los árboles son ángeles
Menna Elfyn
A veces veo cómo abandona el parque un
niño que llora. Levanta los guijarros con la punta del pie que se niega a
caminar mientras la madre lo arrastra por el sendero. Aún el anochecer ni
siquiera se ha insinuado y no entiende que ya sea la hora de irse. Contrariedad
que comprendo bien, porque tampoco es para mí la hora de llegar. Sin embargo, estoy
sentada en un banco del paseo central y lo veo pasar por delante de mis piernas
cruzadas, sin medias. Al poco se marchan, en grupo, las niñas y los niños que
jugaban con el que se ha ido a rastras. Los acompañantes pasan primero, sumidos
en arduas conversaciones de adultos, como un rebaño que pastorean, por detrás,
los pequeños. Brotan de la nada, más tarde, los adolescentes. En grupitos
dispersos de chicos solos, silenciosos, como enfadados unos con otros, y, entre
estos, dos o tres muchachas que caminan muy juntas, riéndose en exceso y
dándose codazos. Los chicos me dan igual, pero a ellas me quedo mirándolas
hasta que desaparecen pasados los columpios. En sus mejillas encendidas luce
una promesa que hace tiempo he perdido y, sin embargo, no añoro. No es posible
ya regresar a la ignorancia.
Viví
enamorada una época, lo confieso. Creo que me precipité. Es algo que nadie
explica en su momento y hay que aprenderlo desde el suelo, cuando ya se ha
tropezado. Pude limitarme a como era al principio. Ir al cine, al centro
comercial y, al caer la tarde, dirigirnos hacia el parque y permitir que acariciara
mi mano con la suya. También observo cómo pasean por aquí las parejitas más
jóvenes, siempre sonrientes. No saben muy bien qué contarse, y no se me escapa
que lo poco que hablan se lo van repitiendo entre los dos como una salmodia. Es
el cuerpo quien habla por ellos desde las distancias, reducidas a lo
milimétrico, pero siempre presentes. Qué gracia tienen estos noviazgos
primerizos, que anhelan, como yo, la discreta umbría del parque. Se miran a los
ojos sin cansarse y su quietud, respetuosa y tan estudiada, entrega el
protagonismo a sus cuerpos, que son los que hablan por ellos. Tampoco necesito charlar
con mis amantes fortuitos, cuando llegue la medianoche y haga mucho rato que
los enamorados se han ido. De nuestro encuentro solo emana un silencio que
con cada gesto se hace más profundo.
No
sé si voy a tener paciencia para permanecer sentada en este banco hasta
entonces, viendo pasar, según las horas, los habitantes del parque que también
he sido. A la hora de estar en casa para la cena, con la primera oscuridad, me
levantaré y saldré a las calles. En esta zona hay un bar tras otro, ni
siquiera es necesario decidir, el azar mueve los hilos siempre con precisión. Estuve
enamorada durante años. Fue el peldaño siguiente, cuando ya dejamos de venir al
parque porque disponíamos de piso propio. Así lo contemplé entonces. No me di cuenta de la contradicción de haber llegado al final de la
escalera justo cuando empezaba a subirla. No advertirlo aumentó la catástrofe.
La vida es mucho más larga que el amor, al menos en mi experiencia, pero nadie
me lo había advertido.
El
parque está dividido en tres zonas. En la primera aprendí a caminar, sobre la
gravilla del paseo central, primero, y después correteando por los parterres de
una hierba que acogía con dulzura mis tropezones. Es lo que me han contado en
casa, tantas veces que hasta tengo la impresión de que me acuerdo. Y en el
pensamiento me lo sigo repitiendo cada vez que entro, ahora que es posible que
ya sepa caminar, pero no descarto ningún tipo de tropezón. Me digo a mí misma:
aquí diste los primeros pasos. Posiblemente ocurriera el primer llanto tras caerme
de morros contra la hierba, por blandita que fuera. Más tarde entregué, y recibí,
los primeros besos. Y a partir de entonces, ni sé cuántas vivencias más se
inauguraron en el parque. Después aparece la zona de juegos infantiles y la
plaza central, que cada tarde se convertía en el campo de fútbol de los niños,
y aún sigue así, resulta complicado atravesarla sin recibir un balonazo. Las
niñas preferíamos la tercera zona, en la parte superior, una umbría casi
boscosa con senderos más estrechos y bancos perdidos. Allí empezamos a jugar a
papás y mamás, entonces sin papás, que estaban dándole patadas a un balón, y
ahora es como si continuara el mismo juego y de idéntica forma, pues de ellos solo
comparecen sus sombras.
Me
perdí en la zona de umbría en el parque una noche aciaga. Dolida por el feo que
me acababa de hacer la vida. Ni siquiera creo que fuera culpa del joven del que
me había enamorado. Sin duda entendió mejor que yo la teoría de los escalones,
y habiendo subido el primero, la escalera sin un segundo peldaño se le hacía
corta. Y se fue hacia lo desconocido, y yo, desazonada, me vine al parque. No
sentí miedo. Era donde prefería ocultarme cuando juagaba de pequeña al
escondite. Y más tarde, donde ensayaba maneras de dejarme besar. Fue una noche
de marzo, aún hacía frío. Se me acercó un tipo, tal vez algo mayor que yo. No
sentí ni un ápice de miedo. Recuerdo que me hablaba con una ternura extraña
para el contenido de sus palabras. Le seguí sin más hasta la zona más boscosa.
Me acarició como si estuviera acostumbrado a hacerlo cada noche. Enseguida me
di cuenta de que había cometido el error de vestirme con pantalones. No me
importó quitármelos. Los había dejado caer al suelo, pero se agachó, los
recogió y tras doblarlos los dejó con delicadeza sobre el respaldo de un banco
próximo. Esa noche nos escondimos entre los troncos de dos árboles muy juntos.
Siempre que puedo regreso a ese mismo lugar, acompañada por una sombra
diferente en cada ocasión, cierro los ojos y los árboles de alrededor se
convierten en los ángeles de la ausencia de mí misma en todo cuanto emprendo.
[Cuaderno de ficciones, página 40]



























