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20 de diciembre, lunes. Plaza Goya

Es una plaza antigua, en la que los encantos que pudo haber tenido en otra época se han convertido en mera retórica, como las rimas de un soneto decimonónico. Su origen se remonta a una disfunción urbanista al casar el plano racionalista de Cerdà con el trazado oblicuo de la avenida que se originó tras derribar la antigua muralla. Rectas y diagonal siempre producen incómodos triángulos. Este se resolvió plantando algunos árboles y denominándolo plaza, pues en la época el terreno debió de parecer insuficiente para un edificio. Que se dedicara a Francisco de Goya está entre lo previsto, aunque enseguida se percibe que también es una atribución fútil, porque en el centro hay un grupo escultórico dedicado a otro nombre, Francesc Layret, víctima de las luchas fratricidas entre sindicalistas y patronos en las violentas décadas barcelonesas de iniciales del siglo XX. El monumento, obra de escultor Frederic Marès e inaugurado en 1936, estuvo ausente de su plaza, retirado en un almacén, entre el 39 y el 77. Aunque su propósito de memoria continúa siendo loable, su lectura actual ha quedado obsoleta: una mujer de bronce con el torso desnudo y antorcha en alto como símbolo de la República y tres figuras de piedra que representan los trabajos del campo, de la ciudad —dos varones— y del cuidado de los débiles —una mujer—. No solo la alegoría misma ha quedado trasnochada como modo de significar, sino que también el reparto de los papeles entre hombre y mujeres parece superado.

         Insisto en lo de que parece, porque la última vez que pasé por el lateral de la plaza que coincide con la acera de la Ronda, camino del mercado de libros viejos de San Antonio, un domingo temprano, había en la plaza algunas mujeres dispersas y un varón vestido con ropa militar de camuflaje y mirada levemente desencajada por algún alcohol que iba de una a otra haciendo una pregunta rápida de la que obtenía una respuesta también rápida que le hacía cabecear. ¿Se había quedado sin dinero, pero no sin deseo? No pude ni siquiera intuir la naturaleza exacta de esta situación, pero me pareció tan pasada de moda como el lugar. Las prostitutas que rondan por la plaza suelen vestir faldas por debajo de la rodilla, cabello de peluquería, el abrigo lo llevan abrochado hasta arriba y un pañuelo con brillos de nylon protege su cuello. Nunca van pintadas, o solo con gran discreción, muchas usan gafas y, en general, parecen ofrecerse a un apetito más familiar que carnal. Como si los varones solitarios no quisieran lanzar una cana al aire, sino cumplir con un deber conyugal. En otra época el Ayuntamiento se esforzó por retirar de esta plaza una prostitución bastante más agresiva, pero la candidez de la actual se ha ganado la tolerancia. De ahí que, a veces, al caminar distraído a alguno le ocurra lo leído en un cuarteto en arte mayor castellano romanceado de Federico Abad: «Vivo de ilusiones, no tengo remedio. / Cruzando la plaza lo escucho y me digo / que eso es imposible, pero sin embargo / alguien me ha llamado: no es un espejismo».

         Propio de las plazas es también su fuente. En la de Goya vale la pena agacharse a beber por alguno de sus cuatro caños, debajo de la broncínea instantánea de dos querubines revoltosos jugando encima de una tortuga.  La imagen reproduce una mitología caduca, en efecto, pero la tortuga en sí misma, obra del escultor de fuentes Eduard Alentorn, resulta el único atractivo no anacrónico de la plaza. Y, paradójicamente, se mantiene cada vez más actual: es el lugar donde los niños del barrio tienen la oportunidad de aprender algo de ciencias naturales. Para mí la plaza guarda un recuerdo que también se actualiza cada vez que paso por delante. Un mediodía, no recuerdo bien con qué propósito, habíamos quedado unos compañeros de facultad con el poeta Jaime Gil de Biedma a la salida de su oficina, y deambulando por las calles del Raval desembocamos en la plaza Goya, entramos a la hora del vermut en un bar que milagrosamente aún existe, La Principal, y en su barra estuvimos charlando un buen rato con una cerveza en la mano. Sería hacia 1982, yo era muy joven entonces y obviamente aún desconocía que Gil de Biedma, aquel día, era también más joven de lo que ahora soy yo al recordarlo, pero con la misma edad, por cierto, que tuvo él al fallecer. 

