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6, martes. Octubre. A vueltas con la mascarilla

 


Consciente de que carezco de la mínima autoridad sanitaria para hablar de este asunto, no consigo evitar la tentación de abordarlo desde el punto de vista del entomólogo de paradojas. Porque la realidad pandémica del momento presente está asaeteada por dos contradicciones tan enormes que parecen una plaga.
    A seis meses del inicio de medidas severas contra la expansión del virus y a tres meses del final del Estado de Emergencia, la situación presenta la siguiente paradoja: el país más estricto en cuanto a la normativa de uso de la mascarilla (en ambos aspectos, la norma y su cumplimiento por la ciudadanía) es el que más altos índices de contagio del virus ofrece. Paradoja que, para demostrar su entidad, ofrece la misma contradicción vuelta del revés: los países menos estrictos en el uso de la mascarilla (circunscribiéndola solo a situaciones de proximidad e interior) ofrecen índices de contagio inferiores.
      En este caso el oxímoron cuyo nudo hay que resolver es el de una precaución que objetivamente empeora la situación. La experiencia de uso y norma de la mascarilla se podría resumir en los siguientes puntos:
1. La mascarilla es obligatoria en todos los usos sociales desde el final del Estado de Emergencia. Primero, si no existía alternativa a la distancia social y sin penalización; pero inmediatamente, tras el traslado de la responsabilidad sanitaria del Gobierno central a los gobiernos autonómicos, se endureció la normativa extendiendo el uso obligatorio a todas las situaciones y bajo pena económica por incumplimiento. 
2. La observación de la ciudadanía de esta normativa (sea por convicción o por miedo a la pena) ha sido completa. En las calles, los parques, los paseos y hasta los caminos de extrarradio el uso de la mascarilla es absoluto. Casi sin excepciones. Incluso es común ver pasear a una persona sola por un paraje natural, en mitad de los campos, con mascarilla. 
3. Una noticia reciente informa de la celebración de un botellón multitudinario, de unas doscientas personas, en la zona de un museo de arte contemporáneo. La intervención de la policía implica varias multas por consumo de alcohol, por grupos de más de seis personas y cuatro multas por no llevar mascarilla. Lo que implica un 98% de cumplimiento de esta norma por parte de personas dispuestas a infringir otras normas. 
4. Esta normativa autonómica tiene una excepción. En las terrazas de los bares se puede prescindir de su uso. Y dentro de la gran paradoja, se descubre una pequeña paradoja. Las personas que caminan por la calle, con la habitual distancia hacia los otros transeúntes, lo hacen con mascarilla, y aquellas que están en la misma acera sentadas junto a otras personas, pueden no llevarla. 
5. Un hecho que también resulta habitual, ligado al anterior, es que las personas que caminan hacia un bar o restaurante lo hacen con mascarilla, pero en cuanto entran y se sientan en una mesa del establecimiento, se la quitan. 
6. Otro hecho que también resulta habitual es que personas que caminan con la mascarilla al encontrar y saludar a conocidos, aunque respeten la precaución de no darse la mano ni besarse, para compensarlo se bajan la mascarilla para que la sonrisa de saludo sea visible para la otra persona.
      Por otra parte, en el reverso de la paradoja, en los países con menores índices de contagio, se observa que: 
1. En la calle el uso de las mascarillas es discrecional. Algunas personas se protegen con ella, pero otras no. 
2. Cuando las personas sin mascarilla acceden a cualquier interior o mantienen una mínima conversación casual, inmediatamente se colocan la mascarilla como medio de protección.
      Creo que no resulta difícil vincular al uso de la mascarilla la idea implícita del peligro del que defiende. Del modo de protegerse con mascarilla en España se deduce un mal genérico (lo que justifica el uso en todas las situaciones), un mal absoluto (incluso en la soledad el campo existe una amenaza) y un mal de ubicación desconocida (como si fluyera con el aire). Por el contrario, de este hábito mismo de uso se puede deducir que el mal desaparece en situaciones concretas (en terrazas, en bares) y ante personas conocidas (frente a los que las personas no tienen miedo de relajar el uso). Es decir, el uso de las mascarillas parece antes una protección social que sanitaria.
      En los países donde el uso de la mascarilla no es obligatorio en todas las situaciones, la identificación del mal del que protege se parece más a una amenaza vírica: es un mal concreto (se transmite solo en interacciones) y es un mal que acrecientan las situaciones de riesgo (proximidad, contacto, interior), con indiferencia de si se trata de conocidos o desconocidos.
     En el uso obligatorio de la mascarilla en España (España) —como escribía siempre en sus crónicas José-Miguel Ullán— se establece una relación entre inseguridad y ámbito desconocido, y por el contrario, entre seguridad y ámbito conocido, que al cabo resulta contraproducente como protección ante la infección de un virus respiratorio. La obligación a protegerse del desconocido genérico relaja la protección ante el conocido concreto, cuando este factor resulta enteramente baladí. Y, si no, ahí están los datos: un país que se desprotege sobreprotegiéndose.



