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17 de noviembre, viernes. Evocación de Rafael Pérez Estrada


A Rafael Pérez Estrada, en especial en sus últimos años, le gustaba insistir en el concepto de la brevedad (o de breverías, como le gustaba llamarlas). No creo que se refiriera a la práctica de lo breve —las 2.140 páginas de los tres volúmenes de su Obras Reunidas lo desmentirían en seguida— sino como concepto literario. La brevedad como sobresalto estético, sorpresa, inquietud, como emoción. Una brevedad como metafísica. El concepto de emoción también es importante en su poética.

Y resulta interesante añadir la idea de la transformación utópica de la realidad. Hay escritores que describen la realidad, otros que la recrean, los más se ajustan a sus características y geometrías. Rafael pertenece a una estirpe de poetas que muestra en su obra una realidad trascendida, sublimada, desbordada, casi alucinada, deslumbrante, y la presenta no como una impostura, sino como la única forma posible de lectura de lo real. 

Ahora bien, para formular el elemento medular de su obra, creo que RPE coincidiría con William Carlos Williams, quien publicó en 1923 un extenso poema La primavera y todo que inicia su época vanguardista, donde se pregunta asuntos esenciales de la creatividad contemporánea: «¿A quién le importa nada de lo que hago? ¿Y eso qué me importa?» Y unas líneas después, a otra pregunta aún más decisiva él mismo se responde: «¿A quién entonces me dirijo? A la imaginación». La imaginación es el germen de la obra perezestradiana, pero también, como intuye William Carlos Williams, el exclusivo receptor de la obra. La imaginación se escribe a sí misma ante la propia imaginación, esta es la auténtica vanguardia que ampara sus textos. Un asombroso prodigio al que se asiste con solo abrir alguna página de cualquier libro de Rafael Pérez Estrada. Y leer.

         A Rafael Pérez Estrada le protege del paso del tiempo todo que no fue. No fue un escritor sociológico, en absoluto; ni costumbrista, más bien se sitúa en el polo opuesto; ni apegado a las modas de su época; ni descuidado en la forma; ni trivial en el contenido. No tiene, de hecho, ninguna de las razones de caducidad más evidentes. Su obra, por el contrario, crece conforme más se conoce. Apela a la imaginación, que es una constante de la creatividad en cualquier época. Es compleja, es decir, cualquier futuro encontrará en ella rasgos que la reflejan, aspectos que posiblemente los lectores coetáneos del Rafael ni los han visto. 



Actos de la entrega del Legado «in memoriam» de Rafael Pérez Estrada en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. En Madrid, el jueves 16 de noviembre de 2023.
 

17 de junio, viernes. Un libro que no existía


Hace dos años este libro no existía. Guardaba las cartas, ahora sé que son 145 las que conservo, en tres carpetas dentro de una caja de archivo negra. En un lateral había escrito un rótulo, fijado con aironfix, con un nombre: «Rafael». Ha permanecido, en las tres casas donde he vivido, en un estante junto a la mesa de trabajo, siempre a mano. Cuando los editores de Mixtura, Elena Aguilar y Jesús Aguado, empezaron a imaginar su proyecto, el primer libro que soñaron publicar era una antología de cartas de Rafael Pérez Estrada. El propio Jesús tenía unas cuantas y era consciente del valor literario que esta correspondencia escondía. Me pidió ayuda para organizar la antología y lo primero que hicimos fue pedir la lista de corresponsales del poeta malagueño a su Fundación. La lista de escritores cuyas cartas se conservan en su legado nos impresionó. La dividimos por generaciones y aun así resultaba difícil abordar el proyecto por su magnitud. Nos sentíamos desbordados. Fue entonces cuando dije que lo mismo me ocurría a mí cuando tuviera que hacer la selección: ¿cómo elegir diez o doce cartas del centenar largo de las que guardaba, si todas eran, por unas razone u otras, magníficas? La respuesta a esta pregunta que me dieron aquel día los editores de Mixtura tuvo la virtud de generar este libro.