3, sábado. Abril. Plaza San Gregorio


Igual que existe en la Iglesia la figura del antipapa, la iglesia de San Gregorio Taumaturgo convierte este lugar en la anti-plaza.  Es cierto que el canon urbanístico consagra la plaza —sobre todo el modelo romano de plaza— en una suerte de pedestal de un gran edificio. El espacio que este requiere para lucir con amplitud y perspectiva. Y en ese espacio, una fuente monumental resulta el adorno más adecuado. El templo dedicado a San Gregorio, fábrica notable por su planta circular, hubiera merecido alrededor, o delante, una plaza con fuente, aunque solo fuera un pilón de dos caños. Pero la singular iglesia de San Gregorio ocupa al completo el espacio de su plaza, en el centro de una rotonda que ordena el tráfico. El edificio religioso es toda la plaza y, de hecho, no hay plaza alguna en la plaza de San Gregorio. Quien quiera pasearla, puede seguir la acera circular, enfrente, y esperar turno en todos los semáforos de las múltiples vías que ahí confluyen, es decir, el anti-paseo.

         A esta plaza en ausencia fui por primera vez en 1981. Desde la Diagonal, había atravesado el Turo Park, jardines que conocía bien, y después de salir por el extremo opuesto, un poco más arriba, en la bocacalle que da a la plaza me detuve. Diría que contemplé un instante las obras del edificio circular, que aún permanecía inacabado (como cualquier iglesia que se precie en esta ciudad, la Catedral gótica solo se acabó a principios del XX y la Sagrada Familia espera otra época gótica para ser concluida), pero, en sentido estricto ni siquiera alcancé a rozar la plaza San Gregorio. En la esquina misma di un giro y encaré el botón de un portero automático, aunque quizá tampoco fuera yo quien lo pulsara. Cuando se abrió la puerta, entramos, conmigo, cinco universitarios. En el tercer piso nos esperaba Jaime Gil de Biedma. Le habíamos abordado a la salida de una lectura y nos dijo: «¿Por qué no venís una tarde a casa, que podremos charlar más tranquilos?». Desde las ventanas del salón se veía la iglesia circular, pero aquella primera tarde nos condujo a un pequeño estudio en el que había un sillón antiguo, de madera noble, alto y ancho, donde se sentó, y almohadones por el suelo, donde nos acomodamos nosotros. Al salir le pedí que me firmara un libro, que me dedicó «después de dos horas de haber —yo— hablado en exceso». Una descripción exacta de lo que ocurrió.

         Igual que los nadadores rozan con la palma de la mano el extremo de la piscina antes de darse la vuelta y encarar la calle por donde habían venido, la plaza de San Gregorio ha sido, y sigue siendo una pared que alcanzo para tocar y darme la vuelta. Uno de mis paseos preferidos por la ciudad tiene ese tope. Llego hasta la puerta del número 6 de la calle Pérez Cabrero y contemplo un instante la portería que crucé algunas veces en un tiempo tan lejano que parece no haber existido nunca. Alzo la vista hasta las ventanas del tercer piso. Y me voy sin pisar la plaza. En el último paseo, que di hace solo unos días para poder escribir luego esta evocación, continué hacia adelante y le di una vuelta completa a San Gregorio por la calzada de los portales y los comercios, donde en cada semáforo, y hay cinco, «esperaba / con los demás, al borde de la señal de cruce». No sé muy bien por qué realizo esta peregrinación habitual hacia el pasado. Por ver, tal vez, cómo «La luz, usada, deja / polvo de mariposa entre los dedos». Dos versos cuyo sutil significado cada vez siento que me gusta más visitar.