21, jueves. Mayo. Parábola de las durmientes



Los días que parecen finales de un confinamiento que amenaza con no acabar nunca me acercan a un motivo pictórica en el que, de repente, veo reflejada con acierto la memoria del encierro vivido: «La durmiente». A sesenta y ocho días de vida cenobita, el pasado reciente es lo más parecido a un duermevela. Pero antes de entrar en detalles, creo que necesito trazar un breve preámbulo.

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Si pudiera establecerse en geometría la figura de dos paralelas que se unen y separan al mismo tiempo, pero que jamás mantienen la distancia, serviría para ilustrar los caminos de la pintura y de la fotografía desde el momento en el que esta apareció. Sin embargo, es posible que haya pasado desapercibido que el combate más feroz sostenido por la pintura quizá no fuera con la fotografía, sino con uno de sus hijos, el cine. «En la disputa en torno a la pretensión de la realidad, la pintura había quedado en inferioridad», escribe el historiador Helmut Schneider traduciendo la creencia convencional. Solo en un único aspecto me parece que fue así: en su expansión. Mientras que la progresión de la pintura solo puede ser lineal (que suma artistas), la fotografía introdujo en la esencia de la imagen la progresión exponencial (la potencia que resulta de su modo de reproducción). En este aspecto la pintura sí se quedó «en inferioridad»: convertida la obra artística en una fotografía para ser reproducida pierde los valores de interpretación. El principal, su esencia dinámica.
     La pintura no ha representado nunca, ni siquiera cuando lo ha pretendido como en el Barroco, un instante. El instante fue el descubrimiento de la necesidad sincrónica de la fotografía: plasma lo que se mira (o lo que se vio, se va a ver o puede ser visto). La pintura, aún en las representaciones más estáticas, implica una imagen dinámica. Solo plasma la mirada a través del pensamiento (sea memoria o reflexión), no del instante. Y una parte de ese dinamismo es puro movimiento, que se expresa de diferentes modos. La mirada de las figuras, por ejemplo, resulta esencial para dinamizar el espacio, como demostró Jean Paris. La elección del tamaño y encuadre, de la gama de colores, de la técnica pictórica —sfumato, línea, óleo, acuarela—, o la gestualidad de los personajes, los contextos —los pliegues, las sombras, la geometría— forman en su conjunto un artefacto que apela a la continuidad, sea narrativa o lírica. El observador de la obra se incorpora con naturalidad al movimiento que manifiestan tanto sus formas (la dinámica de líneas, colores y manchas), como sus significados (la dinámica conceptual).
     Otra manera menos sutil, pero presente en toda la historia de la pintura, es representar la secuencia. Desde El tributo de la moneda (1424) de Masaccio, hasta Desnudo bajando una escalera (1912) de Marcel Duchamp. Lo que en estas piezas se hace explícito está en verdad implícito en cada lienzo, que funde dos procesos, uno formal y cromático, y otro significativo. El movimiento de la pintura. Pero el cine, imágenes en movimiento, arrasó las expectativas de dinamismo en la contemplación artística. Y empobreciéndola acercó la pintura a la fotografía, ambas —ahora sí— concebidas como instantáneas: imágenes, literalmente, sin movimiento. Para leer la pintura, sin embargo, es necesario remontarse al dinamismo con el que fue concebida, sobre todo si el propósito es descubrir el secreto de los durmientes, es decir, los estáticos. Los confinados en el sueño.

