16 de septiembre de 2026, miércoles | Minor White, fotógrafo en verso


1

Salgo de la exposición [en la sala KBr de Barcelona] de Minor White con diversas imágenes sueltas en la cabeza. La primera es una nevada en 1960, y después de inmediato tres o cuatro fotografías con líneas de cableado por el aire, que ya están guardadas en la bodega del teléfono. Luego acumulo sensaciones intensas, pero dispersas, sin visos de que consigan formar una única disertación. Las imágenes de playas, donde las olas rompen sin palabras; los trazos eróticos en primeros planos de rocas y plantas; la fotografía como escritura de un poema. Y este confuso bagaje con el que abandono la sala es el que me aconseja olvidarme de estructuras y didactismo y arrancar donde la exposición ha empezado en los ojos de quien la recorría.

         Con un propósito casi diarístico confieso que la placa que impresiona con mayor vigor mi memoria es esta:


Minor White (1908-1976) la disparó, según leo en la cartela, en marzo de 1960, en la calleja Haags de Rochester, ciudad del estado de Nueva York a orillas del lago Ontario donde llega, con 52 años, apartado de la escuela californiana donde había trabajado desde 1946. En los mismos días en los que capta esta imagen, quien ahora contempla la acumulación de nieve en el alféizar de la ventana nació al otro lado del Atlántico, en el Carrer Gran de Sant Andreu, esquina calle Malats. La composición de estudiada pureza geométrica emula los signos básicos de las culturas antiguas, como una cruz o una figura humana con los brazos abiertos. Los adarmes de nieve que impregna la fachada parecen adornos en una habitación infantil; debajo, la acumulación emula las ropas blancas de la cuna. Nada de eso verá en la copia expuesta ningún visitante, pero yo nunca había encontrado una foto que evocara mi nacimiento hasta que he visto este extraordinario poema visual donde también yo leo, en la fecha de mi origen, el alma del invierno.

 

2

Siempre me ha fascinado el cableado caótico que raya el cielo de las ciudades. Su empeño en perpetuarse me parece muy superior al de cualquier obra humana, incluso las más ambiciosas. Mi familia poseía una vieja casa en un pueblo donde todas las conducciones eléctricas se realizaban a través de cables sostenidos por viejos postes de madera. Las líneas que trazaban en el aire eran siempre tensas y respetuosas con la geometría más simple, la del ángulo recto. En cierta época el Ayuntamiento se propuso que todas las conducciones fueran por tierra y se abrieron las calles para introducir canales para los diversos servicios. Durante un lustro se extendieron las obras por la población, pero cuando acabaron a nadie se le ocurrió después introducir en las canalizaciones los cables que aún atraviesan todas las vistas aéreas. O se quedaron sin presupuesto. A la antigua línea eléctrica se han sumado desde entonces cientos de cables de fibra de vidrio de las telecomunicaciones, en una disposición aún más caótica, la mayoría retorcidos y combados. Desde hace años documento este despropósito generalizado cuyo objetivo no dudo que sea, como he visto que ocurre en algunas ciudades chinas, convertir las calles en auténticos túneles. En la exposición panorámica de Minor White descubro no solo un valioso precedente, sino a un verdadero maestro en la meditación sobre el cableado. 

Es una de sus primeras fotografías, disparada en Portland en 1939, mientras ilustra edificios en espera de demolición para un proyecto que le han encargado, el primero que recibe. White siente la seducción de este edificio de la Northwestern Electric Company embalsamado en cables y la transmite. La cámara del principiante —solo lleva un año de práctica— resuelve a la primera el laberinto de conducciones eléctricas con una combinación geométrica impecable. De inmediato destaca en la imagen su capacidad metafórica: cada una de esas líneas, paralelas o perpendiculares, responde a una conducción eléctrica singular, concreta, determinada, de un punto a otro, que sin embargo pierde esa identidad en la proliferación de elementos que se perciben como idénticos. No veo una mejor definición de la ciudad contemporánea que entonces ya desbordaba todas las estructuras de la población tradicional. Al mismo tiempo de que era símbolo de la nueva época, el cableado remite además a la afluencia de personas en un cruce de calles de una gran ciudad, individuos imposibles de individualizar. En sordina podría sonar el ritmo de los versos de Walt Whitman: «(Yo soy inmenso… y contengo multitudes)». 

Diez años más tarde, Minor White es profesor de fotografía en San Francisco, y en 1949 dispara esta placa que mantiene el protagonismo del cableado. Aunque ha dejado ya de ser una metáfora, no se ha convertido en crónica. Esta composición del edificio solitario atravesado por los cables de otros edificios no denuncia, ni informa, ni dilucida nada. Es una simple imagen donde la función de cables y postes de luz es descomponer, con claridad y precisión, los significados enfáticos del edificio neoclásico y del automóvil a la puerta. Como un niño que hubiera tachado un dibujo que no le gustaba. De hecho, en la fotografía solo existen a la vista unos simples y fortuitos cables que, sin embargo, han sido capaces de arrebatar el protagonismo a emblemas que se creían perennes. Es un sorprendente poema imagista (del imagism), casi un ideograma. 

Esta línea de poesía visual imagista es la que va a continuar en su exilio fotográfico en el estado de Nueva York. En un pacto consigo mismo para tratar de curar tanto las heridas profesionales como la pasionales, ambas profundas y dolorosas, Minor White recorre parajes que resultan desamparados y monótonos, muy lejos de la belleza agreste que había perseguido en la costa californiana. Sin embargo, capaces de transmitir una paz interior que o bien andaba buscando o bien creía haber encontrado. El certero cableado que llega a la aislada cabaña de Dansville, NY, representa otro breve poema lírico imagista que connota con su levedad la tregua en la que vive en 1955, solitario pero conectado con una realidad de nuevo amable. 

Pero los cableados de Minor White aún esgrimen una sorpresa final. En el proceso que su ideación fotográfica emprende hacia la abstracción como paso final de diversas sublimaciones de lo erótico, que realiza en primeros planos de rocas, plantas y objetos cuyo poder de evocación sexual descubre para el observador de imágenes un universo de sugerencias inédito, no se olvida de los cables. En esta placa, disparada el 14 de abril de 1963, Domingo de Pascua, en la calle Unión Norte número 72 de Rochester, donde vivía, el cableado acompaña el decidido paso de la imagen hacia la idealización. Esta ventana, mal cegada por una simple tela, mantiene como única visión del exterior, acaso también como único visor del interior, tres anónimos cables callejeros cuyo origen y destino nunca hemos conocido.

