CARTAS AL s XX | 24 de marzo de 1905, viernes. Retrato conmemorativo de Julio Verne


No me hizo ninguna gracia que me reclamaran para un trabajo así. Un fotógrafo de fiambres es lo último que me dejaría llamar antes de soltar un mamporro al que lo pronunciara delante de mí. Pero también es verdad que si se lo pidieran a otro, aún me lo hubiese tomado peor. Y no solo porque lo cobrara en mi lugar, sino porque en este caso el difunto era renombrado y eso se transmite como la pólvora a todo cuanto se relaciona con él. Ahora sobre todo, cuando el célebre ya no va a poder disfrutar de otro privilegio que no sea el descanso eterno. Vaya, que me presenté en el 44 del bulevar Longueville, aquí en Amiens, más que dividido, peleado conmigo mismo. Como siempre, de hecho.

Me había avisado, con un billete garabateado que me trajo un muchacho, el hijo, el señor Michel Verne. Él mismo fue quien me abrió la puerta. Lo conocía de vista. Un tipo de mi edad. Elegante. De mundo. Con un buen retrato. Esta posibilidad y sus maneras cosmopolitas diluyeron el vinagre con el que había recibido el encargo. Enseguida se da cuenta uno de que no le han llamado por la rancia costumbre, sino por respeto al arte de atrapar lo que la vida de sopetón se ha llevado por delante como hace siempre, sin preguntar a nadie si el momento era el adecuado.

Dejo la cámara y los instrumentos de trabajo en el recibidor, al cuidado del chico que me ayuda a transportarlos, y paso con el hijo a la estancia del padre. El afamado escritor reposa. Se diría, como se conjetura de todos los finados, que duerme. El pelo revuelto sobre la oreja por haber estado tumbado de un costado. La barba blanquecina. El pobrecito había penado una triste enfermedad durante los últimos días. Le digo al señor Verne que no es menester cuando propone enviar al ama de llaves por un peine. Contemplo sus dedos en las manos entrelazadas sobre el pecho. Sosegado ante el tránsito. Sugiero que le alcen un poco la cabeza con otra almohada debajo de la almohada. El encuadre, perfecto. Voy a decirle que ni se mueva al padre, pero me retengo a tiempo y le pido al hijo que no toque nada. Y salgo del cuarto a buscar mis bártulos con la fotografía que quiero hacer ya hecha en el pensamiento sin siquiera haber montado la cámara sobre el trípode.

No veo, la verdad, una diferencia entre fotografiar personas en vida o ya idos. Quiero decir, la diferencia está en la realidad, pero no en la imagen. Ocurre igual que con los relojes. Puede que haya uno que no funciona hace años. El fotógrafo obra con él el milagro de devolverle a la cronología. La hora que señala ya no será la antigua en la que se detuvo o la presente siempre inverosímil, sino la real de la escena captada. Lo mismo ocurre al contrario. Aquel reloj que trabaja corrientemente, la estampa lo detiene para siempre. Vida y muerte se confunden en la fotografía. Los vivos quedan atrapados en idéntico hieratismo al de quien perece; los muertos permanecen iguales a sí mismos en el papel mucho más allá de lo que el tiempo está dispuesto a respetarlos.

Y en cuanto extraigo la placa de la cámara ya huelo la pólvora de la fama contagiándome y encendiendo mi nombre. Quién habrá captado este estremecedor instante, se preguntará aquel que en el futuro admire las obras del genio. Los dos, fiambre y fotógrafo, de la mano, eternos. Como manillas de un reloj estropeado, pero siempre en hora.

20 de mayo, sábado. Jardín de aforismos: seto


Con una simple tela sobre el cuerpo, a los griegos antiguos les gustaba ir al mismo tiempo vestidos y desnudos, sin que se supiera en qué momento se vestían y en cuál se desnudaban. De lo que se infiere que también conocían los principios de la física cuántica.

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Cuando el tiempo desaparece antes de haber comparecido: se envejece.

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Los trabajos que exige ser alguien en esta época obligan con frecuencia a descuidar el ser uno mismo.