Escena del Genji Monogatari
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Un rollo de pergamino japonés del siglo XIV pintado en el estilo Yamato-e, un modo de pintura muy influido por la literatura de los siglos anteriores, muestra un excelente ejemplo de secuencia explícita de la vida confinada. Se trata de una «Escena del Genji Monogatari», la gran novela clásica japonesa, del siglo XI. En la mera descripción se distinguen cinco mujeres jóvenes de rostros idénticos, un biombo que oculta la parte central de la imagen, y un fragmento de exterior que aparece como encerrado en una cabina. El punto de vista, propio del género, está en la parte superior, en el lugar de un techo que la pintura retira para poder contemplar el interior completo. Ahora bien, la imagen se puede entender tal como se describe, una escena en la que cinco mujeres desarrollan tareas diversas, pero también es posible interpretarla como una secuencia en la que una única mujer (todas las figuras poseen idénticos atributos físicos) muestra las tareas que realiza durante un día. Con este propósito, la narración va de una durmiente a otra durmiente. Y entre ellas aparecen explícitas tres tareas cotidianas: trabajar (quizá incluso tele trabajar, porque el objeto negro que manipula es extrañamente similar a una pantalla táctil), leer y caminar en el interior, porque el exterior tiene el acceso vedado, e incluso se representa como desasido de la vida cotidiana, sin actividad, monótono (una sucesión de plantas similares), sugerencia de que el espacio significativo es en exclusiva el interior.
     Trabajar en casa, leer, caminar por el pasillo y dormir son el conjunto de actividades de una vida confinada. El pergamino japonés añade otra actividad, que se desconoce al permanecer oculta por el biombo, objeto cuya finalidad es de por sí esconder. Es decir, en la secuencia del día interior —el de la representación pictórica, pero también en quienes se identifican al contemplarla— existe también un espacio para la privacidad. No plasmado. Quizá, una sexta mujer que se bañe, o se desvista, o se masturbe, inaccesible a la mirada, aunque esta se haya situado a propósito sobre la secuencia, en el techo. Una lección también útil para el presente, ahora que las cámaras han entrado en todas las estancias. Lo privado solo puede mantener su esencia si no es visto.

Vittore Carpaccio, Sueño de Santa Úrsula
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El ángel visita a Úrsula. La escena forma parte del ciclo de Santa Úrsula que pintó Vittore Carpaccio (1465-1520) a lo largo de la última década del siglo XV. La luz de una ventana, que no aparece en el lienzo, ilumina un interior veneciano. Cama con dosel, colchas encarnadas, armarios labrados, ventanas gemelas con el arco cerrado por un vitral de círculos opacos, igual que el ojo de buey que preside la sala en lo alto. El ángel lleva una pluma negra. Úrsula duerme. Suele interpretarse la visita del ángel como el sueño del martirio. El martirio, en el siglo XXI, ha sido una pandemia que ha dejado miles de fallecidos mientras la población permanecía, como medida de lucha, durmiente. No es una interpretación esta, sin embargo, que me satisfaga. Prefiero entender al ángel como el mensajero de la realidad. Y su pluma negra, que también puede simbolizarlo, como el conocimiento que lo real produce. Mientras la realidad continuaba al otro lado de las ventanas venecianas, por donde había accedido el ángel siguiendo el trazo de la luz, los confinados continúan dormidos —como Úrsula pintada por Carpaccio, el pintor de miradas extraviadas y apáticas—, ajenos a lo exterior, que había dejado de existir como experiencia.














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El Barroco dejó dos durmientes con idéntico título, Muchacha dormida. Un dibujo de ágil trazo de Rembrandt (1606-1669) con una escena cotidiana donde Hendrijke Stoffels, su amada, aparece dormida sobre un soporte que no se aclara. Una mesa, un sillón, un mueble. Con el mismo título Johannes Vermeer (1632-1675) pintó en 1657 Het Meisje Slapende. Un lienzo silencioso, íntimo. Una joven duerme vencida por el cansancio. Los dedos de una mano sobre el mantel mientras la otra sujeta una cabeza relajada. La estancia recoge un cierto desorden propio de la cotidianidad del que la durmiente se ausenta. Las dos durmientes del siglo XVII parecen señalar también idéntico significado: el sueño como paréntesis feliz. Ensalzamiento del aura mediocritas en la obligada cotidianidad interior. La siesta como el único placer del confinado. Una redundancia como emblema de la situación redundante: el durmiente dormido.

