31 de diciembre de 1988, sábado | Último viajero a Rødberg



Puede regresar a aquella hora a Rødberg, el tren está a punto de pasar, sin embargo, en Lampeland toma la línea en sentido opuesto y se dirige a Kongsberg, como si quisiera enlazar con la L12 a Oslo. Ya en la estación de los cuatro pabellones blancos, en la cafetería, lee el periódico mientras espera la hora de salida del último convoy hacia Rødberg, la de los dos caserones rojos. No es el último del día, aunque lo sea; tampoco el último del año, pese a la fecha que aparece en el calendario, 31 de diciembre de 1988. Es, en un sentido absoluto, el último. Tal como se diría de alguien que acaba de fallecer. Tras casi una década de obras y apertura paulatina de tramos, el primer tren había llegado a Rødberg en diciembre de 1926, sesenta y dos años antes del día de hoy. También su edad, aunque para él no sea aún su última jornada. O eso espera.

De haber sido el tren una persona, se lamentaría su temprana desaparición. Como no pudo verlo llegar, porque para el primer viaje era demasiado pequeño, apenas un bebé de dos meses, le seduce la idea, más teórica que con un valor práctico, de ser el último viajero en recorrer los noventa y tres kilómetros de la línea del Numedal. Y casi literalmente lo consigue, pues en esta fecha y a esta hora nadie tiene problemas para encontrar asiento. Si acaso, tal vez, solo para decidir el costado que contemplar en la despedida. La luna, en cuarto menguante, apenas asoma, aunque el cielo parezca en parte despejado. La noche, por encima de la nieve, cuyo bulto en los márgenes de la vía reluce con el reflejo de las ventanillas, es profunda. Opaca. Y el tren se abrirá paso, indiferente, hacia ese corazón oscuro.

Como conoce el recorrido, los tiempos y las paradas, el viaje nunca se le hace largo. Da para leer el periódico sin interrupciones por otros quehaceres. Es la ventaja que le ve al tren. Nunca ha entendido que para algunos resulte un suplicio no poder abandonar el vagón durante dos horas. La vida actual cada vez ofrece menos momentos detenidos y hay que aprovecharlos. Para su último viaje en el ferrocarril de su valle accede con las manos vacías. No necesita distracciones. El periódico lo ha dejado en la puerta de la cafetería, sin darse cuenta de que ya no aparecerá detrás de él ningún viajero que pueda aprovecharlo.

Por no saber dónde colocar las manos, se quita los guantes y las enfunda en el chaquetón y se deja caer en el asiento. Como si fuera un adolescente. La gente se empeña en tratarle de señor, pero siente que quien era cuando tenía veinte años sigue utilizando su cuerpo para moverse y pensar. El viejo que le cambie opiniones, hábitos y gustos aún no ha comparecido en su interior. Continúa siendo el mismo estudiante que regresa cada fin de semana a casa de sus padres. Entonces, cuando tras hacer el transbordo en Kongsberg accedía al mismo vagón que ahora arranca, ya se sentía en casa. Ahora vive solo en una cabaña en las afueras del pueblo, si es que el pueblo ha tenido alguna vez centro. Quizá la estación lo haya sido estos años, el lugar por donde se entraba y se salía de Rødberg, pero cuando a partir de mañana ya no llegue ningún tren, nadie se acercará a los andenes, que se convertirán en un escenario vacío para un público despeinado de hierbas y maleza que se tumba sobre los rieles y se esparranca sobre los durmientes de madera.

Pero el futuro no existe. Acaba de comprobarlo nada más subir al primer vagón, como acostumbra, y sentarse de cara a la marcha en un asiento que, si encuentra libre, es su preferido. Su horma reconoce las hechuras de su cuerpo. Esta noche de fin de año, apenas dos o tres personas más acceden al vagón. Prefiere no reconocer a ninguna. Tampoco aparecen en su campo de visión. Quedan detrás, como la estación de Kongsberg. Aunque ha decidido fijarse en todos los detalles del viaje que ya no podrá volver a vivir, el pensamiento rara vez queda sujeto en el noray del puerto donde se ata y vuela por el tiempo a su antojo, sin pedirle permiso. En qué ensalada de sensaciones se convierte el pensarse en aquel viaje ferroviario durante tantas décadas de una vida. Tampoco el pasado existe. Al desviar la mirada hacia la ventanilla, la noche tras el cristal le devuelve su imagen de ahora, un hombre de sesenta y dos años, pelo cano, entradas, bolsas bajo los ojos, contemplándose.