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Lo admirable que tiene el metro es que el final de la línea coincide con el inicio del trayecto y apenas median unos minutos entre concluir y comenzar. No siempre ocurre así.

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Buscar piedras con carácter en una playa abierta a las mareas es un gesto parecido al de la escritura, donde también el poema descubre sus significados en el pedregal de la lengua

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Soñar y viajar en tren guardan parecidos. En ambos existe una identidad entre movimiento y quietud, una quietud dentro del movimiento. También comparten una realidad delante que les resulta tan inaccesible como huidiza. Y finalmente sueño y viaje concluyen en una parecida epifanía: han partido de un punto y sin haber caminado aparecen en otro lugar. 

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El sol de tarde extiende una alfombra dorada sobre el suelo del porche. 

10 de mayo, miércoles. Luciérnagas


La luz transita los días, pero por las noches persigo luciérnagas. En la oscuridad, un poema se ilumina como aquellos insectos brillantes que ya es tan difícil encontrar. Pier Paolo Pasolini escribió un famoso artículo donde atribuía a su extinción la metáfora de la desaparición de la cultura popular, saqueada por el mercantilismo salvaje. Llevó a las luciérnagas al terreno de la política. Tal vez toque ahora regresar. Busco luciérnagas verbales para recuperar universos significativos en la ceguera de la época. Vuelos de luz en la tiniebla. Breves partículas luminosas sobre las palabras que leo. Uno mismo, luciérnaga que batalla con la oscuridad que le rodea.

[Libro V, Epigrama & XXXIII]

1 de mayo, lunes. Una versión para la memoria


Los jueves por la tarde ensayan en un local próximo. No les he visto salir con bultos nunca, así que imagino que el reunirse y tocar es solo una afición. Antigua, porque visten tejanos rotos y cazadoras de cuero con chinchetas y mensajes en inglés cosidos a la espalda, pero en la dispersa melena disimulan entradas generosas. El batería suele llegar antes que los demás y se dedica a practicar redobles hasta que, algo más tarde, el bajista conecta su instrumento. Hacia las seis, con las manos en los bolsillos, entra el cantante y en seguida, de fondo, mientras realizo mis tareas, escucho sus versiones de viejas canciones de los años sesenta y setenta, que tal vez oyeron por primera vez antes de cumplir los veinte años. Lo sé porque también miro detrás de unas gafas y hace tiempo que las canas le han ganado la partida al color oscuro de mi cabello. A veces recuerdo, al oírles interpretar alguna pieza emblemática, con quién la estuve bailando hace cincuenta años.

La frase me ha quedado tan redonda que no he sido capaz de rectificarla para que se acercara un poco más a la realidad. Así que he puesto un punto y aparte y lo que tenga que corregir ya será solo un añadido. Porque en verdad de quien mejor me acuerdo, las más de las veces, no es de la persona que bailó conmigo, sino de aquella con quién, deseándolo, no lo hice. No importa si eso no ocurrió nunca o solo una tarde en concreto, el caso es que mi memoria conserva intactos el nombre que no pronuncié al conversar y el rostro que tampoco acaricié. De los momentos de baile en la pista, en compañía y reales, ya fuera música rápida y agitada o los melosos lentos de la época, solo sería capaz de evocar ahora generalizaciones. Y si proporcionara algún detalle, seguro que era inventado.

Algo parecido me sucede con los lugares a donde acudía. La mayoría eran comedores de colegio mayor mal acondicionados como baile. Oscurecidas las ventanas con papel de embalar, dos tocadiscos en una mesa y una bola de espejos más o menos en el centro. Y sudor, ríos de secreciones por la piel que algún color desvaído en las tenues luces perlaba. ¿Dónde estaban esas salas perdidas a las que iba con tanta frecuencia? No tengo ni la menor idea. Creo que acudía con los conocidos de la época por pura inercia. Por ir a alguna parte a borrar los domingos del calendario. Porque hacerlo para oír música es algo que no podría defender ahora, tal como retumbaban las paredes y el vocerío del ambiente. Toda mi juventud alenté el deseo de un día bailar en Bocaccio. No ocurrió, pero no importa. Mis dedos conservan la delicadeza del terciopelo de los sillones y mis oídos la fidelidad de su equipo de sonido de cuando alguien, que había estado, me lo estuvo contando.

