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15 de marzo, viernes. Chanson d’amour


Rafael Pérez Estrada, «Eros», 1996

LOVE SONG

El engarce entre listones de la persiana bajada dibuja tumores amarillos sobre el mármol. El polvo de la taberna baila, como al son de una pianola, sin salirse del rayo que lo ilumina. Molly y Jimmy se sirven licor en una taza de café cuyo borde ensucia una aureola oscura. Por las ventanas abiertas se cuela la megafonía de la estación de Waterloo, que parece esconderse de su propio destino. Como si fueran copas, desprecian el asa cuando alzan las tazas para brindar. Luego vuelven a llenarlas y miran hacia la cristalera donde, echado el toldo, se reflejan sus besos.


CANZONE D’AMORE

Un café de barrio no es lugar para perder una tarde de sábado. Cocetta lo que quiere es pasear por el Corso, aunque haya que ir en autobús. Recorrer tiendas, no sé, tomar un helado en Piazza del Popolo. Tiene la ilusión de sentir la mano de Orazio de repente sobre la suya en mitad de los gruñidos imposibles con los que se hablan los turistas. La ilusión de que los escaparates la contemplen cuando acaricie su cabello suelto. La esperanza de acabar muerta en la parada y allí de pie que no importe que no pase nunca el suyo.

 

愛の歌  

A Sakura no le impresionó el primer beso de Hayato. Se lo pudo haber dado en el tranvía, mientras hablaba sin que el traqueteo le permitiera entenderlo. En el parque, el día en el que los cerezos florecieran. En una terraza del paseo marítimo, bebiendo un Calpis. ¿En qué película, se preguntaba Sakura, habrá visto que el amante se declara en un portal idéntico a todos los portales de una calle? Solo la impresionó el amor cuando fue a saltar sobre un charco —¡cuánto disfrutaba haciéndolo!— y al ver reflejado a Hayato se detuvo y no quiso romper el cristal.

 

LIEBESLIED 

La primera vez que hicieron el amor no sabían cómo se llamaban. Se lo habían dicho un poco antes, cuando se conocieron en una barra de Berghain, pero el volumen atronador de la música se comió la voz que se nombraba. En el cuarto oscuro se apresuraron a desnudarse sin verse ni siquiera en un reflejo. Luego, fuera, en el aparcamiento, entre coches fugaces, se reconocieron. En esta ocasión caminaron juntos hasta el chiringuito, y con una cerveza servida en vaso de plástico, cuando Geert dudó, Ilse dijo: Ilse, me llamo Ilse. Y resultó una hermosa revelación de la noche.

 

LAULU RAKKAUDEN 

De haber visitado una quiromante, las cartas hubieran pronosticado una encrucijada en sus vidas, pero los dos, Sirkka y Kalevi, en Helsinki-Vantaan, en diferentes colas de facturación, se encomendaron a los designios de una computadora, que los sentó una junto al otro. Atendieron las instrucciones de seguridad, pidieron sendos zumos de naranja a la azafata y se vieron reflejados en la ventanilla contemplando la ciudad que ambos desconocían durante la maniobra de aterrizaje. Aunque en algún momento se preguntaran quién sería el vecino, no cruzaron palabra, y con tan escasa realidad nada pudo hacer el amor para enloquecerlos un poco.

 

CANÇÃO DE AMOR

Los círculos de velas ardiendo en Copacabana, una noche sin luna, y en la cabeza la rotación de las esferas impulsadas por la caipirinha. «Bañémonos», sugiere Denilson mientras contempla a lo lejos, en el paseo, las ventanillas iluminadas de un autobús en la parada. El océano parece no ser de la misma opinión; su leve rugido, aunque incomprensible, delata un discreto enfado. «Vayamos al agua», insiste Denilson, y le convence a él mismo ver su gesto decidido e ilusionado en la lente de las gafas de Cida. Cuando la fría espuma cubre los pies, Cida se sujeta a su brazo.

 

ПЕСНЯ О ЛЮБВИ 

Sveta aprovecha cualquier cristalera para contemplar su corte de pelo, en especial le gusta mirarse de reojo al pasar frente al bar donde se reúnen los reclutas parlanchines de un cuartel próximo a su casa: repentinos silencios y miradas atentas, también la suya, confluyen en el dulce balanceo de su media melena. Una tarde, junto a la estación de Kievskaya, haciendo cola frente al puesto de kvas, habla con un soldado. «Me llamo Rodion», él. «Ah, Rodya», ella. «Estas cosas solo pasan en las novelas», él. «Pide, que nos toca, Rodya», ella, meneando la cabeza. «Ni en las novelas», él.

