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20 de abril, domingo. Jardín de aforismos


¿Qué tendrá el «tiempo» que siendo el segundo concepto más aborrecido por los pensadores, prescindir de su concurrencia conduce directamente al primero?

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Lo que aprecio del concepto de «dédalo» es que relega a segundo término cualquier aspecto temporal.

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Con frecuencia me pregunto qué sentido tiene crear un itinerario en el tiempo. ¿Servirá también para conocerlo?

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Cuando paseo por el parque no sé si soy un vehículo propulsado por gasolina o por electricidad. Los guijarros del sendero, al crujir, me sugieren lo primero, pero la mirada parece enchufada a una batería vegetal. Tal vez sea del tipo híbrido.

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Cuando al conducir por la ciudad encuentro carteles luminosos que indican: «Tal Lugar a 12 minutos» siento una irreprimible tentación de detenerme en una esquina para, doce minutos más tarde, sentirme ultrajado por una mentira.

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No sé qué hacer con la colección de mapas de ciudades visitadas que guardo en una caja de cartón. Cuando la abro echo en falta aquellos de los lugares donde me guio el teléfono móvil.

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Ya tengo título para mi próximo libro: Acontecer y espacio. Ahora puedo empezar a escribir otro.

3, martes. Agosto. Brevedad y tiempo

Ahora una carta electrónica llega mucho antes que el medio más rápido del siglo XX. No se suele pensar demasiado en este cambio de hábitos. El telegrama fue el recurso para las urgencias que se extendió durante décadas. Hace dos o tres años Correos, que aún mantenía el servicio, aunque solo se utilizaba para felicitar cumpleaños, lo cerró. No más telegramas. Un telegrama era un giro de guion: o el anuncio de un premio; o, lo más común, de un fallecimiento. No resultaba raro ver a una persona buscando un taxi con un telegrama en la mano. Cuando el taxista se detenía, el alterado cliente le preguntaba: «¿Puede llevarme usted a Burgos?».

            Es exactamente lo que hizo un día mi padre con la noticia del fallecimiento de su madre, mi abuela Albina, en la mano. Casi ni le dio tiempo a mi madre a dejar a mis hermanas con alguien, y a mí, que tendría unos diez años, me permitieron subir al taxi. Mi primer gran viaje en coche. Nos detuvimos a cenar en Zaragoza, en un restaurante enorme, techos de basílica, abarrotado. Mi gesto sin duda eran dos ojos de par en par tratando de captar matices inéditos de la realidad. Aún recuerdo lo que más me impresionó. Los moños que lucían las mujeres. Un concurso no hubiera reunido tantos. Arrancaban en la nuca desnuda y se alzaban imperturbables muy por encima de la línea craneal. Competía la variedad de formas en cada cabeza, que se lograban gracias una diestra distribución estructural de horquillas. Después del postre, el taxista pidió un café y le sirvieron una taza casi vacía, con un culo en el fondo de un brebaje denso y oscuro. Se habló un rato sobre el café y los viajeros regresamos a la carretera. Me dormí soñando con los moños estrambóticos que había visto, un sueño que reapareció durante años. De madrugada llegamos al pueblo. Mi padre me subió en brazos hasta una cama y yo, que iba despierto, me hice el dormido.

            Infinidad de tareas que durante el siglo XX ocupaban un tiempo, ahora se resuelven en un santiamén. Ensobrar la carta, sellarla, buscar un buzón, aguardar a que llegara, esperar la respuesta que hoy se lee en segundos, lo que se tarde en teclearla. Y no digamos las horas que pasamos en aquel viaje por humildes carreteras de un único carril por sentido, curvas pronunciadas por todas parte y socavones frecuentes. ¿Cuántas ocupaciones cuyo cumplimiento ahora aún consume un tiempo en el futuro inmediato serán más breves, o incluso instantáneas? Es una pregunta que no despierta ningún entusiasmo, porque a estas alturas del siglo XXI ya se sabe de sobras que la brevedad de las tareas consume infinitamente más tiempo personal que su proceso dilatado.

28, jueves. Enero. Fábula de los relojes

Sentado en la sala familiar evoco, primero, las voces de los tres que fuimos niños jugando alrededor de la gran mesa que un tiempo la presidía. También el sonido del tecleado de mi máquina de escribir. Me gustaba salir al comedor. Sentarme en mitad de la mesa y extender los papeles, borradores, libros a mi alrededor. En una esquina, sentada en el sillón mi abuela tejía. Una bufanda. Hacía bufandas para toda la familia. Era su escritura y la mía, acompasadas.