 

3

A partir de los años 40, conforme su experiencia como fotógrafo crece, empieza a desarrollar su trabajo creativo en seriaciones cuya idea y origen prende en los retratos de soldado que realizó durante la segunda guerra mundial. A estos conjuntos, normalmente entre diez y treinta obras, los denominó «secuencias» y a cada una de ellas le dio un nombre propio. La primera fue Amputations (1947), y la entreveró con poemas escritos sobre la guerra a mitad de la década de los cuarenta. Uno de los poemas, el «46», dice así:

 

                   Esparciendo palabras y flores,

estamos incumpliendo

nuestro deber. No cavamos

las tumbas necesarias

para esta guerra y la siguiente.

A esos necios que rehúyen la verdad,

les entregaría picos y palas,

pero las uñas son más que suficientes.


A partir de 1947, el desarrollo de su obra aparece pautado por las diferentes secuencias que emprende. Infinidad de fotógrafos han trabajado, antes y después, con seriaciones, sin embargo, las series de Minor White no son comparables. Mantienen una singularidad propia. En primer término, cada secuencia posee un número fijo y a veces muy limitado de piezas. La primera combina fotos y poemas, las siguientes ya solo son fotográficas. A diferencia de las series convencionales, las secuencias no están organizadas únicamente por un mismo tema o ámbito, sino que marcan etapas de su biografía o de su crecimiento personal y artístico. Mantienen un paralelismo mayor con la edición de los libros de un poeta que con la organización de archivos fotográficos. Por otra parte, las secuencias se conservaron en simples cartapacios de uso personal, encuadernados con espirales. Algunas solo tuvieron un uso privado, como «La tentación de San Antonio son los espejos» (1948), conjunto de fotografías eróticas de la que el fotógrafo solo realizó dos copias, una para el modelo y otra para él. En suma, se podría afirmar que las secuencias son una suerte de bibliografía poética de Minor White, que incluyen libros editados y otros inéditos en su época. El halo poético que supo captar como valiosa herencia de sus maestros casi contemporáneos, solo algunos años mayores que él, Edward Weston, Paul Strand y Walker Evans, White lo convirtió en una certera expresión intensamente lírica a través de la imagen. 


4 de septiembre, viernes | LA ESPERA



Me he quedado en el sitio donde me dejaste

para que me encuentres de nuevo

KATERINA GOGOU


Cuando el giro de la ruleta pierde impulso, la bola abandona el cilindro donde rodaba en sentido opuesto y empieza a bailar saltando de una de las treinta y seis casillas a otra cualquiera y luego a otra hasta que se detiene, ya sin fuerzas para proseguir su danza, en un hueco cuyo color y número es el que gana la apuesta. La primera vez que alguien me llevó a un casino, en la jugada siguiente perdí lo que llevaba apostando por el mismo número que había salido en la anterior. No he vuelto nunca más. Creo que la suerte funciona con una lógica diferente a la mía. Con la que tampoco nunca he ganado nada, por cierto.

         Viví en una ocasión muy enamorada. No importa confesarlo aquí. Es como ocurrió, no me lo estoy inventando. Aunque es verdad que hablar del pasado obliga, en cierto modo, a una labor de restauración. Y es que nadie se acuerda de cómo se desarrollaron en verdad los acontecimientos, la memoria los va modelando para que cuadren unos con otros. Aunque en la vida haya ocurrido todo sin orden ni concierto, contarlo exige algo más de claridad. Tal vez por eso tengan tanto arraigo los juegos de azar. Se decide, se pone todo encima de la mesa, la emoción gira como las aspas de un helicóptero antes de despegar, y la resolución alcanza de inmediato el ánimo con su dictamen. Tal como deberían ser también los hechos.

         A lo que me refiero ocurrió hace mucho tiempo, pero después solo ha pasado el tiempo, que es como el cauce de un río, va marchándose sin necesidad de que se sepa que se va. No voy a referirme a las barbaridades que hicimos aquellos días que, focos de un auto encarados en un camino estrecho, me deslumbraron sin dejarme espacio alrededor. No sé si hemos venido al mundo para vivir experiencias así. Eso lo digo ahora, después de que la bola se detuviera en la casilla y la ruleta no empezara a girar nunca más. Entonces creía, muy al contrario, que aquel vértigo diario era la esencia misma del vivir. Enloquecí como medida adecuada para comprender aquella locura.

         No es que viviéramos al día, es que el día no mudaba. Aunque tal vez mejor es que escriba «la noche», porque las horas diurnas las aprovechaba sobre todo para descansar un poco. Nada de lo que ocurrió lo consigo ordenar para explicarlo. La confusión era el argumento principal de la armonía con la que se desarrollaban los hechos alrededor de la intensa vivencia amorosa. Tanto que, si he de ser sincera, cuando me refiero a esa época nunca sé si narro sucesos o simples delirios oníricos. Los relatos suelen empezar con el verbo conocer. Pero creo que no existió nunca ese inicio. No puedo decir «lo conocí en un bar, o en tal calle, o en un concierto». Si ese verbo fuera una exigencia, solo podría añadir un lugar: «en una cama». Pero dudo que sepa luego cómo convertir la frase en convincente.

         Eso sí, aunque no durase mucho, como el giro de la bola en la ruleta, mientras duró fue eterno. Quiero decir, ya sin exagerar, que era desde entonces para siempre. Que había encontrado el amor de mi vida, esa porción de mí misma que me completa. Todo era perfecto. Y devastador. Como una obra maestra de la pintura. Como una tragedia de Shakespeare. Como un eclipse total. Aunque paseáramos de día, siempre era por la noche. Y nunca dejaba de lucir el sol. Ah, estaba enamorada. No había vivido nada parecido antes, pero ni se me ocurría pensar en una vida, a partir de aquel instante, que regresara a como transcurría antes.

         El amor era tan auténtico, viví en él una verdad tan profunda y decisiva… como solo puede ocurrir en la ficción. El día en el que me llevaron al casino, años después, descubrí el error de su mecánica: por más que insistía en ello, me explicaron que no es posible que la bola se detenga una y otra vez siempre en la misma casilla. Lo que abrazaba, como una náufraga al palo del barco que la mantiene a flote, no era madera de un cuerpo humano, sino el hierro del ancla, más pesado que el agua de una apariencia. Que acabó por sumergirse en lo más hondo de una fosa marina. Que desapareció en su inexistencia.

