3 de marzo, martes | Walker Evans, afianzador de sombras



En las primeras decisiones del jovencísimo Walker Evans (1903-1975) hay aspectos que parecen determinar el conjunto de su impresionante legado fotográfico. Tras su graduación a los diecinueve años en estudios literarios, se inscribe en el Williams College para continuar su formación en literatura francesa, como preámbulo a su aspiración de estudiar en La Sorbona. Y a París llega con veintitrés años persiguiendo otro sueño, el de convertirse en un escritor. Su modelo era Charles Baudelaire y ahora vivía en su ciudad. Su habitación de estudiante tenía los típicos postigos de lamas parisinos, los volets battants. En su interior posiblemente escribiera versos, pero una mañana en la que el sol se volcaba como un cubo de pintura sobre la fachada de su edificio le atrajo más la cámara fotográfica que la pluma y el papel. Dentro de su habitación no estaba París, pero se encontraban activados él y su creatividad.

         En 1926, el joven Walker Evans antes de ponerse a escribir debía resolver una ecuación nada sencilla. Había llegado a París con Las flores del mal y Madame Bovary en un bolsillo, pero los diferentes realismos del siglo XIX, su modelo, eran ya un espléndido jarrón en la vitrina que durante una limpieza había resbalado de su anaquel y había estallado en el suelo en mil pedazos. Añicos que descubría en el París de los años 20 y que necesitaba reinterpretar. En el otro bolsillo llevaba un cámara y aquel día de sol dentro de su habitación le resultó más fácil trabajar con ella que con la pluma. Abrió la ventana de par en par, situó su imagen en un contraluz excesivo, empuñó el disparador con la mano izquierda y lo apretó. El autorretrato que se hizo en París le mostró, de repente, un descubrimiento que incorporaría a su poética fotográfica para siempre: el protagonismo de la sombra que borraba casi por completo su rostro. Que percibió inmediatamente su valor lo demuestra otro experimento fotográfico similar realizado unos meses después: su autorretrato convertido ya, al completo, en una sombra. Ambas placas fotográficas consiguen lo que tal vez no supo lograr como escritor: convertir, gracias a las sombras, los añicos del elegante jarrón de la cultura en material significativo, un aprendizaje que desarrollaría después a lo largo de toda su carrera artística.


1926-Autorretrato en una ventana-5 rue de la Santè, Paris
1927-Autorretrato en sombra Juan-les-Pins Francia

      De regreso a Nueva York, a finales de los años 20, se dejó seducir —como Baudelaire, pero también como Eugène Atget, Alfred Stieglitz o su contemporánea Berenice Abbott— por la magia de la ciudad. Con la cámara en la mano salió a las calles a capturar la luz que le proporcionara el día, pero llevaba dos propósitos estéticos que se atestiguan implícitos en todas sus tomas. Uno era de carácter negativo —no quería convertirse en un cronista, ni siquiera en un narrador de historias— y el otro, ya en positivo, lo transformaba en perseguidor de la belleza de las sombras, o dicho de una manera más explícita, de la reconstrucción de la realidad del presente desde sus añicos. Ambas determinaciones se observan en las fotografías de estos años, 1929 y 1930. La imaginería neoyorquina grandilocuente de la monumentalidad de los rascacielos ya había sido desarrollada por la generación anterior y solo quedaba espacio para la actuación hiperbólica, camino que toma su contemporánea Margaret Bourke-White y sus vistas desde las alas de un avión. Walker Evans, sin embargo, emprende la opción opuesta: busca revelar la magia de la magalópolis a través de los detalles y de la cara oculta de las grandes construcciones. Y a partir de esta intuición desarrolla la poética de las sombras descubierta en los autorretratos parisinos. Una fotografía de 1928, «Ventanas de Wall Street», lo ejemplifica de manera espléndida. Sobre un plano de detalle en un inmenso edificio de oficinas, con series interminables de ventanas iguales, enfoca las sombras que produce una humilde escalera de incendios, que son capaces de convertir el inflexible racionalismo arquitectónico en un poema visual vanguardista. Otra, mucho más célebre, de 1929, muestra el fotogénico puente de Brooklyn… con una toma debajo de su plataforma, de modo que dos tercios de la placa lo conforman una uniforme mancha negra sobre un cielo gris y, en el tercio inferior, una densa niebla baja entre la que asoma, lejanísima, la silueta enana del Empire State Building. Dos imágenes que enarbolan carácter, contemporaneidad y decisión, tal vez más literaria que fotográfica. Esta segunda incluso vinculada a un relevante proyecto editorial, la publicación del poema El puente de Hart Crane (1899-1932). 

