25 de marzo, martes | Manel Esclusa, entre imágenes oblicuas



Sin considerarme propenso a consignar en este diario arrebatos, hay ocasiones en las que resulta necesario empezar por un alarido de entusiasmo ante las muestras que mi ciudad está reivindicando este mes de marzo de 2025 como proas de la vanguardia artística. Quien se pasee por sus salas de exposición puede disfrutar de las fotografías enigmáticas de los años cincuenta de Ramón Masats, de los collages y poemas visuales de los sesenta de Josep Iglesias del Marquet, la reprogramación de las exposiciones con las que inauguraron sus carreras artísticas Fina Miralles, Eva Lootz y Susana Solano a finales de los setenta. Y ahora, como guinda de la renovación, las fotografías de la Barcelona que Manel Esclusa (1952) imaginó en 1988. Y no soy, en absoluto, irónico. Estas cuatro exposiciones retrospectivas presentan la expresión más audaz del arte del presente que se puede contemplar en mi ciudad.

         Ya lanzado a la piscina de lo emocional, es difícil no seguir nadando y confesar que la exposición Barcelona, ciudad imaginada, inaugurada el 18 de mayo de 1988 en el Palau de la Virreina, junto a las Ramblas, y reprogramada treinta y siete años más tarde en el remozado Archivo Fotográfico, a partir de este 21 de marzo, ha resucitado en mí el amor que sentí, en mi juventud, por mi ciudad. Hoy es difícil escapar a una imagen de Barcelona reducida a un cúmulo de lugares tópicos cuya única función es la decorativa. Mucho antes de que los turistas consumaran la transformación de urbe en muestrario, Esclusa le da la vuelta al epicentrismo barcelonés y plantea contemplar una ciudad trasformada desde su periferia. Es el primer acierto de su crónica fotográfica, un recorrido con paradas inéditas en la imaginación barcelonesa.  Vale la pena enumerarlas: Moll de la Fusta, la Torre de las Aguas, el parque de la España Industrial, la Diagonal; los jardines de Vil·la Cecília, el parque de la Creueta del Coll, el Velódromo, la Vía Julia, el puente de Bac de Roda, el parque del Clot. Con dieciocho años, esta era exactamente la ciudad por donde transcurría mi vida. 

Parque del Clot. Sant Martí. 1988

      Asistir a la transformación de Barcelona en 1988 a partir de sus extremos, este es uno de los propósitos del proyecto de Manel Esclusa, al que añade una visión transfigurada de los espacios que retrata. La suya es una mirada que, entonces, se denominaba «experimental», cuyo significado solo indica que se aborrece la imagen realista y la crónica de costumbres. Esclusa domina la distorsión del objetivo, el uso de filtros y otras imperfecciones, a las que suma el dinamismo caótico de los encuadres, las perspectivas anómalas, las iluminaciones aberrantes, el predominio de la fotografía nocturna y cuantas expresiones defectuosas dinamitaran la contemplación costumbrista de los espacios que enfocaba y, a veces, a propósito, desenfocaba. 

    A mis dieciocho años —qué curiosas resultan las ideas— abominaba de esa imagen experimental de la realidad. La relacionaba con la generación anterior a la mía, cuyas manifestaciones características —culturalismo, vanguardismo, experimentalismo…— solo me parecían huidas huecas e insustanciales de la visión auténtica de lo real, que era la única que me interesaba descubrir entonces. En 1988, la exposición que ahora contemplo de Manel Esclusa me hubiera parecido un auténtico espanto. En 2025, ahíto de imágenes, no solo disfruto de una mirada que se evade del compromiso con lo que existe, sino que descubro cómo odiándolo, sin ser consciente, aprendía con él a desconfiar no de lo imaginario, sino de sus referentes. Hoy me siento más cerca de aquella Barcelona imaginada por Esclusa desde la distorsión y el delirio creativo que de las obviedades que se llevan turistas y visitantes guardadas en sus respectivos móviles.

Puente de Bac de Roda. Sant Andreu-Sant Martí

         Si tuviera que señalar dónde veo más realidad, si en una reproducción literal, por ejemplo, del retórico puente de Bac de Roda o en las placas con las que Esclusa lo muestra sesgado, fugaz y oblicuo, creo que no dudaría en colgar en un lugar privilegiado cualquiera de sus fotografías. Y no es únicamente una cuestión de gusto, sino de memoria. Inaugurado cuando yo apenas tenía diecisiete años, época en la que realizó Esclusa su reportaje, recuerdo que una tarde fui con un grupo de amigos a ver, por primera vez, el nuevo puente de Calatrava. Lo cruzamos desde la Sagrera hacia la Verneda. Por debajo no había un río, sino el brillo metálico de las vías del tren en mitad de un auténtico museo de la basura. En la Perona, a la izquierda, aún quedaban unas cuantas chabolas cuya impresión todavía recuerdo. De vuelta, ya anochecía. Las imágenes que han quedado en mi memoria de aquel regreso, caminando por la pasarela bajo la doble lira gigante y tan blanca, se parecen, con una exactitud que me asombra, a las inquietantes instantáneas experimentales que veo en la exposición de Manel Esclusa. De quien ahora podría afirmar que lo que aquel día fotografió en el puente Bac de Roda fue literalmente mi memoria treinta y ocho años después del momento en el que atravesé el puente a pie para conocerlo. 

Manel Esclusa en 1992

20 de marzo, jueves. Jardín de aforismos


Ojalá acabar de escribir un libro fuera como terminar de leerlo, se cierra, se aloja en un estante y se pasa a otra cosa.

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Cada vez hay menos vidas novelescas debido al afán autobiografista de los escritores.

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La antigua controversia entre quienes pensaban que el presente se construía con el pasado y los que abogaban por apostarlo todo al futuro se ha cancelado con la desaparición de ambos puntos de referencia.

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En las nuevas líneas de metro, sin conductor dentro de la cabina, se inspiran las modas literarias. 

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Las pantallas solo son el grado uno de la suplantación de la realidad por artilugios que sustituyen el consumo de tiempo por el cobro de una tarifa.

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Tal vez haya sido siempre así, pero solo ahora da la impresión de que cualquier descripción de la sociedad es un autorretrato. 

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Cuando en un debate se apela a la «razón» —para entender lo que se defiende— hay que traducir el término por «interés propio».

16 de marzo, domingo | O a caballo


De repente, en la aplicación de mensajería de una red social, un día a finales del mes pasado, en febrero, recibo juntos tres o cuatro mensajes de felicitación de Año Nuevo. Incluso uno enviado la víspera, el 31 de diciembre de 2024. ¿Dónde andará? Esta inesperada correspondencia me hace pensar, en primer término, que en aquellos días augurábamos, la verdad, un año menos incierto. Por otra parte, imagino que entonces había en la aplicación un intenso tráfico de mensajes de felicitación y me ha resultado reconfortante ver cómo algunos se han reconvertido al tiempo analógico para llegar hasta mis manos: han transitado desde ciudades distantes caminando.

[Epigrama VI-02]

9 de marzo, domingo. LLAMADA / ANRUF



der väter

rede tönt noch herauf

JOHANNES BOBROWSKI

Apareció en el Sanatorio en verano, cuando muchos pacientes abandonan temporalmente su hospedaje y en los corredores reverbera la animación e impericia del personal de enfermería y cuidados, jóvenes felices por estar en prácticas, en el trabajo y en la vida. Lo trajo, compruebo, una patrulla de guardas forestales desde Lenorenwald. Nadie le dio ningún relieve al ingreso. Ni siquiera yo, que en esas fechas había solicitado unos días de permiso para ir a Salzburgo en viaje familiar. A mi regreso no supe nada del nuevo paciente hasta una semana después. Por lo que leo en el parte de ingreso, a su llegada presentaba un estado de abandono lamentable, desaseado y desnutrido, con evidentes síntomas de demencia. Encargaron su higiene a dos novatos, acaso los más bisoños, y estuvo durmiendo durante tres jornadas sin ningún tipo de revisión por parte del equipo de vigilancia médica. Al cuarto, un facultativo, también en prácticas, dictaminó una placa pectoral, pero cuando el camillero fue a buscarlo al cuarto donde lo habían ubicado no lo encontró en las inmediaciones y dando la misión por concluida, pasó al siguiente encargo. Como era el único camillero de plantilla en el centro, nadie revisó aquel día su hoja de servicio.