26, martes. Noviembre. Adicción al articulista



Al entrar en la cafetería donde acudo cada día a media mañana tropiezo con un tipo que hace el mismo gesto que yo. Si se tratara de una jugada deportiva, estoy convencido de que la posición estaba a mi favor, pero sin árbitro a la vista, he preferido dejarle paso y entrar detrás. Inmediatamente me he dado cuenta del error. Colgados delante, un ejemplar de El Periódico y otro de La Vanguardia. Mi rival antideportivo ha retirado el primero y se ha quedado con el segundo.
     Acudir a diario a la misma cafetería proporciona ciertos privilegios. Por ejemplo, llevo años sin pedir la consumición. Con el diario en la mano, me siento en el mismo lugar siempre que puedo y a los dos minutos aparece en la mesa el café tal como lo tomo. Un privilegio, claro, exclusivo para quienes disfrutan repitiendo lo que les gusta. Si tuviera yo un carácter caprichoso o tal vez propenso a las novedades no le sacaría ningún partido a este hábito. De hecho, tendría que acudir cada día a una cafetería diferente. Y aunque hay muchas, los días son más numerosos y me obligarían a repetir. De este modo, apreciando lo idéntico, me ahorro inocuas frustraciones. Aunque estas acechan desde cualquier esquina. Hoy, por ejemplo, hubiera elegido La Vanguardia que se ha llevado el infractor de puertas, y me ha tocado conformarme con El Periódico.
      Leo un par de columnas de opinión interesantes, una incluso muy interesante, y un reportaje atractivo. De reojo, sin embargo, controlo si queda libre La Vanguardia. Solo cuando me levanto para ir a pagar también lo hace el tipo de la puerta, y de pie en el mostrador, con cierta ansiedad, al borde mismo de llegar tarde a clase, abro el diario por la segunda página para leer el «Artículo del director». Y en ese mismo momento me doy cuenta de que soy un adicto a las columnas de Màrius Carol.
      Si pienso un poco, la primera adicción que recuerdo es la de los artículos de Francisco Umbral en El País. El personaje que había creado de sí mismo era tan repulsivo que he de reconocer que resultaba seductor. Esa petulancia aciaga, esa pedantería agreste de Umbral chocaba con una sociedad que empezaba a gustarse mucho a sí misma. El desvío sociológico de Umbral hacia el camino sin salida del ensimismamiento presagiaba lo que en la actualidad es el pensamiento concebido como vacuidad. Es una pena que cuando pasé a sus novelas no las encontré a la altura del escritor que intuía. Con una excepción, su canto agónico, Mortal y rosa, uno de los mejores libros escritos en el siglo XX en español. Su columna diaria en El País nada tenía que ver con personaje y novelista. Era pura creación lingüística. Una incongruencia conceptual en las páginas de un periódico: Umbral usaba una lengua que no servía para describir la realidad, sino para crearla. Tan portentosa era. Como leer en un diario no lo que ocurrirá al día siguiente, sino cómo se pensará y cómo se expresará lo que quiera que ocurra al día siguiente. Solo por leer la columna de Umbral compraba el periódico cada mañana. No hacerlo un día se castigaba con el desconocimiento de la profecía.
      Es curioso que los escritores que me han causado adicción en los periódicos no me han atraído en los libros. Durante otra época anduve colgado de la columna de última página en El País de Félix de Azúa. Nunca he podido acabar ninguna de los libros suyos que he empezado, por pesados, obvios, romos. Sin embargo, sus columnas eran vibrantes. Brillantes lingüística y conceptualmente. Durante una época se convirtieron para mí, como hubiera reconocido Barthes, en respiración. Esa bombona de lucidez que se necesita cuando los pulmones agonizan en un medio de oxígeno intelectual empobrecido. En otra época me aficioné a las viñetas de El Roto. Hasta que un día, como hizo Jorge Riechmann en el título de uno de sus libros, dejé de comprar aquel periódico. Ahora leo el que compra el dueño de la cafetería donde acudo a desayunar. Cosas de la época.
      Màrius Carol, periodista conocido antes de acceder a la dirección de La Vanguardia, nunca me había despertado el mínimo interés. Si se le escucha hablar parece que esté haciéndolo para alguien que está por detrás de uno. Esa sensación incomoda. Fomenta la antipatía. Pero un día, por casualidad, leí su «Artículo del director», en la página dos de La Vanguardia, y desde entonces creo que no me he perdido ninguno. Habla, por lo general, de asuntos de actualidad, pero parte o concluye siempre en una cita, un hecho, una referencia cultural o literaria. Esa relación entre lo contingente y la mención culta de repente crea una distancia con lo real que me despierta el gusto por pensar de nuevo lo cotidiano y perecedero, ahora a partir de la dimensión oblicua de lo literario.
      Hay un concepto que siempre me ha interesado mucho. Lo acuñó Jaime Gil de Biedma cuando publicó su último libro de versos, Poemas póstumos. Eran los poemas que había escrito tras la muerte de todo aquello en lo que había creído en la escritura de sus libros anteriores. Hay vida —era un grito más o menos así— después de todos los desengaños. Pues descubro en las columnas de Màrius Carol mi lectura póstuma de los diarios, después de la muerte del periodismo como género literario y su transformación en subgénero de la publicidad.