         Una cosa era publicar las cartas que Rafael Pérez Estrada había escrito a diversos corresponsales —lo que con el tiempo se acabará haciendo— y otra muy diferente dar a luz todas las cartas que me escribió a mí. No fue una decisión sencilla, porque, tanto en lo general como en lo personal, he defendido una literatura alejada lo más posible de lo biográfico. Y también esta fue siempre la opción estética de Rafael Pérez Estrada. Publicar su correspondencia parecía, cuando menos, una traición literaria. Con esta idea en la cabeza volví a leer las cartas, veinte años después de que me enviara la última. Lo que me sorprendió es que la biografía —tanto la suya como la mía— no se mostraba nunca como testimonio. Si aparecía, como era obvio que apareciese, lo hacía transformada por el lenguaje en algo muy parecido a una obra literaria de la imaginación. De hecho, Rafael no describía nunca situaciones biográficas, sino que jugaba literariamente con ellas. Y no solo eso, y esta fue la razón que me impulsó a dar a la imprenta este libro, sino que sus cartas conservan un Rafael que añoran quienes le conocieron y que parecía desaparecido para siempre: el Rafael oral, el extraordinario conversador que fue, el ingenioso interlocutor, incluso el brillo sonoro de su voz se puede oír al leer sus cartas.

         Una vez decidida la publicación de la correspondencia de Rafael, ya sabía que las mías no se podrían publicar a su lado, porque sobre todos los papeles personales del Legado pesa una cláusula de privacidad hasta pasados veinticinco años de su fallecimiento, en 2000. Solo sabía, por el cómputo de su archivo, que las mías eran 187 cartas. Ya con el libro mecanografiado y casi compuesto, un día se me ocurrió mirar viejos archivos del ordenador, que habían ido pasando de un aparato a otro a lo largo de los años sin que les diera ninguna importancia. Y allí encontré, sin recordar que existiesen, treinta y nueve borradores de cartas, escritos en la época en la que ya se usaban los ordenadores, pero aún no estaba extendida la conexión a la red. De hecho, estaban en un formato diferente y hubo casi que transcribir los signos que el actual no reconocía. Mis cartas no guardan ningún secreto de mi oralidad, y desde luego son bastante más biográficas de lo que me hubiera gustado. Pero me pareció injusto que desvelara las cartas de Pérez Estrada y ocultara o seleccionara las mías. A los editores la idea les pareció bien, y aquí está Práctica de la emoción.

         El título es una descripción literal del contenido. En el siglo XX la correspondencia había dejado de ser el medio principal de comunicación a distancia entre personas. De hecho, casi cada semana hablábamos por teléfono. Lo que hacíamos Rafael y yo, al continuar escribiéndonos por carta, era regalarnos mutuamente emoción. De esta práctica da cuenta este libro. 