         Me lo encontré, cara a cara, en un extremo del jardín, emboscado dentro de un gran macizo de margaritas que crece paralelo al muro. Había oído un fortuito rumor de movimientos al pasar por delante y pensé que se había colado en el Sanatorio algún perro vagabundo. Di un par de gritos para asustarlo y el asustado fui yo al ver aparecer a aquel hombre recio, enjuto, una talla en un nudo de abedul, con algunos pétalos blancos flotando por encima de su largo y descuidado cabello. Impresionado, al parecer, aún por mi grito, extendió su huesudo dedo y apuntándome, atemorizado, dijo: «Perkūnas». Cambié el tono. Y traté de hablarle con una cordialidad a la que se avino enseguida. Me saludó con una escueta reverencia y se acercó despacio. Y en un alemán torpe y al parecer nunca aprendido con corrección, añadió: «Tú, Perkūnas, eres amigo. Sé caminar por bosque y cruzar arroyo de piedra en piedra sin que te enfades».  Desde ese instante mereció todo mi interés.

         La enajenación posiblemente sea solo un código que los demás no saben descifrar. Cuando, al anochecer, en mitad de su habitación juntó dos sillas tumbadas en el suelo, esparció alrededor hojarasca que había recogido del jardín en una bolsa de desperdicios y debajo enterró retorcidas las hojas de su informe diario a todos les pareció vesania en estado puro. Y menos mal que no encontró, pese a buscarlo durante todo el día, con qué prenderlo. Pensé, sin embargo, que solo echaba de menos su forma de adentrarse en la noche contándole sus preocupaciones al fuego. «Se lo debo a Gabija», fue la única explicación que supo dar, que a todos les sonó a chino. Forzado a sentarse, como hicieron a continuación, en la sala común frente a un televisor encendido en un canal de noticias, aquel hombre de los bosques bálticos debía de sentirse como abducido por unos extraterrestres.

         Si era yo, desde entonces, el doctor Perkūnas, el Sanatorio lo identifiqué, en su vocabulario, como Žemyna, aunque luego caí en la cuenta de que solo se refería con ese término al interior del macizo de margaritas que le había acogido en las primeras jornadas, lugar que me pareció una suerte de corazón profundo del organismo general que era el recinto. Laima, era el serbal; Laumé, el fresno; Kaukai, el abedul. Con todos los árboles mantiene conversaciones, incluso lo que parecen serias controversias. Cuando se lo pregunto, me explica haciéndose valer de gestos para las palabras que desconoce, pero sin recurrir a las de otra lengua, que habla con sus antepasados, con los que se ha comunicado durante toda su vida, pero con los que ahora no consigue entenderse. Mira el cielo, pero Aitvaras no comparece. Tengo la impresión de que no sabe sentirse extranjero en su propia extranjería. No encuentra en el laberinto de su presente el camino para convertirse él mismo en su propio antepasado. Mientras tanto, a su alrededor los cuerdos, el personal joven en prácticas, se divierte haciendo chistes sobre el viejo leñador loco igual que haría un inmortal riéndose arrogante de los que han tenido la absurda ocurrencia de haber envejecido.  

[Cuaderno de ficciones, página 26]


*

la voz

de los antepasados resuena

JOHANNES BOBROWSKI

Er erschien im Sommer hier im Sanatorium, wenn immer viele Patienten vorübergehend ihre Unterbringung verlassen und in den Fluren das lebhafte Hin und Her und der Mangel an Erfahrung des Pflege- und Betreuungspersonals vorherrschen, von jungen Leuten, die glücklich sind, ihr Praktikum machen zu können, sowohl in der Arbeit als auch im Leben. Wie ich lese, hat ihn eine Wachpatrouille der Forstaufsicht vom Lenorenwald hierhin gebracht. Niemand hat dieser Einlieferung auch nur die geringste Bedeutung zugemessen. Nicht einmal ich selbst, der ich ja in dieser Zeit ein paar freie Tage beantragt hatte, um wegen einer Familienangelegenheit nach Salzburg zu fahren. Nach meiner Rückkehr hatte ich nichts von dem neuen Patientien erfahren, bis eine Woche später. Wie ich in seinem Aufnahmebericht lese, war er bei seiner Ankunft in einem bedauerlichen Zustand, verwahrlost, ungepflegt und unterernährt und mit eindeutigen Anzeichen von Demenz. Zwei Anfänger, womöglich genau die unerfahrensten, wurden mit seiner Pflege beauftragt und er schlief wohl drei volle Tage durch, ohne jede Untersuchung seitens des Ärzteteams. Am vierten Tag verordnete dann ein Arzt, der hier wohl auch gerade ein Praktikum absolvierte, eine Röntgenaufnahme seines Brustkorbs, aber als der Krankenträger ihn dazu abholen wollte, in dem Zimmer, wo man ihn untergebracht hatte, fand er ihn weder dort, noch in den umliegenden Räumlichkeiten und betrachtete somit seine Aufgabe als erfüllt und wandte sich dem nächsten Auftrag zu. Da er der einzige Krankenträger des Sanatoriums war, prüfte an diesem Tag auch niemand seine Dienstakte.

Ich traf auf ihn dann, von Angesicht zu Angesicht, am anderen Ende des Gartens, wo er mitten in einem groß angelegten Blumenbeet mit Gänseblümchen steckte, das parallel zur Mauer wächst. Ich hatte zufällig das Geräusch einer Bewegung gehört, als ich dort vorbei ging und ich dachte, ein streunender Hund hätte sich vielleicht ins Sanatorium eingeschlichen. Ich stieß ein paar Schreie aus, um ihn zu erschrecken, doch wer einen Schreck bekam, das war ich, nämlich dann, als ich jenen stämmigen, drahtigen Mann auftauchen sah, wie aus einem Birkenstamm geschnitzt, mit weißen Blütenblättern, die über seinem langen und ungepflegten Haar schwebten. Offenbar noch beeindruckt von meinem Schrei streckte er seinen knochigen Finger aus und zeigte erschrocken auf mich und sagte: «Perkūnas». Ich änderte meinen Tonfall. Und ich versuchte, in einer herzlichen Art mit ihm zu sprechen, die er dann auch bereitwillig annahm. Er begrüßte mich mit einer knappen Verbeugung und kam langsam näher. Und in einem unbeholfenen Deutsch, das er augenscheinlich nie richtig gelernt hatte, fügte er hinzu: «Du, Perkūnas, bist Freund. Ich weiß, wie durch Wald gehen und Bach von Stein zu Stein überqueren, ohne du böse werden».  Von diesem Augenblick an war ihm meine volle Aufmerksamkeit sicher.

Die geistige Umnachtung ist möglicherweise nur ein Kode, den wir anderen nicht entziffern können. Als er am Abend, mitten in seinem Zimmer zwei auf dem Boden liegende Stühle zusammenrückte, rundherum das Laub verstreute, das er mit einem Müllbeutel im Gartern eingesammelt hatte, und darunter die zerknüllten Blätter seines Tagesberichts begrub, bedeutete das für alle Wahnsinn in seiner reinsten Form. Und zum Glück hat er ja, obwohl er den ganzen Tag danach gesucht hatte, nichts gefunden, womit er das alles anzünden konnte. Ich dagegen dachte, dass er eben nur seine gewohnte Art vermisste, sich auf die Nacht vorzubereiten, nämlich, indem er dem Feuer seine Sorgen erzählte. «Ich bin es Gabija ja schuldig», war die einzige Erklärung, die er geben konnte und die allen spanisch vorkam. Dazu gezwungen, so wie es ihm danach angeordnet worden war, im Gemeinschaftsraum vor einem Fernseher zu sitzen, auf dem ein Nachrichtenkanal eingeschaltet war, dürfte sich dieser Mann aus den Wäldern des Baltikums wohl so gefühlt haben, als hätten ihn Außerirdische entführt.

