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11 de octubre, lunes. Tentaciones que inquietan


Los primeros encuentros, como es común que ocurra en los acontecimientos excepcionales, tienen la virtud de fijar el evanescente contexto que los rodea. Así, recuerdo con precisión cómo me llamó la atención el nombre de un escritor que desconocía por completo. Fue en una librería de grandes cristaleros integrada en la parte moderna del edificio de Roma Termini. Lo alcé del atril donde se mostraba y busqué en la solapa saber algo más de Sándor Márai. Todo lo que leí entonces me atrajo y lo recordaba cuando unos meses más tarde apareció una traducción al español, que leí con sorpresa y creciente encanto. Debió de ocurrir hacia 1999, cuando se publicó aquí El último encuentro. Una reseña adversa, en El País, lo calificaba poco menos que de novela rosa. Las consecuencias de ese conflicto de opiniones fueron inmediatas: dejé de leer su suplemento de libros. Y fue para siempre.

       En el párrafo anterior había escrito «primera traducción» llevado por el entusiasmo de la evocación, pero enseguida lo he borrado. Había oído que no era la primera, pero hoy por fin tengo la certeza. En los Encantes descubro entre un montón de libros sin ningún interés A la luz de los candelabros, de Sándor Márai, publicado por Destino en febrero de 1946. En el prólogo, que firma el traductor de la novela, Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967), descubro también que el protagonista de su primera novela, traducida aún antes, en los años 30, era un profesor de instituto, subgénero narrativo que a mi interés le gusta mimar. Algún día la encontraré en el laberinto de los cajones de libros viejos.

         En la sobrecubierta en papel de A la luz de los candelabros aparece una foto de Márai relativamente joven, con unos cuarenta años. No me ha costado encontrar el original de la fotografía en Internet. Es impresionante. Tal vez sea la persona más triste del mundo. Y cuando se la hizo aún vivía en Budapest, era un escritor con reconocimiento internacional y no había ni siquiera empezado la parte más desamparada de su vida, su exilio americano, cuyos últimos años retrata con una escritura descarnada en sus Diarios 1984-1989, quizá el libro más desolado que he leído.

         Junto a este volumen me llama la atención otro. Firmado por Fernand Gigon, de quien ni Wikipedia ni yo sabemos nada, y a quien Google atribuye una edad de 113 años, tal vez por no conocer la fecha de su más que probable fallecimiento. El libro se titula Formosa, pero lo que me inquieta es el subtítulo, entre paréntesis: (Las tentaciones de la guerra). Hace días que le doy vueltas a esta misma idea tras acumularse algunas circunstancias que sospechosamente empiezan a dejar de ser circunstanciales.

         El subtítulo de Gigon me lo susurró la actualidad la mañana en la que oigo por la radio que una vicerrectora universitaria acababa de colgar un tuit donde se confesaba nostálgica de los contenedores ardiendo y los aeropuertos tomados. Por casualidad dos días más tarde aparece la puerta de vidrio del edificio donde vivo hecha añicos y la verja que rodea la entrada arrancada de cuajo y abandonada en el jardín de la plaza. Al parecer un vecino del primero llamó la atención a unos jóvenes que hacían ruido excesivo por la noche y la respuesta del grupo salta a la vista. Este comportamiento tampoco me pareció insólito, puesto que enseguida lo emparenté con el de un vecino de esta misma finca, que avisado por otros vecinos de que el uso de su aire acondicionado excedía tanto el ruido como los horarios permitidos, su respuesta fue someter a la vecindad a sesiones ininterrumpidas de su insufrible aparato, 24 horas sobre 24. Y no es un joven.

         Parece como si cualquier situación en la que se pida moderación a la radical individualidad de alguien, este lo considere ya como un casus belli, y el belli no como un elemento figurativo, sino absolutamente literal. Literalmente: las tentaciones, como la que le costó el puesto a la vicerrectora, de una auténtica guerra de todos contra todos. El momento en el que lo anecdótico deje de serlo, esta es mi preocupación. 

