22 de octubre, viernes. El enigma de la escalera

El poeta gaditano José Manuel Benítez Ariza, que está pasando unos días en Barcelona, me confiesa que no ha estado en el parque Güell. A eso hay que ponerle remedio, le digo. Quedamos en la parada del H8, que ya conoce, y desde el barrio de Gracia ascendemos por intrincadas calles que nos hacen sudar hasta el parque del Carmelo, desde el que accedemos al recinto ideado por Gaudí por una entrada para vecinos. Le doy una buena noticia: desde este punto ya no hay más subidas. Sonríe.

         El parque Güell era un lugar al que solía ir de adolescente. Mi primo vivía cerca y en casa me dejaban subirme solo a un autobús si lo hacía para ir a verle. Era dos años mayor y para mí las conversaciones de sus amigos suponían un universo por descubrir. De vez en cuando, en invierno, nos adentrábamos en el parque al atardecer. Lo recuerdo como un lugar lóbrego. Lleno de sombras, sucio, laberíntico en el peor sentido. Casi sórdido. Los edificios de Gaudí, oscurecidos por el abandono, parecían el perfecto decorado para el más siniestro de los cuentos góticos. Aunque avanzara rodeado de mayores, los amigos de mi primo, lo hacía con un pánico que acrecentaba su desmedida pasión por recrear los acontecimientos atroces que ocurrían allí, según repetían, por las noches.               

Durante años el parque Güell fue para mí lo opuesto de cuanto estoy viendo, un ingenuo —mejor, infantilizado— parque temático gaudiniano abarrotado de turistas. El banco corrido de la plaza central, tan admirado y reluciente, sobrevivía entre los huecos de los fragmentos de trencadís arrancados. Las farolas, rotas a pedradas. El sotobosque entre los pinos, invadido por la maleza. Entrar era un atrevimiento. Ahora es como un subirse al carrusel.

Cuando, ya de regreso, decidimos subir la escalinata de la rambla Mercedes para salir del barrio por el Coll del Portell y huir de las tiendas de recuerdos —que los nuestros nunca los hemos comprado— íbamos hablando de cómo se construye el canon literario.  No era una conversación nuestra, sino evocada de la de un amigo común interesado de manera especial por estos asuntos. En el primer tramo de la tremenda escalera que asciende perpendicular al suelo citamos creadores que nunca tuvieron el aprecio de sus contemporáneos con los que nos sentimos muy a gusto: Van Gogh, Pessoa, Kafka. Nos olvidamos de Gaudí. En el segundo tramo busco cómo emparentarme con ellos, pero lo hago de una manera penosa porque ya las palabras se convierten en resuello y en el tercero preferimos ascender en silencio. Luego, arriba, ante la singular construcción medievalista que preside las vistas, un delirio de castillo construido en la roca que parece en pleno proceso de desmoronamiento, nos olvidamos de la conversación canónica.

Al escribir estas notas siento cierta incomodidad por la frase que abandoné a medio decir, porque parecía que yo me creyera un Pessoa incomprendido. Nada más lejos. Y como no me gusta dejar una frase a medio construir, la acabo aquí. La incomprensión de los coetáneos en relación a obras que décadas más tarde se consideran geniales es un hecho que a un escritor le puede servir también para comprenderse a sí mismo. Hay escritores de éxito y otros que no consiguen salir del anonimato, pero esta no es una situación perenne. El hecho de que la posteridad haya revisado siempre las épocas para quedarse con lo que más le interesa no es una coartada para creerse superior a otros escritores, en absoluto, pero sí es un buen argumento para ser feliz. Un escritor necesita lectores. La hipótesis de que los tenga en el futuro, algo que ni él ni sus coetáneos pueden desmentir, le permite seguir escribiendo con idéntica pasión que si fuera un autor superventas, pero sin ninguna de las presiones (contratos, promociones, críticas, ventas) que han de soportar los escritores de éxito y que en ocasiones afectan sustancialmente a su vitalidad creativa. Convencerse (aunque sepa que eso no ocurrirá nunca) de que sus lectores no han nacido todavía le da al escritor alas para contrastarse consigo mismo, no con el antojadizo gusto de sus vecinos. 