Nunca pude ir tampoco, unas veces por el precio, otras por la desgana, a ninguno de los conciertos que trajo las grandes figuras del rock de entonces a los estadios de mi ciudad. Oí en directo esas canciones que tantos recuerdos me despertaban en bandas de barrio cuando actuaban en la plaza mayor, en verano, durante las fiestas patronales de los pueblos. El inglés de los cantantes no parecía nada del otro mundo, pero como tampoco entendía a los originales, no era un problema. Las voces siempre se daban un aire a las que sonaban en los discos, y con ello me bastaba para disfrutar de lo que, en aquella época, era para mí lo más importante, el baile y la buena música.

Me ha pasado como en el primer párrafo. Su remate ha quedado tan perfecto que no he sido capaz de contrariarlo con matices. Lo cierto es que en aquella época lo que me obsesionaba no era el continente de la vida, sino su contenido. Es decir. Con quién ir. A un sitio o a otro, que eso daba igual. Y, lo esencial, con quién bailar. Iba siempre en grupo, aunque dentro había parejas, que se hacían y deshacían como las modas en cada temporada. Algo parecido me debió de pasar a mí. Unas veces me arrimaba a alguien, otras a nadie. Porque con quien hubiera deseado ir, los dos solos, claro, al fin del mundo, siempre andaba con ligues casuales. No me importó, sin embargo. Porque en cierta ocasión alguien me tradujo una canción de la época que decía: si a quien amas no está contigo, ama a quien esté contigo. Lo tomé como un lema, porque en la vida, al cabo de la edad, el único privilegio es estar vivo. El resto son aderezos. Con el tiempo lo que no pudo ocurrir resulta más valioso en la conciencia que la trivialidad de lo que aconteció.

[Cuaderno de ficciones, página 7]

CARTAS AL s XX | 25 de abril de 1974, jueves. Grândola, Vila Morena


No digas tonterías. Si ni siquiera ha salido el sol. Es de noche ciega. Qué alucinación es esa de que has oído pasar camiones que hacían al avanzar un estrépito de cadenas. Como si hubiera nevado. En abril. Que estamos en primavera, chiquilla. Ah, o igual te has imaginado que has oído pasar tanques. Tanques que traen de vuelta a los soldados. De una juega. Como no tenían coche para ir, se llevaron un tanque de los hangares. Esa sí que es buena. No sé por qué me despiertas y menos sé por qué tienes esa cara despavorida. Tranquilízate, muchacha. Los tanques no pueden salir a la calle. Solo faltaría eso. Lo tienen prohibido. No quedaría un empedrado en su sitio en toda Lisboa.  ¿No has visto con tus propios ojos cómo los montan en camiones cuando se los llevan de maniobras? Lo vemos continuamente. El cuartel está ahí a la vuelta, ¿o es que no te acuerdas? Pero bueno, de ahí a que los hayas oído pasar por la calle va un sueño. Profundo. Como el que disfrutaba yo cuando me has despertado. Y qué dices que cuenta la radio. Si son las cuatro de la mañana. Qué va a decir la radio. Tonterías. Pondrán fados para los taxistas de servicio. Qué ocurrencia es esa de un comunicado de las fuerzas armadas para que la gente se recoja en sus casas con la máxima calma. Es surrealista. A las cuatro de la mañana todo el mundo está recogido en su casa y durmiendo, menos yo, porque tú te has asustado al oír algún borracho pasar por la calle dándole golpes a los coches aparcados y lo ha empeorado el fado con el que un locutor tristísimo ha recordado una novia que tuvo cuando era soldado y hacía la mili en el Alentejo. ¡Despertarme por una nimiedad así! Venga, por dios. ¿No sabes hacer otra cosa? Que si está pasando algo, que si los militares han salido a la calle y piden para que no se les ataque porque no quieren hacer daño a nadie. Qué despropósito. Sí, ahora invéntate que están dando un golpe de estado. ¡Los militares! Pero si ya mandan. ¿Para qué van a dar un golpe de estado? Si son el ojo bonito del doctor Caetano. Nadie se tira piedras sobre su propio tejado. Ah, que no son los militares, sino los soldados los que han salido. Acabáramos, mientras los mandos duermen, como estaba yo hace un momento, con los angelitos. Así deben de estar ellos ahora. Ay, pequeña. Qué imaginación tienes. Los soldados no son nadie. No son nada. Quien manda son los galones no las garitas. Déjame dormir. Que mañana tengo una jornada de diez horas por delante y esa no hay tanque que me la quite. Ni soldados ni puñetas. No te preocupes, está todo atado y bien atado. El doctor Caetano sabe lo que hace. Es un sabio. Y en las comisarías nos tienen fichados a todos. Aquí no se mueve nadie. Ni que el mundo hubiera nacido esta mañana.

