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3 de agosto | LABERINTO



Me anticipa por todas partes

la huella de mi ausencia

DINU FLAMAND

La niebla, como un cubo de agua sucia volcado sobre el pavimento, arruina la claridad del día. No hacen más que quejarse mis amigas, con las que salgo a pasear las mañanas de domingo. Bajo el vestido llevan el bañador puesto, con un recambio y una toalla en el bolso. Les gusta caminar hasta el paseo marítimo y luego darse un baño antes de regresar para la comida familiar, que en ninguna de nuestras casas se perdona. Pero los planes quedan afeados hoy por la bruma. En voz baja me atrevo a sugerir que, si no se puede ir a la playa, tal vez podríamos tomar el camino inverso y subir hasta la ladera del parque donde hay un laberinto. «Ya está la agorera —me dicen—, hay que tener fe en que cuando lleguemos al mar ya se habrá impuesto el sol». «¿A que no te has puesto el bañador?», me preguntan. «Con el día que hace», les respondo. «Desmoralizas al más eufórico», me espetan en la cara mis amigas. Ir hasta la playa cada domingo me aburre, la compañía tampoco me motiva, solo la niebla, de repente, despierta el ápice de una ilusión en mi interior.

         No sé cuándo empecé a distanciarme de mis amigas, con las que salgo desde que éramos unas crías. Recuerdo que una vez, al regresar de una excursión escolar, la profesora, que había contado cuántas éramos mientras subíamos al autocar, una vez arriba, volvió a recorrer el pasillo de una punta a otra hasta en dos ocasiones numerándonos de nuevo cada vez. El conductor se impacientaba, pero la profesora no le daba permiso para salir. Pasó lista y la lista le cuadró con los «presentes» que las alumnas iban diciendo al oír sus nombres. Yo me mantuve callada, porque se saltó nombrarme. Así que volvió a recorrer el autocar contando, esta vez en voz alta, para no descontarse, y tocando en cada número la cabeza de cada una de nosotras. Pero al acabar, tampoco le dio permiso al conductor para arrancar. «¿Pasa algo, falta alguna?», preguntó. «No, al contrario, me sobra una, dijo descorazonada la responsable del viaje». «Bueno, entonces no hay ningún problema, nos vamos», repuso el hombre, pragmático. Y arrancó. Aún se debe de preguntar la profe de historia qué pasó aquel día en el que yo estuve presente y ausente al mismo tiempo.

         Lejos de considerar la niebla como una traición al espíritu dominical, según especulan mis amigas, a mí me parece de lo más oportuna. Incluso simbólica. Que corte los edificios por su base, anulando sus excesos en la altura, lo creo un acierto urbanístico. Que anule por completo el paisaje de montaña que constriñe la ciudad, le devuelve amplitud y horizonte. Aunque no se vea, ahora sí se puede soñar. Y mientras crece mi entusiasmo, en mis amigas aumenta el malhumor. Cuando intento razonar alguna de las impresiones que tengo, una clama, cortando de raíz mis argumentos: «¡Pero si no se ve nada de lo que existe!». Y enseguida entiendo que detestan aquello que a mí me encanta. Descubro en la niebla, sin darme cuenta, un espejo donde comprenderme. Igual que ocurre con la niebla, siento que no se percibe mi presencia, como si un manto perpetuo me recubriera cuando estoy con los demás. A veces es solo verbal, nada de lo que me gusta coincide con las apetencias del resto, siempre opino lo contrario de lo que debería decir para que mi parecer existiera en la suma con las demás, y no restara, como ahora, cuando todas se empeñan en continuar hacia la playa mientras suspiro por ir al parque.  Pero en otras ocasiones es también real, continúan a buen ritmo avenida adelante, aunque me haya detenido a observar cómo evoluciona entre dos edificios una masa compacta de aire oscuro, y cuando me quiero dar cuenta ya solo me veo desaparecer de sus miradas, que tampoco se dan la vuelta para buscarme.

         En un antiguo almacén del colegio de chicos, dos calles por encima del nuestro, los curas habían organizado un baile. Enviaban al más joven y torpe de los novicios a vigilar. Se quedaba como una estatua en una esquina, sudando bajo los hábitos, y a mí me daba mucha penita porque parecía que estuviera castigado cara a la pared. Aunque mirara hacia la sala, más oscura de lo permisible, a distancia se veía que tenía los ojos en el cogote. Nunca le vi censurar un beso o una inexistente distancia entre dos cuerpos en los lentos, nada de todo aquello que justificaba su presencia. Cómo simpatizaba con el vigilante. Estaba sin estar, como yo, a quien nunca se acercaba ningún chico para pedirme que bailara. Durante los lentos bebía mi naranjada sentada en un peldaño de la escalera y contemplaba con admiración el humo de los cigarrillos que también estaba prohibido que se fumaran. No sé si ahí nació mi afición a la niebla. Quizá. Un día me acerqué al novicio de turno, haciéndome la tonta. Tropecé con él a propósito, aunque disimulándolo, y le pedí perdón. Me sonrió mirando al más allá. Traté de explicarle que yo no quería, que había trastabillado, que me aburría como él. Y a todo sonreía en silencio sin bajar la mirada del anclaje que tenía en algún rincón del techo.

No sé por qué me acuerdo con tanta frecuencia de mis avatares de niña tonta adolescente. Ahora que mis amigas de toda la vida ni siquiera se dan cuenta de que me han abandonado. No lo pienso dos veces. Me cuelo en el metro y aunque tenga que hacer dos transbordos, me dirijo sin haberlo decidido al parque. Antiguo jardín de una finca de adinerados, en el centro hay un laberinto dibujado con setos. Es a donde quería ir sin atreverme a quererlo y, sorprendentemente, aquí estoy, en una de sus calles sin salida. Las paredes de ciprés son más altas que yo y la niebla descansa sobre ellas como la techumbre de una cabaña que me da albergue. Camino despacio por los engañosos pasillos del laberinto mientras a mi lado pasan corriendo niñas y niños. Chillan nerviosos mientras anhelan una salida con la que, ávidos por encontrarla, se topan antes de lo que en verdad desean. Contemplo la misma desazón por hallar lo que esperan no descubrir nunca que ha caracterizado los días de mi vida. Ahora, sin embargo, avanzo reconciliada con los caminos que no llevan a ninguna parte, curtida ya en el arte de no esperar nada de mi presencia.

[Cuaderno de ficciones, página 43]


2 de julio, jueves | DEIXIS


Una disminución drástica

de pronombres en las primeras semanas de matrimonio

Verónica Forrest-Thomson 

Del noviazgo ya traía amputado uno. Doloroso. Aunque había sido yo misma quien le di un tirón con las pinzas de las cejas y lo extirpé. Por precaución. No hay errores mayores que los dictados por la cautela, y así el pronombre en tercera persona del singular, masculino, desapareció de mi vocabulario. Ahora, con qué naturalidad reaparece. Durante un tiempo, cuando lo usaba con la misma frecuencia que ahora, en realidad tenía dos. Parecían iguales, pero los distinguía a la perfección. Disfrutaba con el primero, un él nocturno, eventual, siempre dándome sorpresas. Incompatible con un cauce que recorre los campos y los fertiliza, aunque favorece la construcción de ciudades para que en sus márgenes haya paseos arbolados por donde se pueda pasear al atardecer sin más, solo para contemplar el oro efímero del momento. Que era lo que hacía con él. A veces en mitad de un tema, los apuntes extendidos sobre la mesa, el calendario despeñándose desde el acantilado sobre la fecha del examen. Y en aquel momento, tras semanas de silencio, sonaba el teléfono del piso, mis compañeras se peleaban por cogerlo mientras yo rezaba: no, no, no. Pero sonaba en el pasillo mi nombre con tonillo de reproche y no me equivocaba. Era él. Apagaba el flexo y ahí se quedaban los folios, a oscuras; y yo, llena de luz.