 

प्रेम गीत 

Nadie en Purjawala es cualquiera. Dependemos unos de otros, incluso para merecer un saludo que alegre el día. Hasta el conductor del autobús, que llega una vez por semana envuelto en una nube de polvo, es una personalidad en el pueblo. Le preguntan por su mujer e hijos, y a cada uno le cuenta la misma historia, pero saltándose partes, por abreviar, de modo que el último se queda sin saber nada. Luego se toma un té bajo una sombrilla y dice satisfecho: «El horizonte». Cuando vivamos en la ciudad, amado Paranjoy, ¿quién preguntará por la madre enferma de Vanalika?

 

أغنية الحب

Un desagradable aliento a arak le alcanza cuando el guardia de seguridad de la playa privada en Áqaba encañona a Malika con mirada de desprecio y farfulla incomprensible porque se presenta en la puerta sola, sin Azzâm. «Mi novio habrá perdido el autobús, no voy a esperarle en la playa pública», le responde. «El mundo se hunde bajo mis pies», clama el vigilante alzándose la chilaba para mostrar sus recias botas militares. Azzâm, Azzâm, antes inventarán una imagen holográfica masculina para pasear con ella que se cuele en algunas cabezas el mínimo destello de lo que ocurre en la realidad.

 

ΤΡΑΓΟΥΔΙ ΑΓΑΠΗΣ 

El barco los trae y el barco se los lleva, dice Agnes cuando alcanzan el promontorio desde donde se contempla el puerto de Chora. Y Adrastos piensa en el negocio de distribución de retsina que tiene su padre y tuvo el abuelo de su abuelo. «Siempre entre estas cuatro paredes de agua», gime Agnes, y Adrastos la anima: «Todos quieren verse reflejados en un cielo tan limpio, nosotros ya estamos aquí». «Qué palabra más pequeña: aquí», se lamenta Agnes. «Pero te quiero, un día padre me cederá las llaves del almacén». «Sí, pero cuando leva ancla, los extranjeros ríen felices».

 

AŞK ŞARKISI 

«Es verdad que no tenemos gran cosa, Orhan, aquí junto al río, entretenidos solo con la pelea entre la niebla baja y las luces fugaces que cruzan el puente Boğaziçi». «A veces me pregunto: ¿qué más quieres, Dilara? Nuestro es el chirrido de los tranvías, el canto de los vendedores de boza, el frío y la humedad de la noche. ¿Qué más quieres, Dilara?». «Nuestro el dialecto del cielo que no comprendemos y la acuarela de la ciudad que el gran charlatán dibuja en la pizarra de las aguas. ¿Qué más podemos desear, Orhan, cuando tu mano aprieta la mía?».

 

ՍԻՐՈ  ԵՐԳԸ 

El nubarrón sobre el barrio de Nork se fragmenta en caprichosos triángulos cuando se mira en los cristales de la estación abandonada del teleférico. Bedros arranca con la punta de la zapatilla, en el peldaño donde están sentados, un trozo de hormigón. «Aquí hay más arena que cemento, no me extraña que todo se venga abajo». «¿Cuándo me llevará este fantástico albañil a beber una agua de Jermuk?» —aprovecha Lucine el comentario profesional. Bedros levanta la vista, admira sus ojos oscuros, sonríe: «Para ti construiré un teleférico de hormigón armado que suba hasta la cima nevada desde aquí mismito».

 

เพลงความรัก 

Cuando Phailin alzó la mirada, aún con el agua de coco ascendiendo por la pajita hacia los labios, Kovit sorbía cabizbajo, contemplando del día solamente su rostro desfigurado y cada vez más pequeño conforme menguaba el líquido en la cáscara partida. Las vistas al río Chao Phraya eran idénticas para los dos, pero a la muchacha le dio tiempo de ver cómo un avión escribía en la pizarra del cielo un mensaje incomprensible y adivinar en qué tronco un perro iba a levantar la pata. Todo eso no lo vendían con el agua de coco, pero Phailin sí lo compraba.

