Lo
que falta es lo que éramos
cuando
éramos ese hermoso comienzo.
Mary Jo Bang
Sé
que estoy sentado sobre la losa áspera del murete que rodea uno de los
edificios más altos del barrio, enfrente de la casa donde vivo, que tiene menos
altura. Es lo que sé porque me veo ahí absorto, pese a la intensidad con la que
trazan planes los seis o siete amigos que me rodean. Unos son vecinos de la
calle Santa Amelia; otros, compañeros de clase. En este momento miro alrededor
y solo consigo verme sentado, simulando que escucho el reparto de grupos, de
zonas del barrio y de tareas. Pero lo único que me absorbe es pensar que me
está ocurriendo algo desconocido. Nuevo. Estoy ahí solo.
Estoy rodeado de mis amigos, claro.
Salgo cada mañana y cruzo tres calles con el semáforo en verde hasta el
colegio. Lo hago desde hace unos meses, porque mi madre ha de acompañar a mis
hermanas, menores, a su escuela, que está más lejos. Como siempre nos
retrasábamos, un día le propuse ir solo y desde entonces me deja salir antes.
Llegar temprano resultó un descubrimiento parecido al de hoy. Me sentaba junto
a alumnos madrugadores de diferentes cursos, muchos mayores, y asistía con el
corazón en un puño a conversaciones sin énfasis ni pavoneos que me sorprendía
que existieran. Como ocurre el día de hoy.
El curso escolar acabó ayer. Hacia la
mitad, en marzo, cumplí once años. Entonces ni me di cuenta de la frontera que
acababa de cruzar cumpliéndolos. Creí que seguía siendo el niño que había sido
hasta entonces, sin ni siquiera sospechar que existiera para mí otra manera de
ser. Los estratos parecían inamovibles: mis abuelos, mis padres, mis hermanas y
yo. La vida, hubiera afirmado de ser un niño filósofo, está bien hecha y
consolidada. Y no tenía previsto que al cumplir once años algo cambiara en la
estratificación de la realidad.
Lo descubro aquí sentado. En el muro
bajo de la calle Santa Amelia, esquina Capitán Arenas, con mis amigos y
compañeros de clase que han acudido a este lugar en la hora señalada. Los que
van algún curso por delante saben para qué. Yo, no. En casa, a la hora de irme
a clase, digo que he quedado con amigos y mi madre, en lugar de extrañarse, me
aplasta contra el cabello repeinado un rizo contestatario y me dice: «Has de ir
al barbero». Que no dijera «Tengo que llevarte al barbero» pudo ser una pista
de lo que estaba ocurriendo, pero no la supe ver. O solo más tarde, después de
salir, cruzar la calle y comprobar que acuden a la cita tantos colegas. Los que
ahora están reunidos en un círculo y se reparten en grupos las calles, igual
que en el patio del colegio se forman los equipos para el partidillo del
recreo.
Hoy es la víspera de San Juan. Lo sé
porque es lo que repiten los de los cursos superiores. Y la de este año ha de
ser la hoguera mayor en la historia de la calle Santa Amelia. Para lograrlo
tenemos que recorrer el barrio, cada casa, cada piso en cada edificio, llamar a
las puertas y pedir trastos viejos e inservibles para que ardan, por la noche,
en nuestra fogata. No recuerdo que hubiera existido nada parecido antes en mi
vida. Mis padres no me habían llevado nunca a ver quemar ninguna hoguera, así
que esta palabra significa poco para mí. Lo único significativo aquella mañana
es que de repente tengo once años, puedo salir de casa sin tener que dirigirme
al colegio y me encuentro en mitad de la calle con mis amigos para compartir un
tiempo, por primera vez, mío.
«Está alelado», sentencia uno. «Tú,
fantasma, levanta el culo que te vienes con nosotros», clama Calopa, que allí
donde se forme una cuadrilla siempre es el jefe. Despierto. Me levanto. Acabo
de entrar en una dimensión diferente. Desconocida. No del todo alentadora:
hasta aquella mañana había sido solo un niño al que le gustaba serlo. La puerta
que de repente veo abierta delante encuadra un paisaje que me inquieta. Menos
iluminado. No es miedo lo que siento en aquel instante mientras sonrío a mis
compañeros. Tampoco descubro qué es. Tal vez solo sea pánico, pero disimulo. Me
uno a mi grupo y lo sigo en silencio mientras el resto habla a la vez, coro que
ensaya mientras el director se empolva la cara en el camerino.
Las sillas con la enea suelta, las
cajoneras sin cajones o los cajones sin cajonera, los marcos apolillados, las
escaleras con un peldaño roto, las cucharas y los utensilios de cocina
desgastados, las cajas de fruta vacías, los travesaños sueltos de una antigua
cama, los muebles pasados de moda o que cojean e incluso las polvorientas
maletas de madera se convierten en el botín del día. A última hora de la tarde,
la montaña de trastos multiplica por diez mi altura. Un día intenso de trabajo.
Subo con las manos en los bolsillos y bajo cargado por las escaleras de los
edificios como en un sueño. Quiero decir, como quien despierta de un sueño.
Pero del sueño que ha tenido un durmiente que desconoce.
A las diez de la noche, algunos minutos antes incluso, alguien que conozco de vista, uno de los cursos de mayores, va encendiendo con una antorcha los papeles arrugadas y la paja entreverada por todo el perímetro del montículo. El fuego, en pocos segundos, se adueña de todas las formas que había adquirido la madera, y también de la calle y de la noche. Y allí, ensimismado, contemplándolo, veo también cómo se apodera de mi infancia. No sé si lo pienso así exactamente, pero es así como lo siento. Las llamas se alzan sobrecogedoras desde el asfalto hacia el cielo oscurísimo del futuro. Pero el tiempo solo ilumina este instante en el que vivo, como quien subraya un título apretando el rotulador contra la hoja del cuaderno para que se vea claro que ese es el comienzo de lo que aún no ha empezado.






























