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31 de diciembre de 1988, sábado | Último viajero a Rødberg



Puede regresar a aquella hora a Rødberg, el tren está a punto de pasar, sin embargo, en Lampeland toma la línea en sentido opuesto y se dirige a Kongsberg, como si quisiera enlazar con la L12 a Oslo. Ya en la estación de los cuatro pabellones blancos, en la cafetería, lee el periódico mientras espera la hora de salida del último convoy hacia Rødberg, la de los dos caserones rojos. No es el último del día, aunque lo sea; tampoco el último del año, pese a la fecha que aparece en el calendario, 31 de diciembre de 1988. Es, en un sentido absoluto, el último. Tal como se diría de alguien que acaba de fallecer. Tras casi una década de obras y apertura paulatina de tramos, el primer tren había llegado a Rødberg en diciembre de 1926, sesenta y dos años antes del día de hoy. También su edad, aunque para él no sea aún su última jornada. O eso espera.

De haber sido el tren una persona, se lamentaría su temprana desaparición. Como no pudo verlo llegar, porque para el primer viaje era demasiado pequeño, apenas un bebé de dos meses, le seduce la idea, más teórica que con un valor práctico, de ser el último viajero en recorrer los noventa y tres kilómetros de la línea del Numedal. Y casi literalmente lo consigue, pues en esta fecha y a esta hora nadie tiene problemas para encontrar asiento. Si acaso, tal vez, solo para decidir el costado que contemplar en la despedida. La luna, en cuarto menguante, apenas asoma, aunque el cielo parezca en parte despejado. La noche, por encima de la nieve, cuyo bulto en los márgenes de la vía reluce con el reflejo de las ventanillas, es profunda. Opaca. Y el tren se abrirá paso, indiferente, hacia ese corazón oscuro.

Como conoce el recorrido, los tiempos y las paradas, el viaje nunca se le hace largo. Da para leer el periódico sin interrupciones por otros quehaceres. Es la ventaja que le ve al tren. Nunca ha entendido que para algunos resulte un suplicio no poder abandonar el vagón durante dos horas. La vida actual cada vez ofrece menos momentos detenidos y hay que aprovecharlos. Para su último viaje en el ferrocarril de su valle accede con las manos vacías. No necesita distracciones. El periódico lo ha dejado en la puerta de la cafetería, sin darse cuenta de que ya no aparecerá detrás de él ningún viajero que pueda aprovecharlo.

Por no saber dónde colocar las manos, se quita los guantes y las enfunda en el chaquetón y se deja caer en el asiento. Como si fuera un adolescente. La gente se empeña en tratarle de señor, pero siente que quien era cuando tenía veinte años sigue utilizando su cuerpo para moverse y pensar. El viejo que le cambie opiniones, hábitos y gustos aún no ha comparecido en su interior. Continúa siendo el mismo estudiante que regresa cada fin de semana a casa de sus padres. Entonces, cuando tras hacer el transbordo en Kongsberg accedía al mismo vagón que ahora arranca, ya se sentía en casa. Ahora vive solo en una cabaña en las afueras del pueblo, si es que el pueblo ha tenido alguna vez centro. Quizá la estación lo haya sido estos años, el lugar por donde se entraba y se salía de Rødberg, pero cuando a partir de mañana ya no llegue ningún tren, nadie se acercará a los andenes, que se convertirán en un escenario vacío para un público despeinado de hierbas y maleza que se tumba sobre los rieles y se esparranca sobre los durmientes de madera.

Pero el futuro no existe. Acaba de comprobarlo nada más subir al primer vagón, como acostumbra, y sentarse de cara a la marcha en un asiento que, si encuentra libre, es su preferido. Su horma reconoce las hechuras de su cuerpo. Esta noche de fin de año, apenas dos o tres personas más acceden al vagón. Prefiere no reconocer a ninguna. Tampoco aparecen en su campo de visión. Quedan detrás, como la estación de Kongsberg. Aunque ha decidido fijarse en todos los detalles del viaje que ya no podrá volver a vivir, el pensamiento rara vez queda sujeto en el noray del puerto donde se ata y vuela por el tiempo a su antojo, sin pedirle permiso. En qué ensalada de sensaciones se convierte el pensarse en aquel viaje ferroviario durante tantas décadas de una vida. Tampoco el pasado existe. Al desviar la mirada hacia la ventanilla, la noche tras el cristal le devuelve su imagen de ahora, un hombre de sesenta y dos años, pelo cano, entradas, bolsas bajo los ojos, contemplándose.

Cada parada en la que el convoy se detiene surge algún recuerdo. Como quien abre los cajones de una vieja cómoda sin saber qué hay, pero reconociendo inmediatamente lo que encuentra. En la aldea de Svene, una noche de verano, una fiesta, amigos, conversaciones. Tantas palabras vertidas. Su lengua de entonces, más poblada de tacos. Flesberg. De Flesberg era Emma. Aún la recuerda. Se fue a estudiar a Bergen y no regresó nunca más al Numedal. Si la viera por la calle, está seguro que la reconocería. En Rollag, el cauce bravío del Numedalslågen y de repente la calma del lago. Así también transcurren los años, le dice la figura que ve reflejada en su ventanilla y va conversando con él. Detrás, el resplandor blanco de la nieve acumulada en los márgenes. Se pregunta hacia dónde ha viajado en todo el tiempo ferroviario transcurrido, la infinidad de horas que ha pasado en este tren donde no podrá volver a subirse. En la esquina superior de la ventanilla consigue ver solo media luna. Menguante, como el ir viviendo.

De súbito, un fugaz pensamiento le sobrecoge: ¿y si fuera el tren el que se ha subido en su tiempo por última vez? Del mismo modo que su nacimiento, de algún modo, fue el presagio de la llegada del ferrocarril a Rødberg. ¿Existirá algún vínculo entre la edad de su cuerpo y la de la locomotora que arrastra los vagones? Aunque se han abierto las puertas en la última estación del último trayecto, y las pocas personas que viajan se han diluido ya en la noche como sombras dispersas, esta idea le petrifica en el asiento. Un silencio espectral se cuela por la puerta y le despierta de sí mismo. Estira el paso para salvar el hueco entre vagón y andén. Las luces de las farolas en la estación van trazando círculos escolares a su paso. Despacio los atraviesa sin salirse de una mínima senda entre las placas de hielo. Abre la cancela de salida con un chirriar de herrajes y sin darse la vuelta para ver el tren detenido, el último viajero también desaparece en el corazón opaco de la noche. 

15 de septiembre de 1913, lunes | Franz Kafka en Venecia



El nombre de Venecia, repetido por los viajeros exaltados, llega a mis oídos desde proa como el eco de un orante. Bendición que no puedo rezar yo, retorcido encima de una caja de madera, por no tirarme al sucio suelo, mientras trato de ocupar en la realidad el menor volumen posible. La cabeza entre las piernas y los brazos por encima, porque erguido mi cuerpo gira a la velocidad de una peonza que hubiera lanzado la estatua de un prócer hecha carne. Sé que el barco de vapor donde navego desde Trieste se acerca a la ciudad con la parsimonia de dos cuerpos que aspiran a un coito matrimonial. Es lo que me hace pensar en Felice, ahora, y en la celebración de una ceremonia que me produce idéntico vértigo al que padezco por el incesante balanceo de la galerna. Solo consigo desenredar los pensamientos sobre mi mareo y sobre Felice, como si uno fuera causante del otro. Escucho el Shemá profano de los asombrados viajeros entre el chapoteo del oleaje contra el casco sin lograr ni siquiera acercarme hasta el ventanuco redondo para contemplar también yo el prodigio que he venido a ver.

         Justo en el momento de virar ante la Punta Sabbioni, tal como había previsto que hiciera la ruta que había trazado en un pequeño mapa del norte de Italia, adquirido en Trieste, de repente se desata sobre el barco y sobre Venecia un aguacero. Los viajeros regresan apresurados a cubierta y se refugian a mi alrededor, dándome algunas patadas en su pretensión de pegar las narices a un cristal manchado de sal y convertirse de nuevo en orantes. Solo lo que oigo de sus labios con exclamaciones — ¡Giudecca!, ¡Gran Canal!, ¡cúpula de San Marcos!— es lo único que veo. Por sus voces sé que el vaporetto Carmen, se llama como una novia que no es mi novia, se acerca al dique. El hotel no está lejos, lo sé, hay que caminar un centenar de metros por un paseo junto al canal, al que los venecianos, con un discernimiento que mi estado tambaleante duda en reconocer, llaman «Fondamenta», igual que los filósofos a sus creencias.   

