11 de marzo, miércoles | DISPUTAR UNA FINAL



Nada de lo que hacemos 

es una siembra que brote después de nosotros.

Hilde Domin

Regino ha muerto. No puedo afirmar que lo escuchara así de claro, con estas palabras, a veces las noticias se transmiten con expresiones y sobrentendidos. Además, yo era un niño entonces y nadie pronunciaba según qué cosas delante de un niño. Iba y venía de la escuela por el mismo camino a diario y al menos cuatro veces pasaba delante de su casa. Sin saberlo, claro, la suya no era nada más que una vivienda más en un recorrido que conocía tan bien como ignoraba a sus pobladores. No solo por quién habitara en cada morada, sino sobre todo qué significaba el hecho de que hubiera personas viviendo en aquel lugar y no en cualquier otro.

         Regino era el único nombre propio que conocía. Me cuesta evocarlo, porque no sé si recuerdo lo que en realidad ocurría o lo que me he ido contando a mí mismo desde entonces cuando no quería olvidarlo. De hecho, tener un nombre como punto de partida ya es hacerlo con un pie en tierra. Pero el otro pie, lo cierto es que no sé dónde está, si en el aire o enterrado. Regino vivía solo, creí siempre. Era un hombre atildado. Salía a la calle como quien va a un bautizo. O a una primera comunión. No digo a una boda, porque a las bodas va la gente disfrazada. Él solo iba de domingo, aunque fuera martes. Era delgado y hablaba sin acento, como los maestros que venían de fuera del pueblo a dar clase. Se sentaba en un banco de la plaza donde nosotros, la pandilla, íbamos de vez en cuando a jugar al escondite.

         Que acabáramos tropezando con él era de cajón. Por más vueltas que le dé, sin embargo, no consigo determinar cómo ocurrió el encuentro. Solo me recuerdo, en muchas ocasiones, sentado en el suelo, con mis compañeros, todos alrededor de Regino, el único que ocupaba el banco de la plaza. Nos hablaba desde una tribuna. No digo desde una tarima a propósito, porque los maestros se subían a una en cada clase y desde allí hablaban, como Regino, pero no contaban las mismas cosas ni tenían para nosotros el mismo interés. Con el tiempo, cuando se hizo común ver la televisión en casa y no solo en el Casino, descubrí lo que era dar un discurso desde la tribuna de las Cortes y pensé que ese exactamente era el lugar desde el que nos hablaba Regino. Sobre todo, porque aquella era la manera de explicarse, como quien da un discurso a la nación. Los maestros se quedaban en monaguillos al lado del obispo.

         Le escuchábamos encandilados. Cada frase nos abría un universo. Cada incógnita nuestra se convertía en una lección que lo aclaraba todo. Incluso cuando desconocía la respuesta a nuestras inquietudes, aprendíamos cómo buscarlas por nosotros mismos a imagen de cómo él le daba vueltas a los asuntos hasta que descubría el hilo que le conducía hasta lo que ocultaban. Se nos pasaba por alto celebrar el partidillo diario en el descampado que había detrás de la plaza, y que hoy es un supermercado y un aparcamiento. Si algo le podíamos recriminar ahora a Regino era eso, que truncó la carrera de futuros futbolistas que teníamos todos en mente. Ya no nos importaba ser los que metíamos más goles del colegio. Y mucho menos los que meteríamos cuando fuéramos profesionales. De eso nos olvidamos en cuanto le conocimos y pasó a compartir sus inquietudes con los chiquillos de pueblo que éramos.

         Unos días nos hablaba del cielo. Donde, si mirábamos, éramos incapaces de ver nada en concreto, nubes a lo sumo, Regino nos explicaba lo que se sabía entonces del universo, de las galaxias, del sistema solar y nos enseñó a distinguir con sus nombres, que he olvidado ya, cada uno de los tipos de nubes y la razón de su forma. Otras tardes, recitaba versos de memoria. Le preguntábamos si eran suyos, de lo hermosos que nos parecían, y se reía. Nunca supimos qué significaba esa sonrisa. El caso es que nombraba a los autores, y autoras también, de los poemas, después de decirnos su título, y como ninguno nos sonaba de nada, barruntábamos que lo hacía por no darse méritos, pero los había escrito él. Porque aquellos recitales que hacía de memoria, de repente, hablaban de la vida en el pueblo, describían sus campos, las veredas y desvelaban, o eso nos parecía, el pensamiento de los paisanos. Incluso los nuestros más secretos.