         Igual que el jugador recuerda los últimos saltos de la bola de la suerte alrededor del número de su apuesta antes de caer detenida en la casilla del costado, no olvido ni siquiera un detalle de aquel momento. La secuencia fue así. Me condujo a un café donde no habíamos entrado nunca. Bromeó con el camarero, al que parecía conocer de antes. Me besó, como solía hacer, sin atender a lo propicio del lugar. Me dejé besar, como me gustaba hacer siempre, fuera donde fuese. Sus ojos brillaban, como cada día, y su conversación era un cilindro con un mecanismo debajo de la mesa que le impedía detenerse. No era un día distinto a los anteriores ni parecía que fuera a desarrollarse de un modo diferente.

         Se levantó y dijo, «ahora vuelvo». Recuerdo que, como su copa estaba a medias, bebí una primera vez de ella, mezclándola con un sorbo de la mía. Me pareció algo simbólico en la fecha que menos símbolos requería. Solo cuando la tardanza en regresar resultó más larga que cualquier actividad que se viera obligado a realizar, vi que, sin darme cuenta, se había llevado la chaqueta que, al llegar, dejó colgada en el respaldo de su silla. También las gafas de sol que había colocado en un lateral. No quedaba nada de su regreso en la mesa. No supe verlo. Esperé aún una hora. Dos quizá. Tal vez fueran tres. Al levantarme, apareció el camarero con la cuenta. La pagué y después apuré hasta el fondo el líquido que había abandonado en su copa. Fue todo lo que me dejó de él.

         Ahora, cuando paso por ese café, que aún existe, saludo por su nombre al camarero. Converso con él un rato, no sé, de tonterías. Es todo cuanto puedo rescatar en lo que ocurre de lo que nunca ocurrió. Acudí cada tarde a ese café durante meses. Primero miraba la puerta, obsesiva. Luego ya aproveché para llevarme un libro y leer. Conocí a hombres que surgieron de la ausencia para ocupar su lugar, y es posible que alguno lo consiguiera. No lo recuerdo bien. El tiempo se fue calmando. Me corté el pelo, drásticamente. Y un día me encaminé, de manera natural, hacia otro café. Aunque a este vuelvo de vez en cuando. Y si alguien me invita otra vez al casino, volveré a apostar por el número que haya salido en la jugada anterior.        

[Cuaderno de ficciones, página 44]


20 de agosto, jueves. Jardín de aforismos



Desconfío de quienes ocultan una orden dentro de una condescendiente pregunta.

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El pasado se revive convirtiéndolo en una novela, en la mayor parte de los casos, de ciencia ficción.

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Solo se leen libros para confirmar el prestigio que se les otorga a los autores. De ahí que haya tantos lectores que ni siquiera necesiten ya leer.

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La moda de mostrar las estructuras, igual que la de transparentar la ropa interior solo tiene sentido transformándola en ropa exterior, permite escribir libros sin prosa.

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Con la necesidad de acontecimientos en fin de semana se distrae el pavor a que ocurran de verdad.

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Hijos del matrimonio entre Espacio y Tiempo, una mayoría declara preferir la viudez del primero, pero se comporta como si adorase al segundo: solo le interesa lo que es cada vez más breve, sin otro objetivo.

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La volatilidad de la escritura es el único gran descubrimiento de los contemporáneos.

Anna Turbau y el acontecer de la imagen



La apuesta clara de algunas entidades culturales por la fotografía y las exposiciones de grandes innovadores clásicos que se suceden en la ciudad anima el género también en el ámbito contemporáneo. Y así, instituciones multidisciplinares, de repente, descubren a sus artistas de la imagen. El Palau Robert organiza una excelente muestra de la fotoperiodista y fotógrafa Anna Turbau (1949-2025), desaparecida hace poco más de un año. En el atrio de la exposición la autora saluda desde un magnífico autorretrato dentro del espejo retrovisor de un vehículo, reproducido de manera gigante. Ese mínimo espacio disponible lo comparte la fotógrafa con la puerta del coche y con un fragmento de su cámara, de modo que solo queda a la vista su mirada. Seria, atenta y reflexiva. Que es una firma, de ahí el privilegiado lugar que ocupa en la muestra, pero también una poética fotográfica, una suerte de «Tal como lo he pensado». Porque en cada una de sus copias Anna Turbau ha dejado inscrito entre las imágenes un pensamiento. Sin mensaje no existe fotografía es su lema. 

Fue autora de miles de copias en el desarrollo profesional de la fotografía, en una época de eclosión de la imagen, los años 70, y en medios que enfatizaban su valor comunicativo, como Interviú, Primera Plana o El Periódico, en el que estuvo desde sus inicios. Referencia obligatoria en el fotoperiodismo, también fue profesora de esta disciplina, esta ingente obra dedicada a ilustrar el presente, la noticia y la preocupación del momento no oculta en ningún momento, como cualquier género fotográfico, su aspiración a crear imágenes perennes. La extraordinaria atención que se les presta en el instante de su publicación, contempladas e interpretadas por infinidad de personas al unísono así lo parecen presagiar. Pero el paso del tiempo las sumerge en una severa contradicción, el énfasis en glosar el presente desarbola su interés cuando caduca la intención que les dio origen. Consciente Turbau de que las aspiraciones de su cámara no se satisfacen con lo inmediato, en paralelo emprende otra actividad fotográfica donde trasciende el retrato pragmático y funcional, y aborda proyectos comprometidos con realidades que la actualidad no contempla en absoluto. Que son los que fascinan en esta muestra.