         El Sandwirth es un hotel de estilo oriental. Cuando lo distingo en la distancia, bajo el paraguas que sostiene un mozo a mi lado, mientras otro detrás carga con la maleta, empapándose, se lo indico, casi en italiano: «Per raggiungere questo hotel è necessario arrivare in carovana di cammelli». Ni un mozo ni el otro, sin embargo, se inmutan. Será por el chaparrón que está cayendo, así que me concentro en mí mismo. Las piernas, aún bamboleantes, no están seguras de sostener ni siquiera el nimio peso de mi cuerpo cuando, por entretenerme con las vistas, no advierto el charco en el que naufraga mi zapato derecho e, inmediatamente, el izquierdo. En un instante el agua rodea mis tobillos, como una bufanda afianzada al cuello en día de ventisca, y traza un círculo perfecto, pero de súbito helor.

         Acabo de escribir, en una habitación trasera del Sandwirth, una tarjeta postal a Felice.  La he comprado en la recepción y me ha servido a mí también para obtener así al menos una imagen de Venecia. Solo he sabido escribirle que no cesa de diluviar, como si la inmediatez me rescatara de los debates que azotan mi interior. La carta que he de enviar a su padre desde hace semanas; la carta que me da vueltas en la cabeza, más que mi mareo, sin que me atreva a convertirla en palabras. No concibo que dar el paso que nos reúna en un único destino suponga que me separe yo del mío. Que no otra tragedia será renegar del sentido que orienta mi vida, la escritura, renunciando a los hábitos que lo sostienen. Pero no consigo pensar claro tampoco ahora. Mañana, si logro dormir esta noche, le escribiré a Felice lo que hoy no sé ni pensar.

         El temporal continúa cuando decido emprender mi primer paseo por Venecia. La precipitación no se detiene. Me sitúo junto al botones, en la puerta, y practico mi pobre italiano: «Nessuno mi aveva detto che a Venezia piove». Sonríe y, pensando quizá en la posible propina, se arriesga con un dato sentimental: «Oggi, tanto quanto a Berlino». Pero ha fallado en el tiro. En Berlín solo está Felice, a quien la lluvia me había hecho olvidar por un instante. Y de repente regresa en la voz del botones y me roba la posibilidad de continuar el diálogo. Me giro hacia la Fondamenta vacía, me cubro con la capa y empiezo a andar en dirección a la plaza de San Marcos. La lluvia repiquetea en las baldosas a mi paso. Después de caminar un buen rato sin cruzarme con nadie, veo a un comerciante, con el delantal abrochado a la prominente cintura, bajo la marquesina de su establecimiento, tan sin clientes como el paseo. Desde lejos le pregunto: «¿Piazza San Marco?». Y de inmediato levanta un brazo en la dirección opuesta a la que avanzo.

         Nada más alcanzar los soportales del Café Florián me quito la capa, que chorrea agua como lo haría un arroyo de montaña. La sacudo y la doblo. Entro. El camarero me señala desde la otra punta una mesa para dos en una esquina de la sala. Ocupo la silla destinada a Felice con mi capa y mi sombrero, completamente calados. En la otra, me siento. Observo alrededor penosas pinturas ricamente enmarcadas, espejos enormes, molduras al gusto del siglo pasado pintadas en dorados. En un café de estación ferroviaria me sentiría más a gusto, sin duda. Se acerca el camarero y parece no tener mucho trabajo, porque consigo de su paciencia que avance mi práctica del italiano más que con todos los botones del Sandwirth juntos. Cuando se da la vuelta para ir en busca del servicio que he encargado se instaura en mi mente el primer instante de sosiego en Venecia. Que al momento siguiente se estrella contra el suelo igual que haría una copa de vino rozada con el codo sin querer al levantarse.

         Sin que lo advierta se ha acercado desde una mesa vecina, arrastrando su propia silla con una mano y su taza humeante en la otra, un desconocido. Me pide permiso para sentarse a mi mesa en alemán y sin que me dé tiempo a rechazar su oferta, se sienta. Se presenta formalmente como ritter von Pflügler, Ingeniero de Construcciones de Siemens & Halske. Me tiende la mano. Respondo por inercia: «Franz Kafka, Administrador de Seguros». «Su alemán —me replica de inmediato— me evoca el este». «Praga». «Claro, qué cabeza tengo», y utiliza el sustantivo birne en lugar de kopf, como haría cualquier mozo de cuerdas berlinés. «¿De turismo?», le pregunto no sé por qué, pues lo que en este momento deseo es que desaparezca de inmediato y me deje a solas con la ausencia de Felice. «En absoluto, querido amigo, estoy aquí en Venecia para desempeñar una misión altamente secreta».

         Que tampoco se esmera demasiado en ocultar. El caballero Pflügler me cuenta, sin que yo ni siquiera se lo haya sugerido, que le ha enviado su empresa a la ciudad para preparar un proyecto innovador. «Ya sabe, queridísimo amigo —la confraternización resulta fácil con Pflügler—, que Siemens & Halske hace treinta años puso en pie la primera línea comercial de tranvías en el mundo, —y puntualiza— capital Berlín». «Claro», afirmo desde mi ignorancia absoluta sobre la historia de los tranvías. Mi asentimiento, sin embargo, resulta una llave certera para adentrarse más a fondo en la materia reservada de su presencia en Italia. «Siemens & Halske se propone construir un servicio completo de tranvías para Venecia». Según me cuenta, sus planes son para una primera línea, que recorrerá el Gran Canal por ambos márgenes y conectará con una segunda línea que realizará un trayecto perimetral a toda la isla, más una tercera línea que conectará con el continente por San Giuliano. Los convoyes discurrirán —continúa la efervescencia de sus explicaciones— sobre una plataforma cuya estructura metálica se fijará en el fondo del canal mediante los mismos pilotes de madera de roble hincados en la arcilla que sostienen todas las construcciones de Venecia. «Si un palacio barroco se mantiene en pie, ¿no lo hará el paso fugaz de un tranvía?».

         Mareado, ahora no por la galerna, sino por el torrente de confidencias técnicas del caballero Pflügler, y casi sin probar la consumición que había pedido, me levanto como puedo, pese a sus protestas, saludo y abandono el Florián. San Marcos se mantiene tan enorme como desangelado bajo el azote incansable de la lluvia. Avanzo pegado a las paredes hasta que consigo llegar al Sandwirth. Y al fin obtengo, como premio al ajetreo de este día, el silencio de la habitación que acompasa el ya tenue repiqueteo de las gotas en la ventana. Tomo asiento frente a una cuartilla. Retiro el capuchón, con la vaga intención de escribir a Felice la carta prometida, sin embargo, la tinta de la pluma abre los ojos, como quien se despierta de un sueño alterado, y reconoce como suyos la cama, la mesa, las ropas en el respaldo de la silla y el álbum de postales ilustradas de Venecia, pero en absoluto las súbitas rarezas de su cuerpo, «echado sobre el duro caparazón de su espalda». 

Foto de Jordi Canals

23 de febrero de 1981, lunes | Crónica de una tarde



No consigo recordar nada del lunes 23 de febrero de 1981 antes de las cinco de la tarde. Desde aquel momento, el día queda grabado en una estela de mármol que ahora transcribo.  Como cualquier tarde, al acabar horario y tareas, se puede salir del cuartel. Cumplía entonces el servicio militar en Madrid, en la zona de Campamento, en un acuartelamiento de la División Acorazada. Aquel mes de febrero a la compañía de tanques donde me han destinado le toca entrar en los servicios de cocina y a mí, por ser el escribiente novato, me han enviado a la oficina, un antro oscuro y húmedo, sin ninguna ventana, donde paso las jornadas junto a un sargento. Aquella mañana, en concreto, anduve seguro sumido en la tristeza. Al siguiente, 24, operan de corazón a mi madre, a seiscientos kilómetros de distancia. He pedido unos días para asistir a la operación, pero los destacados en cocina carecen de permisos. Por pura coincidencia, ese día 23 también operan al padre del sargento, a quien tampoco le dan permiso, pero aquella mañana se va a Valencia sin avisar a nadie, para volver por la noche.

         A las cinco de la tarde, hora de paseo, lo único que me sorprende es que no haya cola en la puerta. Cuando me presento el cabo me pregunta a qué compañía pertenezco. Le digo que soy el escribiente de cocina y me deja salir. Ni me preocupa que hubiera oído durante la tarde por los altavoces en diversas ocasiones llamadas a los soldados para que acudieran a sus compañías. Los de cocinas somos la excepción en todo.  Solo pienso que he quedado con un poeta. Lo había conocido a los diecisiete años. Era miembro del jurado de un premio escolar que me dieron. Un hombre mayor, de carácter tranquilo, autor de varios libros en editoriales de provincias. Como he llegado a Madrid un par de meses antes, aquel lunes de febrero quedamos en reencontrarnos. Al llegar a su casa el poeta me abre la puerta con asombro: «¿Qué haces aquí? Pensaba que no vendrías». Menuda acogida. Enseguida me cuenta que ha ocurrido algo de extrema gravedad en el Parlamento. Con tiroteo incluido. Que lo acaba de oír por la radio. Y yo vestido de soldado.

