretera de Extremadura hasta el cuartel. Encuentro la puerta, que siempre está abierta, cerrada. Busco el timbre, que ni sé dónde está. Aparece un cabo y me espeta: «¿Estás zumbado?, ¿qué haces fuera del cuartel?». Le digo que soy de cocina, que he ido de paseo y que me han permitido salir a las cinco. El cabo me salva la vida en una frase y en la siguiente me la arrebata: «Anda pasa y cámbiate rápido. Acabamos de dar un golpe de estado». En la compañía, una nave de hangar larga, ancha y alta, tampoco hay nadie. Me pongo la ropa de cuartel y me encamino hacia mi lugar de trabajo aquel mes de febrero, la cocina. El comedor da servicio en un único turno a seis compañías de soldados de infantería; tres de tanques, como la mía, que son pequeñas, y tres de vehículos de transporte acorazado, que llamamos toas, que son enormes. La sala es descomunal, avanzo a oscuras, hace rato que ya ha anochecido, entre las decenas de mesas para veinte comensales cada una. No se ve absolutamente nada, pero escucho una radio de fondo y me dirijo hacia donde suena. Y completamente a oscuras encuentro a mis compañeros de servicio en cocina, junto a los cocineros, una veintena, sentados unos, tumbados otros, alrededor de una de las mesas, escuchado en absoluto silencio un transistor de bolsillo que han colocado en el centro. Sin decir nada a nadie busco una silla y me incorporo.

         Aquella noche no hay cena para nadie. Imagino que en la cocina comeríamos algo. Lo siguiente que recuerdo es la intervención del Rey. Cuando acaba, me doy la vuelta y sin despedirme regreso a la compañía, donde algunos de mis compañeros, los tanquistas, están sentados ya sobre sus camas. Al día siguiente me contarán que arrancaron los tanques y los colocaron en posición de salida junto a la puerta. Pero por la noche estoy cansado, me acuesto y me duermo al instante porque ya no recuerdo nada más del 23 de febrero, hace hoy cuarenta y cinco años.  

20 de abril, lunes. Jardín de aforismos



Quien recoge conchas en la playa y con el dedo limpia la arena para guardarlas después en un tarro de cristal no siempre es consciente de que ha encerrado un símbolo.

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Dar siete pasos y detenerse solo resulta relevante si se ha realizado para dar inicio a una declaración amorosa.

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Una vez que el universo se destruya, no le quedará más remedio que crearse de nuevo, igual que cuando cierra un comercio abre otro.

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Estuve esperando a que llegara el técnico del ascensor para conocerlo. Pero verlo no me produjo ninguna impresión especial, pese a lo mucho que le deben mis ritos.

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El constante avance en la medida del tiempo, dando a conocer con exactitud sus diminutas pariciones, contribuye a acortar peligrosamente el espacio entre inspiraciones.

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Pese a la proliferación de grandes almacenes y centros comerciales no entiendo por qué no se dice ya subir a los infiernos.

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¿En qué se habrán transformado los dioses guerreros de las civilizaciones antiguas?

2 de abril, jueves | BALADA DEL MAQUINISTA DE CERCANÍAS



En el ascensor pienso en la hacienda,

en la hacienda pienso en el ascensor.

Carlos Drummond de Andrade


Hubiera quedado mejor empezar diciendo que iba enfundado en el uniforme ferroviario, pero lo cierto es que caminaba vestido de cualquier manera, con unos tejanos sucios y una camisa elegida para concurrir al campeonato mundial de lo anodino. Sabía que era el maquinista porque lo había visto dos veces salir de la cabina, en la cabecera del tren, pasar por delante de mí sin mirarme, detenerse en el baño y entrar a continuación en el otro extremo unos minutos antes de que el cercanías volviera a irse. La tercera vez que lo veo recorrer el andén, no solo me mira, sino que se acerca a mí, señala una pegatina de un concierto glorioso que luce en mi maleta desde que era adolescente, y me dice: «No voy a negar que cuando veo a alguien correr desde las taquillas y llega mi hora, no me importa darle con las puertas en las narices, hasta le dedico una sonrisa por el retrovisor, pero lo que nunca me había ocurrido aún era que alguien perdiera el tren dos veces, y no le importara perderlo una tercera, ¿o es que no confías en que alguien que también estuvo en el concierto de los Smith pueda encaminarte a tu destino?». «En el andén tampoco se está tan mal. Se vive aireada», le respondo, por decir algo. Y también le sonrío, como si hubiera presionado la palanca de cerrar las puertas y le hubiera dejado al maquinista con la nariz atrapada entre las gomas. 