Cada parada en la que el convoy se detiene surge algún recuerdo. Como quien abre los cajones de una vieja cómoda sin saber qué hay, pero reconociendo inmediatamente lo que encuentra. En la aldea de Svene, una noche de verano, una fiesta, amigos, conversaciones. Tantas palabras vertidas. Su lengua de entonces, más poblada de tacos. Flesberg. De Flesberg era Emma. Aún la recuerda. Se fue a estudiar a Bergen y no regresó nunca más al Numedal. Si la viera por la calle, está seguro que la reconocería. En Rollag, el cauce bravío del Numedalslågen y de repente la calma del lago. Así también transcurren los años, le dice la figura que ve reflejada en su ventanilla y va conversando con él. Detrás, el resplandor blanco de la nieve acumulada en los márgenes. Se pregunta hacia dónde ha viajado en todo el tiempo ferroviario transcurrido, la infinidad de horas que ha pasado en este tren donde no podrá volver a subirse. En la esquina superior de la ventanilla consigue ver solo media luna. Menguante, como el ir viviendo.

De súbito, un fugaz pensamiento le sobrecoge: ¿y si fuera el tren el que se ha subido en su tiempo por última vez? Del mismo modo que su nacimiento, de algún modo, fue el presagio de la llegada del ferrocarril a Rødberg. ¿Existirá algún vínculo entre la edad de su cuerpo y la de la locomotora que arrastra los vagones? Aunque se han abierto las puertas en la última estación del último trayecto, y las pocas personas que viajan se han diluido ya en la noche como sombras dispersas, esta idea le petrifica en el asiento. Un silencio espectral se cuela por la puerta y le despierta de sí mismo. Estira el paso para salvar el hueco entre vagón y andén. Las luces de las farolas en la estación van trazando círculos escolares a su paso. Despacio los atraviesa sin salirse de una mínima senda entre las placas de hielo. Abre la cancela de salida con un chirriar de herrajes y sin darse la vuelta para ver el tren detenido, el último viajero también desaparece en el corazón opaco de la noche. 

20 de junio, sábado. Jardín de aforismos



Qué inútil queda lo valioso de cada época —la memoria, la caligrafía, la lectura, el silencio—. Ni siquiera los anticuarios exageran su precio cuando lo ponen a la venta.

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En la juventud traumatizan los defectos de carácter que, en el curso de la vida, ahorran traumas mayores.

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Quien pronostica en exceso se suele reír de quien añora tiempos pretéritos, pero ambos padecen de idéntica sinsustancia de presente.

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Cuanto más aprende uno a vivir, más se ejercita también en su despedida. De ahí que sea esta una materia que no se imparte en ninguna escuela.

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Añoro la época en la que lo imaginario y fantasioso era considerado pernicioso para la verdad; que ahora resulte inocuo la debilita.

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Lo importuno avisa con su sobresalto de que aún no somos capaces, felizmente, de controlarlo todo.

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El límite que un cuesco establecía en las relaciones sociales ha quedado relegado a lo anecdótico.

15 de junio de 2026, lunes | La feria | Epigrama


Crecí en una época donde todo era uno: escribir, cartas; hablar, teléfono; quedar, en la cita anterior; leer, libros; estudiar, apuntes; informarse, periódico; documentarse, biblioteca. Cada necesidad, un soporte. Ahora, con frecuencia recuerdo algo que he leído, pero soy incapaz de decir si lo he visto en un libro, en una revista, en wikipedia; en internet; en un blog, en una página de fbk, en un comentario de instagram.... un sin vivir no saber dónde se hace cada cosa que hay que hacer. 

[Epigrama VI-09]

3 de junio, miércoles | Parábola del mal samaritano



Me entrego solo a aquello que destruyo

Pierre Emmanuel

  

Así como lo veo yo, la cuestión es la siguiente. El caminante avanza por un sendero invernal. A cada paso que da, la hojarasca crepita bajo las botas. Lleva buen ritmo. El fragor que provoca anula el resto de sonidos del bosque, pero no le importa desatender el canto de algún pájaro que tampoco es capaz de identificar. Lo único que persigue es mantener la cadencia de la marcha. No quedarse por detrás de su determinación. Al atravesar un claro, en cierto punto, descubre a lo lejos la figura de otro viajero, pero no está erguido, como él, sino tumbado sobre la hierba que crece en un poco pronunciado talud. Se ha colocado la mochila bajo la cabeza, a modo de almohada y los ojos cerrados parecen indicar que está dormido. Si el caminante continúa su marcha, es muy posible que despierte a quien aprovecha el silencio para descansar. Pero no me corresponde a mí tomar esa decisión de continuar o de emprender un rodeo a través del bosque para no producir ninguna molestia. Yo soy, en este ejemplo, siempre quien está durmiendo, mi compromiso se limita a continuar así de ignorante o a despertar.