Que aborda en paralelo no es, sin embargo, pese a que lo haya presentado así, una expresión acertada. Son sus principios fotográficos y su propia trayectoria los que transforman una tarea profesional en su continuación artística como fruto de una evolución natural. En 1977, fecha clave en el principio de la ebullición social, política, cultural y artística de su ciudad, Barcelona, Anna es una joven fotógrafa de veintiocho años. Sale con su cámara a capturar imágenes de mítines, manifestaciones, fiestas populares, encontronazos con la policía. Un cronista, como los muchos que ilustran estos acontecimientos que regularmente se producen en las ciudades, suele situarse en un punto intermedio entre manifestantes y policías. Incluso ahora con chalecos reflectantes que indican «Prensa». No existían en 1977, pero tampoco la fotógrafa del despertar de Barcelona lo hubiera vestido. El punto de vista que elegía siempre, según ha declarado ella misma, era el de los manifestantes, justo enfrente de la policía. No es una decisión baladí, Anna desde el principio no piensa la fotografía como una reportera que informa, sino como un sujeto que padece un acontecimiento en el momento que ocurre. La ilusión y el desconcierto, la utopía y el sacrificio, la voluntad y el miedo que muestran las personas en las manifestaciones del 77 son las mismas que muestra la persona que las encuadra en su cámara. No refleja, comparte. Este principio de afinidad lo aplicó Anna Turbau a cualquier reportaje que le encargaran en la revista o el periódico. En cada imagen hay un pensamiento, pero no de quien dispara, sino de quien la protagoniza. 



En cualquier trabajo profesional de la fotógrafa se percibe el punto de vista de quien lo padece, no de quien lo registra. Esta simbiosis de pensamiento entre quien está fuera y quien está dentro emerge en Turbau desde esos mismos inicios. Una placa de 1977, «Ocupación de un piso, Distrito V, Barcelona», muestra una niña en la puerta de un desvencijado y posiblemente poco higiénico urinario. Lo que sobrecoge en la foto es que no solo desea establecer una idea crítica sobre el acontecimiento que ilustra, la ocupación de un piso posiblemente abandonado hace años, objeto sin duda del encargo, sino también, y sobre todo, el desconcierto y casi pavor de la niña que lo va a ocupar, que por ósmosis artística es la que percibe quien contempla la imagen. Es decir, desde su temprana actividad de cronista del presente ya Anna Turbau había comprendido la línea de evolución que la conduciría en muy poco tiempo a sus proyectos de expresión fotográfica personal, por no decir lírica. 

Esta condición de su obra fotográfica muestra una curiosa dimensión de la subjetividad artística. Aquellos fotógrafos que han destacado por su altura poética, en la elección de sus contactos se reconoce una indiscutible personalidad, en muchos casos incluso vinculada a vicisitudes biográficas y sentimentales, y también un talante artístico y una exploración de significados singulares, acompañados por una subjetividad detectable en todas las placas. Anna Turbau se caracteriza por mostrar indiscutiblemente este perfil lírico y artístico, pero construido no con una única subjetividad en la selección de planos, situaciones y encuadres, sino con la afinidad de los protagonistas de sus fotografías. De la autora se puede afirmar lo que comúnmente se opina de los grandes novelistas: que han entregado todo su genio personal a la creación de unos determinados personajes inmortales. Con la única diferencia de que Turbau no practica en su obra fotográfica un género narrativo, sino poético. Con dos vertientes, la poética del acontecimiento colectivo y la poética del acontecer personal. 

3 de agosto | LABERINTO



Me anticipa por todas partes

la huella de mi ausencia

DINU FLAMAND

La niebla, como un cubo de agua sucia volcado sobre el pavimento, arruina la claridad del día. No hacen más que quejarse mis amigas, con las que salgo a pasear las mañanas de domingo. Bajo el vestido llevan el bañador puesto, con un recambio y una toalla en el bolso. Les gusta caminar hasta el paseo marítimo y luego darse un baño antes de regresar para la comida familiar, que en ninguna de nuestras casas se perdona. Pero los planes quedan afeados hoy por la bruma. En voz baja me atrevo a sugerir que, si no se puede ir a la playa, tal vez podríamos tomar el camino inverso y subir hasta la ladera del parque donde hay un laberinto. «Ya está la agorera —me dicen—, hay que tener fe en que cuando lleguemos al mar ya se habrá impuesto el sol». «¿A que no te has puesto el bañador?», me preguntan. «Con el día que hace», les respondo. «Desmoralizas al más eufórico», me espetan en la cara mis amigas. Ir hasta la playa cada domingo me aburre, la compañía tampoco me motiva, solo la niebla, de repente, despierta el ápice de una ilusión en mi interior.

         No sé cuándo empecé a distanciarme de mis amigas, con las que salgo desde que éramos unas crías. Recuerdo que una vez, al regresar de una excursión escolar, la profesora, que había contado cuántas éramos mientras subíamos al autocar, una vez arriba, volvió a recorrer el pasillo de una punta a otra hasta en dos ocasiones numerándonos de nuevo cada vez. El conductor se impacientaba, pero la profesora no le daba permiso para salir. Pasó lista y la lista le cuadró con los presentes que las alumnas iban diciendo al oír sus nombres. Yo me mantuve callada, porque se saltó nombrarme. Así que volvió a recorrer el autocar contando, esta vez en voz alta, para no descontarse, y tocando en cada número la cabeza de cada una de nosotras. Pero al acabar, tampoco le dio permiso al conductor para arrancar. «¿Pasa algo, falta alguna?», preguntó. «No, al contrario, me sobra una», dijo descorazonada la responsable del viaje. «Bueno, entonces no hay ningún problema, nos vamos», repuso el hombre, pragmático. Y arrancó. Aún se debe de preguntar la profe de historia qué pasó aquel día en el que yo estuve presente y ausente al mismo tiempo.

         Lejos de considerar la niebla como una traición al espíritu dominical, según especulan mis amigas, a mí me parece de lo más oportuna. Incluso simbólica. Que corte los edificios por su base, anulando sus excesos en la altura, lo creo un acierto urbanístico. Que anule por completo el paisaje de montaña que constriñe la ciudad, le devuelve amplitud y horizonte. Aunque no se vea, ahora sí se puede soñar. Y mientras crece mi entusiasmo, en mis amigas aumenta el malhumor. Cuando intento razonar alguna de las impresiones que tengo, una clama, cortando de raíz mis argumentos: «¡Pero si no se ve nada de lo que existe!». Y enseguida entiendo que detestan aquello que a mí me encanta. Descubro en la niebla, sin darme cuenta, un espejo donde comprenderme. Igual que ocurre con la niebla, siento que no se percibe mi presencia, como si un manto perpetuo me recubriera cuando estoy con los demás. A veces es solo verbal, nada de lo que me gusta coincide con las apetencias del resto, siempre opino lo contrario de lo que debería decir para que mi parecer existiera en la suma con las demás, y no restara, como ahora, cuando todas se empeñan en continuar hacia la playa mientras suspiro por ir al parque.  Pero en otras ocasiones es también real, continúan a buen ritmo avenida adelante, aunque me haya detenido a observar cómo evoluciona entre dos edificios una masa compacta de aire oscuro, y cuando me quiero dar cuenta ya solo me veo desaparecer de sus miradas, que tampoco se dan la vuelta para buscarme.

