Nada de lo que hacemos
es una siembra que brote después de nosotros.
Hilde Domin
Regino ha muerto. No puedo
afirmar que lo escuchara así de claro, con estas palabras, a veces las noticias
se transmiten con expresiones y sobrentendidos. Además, yo era un niño entonces
y nadie pronunciaba según qué cosas delante de un niño. Iba y venía de la
escuela por el mismo camino a diario y al menos cuatro veces pasaba delante de
su casa. Sin saberlo, claro, la suya no era nada más que una vivienda más en un
recorrido que conocía tan bien como ignoraba a sus pobladores. No solo por
quién habitara en cada morada, sino sobre todo qué significaba el hecho de que
hubiera personas viviendo en aquel lugar y no en cualquier otro.
Regino
era el único nombre propio que conocía. Me cuesta evocarlo, porque no sé si
recuerdo lo que en realidad ocurría o lo que me he ido contando a mí mismo
desde entonces cuando no quería olvidarlo. De hecho, tener un nombre como punto
de partida ya es hacerlo con un pie en tierra. Pero el otro pie, lo cierto es
que no sé dónde está, si en el aire o enterrado. Regino vivía solo, creí
siempre. Era un hombre atildado. Salía a la calle como quien va a un bautizo. O
a una primera comunión. No digo a una boda, porque a las bodas va la gente
disfrazada. Él solo iba de domingo, aunque fuera martes. Era delgado y hablaba
sin acento, como los maestros que venían de fuera del pueblo a dar clase. Se
sentaba en un banco de la plaza donde nosotros, la pandilla, íbamos de vez en
cuando a jugar al escondite.
Que
acabáramos tropezando con él era de cajón. Por más vueltas que le dé, sin
embargo, no consigo determinar cómo ocurrió el encuentro. Solo me recuerdo, en
muchas ocasiones, sentado en el suelo, con mis compañeros, todos alrededor de
Regino, el único que ocupaba el banco de la plaza. Nos hablaba desde una
tribuna. No digo desde una tarima a propósito, porque los maestros se subían a
una en cada clase y desde allí hablaban, como Regino, pero no contaban las
mismas cosas ni tenían para nosotros el mismo interés. Con el tiempo, cuando se
hizo común ver la televisión en casa y no solo en el Casino, descubrí lo que
era dar un discurso desde la tribuna de las Cortes y pensé que ese exactamente
era el lugar desde el que nos hablaba Regino. Sobre todo, porque aquella era la
manera de explicarse, como quien da un discurso a la nación. Los maestros se quedaban
en monaguillos al lado del obispo.
Le
escuchábamos encandilados. Cada frase nos abría un universo. Cada incógnita
nuestra se convertía en una lección que lo aclaraba todo. Incluso cuando
desconocía la respuesta a nuestras inquietudes, aprendíamos cómo buscarlas por
nosotros mismos a imagen de cómo él le daba vueltas a los asuntos hasta que
descubría el hilo que le conducía hasta lo que ocultaban. Se nos pasaba por
alto celebrar el partidillo diario en el descampado que había detrás de la
plaza, y que hoy es un supermercado y un aparcamiento. Si algo le podíamos
recriminar ahora a Regino era eso, que truncó la carrera de futuros futbolistas
que teníamos todos en mente. Ya no nos importaba ser los que metíamos más goles
del colegio. Y mucho menos los que meteríamos cuando fuéramos profesionales. De
eso nos olvidamos en cuanto le conocimos y pasó a compartir sus inquietudes con
los chiquillos de pueblo que éramos.
Unos
días nos hablaba del cielo. Donde, si mirábamos, éramos incapaces de ver nada en
concreto, nubes a lo sumo, Regino nos explicaba lo que se sabía entonces del
universo, de las galaxias, del sistema solar y nos enseñó a distinguir con sus
nombres, que he olvidado ya, cada uno de los tipos de nubes y la razón de su
forma. Otras tardes, recitaba versos de memoria. Le preguntábamos si eran
suyos, de lo hermosos que nos parecían, y se reía. Nunca supimos qué
significaba esa sonrisa. El caso es que nombraba a los autores, y autoras
también, de los poemas, después de decirnos su título, y como ninguno nos
sonaba de nada, barruntábamos que lo hacía por no darse méritos, pero los había
escrito él. Porque aquellos recitales que hacía de memoria, de repente,
hablaban de la vida en el pueblo, describían sus campos, las veredas y
desvelaban, o eso nos parecía, el pensamiento de los paisanos. Incluso los
nuestros más secretos.