         El poeta me habla, a continuación, de sus lecturas en ciudades que solo he visto en el mapa, del libro que está escribiendo, asuntos que, en general, hubieran ganado enseguida mi interés, pero después de la primera conversación no consiguen mitigar el nerviosismo. Se lo digo y añado que prefiero regresar al cuartel cuanto antes, por lo que pudiera haber pasado. Lo comprende y nos despedimos. Recuerdo que únicamente logro contener la ansiedad dentro del metro, de regreso. Podría estar ocurriendo cualquier tragedia, pero de pie, dentro del vagón lleno, cada pasajero a su bola, con el aire cansado de una jornada de lunes a las espaldas, pienso que no existe normalidad más perfecta. Al salir de la estación de Campamento regresa la inquietud. Aquellas calles suelen ser un hervidero de soldados de los múltiples cuarteles que hay en la zona. Lo que encuentro es una imagen inaudita, nadie por ninguna parte. Junto a los bares, hoy vacíos, hay un pequeño estanco y recuerdo haber pensado que no sería mala idea una buena provisión de sellos por si acaso la situación se complica. Entro en el estanco y la persona que me atiende tiene la radio encendida a máximo volumen. En ese momento un locutor lee los puntos del bando militar lanzado por Milans del Bosch en Valencia, pero yo lo oigo descontextualizado, pensando que es el bando que rige para el país entero.  Escucho: «Artículo primero. Todo el personal afecto a los servicios públicos de interés civil queda militarizado, con los deberes y atribuciones que marca la ley. —Artículo segundo. Se prohíbe el contacto con las unidades armadas por parte de la población civil». Etcétera. Hasta el undécimo.

         Camino cabizbajo por la calzada contigua a la carretera de Extremadura hasta el cuartel. Encuentro la puerta, que siempre está abierta, cerrada. Busco el timbre, que ni sé dónde está. Aparece un cabo y me espeta: «¿Estás zumbado?, ¿qué haces fuera del cuartel?». Le digo que soy de cocina, que he ido de paseo y que me han permitido salir a las cinco. El cabo me salva la vida en una frase y en la siguiente me la arrebata: «Anda pasa y cámbiate rápido. Acabamos de dar un golpe de estado». En la compañía, una nave de hangar larga, ancha y alta, tampoco hay nadie. Me pongo la ropa de cuartel y me encamino hacia mi lugar de trabajo aquel mes de febrero, la cocina. El comedor da servicio en un único turno a seis compañías de soldados de infantería; tres de tanques, como la mía, que son pequeñas, y tres de vehículos de transporte acorazado, que llamamos toas, que son enormes. La sala es descomunal, avanzo a oscuras, hace rato que ya ha anochecido, entre las decenas de mesas para veinte comensales cada una. No se ve absolutamente nada, pero escucho una radio de fondo y me dirijo hacia donde suena. Y completamente a oscuras encuentro a mis compañeros de servicio en cocina, junto a los cocineros, una veintena, sentados unos, tumbados otros, alrededor de una de las mesas, escuchado en absoluto silencio un transistor de bolsillo que han colocado en el centro. Sin decir nada a nadie busco una silla y me incorporo.

         Aquella noche no hay cena para nadie. Imagino que en la cocina comeríamos algo. Lo siguiente que recuerdo es la intervención del Rey. Cuando acaba, me doy la vuelta y sin despedirme regreso a la compañía, donde algunos de mis compañeros, los tanquistas, están sentados ya sobre sus camas. Al día siguiente me contarán que arrancaron los tanques y los colocaron en posición de salida junto a la puerta. Pero por la noche estoy cansado, me acuesto y me duermo al instante porque ya no recuerdo nada más del 23 de febrero, hace hoy cuarenta y cinco años.  

23 de junio de 1971, miércoles | El comienzo


Lo que falta es lo que éramos

cuando éramos ese hermoso comienzo.

Mary Jo Bang


Sé que estoy sentado sobre la losa áspera del murete que rodea uno de los edificios más altos del barrio, enfrente de la casa donde vivo, que tiene menos altura. Es lo que sé porque me veo ahí absorto, pese a la intensidad con la que trazan planes los seis o siete amigos que me rodean. Unos son vecinos de la calle Santa Amelia; otros, compañeros de clase. En este momento miro alrededor y solo consigo verme sentado, simulando que escucho el reparto de grupos, de zonas del barrio y de tareas. Pero lo único que me absorbe es pensar que me está ocurriendo algo desconocido. Nuevo. Estoy ahí solo.

Estoy rodeado de mis amigos, claro. Salgo cada mañana y cruzo tres calles con el semáforo en verde hasta el colegio. Lo hago desde hace unos meses, porque mi madre ha de acompañar a mis hermanas, menores, a su escuela, que está más lejos. Como siempre nos retrasábamos, un día le propuse ir solo y desde entonces me deja salir antes. Llegar temprano resultó un descubrimiento parecido al de hoy. Me sentaba junto a alumnos madrugadores de diferentes cursos, muchos mayores, y asistía con el corazón en un puño a conversaciones sin énfasis ni pavoneos que me sorprendía que existieran. Como ocurre el día de hoy.

El curso escolar acabó ayer. Hacia la mitad, en marzo, cumplí once años. Entonces ni me di cuenta de la frontera que acababa de cruzar cumpliéndolos. Creí que seguía siendo el niño que había sido hasta entonces, sin ni siquiera sospechar que existiera para mí otra manera de ser. Los estratos parecían inamovibles: mis abuelos, mis padres, mis hermanas y yo. La vida, hubiera afirmado de ser un niño filósofo, está bien hecha y consolidada. Y no tenía previsto que al cumplir once años algo cambiara en la estratificación de la realidad.

Lo descubro aquí sentado. En el muro bajo de la calle Santa Amelia, esquina Capitán Arenas, con mis amigos y compañeros de clase que han acudido a este lugar en la hora señalada. Los que van algún curso por delante saben para qué. Yo, no. En casa, a la hora de irme a clase, digo que he quedado con amigos y mi madre, en lugar de extrañarse, me aplasta contra el cabello repeinado un rizo contestatario y me dice: «Has de ir al barbero». Que no dijera «Tengo que llevarte al barbero» pudo ser una pista de lo que estaba ocurriendo, pero no la supe ver. O solo más tarde, después de salir, cruzar la calle y comprobar que acuden a la cita tantos colegas. Los que ahora están reunidos en un círculo y se reparten en grupos las calles, igual que en el patio del colegio se forman los equipos para el partidillo del recreo.

Hoy es la víspera de San Juan. Lo sé porque es lo que repiten los de los cursos superiores. Y la de este año ha de ser la hoguera mayor en la historia de la calle Santa Amelia. Para lograrlo tenemos que recorrer el barrio, cada casa, cada piso en cada edificio, llamar a las puertas y pedir trastos viejos e inservibles para que ardan, por la noche, en nuestra fogata. No recuerdo que hubiera existido nada parecido antes en mi vida. Mis padres no me habían llevado nunca a ver quemar ninguna hoguera, así que esta palabra significa poco para mí. Lo único significativo aquella mañana es que de repente tengo once años, puedo salir de casa sin tener que dirigirme al colegio y me encuentro en mitad de la calle con mis amigos para compartir un tiempo, por primera vez, mío.

«Está alelado», sentencia uno. «Tú, fantasma, levanta el culo que te vienes con nosotros», clama Calopa, que allí donde se forme una cuadrilla siempre es el jefe. Despierto. Me levanto. Acabo de entrar en una dimensión diferente. Desconocida. No del todo alentadora: hasta aquella mañana había sido solo un niño al que le gustaba serlo. La puerta que de repente veo abierta delante encuadra un paisaje que me inquieta. Menos iluminado. No es miedo lo que siento en aquel instante mientras sonrío a mis compañeros. Tampoco descubro qué es. Tal vez solo sea pánico, pero disimulo. Me uno a mi grupo y lo sigo en silencio mientras el resto habla a la vez, coro que ensaya mientras el director se empolva la cara en el camerino.

Las sillas con la enea suelta, las cajoneras sin cajones o los cajones sin cajonera, los marcos apolillados, las escaleras con un peldaño roto, las cucharas y los utensilios de cocina desgastados, las cajas de fruta vacías, los travesaños sueltos de una antigua cama, los muebles pasados de moda o que cojean e incluso las polvorientas maletas de madera se convierten en el botín del día. A última hora de la tarde, la montaña de trastos multiplica por diez mi altura. Un día intenso de trabajo. Subo con las manos en los bolsillos y bajo cargado por las escaleras de los edificios como en un sueño. Quiero decir, como quien despierta de un sueño. Pero del sueño que ha tenido un durmiente que desconoce.

A las diez de la noche, algunos minutos antes incluso, alguien que conozco de vista, uno de los cursos de mayores, va encendiendo con una antorcha los papeles arrugadas y la paja entreverada por todo el perímetro del montículo. El fuego, en pocos segundos, se adueña de todas las formas que había adquirido la madera, y también de la calle y de la noche. Y allí, ensimismado, contemplándolo, veo también cómo se apodera de mi infancia. No sé si lo pienso así exactamente, pero es así como lo siento. Las llamas se alzan sobrecogedoras desde el asfalto hacia el cielo oscurísimo del futuro. Pero el tiempo solo ilumina este instante en el que vivo, como quien subraya un título apretando el rotulador contra la hoja del cuaderno para que se vea claro que ese es el comienzo de lo que aún no ha empezado.