         En un antiguo almacén del colegio de chicos, dos calles por encima del nuestro, los curas habían organizado un baile. Enviaban al más joven y torpe de los novicios a vigilar. Se quedaba como una estatua en una esquina, sudando bajo los hábitos, y a mí me daba mucha penita porque parecía que estuviera castigado cara a la pared. Aunque mirara hacia la sala, más oscura de lo permisible, a distancia se veía que tenía los ojos en el cogote. Nunca le vi censurar un beso o una inexistente distancia entre dos cuerpos en los lentos, nada de todo aquello que justificaba su presencia. Cómo simpatizaba con el vigilante. Estaba sin estar, como yo, a quien nunca se acercaba ningún chico para pedirme que bailara. Durante los lentos bebía mi naranjada sentada en un peldaño de la escalera y contemplaba con admiración el humo de los cigarrillos que también estaba prohibido que se fumaran. No sé si ahí nació mi afición a la niebla. Quizá. Un día me acerqué al novicio de turno, haciéndome la tonta. Tropecé con él a propósito, aunque disimulándolo, y le pedí perdón. Me sonrió mirando al más allá. Traté de explicarle que yo no quería, que había trastabillado, que me aburría como él. Y a todo sonreía en silencio sin bajar la mirada del anclaje que tenía en algún rincón del techo.

No sé por qué me acuerdo con tanta frecuencia de mis avatares de niña tonta adolescente. Ahora que mis amigas de toda la vida ni siquiera se dan cuenta de que me han abandonado. No lo pienso dos veces. Me cuelo en el metro y aunque tenga que hacer dos transbordos, me dirijo sin haberlo decidido al parque. Antiguo jardín de una finca de adinerados, en el centro hay un laberinto dibujado con setos. Es a donde quería ir sin atreverme a quererlo y, sorprendentemente, aquí estoy, en una de sus calles sin salida. Las paredes de ciprés son más altas que yo y la niebla descansa sobre ellas como la techumbre de una cabaña que me da albergue. Camino despacio por los engañosos pasillos del laberinto mientras a mi lado pasan corriendo niñas y niños. Chillan nerviosos mientras anhelan una salida con la que, ávidos por encontrarla, se topan antes de lo que en verdad desean. Contemplo la misma desazón por hallar lo que esperan no descubrir nunca que ha caracterizado los días de mi vida. Ahora, sin embargo, avanzo reconciliada con los caminos que no llevan a ninguna parte, curtida ya en el arte de no esperar nada de mi presencia.

[Cuaderno de ficciones, página 43]


25 de octubre de 1938, martes | El zapato de Alfonsina


Los signos siempre afloran, pero raras veces se perciben. Yo no supe verlos. Lo mismo ocurre con la muerte. Dicen que está a la vuelta de cualquier esquina, pero uno camina hacia delante, cruza las travesías y no se detiene nunca en los vértices. Es lo que me ocurrió. Los indicios también se amontonan, entreverados unos y otros. Los opuestos a la vida se agazapan. No es que cueste descubrirlos, es que tampoco se desea desenmascararlos. Se manifiestan por sí mismos, pero después… se multiplican. Abruman con su magnitud. El problema es preverlos con anterioridad, cuando afloran imperceptibles mientras quien camina cruza por delante. Yo la recordaba durante el viaje a Montevideo, unas semanas antes, en verano. Fue en enero. La miraba y solo contemplaba infinitud. La maleta hacía las funciones de mesa y sobre ella revoloteaban los papeles donde escribía su conferencia, abstraída de ruidos e incomodidades. Cada párrafo redactado lo declamaba una y otra vez, hasta que le parecía impecable. La voz, que brotaba con emoción, transformaba los instantes triviales de un viaje en vívida pureza. Le habían avisado sin tiempo para preparar su intervención, que escucharon desde el estrado sus dos compañeras durante el acto, Juana Ibarbourou y Gabriela Mistral, y tantas personas en el teatro, que luego aplaudieron a rabiar. Y allí se encontraba mi madre, brillante, irradiando fulgor. Desde los bastidores no le quitaba ojo. Resplandecía. Juana y ella con la misma edad, Gabriela solo pocos años mayor. Entre las tres encarnaban un continente que emergía con voz de mujer. No hay ningún motivo ahí que estorbe la felicidad de vivirlo. Era lo que pensaba justo antes de que se despeñaran aquellos días aciagos en Mar del Plata. No supe ver ningún síntoma pernicioso en su carácter aquellos días de una, pensé, acogedora primavera.

Poco antes había aparecido Mascarilla y trébol. Un libro estremecedor. Mi madre, pletórica de sí misma, se presentaba en él retorciendo el cuello nada menos que a Cupido: «He aquí que te cacé por el pescuezo / a la orilla del mar, mientras movías / las flechas de tu aljaba para herirme / y vi en el suelo tu floreal corona». Tanto como había sufrido de amores, ahora era el amor quien padecía su ira. Veía en ella signos de vida por todas partes. En el libro me dedica un poema. Un soneto blanco de los que había empezado a escribir para avanzar en sincronía con su tiempo. A veces me recito a mí mismo, para imaginarme cuando estábamos solos en el mundo mi madre y yo, uno de los cuartetos: «Lo acunas balanceando, rama de aire / y se deshace en pétalos tu boca / porque tu carne ya no es carne, es tibio / plumón de llanto que sonríe y alza». No sé muy bien por qué se empeñó en ir a Mar del Plata aquella primavera, donde los recuerdos atravesaban de noche las calles de su memoria y como borrachos vocingleros no la dejaban dormir. El que sería el aciago octubre.