No sé si es la cita de los Smith o el aburrimiento de mí misma lo que me impulsa a levantarme del banco corrido de la estación cuando me invita, con gesto de niño haciendo una diablura, a que viaje con él en la cabina de conducción. Propuesta que es como si entendiera, pero no comprendiese, porque me levanto y arrastro la maleta por inercia detrás de él, que saca una llave muy extraña del bolsillo y abre una portezuela por donde nunca entran viajeros. En el interior, de repente despierto de un sueño aburrido dentro de otro más vistoso. «Tendrás que ir sentada aquí. No es cómodo, pero resulta entretenido, ya verás». A través del parabrisas, delante, solo consigo ver la vía, de momento quieta, por la parte más o menos limpia, el resto del cristal echa de menos un buen enjabonado. El cuadro de mandos, debajo, también me llama la atención, lleno de relojes y de botones. Los miro como una tonta y en eso creo que me convierto: «¿Dónde está el volante?». Su risotada casi me asusta. «Es lo único que no hago, girar; para eso están las vías». Y me quedo pensando si no me estará dando el maquinista sin gusto por las camisas una súbita lección de vida. 

A la hora, cinco trenes después del que tenía previsto coger para ir a la casa de mi madre, el maquinista inserta una llave y se encienden luces y lucecitas por todas partes, acciona una palanca y el tren empieza a moverse solo, sin siquiera arrancar un motor, y enseguida a coger velocidad. Me explica cómo funciona la línea. Se la reparten dos unidades, salen de los extremos y se cruzan a medio camino. Le pregunto si no está muy harto de pasar por las mismas paradas tantas veces y, astuto, me responde que es un poco más entretenido que pasar sentada la jornada en el mismo andén. «Touché», me digo, sin pronunciarlo. Y sin haberlo pensado, ni siquiera haber tomado la decisión de hacerlo, empiezo a contarle que a lo más que he llegado en mi vida laboral es a alquilar un apartamento minúsculo en la ciudad. Casi un estuche: recibidor, estudio, comedor y cocina en un cuadrilátero, una habitación donde solo cabe la cama y una mesita y baño unipersonal. Se ríe: «Como todos los baños».  Sonrío: «Depende».

¿Por qué empiezo a explicarle cómo me siento en el interior del cubil donde vivo si solo mirar su camisa ya me deprime? Tal vez lo haga, ahora que caigo, porque no me mira hablarle. Solo tiene ojos para la vía y eso de repente me relaja. Como cuando me confesaba de niña; no me costaba hacerlo porque le hablaba a una celosía. No sé de dónde viene esa afición a decirme cosas a mí misma delante de un desconocido. ¿Será que nunca me he acostumbrado a vivir sola? Me vine a la ciudad por salir corriendo de casa de mis padres, y nunca he sido capaz de celebrar aquella victoria personal. Se me caen las paredes encima. Hablo sola. Como ahora, pienso, pero no lo expreso. Me muero de miedo a cualquier hora. Soy un chollo para mis compis, que les cubro todas las necesidades de horario que les surjan, cualquier día en cualquier franja. Con tal de no volver a mi pisito, no ficharía nunca de salida. Vuelve a reírse, no de lo que digo, sino de su chiste: «¿Sabes qué? Voy a enseñarte a conducir el tren para cuando me dé pereza madrugar». De nuevo sonrío: «No es mala idea, esto es más distraído que el supermercado». 