         Este era el él que decidí enterrar tras arrancármelo. Me quedé con el otro él. El que llamaba a horas convenidas, perseveraba día a día, me animaba antes de los exámenes difíciles y al día siguiente me invitaba al cine. Y un día, al salir, después de celebrar que se habían publicado las notas del último examen de la carrera, me propuso que nos casáramos. En esta ocasión, he de reconocer que fue el él que me desconcertó. Murmuré que, si quería, también podíamos irnos a vivir juntos, que no era necesario nada más suntuoso. Entonces fue cuando me habló de ellos. Su familia. Tan tradicionales, tan piadosos. Ahí fue cuando decidí, ya que había dejado que decidieran todo por mí, prescindir del primer él, el imprevisible. Y en el mismo dictamen vi que también desaparecía el segundo. Al principio pensé que era más seguro para mí evitar confusiones en voz alta entre uno y otro. No fuera a aparecer alguna noche de luna el primer pronombre y lo prefiriera al segundo. Qué ingenua era. Supongo que lo propio de una recién casada. Sin que me diera cuenta, al poco ya había incorporado como lo más natural del mundo el pronombre que sustituye a los dos cercenados: .

         Hasta llegué a celebrarlo con sinceridad en mi conciencia. No propiamente por la novedad, sino por el hecho de que apareciera de repente. Con este movimiento gramatical se abría una puerta desconocida en las expectativas. El la había cruzado con solvencia, pero detrás seguro que aparecían otros. Existía uno que me despertaba una especial ilusión, el nosotros. Lo esperaba con ansia: una viajera en el andén con la maleta apretada entre las manos tensas cuando el reloj señala la hora de paso del expreso. Y mientras lo aguardaba, también creía que pudieran llegar más, así por sorpresa, al andén de mi vida. Como, ya puestos, vosotros. Es decir, diferentes nosotros incorporados al círculo esencial, amigos también casados con quienes mantener conversaciones cómplices sobre hipotecas, días de vacaciones y procesos de fertilidad. Me hacía ilusión que esos vosotros entraran por la puerta del matrimonio en nuestro nosotros y lo hicieran crecer. Qué ingenua fui. Miraba con ansiedad hacia el túnel de la estación y ningún farol lejano rasgaba su oscuridad. No hubo ningún nuevo vosotros. Tampoco el nosotros llegaba, solo se prolongaron las sesiones de cine a media tarde, con películas cada vez más ñoñas que elegía el único pronombre que había sometido, como rey absoluto, al resto de la declinación. Me fui quedando cada día más evanescente alrededor del .

         Digo alrededor con candidez. Antes como aspiración a alcanzar una unidad superior, que me acogiera también a mí, que como reproche. Recién casada, todo se vive con ilusión. No tanto por la realidad cotidiana, que resultaba bastante más aburrida que los días en el piso de estudiantes, sino por el empeño en la construcción de aquella promesa implícita de un nosotros rutilante. Eso sí me emocionaba. Me esforzaba en que todo fuera perfecto en nuestra nueva vida. Incluso, diría sin arrobo, maravilloso. Qué altruista resulta el idioma en materia de espejismos y qué pobre en matices pronominales. Ni sé el tiempo, los años, que continué en el andén, a la espera de aquel tren anunciado por la megafonía. Al principio de pie, con la maleta sujeta en alto, para no perder tiempo cuando llegara. Luego ya me senté, con la maleta al principio pegada a mi cuerpo, muy cerca, por si acaso. Pero ante el constante paso de la nada, la fui alejando por si me molestaba para fumar algún cigarrillo ocasional. Echaba de menos el pronombre tachado. Y acabé por tumbarla en el banco para que me sirviera como almohada si me tendía a dormir. Derrotada en la estación del .      

         Tardé en despertar. Y despierta, aún dilaté más el averiguar qué me sucedía. En realidad, no resultaba una tarea sencilla. Si se extravía la llave del coche, el coche sigue ahí, aparcado donde siempre, pero no se puede usar pese a que el coche esté a la vista y a la espera. Lo mismo le ocurrió a la persona que era. Se quedó sin pronombre. Si se miraba al espejo, el espejo le devolvía una imagen correcta y completa; aunque, ¿cómo usarla si se desconoce el código que la activa? No fue fácil reconocer que había perdido la llave y aún más complicado, encontrarla. Igual que haría la dueña, busqué la llave del coche en todos los bolsillos, cajones, bolsos, miré en el interior de los jarrones, detrás de los libros en la estantería, encima de los armarios, debajo de las alfombras, dentro del buzón. Nada. Cuanto más excedida la búsqueda, más ausente la llave. Ya la daba por perdida cuando me dio por mirar a través de la ventanilla dentro del automóvil y allí la vi, en su sitio, colgando. Ocurrió en la calle, un día, de repente me crucé con él. El primero, claro; con el segundo de los dos desaparecidos dormía cada noche y sus ronquidos nocturnos acaparaban los bolsillos, cajones, bolsos… de mi vida. Nos reconocimos enseguida. Yo le llamé por su nombre, pero él prefirió ser infinitamente más explícito. Y fue quien me señaló la ventanilla del coche aparcado para que mirara. Dibujó en su rostro una sonrisa capaz de iluminar un campo entero de agricultura extensiva y no pronunció mi nombre, que quizá había olvidado, pero con su grito inaugural me devolvió por entero a mí misma. ¡Tú!, clamó, y en ese instante supe que él había vuelto a nacer en mi vocabulario y yo había vuelto a ser yo

[Cuaderno de ficciones, página 42]

3 de junio, miércoles | Parábola del mal samaritano



Me entrego solo a aquello que destruyo

Pierre Emmanuel

  

Así como lo veo yo, la cuestión es la siguiente. El caminante avanza por un sendero invernal. A cada paso que da, la hojarasca crepita bajo las botas. Lleva buen ritmo. El fragor que provoca anula el resto de sonidos del bosque, pero no le importa desatender el canto de algún pájaro que tampoco es capaz de identificar. Lo único que persigue es mantener la cadencia de la marcha. No quedarse por detrás de su determinación. Al atravesar un claro, en cierto punto, descubre a lo lejos la figura de otro viajero, pero no está erguido, como él, sino tumbado sobre la hierba que crece en un poco pronunciado talud. Se ha colocado la mochila bajo la cabeza, a modo de almohada y los ojos cerrados parecen indicar que está dormido. Si el caminante continúa su marcha, es muy posible que despierte a quien aprovecha el silencio para descansar. Pero no me corresponde a mí tomar esa decisión de continuar o de emprender un rodeo a través del bosque para no producir ninguna molestia. Yo soy, en este ejemplo, siempre quien está durmiendo, mi compromiso se limita a continuar así de ignorante o a despertar.

         No puedes acusarme de incumplir mis promesas si de repente me desvelo y al abrir los ojos con mi gesto afeo el alboroto que montan tus botas al caminar. En una pareja, siempre hay uno de los dos que perturba y otro que duerme plácidamente. Si este no se despabila, la perturbación tampoco existe. Si el caminante decide no modificar su ruta y atraviesa por delante de quien dormita sin que el otro se alerte, es lo mismo que si no hubiera pasado nunca por ahí. A su hora, abrirá un ojo, luego, el otro y se dirá a sí mismo «necesitaba este descanso». Alzará la mochila hasta su espalda y reanudará su vida en el mismo punto donde la había dejado al sentirse agotado. Tal vez incluso beba unos sorbos de la cantimplora y al sentir un ligero apetito apriete con una mano la bolsa donde guarda un bocadillo como vitualla. Que se lo zampe o no en ese instante resulta indiferente para el caso que estamos analizando. Si fuera yo quien soy, el recién espabilado, puedes estar segura de que no me hubiera levantado del talud hasta no dar cuenta de las provisiones. De todas las provisiones. Para con ellas tomar fuerzas y alcanzarte. ¿Y qué hubiera pasado entonces?, pues nada. Nada de nada. ¿O sí? Te abrazaría.