19 de octubre, martes. Plaza Boscán

        El mapa más antiguo que se conserva de Barcelona lo dibujó alguien tres décadas después de la muerte de Juan Boscán (1492-1542). Se trata de una lámina blanca en la que parece que un niño con buen trazo hubiera dibujado el perfil de las iglesias y su hermano menor hubiese rellenado los vacíos con rayas. Así se ven las calles, como tachaduras. En una de ellas, a saber cuál es en el plano, tenía Boscán su casa, que ya había pertenecido a su abuelo. Por la calle Lledó no solo caminarían él y su magnífica esposa, Ana Girón de Rebolledo, que con el tiempo mandará imprimir el libro de poemas más importante del siglo XVI, sino también Garcilaso de la Vega durante sus estancias en la ciudad, en 1533 y 1534. Cuando la derribaron para construir pisos, en el XIX, a alguien se le ocurrió la feliz idea de rescatar unos rosetones de terracota que lucía la casa de Boscán y colocarlos como decoración en los pilares del nuevo edificio. Los admiraba con frecuencia en el interior de un espacio para personas mayores que patrocinaba una Caja de Ahorros, que ahora le ha cedido el local a un oscuro negocio de baños y termas, cuyos vapores de agua acabarán en poco tiempo con los rosetones, cuya terracota parece recitar, bajo las estridentes luces de reclamo, los versos de quien fue su dueño: «Paso mi vida lo mejor que puedo; / en esto podéis ver cómo la paso: / de un triste pensamiento en otro paso, / mortal priesa me doy para estar quedo».

        Fue Juan Boscán caballero de talante melancólico y reflexivo. «Hombre tan triste, tan cuitado y tal, / no ha de ser reprendido, / ni tener puede méritos ni culpas», dice de sí mismo en una «Canción». Quizá alguna mañana saliera de la muralla barcelonesa «a pasearse por la playa armado de todas sus armas», como don Quijote, y tal vez recorriera la insalubre marisma —una manga de tierra que se adentra en el mar formando un cabo que los cartógrafos del XVII dibujan yermo— donde ahora una plaza recuerda solo su oficio y apellido, extramuros de la que fue su ciudad.  Se dice que apreciaba tanto la urbe como el campo. La Barceloneta, campo hoy urbanizado, hasta lo acoge con ciertos honores de centralidad. Una remodelación reciente unió la suya a la plaza de la Fuente y el mercado formando un espacio abierto y céntrico. No siempre ha sido así. La plaza estaba en las traseras de San Miguel del Puerto, y otrora fue su cementerio, luego el patio de un colegio y más tarde una pista polideportiva donde jugaban al fútbol los niños de la Barceloneta por la tarde y los jóvenes sin demasiado futuro por la noche. Pero en ningún momento los vecinos se refirieron al poeta al nombrar su lugar de memoria. Para todos, aquel emplazamiento era, y sigue siendo, «La Repla».

         Que la ciudad lo reconozca y al mismo tiempo prefiera olvidarle forma parte de la experiencia de cualquier barcelonés, pero ninguno lo ha expresado de modo tan claro y lúcido. En la «Ocatava rima», un extenso poema en octavas reales, confiesa que hay grandes metrópolis «pero entre estas ciudades la ciudad / que más es de mi gusto es Barcelona», dando argumentos que se sostienen en el tiempo, como su carácter mundano y cosmopolita («Y dile más, mujeres tan hermosas / que vuelan por el mundo con sus famas, / dulces, blandas, discretas y graciosas». Basta continuar la lectura unas estrofas adelante para ver completa la confesión: «Esta ciudad de mí tanto querida / después que con mis largos beneficios / entre todas se haya ennoblecida / acuerda de hacerme deservicios / y así perversa y mal agradecida / inventa contra mí mil maleficios…». Poeta Boscán —¿cuál era tu nombre?— con una plaza en un descampado, junto al cementerio. En la marisma. 

11 de octubre, lunes. Tentaciones que inquietan


Los primeros encuentros, como es común que ocurra en los acontecimientos excepcionales, tienen la virtud de fijar el evanescente contexto que los rodea. Así, recuerdo con precisión cómo me llamó la atención el nombre de un escritor que desconocía por completo. Fue en una librería de grandes cristaleros integrada en la parte moderna del edificio de Roma Termini. Lo alcé del atril donde se mostraba y busqué en la solapa saber algo más de Sándor Márai. Todo lo que leí entonces me atrajo y lo recordaba cuando unos meses más tarde apareció una traducción al español, que leí con sorpresa y creciente encanto. Debió de ocurrir hacia 1999, cuando se publicó aquí El último encuentro. Una reseña adversa, en El País, lo calificaba poco menos que de novela rosa. Las consecuencias de ese conflicto de opiniones fueron inmediatas: dejé de leer su suplemento de libros. Y fue para siempre.

       En el párrafo anterior había escrito «primera traducción» llevado por el entusiasmo de la evocación, pero enseguida lo he borrado. Había oído que no era la primera, pero hoy por fin tengo la certeza. En los Encantes descubro entre un montón de libros sin ningún interés A la luz de los candelabros, de Sándor Márai, publicado por Destino en febrero de 1946. En el prólogo, que firma el traductor de la novela, Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967), descubro también que el protagonista de su primera novela, traducida aún antes, en los años 30, era un profesor de instituto, subgénero narrativo que a mi interés le gusta mimar. Algún día la encontraré en el laberinto de los cajones de libros viejos.