Wenn ich seit dem der Doktor Perkūnas war, identifizierte ich aus seinem Wortschatz das Wort Sanatorium als Žemyna, obwohl mir danach eingefallen war, dass er sich mit diesem Begriff nur auf die hintere Seite des Gänseblümchenbeetes bezog, das ihn an den ersten Tagen empfangen hatte, ein Ort, der mir vorkam wie eine Art tiefverstecktes Herz im gesamten Organismus, der für ihn das Gelände war. Laima war der Vogelbeerbaum; Laumé, die Esche; Kaukai, die Birke. Mit allen Bäumen führt er Gespräche, sogar solche, die in ernsthaften Wortgefechten auszuarten scheinen. Wenn ich ihn danach frage, erklärt er mir mit Hilfe von Gesten die Wörter, die er nicht kennt, doch ohne auf solche aus einer anderen Sprache zurückzugreifen, die er mit seinen Vorfahren spricht, mit denen er sich wohl sein ganzes Leben lang ausgetauscht hat, aber mit denen es ihm jetzt nicht mehr gelingt, sich zu verständigen. Er blickt in den Himmel, aber Aitvaras erscheint nicht. Ich habe den Eindruck, er weiß einfach nicht,  wie man sich fremd fühlt in seiner eigenen Fremdheit. Er findet im Labyrinth seiner Gegenwart nicht mehr den Weg, sich selbst in seinen eigenen Vorfahren zu verwandeln. Währenddessen amüsieren sich um ihn herum die geistig Gesunden, das junge Praktikantenpersonal, und machen Witze über den alten verrückten Holzfäller, genau wie es ein Unsterblicher tun würde, der arrogant über die lacht, die den absurden Einfall gehabt haben, gealtert zu sein. 

 Übersetzung aus dem Spanischen - Peter Burfeid 2025

3 de marzo, lunes. Simulacro de eterno retorno en la Miró



No solo el ser humano tiende a organizar su existencia formando parejas, sean de la índole que cada cual prefiera, también hay conceptos que se pirran por emparejar situaciones. Como el azar, que descubre su felicidad convirtiéndose en coincidencia.  La otra tarde cogí el metro para acercarme a la Fundación Miró, donde se inauguraba una exposición de enigmático nombre: «Entre dos patios». Delante de mí se sentó un hombre que rondaría los setenta y algunos años. Alto, pelo cano, con gafas. Entre las manos tenía algo que enseguida llamó mi atención. Leía con atención una tras otra, pequeñas fichas como las que hacía décadas que no veía. Desde que la informática ha colonizado todas las tareas intelectuales. Con unas fichas parecidas había preparado yo infinidad de exámenes y con un cajón lleno escribí la tesis de licenciatura. Las que manejaba aquel hombre eran de menor tamaño, con las dimensiones de un calendario de bolsillo. Leía atentamente lo que estaba escrito en cada ficha, separándola del resto. Igual que hacía el estudiante que fui. Como memorizándola. Luego colocaba la ficha al final del montoncito que llevaba y se concentraba en la siguiente. Pero no era un estudiante, sino un jubilado.

         Inmediatamente empecé a desarrollar una historia que explicase la escena que observaba con tanta atención. Recordé los últimos días del filósofo Inmanuel Kant, ya asolado por la desmemoria, contados por el novelista Thomas de Quincey. E imaginé una circunstancia parecida. Quizá el lector de fichas, apesadumbrado por la merma de la memoria, repasaba las suyas de estudiante para volver a aprender lo que supo y de repente sentía haber olvidado. No tanto, tal vez, por los conocimientos en sí, sino para que no se le escapara del todo, con la pérdida del saber, aquel que había sido. Llegó su parada, sujetó las fichas con una goma, le dio dos vueltas, y las guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.  Se acabó la fuente de una historia que reunía quien fuimos y quien somos, con la vida en medio.

         La verdad es que no sé qué voy a ver en la Fundación Miró. Sé que se inaugura una exposición de Susana Solano, escultora a quien admiro desde hace muchos años, y este es el motivo de que me haya subido al metro. Una vez en la montaña de Montjuic, me dedico a desentrañar qué significa el título. «Entre dos patios» del primer edificio de la Fundación había una sala, el espacio 10, donde se mostraba la obra de artistas jóvenes. Incluso primeras exposiciones. Es el caso de Susana Solano, que inauguró ahí su trayectoria artística en 1980, y también de las otras dos artistas que la acompañan en el proyecto, Fina Miralles (1950) y Eva Lootz (1940), ambas admirables. Las tres artistas expusieron sus obras iniciales en el Espai 10. Hasta aquí la información, que no es gran cosa. Pero la sorpresa me espera nada más entrar: aquello que veo es la misma exposición con las mismas piezas (algunas, las originales; otras, reconstrucción de la muestra siguiendo los planos originales —en obras realizadas con arena, tierra u otros materiales menos estables—).  El mismo inicio, cuatro décadas después. Las fichas de estudiante del hombre en el metro. 

Susana Solano. Lettera in linea, 1979

         La sala dedicada a Susana Solano en «Entre dos patios» muestra las piezas originales de su exposición en 1980. Una ampliación a tamaño casi real de una fotografía de época, realizada por el pintor Carlos Velilla, muestra a la artista, treintañera, cuidando el plegado y los pliegues de una gran tela colgada en la pared. No sé bien qué era de mí hace cuarenta y cinco años. Estudiante, eso sí, en su tercer curso, creo que aún andaba buscando quién quería ser, cuál era mi mundo y mis valores, qué me iba a gustar. Unos meses más tarde, no muchos, me esperaba el servicio militar. Imagino que eso me ocupaba una buena parte del pensamiento aquel 1980. Me pregunto cómo hubiera descrito aquel joven que fui la exposición de su coetánea Susana Solano. La artista ha contado que en aquella época era alumna de Bellas Artes y que lo que presentó entonces eran trabajos que había realizado para el curso. Este pequeño paralelismo me da pie para imaginar lo que hubiera pensado en aquel momento de haber contemplado las piezas que ahora veo en la exposición original.

Una parte de le exposición constaba de telas —la artista las denomina lonas— colocadas a lo largo de las paredes a modo de pinturas convencionales. Presidía la sala, y la sigue presidiendo, una tela de gran extensión. Creo que no me hubiera costado nada relacionarla con las mismas dimensiones de cualquier cuadro decimonónico grande de temática histórica (pienso por ejemplo en «Doña Juana la Loca», de Pradilla —que sin duda admiraba entonces por su asunto, porque recuerdo mi interés por la reina—, un lienzo de tres metros cuarenta por cinco de largo), y en ese mismo espacio privilegiado por la historia del arte, una gran tela verde en la que la alumna de Bellas Artes había cosido infinidad de cuadrados. Es la única tela de color. El resto, aunque los cosidos y bordados a veces contrastan con un tono más oscuro, son telas blancas. Alguna de estas piezas, con tamaños de cuadro más convencionales, emulan retratos en una galería. Son los titulados «Lettera in línea», numerados. Una colección de retratos de ausentes. Solo el lienzo blanco y tensos ejercicios de costura, a veces como bajorrelieves, otros como claros relieves. Puntadas y pespuntes realizados con un criterio reiterativo, pero imperfecto. Es en esa imperfección donde prende su belleza, es lo que sin duda hubiera pensado a los veinte años. Y ahora.

En la rueda de prensa previa a la inauguración Susana Solano comentó que algunos de sus profesores de entonces se reían de aquellos trabajos de costura sobre tela. Si yo hubiese sido entonces profesor de Bellas Artes no me hubieran hecho ninguna gracia: estas telas no es solo que se rieran a carcajadas de no pocas concepciones convencionales del arte, es que extendían una sábana blanca sobre su cadáver. Y entre estas convenciones, una que me hubiera impresionado descubrir aquel día: los artistas plásticos no cosían en sus lienzos. Porque la costura era considerada tarea artesana y tarea femenina. Y estas simples lonas en lugar de tapar, destapaban brutalmente una mentalidad tan ciega que ya en 1980 parecía caducada, pero sin duda aún no había desaparecido.

Susana Solano. Lettera in linea, 1979

Esta fue una parte de la exposición. La otra consistía en un conjunto de «Maderas» —así tituladas e igualmente numeradas—, trabajadas con una pureza de formas que me hubiera deslumbrado a los veinte años igual que lo hace ahora. La delicadeza con la que cada pieza es mecida por un leve vaivén de su quietud continúa siendo sorprendente. En este trabajo Susana Solano cambia el registro. Si en las telas cosidas establecía una narración paródica como reivindicación de una idea más profunda del arte, en las maderas solo fluye una sensualidad poética: La lucidez de un escalofrío en la materia. (Hoy no hubiera escrito una frase final así, desde luego, pero al joven que fui hace cuarenta y cinco años le encantaba expresarse de este modo, y si es él quien ha de firmar esta crónica, no me queda más remedio que no borrarla). 