11, miércoles. Marzo. Rafael Pérez Estrada, el mago



Vi por primera vez a mi añorado amigo Rafael Pérez Estrada (1934-2000) cuando se sentó a mi lado, por casualidad, en el comedor de un hotel en la isla de Troia, frente a Setúbal, al sur de Lisboa. Posiblemente ocurriera a finales del invierno de 1984. En aquel momento no tenía ni idea de quién era, ni siquiera de cuál era su nombre, aunque sí había leído a todos los que le acompañaban.
    España y Portugal, que celebraban el reencuentro amistoso dentro de la OTAN, multiplicaban en aquella época los actos de buena vecindad. Amparado por un mecenas portugués, dueño del complejo hotelero de la isla de Troia —que en realidad es una península a la que se accede desde Setúbal en barco, como a las ínsulas—, se organizó un encuentro entre escritores españoles y portugueses. La nómina de participantes de ambos países era enorme. Y al acto de inauguración asistieron ambos ministros de cultura y en medio estuvo sentado António Ramalho Eanes, entonces Presidente de la República Portuguesa.
    A aquel encuentro había sido invitado el poeta e hispanista José Bento (1932-2019), que por cierto falleció en octubre pasado. En ese invierno lo trataba con frecuencia y un día me dijo que había recibido una invitación para dos personas, pero como su mujer no podía acompañarle, me propuso que fuéramos juntos. Por mi parte, me acababa de licenciar en filología y para ese curso 83-84 había conseguido una beca de estudios en la Universidad de Lisboa en el Curso para Extranjeros, que así se llamaba. Cuando leí la lista de participantes en el Encuentro le dije inmediatamente que sí. Era como asistir a una fiesta donde están todos los escritores que uno ha leído.
    En el barco desde Setúbal ya coincidimos con una parte de los invitados. Me recuerdo cohibido en un rincón de la cubierta mientras Bento saludaba a unos y otros. Yo, en persona, no conocía a nadie, ni nadie me conocía a mí. El viento de la travesía despeinaba los cabellos de media literatura española de entonces. Al desembarcar, nos dirigimos al hotel que alojaba a los participantes y nos pusimos, Bento y yo, en la cola de recepción. Delante estaba Alfonso Grosso (1928-1995), hablando a voces con todos menos conmigo, que sin embargo había leído con gusto cuatro o cinco novelas suyas, pero ¿quién se atrevía a decirle algo? Cuando llegó su turno para inscribirse, el empleado del hotel no lo encontró en la lista y así se lo dijo. Entonces Grosso, a grito pelado, empezó a denunciar un complot en su contra, para que no se hablara de sus libros, para que no le dieran los premios, yo qué sé las barbaridades que pudo decir. El responsable de la comitiva portuguesa se acercó al oír el escándalo y le sugirió al empleado que se olvidara de las listas y que tomara el nombre de quienes había allí. «Alfonso Grosso», gritó ufano mi precedente, y «José Ángel García» dije yo con humildad —los portugueses sitúan primero el apellido materno y luego el paterno, pero a uno le llaman siempre por el segundo apellido, lo que aprovechaba entonces para eludir las complicaciones fonéticas del mío—. Así que me dieron habitación propia y evité darle la lata a José Bento.
    Luego nos fuimos los dos a comer. La sala estaba vacía cuando entramos. En la carta de vinos, Bento, que los conocía bien, eligió uno de la Cooperativa de un pueblo minúsculo en no sé qué sierra, en aquel momento me ofreció cuantiosos datos, pero como él después escribiría en un verso: «hubo palabras, gestos, astillas hoy ya ni ceniza». El caso es que el vino era espectacular. A media comida llegó un grupo de escritores españoles, no menos de diez. Juntaron varias mesas y la última se quedó a un palmo de la nuestra. En un extremo se sentó Rafael Pérez Estrada, aunque yo aquel día no sabía aún quién era. De hecho, posiblemente fuera el único escritor de la mesa contigua al que no había leído. Aún. 
    El camarero ofreció al grupo español la misma carta de vinos en la que Bento había elegido el que estábamos tomando nosotros. No habría menos de cien nombres. El dictamen de los comensales vecinos fue unánime: «Manolo, tú eres quien sabe de esto». Y le pasaron la carta a Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), quien posiblemente se marearía ante tanta referencia desconocida y decidió una inteligente salida hacia delante: «Pediremos el vino de la casa, que en estos lugares suele ser bueno». El resto asintió ante el adagio. Bento y yo comíamos en silencio mientras los escritores españoles bromeaban entre sí. Llegó el vino. Se sirvieron todos, pero cuando alguien quiso llenar la copa de Rafael, se lo impidió. Se dio la vuelta hacia nosotros dos y nos preguntó, con suma elegancia, si no nos importaba servirle del nuestro. Nada más beber un sorbo clamó: «Manolo, así que el bueno era el de la casa, ¿eh?, pues prueba este y verás». A partir de este momento, compartido el vino, Rafael nos integró en el grupo de españoles. Y en los cuatro o cinco días que duró el Encuentro ya no me separé de él. A su alrededor se formó un pequeño grupo de escritores que asistía a los actos, comía y cenaba juntos, y en el que me sentí, desde el primer instante, como un colega más, olvidándome de que en realidad no era más que un intruso.
    Este tipo de eventos, como los llaman ahora, se caracterizan por una relación muy intensa y absorbente durante pocos días y después cada cual regresa a su vida sin apenas dejar rastro. Del Encuentro me llevé, sin embargo, un nombre que no conocía. No podía olvidar la gracia, el ingenio, la espontaneidad y también la generosidad del escritor malagueño Rafael Pérez Estrada, de quien, por cierto, no encontré ningún título en las librerías barcelonesas. El primero que leí fue el que publicó unos años después, en 1986, Conspiraciones y conjuras. Me lo envió la poeta Mercedes Escolano, con una extensa dedicatoria de la que copio una frase: «Por Rafael conspiraría el resto de mi vida». A ella le debo que me acompañara una tarde de 1987 a su casa, en el paseo marítimo, con vistas al Mediterráneo. Enseguida nos acordamos los dos de los días de Troia y no costó nada recuperar las anécdotas vividas allí. A mi regreso le escribí una larga carta y empezó una extendida relación epistolar con Rafael Pérez Estrada que llegó hasta sus últimos días. Leí los libros de su autoría que me fue enviando a partir de entonces y los que encontré por mi cuenta en las librerías de viejo de Málaga, y se convirtió, durante los años que siguieron, en el escritor vivo que más he admirado. Una buena parte de los libros que empecé a leer a partir de 1986 están recogidos en el volumen Poesía (1985-2000) que acaba de publicarse en Renacimiento. 1.080 páginas. 1,8 kilos de peso. Rafael hubiera adorado la publicación de un libro tan enorme.
    El miércoles pasado, día 4, lo presentó en el Salón de los Espejos del Ayuntamiento de Málaga la Fundación que lleva su nombre. Rodeado de quienes fueron sus amigos y hoy lo añoran igual que yo. No ha sido una publicación sencilla. Francisco Ruiz Noguera, editor del volumen, recordó cómo empezó a gestarse en 2004. Las vicisitudes por las que el proyecto de estas «Obras Reunidas» ha pasado han sido de diversa y controvertida naturaleza; todas, sin embargo, se olvidan en el momento de abrir por cualquier página un libro mágico. Sea cual sea la que aparezca, el lector ve aflorar en ella el resplandor del genio verbal y del universo fantástico de su autor, el añorado Rafael Pérez Estrada.

