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27, lunes. Enero. Lo que está no estando



En agosto de 1981 la escritora catalana Teresa Pàmies (1919-2012) viajó por Galicia en busca de vestigios de Rosalía de Castro. De adolescente había cantado en una coral de su ciudad, Balaguer, y en cierta ocasión añadieron al repertorio una pieza en gallego, con un verso que, tras una guerra y un exilio, a los sesenta y dos años, le seguía obsesionando: «negra sombra que me asombras». De este viaje ha quedado escrita su crónica, que Teresa Pàmies titula con una conclusión: Rosalía no hi era (Rosalía no estaba). Prodigiosa cronista, la autora realiza un interesante ejercicio de no idealización. No encuentra en Compostela las calles donde vivió, lamenta en Coruña el monumento que no le dedican, no ve en Padrón imagen con la que evocar sus paseos por la ribera del Sar. «No la he encontrado, pero existe. Murió, pero está viva… Yo solo he creído verla fugazmente, en el movimiento de las hojas de una acacia, en el lánguido salgueiro envuelto en niebla… en los ojos de alguna mujer perseguida por la misma negra sombra que acuciaba a Rosalía».
     Dos décadas antes el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) había emprendido un viaje con similar propósito. Embarca en un pequeño crucero por el mar Egeo para descubrir en la Grecia actual qué permanece en «la memoria del lugar» de la Grecia clásica. De la ruta que sigue redacta un pequeño diario que fue publicado, décadas después, con carácter póstumo, con el título de Estancias. La experiencia le resulta «decepcionante». Nada de lo que contempla le permite evocar la «idiosincrasia, acariciada desde largo tiempo». Todo le parece sin carácter, vulgar: «la desaparecida belleza de la fiesta en ese lugar se nos escapó».
     Resulta entrañable el conflicto del filósofo con la «Grecia que no estaba», ni siquiera en los lugares donde había soñado descubrirla. Tampoco la evocación y cita de los himnos de Hölderlin le consuela. Hasta tal punto llega su irritación que incluso decide quedarse en el barco, buscando la clave que se le escapa en los fragmentos de Heráclito, mientras el resto de viajeros realiza las visitas previstas. Al llegar a Delos, cuna de Apolo y Artemisa, de repente, la epifanía: «Δήλος, la manifiesta, la desocultante no oculta pero que a la vez oculta y esconde: escondiendo el secreto del nacimiento de Apolo y Artemisa». Sorprendente la imaginación filosófica de Heidegger. En el no mostrar, muestra. El «presente», en el esconder, desvela. «La unicidad de desocultamiento y ocultamiento», germen de «todo poetizar y todo pensar».
     Los dos viajes hacia lo que no está, tanto el del filósofo como el de la cronista, me han parecido dos hermosas poéticas. También el significado del poema es siempre lo que no está en el poema. Esa es la diferencia esencial con el resto de los géneros literarios, por ejemplo, con estas líneas de prosa de dietario cuyo sentido arraiga solo en lo que muestra. En lo que aclara: cualquier ocultamiento resultará trivial, quizá pedante, nada más. El poema que solo aclare, sin embargo, se agota en sí mismo. Solo la unicidad de comprensión e incomprensión salva al poema en la memoria —esos cincuenta años de convivencia de Teresa Pàmies con un verso de Rosalía hasta que decide viajar para comprenderlo. Por cierto, también infructuosamente, como cronista… pero quizá no como simple lectora, porque la imagen fugaz de «alguna mujer perseguida por la misma negra sombra» seguía ocultando lo que desvelaba. El poema.