         No puedes acusarme de incumplir mis promesas si de repente me desvelo y al abrir los ojos con mi gesto afeo el alboroto que montan tus botas al caminar. En una pareja, siempre hay uno de los dos que perturba y otro que duerme plácidamente. Si este no se despabila, la perturbación tampoco existe. Si el caminante decide no modificar su ruta y atraviesa por delante de quien dormita sin que el otro se alerte, es lo mismo que si no hubiera pasado nunca por ahí. A su hora, abrirá un ojo, luego, el otro y se dirá a sí mismo «necesitaba este descanso». Alzará la mochila hasta su espalda y reanudará su vida en el mismo punto donde la había dejado al sentirse agotado. Tal vez incluso beba unos sorbos de la cantimplora y al sentir un ligero apetito apriete con una mano la bolsa donde guarda un bocadillo como vitualla. Que se lo zampe o no en ese instante resulta indiferente para el caso que estamos analizando. Si fuera yo quien soy, el recién espabilado, puedes estar segura de que no me hubiera levantado del talud hasta no dar cuenta de las provisiones. De todas las provisiones. Para con ellas tomar fuerzas y alcanzarte. ¿Y qué hubiera pasado entonces?, pues nada. Nada de nada. ¿O sí? Te abrazaría.

         Es como yo lo veo, un ir acercándonos; sin embargo, tal como tú explicas las situaciones, en cualquiera de los dos casos, la distancia entre tu itinerario y el mío aumenta sin cesar. No me habrían alertado tus pasos ni me hubieran causado ninguna molestia, pero en lugar de sentarte a esperar que me despertara por mí mismo, has seguido caminando y no solo estás ya lejos de mí, sino lo que es peor, sigues alejándote en cada conversación que mantenemos. Es posible que tus pasos no levantasen ningún rumor sobre las hojas secas, taimada como eres en todas tus maniobras, pero eso no quiere decir que no pasaras por delante de mi sueño y trataras de no desvelarlo, quizá avanzando de puntillas. El engaño sería entonces más patente, por oculto. Y más doloroso si en ese instante lo descubriera. Y al abrir un ojo, como quien no quiere asistir a ninguna prueba con las que nos examina la vida de pareja, de repente te viera caminar entrelazada con alguien que no soy yo, acaramelados los dos, queriéndoos entregar el uno al otro en cada uno de los gestos que os regaláis. Los dos muy juntos, buscando un recodo del camino, pero no para dar un rodeo, sino para esconderos de mí. Y si eso ocurriera así, ¿qué despertar sería el mío? ¿Cómo podría continuar el camino, después, que recorremos juntos?

         Bueno, no es más que simple un ejemplo. Los ejemplos no son una crónica, no se construyen con datos reales, sino solo con parábolas. Es hablar por entendernos mejor así, metafóricamente. Qué más da quién haya sido infiel con quién. Quién ha perturbado el descanso de quién. No pongamos nombres a los personajes. Veamos solo cómo se comportan. Ya sé que el desleal he sido yo. Pero tú eres quien no admite que levanta un ruido infernal por el camino cuando avanza, la que se queja en todo momento de mi comportamiento inadecuado. Ya lo he admitido. Ahora descanso sobre un pequeño talud de la vía que compartimos y por eso soy yo el durmiente. Y tú la que me despierta una y otra vez, atravesando por la senda con tacones de bailadora sobre una plataforma de madera. Por eso, cuando te acercas a mí, que descanso tumbado sobre la hierba, deberías aplicarte el cuento, el cuento original, y abandonar la pista de hojarasca y en silencio dar un rodeo sobre todo lo que ocurrió y el que tus malas artes descubrieran que me había echado a dormir en nuestra relación, y sin levantar la voz aparecieras al otro lado, justo cuando yo emprendía de nuevo el camino, para así juntarnos de nuevo y seguir como siempre, de la mano, sin alharacas, los dos hacia delante, reconstruyendo al unísono aquello tan valioso que estaba sobre la mesa y una corriente de aire ha empujado hasta el borde y ha dejado caer al suelo, sin que se rompa nada, ni un solo añico, solo si tú eres capaz, claro, de no despertarte mientras cruzo por delante, aunque crepiten mis pasos. 

[Cuaderno de ficciones, página 41]