15 de enero, lunes. Anatomía del miedo


Miedo, no. Nunca hubiera dicho que vivo con miedo. Sí con precaución. Prefiero hablar de prudencia. De previsión. De orden. De cautela. Eran las palabras que usaba para organizar mi vida. Creo que es lo conveniente, pero no por miedo. Si a eso ahora le llaman miedo, cuando me traspasaba un calambre de miedo, entonces lo que padecía eran auténticos ataques de pánico. Es posible, sin embargo, que algo de miedo sí sintiera. No a hacer lo que tuviera que hacer en cada momento, sino por evitar consecuencias que no me iban a gustar. ¿Te ríes? Pues no veo el motivo de tanta risa. A las cosas que se hacen hay que buscarles un sentido. Tengo la impresión de que abusas de la palabra miedo. Nunca me he considerado miedoso. Sí, preparado para lo que hacía. Lo que implica conocer las consecuencias y evitarlas. Eso nunca ha sido miedo. Lo contrario sí me parece peligroso, ser negligente, confiado. ¿No es peor que el miedo? El caso es que nunca había sabido antes, ni siquiera en los momentos de pánico, qué era realmente el miedo.

         Porque nunca se me había ocurrido antes llamarlo pronóstico. No puedo decir que no fuera amable, que su trabajo lo ha elegido él, y bien se debe de ganar la vida, pero yo no lo querría para mí. Es verdad que seguramente es mitad y mitad. A unos les anuncia buenas noticias. Pero ¿y a los otros? Personas a las que tiene que ponerles delante, en su más cruda realidad, lo que nunca antes han conocido, el miedo. El miedo auténtico. No las tonterías que tú llamas miedo. A partir de ese momento, lo de las consecuencias pasa a ser un juego de niños. La despreocupación, una quimera. La distracción, una utopía. Cómo una sola palabra, tan inofensiva, le cambia a uno la vida. Y alguien tiene que pronunciarla para que exista un desgraciado que la escuche, en este caso, yo. Para que oiga decirlo como quien no dice nada, como quien habla de los resultados de la liga durante el fin de semana, y de repente ya nada sea igual a como era antes. Antes de entrar en la consulta. Antes de oírle interpretar unos análisis.

         «Tiene muy mal pronóstico», dijo, «su tumor». Ahí arrancó el miedo, como un zarpazo repentino que extirpa el pensamiento. Y no deja nada en qué pensar. Luego siguió con las estadísticas, que ya ni recuerdo haber oído, y con las previsiones, las que ponen en marcha un reloj que avanza hacia atrás en lugar de hacia delante. Como cuando de niño me gustaba ver lanzar los cohetes a la luna. De eso me acordé. Por fin se cumpliría mi deseo infantil de ser astronauta. Oiría descontar el tiempo que falta. Diez. Tramitar la baja. Luego, la larga enfermedad. Nueve. Sesiones de quimioterapia. Ocho. Sesiones de radioterapia. Siete. Análisis y pruebas. Seis. Consultas y pronósticos. Cinco. Tratamiento experimental. Cuatro. Más análisis y más pruebas. Tres. Ya no siento nada. Dos. Paliativos. Uno. Despedida… Cero. Ya iré camino de la luna. En la luna no existe el miedo. Ni los pronósticos. Ni las precauciones. No hay atmósfera y eso significa que no hay corrupción de la materia. Ni tiempo. La luna es un espacio puro. Allá arriba siempre; por esencia, inalcanzable. De niño quería ser astronauta. Invertir el sentido de los relojes. ¿Habré logrado, por fin, aunque solo sea una de mis aspiraciones? Sí, al menos esta, estoy seguro. Me iré contento, por fin habré sabido lo que es de verdad el miedo. 

[Cuaderno de ficciones, página 14]