Fifí siempre la apaciguaba. A mí me gustaba acompañarla hasta Puerto Madero cuando decidía ir a verla. La contemplaba después a lo lejos, en la popa del barco, buscándome con los ojos entre los pañuelos que se agitaban a mi alrededor. Un viaje que, si el día acompañaba, daba gusto hacerlo en cubierta, con la sal del mar en la piel. Luego, sabía que al llegar a Sacramento un carruaje estaría a su espera. La playa del Álamo, la playa de Colonia, su favorita, con todos los recuerdos del verano en su extensión. Un leve paseo de ida al que la orquesta del mar ambientaba con sus melodías. Era lo que deseaba también yo para aquellos días de mamá en los que necesitaba salir de Buenos Aires. Le escribió una nota a Fifí. Fifí le respondió que mejor no. Tenía un compromiso, esperaba visitas. Como cuando se va a dar un paso distraído y de repente se descubre que ya no hay camino delante, solo una escarpadura en el terreno.

La acompañé aquel martes, día 18, hasta el alojamiento balneario en Mar del Plata. En la calle Tres de Febrero. Era huésped conocida. Y apreciada. A mi madre la adoraban en todas partes. La amistad brotaba de su trato como los caños en las fuentes. También podía estar a gusto en La Perla, era lo que supuse. La ciudad quedaba a su espalda si se sentaba a contemplar el perenne océano. Así también era como entonces yo pensaba a mi madre. Que seguiría estando ahí, donde había estado siempre. En Celinda, la mucama que velaba por su cuidado, teníamos confianza. Me gustaría conservar recuerdo explícito de cada una de las horas que ese día pasé con mi madre. Ahora las anotaría en este papel, cada hora con su contenido de gestos y palabras. Pero quería regresar pronto a Buenos Aires y las manecillas del reloj solo rodaban para mí con ese propósito, sin que ningún otro me hiciera despertar del letargo. Recuerdo solo, porque insistió en ello, aunque como insistía siempre, que me rogó que la escribiera. Usó ese verbo, «te ruego», y no otro, y tampoco aprecié esa señal. Le escribí. Una carta al día siguiente, miércoles. Otra, el sábado. Quizá ella esperaba de mí que le enviara una carta cada día de aquella semana, que creí una semana más, sin pensar que para ella era la última batalla consigo misma. La que perdería.

El martes 25 de octubre, por la mañana, sin conocer aún el feroz designio que arrastraba la fecha, hablé por teléfono con el hotel. Dijeron que mi madre seguía en su cuarto, descansando. Le habían subido el desayuno a primera hora, pero aún seguía dormida y no habían insistido. En aquel momento, sin saber por qué, me quedé con las ganas de cruzar con ella unas palabras telefónicas, apresuradas siempre, intensas de tan breves. Pero regresé sin más a mis quehaceres. El paso del tiempo desapareció de nuevo de mi mente hasta que unas horas después, cuando más embebido en mis asuntos me encontraba, otra llamada telefónica desde el hotel me zarandeó de repente de una manera brutal y a partir de unas pocas palabras, casi inocentes, «han encontrado su cuerpo flotando en el agua», todo empezó a temblar a mi alrededor. La creí dormida cuando ya estaba ahogada. En la playa de la Perla, unas horas más tarde, a la brutalidad de las palabras tuve que añadir una imagen devastadora. En la escollera, un zapato se había quedado atrapado entre unos hierros que sobresalían. Me pidieron que lo identificara. Y era, sin ninguna posibilidad de duda, el zapato de Alfonsina Storni, mi madre. 

20 de julio, lunes. Jardín de aforismos



El deseo tiene similitudes con el colesterol. Lo hay bueno y lo hay malo, y este se incrementa también con la ingesta descontrolada de grasas. Mentales.

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La exposición a la que cada cual somete su yo da una idea de su tamaño. Este nunca ha sido el problema. Que ahora sea una exigencia de los demás para admirarle, empieza a serlo.

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Cada época tiene su código poético y artístico. Saltárselo es como brincar sobre su tiempo, aunque raras veces se consiga saber si la jugada ha valido la pena o no.

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Hay quien tiene una moral y quien solo tiene moral. Las palabras juegan siempre con nosotros.

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Conozco expresiones difíciles de experimentar. Tiene prestigio y me seduce el vivir a la intemperie, pero a la hora de la verdad, en cuanto chispea, abro el paraguas.

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En las películas (norteamericanas) oigo cada vez con más frecuencia la atribución de un mal a las malas decisiones. Me parece un abuso del término: el desastre suele estar relacionado solo con la ausencia de decisiones.

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Es un atraso que «libido» sea una palabra llana, la pronunciación esdrújula aumenta considerablemente su atractivo.

2 de julio, jueves | DEIXIS


Una disminución drástica

de pronombres en las primeras semanas de matrimonio

Verónica Forrest-Thomson 

Del noviazgo ya traía amputado uno. Doloroso. Aunque había sido yo misma quien le di un tirón con las pinzas de las cejas y lo extirpé. Por precaución. No hay errores mayores que los dictados por la cautela, y así el pronombre en tercera persona del singular, masculino, desapareció de mi vocabulario. Ahora, con qué naturalidad reaparece. Durante un tiempo, cuando lo usaba con la misma frecuencia que ahora, en realidad tenía dos. Parecían iguales, pero los distinguía a la perfección. Disfrutaba con el primero, un él nocturno, eventual, siempre dándome sorpresas. Incompatible con un cauce que recorre los campos y los fertiliza, aunque favorece la construcción de ciudades para que en sus márgenes haya paseos arbolados por donde se pueda pasear al atardecer sin más, solo para contemplar el oro efímero del momento. Que era lo que hacía con él. A veces en mitad de un tema, los apuntes extendidos sobre la mesa, el calendario despeñándose desde el acantilado sobre la fecha del examen. Y en aquel momento, tras semanas de silencio, sonaba el teléfono del piso, mis compañeras se peleaban por cogerlo mientras yo rezaba: no, no, no. Pero sonaba en el pasillo mi nombre con tonillo de reproche y no me equivocaba. Era él. Apagaba el flexo y ahí se quedaban los folios, a oscuras; y yo, llena de luz.