20 de abril, jueves. Jardín de aforismos: césped


El sol de invierno surfea sobre las olas que rompen en la playa con su neopreno plateado.

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Las mañanas de helada avanzo por el borde, en el límite de la maleza, para no estropear con mis huellas la espléndida blancura del camino.

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Al oscurecer, las ventanas de los edificios les envían mensajes de respuesta a las estrellas del cielo en lenguaje de destellos.

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Todos los niños quieren ser futbolistas, pero dudo que sea un deseo suyo, más bien parece fruto de la ciega voluntad que se manifiesta en la infancia por cumplir los deseos paternos. Menos, los de las madres.

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Mis palabras preferidas son aquellas que además de sentido manifiestan en su sonido alguna imprudencia.

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Se podría decir que disfruto equivocándome, aunque solo en los errores que comete quien aprende. Y que echaré de menos cuando haya aprendido.

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En el suelo los pájaros avanzan dando saltitos, frágiles e inseguros. Se muestran curiosos y precavidos, pero cantan y su canto es señal de confianza. En el aire son certeza, potencia y silencio.

11 de abril, martes. El entierro


Para la mentalidad tradicional la muerte representa un momento más sagrado que la vida. La vida es un pasar donde ocurren acontecimientos. La muerte es un acto que detiene este transcurrir. Para ir a ver a un familiar existe el tiempo, pero tras su fallecimiento, la desaparición de esta posibilidad obliga a asistir al funeral. Para la despedida, que se celebra como acto único e irrepetible, a diferencia de los que caracterizan a la vida. Desde que salió de su pueblo, muy joven, mi padre solo vio a su madre unas pocas veces, algún que otro verano, pero cuando llegó la noticia de su muerte, corrió a coger un taxi a última hora de la tarde y a emprender el camino durante la noche. Este fue el primer viaje iniciático de mi vida. Debía de tener unos diez años. Mis hermanas se quedaron en la ciudad con unos parientes, pero a mí me permitieron ir, era el mayor. Recuerdo con precisión los detalles de aquel viaje. El restaurante de Zaragoza, a medio camino, donde cenamos con el taxista, que después se tomó un café. El entierro de la abuela Albina, la reunión nocturna de la familia, la visita a casa de mi abuela al día siguiente y su desván. De un baúl lleno de prodigios me traje la montura de unas gafas de nariz, sin varillas, con funda de madera, un termómetro de horno y otros objetos igualmente antiguos e inútiles. El significado sagrado para mi padre de despedirse de su madre coincidió con el significado sagrado del niño que, al abandonar el círculo de sus hábitos, descubría nuevas facetas inesperadas de la vida. No es una casualidad. Las alteraciones a los que obliga la muerte reúnen a personas que tampoco se ven muy a menudo y propician hechos que dejan muescas sobre la piedra. 

[Libro V, Epigrama XXXII]

2 de abril, domingo. Un tebano en el ágora de Ereso.