         Bastaba con verle aparecer por la plaza para que en el baldío se acabara el partidillo. Corríamos a sentarnos alrededor del banco donde se sentaba. Como si fuéramos su clase, pero no como nuestra clase, que no callábamos ni con la cabeza sumergida en un barreño, como solía decirnos el maestro, sino otra clase ideal, de niños ideales a los que les gustara aprender cosas. Que no éramos en absoluto nosotros, pero que nos transformábamos en ese milagro, como hubiera reconocido, si nos hubiera visto, el maestro de las mañanas. La clase de la plaza empezaba por nuestras preguntas. La primera, cada tarde, era: ¿está casado? ¿Tiene hijos? ¿Cómo se llama su madre? ¿A qué colegio ha ido? El Piernas hasta le preguntó cómo se ganaba la vida para vivir en una casa tan buena. Solo después de escucharnos, porque nuestra energía nos impedía callarnos después de formular la pregunta, y a continuación la respondíamos nosotros tras la coletilla de «pues a nosotros nos parece que» y ahí nos inventábamos su vida sin que nunca se enfadara con las tonterías que se nos llegaron a ocurrir. Una vez reídos, esto lo decía Regino, vamos a los asuntos interesantes, y nos preguntaba: ¿sabéis por qué existen mareas en los océanos? Silencio absoluto. Solo el Piernas respondía: «No, pero nos gustaría saberlo».

         Regino ha muerto. No recuerdo mayor bofetada de la vida que esa frase que se la oí de refilón a un mayor. El caso es que no apareció nunca más por la plaza. En el descampado regresaron los campeonatos del mundo de fútbol. De vez en cuando, cansados y aburridos de nosotros mismos, nos sentábamos en el suelo alrededor de su banco, ahora vacío, y tratábamos de recordar alguna de sus lecciones. Pero acabábamos peleándonos. Unos decían que había dicho tal cosa, y la otra mitad había oído lo contrario. Al poco nos hartábamos y cada uno se iba a su casa con su propio recuerdo de Regino, cada día más borroso y más distante.

Por mi parte he mantenido todos estos años devoción por aquellas charlas. Incluso un día, al poco de jubilarme, me vestí con traje y corbata y fui a sentarme en la plaza, frente al supermercado. Ahora hay columpios y una fuente y una estatua muy fea que prefiero no mirar demasiado. Tenía la esperanza de que algún grupo de muchachos, de los que fuman a escondidas tras los setos, se me acercara y pudiera contarles algo de lo que he aprendido en una vida de profesional de la fontanería. Sé cosas sobre la electricidad, por ejemplo, que estoy seguro que encandilarían a un grupo de chavales. Pero no se acercó nadie. Insistí otras tardes, vestido del mismo modo, hasta que un día tres mozalbetes se me quedaron mirando, con curiosidad. Les sonreí. Se acercaron. Les dije que me llamaba Regino, aunque no fuera ese mi nombre. Se echaron a reír. «Regino —me dijo uno entre risotadas—, danos un cigarrillo». Les informé de que no fumaba y que eso tampoco era conveniente que lo hicieran ellos a su edad. Ahí estallaron los tres en una sonora carcajada y se dieron media vuelta para irse, pero antes uno espetó: «Entonces no sirves para nada». Y ya desde lejos, apostillaron su huida con un término que me dejó perplejo. Me llamaron: «Pervertido». Entonces pensé que por fin comprendía el significado verdadero de la frase que oí de niño a alguien que susurraba que Regino había muerto.  

[Cuaderno de ficciones, página 38]