Cartas al siglo XX | 5 de agosto de 1966, viernes | Eleanor Rigby


Lo achacas a que nunca has recogido el ramo lanzado de espaldas por una novia. Tal vez solo porque nunca te han invitado a una boda. Ni siquiera las que partían al bajar taconeando la escalera de la casa. Pero claro que las has visto. Cada domingo en St Peter. Tu momento predilecto es cuando asoman los novios, abrazados, por la puerta, y los asistentes rocían la escena con una lluvia de gritos y arroz. Nunca te has imaginado en su lugar. Estarías tan nerviosa que incluso soñarlo te resulta incómodo. No digo que no hayas pensado, incluso con frecuencia, en cómo te gustaría que fuera tu marido, en caso de que algún día llegaras a disfrutarlo, pero resulta un inconveniente, en la trama de la fantasía, que superes el bache de las nupcias. Ya te has asomado a una puerta en una ocasión y eso es más que suficiente para una vida. Eras casi una niña. Y sin que nadie te mirara y menos te lanzara flores, ni tampoco ibas acompañada, saliste una mañana de tu casa, en Pittenweem. Con un hatillo por biografía. Al asomarte a la puerta solo te besó la cara el viento del norte con sus labios impregnados en sal.

No has recogido nunca el arroz esparcido por las losas de piedra frente a la puerta de St Peter. Aunque en una ocasión es cierto que te agachaste en el lugar por juntar unos cuantos pétalos de rosa que alguien había lanzado a los novios, una vez el tumulto del casamiento había devuelto a la iglesia su habitual silencio. Lo hiciste para guardarlos en un tarro de estaño, de crema de limpieza, que la señora había tirado, y tú salvaste del cesto y lo incorporaste a tu pequeña colección de tesoros. A Woolton, cuando aún era un pueblo y no unas afueras, llegaste en un carro que transportaba paja. Venías a servir. Debajo de la escalera el señor había mandado habilitar el espacio para que cupiera una cama infantil. En el mínimo baúl que colocaron a los pies doblaste las ropas que traías comprimidas en el hatillo y sonreíste al ver que cabían con holgura. Sobre la cama, la señora había dejado extendido un uniforme de sirvienta que a la vista era varias tallas por encima de la tuya. Y te sentiste feliz al pensar que poco a poco, con los días, las irías rellenando hasta estirar las costuras. Por primera vez en tu vida supiste lo que significaba la palabra futuro y eso tranquilizó la inquietud con la que abandonaste Pittenweem. A donde nunca ibas a regresar.

La señora te ha enseñado a cocinar el pastel de carne picada con puré de patata, el estofado de ternera, el asado de los domingos y el dulce de chocolate. Comidas que disfruta la familia al completo, en especial los días de fiesta, y que tú empiezas a saborear con deleite después de haber retirado los platos rebañados del postre, en la cocina, junto a los platos amontonados en la pila. Frente a la ventana, mientras comes, sigues los vagabundeos de los adolescentes del barrio. Melenudos que se sientan en los bancos de la plaza que hay delante a tocar la guitarra y cantar canciones que no oyes, ya hiele o truene. Esperas morirte así, sin saber lo que es la soledad. Sin pertenecer a esa tribu sórdida que ves en ocasiones dormir bajo los soportales o atosigar a los compradores, gorra en mano, para que les entreguen el escueto cambio que devuelven los tenderos en los puestos ambulantes en día de mercado. El domingo en el que la menor de las hijas de los señores salió para casarse en St Peter, después de que hubieran abandonado la casa familiar sus dos hermanas mayores, por la noche te pidieron que cambiaras la ropa de cama de la habitación ya inútil, la más pequeña por haber sido la hija menor, y que subieras al nuevo aposento desde tu cuarto bajo la escalera el pequeño baúl con tus pertenencias. Ni en sueños te hubieras figurado que pudiera ocurrir algo así.

A veces te parece que los años son correspondencia que llega al buzón y que se queda ahí amontonada sin que nadie la lea. Posiblemente una sea la carta de amor que cada persona cree tener destinada. En la tuya llama la atención un bulto en el centro del sobre. Si lo palpas, intuyes que es una rosa roja de un jardín bien cuidado de una pequeña casa en los suburbios de Liverpool. No haberla recogido te exime, o eso crees, de recibir los otros mensajes que han llegado al mismo casillero. Esas otras cartas con ribete negro, esos telegramas intempestivos, esas redacciones con faltas de ortografía y expresiones oídas en la homilía dominical. Ni una, ni las otras. Mientras el buzón continúe sin vaciar, los días idénticos te defienden de los infortunios. Cada jornada final de mes el señor te deja un sobre sobre la mesilla de noche de tu cuarto, ahora ya en el piso de arriba. No lleva indicación ninguna, y tampoco necesitas contar las libras para saber cuántas hay. Siempre las mismas. Abandonas el sobre cerrado dentro del pequeño baúl, que ahora guardas en el armario. ¿Para qué quieres un salario, te preguntas doce veces al año, si no le falta nada a tu vida?

Un día, sin embargo, descubres que tu observación ha sido todo este tiempo errónea. Hay algo importante que sí le falta. Solo una cosa, pero la ausencia existe y es menester remediarlo. Con susto, no te lo niegas ni a ti misma, por primera vez en tantos años abres el viejo baúl no para guardar un sobre, sino para volcarlo. Extendidos todos sobre la cama. Un montón de envoltorios que rasgas uno a uno mientras agrupas en montones las libras que vas rescatando. Los cuentas. Anotas el producto de la suma en uno de los sobres. Es la cifra de tu capital. No tienes ni la menor idea de si servirá para cubrir la falta que has descubierto. Pero pides hora en la parroquia con el padre MacKenzie. Y una vez dentro del despacho, le solicitas presupuesto para tu propósito. Mientras el sacerdote hace las cuentas, observas las paredes húmedas, la desvencijada mesa, los libros desfallecidos en los estantes, los desconchados en el crucifijo que preside la sala. Levanta la vista y te susurra, como avergonzado, una cifra. Una cifra nada trivial. Casi el precio de una casa. Pero sonríes, se te escapa una breve interjección de alegría. No solo tu cantidad la cubre, sino que aún queda un resto para que encarguen rosas blancas y las esparzan por la tierra que habrá de acoger tu memoria. Incluye lápida de piedra, un medallón esculpido y labrado un texto de cien palabras. Aunque sepa que no tiene tanta semblanza para esa extensión. La mitad se quedarán en suspiros, pero no te importa pagarlos como si fueran elogios. Debajo descansará una vida que siempre celebraste como la tuya propia. La única que te valía la pena haberla vivido.

Cartas al siglo XX | 10 de abril de 1944, lunes. Lunes de Pascua en mina Clara


La lengua es la que miente. La muerte siempre dice la verdad. El camionero de la carpintería no se atreve ni a acercarse. Da la vuelta en la entrada al recinto y marcha atrás avanza unos metros. En mitad de la explanada se detiene. Tiembla el motor unos segundos y enseguida regresa el silencio de la montaña. Solo murmullos y distante repiqueteo de herramientas. Tarda aún en salir de la cabina, aunque aún se demoran más en acercarse quienes aguardan junto a la boca abierta de la excavación, donde un grupo de hombres se arremolina. El que se aproxima, grita, «¿Cuántos traes?». «De sobra. Vienen treinta. Así lo hemos preferido, aunque ojalá tenga que llevarme de vuelta la mitad», el camionero ha esperado a que llegue su interlocutor para responder. «Treinta...», masculla, «vas a tener que ir a por más».

La lengua lo denomina así, grisú. No es nombre para un gas. Grisú parece el alias de una vedette. Rubia platino y traje largo con lentejuelas brillantes. Baila y canta y su burbujeo celebra que estemos vivos. «Tienes ojos asesinos», le susurran al oído sus pretendientes. Pero es también mentira. Como cuando le gritan en mitad de la actuación «me matas». Nada tiene que ver con la verdad. Grisú no es sinónimo de alegría, por más que la u aguda lo presagie. Es la ropa de viudedad que viste la roca. Un viso negro y un vestido negro que subrepticiamente la desnudan y buscan juntarse en un hueco, y cuando lo hacen y son suficientes las indumentarias que han abandonado la piedra de carbón, entran en combustión por sí mismas.