26, jueves. Septiembre. No verse dentro del espejo



La serie sobre los espejos que hoy acaba en El Visir de Abisinia fue redactada entre el siete y el catorce del pasado julio. No puedo recordar ahora con exactitud qué motivó la escritura. No es un asunto que a priori me interesara. Sobre espejos han escrito páginas luminosas dos autores contemporáneos que admiro, Rafael Pérez Estrada y Vicente Luis Mora. Eso me desaconseja tratarlo. Aun así, ahí está la serie.
    Nunca he sido buen contemplador de espejos. Siempre que miro uno aparece alguien delante que estorba la visión. Encaro cualquier espejo con la esperanza de un día no verme delante, y por eso los evito. Solo acumulan frustración en mi propósito. Creo que se advierte en los textos. Todos tienden a la despersonalización, tal vez como un deseo nunca alcanzado. Tampoco estoy seguro de que el conjunto subraye ninguna idea sobre los espejos más allá de la perplejidad de quien acusa la incomodidad que le producen.
     El espejo que recuerde que más me ha impresionado es el que cuelga en la Casa Museo de Lope de Vega en Madrid. Un rectángulo de hojalata enmarcado. Quien se mire en él solo advierte de sí mismo una mancha rosácea y otra más oscura. Ojalá fueran así todos los espejos. Como inacabadas pinturas de Rothko.
     En aquellas mismas fechas, un viernes de julio, mientras paseaba por los puestos de los Encantes caí en la cuenta de la cantidad de espejos que se mostraban a la venta. No llevaba la cámara, pero saqué el móvil y los fui fotografiando. De ahí el encuadre cuadrado, que es el que el móvil traza mejor. Todas las imágenes fueron capturadas el mismo día. Al principio busco que las fotografías reflejan los espejos desde un ángulo oblicuo. Luego me muestro oculto en alguno y acabo por perder el miedo a mí mismo y aparezco como el protagonista de lo reflejado. Igual que los textos siguen la seriación cronológica de la escritura, también las fotografías retratan el paseo. He vuelto otros viernes a los Encantes, en alguno he comprobado que no había expuesto ni siquiera un triste espejo.
     Una vez escrita la serie, en una librería de viejo encuentro un libro que recuerdo no haber comprado por el abultado precio cuando fue novedad: Historia del espejo, de Sabine Melchior-Bonnet. Un clásico del motivo. Dos euros pago, sin quejarme. He leído el capítulo sobre Durero, pero el resto anda por ahí, haciendo cola.