Las zarzas que invaden los caminos de Ereso arañan sin piedad el terciopelo de los botines bordados. Los pedruscos doblegan las delicadas suelas. El polvo desvirtúa los dorados decorativos de la túnica.  Ninguna casa se parece ni siquiera a la más humilde de Tebas. El día que se vio obligado a partir no dejó fuera de los arcones que le acompañaron ni un solo símbolo de cuantos habían brillado en su vida pública. Altivo, displicente, pletórico de arrogancia, se mantuvo firme entre los poderosos, que le usaron como escuadrón de combate, hasta que se revolvió para blandir la espada contra el pecho de un general propio y supo entonces la dirección que conduce al destierro. Sigue usando el acento tebano entre los isleños, aún más marcado si cabe, que solo con dificultad lo entienden mientras el recién llegado mantiene el porte marcial entre cabreros y pescadores.

         No ha dejado tampoco de escribir discursos. La oratoria le había abierto los altos portones del recinto real. A su paso, la guardia postraba las lanzas, pero el escritor ni siquiera desviaba la mirada de un punto que relumbraba en el interior del palacio al que accedía. Nadie en Ereso aguarda sus discursos, de los que no comprenden ni las pausas, pero el tebano sigue componiéndolos con los mismos artificios que habían deslumbrado a la corte que lo agasajaba. En el miserable foro de la población reúne a los hombres, que acuden a regañadientes por verse obligados a transigir ante tales pamplinas, y delante de su malhumor, que le resulta del todo ajeno, declama sus escritos tocado por un himatión de lana que hace que suden hasta los vocablos.

         Entre los varones que le escuchan, mal barbados y con las greñas al antojo del viento, se sienta sobre una piedra, en lugar de permanecer en pie, el aeda de Ereso. Aunque la memoria le juegue de vez en cuando malas pasadas y mude de una historia a otra sin darse cuenta, sus vecinos le aprecian. Nunca han entendido tampoco qué cuanta al narrar sus intrincados episodios, pero si oyen en la melodía el entrechocar de espadas ya sienten vibrar algo en la parte del pecho de donde emergen las palabras. Les habla en la misma lengua que ellos practican con ovejas y cabras, la que somete a los perros y asusta a las aves que amenazan con mal agüero. Nunca llegará a declamar ni siquiera en Mitilene, pero eso al aeda no le ha importado nunca. Le enorgullece ahora que hayan enviado un personaje tan ilustre y elegante para sustituirle, aunque ese mismo honor le impide manifestar lo que le duele que le hayan sustituido.  

[Cuaderno de ficciones, página 6]

28 de marzo, martes. Lección de poética nocturna


Lo fascinante de la pintura de Turner es que lo circunstancial de la escena era más importante que el tema. Le gustaba más pintar el paisaje de fondo que los personajes que daban nombre al cuadro. Lo que los pintores dejan para que lo acaben sus discípulos o aprendices fue lo que pintó Turner, y dejó expresiones, rostros, pliegues en las ropas para el empleado que había en él. Poco a poco se olvidó de que los cuadros tenían una historia que contar, un asunto que desarrollar, una narración, y solo se entregaba a las partes insustanciales del cuadro. Solo pintaba poesía.

[Libro V, Epigrama XXI]

20 de marzo, lunes. Jardín de aforismos: enramada



Un charco de luz que declina, la tarde. Salto encima y los últimos brillos me salpican las piernas.

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El día se sienta en el suelo, cansado, con la mirada fija en el fuego, que, indiferente, no deja de bailar.

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El misterio lo es porque cuanto más se conoce resulta más misterioso. Cuantas más veces se entra, más se tiembla al entrar. Cuanto más se piensa, más se descubre uno a sí mismo.

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Converso con el panadero, que me cuenta lo que le oyó decir a su padre, también panadero, que se lo había oído decir a su padre, el abuelo del panadero, que era también panadero. Un saber elaborado durante tanto tiempo al calor del horno. Un pensamiento crujiente.

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Incongruencias del tiempo: me reconoce y saluda un antiguo alumno por la calle y compruebo que tiene bastante más edad que la mía cuando le daba clase.

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Fotografío las mañanas grises y gélidas de enero para refrescarme durante las olas de calor del verano. Las imágenes no consumen electricidad. 

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El escritor que escucha el canto de sus lectores es un marinero, acercándose a la isla de las sirenas, que no se llama Ulises. 