         Es como yo lo veo, un ir acercándonos; sin embargo, tal como tú explicas las situaciones, en cualquiera de los dos casos, la distancia entre tu itinerario y el mío aumenta sin cesar. No me habrían alertado tus pasos ni me hubieran causado ninguna molestia, pero en lugar de sentarte a esperar que me despertara por mí mismo, has seguido caminando y no solo estás ya lejos de mí, sino lo que es peor, sigues alejándote en cada conversación que mantenemos. Es posible que tus pasos no levantasen ningún rumor sobre las hojas secas, taimada como eres en todas tus maniobras, pero eso no quiere decir que no pasaras por delante de mi sueño y trataras de no desvelarlo, quizá avanzando de puntillas. El engaño sería entonces más patente, por oculto. Y más doloroso si en ese instante lo descubriera. Y al abrir un ojo, como quien no quiere asistir a ninguna prueba con las que nos examina la vida de pareja, de repente te viera caminar entrelazada con alguien que no soy yo, acaramelados los dos, queriéndoos entregar el uno al otro en cada uno de los gestos que os regaláis. Los dos muy juntos, buscando un recodo del camino, pero no para dar un rodeo, sino para esconderos de mí. Y si eso ocurriera así, ¿qué despertar sería el mío? ¿Cómo podría continuar el camino, después, que recorremos juntos?

         Bueno, no es más que simple un ejemplo. Los ejemplos no son una crónica, no se construyen con datos reales, sino solo con parábolas. Es hablar por entendernos mejor así, metafóricamente. Qué más da quién haya sido infiel con quién. Quién ha perturbado el descanso de quién. No pongamos nombres a los personajes. Veamos solo cómo se comportan. Ya sé que el desleal he sido yo. Pero tú eres quien no admite que levanta un ruido infernal por el camino cuando avanza, la que se queja en todo momento de mi comportamiento inadecuado. Ya lo he admitido. Ahora descanso sobre un pequeño talud de la vía que compartimos y por eso soy yo el durmiente. Y tú la que me despierta una y otra vez, atravesando por la senda con tacones de bailadora sobre una plataforma de madera. Por eso, cuando te acercas a mí, que descanso tumbado sobre la hierba, deberías aplicarte el cuento, el cuento original, y abandonar la pista de hojarasca y en silencio dar un rodeo sobre todo lo que ocurrió y el que tus malas artes descubrieran que me había echado a dormir en nuestra relación, y sin levantar la voz aparecieras al otro lado, justo cuando yo emprendía de nuevo el camino, para así juntarnos de nuevo y seguir como siempre, de la mano, sin alharacas, los dos hacia delante, reconstruyendo al unísono aquello tan valioso que estaba sobre la mesa y una corriente de aire ha empujado hasta el borde y ha dejado caer al suelo, sin que se rompa nada, ni un solo añico, solo si tú eres capaz, claro, de no despertarte mientras cruzo por delante, aunque crepiten mis pasos. 

[Cuaderno de ficciones, página 41]

5 de mayo, martes | POÉTICA DEL PARQUE


los árboles son ángeles

Menna Elfyn

A veces veo cómo abandona el parque un niño que llora. Levanta los guijarros con la punta del pie que se niega a caminar mientras la madre lo arrastra por el sendero. Aún el anochecer ni siquiera se ha insinuado y no entiende que ya sea la hora de irse. Contrariedad que comprendo bien, porque tampoco es para mí la hora de llegar. Sin embargo, estoy sentada en un banco del paseo central y lo veo pasar por delante de mis piernas cruzadas, sin medias. Al poco se marchan, en grupo, las niñas y los niños que jugaban con el que se ha ido a rastras. Los acompañantes pasan primero, sumidos en arduas conversaciones de adultos, como un rebaño que pastorean, por detrás, los pequeños. Brotan de la nada, más tarde, los adolescentes. En grupitos dispersos de chicos solos, silenciosos, como enfadados unos con otros, y, entre estos, dos o tres muchachas que caminan muy juntas, riéndose en exceso y dándose codazos. Los chicos me dan igual, pero a ellas me quedo mirándolas hasta que desaparecen pasados los columpios. En sus mejillas encendidas luce una promesa que hace tiempo he perdido y, sin embargo, no añoro. No es posible ya regresar a la ignorancia.

         Viví enamorada una época, lo confieso. Creo que me precipité. Es algo que nadie explica en su momento y hay que aprenderlo desde el suelo, cuando ya se ha tropezado. Pude limitarme a como era al principio. Ir al cine, al centro comercial y, al caer la tarde, dirigirnos hacia el parque y permitir que acariciara mi mano con la suya. También observo cómo pasean por aquí las parejitas más jóvenes, siempre sonrientes. No saben muy bien qué contarse, y no se me escapa que lo poco que hablan se lo van repitiendo entre los dos como una salmodia. Es el cuerpo quien habla por ellos desde las distancias, reducidas a lo milimétrico, pero siempre presentes. Qué gracia tienen estos noviazgos primerizos, que anhelan, como yo, la discreta umbría del parque. Se miran a los ojos sin cansarse y su quietud, respetuosa y tan estudiada, entrega el protagonismo a sus cuerpos, que son los que hablan por ellos. Tampoco necesito charlar con mis amantes fortuitos, cuando llegue la medianoche y haga mucho rato que los enamorados se han ido. De nuestro encuentro solo emana un silencio que con cada gesto se hace más profundo.

         No sé si voy a tener paciencia para permanecer sentada en este banco hasta entonces, viendo pasar, según las horas, los habitantes del parque que también he sido. A la hora de estar en casa para la cena, con la primera oscuridad, me levantaré y saldré a las calles. En esta zona hay un bar tras otro, ni siquiera es necesario decidir, el azar mueve los hilos siempre con precisión. Estuve enamorada durante años. Fue el peldaño siguiente, cuando ya dejamos de venir al parque porque disponíamos de piso propio. Así lo contemplé entonces. No me di cuenta de la contradicción de haber llegado al final de la escalera justo cuando empezaba a subirla. No advertirlo aumentó la catástrofe. La vida es mucho más larga que el amor, al menos en mi experiencia, pero nadie me lo había advertido.

         El parque está dividido en tres zonas. En la primera aprendí a caminar, sobre la gravilla del paseo central, primero, y después correteando por los parterres de una hierba que acogía con dulzura mis tropezones. Es lo que me han contado en casa, tantas veces que hasta tengo la impresión de que me acuerdo. Y en el pensamiento me lo sigo repitiendo cada vez que entro, ahora que es posible que ya sepa caminar, pero no descarto ningún tipo de tropezón. Me digo a mí misma: aquí diste los primeros pasos. Posiblemente ocurriera el primer llanto tras caerme de morros contra la hierba, por blandita que fuera. Más tarde entregué, y recibí, los primeros besos. Y a partir de entonces, ni sé cuántas vivencias más se inauguraron en el parque. Después aparece la zona de juegos infantiles y la plaza central, que cada tarde se convertía en el campo de fútbol de los niños, y aún sigue así, resulta complicado atravesarla sin recibir un balonazo. Las niñas preferíamos la tercera zona, en la parte superior, una umbría casi boscosa con senderos más estrechos y bancos perdidos. Allí empezamos a jugar a papás y mamás, entonces sin papás, que estaban dándole patadas a un balón, y ahora es como si continuara el mismo juego y de idéntica forma, pues de ellos solo comparecen sus sombras.