Mis padres solo me sugerían que pasara con ellos los festivos de Navidad. Luego falleció padre. «Lo siento», dice, cortés. «Gracias», le sonrío. Pero mi madre insiste para que vaya en vacaciones, y cuando voy, que vuelva algún fin de semana, y ahora ya me pide que vaya todos los fines de semana que libro. Como este. «Que estabas dispuesta a pasar en el andén», remata. Y yo, como una tonta, me justifico. Es que mi madre me agobia. Por aquí, por allá, siempre pendiente de mí. De que hagamos cosas, de que vea la tele con ella. Yo qué sé. Y pasan las horas y descubro que he perdido el fin de semana a lo tonto, y aunque no es diferente a lo que haría sola en la ciudad, me pongo de malhumor, le llevo la contraria, discutimos, y vuelvo al trabajo más derrotada de lo que había salido de mi apartamentito. Y en estas que llegamos al día de hoy. Me he sentado en el andén y me he cogido por la solapa, y me he dicho: «A ver, muñeca, y tú dónde quieres pasar tu preciado fin de semana, sola en casa o sola en la casa de tu madre». Como el debate era arduo, me he sentado en un banco del andén a dirimirlo. Y en esas estaba, abriéndome el pecho en canal, cuando alguien se ha fijado en la pegatina de los Smith y me ha salvado de perder el último tren. Y mi maquinista, tan despierto como lo pinto, de repente despierta: «Oye, ¿en qué parada dices que te has de bajar?». «Ya han pasado dos, pero no te preocupes, no hace falta que vuelvas atrás solo por mí, puedo bajarme cuando circulemos de regreso, que ya me he aficionado a esto y la vía que circula por el otro lado aún no la conozco». 

[Cuaderno de ficciones, página 39]


23 de junio de 1971, miércoles | El comienzo


Lo que falta es lo que éramos

cuando éramos ese hermoso comienzo.

Mary Jo Bang


Sé que estoy sentado sobre la losa áspera del murete que rodea uno de los edificios más altos del barrio, enfrente de la casa donde vivo, que tiene menos altura. Es lo que sé porque me veo ahí absorto, pese a la intensidad con la que trazan planes los seis o siete amigos que me rodean. Unos son vecinos de la calle Santa Amelia; otros, compañeros de clase. En este momento miro alrededor y solo consigo verme sentado, simulando que escucho el reparto de grupos, de zonas del barrio y de tareas. Pero lo único que me absorbe es pensar que me está ocurriendo algo desconocido. Nuevo. Estoy ahí solo.

Estoy rodeado de mis amigos, claro. Salgo cada mañana y cruzo tres calles con el semáforo en verde hasta el colegio. Lo hago desde hace unos meses, porque mi madre ha de acompañar a mis hermanas, menores, a su escuela, que está más lejos. Como siempre nos retrasábamos, un día le propuse ir solo y desde entonces me deja salir antes. Llegar temprano resultó un descubrimiento parecido al de hoy. Me sentaba junto a alumnos madrugadores de diferentes cursos, muchos mayores, y asistía con el corazón en un puño a conversaciones sin énfasis ni pavoneos que me sorprendía que existieran. Como ocurre el día de hoy.

El curso escolar acabó ayer. Hacia la mitad, en marzo, cumplí once años. Entonces ni me di cuenta de la frontera que acababa de cruzar cumpliéndolos. Creí que seguía siendo el niño que había sido hasta entonces, sin ni siquiera sospechar que existiera para mí otra manera de ser. Los estratos parecían inamovibles: mis abuelos, mis padres, mis hermanas y yo. La vida, hubiera afirmado de ser un niño filósofo, está bien hecha y consolidada. Y no tenía previsto que al cumplir once años algo cambiara en la estratificación de la realidad.

Lo descubro aquí sentado. En el muro bajo de la calle Santa Amelia, esquina Capitán Arenas, con mis amigos y compañeros de clase que han acudido a este lugar en la hora señalada. Los que van algún curso por delante saben para qué. Yo, no. En casa, a la hora de irme a clase, digo que he quedado con amigos y mi madre, en lugar de extrañarse, me aplasta contra el cabello repeinado un rizo contestatario y me dice: «Has de ir al barbero». Que no dijera «Tengo que llevarte al barbero» pudo ser una pista de lo que estaba ocurriendo, pero no la supe ver. O solo más tarde, después de salir, cruzar la calle y comprobar que acuden a la cita tantos colegas. Los que ahora están reunidos en un círculo y se reparten en grupos las calles, igual que en el patio del colegio se forman los equipos para el partidillo del recreo.