30, domingo. Junio. Vida de aforista lunático



Acabo de escribir el aforismo de hoy: «La muerte es solo una palabra que no aparece en el estribillo de las canciones». Es el número 221 desde que el día 5 de noviembre del año pasado escribí el primero de su serie. Veo ahora que empecé hablando de una niña que traza alrededor de sí misma un círculo de tiza e inmediatamente da un salto y sale corriendo. No sé si desde aquel día hasta hoy han pasado 221 días. Tal vez sean unos cuantos más. En medio se fundió el disco duro del ordenador y anduve como desorientado una semana. No recuerdo ninguna otra interrupción. Escribir a diario un aforismo es escribirle a alguien una carta. Desconozco quién la recibe, pero mantengo intacto el impulso de comunicarme, sea con quien sea. Tengo la impresión de que el aforismo que he escrito hoy merece ser un final. De hecho, aunque iniciara el conjunto hace ocho meses, hasta hoy no ha aparecido el título que no tenía: «El círculo quebrado». Ha sido curioso. Ha surgido a continuación del aforismo, pero no recordaba en absoluto de qué trataba el primero. Solo al ir en su busca para colocar delante el título he descubierto que era un lema que ya estaba allí implícito desde el principio. Son pues, demasiadas señales. El de hoy ha sido escrito como el final de una serie. De noviembre a junio, casi un curso escolar. 221 aforismos.
     De hecho, esta es la tercera parte de un proyecto que empezó en 2018 con «Ventanas de la Casa Ámbar», aforismos que emergieron de la lectura, de la biografía y desde el universo imaginario de Emily Dickinson. Tuvo una segunda parte, «Un sendero de pálidas estrellas», que dialogaba con la obra de Rosalía de Castro. Aforismos escritos el mismo año, en el que también se inició esta tercera parte, «El círculo quebrado», concluida en 2019. Hoy. La obra literaria que he tenido como referencia para esta serie ha sido la de la poeta finlandesa Edith Södergran.
    No es una elección casual. Las tres poetas —Emily (1830-1886), Rosalía (1837-1885) y Edith (1892-1923)— vivieron en épocas próximas, ancladas en el universo cultural decimonónico, habitaron lugares muy distantes de los núcleos culturales de su época —geográfica y también simbólicamente— y las tres biografías compartieron una clara voluntad de apartamiento. Las tres obras fueron incomprendidas en su momento y las tres han irradiado esplendor sobre el siglo siguiente. Hay más paralelismos. Uno me interesa en especial, las tres poetas escriben a partir de una lengua poética, la de su época, gastada, retórica, artificiosa y masculina. Cuando los escritores varones de su época la utilizan, salvo las excepciones que la historia literaria recuerda, convierten su escritura en un insufrible modelo de lengua poética. Las tres escritoras, sin embargo, a partir de esa lengua insuficiente, excavando hacia su interior —no inflándola hacia el exterior, que es el hábito de sus coetáneos—, consiguieron un milagro: encontrar el camino hacia una lengua personal, expresiva, intensa, comprometida y profundamente simbólica. Se me ocurren algunos ejemplos en otras épocas: Ausiàs March revitalizando en el siglo XV la lengua petrificada de los trovadores o Rilke dando una nueva vida a la lengua poética romántica. Tanto Dickinson como Castro o Södergran realizaron la misma proeza, las tres le arrancaron estremecimientos a la lengua de las estelas mentales.
     Para mí, las tres escritoras comparten otro paralelismo: es posible dialogar con ellas. Sus universos poéticos resultan porosos. Se abren a quien los transite. Responden y escuchan. Su humildad incrementa su altura, del mismo modo que el orgullo de tantos escritores empequeñece sus aciertos. Conviví varios meses con Emily, con Rosalía y hoy cierro ocho meses de lecturas de y sobre Edith. Es un proyecto literario que me ha mantenido encandilado desde el inicio. Creo que cada día le he escrito una carta a Edith Södergran, como antes lo había hecho con Emily Dickinson y con Rosalía de Castro. Como carezco de su dirección las anoto a diario en mi página de Twitter.
    Mañana empieza otro proyecto. El cuarto. También tiene nombre de mujer. Una poeta que nació solo tres años después del fallecimiento —tan temprano— de Edith.