         Me perdí en la zona de umbría en el parque una noche aciaga. Dolida por el feo que me acababa de hacer la vida. Ni siquiera creo que fuera culpa del joven del que me había enamorado. Sin duda entendió mejor que yo la teoría de los escalones, y habiendo subido el primero, la escalera sin un segundo peldaño se le hacía corta. Y se fue hacia lo desconocido, y yo, desazonada, me vine al parque. No sentí miedo. Era donde prefería ocultarme cuando juagaba de pequeña al escondite. Y más tarde, donde ensayaba maneras de dejarme besar. Fue una noche de marzo, aún hacía frío. Se me acercó un tipo, tal vez algo mayor que yo. No sentí ni un ápice de miedo. Recuerdo que me hablaba con una ternura extraña para el contenido de sus palabras. Le seguí sin más hasta la zona más boscosa. Me acarició como si estuviera acostumbrado a hacerlo cada noche. Enseguida me di cuenta de que había cometido el error de vestirme con pantalones. No me importó quitármelos. Los había dejado caer al suelo, pero se agachó, los recogió y tras doblarlos los dejó con delicadeza sobre el respaldo de un banco próximo. Esa noche nos escondimos entre los troncos de dos árboles muy juntos. Siempre que puedo regreso a ese mismo lugar, acompañada por una sombra diferente en cada ocasión, cierro los ojos y los árboles de alrededor se convierten en los ángeles de la ausencia de mí misma en todo cuanto emprendo. 

[Cuaderno de ficciones, página 40]

2 de abril, jueves | BALADA DEL MAQUINISTA DE CERCANÍAS



En el ascensor pienso en la hacienda,

en la hacienda pienso en el ascensor.

Carlos Drummond de Andrade


Hubiera quedado mejor empezar diciendo que iba enfundado en el uniforme ferroviario, pero lo cierto es que caminaba vestido de cualquier manera, con unos tejanos sucios y una camisa elegida para concurrir al campeonato mundial de lo anodino. Sabía que era el maquinista porque lo había visto dos veces salir de la cabina, en la cabecera del tren, pasar por delante de mí sin mirarme, detenerse en el baño y entrar a continuación en el otro extremo unos minutos antes de que el cercanías volviera a irse. La tercera vez que lo veo recorrer el andén, no solo me mira, sino que se acerca a mí, señala una pegatina de un concierto glorioso que luce en mi maleta desde que era adolescente, y me dice: «No voy a negar que cuando veo a alguien correr desde las taquillas y llega mi hora, no me importa darle con las puertas en las narices, hasta le dedico una sonrisa por el retrovisor, pero lo que nunca me había ocurrido aún era que alguien perdiera el tren dos veces, y no le importara perderlo una tercera, ¿o es que no confías en que alguien que también estuvo en el concierto de los Smith pueda encaminarte a tu destino?». «En el andén tampoco se está tan mal. Se vive aireada», le respondo, por decir algo. Y también le sonrío, como si hubiera presionado la palanca de cerrar las puertas y le hubiera dejado al maquinista con la nariz atrapada entre las gomas. 

No sé si es la cita de los Smith o el aburrimiento de mí misma lo que me impulsa a levantarme del banco corrido de la estación cuando me invita, con gesto de niño haciendo una diablura, a que viaje con él en la cabina de conducción. Propuesta que es como si entendiera, pero no comprendiese, porque me levanto y arrastro la maleta por inercia detrás de él, que saca una llave muy extraña del bolsillo y abre una portezuela por donde nunca entran viajeros. En el interior, de repente despierto de un sueño aburrido dentro de otro más vistoso. «Tendrás que ir sentada aquí. No es cómodo, pero resulta entretenido, ya verás». A través del parabrisas, delante, solo consigo ver la vía, de momento quieta, por la parte más o menos limpia, el resto del cristal echa de menos un buen enjabonado. El cuadro de mandos, debajo, también me llama la atención, lleno de relojes y de botones. Los miro como una tonta y en eso creo que me convierto: «¿Dónde está el volante?». Su risotada casi me asusta. «Es lo único que no hago, girar; para eso están las vías». Y me quedo pensando si no me estará dando el maquinista sin gusto por las camisas una súbita lección de vida. 

A la hora, cinco trenes después del que tenía previsto coger para ir a la casa de mi madre, el maquinista inserta una llave y se encienden luces y lucecitas por todas partes, acciona una palanca y el tren empieza a moverse solo, sin siquiera arrancar un motor, y enseguida a coger velocidad. Me explica cómo funciona la línea. Se la reparten dos unidades, salen de los extremos y se cruzan a medio camino. Le pregunto si no está muy harto de pasar por las mismas paradas tantas veces y, astuto, me responde que es un poco más entretenido que pasar sentada la jornada en el mismo andén. «Touché», me digo, sin pronunciarlo. Y sin haberlo pensado, ni siquiera haber tomado la decisión de hacerlo, empiezo a contarle que a lo más que he llegado en mi vida laboral es a alquilar un apartamento minúsculo en la ciudad. Casi un estuche: recibidor, estudio, comedor y cocina en un cuadrilátero, una habitación donde solo cabe la cama y una mesita y baño unipersonal. Se ríe: «Como todos los baños».  Sonrío: «Depende».

¿Por qué empiezo a explicarle cómo me siento en el interior del cubil donde vivo si solo mirar su camisa ya me deprime? Tal vez lo haga, ahora que caigo, porque no me mira hablarle. Solo tiene ojos para la vía y eso de repente me relaja. Como cuando me confesaba de niña; no me costaba hacerlo porque le hablaba a una celosía. No sé de dónde viene esa afición a decirme cosas a mí misma delante de un desconocido. ¿Será que nunca me he acostumbrado a vivir sola? Me vine a la ciudad por salir corriendo de casa de mis padres, y nunca he sido capaz de celebrar aquella victoria personal. Se me caen las paredes encima. Hablo sola. Como ahora, pienso, pero no lo expreso. Me muero de miedo a cualquier hora. Soy un chollo para mis compis, que les cubro todas las necesidades de horario que les surjan, cualquier día en cualquier franja. Con tal de no volver a mi pisito, no ficharía nunca de salida. Vuelve a reírse, no de lo que digo, sino de su chiste: «¿Sabes qué? Voy a enseñarte a conducir el tren para cuando me dé pereza madrugar». De nuevo sonrío: «No es mala idea, esto es más distraído que el supermercado». 

Mis padres solo me sugerían que pasara con ellos los festivos de Navidad. Luego falleció padre. «Lo siento», dice, cortés. «Gracias», le sonrío. Pero mi madre insiste para que vaya en vacaciones, y cuando voy, que vuelva algún fin de semana, y ahora ya me pide que vaya todos los fines de semana que libro. Como este. «Que estabas dispuesta a pasar en el andén», remata. Y yo, como una tonta, me justifico. Es que mi madre me agobia. Por aquí, por allá, siempre pendiente de mí. De que hagamos cosas, de que vea la tele con ella. Yo qué sé. Y pasan las horas y descubro que he perdido el fin de semana a lo tonto, y aunque no es diferente a lo que haría sola en la ciudad, me pongo de malhumor, le llevo la contraria, discutimos, y vuelvo al trabajo más derrotada de lo que había salido de mi apartamentito. Y en estas que llegamos al día de hoy. Me he sentado en el andén y me he cogido por la solapa, y me he dicho: «A ver, muñeca, y tú dónde quieres pasar tu preciado fin de semana, sola en casa o sola en la casa de tu madre». Como el debate era arduo, me he sentado en un banco del andén a dirimirlo. Y en esas estaba, abriéndome el pecho en canal, cuando alguien se ha fijado en la pegatina de los Smith y me ha salvado de perder el último tren. Y mi maquinista, tan despierto como lo pinto, de repente despierta: «Oye, ¿en qué parada dices que te has de bajar?». «Ya han pasado dos, pero no te preocupes, no hace falta que vuelvas atrás solo por mí, puedo bajarme cuando circulemos de regreso, que ya me he aficionado a esto y la vía que circula por el otro lado aún no la conozco». 

[Cuaderno de ficciones, página 39]


11 de marzo, miércoles | DISPUTAR UNA FINAL



Nada de lo que hacemos 

es una siembra que brote después de nosotros.

Hilde Domin

Regino ha muerto. No puedo afirmar que lo escuchara así de claro, con estas palabras, a veces las noticias se transmiten con expresiones y sobrentendidos. Además, yo era un niño entonces y nadie pronunciaba según qué cosas delante de un niño. Iba y venía de la escuela por el mismo camino a diario y al menos cuatro veces pasaba delante de su casa. Sin saberlo, claro, la suya no era nada más que una vivienda más en un recorrido que conocía tan bien como ignoraba a sus pobladores. No solo por quién habitara en cada morada, sino sobre todo qué significaba el hecho de que hubiera personas viviendo en aquel lugar y no en cualquier otro.