         En la sobrecubierta en papel de A la luz de los candelabros aparece una foto de Márai relativamente joven, con unos cuarenta años. No me ha costado encontrar el original de la fotografía en Internet. Es impresionante. Tal vez sea la persona más triste del mundo. Y cuando se la hizo aún vivía en Budapest, era un escritor con reconocimiento internacional y no había ni siquiera empezado la parte más desamparada de su vida, su exilio americano, cuyos últimos años retrata con una escritura descarnada en sus Diarios 1984-1989, quizá el libro más desolado que he leído.

         Junto a este volumen me llama la atención otro. Firmado por Fernand Gigon, de quien ni Wikipedia ni yo sabemos nada, y a quien Google atribuye una edad de 113 años, tal vez por no conocer la fecha de su más que probable fallecimiento. El libro se titula Formosa, pero lo que me inquieta es el subtítulo, entre paréntesis: (Las tentaciones de la guerra). Hace días que le doy vueltas a esta misma idea tras acumularse algunas circunstancias que sospechosamente empiezan a dejar de ser circunstanciales.

         El subtítulo de Gigon me lo susurró la actualidad la mañana en la que oigo por la radio que una vicerrectora universitaria acababa de colgar un tuit donde se confesaba nostálgica de los contenedores ardiendo y los aeropuertos tomados. Por casualidad dos días más tarde aparece la puerta de vidrio del edificio donde vivo hecha añicos y la verja que rodea la entrada arrancada de cuajo y abandonada en el jardín de la plaza. Al parecer un vecino del primero llamó la atención a unos jóvenes que hacían ruido excesivo por la noche y la respuesta del grupo salta a la vista. Este comportamiento tampoco me pareció insólito, puesto que enseguida lo emparenté con el de un vecino de esta misma finca, que avisado por otros vecinos de que el uso de su aire acondicionado excedía tanto el ruido como los horarios permitidos, su respuesta fue someter a la vecindad a sesiones ininterrumpidas de su insufrible aparato, 24 horas sobre 24. Y no es un joven.

         Parece como si cualquier situación en la que se pida moderación a la radical individualidad de alguien, este lo considere ya como un casus belli, y el belli no como un elemento figurativo, sino absolutamente literal. Literalmente: las tentaciones, como la que le costó el puesto a la vicerrectora, de una auténtica guerra de todos contra todos. El momento en el que lo anecdótico deje de serlo, esta es mi preocupación. 

7 de octubre, jueves. Plaza Sanllehy

De niño, lo recuerdo bien, el término «plaza Sanllehy» significaba para mí el fin del mundo conocido. Creo que no me llevaron nunca a verla, eso acendra aún más el mito, que se mantenía inalterable como límite a partir del cual no existía ciudad. Ignoro de dónde sacaría esta idea, sobre todo porque unos años más tarde mi familia se iba a trasladar a uno de los barrios del otro lado, los inexistentes. Mis tíos no vivían lejos y en la infancia íbamos con frecuencia a visitarlos. El nombre de la plaza se repetía en las conversaciones de mis primos y del contexto extraje aquella idea de Finisterre que aún hoy resuena cuando lo escucho.

         No fue el único problema filosófico que recuerdo haber tenido con esta plaza. Su escritura fue un enigma durante años de colegio. La enseñanza de la lengua que me habían dado resultaba insuficiente para caligrafiar la extraña sonoridad de la palabra Sanllehy (aún ahora he de consultar cómo se escribe correctamente). Tampoco tenía certeza de su pronunciación, unos decían sanyei y otros sanyeí (enigma que todavía hoy no he resuelto). Y desconocía, porque no se explicaba en el colegio, el personaje que había detrás del apellido sin nombre de la placa. Hoy sé que fue, además de alcalde, un visionario: presidió la Sociedad de Atracción de Forasteros de Barcelona. En la historia de la ciudad no ha existido una entidad con más éxito en sus propósitos.

         No iban desencaminadas mis intuiciones de infancia. Es una plaza de frontera, quizá la más fronteriza de la ciudad. En su espacio confluyen los barrios de Gracia, al sur; El Coll del Portell, al oeste; El Carmelo, al norte y El Guniardó, al este. Una auténtica rosa de los vientos. Comparte con esta tipología de plaza el ser una compleja encrucijada del tráfico rodado, pero a diferencia de otras plazas fronterizas, muy frecuentadas, a la plaza Sanllehy la descubro casi siempre vacía. Hoy, tras una década de obras y despropósitos, luce una urbanización moderna, con una estructura de hormigón para salvar el desnivel, disimulada con parterres frondosos y bien cuidados donde solo veo solitarios paseantes de perro o despistados como yo, que me he sentado en un banco con un libro de Dionisia García en el que subrayo los versos que estoy leyendo: «Un aire triste / ofrecen las acacias / y las plazas que ahora desconozco». Quizá porque el fin del mundo no estaba en el más allá de la plaza sino en el más allá del tiempo de quien ahora la describe. 