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El siglo XIX fue proclive a las figuras durmientes. Tanto por pintores de la escuela prerrafaelita y afines, como por impresionistas, incluso por algún expresionista. En paralelo, tal vez, a la gran novela europea de la época: Madame Bovary, La Regenta, Anna Karenina. Ese universo femenino fue recreado por la pintura decimonónica desde las costumbres de la edad costumbrista hasta los secretos de la recién descubierta intimidad. En este ámbito las durmientes, aunque a veces se las sitúe en contextos históricos idealizados, resultan siempre significativas. Retrataron sobrecogedoras figuras durmientes, en un siglo de despiertos idealistas y de despiertos pragmáticos, entre otros artistas, Jean-Auguste-Dominique Ingres, Gustave Courbet, William Holman Hunt, Odilon Redon, Lovis Corinth, John William Godward, Georges Lemmen, Pierre Bonnard, Richard E. Miller. Y ya en el siglo XX, Pablo Picasso, siempre tan atento a sus predecesores, pintó diversas durmientes cubistas. Cualquiera de estos lienzos permite descubrir matices simbólicos de los meses dormidos, pero quizá quien nos entregue una lección más acorde con las costumbres del siglo XXI sea el primero de la lista, Ingres.

Ingres, Odalisca con esclava

En su Odalisca con esclava (1840), Ingres se esmera con una imagen orientalista de las que encandilan a la escuela romántica. No falta detalle en la recreación del harén. Una cachimba, un abanico, cortinajes, dorados, música de laúd, turbantes. La odalisca desnuda y al pie, la esclava acunándola con la sublime interpretación que la mirada encarna. En el cuadro existe, sin embargo, un elemento enigmático. El criado. Permanece inmóvil, en el fondo, a la espera de órdenes. Está en la sombra y no parece un personaje de la narración, tal vez solo un detalle que decora. Pero está ahí, y de hecho convierte la dinámica de la imagen en un trío en lugar del binomio que enuncia el título. Si se analizan las miradas de los personajes, la odalisca está centrada en su arduo dormir, con los ojos cerrados, aunque lo desdiga el cuerpo; la esclava mira hacia un lugar desconocido, arriba, fuera del cuadro. Una mirada idealizada, extraviada en la irrealidad. No se distingue la mirada del criado, pero por la posición erguida que mantiene está despierto y con la cabeza orientada hacia la escena. Es decir, mira desde la espalda lo mismo que ve el observador del cuadro. De hecho, si el lienzo estuviera protegido por un cristal, según la reflexión de la luz el bulto del criado podría coincidir con el reflejo de la persona que está en la sala del museo contemplándolo. El criado en espera es otro yo que observa, idéntico a quien ve la escena. Su presencia, doblada por la del observador, desbarata la intimidad, la convierte en una representación artística. La de la durmiente, la de la guitarrista. El teatro. Y el criado se convierte en platea. Esta es una interpretación ideal para nuestro siglo tecnológico, en el que la esfera de lo privado se ha transformado en un acontecimiento público. Una tendencia que se ha legitimado en el tiempo confinado, en el que la actividad pública (desde el trabajo hasta la expresión artística) ha pasado a ser un elemento más bajo la sombra de las vivencias íntimas. En la interpretación actual de la pintura de Ingres, el criado encarnaría a la vez la cámara que registra lo que ocurre y la persona que en una pantalla de otro interior está contemplando la privacidad convertida en actuación.

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La pintura evoca siempre una continuidad. Una implícita secuencia en la que, fuera del tiempo, es posible interceder, dialogar, identificarse o comprender. El arte tiene esa dimensión en todas sus facetas. Después de contemplar estos cuadros de durmientes siento más asentada la inaudita experiencia de un confinamiento. Xavier de Mestre viajó cuarenta y dos días alrededor de su cuarto y le pareció tan extraordinario como para contarlo. Este lector suyo lleva sesenta y ocho, pero ha preferido que se lo cuenten a él los pintores de durmientes.