         Regino era el único nombre propio que conocía. Me cuesta evocarlo, porque no sé si recuerdo lo que en realidad ocurría o lo que me he ido contando a mí mismo desde entonces cuando no quería olvidarlo. De hecho, tener un nombre como punto de partida ya es hacerlo con un pie en tierra. Pero el otro pie, lo cierto es que no sé dónde está, si en el aire o enterrado. Regino vivía solo, creí siempre. Era un hombre atildado. Salía a la calle como quien va a un bautizo. O a una primera comunión. No digo a una boda, porque a las bodas va la gente disfrazada. Él solo iba de domingo, aunque fuera martes. Era delgado y hablaba sin acento, como los maestros que venían de fuera del pueblo a dar clase. Se sentaba en un banco de la plaza donde nosotros, la pandilla, íbamos de vez en cuando a jugar al escondite.

         Que acabáramos tropezando con él era de cajón. Por más vueltas que le dé, sin embargo, no consigo determinar cómo ocurrió el encuentro. Solo me recuerdo, en muchas ocasiones, sentado en el suelo, con mis compañeros, todos alrededor de Regino, el único que ocupaba el banco de la plaza. Nos hablaba desde una tribuna. No digo desde una tarima a propósito, porque los maestros se subían a una en cada clase y desde allí hablaban, como Regino, pero no contaban las mismas cosas ni tenían para nosotros el mismo interés. Con el tiempo, cuando se hizo común ver la televisión en casa y no solo en el Casino, descubrí lo que era dar un discurso desde la tribuna de las Cortes y pensé que ese exactamente era el lugar desde el que nos hablaba Regino. Sobre todo, porque aquella era la manera de explicarse, como quien da un discurso a la nación. Los maestros se quedaban en monaguillos al lado del obispo.

         Le escuchábamos encandilados. Cada frase nos abría un universo. Cada incógnita nuestra se convertía en una lección que lo aclaraba todo. Incluso cuando desconocía la respuesta a nuestras inquietudes, aprendíamos cómo buscarlas por nosotros mismos a imagen de cómo él le daba vueltas a los asuntos hasta que descubría el hilo que le conducía hasta lo que ocultaban. Se nos pasaba por alto celebrar el partidillo diario en el descampado que había detrás de la plaza, y que hoy es un supermercado y un aparcamiento. Si algo le podíamos recriminar ahora a Regino era eso, que truncó la carrera de futuros futbolistas que teníamos todos en mente. Ya no nos importaba ser los que metíamos más goles del colegio. Y mucho menos los que meteríamos cuando fuéramos profesionales. De eso nos olvidamos en cuanto le conocimos y pasó a compartir sus inquietudes con los chiquillos de pueblo que éramos.

         Unos días nos hablaba del cielo. Donde, si mirábamos, éramos incapaces de ver nada en concreto, nubes a lo sumo, Regino nos explicaba lo que se sabía entonces del universo, de las galaxias, del sistema solar y nos enseñó a distinguir con sus nombres, que he olvidado ya, cada uno de los tipos de nubes y la razón de su forma. Otras tardes, recitaba versos de memoria. Le preguntábamos si eran suyos, de lo hermosos que nos parecían, y se reía. Nunca supimos qué significaba esa sonrisa. El caso es que nombraba a los autores, y autoras también, de los poemas, después de decirnos su título, y como ninguno nos sonaba de nada, barruntábamos que lo hacía por no darse méritos, pero los había escrito él. Porque aquellos recitales que hacía de memoria, de repente, hablaban de la vida en el pueblo, describían sus campos, las veredas y desvelaban, o eso nos parecía, el pensamiento de los paisanos. Incluso los nuestros más secretos.

         Bastaba con verle aparecer por la plaza para que en el baldío se acabara el partidillo. Corríamos a sentarnos alrededor del banco donde se sentaba. Como si fuéramos su clase, pero no como nuestra clase, que no callábamos ni con la cabeza sumergida en un barreño, como solía decirnos el maestro, sino otra clase ideal, de niños ideales a los que les gustara aprender cosas. Que no éramos en absoluto nosotros, pero que nos transformábamos en ese milagro, como hubiera reconocido, si nos hubiera visto, el maestro de las mañanas. La clase de la plaza empezaba por nuestras preguntas. La primera, cada tarde, era: ¿está casado? ¿Tiene hijos? ¿Cómo se llama su madre? ¿A qué colegio ha ido? El Piernas hasta le preguntó cómo se ganaba la vida para vivir en una casa tan buena. Solo después de escucharnos, porque nuestra energía nos impedía callarnos después de formular la pregunta, y a continuación la respondíamos nosotros tras la coletilla de «pues a nosotros nos parece que» y ahí nos inventábamos su vida sin que nunca se enfadara con las tonterías que se nos llegaron a ocurrir. Una vez reídos, esto lo decía Regino, vamos a los asuntos interesantes, y nos preguntaba: ¿sabéis por qué existen mareas en los océanos? Silencio absoluto. Solo el Piernas respondía: «No, pero nos gustaría saberlo».

         Regino ha muerto. No recuerdo mayor bofetada de la vida que esa frase que se la oí de refilón a un mayor. El caso es que no apareció nunca más por la plaza. En el descampado regresaron los campeonatos del mundo de fútbol. De vez en cuando, cansados y aburridos de nosotros mismos, nos sentábamos en el suelo alrededor de su banco, ahora vacío, y tratábamos de recordar alguna de sus lecciones. Pero acabábamos peleándonos. Unos decían que había dicho tal cosa, y la otra mitad había oído lo contrario. Al poco nos hartábamos y cada uno se iba a su casa con su propio recuerdo de Regino, cada día más borroso y más distante.

Por mi parte he mantenido todos estos años devoción por aquellas charlas. Incluso un día, al poco de jubilarme, me vestí con traje y corbata y fui a sentarme en la plaza, frente al supermercado. Ahora hay columpios y una fuente y una estatua muy fea que prefiero no mirar demasiado. Tenía la esperanza de que algún grupo de muchachos, de los que fuman a escondidas tras los setos, se me acercara y pudiera contarles algo de lo que he aprendido en una vida de profesional de la fontanería. Sé cosas sobre la electricidad, por ejemplo, que estoy seguro que encandilarían a un grupo de chavales. Pero no se acercó nadie. Insistí otras tardes, vestido del mismo modo, hasta que un día tres mozalbetes se me quedaron mirando, con curiosidad. Les sonreí. Se acercaron. Les dije que me llamaba Regino, aunque no fuera ese mi nombre. Se echaron a reír. «Regino —me dijo uno entre risotadas—, danos un cigarrillo». Les informé de que no fumaba y que eso tampoco era conveniente que lo hicieran ellos a su edad. Ahí estallaron los tres en una sonora carcajada y se dieron media vuelta para irse, pero antes uno espetó: «Entonces no sirves para nada». Y ya desde lejos, apostillaron su huida con un término que me dejó perplejo. Me llamaron: «Pervertido». Entonces pensé que por fin comprendía el significado verdadero de la frase que oí de niño a alguien que susurraba que Regino había muerto.  