         Este era el él que decidí enterrar tras arrancármelo. Me quedé con el otro él. El que llamaba a horas convenidas, perseveraba día a día, me animaba antes de los exámenes difíciles y al día siguiente me invitaba al cine. Y un día, al salir, después de celebrar que se habían publicado las notas del último examen de la carrera, me propuso que nos casáramos. En esta ocasión, he de reconocer que fue el él que me desconcertó. Murmuré que, si quería, también podíamos irnos a vivir juntos, que no era necesario nada más suntuoso. Entonces fue cuando me habló de ellos. Su familia. Tan tradicionales, tan piadosos. Ahí fue cuando decidí, ya que había dejado que decidieran todo por mí, prescindir del primer él, el imprevisible. Y en el mismo dictamen vi que también desaparecía el segundo. Al principio pensé que era más seguro para mí evitar confusiones en voz alta entre uno y otro. No fuera a aparecer alguna noche de luna el primer pronombre y lo prefiriera al segundo. Qué ingenua era. Supongo que lo propio de una recién casada. Sin que me diera cuenta, al poco ya había incorporado como lo más natural del mundo el pronombre que sustituye a los dos cercenados: .

         Hasta llegué a celebrarlo con sinceridad en mi conciencia. No propiamente por la novedad, sino por el hecho de que apareciera de repente. Con este movimiento gramatical se abría una puerta desconocida en las expectativas. El la había cruzado con solvencia, pero detrás seguro que aparecían otros. Existía uno que me despertaba una especial ilusión, el nosotros. Lo esperaba con ansia: una viajera en el andén con la maleta apretada entre las manos tensas cuando el reloj señala la hora de paso del expreso. Y mientras lo aguardaba, también creía que pudieran llegar más, así por sorpresa, al andén de mi vida. Como, ya puestos, vosotros. Es decir, diferentes nosotros incorporados al círculo esencial, amigos también casados con quienes mantener conversaciones cómplices sobre hipotecas, días de vacaciones y procesos de fertilidad. Me hacía ilusión que esos vosotros entraran por la puerta del matrimonio en nuestro nosotros y lo hicieran crecer. Qué ingenua fui. Miraba con ansiedad hacia el túnel de la estación y ningún farol lejano rasgaba su oscuridad. No hubo ningún nuevo vosotros. Tampoco el nosotros llegaba, solo se prolongaron las sesiones de cine a media tarde, con películas cada vez más ñoñas que elegía el único pronombre que había sometido, como rey absoluto, al resto de la declinación. Me fui quedando cada día más evanescente alrededor del .

         Digo alrededor con candidez. Antes como aspiración a alcanzar una unidad superior, que me acogiera también a mí, que como reproche. Recién casada, todo se vive con ilusión. No tanto por la realidad cotidiana, que resultaba bastante más aburrida que los días en el piso de estudiantes, sino por el empeño en la construcción de aquella promesa implícita de un nosotros rutilante. Eso sí me emocionaba. Me esforzaba en que todo fuera perfecto en nuestra nueva vida. Incluso, diría sin arrobo, maravilloso. Qué altruista resulta el idioma en materia de espejismos y qué pobre en matices pronominales. Ni sé el tiempo, los años, que continué en el andén, a la espera de aquel tren anunciado por la megafonía. Al principio de pie, con la maleta sujeta en alto, para no perder tiempo cuando llegara. Luego ya me senté, con la maleta al principio pegada a mi cuerpo, muy cerca, por si acaso. Pero ante el constante paso de la nada, la fui alejando por si me molestaba para fumar algún cigarrillo ocasional. Echaba de menos el pronombre tachado. Y acabé por tumbarla en el banco para que me sirviera como almohada si me tendía a dormir. Derrotada en la estación del .      

         Tardé en despertar. Y despierta, aún dilaté más el averiguar qué me sucedía. En realidad, no resultaba una tarea sencilla. Si se extravía la llave del coche, el coche sigue ahí, aparcado donde siempre, pero no se puede usar pese a que el coche esté a la vista y a la espera. Lo mismo le ocurrió a la persona que era. Se quedó sin pronombre. Si se miraba al espejo, el espejo le devolvía una imagen correcta y completa; aunque, ¿cómo usarla si se desconoce el código que la activa? No fue fácil reconocer que había perdido la llave y aún más complicado, encontrarla. Igual que haría la dueña, busqué la llave del coche en todos los bolsillos, cajones, bolsos, miré en el interior de los jarrones, detrás de los libros en la estantería, encima de los armarios, debajo de las alfombras, dentro del buzón. Nada. Cuanto más excedida la búsqueda, más ausente la llave. Ya la daba por perdida cuando me dio por mirar a través de la ventanilla dentro del automóvil y allí la vi, en su sitio, colgando. Ocurrió en la calle, un día, de repente me crucé con él. El primero, claro; con el segundo de los dos desaparecidos dormía cada noche y sus ronquidos nocturnos acaparaban los bolsillos, cajones, bolsos… de mi vida. Nos reconocimos enseguida. Yo le llamé por su nombre, pero él prefirió ser infinitamente más explícito. Y fue quien me señaló la ventanilla del coche aparcado para que mirara. Dibujó en su rostro una sonrisa capaz de iluminar un campo entero de agricultura extensiva y no pronunció mi nombre, que quizá había olvidado, pero con su grito inaugural me devolvió por entero a mí misma. ¡Tú!, clamó, y en ese instante supe que él había vuelto a nacer en mi vocabulario y yo había vuelto a ser yo

[Cuaderno de ficciones, página 42]

31 de diciembre de 1988, sábado | Último viajero a Rødberg



Puede regresar a aquella hora a Rødberg, el tren está a punto de pasar, sin embargo, en Lampeland toma la línea en sentido opuesto y se dirige a Kongsberg, como si quisiera enlazar con la L12 a Oslo. Ya en la estación de los cuatro pabellones blancos, en la cafetería, lee el periódico mientras espera la hora de salida del último convoy hacia Rødberg, la de los dos caserones rojos. No es el último del día, aunque lo sea; tampoco el último del año, pese a la fecha que aparece en el calendario, 31 de diciembre de 1988. Es, en un sentido absoluto, el último. Tal como se diría de alguien que acaba de fallecer. Tras casi una década de obras y apertura paulatina de tramos, el primer tren había llegado a Rødberg en diciembre de 1926, sesenta y dos años antes del día de hoy. También su edad, aunque para él no sea aún su última jornada. O eso espera.