Hoy es la víspera de San Juan. Lo sé porque es lo que repiten los de los cursos superiores. Y la de este año ha de ser la hoguera mayor en la historia de la calle Santa Amelia. Para lograrlo tenemos que recorrer el barrio, cada casa, cada piso en cada edificio, llamar a las puertas y pedir trastos viejos e inservibles para que ardan, por la noche, en nuestra fogata. No recuerdo que hubiera existido nada parecido antes en mi vida. Mis padres no me habían llevado nunca a ver quemar ninguna hoguera, así que esta palabra significa poco para mí. Lo único significativo aquella mañana es que de repente tengo once años, puedo salir de casa sin tener que dirigirme al colegio y me encuentro en mitad de la calle con mis amigos para compartir un tiempo, por primera vez, mío.

«Está alelado», sentencia uno. «Tú, fantasma, levanta el culo que te vienes con nosotros», clama Calopa, que allí donde se forme una cuadrilla siempre es el jefe. Despierto. Me levanto. Acabo de entrar en una dimensión diferente. Desconocida. No del todo alentadora: hasta aquella mañana había sido solo un niño al que le gustaba serlo. La puerta que de repente veo abierta delante encuadra un paisaje que me inquieta. Menos iluminado. No es miedo lo que siento en aquel instante mientras sonrío a mis compañeros. Tampoco descubro qué es. Tal vez solo sea pánico, pero disimulo. Me uno a mi grupo y lo sigo en silencio mientras el resto habla a la vez, coro que ensaya mientras el director se empolva la cara en el camerino.

Las sillas con la enea suelta, las cajoneras sin cajones o los cajones sin cajonera, los marcos apolillados, las escaleras con un peldaño roto, las cucharas y los utensilios de cocina desgastados, las cajas de fruta vacías, los travesaños sueltos de una antigua cama, los muebles pasados de moda o que cojean e incluso las polvorientas maletas de madera se convierten en el botín del día. A última hora de la tarde, la montaña de trastos multiplica por diez mi altura. Un día intenso de trabajo. Subo con las manos en los bolsillos y bajo cargado por las escaleras de los edificios como en un sueño. Quiero decir, como quien despierta de un sueño. Pero del sueño que ha tenido un durmiente que desconoce.

A las diez de la noche, algunos minutos antes incluso, alguien que conozco de vista, uno de los cursos de mayores, va encendiendo con una antorcha los papeles arrugadas y la paja entreverada por todo el perímetro del montículo. El fuego, en pocos segundos, se adueña de todas las formas que había adquirido la madera, y también de la calle y de la noche. Y allí, ensimismado, contemplándolo, veo también cómo se apodera de mi infancia. No sé si lo pienso así exactamente, pero es así como lo siento. Las llamas se alzan sobrecogedoras desde el asfalto hacia el cielo oscurísimo del futuro. Pero el tiempo solo ilumina este instante en el que vivo, como quien subraya un título apretando el rotulador contra la hoja del cuaderno para que se vea claro que ese es el comienzo de lo que aún no ha empezado.

20 de marzo, viernes. Jardín de aforismos



Que no sea verdad es un atributo frecuente de la verdad.

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La circularidad no conduce al origen, sino a otro final diferente al esperado.

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El significado que no existe incentiva la ocurrencia.

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En lo ininteligible se puede comprender lo que uno desee. Es una suerte de inteligibilidad a la carta.

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La extinción de los seres humanos solo preocupa a caracteres hiperbólicos. Los más sensatos se conforman con alargar el propio devenir.

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Los puntos ciegos en un espacio se apropian fraudulentamente de la noción de inexistencia.

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Hay entes que solo pueden existir ante un testigo; para empezar —y quizá también para acabar—, el yo.