Susana Solano. Madera, 1978 [Detalle] 

23 de febrero, domingo. 1981


No consigo recordar nada del lunes 23 de febrero de 1981 antes de las cinco de la tarde. Desde aquel momento, el día queda grabado en una estela de mármol que ahora transcribo.  Como cualquier tarde, al acabar horario y tareas, se puede salir del cuartel. Cumplía entonces el servicio militar en Madrid, en la zona de Campamento, en un acuartelamiento de la División Acorazada. Aquel mes de febrero a la compañía de tanques donde me han destinado le toca entrar en los servicios de cocina y a mí, por ser el escribiente novato, me han enviado a la oficina, un antro oscuro y húmedo, sin ninguna ventana, donde paso las jornadas junto a un sargento. Aquella mañana, en concreto, anduve seguro sumido en la tristeza. Al siguiente, 24, operan de corazón a mi madre, a seiscientos kilómetros de distancia. He pedido unos días para asistir a la operación, pero los destacados en cocina carecen de permisos. Por pura coincidencia, ese día 23 también operan al padre del sargento, a quien tampoco le dan permiso, pero aquella mañana se va a Valencia sin avisar a nadie, para volver por la noche.

         A las cinco de la tarde, hora de paseo, lo único que me sorprende es que no haya cola en la puerta. Cuando me presento el cabo me pregunta a qué compañía pertenezco. Le digo que soy el escribiente de cocina y me deja salir. Ni me preocupa que hubiera oído durante la tarde por los altavoces en diversas ocasiones llamadas a los soldados para que acudieran a sus compañías. Los de cocinas somos la excepción en todo.  Solo pienso que he quedado con un poeta. Lo había conocido a los diecisiete años. Era miembro del jurado de un premio escolar que me dieron. Un hombre mayor, de carácter tranquilo, autor de varios libros en editoriales de provincias. Como he llegado a Madrid un par de meses antes, aquel lunes de febrero quedamos en reencontrarnos. Al llegar a su casa el poeta me abre la puerta con asombro: «¿Qué haces aquí? Pensaba que no vendrías». Menuda acogida. Enseguida me cuenta que ha ocurrido algo de extrema gravedad en el Parlamento. Con tiroteo incluido. Que lo acaba de oír por la radio. Y yo vestido de soldado.

         El poeta me habla, a continuación, de sus lecturas en ciudades que solo he visto en el mapa, del libro que está escribiendo, asuntos que, en general, hubieran ganado enseguida mi interés, pero después de la primera conversación no consiguen mitigar el nerviosismo. Se lo digo y añado que prefiero regresar al cuartel cuanto antes, por lo que pudiera haber pasado. Lo comprende y nos despedimos. Recuerdo que únicamente logro contener la ansiedad dentro del metro, de regreso. Podría estar ocurriendo cualquier tragedia, pero de pie, dentro del vagón lleno, cada pasajero a su bola, con el aire cansado de una jornada de lunes a las espaldas, pienso que no existe normalidad más perfecta. Al salir de la estación de Campamento regresa la inquietud. Aquellas calles suelen ser un hervidero de soldados de los múltiples cuarteles que hay en la zona. Lo que encuentro es una imagen inaudita, nadie por ninguna parte. Junto a los bares, hoy vacíos, hay un pequeño estanco y recuerdo haber pensado que no sería mala idea una buena provisión de sellos por si acaso la situación se complica. Entro en el estanco y la persona que me atiende tiene la radio encendida a máximo volumen. En ese momento un locutor lee los puntos del bando militar lanzado por Milans del Bosch en Valencia, pero yo lo oigo descontextualizado, pensando que es el bando que rige para el país entero.  Escucho: «Artículo primero. Todo el personal afecto a los servicios públicos de interés civil queda militarizado, con los deberes y atribuciones que marca la ley. - Artículo segundo. Se prohíbe el contacto con las unidades armadas por parte de la población civil». Etcétera. Hasta el undécimo.

         Camino cabizbajo por la calzada contigua a la carretera de Extremadura hasta el cuartel. Encuentro la puerta, que siempre está abierta, cerrada. Busco el timbre, que ni sé dónde está. Aparece un cabo y me espeta: «¿Estás zumbado?, ¿qué haces fuera del cuartel?». Le digo que soy de cocina, que he ido de paseo y que me han permitido salir a las cinco. El cabo me salva la vida en una frase y en la siguiente me la arrebata: «Anda pasa y cámbiate rápido. Acabamos de dar un golpe de estado». En la compañía, una nave de hangar larga, ancha y alta, tampoco hay nadie. Me pongo la ropa de cuartel y me encamino hacia mi lugar de trabajo aquel mes de febrero, la cocina. El comedor da servicio en un único turno a seis compañías de soldados de infantería; tres de tanques, como la mía, que son pequeñas, y tres de vehículos de transporte acorazado, que llamamos toas, que son enormes. La sala es descomunal, avanzo a oscuras, hace rato que ya ha anochecido, entre las decenas de mesas para veinte comensales cada una. No se ve absolutamente nada, pero escucho una radio de fondo y me dirijo hacia donde suena. Y completamente a oscuras encuentro a mis compañeros de servicio en cocina, junto a los cocineros, unos veinte en total, sentados unos, tumbados otros, alrededor de una de las mesas, escuchado en absoluto silencio un transistor de bolsillo que han colocado en el centro de la mesa. Sin decir nada a nadie busco una silla y me incorporo.

         Aquella noche no hay cena para nadie. Imagino que en la cocina comeríamos algo. Lo siguiente que recuerdo es la intervención del Rey. Cuando acaba, me doy la vuelta y sin despedirme regreso a la compañía, donde algunos de mis compañeros, los tanquistas, están sentados ya sobre sus camas. Al día siguiente me contarán que arrancaron los tanques y los colocaron en posición de salida junto a la puerta. Pero por la noche estoy cansado, me acuesto y me duermo al instante porque ya no recuerdo nada más del 23 de febrero, hace hoy cuarenta y cuatro años.  

20 de febrero, jueves. Jardín de aforismos



Quien guardaba silencio sobre los conocimientos que había adquirido era una figura cultural relevante. Ahora solo se aprecia a los que no paran de hablar sobre lo que no saben nada.

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Me estimula oír discursos que expresen sus razonamientos entre líneas. La literalidad aburre.

*

Ignoro por qué la cicuta tiene peor prensa que la mentira. 

*

No sé qué es peor, si tratar con indiferencia los asuntos relevantes o empeñarse a fondo en las nimiedades. 

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Que no sea fácil distinguir al ambicioso del altruista no favorece a la cultura.

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El único mensaje que se atiende en la época es el de quien promete que con él empeorarán las cosas.

*

Se denomina civilización al cuidado con el que los predadores tratan a las presas. Aunque se advierten por todas partes signos de fatiga en el propósito.

 

10 de febrero, lunes | El cosmonauta vago


Ese agente justificador de la vagancia que es la inteligencia artificial, en este caso la enanita que asoma en el correo de Gmail, me ofrece tres posibilidades de respuesta al mensaje que me recuerda que debo enviar la colaboración para un proyecto:

Estoy en ello  /   Así lo haré   /   ¡Hecho!