«Bajemos los que traigo y después contamos». Tres voluntarios se suman a la cuadrilla. Gente de los pueblos de la zona que al escuchar la explosión ha subido a la mina para echar una mano. El primer ataúd que desciende es el que más impresiona. Un rombo hexagonal de madera barnizada en negro, luce clavada encima una cruz de hojalata repujada. Vacío no pesa lo que aparenta. El camionero interrumpe a los paisanos que iban a apilar el segundo sobre el primero. Les da indicaciones. «Así, no, que se rayan. Mejor uno al lado del otro, pero sin dejar espacio. Uno al derecho y otro del revés, para que cuadren». Poco a poco extienden la alfombra de sombría madera sobre las matas secas y el barro removido. Treinta féretros. «Han entrado cuarenta este turno. No sé si alguno va a poder salir por su propio pie».

Lunes de Pascua. Con qué docilidad se expresa. Incluso, con qué dulzor. Revuelo de niñas y niños con labios pringados y en la mano aún un pedazo redondeado de chocolate que aguarda turno mientras se mastica vorazmente el anterior. Que los huevos pascuales ya rotos en múltiples pedazos sean los únicos que manchan los cuellos y los puños de las camisas blancas es la falacia que desvela el día. Son las mentiras del lenguaje y de las costumbres. El polvo del carbón al descender por los canales hasta las vagonetas donde se carga ni siquiera se parece a la polvareda diabólica que genera una explosión de grisú en el corazón oscuro de la mina sin que importe la festividad del día.

O quizá sí que haya afectado. A unos para bien, que hoy no han entrado en el turno para festejar el día con la familia. A otros para mal, por no tener familia en las montañas, han preferido bajar a la mina y cobrar el día. La mayoría han llegado a estos parajes solos, desde pequeños pueblos muy distantes. No habían sido mineros antes, aunque conocían bien la dureza de los oficios de la tierra. Alguno había llegado a pie, desde el otro lado de las montañas, haciendo el camino de vuelta que emprendió unos años antes huyendo del final de una guerra. Ahora escapando, quizá del inicio de otra guerra. El nombre que pronunciaban era el que figuraba como suyo en vida, lo fuera o no. Sin que nadie les pidiera un documento que lo certificara. Y ahora aquel nombre, que tantos había fingido por si el verdadero aún figuraba en algún listado, iba a ser el suyo para siempre en la duración de los certificados y de las lápidas. Hasta lo falso, la muerte lo transfigura en certeza.

A ninguno de los hombres que se iban a convertir en mineros a seiscientos metros en el interior de la tierra le importó que Clara fuera el nombre de la mina de carbón. Es posible que hasta le gustaran las resonancias a señorita de clase alta. No hay mayor engaño que el de las palabras. Entran en Clara como hombres, agrupados por las secciones de cada turno, y salen de Clara con aspecto extenuado, una jornada de trabajo después, como leves destellos de blancura en ojos y dientes bajo la negrura de la boina negra y la piel ennegrecida en el rostro, en las ropas oscuras y en las manos. Y siguen llamándola con este término falaz hasta que un día pascual de abril la vedette Clara Grisú los retiene entre sus faldas negras. Para siempre. «¿Más de estos treinta?», se extraña el camionero. «Treinta y cuatro». Y añade para sí: «Que en paz descansen», una mendacidad que en boca del minero de otro turno que ha acudido al rescate suena incluso verdadera.

CARTAS AL s XX | 20 de abril de1904, miércoles . Los últimos inquisidores



En el cuerpo están las últimas brujas

la que despeñaron en 1904—

LUIS FELIPE VIVANCO


«No ves que va descalza». Quien detiene la marcha responde así al aullido de protesta que acaba de lanzar el emboscado que la encabeza. La luna, en brazos de una sirena de nubes, sin decir nada contempla la escena. Con sendos pasamontañas calados hasta el cuello de la pelliza abotonada hasta la mandíbula, dos tipos sujetan a la mujer vestida con una simple camisa de dormir. Sus pies sangran, magullados en todas partes por las aristas de las piedras que pisa. El del grupo que ha pedido parar la marcha se desata las botas. Se quita los calcetines. «Ahora el descalzo serás tú, ¿te parece bien eso?», grita el que dirige la cuadrilla, y añade para sí: «Qué más dará cómo lleguen sus pies, para lo que los necesita cuando vuele». «Me quedo aquí esperando. Me traéis las botas de vuelta». «Lo que no quieres es implicarte, cobardón». El insultado se acerca a la mujer y le tiende los calcetines. Le sueltan un brazo para que los recoja y luego el otro para que se siente en una piedra a colocárselos. Calla. Ulula por ella una lechuza desde el centro invisible de la noche. Avanzan por una senda escarpada que asciende al risco que domina el valle. Abril tiende una colcha de calma sobre la oscuridad. Aunque ninguno en la partida tenga la suficiente erudición para saberlo, los libros anotan el nombre de La Beata Dolores, ciega desde la infancia, como la última bruja ejecutada. En 1739. Y sesenta y nueve años más tarde la Inquisición fue abolida. Por Napoleón Bonaparte. «¿Por qué hacéis esto?». musita la mujer casi sin formar las palabras en los labios, una vez resguardados sus pies en unas botas de hombre. «Por bruja», clama el guía, «y ahora adelante, que hay que subir a lo más alto».

«¿Estás seguro de que es por aquí?», se atreve a preguntar Blasco. «¡Blasco, no te metas donde no te llaman!» es la única respuesta. El sendero se estrecha, a cada paso más intrincado. Ya no consiguen los dos guardianes ir uno a cada lado de la mujer. Se impone el caminar uno tras otro, en fila. Al poco es Matías, que cierra el grupo, quien sigue dándole vueltas a lo que no entiende. «¿Por qué la has llamado bruja, si la vamos a despeñar por puta?». Luis se detiene de repente y atravesado por la furia se gira: «Y qué más dará una cosa que otra, ¿o es que no son lo mismo?». Se acobarda el esbirro, pero cuando el cabecilla reinicia la marcha se desabrocha la pelliza, se la quita y la coloca, con precaución para que no resbale y se caiga, sobre los hombros de la mujer. Noche desangelada, el cielo nocturno apenas deja ver, entre nubarrones, las lejanas estrellas. Continúan andando en silencio. La línea de tierra despejada desaparece bajo sus pies, y las botas de los caminantes tropiezan con ramas, troncos y pedruscos que en la negrura de la hora se advierten con dificultad. Luis detiene el avance. «Conce, creo que...». El adalid le corta la frase con un latigazo verbal: «¿Cuántas veces tengo que repetir que no me llames así, que ese es el nombre de mi madre, que no el mío?». Blasco titubea: «Siempre, como siempre te hemos llamado, llamado así». Matías resopla: «Estoy cansado, hace frío». «Si no te hubieras quitado la pelliza, valiente gilipollas». Y añade el dirigente: «Este es el camino cierto, estoy seguro, pero de repente ha desaparecido. ¿Qué demonios ha pasado? Ves cómo era una bruja, acaba de hacer un hechizo en nuestras narices. ¿Y si la despeñamos aquí mismo, en esta espesura?». Blasco mira a Matías y este, en voz tenue, repone: «Si no hay ningún peñasco por aquí».

La mujer ha dejado de gemir. Se concentra en mantener las fuerzas para no desmoronarse y en asegurar cada paso en mitad de la maleza por temor a que si cae herida la abandonen a los animales salvajes en mitad de la sierra. La senda ha desaparecido hace tiempo y el risco hacia el que se encaminan no aparece por ninguna parte. El bosque se presenta cada vez más tupido y ni siquiera ya cuentan con la compañía fugaz de la luna. Los tres hombres avanzan por inercia, sumidos en un desconcierto que atribuyen a la hora y al cansancio. «Si no es el risco, por aquí hay un barranco que para lo que lo necesitamos, nos va a servir lo mismo», afirma Luis, el Conce más pequeño de los hijos del alcalde, al que en el pueblo llaman con el nombre de su mujer. Sabe que su madera de líder le obliga a mantenerse impertérrito en sus opiniones. Solo lamenta haber permitido que el gallina de Tomás se quedará atrás por dejarle las botas a la bruja. O no haberle dado un bofetón al blando de Matías por quitarse la pelliza que ahora la arropa. «Si no hay risco, habrá barranco», se chilla a sí mismo por convencerse. A escasa distancia, escuchan un rezongar entre la fronda que no se ve. «Un jabalí», anuncia Blasco. La mujer se detiene, aterrorizada. Matías la sujeta por los hombros: «Ca, nada de ponerte miedosa ahora, aquí estamos nosotros para defenderte».