9 de marzo, jueves. Cuestión de tilde



[Por la actualidad que tiene la reflexión el día de hoy, en el que se va a debatir en la sede de la  RAE si tilde sí o tilde no en el adverbio «solo», adelanto una entrada del volumen Azada de jardín (Diario) que en estos momentos se encuentra en imprenta.]

 11 de mayo de 2021, martes

Durante décadas he tenido que explicar —y preguntar y corregir y calificar— como correcto un galimatías ortográfico que la Real Academia Española daba por norma. No era solo uno, sino varios, pero uno era el más doliente. Escribir así la palabra «sólo» me parecía una aberración. Las llanas acabadas en vocal, dice la ley ortográfica superior, no llevan tilde. Pues a esta se lo obliga. Tilde diacrítica, me responde el manual. Ya, le digo yo. Ahí está el problema. La tilde diacrítica sirve para distinguir un monosílabo tónico (él, qué…) de otro átono (el, que…) porque la tilde es un signo gráfico de la prosodia, es decir, una señal de que se han de pronunciar de manera diferente monosílabos formados por las mismas letras. Porque la tilde solo muestra cómo se ha de pronunciar cualquier palabra. Por ejemplo, los términos: público / publico / publicó necesitan la concurrencia de una tilde sobre su tónica (o su ausencia, en el caso de las llanas) para saber cuál es su sonido correcto, dado que en principio cualquiera de las tres sílabas que la forman admiten tonicidad. Esta es la norma general que opera en la acentuación.

         «Sólo», decía la RAE, lleva acento cuando es adverbio, pero no cuando es adjetivo, «solo». La primera aberración de la norma es que la tilde ha de distinguir dos palabras con idéntica prosodia, lo que va absolutamente en contra de su esencia. Las dos palabras poseen sílaba tónica en posición llana. Que la tilde diacrítica no distinga sonido, sino formas, categorías morfológicas, es la cara B de la misma aberración. Similar a usar un cuchillo para comer un plato de sopa. Como si bajo, el adjetivo se escribiera así, pero bajo, el sustantivo que nombra un instrumento musical, tuviera que ir por ello acentuado: bájo*.

         No creo que valga la pena adentrarse en más explicaciones, pero no puedo callarme dos implicaciones de esta norma que suponen sendas aberraciones más. Una, exigir al hablante conocimientos filológicos para escribir con corrección su propia lengua, es decir, que sepa distinguir un adverbio de un adjetivo. La morfología es una parte de una teoría lingüística, y hay varias. Es bueno que los hablantes tengan ligeras ideas de cómo se organiza su lengua, pero no me imagino a un cirujano examinando de anatomía al paciente que espera ser operado, ni al expendedor de billetes de autobús preguntando a quien desea viajar los rudimentos básicos de la mecánica. Otra aberración semejante es desconocer que la propia lengua tiene recursos propios para evitar la posible ambigüedad de una homonimia (de la que hay cientos en la lengua), de forma que si alguien desea expresar que no va a aparecer nadie esa noche a acompañarle escribirá «Ceno solo» y el lector no tendrá ningún problema en entenderlo, porque si hubiera deseado decir que no realiza en ese momento ninguna otra acción, esté solo o acompañado, dirá: «Solo ceno». Y también se le entenderá. Entonces, ¿qué necesidad hay de tildar una de esas dos expresiones? Una palabra llana acabada en vocal con tilde es una falta de ortografía: «sólo», tan aberrante como sería «cára» (que puede ser sustantivo o adjetivo) o «bánco» (que puede ser el ámbito natural de los ricos o de los pobres, según se use), o cientos de palabras homónimas que son el embeleso de los poetas vanguardistas.

         Esta discusión que emprendo, la redacto con once años de retraso. En noviembre de 2010, una nueva Ortografía de la RAE aconsejaba prescindir de la tilde en el adverbio solo. Por fin, me dije, pero apenas pude disfrutar del cambio porque, por suerte para mí, en mi último período de profesor acumulé las materias de literatura que ningún otro profesor del departamento quería impartir.