[Cuaderno de ficciones, página 38]

3 de febrero, martes | LAS NARRACIONES


El enemigo más solapado es la actualidad

René Char

La primera vez que nos citamos para conversar en un café, solos, al poco de conocernos dentro del grupo excursionista del barrio, y aún sin ninguna perspectiva de noviazgo, al menos por mi parte, me lo contó. Nos sentamos en una mesa de mármol, redonda, más bien escasa, donde apenas existía espacio para las dos tazas vacías y las dos teteras con las infusiones que habíamos pedido. De la mía no me acuerdo, pero en la suya humeaba un té verde, una bebida que me pareció muy adecuada para la ocasión. Me temo que la mía fuera un poco más prosaica. Una manzanilla o un poleo, tal vez. La tarde, debió de ser en mayo o en junio, era ya capaz de estirarse casi lo que se le pidiera, en plena adolescencia del año climático. Se había puesto una camisa clara y la chaqueta de punto la había dejado sobre el respaldo de la silla, bien puesta. No consigo recordar, sin embargo, si aquel día elegí una falda o recurrí al pantalón de diario. Lo cierto es que hasta después de que me lo contara no había despertado en mí aquel chico ningún tipo de interés.

         No sabría decir desde qué momento fuimos novios. En las películas había visto que eso se pide e incluso se celebra la petición en el calendario. No es que lo esperara y me quedase esperándolo, en absoluto, me gustó ese ir construyendo la relación día a día. Y al vernos, presentir que el beso de la víspera daría un paso al frente, aunque ignoraba aún cuál sería. Esa incertidumbre dejaba sobre la pequeña hoguera encendida gruesos troncos de árbol seco. Así que, sin decírnoslo, un día ya éramos novios y caminábamos por la calle de la mano. Y los domingos por la tarde íbamos juntos a un tipo de local que desconocía. Lugares muy tranquilos, en calles laterales, donde nunca había entrado, claro, porque solo acudían parejas. Atendía un único camarero, que se manejaba con una pequeña linterna. La oscuridad era el ambiente más apreciado. Los sillones donde nos sentábamos se daban la espalda unos a otros y la música que sonaba era dulce y melancólica. Solo lentos, claro. Había una pequeña pista en el centro donde habitualmente no bailaba nadie. Y sobre ese vacío, una bola de espejos que reflejaba luces tan tenues que apenas conseguía iluminarse a sí misma. En aquella intimidad de dos personas solas en el tiempo y en la ciudad me contaba lo que le había ocurrido y todo lo que durante la semana se le había pasado por la cabeza. A veces eran nimiedades, pero por trivial que pareciera lo que me explicaba, nunca lo consideré menos significativo de la ilusionante navegación que había emprendido nuestro noviazgo. Lo que me explicaba, allí entre sombras y caricias, era el combustible que daba alas a nuestra aventura.

         De repente, me veo una tarde de domingo repantigada en el sofá. El televisor entretenido consigo mismo. La luz agarrándose a los visillos para no ser engullida por el torrente de las horas. Ya no hay excursiones, como al principio. Fue hacernos novios y abandonar aquellas conversaciones multitudinarias en círculo alrededor de una pequeña y humeante hoguera. Pero tampoco han sobrevivido las tardes en la cueva amorosa de escasa luz. Desde que hemos alquilado entre los dos este cuchitril, aquella intimidad pasó a los cajones de la memoria. Ahora nos aloja otra, menos ensimismada. La encauzan las pantallas de todo tipo. Y aquí en el sofá engullimos una serie, atiborrándonos a capítulos. Sobre la mesa baja, de cristal, se acumulan las cervezas que bebemos. Incluso algunas mías, aunque nunca he conseguido que me gusten. Los dos, en chándal. Y zapatillas. Los primeros días compartir la vestimenta de la vida cotidiana incluso me emocionaba. Ahora me agobia un poco, la verdad, esta ausencia de necesidad de arreglarse durante los fines de semana.

Conforme avanzan los meses, algunos nubarrones van cargando mi optimismo. Aunque me negara a verlos, primero, o cuando los vi, no supiera desentrañarlos. Cuanto hacemos en nuestro piso también es iniciativa mía y me gusta hacerlo. Me ha costado un tiempo averiguar qué ocurre en realidad. Tras la retahíla de episodios, me levanto y apago el televisor. Regreso al sofá. Está contento. Habla. No es una situación desagradable, en absoluto. No sé qué está contando. Pero siento cómo lo que sea de lo que hable me va empujando hacia mi interior, como quien busca introducir un plástico con múltiples dobleces por el cuello de una botella. Ahí dentro siento que me quedo y desde el interior le oigo seguir hablando. Que si lo que está pasando allá, que si lo que dijo, fíjate, el impresentable del ministro, que si el debate en el Parlamento, que si las elecciones no sé dónde, que el otro día a tres paradas de metro de aquí, que si saca un nuevo disco… como si una botella pudiera comunicarse con otra, atravieso sus cuellos, cada vez más estrechos y yo en ellos, cada vez más sorda y ciega. Con una sordera que no construye el silencio, sino el soliloquio inane de las noticias en las que ni suya ni mía descubro implicada ni siquiera una partícula de sentido. 

[Cuaderno de ficciones, página 37]

12 de enero, lunes | CUARTO EN PENUMBRA



o toca su propia sombra

para comprender que no es nada

Jennifer Clement 

El primer regalo de aniversario que me he hecho, nada más independizarme de la familia, ha sido un galán de noche. De madera barnizada color caoba y barras doradas. Cuando llego, siento que se queda ahí colgado el cansancio del día. Los pantalones los doblo por la línea de tiro para que las perneras caigan rectas, coloco la camisa bien estirada en la percha y encima, con mucho cuidado, la chaqueta del traje. En la bandeja, la cartera y el monedero. Se diría que reconstruyo con mi ropa una réplica de mí mismo, que se queda en silencio, cuando le doy la vuelta al disco y en chándal paso a ser mi cara B. ¿O seré en casa la cara A?

No suelo preguntármelo a menudo, porque ya sé de antemano cuál es la respuesta. Solo vestido de calle puedo ir a los lugares que moldean mi existencia: la oficina, el restaurante del paseo, los bares de tarde. En casa, juego, vagueo y duermo, es decir, dilapido el tiempo. Esta es la razón por la que el galán de noche resulta tan importante para mí. Los jugadores entran en el vestuario en chándal, con auriculares en los oídos y gafas de sol, y solo cuando encuentran en el banco, frente a su número, perfectamente doblada la camiseta que van vestir se transforman en futbolistas. Es lo que me ocurre a mí cada mañana. Tras pasar por el baño, encuentro delante la ropa que me ha de convertir en el que soy.

Durante una época creí, como todos, que completaría mi yo con mi media naranja, cuando la encontrara. El amor tiene detrás un sistema publicitario asombroso, qué duda cabe, lo he buscado con ahínco desde la adolescencia, pero no admite un mínimo análisis realizado con rigor. Partamos de este mismo momento, recién levantado. Es hermoso hacerlo en pareja, no lo dudo, aunque su belleza resulta efímera. Unos minutos antes de vestirse y salir pitando, siempre atrasado. Y anodina. Solo vestido y en la calle, la vida se completa. La auténtica media naranja de un ser humano es el presupuesto del departamento que dirige. Eso es lo que le concede durante doce horas al día ser quien es. El resto de horas las consume el móvil, la televisión y el sueño. Es decir, lo insustancial de la vida.

Con el presupuesto que tengo hago y deshago. Contrato y dejo con la miel en los labios a quien me importuna. Proyecto y realizo. Mi pensamiento modifica la realidad. Que algo exista o no exista solo depende de mí, si los fondos atribuidos a la sección que dirijo me respaldan. Una persona es lo que es capaz de hacer con su trabajo, pero un trabajo rinde solo cuando las partidas atribuidas se corresponden con los proyectos. Por eso mi galán de noche, lejos de ser un mueble de cierta utilidad para mantener en orden los objetos, es la gran metáfora de mi auténtica pareja: la gestión de gastos e ingresos. La vida carece de otra esencia.

Mi galán de noche soy yo en estado de reposo. Es la tregua que me doy a diario, antes de volver a empezar. No necesito otra compañía. Vaya, veo que me ha salido por casualidad una idea perspicaz: la única compañía verdadera es mi Compañía. No necesito novia, los amigos son otra pérdida de tiempo; las aficiones, un engañabobos. Nada de eso echo de menos. ¿Para qué necesitaría una novia si salgo al amanecer y regreso al anochecer? Mi hábitat natural es mi despacho. Sé que queda muy bien un marquito de plata con un rostro sonriente sobre la mesa. La retórica es la perdición de la sociedad. Y otro marquito al lado de tipos fondones disfrazados de futbolistas en un partido previo a una costillada… que ocurrió hace diez años. La añoranza es una trampa mortal para espíritus despiertos… que se duermen.