En principio, hay que aceptar que ha leído el mensaje antes de que yo ni siquiera lo abriera. Por mi parte, me quedo pensando en cuál de las tres opciones debería apretar para que mi corresponsal obtenga una réplica a su solicitud. Las tres son respuestas optimistas, pero tengo la impresión de que están mal graduadas. La primera debería ser «Así lo haré», que esconde el credo de la procrastinación, en lugar de «Estoy en ello», que es emblema de la mentira piadosa. Ahora bien, esta alteración resulta significativa, porque lo habitual, imagino, es pinchar la primera que se ofrece y no seguir leyendo, y el algoritmo debe pensar que siempre queda mejor una mentira piadosa que una promesa. El receptor lo agradecerá. La tercera opción también se las trae, porque si la clico y la mando, es decir, solo la respuesta, sin el trabajo comprometido, ya la mentira deja de ser piadosa y se convierte en una cochina mentira. Que la inteligencia artificial deje la cochina mentira para quien haya leído los tres conceptos también tiene su razón de ser: mentir siempre ha sido fruto de un trabajo similar al trabajo, pero menos comprometido. De ahí el triunfo de la política, que permite en su seno mentiras sin exceso de esfuerzo, porque el futuro suele tener aún menos memoria que el pasado

[Epigrama VI-01]

3 de febrero. CUCHITRIL / ARMSELIGE KAMMER


die Nacht wird lose
fällt aus
toter Zahn vom Gebiss.
Nelly Sachs

El cuarto de las escobas de la casa donde viví de niña era mayor que mi habitación ahora, que por ser la única de este piso en mitad de la inmensa colmena, la comparto con mi madre. No sé dónde he leído que los japoneses duermen directamente sobre la tarima. Es un argumento que me viene de perlas para convencerla de que el colchón sobre una tabla, en el suelo, donde nos acostamos nosotras, no es signo de carencia, sino cosmopolitismo. En la esquina, una antigua mesa consola, desvencijada, es mi lugar de trabajo. La silla es de otro estilo, pero ambas riman en pérdidas de barniz y melladuras. El armario que alberga las escasas ropas que pudimos traernos cojea un poco al abrir las puertas, tal vez por eso no lo sacamos de paseo y él lo entiende. Si no dialogara constantemente con la escasez que nos rodea correría el peligro de no comprenderla.

         Este es uno de los dos espacios. El otro es cocina, comedor y sala de estar, también es despensa, biblioteca y mirador.  Desde su cristalera se contempla íntegro el edificio que hay construido delante, idéntico al nuestro, una especie de muralla china con cientos de ventanas similares en un prodigio de estructura racionalista. Abajo, entre una y otra construcción, hay un tilo mediano y un aliso raquítico, una senda de gravilla y queda algún penacho de hierba dentro de un escueto parterre. Desde la ventana del octavo piso donde habitamos todo adquiere la dimensión de una casa de muñecas, como las que tenía en mi cuarto de juegos infantil, solo aquel espacio mayor que este piso y el del vecino juntos.

         No se les ocurrió pintar las paredes cuando nos lo entregaron, y eso me facilita las labores de investigación sobre los seres humanos que me precedieron en el piso. Por las muescas descubro tanto los muebles que poseían como sus movimientos rituales. No es una preocupación baladí, porque teniendo más enseres y siendo, creo, más los habitantes, cuesta hacerse una idea de cómo resolvían el puzle cotidiano. Hay también mensajes garabateados en las paredes. Y aunque mis clases de sueco no han hecho nada más que empezar, resulta un aliciente estudiar la lengua para conseguir descifrarlos. Y, además, estas inscripciones me animan a realizar las mías, primero a la altura del zócalo, detrás del colchón que es también cama, pero más tarde debajo de la ventana me atrevo a abandonar versos de una supuesta suicida, que también soy yo.

         No hay nada en este lugar que no entierre la memoria de todos aquellos lugares donde transcurrió mi vida. El palacete con jardín donde mi padre me enseñaba, los domingos, a cultivar flores exóticas cuyos bulbos le traían, especialmente para él, de países lejanos. Cuando los habitantes de Schöneberg recibían en verano visitas de foráneos, aparecían por la tarde en nuestro jardín para mostrárselo como quien acude a un museo. Mi padre les abría la cancela de entrada y luego los invitaba a una taza de té de frutas con delicias de mazapán. Sobre aquel tiempo de bonanza y encanto ha caído la noche sin que nunca más se haya visto el rosicler de un amanecer posible.      

         La noche se aparece como un animal feroz capaz de arrancar de una única dentellada la mano que pretende acariciarlo. La noche ruge como un huracán de aullidos donde aquellos que emiten los agresores pretenden superar en virulencia a los de las víctimas. La noche convierte en albañal de tormentos lo más hermoso que un padre es capaz de enseñar a una hija. La noche desconoce la redención.

         Ah, este piso de Södermalm, tan chiquitín y humilde, un espacio donde los vecinos hablan, al otro lado de la pared, dentro del cuarto en el que una busca el sueño. Donde los pasos en el piso superior resuenan en el inferior con la exactitud de una campana. Donde el llanto de un bebé es preocupación de todo el vecindario. Donde la intimidad conyugal carece de secretos para los demás. Y, sin embargo, la noche ruidosa y compartida no puede ser más amable, porque al cabo de las horas conocidas, el cielo se abrirá a la luz de las miradas tranquilas desde las ventanas, los saludos convencionales en la escalera, las carreras de los niños camino de la escuela, el silbato del afilador de cuchillos que solo van a ser utilizados para asegurar la finura de las lonchas cuando se vaya a servir carne para cenar.  

*

la noche se desprende
de la dentadura
y cae como un diente sin vida.
Nelly Sachs

Die Besenkammer in dem Haus, wo ich als kleines Mädchen gelebt habe, war größer als mein Zimmer jetzt, das ich ja, weil es hier das einzige ist,  mir mit meiner Mutter teilen muss, in der Wohnung inmitten dieses riesigen Bienenstocks. Ich weiß nicht, wo ich gelesen habe, dass die Japaner direkt auf dem Boden schlafen. Dieses Argument kommt mir sehr gelegen, um sie davon zu überzeugen, dass die Matratze auf der Platte hier, direkt auf dem Boden, wo wir jetzt schlafen, kein Anzeichen für unsere fehlenden Mittel ist, sondern eben für unser Weltbürgertum. In der Ecke ist ein alter, recht klappriger Konsolentisch mein Arbeitsplatz. Der Stuhl ist von einem anderen Stil, aber beide stimmen darin überein, was Lackverlust und Kratzer angeht.  Der Schrank, der die wenige Wäsche beherbergt, die wir mitnehmen konnten, wackelt und wankt etwas beim Öffnen der Türen, vielleicht nehmen wir ihn ja auch deshalb nicht mit bei unseren Spaziergängen und er hat vollstes Verständnis dafür. Wenn ich nicht ständig in Gedanken Zwiegespräche führte, mit den knappen Mitteln, die uns umgeben, würde ich Gefahr laufen, sie nicht zu verstehen.

         Das ist einer der beiden Räume. Der andere ist Küche, Esszimmer und Wohnzimmer, auch Vorratskammer, Bibliothek und Ausguck in einem. Vom Fenster aus ist das ganze Gebäude zu sehen, das direkt vor dem unseren steht, von identischer Bauart, eine Art chinesische Mauer mit Hunderten von gleichen Fenstern in einem Wunderwerk rationalistischer Baustruktur. Unten, zwischen den beiden Gebäuden stehen ein mittelgroßer Lindenbaum und eine mickrige Erle, und dort verläuft ein Schotterweg und in einem spärlichen Blumenbeet sind noch ein paar Grasbüschel zu sehen. Vom Fenster des achten Stocks, wo wir wohnen, nimmt alles die Ausmaße eines Puppenhauses an, wie die, die ich als Kind in meinem Spielzimmer hatte, nur dass jener Raum damals größer war als diese Wohnung hier und die unseres Nachbarn zusammen.        

         Es war ihnen nicht in den Sinn gekommen, die Wände zu streichen, als sie sie uns übergaben, und das hilft mir jetzt bei meinen Nachforschungen über die Menschen, die vor mir in dieser Wohnung gelebt haben. An den Einkerbungen erkenne ich sowohl die Möbel, die sie besaßen, als auch ihre Gewohnheitsrituale. Das ist keine triviale Angelegenheit, denn da sie über mehr Hab und Gut verfügten und, wie ich glaube, auch mehr Bewohner waren als wir, kann man sich nur schwer ein Bild davon machen, wie sie das alltägliche Puzzle hier lösten. Es gibt auch an die Wände gekritzelte Botschaften. Und auch wenn mein Schwedischunterricht gerade erst angefangen hat, ist das durchaus  ein Anreiz, jetzt die Sprache zu erlernen, um sie entziffern zu können. Und außerdem ermuntern mich diese Inschriften dazu, auch selbst welche zu machen, zunächst auf der Höhe des Sockels, hinter der Matratze, die ja zugleich unser Bett ist, aber später dann auch unter dem Fenster, wo ich mich traue, Verse einer mutmaßlichen Selbstmörderin zu hinterlassen, welche ich ja auch bin.