         Vivía en ese limbo ortográfico feliz, escribiendo cientos de solo maravillosamente con la cabeza descubierta, cuando recibo las pruebas de unas traducciones. Les echo un vistazo y me quedo de piedra. Alguien ha corregido todos mis solos, en el texto de presentación y en el texto traducido, y los ha convertido en sólo. Los cuento. En todo el libro hay veintiséis. Veo erratas hasta en el título del libro que nadie ha tocado, solo los sólo. Hablo con el editor, once años después de que la RAE decidiera ser consecuente con sus propias normas ortográficas, y me lo confirma. Ha sido él. En su editorial, todos los libros acentúan «sólo» si es adverbio. Reviso el libro y no existe ningún «solo» adjetivo del que deban distinguirse los adverbios. Veintiséis a cero. Una tilde realmente necesaria. Una tilde que regresa como una pesadilla recurrente, un mal que uno ve reaparecer cuando ya estaba curado. Un agobio: tener que discutir obviedades. Recordé, entonces, que cuando empecé a dar clase una parte del alumnado aún acentuaba sistemáticamente fué y fuí, tilde que había sido suprimida en 1956, treinta años antes de que empezara yo a trabajar.  Descuelgo el teléfono para decir que siento todos los problemas ocasionados, y que retiro las traducciones.

CARTAS AL s XX | Un día de enero de 1961. Paul Celan en Tubinga


Aún recibe visitas el poeta. Las dos ventanas que durante años dieron hacia el río ahora miran a un interior sin muebles, de planta circular y vieja tarima en el suelo. Las gaviotas revolotean alrededor. Enero agita las ramas secas de los árboles de ribera como lo harían los ancianos del lugar durante una visita histórica con sus banderas infantiles de apolillada tela.

El río olvida cuanto sabe. El señor del que te he hablado se ha quedado largo rato contemplando la superficie. Como si tratara de leer una página sumergida en la corriente. No era alto, ni tampoco bajo. Una frente amplía, eso sí, despejada, era lo único que le recuerdo. El cabello peinado hacia atrás. Vestía un abrigo pardo, de solapas anchas, que le ocupaban todo el pecho. De paño. El corte un poco amanerado, no lo ha comprado por aquí. Al referirse a él, su acompañante le llamaba Paul. No dice casi nada un nombre. Ni sé por qué lo recuerdo.

En Tubinga nos conocemos todos. Cada ventana tiene una mirada que, en invierno, se acostumbra a discernir el grado de la oscuridad. El día transita fugaz por ella. Hay quien desde su cuarto reconoce las personas que han pasado por las huellas que dejan sobre el hielo. Los zapatos de ciudad que llevaba el forastero darán qué pensar a más de uno, pero si advierte que se dirige hacia la torre del poeta dejará de calentarse la cabeza.

Dicen que recibía visitas. En su tiempo nadie daba nada por lo que sacarían en claro de su conversación, es lo que dicen los mayores que lo escucharon de sus mayores. Hoy, cuando vuelve alguien a mirar las ventanas desde la orilla del Neckar, me parece que aún ha de sacar menos. El señor Paul da la impresión de que mire con ceguera. Ha anotado algo a lápiz en un pequeño cuaderno, que después guarda en el bolsillo interior del abrigo.

Hablaban entre ellos en alemán. Me he acercado, haciéndome el tonto, por oírles. No reconozco el acento y menos interpreto sus cuchicheos. No sé por qué razón me ha impresionado esta pareja que ha venido a visitar a nadie, que ya era nadie cuando estaba vivo. Dicen de Hölderlin que fue también un profundo pensador. Yo me lo creo todo. No tengo paciencia para los libros. Solo las revistas y en las revistas no salen los poetas. Tampoco sé si los visitantes lo son. De hecho, no sé nada.

Si me acercase a hablar con los dos, confieso que tentaciones he tenido, creo que la conversación no nos conduciría a ninguna parte. Como mucho a saber de dónde vienen o cuándo piensan partir. Le preguntaría al señor Paul por las raíces del mundo y qué me iba a responder. Nada. Lo mismo que sacaban quienes acudían a visitar a la eminencia encerrada saco yo de los que ahora vienen a visitar la torre. Un balbuceo de trivialidades. Un responso como los del cura cuando alguien se muere, que a todos despide con idénticos elogios.