Desconectar un instante y conectar de nuevo lo más rápido posible es el único juego sensato de la vida. Y para descansar no se necesitan actividades que también cansen. Es una obviedad. Me visto el chándal cuando regreso a casa y me tumbo en el sofá a verme a mí mismo cerrar los ojos. Luego me sobresalto y los ojos se me abren de repente como platos. Miro las paredes de mi piso, las cortinas que no vale la pena abrir porque fuera ya está oscuro, el televisor apagado, el tocadiscos en silencio, el portátil doblado sobre sí mismo. Es mi territorio inútil.  Nada hay que me reclame. Pongo un pie sobre el reposabrazos del sofá y el otro se queda en el aire, sobre la alfombra. Con un brazo me sostengo la nuca y con el otro me palpo la barba que no me apetece aún afeitar. De reojo miro, a través de la puerta de mi habitación, el galán de noche vestido con lo único que sé que es mío. Está a unos metros, podría ahora levantarme y vestirme para reconocerme como yo mismo, pero si no lo hago y me quedo aquí tumbado, como se tumba una sombra en el suelo frente al cuerpo que la proyecta, entonces, ¿quién demonios soy ahora? 

[Cuaderno de ficciones, página 36]


11 de diciembre, jueves | YO



y siento nostalgia de mí mismo y me echo de menos

de ahí que sin cesar me llame por teléfono y me cuelgue

Józef Baran 

Lo que voy a contar aquí no tuvo instante de inicio como se relata de las catástrofes, ni goza de una fecha para ser recordado, ni siquiera se puede afirmar con verosimilitud que ocurriera. Pudo ser su origen, y entonces hubiera merecido día e incluso hora, aquella lejana visita al otorrino donde me llevó mi madre, de chaval, sospechando mi sordera. El médico me hizo las pruebas al uso entonces y en la siguiente visita, delante de mi madre, puso cara de imbécil y le dijo que no entendía el motivo de su preocupación. Que aquel niño que le había traído a la consulta carecía de cualquier deficiencia auditiva, es decir, que oía perfectamente. Y mi madre, desolada con lo que escuchaba, como quien manda un telegrama de socorro, quiso rebatir el diagnóstico: «¿Entonces por qué no me oye cuando lo llamo?». Y el médico, igual que si se tratara de un campeonato de ping pong, la remató con un golpe ganador: «Llévelo al psicólogo». Y ahí se acabó todo, por fortuna mi madre nunca le tuvo fe a la psicología.

         Durante un tiempo yo mismo creí que el problema se reducía a que no me gustaba el nombre que mis padres me habían puesto al nacer. Quizá porque era también el nombre de mi abuelo. Ernesto. O porque hubiera otros Ernestos en el colegio con los que me disgustara compararme. Razones para pelearse con un nombre sobran en todas partes. Pero admiraba a mi abuelo y solo había otro Ernesto en el colegio, un chico mayor que había ganado el campeonato escolar de ajedrez. Tal vez por esa coincidencia, al ser el Ernesto de quinto grado una celebridad, en clase pasaron a llamarme Néstore, por un ejemplo de anagrama que puso el profe de lengua de turno un día que no tenía ganas de explicar sintaxis. Y Néstore fue una revelación, me encanta. Estaba seguro de que si algún día tenía un hijo, se lo pondría. Aunque, me llamaran con mi nombre o con mi apodo, seguía sin darme la vuelta para responder. Todo lo que se refería a mí, no iba conmigo.

         La adolescencia fue la mejor época de mi vida. Lo que fuera que me pasara le ocurría a mis compañeros. Ellos sí atendían por su nombre, claro, pero ahí se les acababan las certezas. Qué felicidad sentí la tarde que, al salir de clase, estuvimos debatiendo cómo se averiguaba si uno en el fondo era heterosexual,  homosexual o transexual o queer, si su sexo computaba como binario o como impar. No todos estaban al tanto de estos caprichos de la naturaleza, y a la lista de las esencias hubo quien planteó añadir su amor al fútbol. «¿Cómo se llama el que solo es futbolista?», preguntó uno. «¿Futbolero?», le respondía otro, y así. Ahí me di cuenta de que ninguno de mis compañeros se comprendía a sí mismo. Incluso llegué a disfrutar de la ventaja que les llevaba a todos ellos. Yo sí que sabía con certeza quién no era en absoluto: yo. Ni mi nombre era mi nombre, ni mi cuerpo me pertenecía, ni mi vida era el tiempo que pasaba conmigo. Con alborozo intuí que a ellos les ocurría más o menos lo mismo, pero aún no lo habían descubierto.

         Lo triste para mí se reanudó cuando supe que, como los productos lácteos, la adolescencia tenía fecha de caducidad. Y una vez consumida, y puesto a reciclar su envase, comprobé con pavor cómo cada cual salía del túnel, antes o después, con un yo firme y seguro como el forjado de un edificio en construcción. Todos, menos yo, a quien la adolescencia no le sirvió ni siquiera para dudar de sí mismo. Es decir, para recelar de quien no era. De repente me encontré abocado a una vida adulta cuyas dimensiones no conseguía comprender. La que ha llegado hasta el día de hoy sin ofrecerme ni siquiera un mero pacto de convivencia. Continúo sin reconocer mi nombre y apellidos como míos, y ni un solo recuerdo conserva el germen de una emoción sentida como propia. En cierta ocasión me tocó una participación de la lotería de Navidad que había comprado a un vecino por quitármelo de encima, y aunque se trataba de una cantidad respetable, no se me ocurrió ir a cobrarla, del mismo modo que a nadie se le pasaría por la cabeza ir a cobrar el boleto de otra persona.

         La conciencia de la vida adulta me trajo inéditos sinsabores. Por lo que les pasaba a mis conocidos intuía que, tarde o temprano, me enamoraría. Había flirteado antes con algunas chicas, claro. Salidas al cine, a bailar, un fin de semana. Me alentaba comprobar que me interesaba por ellas, que apreciaba su compañía y que a mi yo le habían gustado. Pero se mostraba tan escuálido ese yo que se encandilaba que pronto percibían mi desinterés, que en general lo era por todo, y si te he visto no me acuerdo.  El descrédito del yo resulta corrosivo. La gente a quien odia es a los narcisistas. Por mi parte, cuando me cruzaba con alguno, estudiaba sus hábitos de un modo obsesivo, lo admiraba e incluso pretendía imitarlo. Lo que hubiera dado por quererme solo una pequeña parte de lo que ellos se amaban a sí mismos. Tal vez fuera un error fijarse en este modelo a la hora de mantener una relación, porque si bien es cierto que uno ha de hallar algo bueno en sí mismo, lo que tiene que aprender sobre todo es a querer a la otra persona.

         Ninguna relación anterior, sin embargo, ha tenido nada que ver con lo que experimento cada día desde que me he enamorado. No se puede decir que camine, cuando en verdad vuelo sobre el pavimento si voy con ella, y si ando lejos, cierro los ojos para verla y continúo levitando sobre la realidad. Es un tópico, lo sé. Pero al pensarlo descubro que una de las características del estado que disfruto es vivir lo manido como si ocurriera por primera vez sobre la faz de la tierra. Tan enamorado ando que tarda poco en aparecer frente a mí el dilema crucial: ¿me he enamorado yo o el yo que vive de okupa en mi yo? Lo planteo tal que así y desde entonces no puedo dejar de darle vueltas a la formulación. Me pasma. Nunca antes había atribuido algo a un yo distinto al yo que soy siendo otro. El otro, antes constante presencia en mi constante ausencia, se ha convertido ahora en solo una opción. Entre dos. ¿Habré dado el paso definitivo? El que llevo una vida buscando. ¿Me habré encontrado, al fin? ¿Será este yo, desconocido hasta ahora, mi auténtico yo? Temblando saco el móvil del bolsillo y marco mi número. Y el teléfono suena. Y lo descuelgo. Porque me llama a , el enamorado. 