         Es gibt nichts an diesem Ort, das nicht die Erinnerungen unter sich begräbt, an all jene Orte, an denen ich mein Leben verbracht hatte. Der kleine Palast mit der Gartenanlage, wo mein Vater mir sonntags beibrachte, exotische Blumen zu züchten, deren Zwiebel, extra für ihn, aus fernen Ländern geholt wurden. Wenn die Einwohner Schönebergs im Sommer Besucher von Außerhalb bekamen, erschienen sie nachmittags in unserem Garten, um ihnen diesen zu zeigen, so wie man ein Museum besucht. Mein Vater öffnete ihnen dann die Pforte zur Eingangshalle und lud sie zu einer Tasse Früchtetee und Marzipangebäck ein. Über jene Zeit des Wohlstands, die schon ihren Reiz hatte, war die Nacht hereingebrochen, ohne dass je wieder die glühende Röte einer möglichen Morgendämmerung zu sehen war.    

         Die Nacht erscheint wie ein wildes Tier, fähig, mit einem einzigen Biss die Hand abzureißen, die vorhat, es zu streicheln. Die Nacht brüllt wie ein Orkan, wobei das Geheule, das die Angreifer ausstoßen, das der Opfer an Schärfe noch übertreffen will. Die Nacht verwandelt das Schönste, was ein Vater einer Tochter beizubringen vermag, in eine Kloake voller Qualen. Die Nacht kennt keine Erlösung.

         Ah, diese Wohnung in Södermalm, so winzig und bescheiden, ein Raum, in den die Nachbarn sich auf der anderen Seite der Wand unterhalten, innerhalb des Zimmers, in dem man gerade einzuschlafen versucht. Wo die Schritte aus der darüberliegenden Wohnung in der darunterliegenden mit der Präzision einer Glocke erklingen. Wo die gesamte Nachbarschaft das Schreien eines Babys mitbekommt. Wo die eheliche Intimsphäre vor den anderen keine Geheimnisse hat. Und dennoch könnte diese laute und gemeinsam erlebte Nacht schöner nicht sein, denn am Ende der besagten Stunden wird sich der Himmel öffnen für das Licht der ruhigen Blicke aus den Fenstern, für die gewohnten Grußworte im Treppenhaus, für die Wettrennen der Kinder auf dem Schulweg, für die vertrauten Pfeiftöne des Scherenschleifers, der die Messer schleifen kommt, die nur dazu gebraucht werden, die Scheiben so fein wie möglich schneiden zu können, wenn es einmal zum Abendessen Fleisch gibt.

Übersetzung aus dem Spanischen Peter Burfeid 2025

[Cuaderno de ficciones, página 25]

CARTAS AL s XX | 19 de febrero de 1919, miércoles. Encuentro en Raivola


El Báltico es una losa de sílice que quema los pies si se camina por encima, dice Edith nada más detenerse frente a la playa de Raivola. Hagar contempla el mar abierto junto a su amiga. En Gustavs, ahora recuerda el pueblo donde nació, da la impresión de que de islote en islote se pueda ir saltando a Estocolmo, nunca he estado en Estocolomo, ¿y tú Edith? Ambas se hablan en sueco. Conozco bien los hospitales suizos, son grandes, el aire no consigue nunca embolsarse en sus ventilados corredores, techos altos, grandes ventanales, uniformes blancos, tenía solo diecinueve años y ya arrastraba una sentencia, tuberculosis, pero este año, cuando florezcan los abedules, cumpliré veintisiete años, me parece un milagro. Hasta septiembre tuve veinticuatro años, replica Hagar. Vaya, tú te quitas años y yo me los pongo. Será porque tienes complejo de ser la mayor de las dos. ¿Tú crees?, solo he nacido un año antes que tú. Somos hermanas, Edith Södergran.

La escasa luz de la mañana de febrero en la que caminan hasta el mar se consume a gran velocidad. Nubarrones oscuros vagan por el este, como ejércitos desplazados desde la costa rusa. Tal vez pronto vuelva a nevar. Te dije que podíamos haber ido al lago, está en el mismo Raivola, no hay que caminar tanto. Pero tú, Edith, vienes con frecuencia aquí, a esta playa pedregosa y solitaria, y te sientas a escribir, cuántas veces me lo has contando en tus cartas. No en febrero. Ah, pero yo quería ver el lugar de donde manan tus poemas, Edith. ¿Este mar de silicio es lo que querías conocer?, ¿este cielo que parece un yacimiento de carbón colocado bocabajo? Desde Gustavs, de niña, me imaginaba el Báltico como un mar de juguete. Hay islotes donde apenas cabe una persona tumbada, sobre uno próximo a la costa le pedí a mi abuelo que me llevara en barca y me dejara allí después de haber construido una casa de muñecas. Todo lo que cuentas es como si lo recordara de mi propia infancia, somos idénticas, Hagar Olsson.

Es cierto, habitamos las dos solas una misma isla en el océano de la literatura. Entonces, Hagar, ¿explícame por qué demonios has tenido que escribir esos comentarios admirables y detestables al mismo tiempo?, la verdad, ahora no sé si estar molesta o agradecida, quizá hubiera preferido que solo existieran las opiniones execrables y así tener claros los argumentos para odiar tu reseña. He viajado hasta Raivola para conocerte, Edith, y he caminado sobre la nieve hasta este pedregal aislado solo para ver con mis propios ojos la fuente de tus poemas, ¿no es cierto? Lo es, y, créeme, soy feliz de haberte abrazado y de acompañarte hasta mi lugar más secreto, las dos cogidas del brazo, como dos compañeras de colegio ya inseparables.

Edith, la poesía es un don sagrado que nos excede a ti y a mí, las dos nos debemos por entero a ella, pero nosotras no podremos poseerla nunca, allá donde queramos abrazarla, se deshará en nada como una nube tras la tormenta, no alcanzaremos a ser ni siquiera la esposa ante el despótico marido, la que posee al menos la evidencia de su terror y el patrimonio de su odio, se lo deberemos todo y la poesía no nos restituirá nada de lo que le entregamos, tus poemas de septiembre, aquellos que, sin saberlo, escribiste para celebrar mi aniversario, me hicieron morir y vivir al mismo tiempo; morir como quien lo desea cuando se ve a sí misma al descubierto y vivir como quien descubre la vida que se había negado a ver hasta aquel momento, por eso quise que al leer mi lectura de tu libro, no la escribí para ningún otro lector de la revista, sintieras tú lo mismo que había sentido yo al leerlo, tirria y pasión hacia ti, la autora de mi gozo y de mi penuria, enteramente fundidas.

20 de enero, lunes. Jardín de aforismos


Añoro el tiempo en el que las objeciones no favorecían a quien las formulaba.

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Todo lo que los pensadores antiguos calificaron como trágico es para el presente una fuente de perpetua comedia.

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Si bien es cierto que cada época juzga con su propia mirada, también lo es que rara vez acierta a juicio de quienes sobreviven de la anterior. 

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La ciencia ha descubierto en la propia ciencia la idea mágica del mundo que tanto se había empeñado en enterrar. Se denomina informática. Los espíritus y ocultas fuerzas que rigen el acontecer andan emboscados entre los bytes.

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Hubo un tiempo en el que la política producía acontecimientos, ahora hace bolos los fines de semana.

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No sé muy bien a qué se debe el hecho de que ya nadie invoque el dominio sobre la naturaleza como causa de algún desastre.

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El pensamiento sigue siendo una alfombra mágica que no encuentra un aparcamiento libre. 

7 de enero, martes. CANCIÓN / LIED



Der wird mit den Tulpen geköpft

PAUL CELAN


En realidad, no sabría cómo explicarlo. Me había preocupado por cumplir con todos los requisitos del amante perfecto desde mucho antes de esperar conocerla. No, no es una ocurrencia. Desde jovencito me había preparado para amar a la que amare. Con las lecturas, en la edad en la que se descubre el mundo en los libros, cuando desechaba sin sombra de duda aquellas que daban de la vida una visión de carrusel, festiva y casual. No era lo que deseaba leer, pero no por gusto propio, que sin duda hubiera disfrutado más, sino por seguir su criterio, el de quien aún no existía. Me preparaba con los hábitos cotidianos, claro, al descartar amigos proclives a acabar el día en la noche, y la noche en la taberna. Hay licores que nunca he probado, no por mi antojo, que tal vez hubiera apreciado, sino por guardarle fidelidad a la embriaguez que solo quien fuera la fuente de mis delicias provocaría en mí.