El Conce no sabe si sacar la navaja y cortarle el cuello a los tres que le siguen o clavársela a sí mismo, pero lo que no duda ya es que la situación se lo exige. Echa mano al interior de la faja y la extrae. Con parsimonia la despliega. A la palidez repentina de la madrugada, el metal brilla. Y vuelve a brillar la luna, ahora en el claro donde se han detenido. El jabalí se mueve, también cauteloso, entre las matas. «Esta me pide sangre», clama el Conce menor de los Conce. Matías da un paso adelante para situarse delante de la mujer, frente al agresor. Se arranca el pasamontañas: «Por puta se puede despeñar a una mujer, lo dicen todas las escrituras, pero por bruja ni hablar. Por bruja no se le puede tocar ni un pelo. Antes tendrás que pisar mis huesos. Mi abuela era bruja. Les vendía potingues y les hacía remiendos a las jóvenes y conocía todos los secretos y jamás un guardia le arrancó ninguno. Más valiente que un varón, no hubo mujer así en el pueblo. Estamos en 1904 y en 1904 ya no se despeñan brujas». «¿Y tú Blasco, qué opinas?». Blasco se desata el pañuelo del pescuezo y lo anuda en el cuello de la mujer sin decir nada. Luis el Conce clama hacia la luz naciente, que ilumina ya su espalda: «Pandilla de blandos» y sigue adelante por el sendero que no existe. Los dos hombres y la mujer se dan la vuelta cabizbajos, en silencio, para desandar el camino, ahora que se ve dónde se pisa. Y el jabalí entiende que son horas de regresar a su guarida.

CARTAS AL s XX | 9 de noviembre de 1989, jueves. No tenemos instrucciones


A las órdenes de mi Capitán. Le escribe a mano el sargento Müller ante la imposibilidad de cualquier otra comunicación desde el puesto de control en el paso fronterizo de Drewitz-Dreilinden durante las horas finales del día de hoy, 9 de noviembre del año en curso. En esencia el mensaje que deseo transmitir es que carecemos de instrucciones. Multitud de automóviles se agolpan ante las barreras bajadas. Pero no ha llegado a esta oficina ningún tipo de disposición sobre cómo actuar ante esta circunstancia. Los ciudadanos que los conducen hacen sonar las bocinas insistentemente. Los pasajeros que transportan han abandonado los vehículos y sobre el asfalto de la pista organizan actos que parecen festivos: tocan instrumentos de música, bailan, cantan, ríen y con frecuencia se reúnen en coros de abrazos. Algunos recogen leña de los alrededores y la organizan con la intención de encender fogatas de pequeño tamaño. Incluso se observa la acumulación de personas que se acercan a pie hasta el lugar, bien caminando por la carretera, bien atravesando el bosque contiguo. Unos y otros se suman de manera espontánea al jolgorio generalizado. Ante esta coyuntura los agentes destacados en Drewitz-Dreilinden no disponen de órdenes concretas sobre cómo actuar frente a la población. Y mi rango no me permite tomar decisiones en el sentido con el que habitualmente se reprimen los actos de insubordinación y escándalo moral. No tenemos instrucciones adecuadas para esta circunstancia.

Si quiere que le sea sincero, mi Capitán, el vacío de comunicación y notificaciones en el que llevamos horas sumidos, junto a la euforia generalizada de la población, crea en los hombres un estado de estupefacción con el que va resultar difícil recuperar el orden en este puesto de control. Mi rango me impide interpretar de un modo correcto el silencio jerárquico al que asisto como respuesta a los acontecimientos del día de hoy. Temo que cualquier decisión que asuma, ante esta completa falta de directrices, pueda pasarme un día factura ante los funcionarios del Ministerio para la Seguridad del Estado, a los que no les va a costar centrar en mi persona tanto la ausencia de respuesta ante la situación por parte de este puesto de control, como cualquier determinación que pudiera tomar, en el uso del mando que me corresponde, y que juzgado sin las circunstancias que me rodean en el presente pudiera considerarse erróneo, o incluso delictivo. Porque la total ausencia de una orientación clara por parte de las autoridades de las que esta misión depende no implican solo una actuación de orden público, sino quizá una aplicación de un nuevo orden que desconocemos y cuyo margen, permita mi Capitán que se lo esboce con las dudas que mis hombres y yo poseemos, en este momento va desde la reacción más firme, con la represión cruenta del incívico comportamiento generalizado, hasta la dejación absoluta de nuestras obligaciones abriendo las barreras y permitiendo que los ciudadanos que así lo deseen abandonen el país. Ha de comprender que resulta un margen de gestión del orden público excesivamente amplio como para que un sargento tome una determinación en un sentido o en otro, y no acabe por ello en el calabozo más oscuro de Hohenschönhausen.

No es mi propósito, ni forma parte de mis atribuciones, cuestionar el modo de administrar las comunicaciones desde la jerarquía a la que me debo y obedezco. Sin embargo, ha de reconocer mi Capitán que la actual dejación de responsabilidades en la cadena de mando, frente a los insólitos acontecimientos a los que mis hombres y yo nos enfrentamos, empujan nuestra situación hasta un lugar límite que desconozco cómo gestionar en relación al orden establecido. No ignoro, tampoco, que el silencio que recibo en todos los sistemas de comunicación con el mando he de trasladarlo a mis hombres, y que alguno puede no estar de acuerdo con la inacción de este momento, puesto que en cuestión de orden público la no actuación equivale a una clara actuación en un sentido opuesto al de nuestro ordenamiento jurídico, y en estos momento, del mismo modo que yo le escribo a usted, cualquiera de los agentes bajo mi mando puede estar redactando un informe sobre la situación de caos ciudadano y sobre mi no reacción reglamentaria ante ella para su contacto en la Stasi, de modo que este cero órdenes que recibo ya esté contando en mi expediente como una actitud antagónica al orden democrático y social del Estado. Es decir, mi Capitán, que esta noche me la juego y me temo que mi destino ya no dependa de mí, ni de mi actitud o decisiones, sino de una fuerza superior, que de momento se muestra ingobernable, sobre cuyo enigmático dictado no parece que haya nadie capaz de elaborar ninguna instrucción. Porque si cae usted, caigo yo detrás, y si cae el coronel, cae usted, y si cae el general, cae el coronel y si cae el presidente esta noche cuando se abran las barreras, nos precipitamos todos detrás. No sé si me entiende. Y tampoco sé si desvarío o exagero. Eso nos lo dirán los acontecimientos que, creo, ya nadie en la jerarquía consigue controlar. Me pregunto si no debería ordenar que mis agentes se desprendan del uniforme y vayan con los automovilistas a bailar abrazados en torno al fuego en mitad del asfalto.

CARTAS AL s XX | 29 de septiembre de 1941, lunes. Elegía de La Muedra


«La edad de la espera», me llamaban unos; «la condena», los más pesimistas. No oí hablar de otra cosa en mi niñez. Nací en 1923. El pueblo era pequeño, un centenar de casas. Se vivía bien. No faltaban legumbres en la mesa ni un trozo de carne los domingos. Mi padre apretaba con fuerza la hogaza en una mano y en la otra su navaja cortaba gruesas rebanadas de pan. Soria era un país tranquilo, donde nadie mataba a nadie. Esas atrocidades ocurrían, lejos, en la capital y aquí, cuando llegaban las noticias, no sabíamos ni quién era el asesinado. «Cosas de Madrid», se repetía. Es lo que oí contar durante toda mi infancia a los mayores. Nadie me pregunta por mi edad, porque todos en el pueblo la conocen. Siempre exacta, significa el tiempo de prórroga. Lo cierto es que la historia debió de correr entonces de lo lindo, por la cantidad de referencias que oigo. Que si el rey, que si Primo de Ribera, que si la República… En La Muedra no existieron nunca tantas épocas. Solo una, la del tiempo amedrentado por una amenaza.

Cuando tenía dos años, no lo recuerdo, claro, pero sé que estuvieron a punto de olvidarse de mi mote, la espera. Cosa de los antojos en la capital. La condena se había acordado el año de mi nacimiento, pero los ajetreos de la política, se creía, tenían menos memoria que una vaca, que cada vez que levanta los ojos de la hierba que está mordiendo ve por primera vez en su vida el prado donde siempre ha vivido. Es lo que se estimaba que estuviera ocurriendo en la capital cuando desde Valladolid, y no podían ser otros los desalmados, les dio por acordarse de lo pactado. Y reclamarlo. No era eso lo peor, lo que dejó de verdad noqueado al pueblo, según tengo entendido y me han contado, fueron los argumentos. Para el sostenimiento de la población de Valladolid y de Soria, y de toda Castilla, nosotros, en nuestro triste pueblo, teníamos que hacer las maletas y largarnos. ¿En qué cabeza cabe esa construcción lógica? Que un pueblo perezca para dar vida a «infinitos pueblos», así mismo se repetía, siendo nosotros los únicos sacrificados. Fue en esta época cuando lo de la Espera pasó a ser, a diario para mi disgusto, la Condena.

El valle donde está La Muedra es una belleza. Diciendo que sus campos son fértiles se queda una a medias. Son lo siguiente. El ganado engorda con el aire, los cultivos crecen con la luz. Y cuando queremos ver mundo, el carro nos lleva a toda la familia en un rato hasta Vinuesa. Por muchos palacios que haya —por cierto, cayéndose a cachos—, allí nos paseamos como señoritos por la calle Luenga sin sentir envidia de nada. Había ido creciendo, entretanto, y con los años volví a ser la Espera. Hasta que de repente, al cumplir los doce años, aparecieron por el ayuntamiento unos señores de traje y bigote subidos en un haiga negro-negro con un rótulo donde se leía «Fomento». ¿Qué diablos significa esta palabreja? Compraban las casas a los que no se negaban a vendérselas. Los plazos, de repente, se precipitaron. Soñaba con cumplir trece años al final del verano y un día nos dicen que estamos en guerra sin haberle hecho nada a nadie para que ocurriera algo así. Al contrario, fue como si se repartieran permisos para enfangarse unos contra otros que hasta entonces habían sido amigos. Incluso familia. Con la guerra se olvidaron de mi mote y, pese a lo enrarecida que se convirtió la vida, eso me alegró.