 

 CANCIÓN DE AMOR

«He descubierto un blog con canciones de amor», grita desde su bicicleta Julio como quien aplica las nuevas tecnologías a pretextos antiguos. «Vamos a verlo», acepta subir Ana a su habitación en la Julio Cienfuegos. Mientras el aparato arranca entre quejas y balbuceos, le muestra un yogurt de coco: «¿Te apetece? Es lo único que tengo, está fresquito». La luz entra por detrás, y sobre la pantalla encendida Ana no mira las palabras que Julio pronuncia, sino sus ojos pendientes de leerlas. «A esta canción le falta algo» —dice maliciosa. Y es el blog, ahora, el que descubre el amor.



Actividad realizada en el Instituro Suárez de Figueroa de Zafra. Lectura y análisis de la serie. Resultados:

MOTIVOS RECURRENTES:

FORMA

Métrica: textos de cien palabras.

Títulos: mismo lema, diferentes lenguas

CONTENIDO

Nombres propios del lugar

Nombres propios de los personajes

Bebida característica del país

Lugares del encuentro

Sonidos alrededor

Reflejos

Diferentes gestos amorosos

 

TESIS:

1. El amor crece a la luz de la informalidad.

2. Se nutre de la improvisación.

3. Los instantes fortuitos tienen más valor que las convenciones.

4. No sirve de nada querer empezar por el final, el camino se anda desde el primer paso.

5. Para que ruede,  antes hay que empujar.

6. La confianza es un arma de doble filo, hay que distinguir dónde se deposita.

7. El único ámbito donde lo imposible está al alcance de la mano.

8. La pertenencia a un lugar no es nunca circunstancial.

9. Se implica en la igualdad absoluta de derechos entre mujeres y hombres.

10. Es capaz de convivir con las contradicciones.

11. Es capaz de darle un significado nuevo y hermoso al mundo. De contaminarlo con su belleza.

12. El idealismo amoroso no anula la visión crítica de la realidad, es más, se convierte en un motor de cambio.

13. La simetría del amor siempre es asimétrica. Convivir con ella es lo más complicado.

14. Los discursos sobre el amor admiten cualquier género de la escritura o de la expresión plástica, pero no lo sustituyen, todos resultan insuficientes ante su vivencia en la realidad.

8, jueves. Abril. Amoríos

De Monsieur Teste, aquel ser simulado que ideó Paul Valéry —en la misma época en la que Pessoa dirigía su orquesta de heterónimos y poco antes de que Machado empezara la contratación de su banda municipal de filósofos apócrifos—, afirmaba su velada esposa: «De hecho, el señor Teste piensa que el amor consiste en poder ser tontos juntos». En el original: à pouvoir être bêtes ensemble. Una definición en la que resulta interesante detenerse.

El progreso del ser humano se construye a partir de la conquista de la racionalidad sobre el pensamiento irracional. En este, el amor no se diferenciaba del resto de los impulsos animales de los humanos. Pero Platón, al inicio del camino de la racionalidad, no encontró razones para contemplar el amor dentro de su cauce. Lo acumuló al paquete de lo mitológico y lo echó fuera de las murallas, junto a sus exégetas, los poetas. Por eso entre la gente todavía recibe el apelativo de poeta quien anda ciegamente enamorado. Es curioso cómo sobreviven estas ideas en el curso de los siglos. Cualquier movimiento filosófico que haya desafiado la racionalidad desde entonces ha esgrimido el amor como arma. Así lo hicieron los medievales con el Amor Cortés frente a la moral religiosa de la época. Los románticos, frente al espíritu pragmático de la Ilustración. 

El movimiento cultural más intenso para integrar el amor en la racionalidad quizá haya llegado desde el cine. La doble exigencia de un final feliz, por un lado, y de una enseñanza positiva para la sociedad, por otro, convergen en el hecho de que las películas ensalcen la alianza entre convenciones sociales y ejemplaridad del amor que Platón rechazaba. Un pacto en el que la sociedad acepta el amor como impulso propio y el amor se deja erosionar las crestas más irracionales. No sé si el amor podrá liberarse alguna vez de su otra cara de la luna. Quizá también el cine contribuya: su irracionalidad ha pasado a la marginalidad social, entendida como sexo, mientras en el centro del fenómeno solo permanece una versión edulcorada por la pureza ideal de los sentimientos. Cómo echo de menos aquella vieja identidad platónica que conectaba a los amantes irredentos con los poetas, y a estos con los vientos de la irracionalidad. Quizá Bukowski y Fonollosa hayan sido los últimos intérpretes de aquella música salvaje que impedía cualquier idea sensata sobre el amor. Cómo añoro la definición de Monsieur Teste.  