         No concretaba el futuro que aguardaba, en absoluto. Que recuerde solo tenía un sueño, ser el primero en pronunciar su nombre y que el mío fuera la última palabra que acunara en sus labios al acabar el día. Sobre si eran finos o carnosos, nunca me había detenido a determinar una preferencia. Nada sabía sobre si sería alta o baja, ni sobre las particularidades de su constitución. Su voz me iba a provocar estremecimientos, pero no por un tono grave o agudo, sino por ser la voz de ella. Este era el criterio principal de mi espera. Confiaba en que, al verla, conocería con exactitud matemática mi modelo de belleza femenina. Y si me la imaginaba vestida, de hecho, siempre me la imaginaba vestida, aunque diera por supuesto que estaría a la altura para convivir también con su desnudez, no determinaba estilo, ni colores favoritos, ni preferencia alguna por este o aquel perfume. O quizá solo una. Creo que quisiera equipararla, entre todas las flores que admiro, con la hermosura simple y profunda de los tulipanes.

         Había convertido mi vida en un sacerdocio para una divinidad ausente. Un cubierto o cualquier mueble que se necesitara en casa, lo adquiría para dos, y así mismo se lo explicaba al comerciante: «Son dos, para mi prometida y para mí». Y si el comerciante era una persona sensible y nos felicitaba por esa promesa que nos unía, garantizaba trasladársela a mi amada.  El día en el que por fin la conociera. A diario, para ella, vigilaba mi higiene personal con rigor. Evitaba palabras soeces o incómodas ya en mi pensamiento. Cultivaba temas de conversación gratos y entretenidos, y procuraba estar informado de las vicisitudes de la época para poder responder con aplomo a cualquier cuestión que pudiera plantearme o la inquietase. Que no hubiera llegado aún a mi vida no era excusa para permitirme cualquier tipo de desatención u omisiones en mi condición de amante.

         Estaba convencido de que mi paciencia la reconocería nada más verla. De ahí que supiera desde hacía años que la señorita Ringe, mecanógrafa en el negociado del tercer piso, justo debajo del gabinete donde desempeño mi jornada laboral, no era, en absoluto, la candidata. Tampoco había tenido mucho contacto con ella. La cortesía de los saludos y alguna conversación, quizá, sobre algún asunto concreto de dimensiones exclusivamente administrativas. Es más, si tuviera que adscribirle una flor a la muchacha, pensaría en un clavel que crece en rústica maceta, lo más alejado que pudiera imaginarme de un ramo de tulipanes dentro de un jarrón de porcelana. Por eso me resultó extraño el exceso de familiaridad con el que me saludó en la feria anual cuando por casualidad coincidimos en la cola de una de las atracciones.

Recuerdo con precisión qué me movió esa tarde a querer subirme en aquel artilugio que subía y bajaba girando, una noria gigantesca. Pensé que algún día, cuando llegara a mi vida, ella me pediría que subiéramos y si yo no lo había probado antes, para saber que no me causaba excesivo miedo, ni me mareaba, ni alteraba mis nervios, en aquel supuesto momento, cuando llegara, no estaría seguro de responder con un aplomo convincente: «Claro, amada, subamos». Una duda hubiera resultado entonces catastrófica. El caso es que no pude evitar compartir la espera con la mecanógrafa del tercer piso, cuyo nombre de pila, si algún día lo supe, lo había olvidado por completo.  Y lo peor, tampoco logré zafarme cuando apareció el cangilón de noria vacío y el mozo que lo iba a cerrar por fuera, viendo mi indecisión, gritó: «Adelante, parejita, más agilidad, que nos vamos». 

Ascendimos, paso a paso, mientras las góndolas se iban llenando. La señorita Ringe no paraba de reír, como si todo lo que yo dijera, y procuraba hablar lo mínimo, le causara un divertimento infinito. Se movía inquieta. Miraba las vistas desde todas las posiciones, incluida la que estaba a nuestra espalda, de rodillas sobre el asiento que ocupaba a mi lado. No se abstenía de llamarme la atención sobre cualquier tontería que era capaz de reconocer desde la altura. Luego la noria empezó a girar y girar. A ascender hacia el cielo y a despeñarse, parecía, sobre las atracciones de alrededor. Ignoraba si algún poder maligno me había secuestrado o si me estaba mareando como en una borrachera. En ese punto de delirio interior. Y exterior, porque la señorita Ringe había decidido traducir en alaridos selváticos todas las sensaciones que experimentaba. En ese punto, decía, mientras alcanzábamos la cota más alta de la rotación, la noria se detuvo de repente, con una sacudida en la que difícilmente pudimos controlar los movimientos, y menos la señorita Ringe, quien temerariamente se había desabrochado el cinto que nos ataba al asiento y acabó aplastada sobre mi pecho y menos mal que mis brazos consiguieron sujetarla con fuerza contra mi cuerpo.  Yo no sé si fue un segundo o un milenio el tiempo que la noria necesitó para sosegarse del todo, pero nosotros no variamos la posición del abrazo ni un ápice. Bueno, tal vez un poco sí girásemos la cabeza, hasta hacer coincidir plenamente sus labios con los míos y entregarnos a un súbito, inesperado e inacabable beso. Cuando acabó, al tiempo en el que la noria emprendía, ahora lentamente, el regreso al punto de partida, se me ocurrió mirar hacia abajo y en el conjunto de asientos que revisé en un golpe de vista, todas las parejas continuaban haciendo lo que nosotros habíamos hecho hasta ese momento, así que devolví mis labios donde habían sido felices para aprovechar el disfrute de aquella atracción hasta el momento en el que oiríamos, «Vamos, parejita, se acabó lo que se daba, pero podéis seguir el viaje en el tren del terror, que está oscuro de la hostia». Aunque esa frase cortara de un tajo toda una vida de dedicación devota al amor. 

*

Lo decapitará junto a los tulipanes
PAUL CELAN

Ich wüsste wirklich nicht, wie ich es erklären sollte. Ich hatte dafür Sorge getragen, alle Anforderungen eines perfekten Liebhabers zu erfüllen, und zwar schon sehr lange, bevor ich darauf hoffen konnte, sie kennenzulernen. Nein, das ist keine Schnapsidee. Schon in meinen Jugendjahren hatte ich mich darauf vorbereitet, die zu lieben, die ich einmal lieben würde. Bei meinen ersten Lektüren, in dem Alter, in dem man die Welt in den Büchern entdeckt, verwarf ich, ohne jedes Zögern, solche, die eine Vision des Lebens vermitteln, als wäre es ein Karussel, immer locker und in Feierstimmung. Das war es nicht, was ich zu lesen wünschte, aber nicht, weil es etwa nicht nach meinem Geschmack gewesen wäre, denn ich selbst hätte zweifelsohne mehr Freude daran gehabt, sondern um ihrem Urteilsvermögen zu folgen, dem von der, die ja noch nicht existierte. Ich bereitete mich natürlich auch in meinen  Alltagsgewohnheiten dementsprechend vor, indem ich selbstverständlich von jenen Freunden Abstand nahm, die dazu neigten, bis spät in die Nacht zu feiern und jeden Abend im Wirtshaus zu verbringen pflegten. Es gibt Spirituosen, die ich noch nie gekostet habe, nicht aus einer Laune heraus, denn ich hätte sie sicher durchaus zu schätzen wissen, sondern, um nur dem Rausch treu zu sein, den allein diejenige in mir hervorrufen könnte, welche die Quelle all meiner Wonnen wäre.