15, domingo. Septiembre. A vueltas con los dietarios



Ha coincidido estos últimos meses el hecho de darle vueltas a la idea del diario. Mejor, del dietario. Algunas veces en conversación con Jesús Aguado, que empieza este curso un taller de diario personal cuya preparación le exige —mejor, se exige— leer todos los diarios de escritores que le faltaban por leer, que no son tantos, por cierto. Nunca me ha gustado el género memorialista. Ni como lector, pues solo considero excepciones, y mucho menos como escritor. La razón posiblemente sea de ideología literaria. La vida dentro de la escritura es como la grasa del jamón, considero que ha de aparecer entreverada. Expuesta en gran cantidad, esas abultadas franjas blancas del mal embutido, resultan materia prescindible. Hay un momento, sin embargo, en el que a uno solo le queda avanzar por donde no ha querido ir. Y en 2019 no he dejado de pensar en la escritura de un diario.
     Mi idea del dietario, sin embargo, sigue siendo fruto de mi ideología. Sentarse a describir los hechos fútiles de cualquier día carece de sentido literario. Pero de repente lo cobra si uno toma un elemento cualquiera de la cotidianidad, lo aísla, y se detiene a convertirlo en categoría. A escribir un pequeño ensayo sobre determinada nimiedad. Es algo que se puede hacer, pensé a continuación, sin amarrarlo a una cronología personal. Se parece demasiado, creí, a una columna periodística. Para evitar este inconveniente decidí recurrir a la literalidad del «diario». Y el día de Año Nuevo de este año inicié un diario, diario. Cien días. Con entradas cada una de las jornadas. Algún día se publicará.
     De ese proyecto, ya concluido, ha quedado la costumbre, ahora ya sí con elipsis de fechas, de ir escribiendo un diario. Y también leyéndolos. Jesús me aconseja que lea el último volumen del diario de Sándor Márai, el único traducido. Lo busco y me reencuentro con Márai. Había empezado a leerlo al ritmo que se iba traduciendo, como quien sigue una serie televisiva semana a semana. Un escritor fascinante, pero una de sus novelas se me atragantó y abandoné la serie. Y por eso en su momento me perdí Diarios 1984-1989 (Salamandra, 2008). Aunque es posible también que el libro eligiera que lo leyese ahora que me preocupo por el género y no entonces. Nadie sabe qué guía lo que ocurre.
     El diario de Márai es uno de los libros más estremecedores que he leído. No sabría decir nada más. Cualquier otro comentario desmerecería la lectura desnuda de ese gran libro desnudo. Dos entradas del diario de Márai coinciden sobre dos asuntos de mis cien días. Con esa prueba se podría decir incluso, quizá con desprecio, que el mío es un diario maraísta. El mohín de disgusto lo podrán otros, a mí me ha encantado esta coincidencia. Más, el reconocimiento que durante la lectura he realizado de la enorme influencia que ha tenido este diario en el mío, a posteriori. Porque Márai hace en su diario exactamente lo que en un párrafo anterior he tratado de explicar como mi teoría del dietario. Descubrir los maestros que uno ha tenido después de haber realizado su obra es una de las compensaciones más gratificantes que tiene el arte.
    Sería un poco simple por mi parte quedarme con lo que Márai confirma de mis ideas diarísticas. También las suyas quedan a la intemperie mientras lo escribe. Y de paso, desarropan las mías. El suceso más relevante que gravita sobre los años últimos de Márai, aunque hable de lecturas, impresiones de la época o tentaciones de poner un punto final, es la enfermedad y muerte de Ilona —L. o Lola en la escritura—, su mujer. Y compañía durante más de sesenta años, no precisamente dulces. Como parte del duelo, Sándor lee las agendas, más de cien, donde Ilona anotaba minuciosamente «todo sin excepción, los acontecimientos cotidianos, ya fueran importantes o irrelevantes… los sueños, las visitas, los quehaceres diarios…» «Todo». Ilona había puesto en práctica a lo largo de su vida la idea de diario opuesta a la que he defendido siempre ante mí mismo. Y me ha dejado, como a Márai, sin palabras.
     Al principio, el escritor viudo lo considera «un regalo desde el más allá» de su esposa. «Como si todos los días recibiera una carta de ella». Es, digamos, la primera impresión de esta lectura retrospectiva de los días vividos en común. Al mismo tiempo que lee estas agendas llenas de datos nimios, nombres olvidados, hechos desvanecidos, crece en Márai un inquietante, frontal, rechazo a la «Literatura: ochenta por ciento de exhibicionismo. El resto es escritura al dictado». Las citas subrayando esta idea se podrían multiplicar fácilmente. Pese a su lucidez, que evitaré siempre poner en duda, no me parecen, sin embargo, significativas. O solo del desgarro interior del escritor frente al deterioro y la crueldad de la muerte, que le asedia en cada una de las noticias que recibe.
     Mientras piensa estas cosas, Márai lee obsesivamente el relato detallado y exacto de todos los días de su vida pasados en compañía de su mujer. El diario de ella. Y un día, el «21 de mayo de 1986», descubre el sentido de esta lectura: «Ese “todo” es una larga declaración de amor, la misma que he estado esperando durante sesenta y dos años porque, por un motivo u otro, siempre evitábamos el tema». De repente descubro la futilidad de las ideas literarias. Da igual que un diario recoja la grasa de la vida tal cual, o la entrevere con florituras de estilo. Da lo mismo que se detenga en lo anodino o en lo trascendente. Siempre será literatura si no es, en sí mismo, una declaración de amor. A una persona, a un lugar, a la lengua, a la vida, qué se yo. Una declaración de amor a quien lo esté leyendo. O, dicho de otra forma, que quien lo lea recupere sus días perdidos en los días perdidos de quien lo haya escrito. La intensidad de la escritura diarística raramente está en las medidas alquímicas de su composición, sino en el sentido que le da a la existencia. Y se escriben diarios para decir lo que, «por un motivo u otro, siempre evitábamos» contar y quien lee tal vez lleve tantos años «esperando». Eso no quiere decir que se cuente o se vaya a contar. Solo que de ahí emerge su valor, del espejismo del final de la espera.