1928-Ventanas de Wall Street
1929-Puente de Brooklyn

      En torno a 1930 Walker Evans, con veintisiete años, mientras indaga en estas perspectivas inéditas que logra trazar sobre la realidad urbana y experimenta con las sombras consigue una notoria madurez estética y consolida en la fotografía la personalidad literaria que anhelaba en su adolescencia. Pero si bien el literato posee un campo mayor —en teoría infinito— para proyectar sus ideas sobre el papel, el papel fotográfico exige una doble dependencia con la que Evans pronto se enfrenta, la necesidad del presente en el momento de disparar la cámara y la confrontación imprescindible con la realidad exterior a la obra.  Y una tercera, no menos importante, la vertiente profesional: mientras el editor literario actúa sobre un manuscrito concluido, el encargo fotográfico siempre es apriorístico. Tras unos años de formación personal, en 1931 encara por primera vez un encargo importante: documentar las desprestigiadas casas victorianas en los alrededores de Boston. El resultado es una serie impresionante de placas que posiblemente marquen una pauta en la fotografía arquitectónica. Su amigo y emprendedor del proyecto, Lincoln Kirstein, acertó en el elogio a Evans: «El enfoque es tan nítido que algunas de las casas parecen existir en una atmósfera sin aire que recuerda las pinturas de Edward Hopper». Y es cierto, esa emocionante ingravidez que logra, como alejándolas de las condiciones del presente y de la realidad —y por qué no, también del encargo— se debe en exclusiva a lo único que estaba mirando a través del visor Evans en el momento de disparar su cámara, que no eran las envejecidas fachadas victorianas, sino las sombras de los árboles de sus jardines que se proyectaban sobre las paredes. Ese baile evanescente de líneas es el que obra el milagro estético que fascina a Kirstein. En unos casos juega con la ubicación de los troncos de los árboles, pero en otros consigue evitarlos de modo que sus sombras sin referente protagonizan, como si fueran trazos pictóricos, el resultado.   

1931-Siete casas victorianas
1931-Siete casas victorianas

     A partir de entonces las sombras juegan un papel esencial en todas sus placas. Tanto en las fotografías de edificios, que siguió captando durante años, como en las tomas callejeras, incluso en los retratos, donde logró un dinamismo extraordinario con los efectos del contraluz. La práctica del sombreado continuó evolucionando a la par del crecimiento de su obra. Descubre nuevas posibilidades en el diálogo entre iluminación y sombra. En una imagen panorámica de una pequeña ciudad, «Vista de Johnstown, Pensilvania» de 1935, utiliza la luz invernal como sombreado del conjunto en una iluminación, en calles y tejados, que no procede del sol, sino de la blancura de la nieve. Una sobrecogedora imagen que de repente aparece casi como el negativo de la ciudad en un día de verano. La misma técnica se aplica en una de sus obras más célebres, «El cementerio de coches de Joe», de 1936, tomada con la escasa luz dominante de un atardecer en la que brillan en puntos aislados —como hacen las sombras ante la luz del mediodía, pero al revés— pequeñas manchas iluminadas. 


1936-El cementerio de coches de Joe

         Los juegos entre sombras y luz se arrogan el protagonismo estético exclusivo en las fotografías de Walker Evans. Lo que sitúa en segundo plano el argumento de la imagen. Esta práctica consigue mantener el carácter literario de lo que refleja, despojándolo de sus tramas narrativas o su valor como crónica. El poeta que anhelaba ser en su habitación de París el día en el que decidió autorretratarse se consolidó en otra disciplina artística, pero fue fiel a sus principios. Como fotógrafo profesional tuvo que asumir encargos donde resultaba más complicado mostrar su personalidad, los realizó con dignidad y carácter profesional, como lo haría un poeta que redactara un ensayo sobre la poesía africana o relatara un viaje a Cuba, por ejemplo. Pero en sus poemas visuales, nunca olvidó lo que había aprendido en su primera fotografía artística: la clave de la mirada nunca está en el dominio objetivo de lo que permanece, sino en su opuesto, en la visión —subjetiva— de lo que es fugaz y casi invisible y de repente la imagen lo captura.