         Dabei wusste ich ja überhaupt nicht, welche Zukunft mich erwartete. Soweit ich mich erinnere, hatte ich nur einen Traum, nämlich der Erste zu sein, der ihren Namen ausspricht und dass der meine das letzte Wort wäre, welches am Ende des Tages über ihre Lippen käme. Ob diese nun schmal oder voll sein sollten, diesbezüglich hatte ich mich nie damit aufgehalten, meinerseits eine Vorliebe festzulegen. Nichts wusste ich darüber, ob sie nun groß sein würde oder klein, noch über die Besonderheiten ihres Körperbaus. Ihre Stimme würde mich erschaudern lassen, aber nicht aufgrund eines tiefen oder schrillen Tonfalls, sondern aufgrund der Tatsache, dass es eben ihre Stimme sein würde. Das war das Hauptkriterium für mein Warten. Ich baute darauf, wenn ich sie einst endlich zu Gesicht bekäme, dann mit mathematischer Genauigkeit mein weibliches Schönheitsideal kennenzulernen. Und wenn ich sie mir angezogen vorstellte, tatsächlich stellte ich sie mir immer angezogen vor, auch wenn ich davon ausging, dass ich ebenso imstande wäre, mit ihrer Nacktheit leben zu können, dann legte ich mich weder auf einen besonderen Stil fest, noch auf eine Vorliebe für diesen oder jenen Duft. Oder vielleicht doch nur für einen einzigen. Ich glaube, unter allen Blumen, die ich bewundere,  würde ich sie gleichstellen wollen mit der schlichten und tiefgründigen Schönheit der Tulpen..

         Ich hatte mein Leben in eine Priesterschaft für eine abwesende Gottheit verwandelt. Ein Essbesteck oder jeden Gegenstand, den ich für zuhause brauchte, kaufte ich immer für zwei Personen, und genau so erklärte ich es dann jeweils dem Verkäufer: «Bitte zwei davon, für meine Verlobte und für mich». Und wenn der Verkäufer eine einfühlsame Person war und er uns zu dem Treuegelöbnis, das uns verband, gratulierte, sicherte ich ihm umgehend zu, seine Glückwünsche an meine Verlobte weiterzuleiten.  An dem Tag, an dem ich sie schließlich kennenlernen würde. Täglich habe ich für sie peinlich genau auf meine Körperhygiene geachtet. In meinen Gedanken vermied ich unflätige oder anstößige Worte. Ich zog immer angenehme und unterhaltsame Gesprächsthemen vor und bemühte mich, über die Wechselfälle der Zeitgeschichte auf dem Laufenden zu bleiben, um ihr jede mögliche Frage, die sie mir stellen mochte oder die sie vielleicht beunruhigte, souverän beantworten zu können. Dass sie bislang noch nicht in mein Leben getreten war, erlaubte mir ja in keinster Weise, meinen Status als Liebhaber irgendwie zu vernachlässigen oder gar zu verlassen.

         Ich war davon überzeugt, dass meine Geduld  mich sie auf den ersten Blick erkennen lassen würde. Von daher war mir schon seit Jahren klar, dass das Fräulein Ringe, Stenotypistin im Büro vom dritten Stock, genau unter der Kanzlei, wo ich meiner Arbeit nachgehe, ganz gewiss nicht die richtige Bewerberin war. Ich hatte ja auch nie besonders viel Kontakt mit ihr gehabt. Die höflichen Begrüßungen und vielleicht ab und an eine Unterhaltung über bestimmte Angelegenheiten ausschließlich verwaltungstechnischer Natur. Mehr noch, wenn ich diesem Mädchen eine Blume zuordnen sollte, so würde ich wohl eher an eine Nelke in einem rustikalen Blumentopf denken, soweit entfernt, wie ich es mir nur vorstellen konnte, von einem Strauß Tulpen in einer Porzellanvase. Daher kam mir ihre übertriebene Vertraulichkeit auch seltsam vor, mit der sie mich auf dem Jahrmarkt begrüßte, als wir uns zufällig in der Warteschlange vor einer der Attraktionen trafen.

Ich erinnere mich noch genau, was mich an diesem Nachmittag dazu bewogen hatte, dieses Artefakt zu besteigen, das sich da auf und ab drehte, ein Riesenrad enormen Ausmaßes. Ich dachte nämlich, sie würde, wenn sie dann in mein Leben käme, mich vielleicht eines Tages darum bitten, darin einzusteigen, und ich wäre dann, wenn ich es nicht zuvor ausprobiert hätte, um herauszufinden, dass es mir weder zu viel Angst machte, noch dass es mir dabei übel würde, noch dass es meine Nerven irgendwie aus dem Gleichgewicht brächte, in diesen angenommenen Augenblick, wenn er dann endlich käme, mir nicht sicher, ihr mit überzeugender Souveränität zu antworten zu können: «Klar, Liebste, steigen wir ein». Ein Zögern meinerseits mochte dann wohl katastrophale Folgen haben. Tatsache ist, dass ich es nicht verhindern konnte, die Wartezeit mit der Stenotypistin aus dem dritten Stock zu teilen, deren Taufname, falls ich ihn jemals gewusst haben sollte, ich vollkommen vergessen hatte.  Und das Schlimmste dabei war, dass es mir auch nicht gelang, zu entkommen, als die leere Kabine des Riesenrades auftauchte und der Platzanweiser, der die Tür danach von außen verschließen würde, angesichts meiner Unschlüssigkeit rief: «Na, kommt schon, Ihr zwei Hübschen, etwas Beeilung, bitte, es geht gleich los!». 

Wir stiegen stufenweise in die Höhe, während sich unter uns die Gondeln füllten. Das Fräulein Ringe lachte unaufhörlich, als ob alles, was ich sagte, und dabei bemühte ich mich doch, so wenig wie möglich zu reden, ihr ein unendliches Vergnügen bereitete. Sie bewegte sich unruhig hin und her. Sie betrachtete die Aussicht von allen Positionen, einschließlich der hinter unserem Rücken und sie kniete sich dabei auf den Platz, den sie an meiner Seite eingenommen hatte. Sie hielt sich nicht zurück, meine Aufmerksamkeit auf jede noch so unbedeutende Kleinigkeit zu lenken, die sie in der Lage war, von hier oben zu erkennen. Dann begann sich das Riesenrad ohne weitere Unterbrechung zu drehen. In den Himmel hinaufzusteigen und abzustürzen, so wie es schien, auf die umliegenden Jahrmarktattraktionen. Ich wusste nicht, ob eine böse Macht mich entführt hatte oder ob es mir schwindelig wurde, wie in einem Alkoholrausch. An diesem Punkt inneren Deliriums; und äußeren, denn das Fräulein Ringe hatte beschlossen, alle Gefühle, die sie empfand, in Urwaldschreie umzusetzen. An diesem Punkt, wie gesagt, während wir die höchste Stelle der Drehung erreichten, blieb das Riesenrad plötzlich stehen, mit einer Erschütterung, bei der wir nur schwer unser Gleichgewicht halten konnten, und das Fräulein Ringe schon gar nicht, die sich ja leichtsinnigerweise den Sicherheitsgurt abgeschnallt hatte, der uns an den Sitz fesselte und mit vollem Schwung an meiner Brust landete und meine Arme es zum Glück schafften, sie an meinem Körper abzustützen und mit ihm festzuhalten.  Ich weiß nicht, ob es eine Sekunde oder ein Jahrtausend lang gedauert hat, bis das Riesenrad sich endlich beruhigt hatte und nicht mehr schaukelte, aber wir änderten die Stellung unserer Umarmung nicht einen Deut. Nun, gut, vielleicht haben wir ein bisschen den Kopf gedreht, bis ihre Lippen voll auf die meinen trafen und wir uns einem plötzlichen, unerwarteten und endlosen Kuss hingaben. Als er zu Ende war, im selben Augenblick, in dem das Riesenrad jetzt wieder langsam Fahrt aufnahm, zurück zu seinem Ausgangspunkt, kam es mir in den Sinn, nach unten zu schauen und, auf allen Gondelplätzen, die ich überblicken konnte, waren alle Pärchen dabei, das zu tun, was wir bis zu diesem Augenblick auch getan hatten; also brachte ich meine Lippen dorthin zurück, wo sie glücklich gewesen waren, um diese Jahrmarktattraktion, bis zu dem Moment auszukosten, in dem wir zu hören bekamen, «Los, raus da, ihr zwei Hübschen, hier ist jetzt Zapfenstreich, aber ihr könnt ja gleich dort in der Geisterbahn weitermachen, da ist es schön dunkel». Wenngleich dieser Satz ein ganzes Leben voller Hingabe an die Liebe jäh beendete. 

Übersetzung aus dem Spanischen Peter Burfeid 2025

[Cuaderno de ficciones, página 24]