3, martes. Noviembre. ¿Dónde no quedarse encerrado? Práctica del epigrama 26


Pienso en el símbolo de la llave del corazón. Hace unas semanas me pasó algo desagradable. Escribí en un texto una frase paradójica que significaba más o menos «quedarse encerrado fuera» como vértigo existencial. Pero unos días después (siempre sucede unos pocos días después), en una serie italiana, de la que ya solo vagamente recuerdo la trama, el protagonista dice: «lo que más temo es quedarme encerrado fuera de mi casa»). Ahora lo recuerdo: la frase justificaba el hecho de que dejara unas llaves escondidas en la puerta de su casa y se lo dijera a la protagonista en la primera cita, quien, más tarde, entraría en casa ajena gracias a la llave escondida. No era una frase con dimensión filosófica, sino solo funcional. Nadie notaría su profundidad, porque solo explicaba que pudiera acceder a la casa sin permiso de su dueño. Pero con ella yo perdí la amplitud de la mía, y eso me entristeció, como quien pierde un objeto que apreciaba. Se trata de un símbolo clave: el miedo a ser encerrado fuera del lugar de la felicidad, a la intemperie. Porque el rasgo más angustiante de encerrado, en el fondo, no es el hecho obvio de no poder salir, sino lo contrario, el hecho de no poder entrar. Y la llave del corazón es el antídoto infantil para este miedo. Tener la llave es poder acceder. En el interior está la aspiración más alta de los seres humanos. Creo que todavía hay en la memoria de la especie los peligros de la vida nómada. Entrar en la cueva era sentirse protegido. Amar es la sublimación del deseo de un animal a la deriva, la búsqueda de una vida humana: la casa y el cuerpo encarnan este deseo de salir hacia el interior, el amparo ante la persecución de los peligros del tiempo.



3, sábado. Octubre. Ideas sobre el amor. Práctica del epigrama 23

 


Leo en un librito de Alain Badiou su definición del amor: «la experiencia dialéctica íntima de la diferencia y de su poder mágico en lo que respecta a un trayecto del mundo rescatado de la soledad». Me resulta una idea algo confusa. Por dos razones. Primero por la heterogénea reunión de términos —en especial los adjetivos (dialéctica, mágica…)— parece más fruto de una impericia que de un pensamiento, como quien, al poner la mesa, coloca juntos una cuchara de aluminio y un tenedor de plata. Y segundo, porque la misma afirmación podría realizarse perfectamente al revés. No dice Badiou «mundo» rescatado, sino «trayecto del mundo». Es como quien comparte asiento en un autobús. O, más filosóficamente, en un tren. Y en cualquier «trayecto» de asiento compartido, lo normal es que el mejor momento sea cuando la otra persona se levanta para bajarse en una parada anterior. Y entonces parece más agradable estar sentado solo en un asiento que antes ocupaban dos personas. Experiencia que como resultado desembocaría en un principio opuesto al de Badiou: «La soledad es un mundo rescatado de los convencionalismos del amor». Y si tienen razón los constructores de edificios, que cada vez más ofrecen pisos más escuetos, un retrato más fiable de la idea del amor en nuestra época.