3 de octubre, domingo. ¿Vemos lo real o su relato informático?

Quienes hablan de la decadencia de los valores en el presente, como ahora estoy haciendo yo, deberían poner ejemplos. Decir a qué valores se refieren. Porque uno va al cine, lee periódicos, escucha a los políticos y a los sabios y por todas partes salen a relucir los valores más rancios que conoce, asentados sobre el terreno con una vigencia a prueba de generaciones revolucionarias. Estos días, sin embargo, ando dándole vueltas a una de las ideas esenciales, el tiempo. Pero no el que preocupaba a Martin Heidegger o a Henri Bergson, sino el otro, el importante, el meteorológico.

         El interés por el clima ha sido, desde que recuerde, una constante en mí. Lo he achacado siempre a mis ancestros, que hasta mis abuelos fueron siempre personas de campo. En escrutar el cielo e interpretarlo bien les iba la cosecha. Por cierto, era lo mismo que hacían los filósofos antiguos, especular, es decir, mirar el cielo a través de un espejo (speculum). Además de la conexión con los orígenes, siempre me ha interesado la meteorología por razones prácticas. Saber si he de tender la colada fuera o dentro, o como repertorio de diálogos de ascensor. Para quienes la timidez social les impedirá comprender por qué razón hay que mantener conversaciones con desconocidos, el clima es un salvavidas lanzado desde el barco del que se despeñan cada vez que aparece un vecino con la pretensión de subir en el mismo viaje.

         Son estos los precedentes que explican la alegría que tuve, en primera instancia, al ver que, tras una actualización obligatoria de mi ordenador, apareció en la barra de tareas un añadido de información meteorológica con tres elementos. Un icono con el pronóstico, la temperatura ambiente en la calle y una explicación detallada de ambos. Lo que más me interesó, claro, es la medición. Saber qué grados hace en el exterior satisface una necesidad de conocimiento esencial. Hace años compré un termómetro de ventana, lo fijé con un taco en el alféizar y lo consultaba con frecuencia. Pero cuando me mudé de casa se me olvidó traérmelo. Cuando paso delante suelo fijarme en que el nuevo inquilino aún lo conserva, como era un primer piso lo compruebo desde la calle. Ahora, por fin, ya no lo echaré en falta. El ordenador me informa.

         Además de la temperatura, el icono dibuja lo que veo por encima de la pantalla, que es el cielo encuadrado en la ventana, y el texto me lo explica. Por ejemplo, ahora se ven nubes dibujadas y leo «Mayorm. nublado». Levanto la vista y veo un cielo mayormente nublado. El mundo me parecía sincronizado hasta que hace tres o cuatro días leí, con pavor: «Lloviendo ahora». Estaba nublado, pero en la ventana no se apreciaban las gotas. Me levanté, alargué un brazo por la ranura que mantenía abierta —y que debería cerrar si llovía— y la intemperie me lo devolvió tan seco como lo tenía antes. Escruté la calzada, y ni una gota. Volví al ordenador y ahí seguía el pronóstico: «Lloviendo ahora».

         Me ha tenido trastornado esta asimetría entre la información y la experiencia en un ámbito tan delicado como el meteorológico, donde se asientan mis bases filosóficas del conocimiento. No conseguir saber si, en realidad, está lloviendo o no está lloviendo me parece el mayor hachazo a un valor que recibe mi conciencia en años. Alrededor vi tambalearse mis concepciones más íntimas. Con el paso de los días, he tratado de distanciar el problema, dada la imposibilidad de resolverlo. 

         Un buen paseo y la observación meticulosa de la arquitectura me han devuelto la confianza en mí mismo. En la Villa Olímpica, frente a la playa y al embarcadero, en un lugar privilegiado, se alza desde hace años el edificio de la Agencia Estatal de Meteorología, un bloque monolítico de planta circular con diversos vanos, estrechos, en los que se abren sendas ventanas perpendiculares a la fachada, es decir, enfrentadas a sí mismas, de modo que su visión se restringe al otro lado de la misma oficina donde se encuentra, sin que desde el interior se tenga acceso a ninguna panorámica exterior. Siempre lo había considerado como una construcción desafortunada, fea, bunkerizada.  Pero ahora, el comprender su funcionalidad ha cicatrizado mi herida. Es un edificio levantado sin ventanas para que nunca ocurra lo que me pasó a mí el otro día. Para que nunca que la realidad interfiera en un buen pronóstico.