30, jueves. Abril. Manual de escapada



Hasta este momento, víspera de iniciar la descenobitación de la vida cotidiana en las últimas siete semanas, solo había experimentado un lío que se le pareciera. Un nudo que aún no he desentrañado, pero que tal vez lo logre ahora, por el tiempo del que aún dispondré para ello y por el modelo de escalamiento que se propone. Mi problema era dónde situar, en la existencia, el primer amor. Me pregunto si fue quien adoré a distancia durante los años infantiles, si el primer beso cuenta, si pesa más el siguiente por haber sido más extenso, si la primera noche da muchos puntos o más las primeras vacaciones, si… Si todos han sido un primer amor, ¿puede ser que el primer amor esté aún por llegar? En la desescalada advierto el mismo conflicto existencial: ¿será el sábado, durante el primer paseo; el lunes, encargando una pizza; la otra semana sentándome en una terraza…? ¿O no será ya nunca?
    He elegido para la visión laminada del final de esta edad media vivida entre normalidades una novela con título acorde: El escapista. De Javier Sebastián (1962). Es también un libro confinado. Apareció justo la semana anterior a que desaparecieran las librerías. No sé si alguien más que yo ha tenido la oportunidad de conseguir un ejemplar, pero Javier Sebastián es uno de mis novelistas actuales de culto y tuve suerte en darme prisa.
     La historia que entrelaza la novela es una ingeniosa trama de dobles. Los dobles tienen una densa tradición literaria. Sebastián toma el modelo, digamos, clásico: la de dos seres idénticos enfrentados desde principios antagónicos, cuyo final solo puede ser la reducción a uno de la pareja, es decir, el triunfo del bien o del mal. No se ha andado por las ramas en relación a la elección de paradigma. Y su apuesta parece clara: también en la literatura clásica existe vida para el artista contemporáneo. Porque el interés de El escapista no está en su formato, sino en los matices. Y para ello desdobla la trama en todos los aspectos obvios, físicos y morales, pero añade los existenciales en dos vidas que, al confundirse, al ser otras, entreveran también las ideas clásicas del bien y del mal. Y de ese juego de alteridades brota la originalidad de la trama. Sebastián ha utilizado el principio clásico de la mímesis: el tema común como reto para la novedad de los recursos. Y desde este punto de vista, es una novela ejemplar. Fidelidad e innovación, otra pareja de dobles antagónicos, fundidos en uno, como en el Renacimiento.
    En boca de los dos personajes paralelos, el autor deja algunas pinceladas de teoría ética que conviene recoger. «Según él, —dice uno de los idénticos citando al otro, una idea doble, como tantas minucias que el texto desdobla— había una correlación entre la superchería y el éxito». Parece una frase trivial, pero acaso no lo sea tanto si uno contempla el paisaje político, cultural y emocional que le rodea, la correlación entre impostura y audiencia parece tan certera como su doble, veracidad e inocuidad.
    También de teoría literaria: «Le pregunté cómo se le ocurrían vidas así. Es cuestión de poner la cabeza en marcha, me dijo. Y en seguida eres otro». También pasa por una frase  más y, sin embargo, apunta a la esencia misma no solo de la escritura, sino del valor que posee esta para los demás: la lectura. En estos días confinados en casa, y todas las décadas anteriores de confinamientos varios (en horarios laborales, en transportes públicos, en salas de espera) solo existe una vía de fuga: desdoblando la realidad y largándose de una a la otra. Escapándose a la leída.