14, viernes. Febrero. San Valentín y el cronista cursi



Siempre me ha parecido que San Valentín era cursi. Y la verdad es que no había despertado en mí una mínima inquietud. Diré, incluso, que si en algún momento me había dado por pensar en la festividad, lo arrimaba antes al concepto de mercado que al de amor. Pero, ay, las ideas envejecen con mayor avidez que la edad, y si ya Ramón del Valle-Inclán reconocía en 1902 que «cuando un nuevo torrente de ideas o de sentimientos transforma las almas, las obras literarias a que da origen son bárbaras y personales en el primer período, serenas y armónicas en el segundo, y retóricas y artificiosa en el tercero», ciento veinte años después es difícil ver el arco que trazaba, ya que todas las ideas parecen pertenecer desde el principio al tercer período. Así que este año he padecido la paradoja de ver marchitar mi convicción de la cualidad hortera de San Valentín, y de rebote dar crédito renovado a la más retórica y artificiosa visión del amor, que es la ensalzada por el santo, frente a las celebraciones de la fertilidad paganas cuya literalidad pretendía enmascarar la festividad cristiana.
    No necesito ir muy lejos para explicar mi súbita militancia en la cursilería. Son últimamente tan groseras las manifestaciones del amor, tan explícita su armonía, tan impúdica su condición, que irme al otro lado me ha ofrecido el consuelo de una revolución. Un espejismo, claro, lo sé, pero nunca el amor ha estado demasiado lejos de aventuras platónicas.
    La atracción que ejerce la idea del amor deriva del inestable equilibrio que exige para manifestarse en plenitud. La temporalidad del amor es esencialmente contradictoria. Para su crecimiento el amor necesita tiempo. Mejor, una extensión de tiempo notoria. Quienes trabajamos con adolescentes, que a veces nos oyen y otras no, pero siempre resulta más interesante escucharles a ellos, sonreímos con frecuencia ante frase cogidas al vuelo: «Dentro de cinco días cumpliremos tres meses». Sin entrar en que esa cantidad de tiempo supone en sus vidas un tanto por ciento equivalente a un año en la de un adulto, la exactitud del cómputo y la importancia del aniversario muestran con extrema claridad la condición temporal del amor. Solo se cumple si cumple tiempo. La poesía tradicional enseña además que en este cómputo se hallan incluidas tanto la presencia como la ausencia. Una canción de la dinastía Zhou, mil años antes de nuestra era, lo expresa con claridad: «A por artemisas fuiste. / Un día sin verte / es como tres años». Idea que ha cuajado en una frase hecha de la lengua china actual que parece ideada por Henri Bergson: «un día dura tres otoños». En la poesía tradicional se aprende también que está implicado el tiempo objetivo y, fundamentalmente, el subjetivo.
     El amor no es, sin embargo, solo extensión. Los romanos del Collige virgo rosas y del Da mi basia mille —Dame mil besos— catuliano, y los renacentista del Carpe diem se esforzaron en mostrar que el amor era, sobre todo, una cuestión de presente. En seguida se ve que la llamarada del presente y la combustión latente del tiempo no son fáciles de combinar, por utilizar un símil petrarquista. El pensamiento amoroso es la historia de ese equilibrio imposible. Cuanto más generosa la llama, más rápido se apaga; cuanto más lenta la combustión, menos llama produce. La condición conceptual del amor restringe las imposibilidades que la naturaleza dicta y permite creer en lo insensato. La historia del amor, ahí está.
     ¿Y hoy? Hoy la concepción del amor sigue, como no podía ser de otra forma, nutriéndose de la misma contradicción. El amor será siempre extensión y presente, y el precario equilibrio en el que viva constituirá el secreto de su inagotable caudal. Pero algo ha cambiado, seguro. Si no es el amor, será el tiempo. El tiempo es fácil de modificar en su vivencia. Si un día podían ser tres años, también puede ser un día y, sin ser presente, reducir la extensión a su exacta dimensión. De modo que presente y tiempo extendido sean lo más idénticos posibles. ¿Y no es esta la utopía de nuestra época? Si no hay contratos de trabajo, de alquiler —en Inglaterra alquilan las viviendas habituales por períodos ínfimos—, de responsabilidad mercantil… que duren, ¿qué más pueden durar las vidas? Y si las vidas pierden de vista la noción durativa, ¿qué equilibrará el presente en el amor? Si el presente ya es una duración, el amor de una noche —ese que entronizó en la cultura pop Strangers in the Night— y el amor de una vida carecerán de fronteras entre sí. Si un gran amor ya no necesita tiempo alguno para su destilación, ¿dónde se aprende a vivir la duración? Si cada noche es posible vivir un gran amor, el amor desprendido del tiempo, amputado de su conflicto con el presente —pues ya es solo presente—, ¿podrá seguir siendo amor? Una cuestión interesante que creo debo dejar para el día de San Valentín de 2021. Si —claro— se mantiene en el cronista la atención por lo artificioso y retórico de su manifestación invernal.