Pero cuando todos celebran que la guerra por fin se acabe, empiezan, de pronto, a llegar a la cabecera del valle camiones con prisioneros. Los vemos cavar a lo lejos día y noche, a punta de mosquetón, para ponerle puertas al campo y convertir mi apodo en una inminente Condena. Tengo 16 años y es lo que han tardado en cumplir la amenaza sobre los habitantes de La Muedra que aún no se han marchado. Incrédulos, los que aún permanecemos en nuestras casas nos miramos en la calle cada vez que nos saludamos como preguntándonos qué va a ser de cada cual. Unos, a Vinuesa; otros a Molinos de Duero; alguno a El Royo. Solo pensarlo provoca una sensación de pesadilla de la que resulta imposible despertar.

Mi único deseo era cumplir los 18 años en La Muedra, ser mayor de edad donde siempre he vivido. Este día, cumpliéndose el vaticinio de mis apodos, solo veo asomar la planta cuadrada del campanario de la iglesia de San Antonio Abad un metro por encima del agua, allí donde ha desaparecido mi pueblo. Unas semanas antes mis padres, que a regañadientes fueron los últimos en irse, vaciaron las pertenencias de nuestra casa. Vistas salir por la puerta no resultan gran cosa. Un armario ropero que arrastran entre mi padre y el camionero, otro más pequeño, el mío, que saca sobre su espalda mi padre solo, dos camas, una grande y otra pequeña, y dos colchones, una mesa y las sillas, la vitrina, algunas cajas de cerveza llenas de cacharros, un baúl y tres maletas atadas con cuerdas por lo obesas que parecen. Qué suerte tengo de que no quepa en la cabina del camión, donde se van mis padres con el conductor y me dejan, como ya voy a ser mayor, sola en la casa vacía.

Enseguida empiezo a ver por dónde va a entrar el agua, cómo irá anegando las habitaciones hasta el techo y luego todos los techos de La Muedra, incluidos los que están debajo de la tierra en el camposanto. Con un trozo de carbón dejo escritos por las paredes recados a los nuevos habitantes del embalse. Escribo mi nombre, no mi apodo, el de mis padres, el de mis abuelos y hacia atrás todos los que recuerdo. Les cuento quiénes somos a los peces, a las algas y a los bentos. Cuáles son nuestras preferencias. Qué opinamos de la justicia de los infinitos frente a los habitantes. Coloco bien puestas en el alféizar de las ventanas las macetas que mi madre no ha querido llevarse y han quedado desperdigadas por el patio. Pobrecitas, al principio se pondrán contentas con el riego, pero pronto el alimento se convertirá, como para nosotros, en condena. Quiero que permanezcan ahí, en las ventanas, por las décadas que tengan que venir, decorando la que siempre será mi casa, aunque ahora, bajo un mundo acuático, solo yo me acuerde de su belleza. El día en el que la condena se cumple, el 29 de septiembre, con la inauguración del Embalse de Cuerda del Pozo, en otra casa brindamos por mi mayoría de edad y por fin respiro liberada de mis apodos, es lo único bueno que trae la fecha. Ya nadie me relacionará con el cumplimiento de una sentencia a muerte.  

CARTAS AL s XX | 11 de mayo de 1903, lunes. Lección de entomología



«Once de mayo de 1903». Leo la fecha en un certificado de defunción cuyo papel oscuro y envejecido ha empezado a deshacerse por los bordes. De inmediato me pregunto dónde estaba yo aquel día. Al siguiente o al otro lo sé, en su velatorio; imposible pensar que estuviera en otro lugar. No lo presencié como soy ahora, claro, pero de alguna manera tuve que asistir al entierro. Era el hermano pequeño de mi abuelo, del que apenas sobreviven recuerdos porque murió muy joven de una súbita apoplejía. En mi abuelo algo mío, al menos como potencia, debió de existir el día del sepelio de su hermano. Aunque si continúo con la lógica de este pensamiento veo que no conduce a ninguna parte: ¿también yo llevo dentro de mí la descendencia que tendré? ¿En qué parte de mis veinte años recién cumplidos, que ni siquiera cuentan con una novia para compartirla? Vía muerta, sin duda.

         En 1903 faltaban treinta años para que naciera yo. En aquella época mi madre aún asistía a la escuela primaria, sin albergar pensamiento alguno sobre el hecho de un día dar a luz un hijo, es decir, a mí. El hermano de mi abuelo, sin embargo, no debió de ocultar dentro ninguna descendencia futura, porque falleció tan joven. Y soltero. ¿Y si en realidad sí la llevaba, pero las circunstancias sobrevenidas impidieron que le diera tiempo a conocer con quién desarrollarla? ¿Dónde fue a parar aquella semilla? No sé por qué insisto en pensar lo que no admite pensamiento. La gente se preocupa por su supervivencia en el futuro, pero compruebo que a mí únicamente me intriga saber dónde diantres me hallaba antes de nacer.

El empezar a escribir mi primer libro es la razón de que me impacte tanto la fecha del fallecimiento de mi tío abuelo. Sin fecha concreta, la muerte de quienes nos precedieron es una idea abstracta, pero el conocer el día, el mes y el año de un acontecimiento lo acerca tanto que, de repente, parece formar parte de la vida presente, porque este año mayo tendrá de nuevo un día once, como entonces. De ahí que ahora casi recuerde su velatorio, al que asistí junto a mi abuelo, dentro del cuerpo o de la mente o quién sabe dónde. De las pertenencias que recogieron en la habitación donde vivía mi tío abuelo, naturalista vocacional, alquilada a una viuda en una casona de las afueras, la mayor parte, según le parece haber oído a mi madre años más tarde, se extravió. O quizá acabara en un basurero. Me inclino a lo segundo, teniendo en cuenta que las cajas entomológicas, llenas de insectos pinchados con agujas, y los herbarios, a rebosar de ejemplares secos de plantas y flores, no son recuerdos que a la gente le guste conservar en sus casas. Salvo que se tenga una desmedida afición a las ciencias naturales. De los bienes de mi tío abuelo solo ha perdurado una caja de cartón llena de papeles viejos y en desorden.

Recurro a esta caja, arrumbada desde hace décadas en el desván de la casa familiar, porque creo recordar que mi madre me contó que mi tío abuelo había escrito también un libro que nunca se llegó a publicar. Algo que no hizo mi bisabuelo, ni mi abuelo, ni mis padres, y el hecho de que a mí se me hubiera ocurrido empezar uno me une, de repente, a mi antepasado entomólogo. Entre papeles inocuos, me llaman la atención unas cartas que encuentro guardadas en una caja de madera atada con un cordel. Es lo único que despierta mi interés. En el remite, la sorpresa. Son tres cartas de Jean-Henri Fabre, el padre de los estudios naturalistas en Europa. Están redactadas, claro, en francés. Las dos primeras son convencionales, pero en la tercera, más extensa, leo «A l'occasion de votre agréable visite il y a deux semaines...». De inmediato alzo la mirada hacia la fecha y me quedo helado. «Harmas, 3 avril 1903».  Mi tío abuelo conoció al enorme investigador y maravilloso divulgador en su casa de Sérignan-du-Comtat. Nadie me ha hablado de este episodio.

Del libro que se dice que había escrito, aunque nunca publicado, sin embargo, no queda rastro entre los papeles de la caja. Una frase final de la carta tal vez aporte alguna luz sobre su paradero: «Je lirai prochainement votre manuscrit et promets de vous aider à le diffuser». Leyó estas líneas escasos días antes de fallecer. Pobre tío abuelo mío. Cómo me gustaría haberle conocido. De nuevo someto a mi madre a un intenso interrogatorio, pero no recuerda gran cosa, era muy pequeña entonces, solo cuenta anécdotas sueltas que escuchó en su adolescencia. Ni siquiera mi abuelo es capaz de concretar más. «Era muy independiente. Se pasaba la vida en el campo o de viaje. No podíamos ni ir a verle, tenía la habitación que ocupaba llena de bichos. Tu abuela se ponía de los nervios con solo olerlos». Es todo lo que he conseguido saber de mi enigmático pariente.