         Hoy la mesa ya no está. En su lugar, una alfombra. Estoy sentado en el sofá junto a mi madre, que posee ahora más edad de la que tenía mi abuela cuando vivía en casa, pero sigue siendo, obviamente, más joven que su madre. Las edades solo tienen corporeidad en el ámbito administrativo, en la mente mantienen una memoria muy diferente. Cuando mi madre y yo nos quedamos en silencio resuenan en la sala dos versos de Antonio Machado: «En la tristeza del hogar golpea / el tictac del reloj. Todos callamos».

El que ahora oigo golpear es un reloj de mesa que mis padres compraron hace décadas, nada más venirnos a vivir a este piso. Luce un paisaje dieciochesco en la esfera y un péndulo sonoro camina lo mismo que retrocede por debajo, entre cuatro patas doradas y casi salomónicas. Las casas de antes poseían, como pieza imprescindible, un reloj de pared o de cómoda en un lugar privilegiado. Era una especie de dios tutelar. Tengo la impresión de que ocupaba el mismo espacio que tuvo el pequeño altar o figura de santo protector en las casas dieciochescas. El siglo XIX trajo una nueva religión, la exactitud del tiempo, que acabó por sustituir la abstracción del cielo. Una ordenanza obligaba a situar un reloj delante de la Casa Consistorial. Como frente al ayuntamiento solía alzarse la iglesia, los campanarios se convirtieron en relojes. Los símbolos siempre superan las normas. Donde no existía iglesia, resultó aún más emblemático, se constituyó una torre monolítica coronada por el reloj.

Suena el reloj de péndulo en el silencio de la sala, entre una frase y otra, pero ya ha perdido su lugar dominante. La religión del siglo XX fue el televisor. Cuando llegó a casa el primero, mi padre retiró el reloj a una esquina y colocó el nuevo aparato en su lugar. Exilio desde donde sigue disgregando el tiempo como el panadero que en el obrador arranca pedazos de masa para convertirlos en panes. El tiempo ha dejado de ser ese pausado transcurrir fluvial. Ahora bajo los puentes solo fluyen autopistas. El pausado ir y venir del péndulo se ha quedado obsoleto. Demasiado lento. Las personas, cuando se compran un reloj de muñeca solo exigen dos cosas, un diseño atractivo (sobre extravagante) y que tenga cronómetro. Los minutos se han quedado como un vestigio decimonónico. Pero lo más triste es que aquella tristeza machadiana ahora se anhela sentir como una utopía. Paradójico destino el de quien admira a los poetas de hace cien años por presagiar el nuevo tiempo y se esfuerza en custodiar el tiempo antiguo.

16, martes. Junio. Práctica del epigrama 06



A Jesús Aguado, en su aniversario

El tiempo es la condición que la vida no consigue eludir. Una maquinaria construida a la medida de la naturaleza con un funcionamiento opuesto al de la vida humana. La génesis cíclica y la conciencia de especie se articulan a la perfección en el tiempo. El personaje de Muerte de un apicultor, del poeta sueco Lars Gustafsson, se extrañaba cuando veía una abeja muerta y ese hecho parecía no importarle a ninguna abeja en la colmena, donde todo seguía igual (la novela trata esta metáfora, un personaje que se identifica con la abeja dañada sin que nadie se interese por él, pero entre humanos esta es ya otra cuestión). La naturaleza se nutre de especies y de ciclos. Los humanos resultan una anomalía. La conciencia de su vida como individuos les ubica en otro tiempo, el cronológico. Una concepción opuesta a lo que ofrece el tiempo cíclico. Es muy difícil comprender este desajuste, sobre todo porque el ser humano en esencia se siente ajeno al tiempo cronológico. En la película polaca, Un atardecer en la Toscana (2019), de Jacek Borcuch, la protagonista, una escritora casi octogenaria, confiesa: «Cada mañana, cuando me miro al espejo, me digo que lo que veo delante es el vestido de mujer anciana que me he puesto». Resulta incomprensible que el tiempo, que renace cada año, solo se dedique a acumular edad. También resulta ilegible qué hace el tiempo con el tiempo que se ha vivido. Dónde guarda ese libro, en qué cajón. Nunca se logra encontrar. Y finalmente, jamás se descubre qué entidad posee el presente. Y para qué sirve. Y aún queda la sorpresa final: ¿Cuándo se vive el futuro?