De haber sido el tren una persona, se lamentaría su temprana desaparición. Como no pudo verlo llegar, porque para el primer viaje era demasiado pequeño, apenas un bebé de dos meses, le seduce la idea, más teórica que con un valor práctico, de ser el último viajero en recorrer los noventa y tres kilómetros de la línea del Numedal. Y casi literalmente lo consigue, pues en esta fecha y a esta hora nadie tiene problemas para encontrar asiento. Si acaso, tal vez, solo para decidir el costado que contemplar en la despedida. La luna, en cuarto menguante, apenas asoma, aunque el cielo parezca en parte despejado. La noche, por encima de la nieve, cuyo bulto en los márgenes de la vía reluce con el reflejo de las ventanillas, es profunda. Opaca. Y el tren se abrirá paso, indiferente, hacia ese corazón oscuro.

Como conoce el recorrido, los tiempos y las paradas, el viaje nunca se le hace largo. Da para leer el periódico sin interrupciones por otros quehaceres. Es la ventaja que le ve al tren. Nunca ha entendido que para algunos resulte un suplicio no poder abandonar el vagón durante dos horas. La vida actual cada vez ofrece menos momentos detenidos y hay que aprovecharlos. Para su último viaje en el ferrocarril de su valle accede con las manos vacías. No necesita distracciones. El periódico lo ha dejado en la puerta de la cafetería, sin darse cuenta de que ya no aparecerá detrás de él ningún viajero que pueda aprovecharlo.

Por no saber dónde colocar las manos, se quita los guantes y las enfunda en el chaquetón y se deja caer en el asiento. Como si fuera un adolescente. La gente se empeña en tratarle de señor, pero siente que quien era cuando tenía veinte años sigue utilizando su cuerpo para moverse y pensar. El viejo que le cambie opiniones, hábitos y gustos aún no ha comparecido en su interior. Continúa siendo el mismo estudiante que regresa cada fin de semana a casa de sus padres. Entonces, cuando tras hacer el transbordo en Kongsberg accedía al mismo vagón que ahora arranca, ya se sentía en casa. Ahora vive solo en una cabaña en las afueras del pueblo, si es que el pueblo ha tenido alguna vez centro. Quizá la estación lo haya sido estos años, el lugar por donde se entraba y se salía de Rødberg, pero cuando a partir de mañana ya no llegue ningún tren, nadie se acercará a los andenes, que se convertirán en un escenario vacío para un público despeinado de hierbas y maleza que se tumba sobre los rieles y se esparranca sobre los durmientes de madera.

Pero el futuro no existe. Acaba de comprobarlo nada más subir al primer vagón, como acostumbra, y sentarse de cara a la marcha en un asiento que, si encuentra libre, es su preferido. Su horma reconoce las hechuras de su cuerpo. Esta noche de fin de año, apenas dos o tres personas más acceden al vagón. Prefiere no reconocer a ninguna. Tampoco aparecen en su campo de visión. Quedan detrás, como la estación de Kongsberg. Aunque ha decidido fijarse en todos los detalles del viaje que ya no podrá volver a vivir, el pensamiento rara vez queda sujeto en el noray del puerto donde se ata y vuela por el tiempo a su antojo, sin pedirle permiso. En qué ensalada de sensaciones se convierte el pensarse en aquel viaje ferroviario durante tantas décadas de una vida. Tampoco el pasado existe. Al desviar la mirada hacia la ventanilla, la noche tras el cristal le devuelve su imagen de ahora, un hombre de sesenta y dos años, pelo cano, entradas, bolsas bajo los ojos, contemplándose.

Cada parada en la que el convoy se detiene surge algún recuerdo. Como quien abre los cajones de una vieja cómoda sin saber qué hay, pero reconociendo inmediatamente lo que encuentra. En la aldea de Svene, una noche de verano, una fiesta, amigos, conversaciones. Tantas palabras vertidas. Su lengua de entonces, más poblada de tacos. Flesberg. De Flesberg era Emma. Aún la recuerda. Se fue a estudiar a Bergen y no regresó nunca más al Numedal. Si la viera por la calle, está seguro que la reconocería. En Rollag, el cauce bravío del Numedalslågen y de repente la calma del lago. Así también transcurren los años, le dice la figura que ve reflejada en su ventanilla y va conversando con él. Detrás, el resplandor blanco de la nieve acumulada en los márgenes. Se pregunta hacia dónde ha viajado en todo el tiempo ferroviario transcurrido, la infinidad de horas que ha pasado en este tren donde no podrá volver a subirse. En la esquina superior de la ventanilla consigue ver solo media luna. Menguante, como el ir viviendo.

De súbito, un fugaz pensamiento le sobrecoge: ¿y si fuera el tren el que se ha subido en su tiempo por última vez? Del mismo modo que su nacimiento, de algún modo, fue el presagio de la llegada del ferrocarril a Rødberg. ¿Existirá algún vínculo entre la edad de su cuerpo y la de la locomotora que arrastra los vagones? Aunque se han abierto las puertas en la última estación del último trayecto, y las pocas personas que viajan se han diluido ya en la noche como sombras dispersas, esta idea le petrifica en el asiento. Un silencio espectral se cuela por la puerta y le despierta de sí mismo. Estira el paso para salvar el hueco entre vagón y andén. Las luces de las farolas en la estación van trazando círculos escolares a su paso. Despacio los atraviesa sin salirse de una mínima senda entre las placas de hielo. Abre la cancela de salida con un chirriar de herrajes y sin darse la vuelta para ver el tren detenido, el último viajero también desaparece en el corazón opaco de la noche. 

20 de junio, sábado. Jardín de aforismos



Qué inútil queda lo valioso de cada época —la memoria, la caligrafía, la lectura, el silencio—. Ni siquiera los anticuarios exageran su precio cuando lo ponen a la venta.

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En la juventud traumatizan los defectos de carácter que, en el curso de la vida, ahorran traumas mayores.

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Quien pronostica en exceso se suele reír de quien añora tiempos pretéritos, pero ambos padecen de idéntica sinsustancia de presente.

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Cuanto más aprende uno a vivir, más se ejercita también en su despedida. De ahí que sea esta una materia que no se imparte en ninguna escuela.

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Añoro la época en la que lo imaginario y fantasioso era considerado pernicioso para la verdad; que ahora resulte inocuo la debilita.

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Lo importuno avisa con su sobresalto de que aún no somos capaces, felizmente, de controlarlo todo.

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El límite que un cuesco establecía en las relaciones sociales ha quedado relegado a lo anecdótico.