Inicio un cuaderno, idéntico al que contenía los primeros párrafos escritos de mi libro, con su nombre en el encabezamiento de la primera página: Profesor Augusto García Casado. Y vuelvo a repasar los papeles, extrayendo los datos que encuentro y poniéndolos en orden. No son muchos, pero el atento escrutinio de los documentos me descubre algunos apuntes de campo suyos, que posiblemente extraviara. O quizá, ahora que lo pienso mejor, olvidara guardar cuidadosamente en sus carpetas de anotaciones, que sin duda existieron, y que se han perdido todas. Salvándose solo lo que desechó, estos papeles huidos del orden que, sin embargo, han sabido navegar las décadas mejor que los clasificados. Paradojas del tiempo. Con lo que no quiso guardar tendré que contar su historia. En un apunte, que me parece especialmente hermoso, dibuja con tinta las dos tegminas de una mantis esbozada a lápiz, y sobre cada una de las alas traza y numera sus delicadas nervaduras. 

Cada papel suyo me permite salvar un momento de su vida que consigno en el cuaderno que le dedico, cuyas páginas crecen a buen ritmo. Donde no alcanzan las investigaciones, invento. Recreo viajes, capturas de insectos, recolecciones de plantas. He rebuscado en librerías de viejo entre los manuales de la materia que pudo haber consultado, pues sus libros tampoco se han conservado. Escribo en la cubierta del cuaderno un título con aires autobiográficos: Diez de mayo de 1903. El primer día del que tengo noticas de mi vida anterior a mi nacimiento. Es mi libro, aunque tampoco se publica. Alguna vez me pregunto dónde se perdieron los párrafos escritos del que iba a ser mi primer libro. Tal vez en el lejanísimo 2003 alguien los encuentre, en hojas arrancadas de un cuaderno inexistente, como única revelación de mi vida, igual que la de mi tío abuelo Augusto desaparecida en el rotar del tiempo, por no hacer mudanza en su costumbre.

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CARTAS AL s XX | 1 de abril de 1940, lunes. La línea P



En las provisiones, carne fresca y vino embotellado. Sin que haya oficiales con nosotros. ¿Se habrán vuelto locos?, pienso. El cabo primero me saca de dudas: «El primer año de la victoria, tarado». Tal vez por mi tara no sepa ahora si lo ha pronunciado con mayúscula o con minúscula, como lo acabo de escribir. A mí el aniversario solo me evoca la llegada de la noticia al pueblo. Lo sé por cómo lo contó padre en casa. Entró el telegrafista azorado en la taberna y casi entre aullidos más que con palabras gritó «Sé acabó», y lo fue repitiendo ante cada una de las mesas ocupadas. ¿Quieres creer que alguien le hizo el menor caso? Quien tenía una sota en la mano y le tocaba tirar, la soltó tranquilamente. Quien dirigía al gaznate un sorbo de aguardiente ni se detuvo ni buscó antes brindar. Cada cual continuó su rutina como si oyera llover. Como si nada de lo que ocurría aquel día, que acabó siendo sonado, tuviera algo que ver con la vida corriente. Tampoco padre. Que si lo explicó luego en la comida, no fue por el contenido histórico de la frase, sino por lo ridículo que se había puesto el funcionario del telégrafo, un tipo finolis que ni era del pueblo ni le caía bien a nadie, con sus «chillidos de chimpancé». Así es como se refirió al asunto entre carcajadas.

La noticia de que la guerra se había acabado no le había interesado a nadie ni un ápice más que el aturdido vocear de quien la daba. De eso me quejo ahora. ¿Qué es exactamente lo que se había acabado? Sé que lo hago por pura retórica, pues nadie tiene que explicarme que si el billarista apunta a una bola, la gracia de su golpe no está en que impacte en su objetivo, sino en que la bola golpeada arremeta después contra una la tercera, que está tan tranquila en otra parte. Y esa tercera bola era yo. Que unos se hubieran peleado con otros durante tres años, no era más que un chaval cuando todo aquello empezaba, acabó por golpearme a mí, que ni siquiera me gustaba ir a la taberna a matar el tiempo. Mi tiempo empezaba ya a ser importante para mí. O eso creía entonces.

Días después, y aunque pensara que aún no tenía la edad, al poco de estrenar la paz recibí la citación para presentarme en tal fecha a tal hora en un cuartel de la capital. ¿No se había acabado? Era lo que decían en la radio y lo seguía repitiendo el telegrafista por las calles como un poseso; sin embargo, a mí me alistaban. Cuando le enseñé la carta a padre encogió los hombros. «Es lo que toca», me dijo. Y se largó a la taberna. Todos me felicitaban: «Has tenido suerte, ahora que la guerra ha acabado». Y me acordaba de Pincho el Tuerto, que no perdía oportunidad de dar gracias al Señor por no haberse quedado ciego.

En la capital nos dieron unas semanas de instrucción, sin demasiado entusiasmo porque ya debían de saber que no nos querían para ir a tirar tiros. Y un buen día nos metieron en un tren, luego en otro, y aún necesitaron de un tercero, todavía más lento, del que nos bajamos al anochecer en un apeadero perdido en la montaña, desde donde se oía el mar. Con un retumbar que era como darse un porrazo enorme y luego trastabillar un rato por un camino de piedras. Es decir, al revés de lo que dicta la lógica de las caídas. La playa estaba al otro lado del pinar, muy cerca y aunque estuvimos un buen rato escuchando las trompadas mientras esperábamos los camiones, no nos dejaron movernos de allí. Nunca había visto el mar. Solo en fotografías. En las fotos ni se mueve ni provoca estruendos. Ah, la vida militar es de otra manera, no nos dejaron ni siquiera asomar la cabeza para contemplarlo por primera vez. Aún sin verlo, aquel sonido me impresionó.

Y continúa impresionándome ahora, que lo veo a diario sobre la loma donde excavamos y lo escucho a mis pies muchas tardes, antes de cenar, cuando nos escapamos a fumar un cigarrillo sentados en una roca, como filósofos. Quizá se necesite serlo para comprender nuestra circunstancia actual de soldados. Hace un año que la guerra se acabó, y sin embargo, aquí estamos, al pie de la frontera, pico y pala, cavando un búnker. El lugar es sorprendente. Cap Ras, lo llama el cabo primero. Parece un grano que le hubiera salido a la costa. Casi una isla. Desde que estamos aquí destinados, no hemos visto a nadie por la zona. Las viñas y los olivares siguen abandonados. Es raro ver salir una barca que vaya a pescar. No hay caza. De un cuartel, que no sé dónde cae, nos traen a diario las provisiones. La comida es buena. Una vez por semana nos toca hacer guardia. Es el día de descanso.

A lo lejos, sobre las lomas o sobre los montes, se avistan otras secciones dedicadas a lo mismo que nosotros. Cavar. El cabo primero que manda no tiene más idea que sus soldados de lo que estamos haciendo en el culo del mundo. Hemos oído que contribuimos a crear la Línea P. «¿P de Pérez?», preguntó el gracioso para que nos riéramos. «No, P de Gutiérrez», le atajó muy serio el cabo, y resultó que era como la llamaban por aquí. Es una línea con miles de fortificaciones que empieza en la costa, donde excavamos nosotros, y continúa por la cordillera pirenaica, que se va a llenar de bunkers como el nuestro. ¿Para qué, si ya no hay guerra? Será que no se acaban nunca y cualquier día está previsto que aparezcan enemigos por las montañas. «Si por ahí no asoman ni las cabras», acertó a decir un manchego el día en el que lo discutimos con el cabo. «Quiá, le respondió, lo que hacemos son defensas antiaéreas». Y entonces por instinto levantamos a la vez la vista hacia el cielo, donde ni siquiera había una nube y solo cruzaba un pájaro a la carrera. El cabo aprovechó que mirábamos hacia lo alto para señalar unas montañas a lo lejos: «Por allí es por donde han de llegar los aviones enemigos», pero tampoco aclaró qué bandera llevaban pintada en el timón. No nos matamos trabajando. Hay que excavar un nido de ametralladoras y un refugio bajo tierra de unos 25 metros cuadrados, camuflado entre las rocas y los pinos. No se ve que nadie tenga prisa en que acabemos la tarea. Y menos nosotros, que aquí estamos sin mandos, alimentados y nos dejan en paz. Hemos oído que se han de construir diez mil refugios como este. En todo el Pirineo. Eso nos quita las ganas de acabar este: como en Cap Ras, donde el invierno parece un verano del norte, no estaremos en ningún otro lugar. Que por ahí nieva.

Me ha tocado hoy precisamente la guardia de aniversario y el turno justo en mitad de la noche. En lugar de tumbarme bajo un pino a dormir, como es costumbre cuando no sopla el viento, me ha dado por pensar. Y me he puesto a cavilar. Alumbra estas frases que escribo un triste farol, que verían desde las líneas enemigas si existieran. El mar, infatigable, acuna la tierra como una madre. Lo escucho de fondo jadear. Sobre mi cabeza, en un cielo transparente, desfilan las galaxias a lomos de sus graves incógnitas. De vez en cuando ulula una lechuza y le respondo que se vaya a molestar a otra parte, lo digo en voz alta solo para oírme dar un sentido comprensible a esta infinitud que me rodea en el mismo saco de la mezquina vida de soldado.