Bastaba
con verle aparecer por la plaza para que en el baldío se acabara el partidillo.
Corríamos a sentarnos alrededor del banco donde se sentaba. Como si fuéramos su
clase, pero no como nuestra clase, que no callábamos ni con la cabeza sumergida
en un barreño, como solía decirnos el maestro, sino otra clase ideal, de niños
ideales a los que les gustara aprender cosas. Que no éramos en absoluto
nosotros, pero que nos transformábamos en ese milagro, como hubiera reconocido,
si nos hubiera visto, el maestro de las mañanas. La clase de la plaza empezaba
por nuestras preguntas. La primera, cada tarde, era: ¿está casado? ¿Tiene
hijos? ¿Cómo se llama su madre? ¿A qué colegio ha ido? El Piernas hasta le
preguntó cómo se ganaba la vida para vivir en una casa tan buena. Solo después
de escucharnos, porque nuestra energía nos impedía callarnos después de
formular la pregunta, y a continuación la respondíamos nosotros tras la
coletilla de «pues a nosotros nos parece que» y ahí nos inventábamos su vida
sin que nunca se enfadara con las tonterías que se nos llegaron a ocurrir. Una
vez reídos, esto lo decía Regino, vamos a los asuntos interesantes, y nos
preguntaba: ¿sabéis por qué existen mareas en los océanos? Silencio absoluto.
Solo el Piernas respondía: «No, pero nos gustaría saberlo».
Regino
ha muerto. No recuerdo mayor bofetada de la vida que esa frase que se la oí de
refilón a un mayor. El caso es que no apareció nunca más por la plaza. En el
descampado regresaron los campeonatos del mundo de fútbol. De vez en cuando,
cansados y aburridos de nosotros mismos, nos sentábamos en el suelo alrededor
de su banco, ahora vacío, y tratábamos de recordar alguna de sus lecciones.
Pero acabábamos peleándonos. Unos decían que había dicho tal cosa, y la otra
mitad había oído lo contrario. Al poco nos hartábamos y cada uno se iba a su
casa con su propio recuerdo de Regino, cada día más borroso y más distante.
Por mi parte he mantenido todos estos años devoción por aquellas charlas. Incluso un día, al poco de jubilarme, me vestí con traje y corbata y fui a sentarme en la plaza, frente al supermercado. Ahora hay columpios y una fuente y una estatua muy fea que prefiero no mirar demasiado. Tenía la esperanza de que algún grupo de muchachos, de los que fuman a escondidas tras los setos, se me acercara y pudiera contarles algo de lo que he aprendido en una vida de profesional de la fontanería. Sé cosas sobre la electricidad, por ejemplo, que estoy seguro que encandilarían a un grupo de chavales. Pero no se acercó nadie. Insistí otras tardes, vestido del mismo modo, hasta que un día tres mozalbetes se me quedaron mirando, con curiosidad. Les sonreí. Se acercaron. Les dije que me llamaba Regino, aunque no fuera ese mi nombre. Se echaron a reír. «Regino —me dijo uno entre risotadas—, danos un cigarrillo». Les informé de que no fumaba y que eso tampoco era conveniente que lo hicieran ellos a su edad. Ahí estallaron los tres en una sonora carcajada y se dieron media vuelta para irse, pero antes uno espetó: «Entonces no sirves para nada». Y ya desde lejos, apostillaron su huida con un término que me dejó perplejo. Me llamaron: «Pervertido». Entonces pensé que por fin comprendía el significado verdadero de la frase que oí de niño a alguien que susurraba que Regino había muerto.
[Cuaderno de ficciones, página 38]