[Cuaderno de ficciones, página 35]


13 de noviembre, jueves | CRÓNICA APÓCRIFA


La yerba crece en manojos largos

sobre los excrementos de las vacas

Elizabeth Bishop


Me sorprendí a mí misma contando que en la gran ciudad no había quién viviera. «No hay quien viva», dije exactamente la primera vez que me lo preguntaron, aunque lo pronuncié con aplomo de confesión, no como el tópico que es. De ahí que no me costara continuar por la cuesta abajo. Que si me desangraba yendo de un sitio a otro sin hallar nunca un lugar que considerara mío, que si una se olvida de sí misma entre tal exceso de vidas de otros. Las razones que desde entonces doy cuando me interrogan para saber qué hago aquí. Y nunca se agota la curiosidad, como si la respuesta tuviera el poder de descubrir un grial escondido. Nadie entiende que un día abandonara la ciudad rutilante y bulliciosa por este charco de quietud en mitad de las montañas donde salir de casa a pasear se considera otro de los pecados capitales, acaso el más pernicioso. 

Y, sin embargo, nadie cuestiona lo que ha sido para mí el salto mortal más complejo de mi vida, el que me ha llevado a abandonar mi juventud para buscar trabajo en esta residencia de ancianos. Y por ser la última en incorporarme —la que me precedía había cumplido un lustro siendo la Novata, título que he heredado— me han adscrito a la planta de los más longevos y deteriorados por la edad, siguiendo una regla de extraña sabiduría que atribuye a las aprendices los casos más complejos y difíciles. No me quejo. No lo haría el pecador voluptuoso al conocer el círculo del infierno que, de modo coherente, le ha correspondido. Así que no puedo decir que disfrute con mis ancianos, pero no echo de menos las clases en el colegio. Ni tampoco me torturan en exceso las desagradables exigencias de mi nuevo trabajo.

Hay dos abuelos, en especial, que me mortifican y fascinan al mismo tiempo. No quiero anotar aquí sus nombres, por si alguna vez cae esta declaración en manos de sus familiares. Caso de que los tengan, porque hasta el momento no han recibido visita alguna, ni uno, que voy a llamar Noé, ni el otro, que bautizaré Abraham, quien fue en sus inicios, como el viejo que cuido, pastor. Aunque mi Abraham se refiere a sí mismo como ganadero. Si le llamara «pastor» me aporrearía, este término identifica para él la categoría laboral ínfima que atribuía a los empleados que mal pagaba y nunca reconoció legalmente como tales. Y siendo una persona muy religiosa, la religión al parecer no le sirvió ni para apiadarse del prójimo ni tampoco para reconocer la santidad de la palabra con la que insultaba a quienes ofrecía trabajo: «pastor tenías que ser».

Aunque no me ha costado mucho descubrir que por debajo de este término hay otro que pronuncia con un acento aún más injurioso: «labrador». Este es Noé. Ni siquiera el que cultivara una viña, como su referente bíblico, y fermentara después la uva en un vino excelente le valió el mínimo prestigio: «Si no lo haces tú, lo hará otro, que eso lo hace cualquiera». Así sonó durante décadas el estribillo de las opiniones de Abraham. Ambos, como ahora, fueron vecinos. En el pueblo, porque es pequeño, pero sobre todo en el monte. Todas las parcelas que cultivaba Noé, por un costado o por otro lindaban con los terrenos donde pastaba el ganado de Abraham. Los reproches y conflictos habían sido mutuos y constantes. Si Noé le pedía indemnizaciones por los cultivos arrasados por las reses que rompían el vallado, Abraham le denunciaba por pretender envenenar sus rebaños con plaguicidas y fumigaciones. Pero ahora no eran los juzgados provinciales los que almacenaban sus continuas querellas, sino yo quien los atendía a los dos, juntos en la misma habitación de la residencia. Abraham el ganadero y Noé el labrador.

Recuerdo el primer día en el que aparecí en su habitación, recién incorporada a la plantilla, a la hora de levantarse, con el propósito de ayudarles, primero a uno y luego a otro. Eso es lo que pensaba, en mi inocencia. Se me ocurrió empezar por el que tenía en primer término, Noé, que dormía junto a la puerta. La trifulca que montó esa mañana Abraham fue de película. Que si le había relegado. Que si me olvidaba a propósito de sus dolencias. Que si buscaba excluirle de la vida residencial. De lo que enseguida me di cuenta es de que si hubiera empezado por Abraham, Noé hubiera montado la misma escena, porque se me ocurrió sugerir que al día siguiente empezaría por él y enseguida estallaron los dos agraviados por marginación. Tal como había aprendido a hacer con los niños, traté de encontrar un elemento objetivo. Les propuse que procederíamos por orden alfabético. «Excelente criterio», dijo Abraham. «Estoy de acuerdo, pero si usamos los apellidos», añadió de inmediato Noé. El de Noé empezaba por C y el de Abraham por S. Calle sin salida. De hecho, pasaron meses acudiendo cada día a levantarlos a los dos, con protesta asegurada de uno de ellos. La razón resultaba el instrumento más inútil que existe para ordenar la vida de campesino y ganadero. Y levantarles era solo la primera excusa del día para la disputa entre dos ancianos a los que ya había que ayudarles en cada tarea que se propusieran realizar. La única persona risueña a cualquier hora en la residencia me pareció que era la auxiliar a la que mi incorporación había relevado de esta planta.

Como pude me amoldé a la refriega constante. Hasta que un día Abraham falleció mientras dormía. Por la mañana retiré del cuarto a Noé, que se mantuvo absolutamente callado. Los empleados de la funeraria se lo llevaron a mediodía, cambié sábanas y mantas y por la noche el labrador regresó a su cama. Cabizbajo, en silencio. Así permaneció varios días. Una mañana, quizá por animarle, se me ocurrió hacerle un chiste perverso y le dije: «Al final tenía razón yo y el orden que primaba era el alfabético de los nombres», y hasta hice un mohín de sonrisa a continuación. Que no fue secundado. Noé, muy serio y en voz baja me recriminó que en estos asuntos estaba de sobras el humor. Y no le volví a sacar una palabra en el resto del día. Otra mañana, me pidieron que le acompañara a la sala de visitas. Le esperaba el notario y con él le dejé. Imaginé que, asustado por la desaparición de Abraham, quería dejar a buen recaudo sus propiedades, que como las de su compañero de habitación, no eran pocas. Cuando le recogí, Noé estaba aún más desencajado. No le saqué ni una palabra, pero la directora me lo contó al día siguiente. Abraham había nombrado a Noé su heredero universal. Entre los dos se repartían la montaña donde está ubicado el pueblo, al margen de la propiedad de la mitad de sus casas, hangares y cocheras. Noé disfrutó muy poco de su fortuna. Unas semanas.

Acudí a su entierro, igual que había ido al de Abraham, aunque en este caso solo como su acompañante. La habitación la ocuparon de inmediato otros dos ancianos de la localidad, que estaban en lista de espera. Muy amables. Todo era «muchas gracias, señorita; usted primero; por favor; si no le importa, buenos días, buenas tardes, buenas noches». Qué insoportable aburrimiento. Cómo empecé a añorar a mis dos granujas. Aunque no me dio tiempo a pasar al siguiente grado, que es el olvido. En absoluto. A los pocos días se presentó el notario y pidió entrevistarse conmigo. Ahora soy dueña de una montaña entera, donde medio pueblo se gana la vida, y el otro medio habita en mis propiedades y cuento con un treinta por ciento de la residencia, hecho que de inmediato motivó que la directora dejara de llamarme «chiquilla» para tratarme de usted.

[Cuaderno de ficciones, página 34]