26, domingo. Abril. Pensamientos de quien friega platos



El programa deportivo de la radio ocupa su horario, aunque no haya deportes cuya eventualidad seguir, y como tampoco existen barras de bar divagadoras, sustituye aquella actividad por esta. Aparece en antena el intelectual del equipo de colaboradores, un tipo al que le formulan preguntas sin parar que oracularmente responde. Empieza su sección leyendo un texto acorde con su ingenio. Una redacción que imagina cómo sería un mundo de mascarillas perpetuas. Dice, por ejemplo, que se arruinarían los distribuidores de bótox para labios. Y otras ironías por el estilo. Una pieza por donde no asoma ni una simple idea, pero con innumerables hipérboles, que ya fueron, en otra época, el sustituto de las ideas. Tras la exposición del sabio del equipo, el resto ha lanzado —es un programa deportivo— vítores de alegría por lo escuchado. Gritos y exclamaciones, primero, claro, pero cuando han querido verbalizar el elogio, inmediatamente han estado todos de acuerdo en repetirle: «Tienes que recoger esas cosas en un libro».
    En ese instante me he quedado con la sartén en una mano y la esponja enjabonada en la otra sin saber cómo volver a reunirlas en la entretenida tarea que se suele denominar fregar los cacharros. ¿Un libro? Aquí hay muchos matices implicados. Primero, qué escaso valor le otorga la época al presente. La difusión del texto, ante la audiencia —la que sea— y el éxito expresado en el momento —función única de un programa de radio— resultan, al parecer, insuficientes. Posiblemente hayan escuchado el texto miles de personas frente a los cientos que lean cualquier libro que se publique. Sin embargo, qué insignificante parece el presente si no se proyecta en una hipotética permanencia, la que, a modo de tópico, le otorga la mención al libro.
   Segundo, si los colaboradores son especialistas en el laberíntico mundo del deporte, es difícil pensar que les quede tiempo de dedicación a la lectura de libros. Por otra parte, quien los dirige no pierde la ocasión de subrayar su idiosincrasia con un sonoro «coño» que resuena en mitad de las ondas, lo que tampoco le sitúa en ámbitos letrados. ¿Por qué, entonces, aclamar un libro que, seguramente, tampoco van a leer? ¿O será que quieren endosar a los demás, a los lectores, el espurio fruto del ingenio periodístico del momento? No acabo de comprenderlo.
     O tal vez sí lo entienda, pero prefiera no decírmelo. El libro, que ha perdido todas las batallas en el presente, sigue arrasando en las del futuro. Mejor, en las del futuro idealizado, sin pie en la realidad. El mundo tecnológico audiovisual ha disparado las opciones de presente en las personas, pero el ser humano, desde que le fue tan bien quedarse quieto en el neolítico, mantiene el instinto de guardar. Del almacén, de la bodega, del cillero (término de donde procede, por cierto, mi apellido). También, de la biblioteca. Todas las míticas bibliotecas del pasado, algunas creadas con el propósito tan actual de reunir el conocimiento universal —como la de Alejandría o la de Pérgamo; la Palatina, la Octaviana, la Ulpia, en Roma; la Cesarea, en Palestina; las bizantinas, la de Bagdag, la del Cairo o la omeya de Córdoba; o las de los innumerables monasterios benedictinos—, la mayoría con una dimensión que aún sorprende, antes o después, todas sin excepción fueron destruidas concienzudamente. Sin embargo, el mito de la conservación de la escritura sigue indemne. Tanto cuando desaparecían los pergaminos bajo el fuego, como ahora cuando desaparece de la pantalla, arrastrado por otra pantalla, todo lo que durante un instante ha despertado interés.
     El de los libros es un privilegio inútil. Cuando a alguien le ocurre algo insólito, se le sigue aconsejando que escriba un libro, aunque lo que normalmente hace es colgarlo en su canal de Youtube o en su página de Instagram. Los libros están sobrevalorados por quienes no los leen. Pero la cada vez más pequeña comunidad de lectores sabe que los libros no se escriben para perpetuar los acontecimientos importantes, sino solo para no olvidar lo nimio.


21, martes. Abril. Moda confinada



La vida en los balcones del período cenobita descubre aspectos de la intimidad cotidiana que antes permanecían invisibles. Si bien es cierto que existen vecinas y vecinos que lucen modelitos deportivos futuristas —con veladuras en la licra y diseños cubistas—, la mayoría viste ropas de otras décadas. Y casi de otros siglos. Miro mis camisetas de uso casero y veo cómo las ha gruyerizado el tiempo. Mis sudaderas de adolescente, los pantalones de chándal de cuando aún cursaba gimnasia.
    Me da por pensar que las ropas muy viejas son, no sé por qué motivo, las más agradables en casa. Y si por casualidad han estado olvidadas un tiempo en el armario, o mejor, en el fondo de un arcón, aún parecen más cómodas. Rescatar prendas de su ostracismo resulta entonces un placer interior. Quizá tenga algo que ver con la vida exterior, que anda siempre pensando en el futuro. El vestuario se decide para el tiempo que está por llegar. De casa se sale (mejor: se salía) en solitario, pero ataviado para la vida social; y se regresa (se regresaba) de la vida social a la doméstica, que tampoco es el ahora, pues ya Pascal había avisado de que «Jamás nos atenemos al tiempo presente».
   Quizá por oposición, para descansar del futuro (y huérfanos de presente), exista la tendencia a vestirse en casa con el pasado. La vida interior se construye, sobre todo, con el tiempo que se ha ido. De modo intuitivo se busca preservar la memoria de los dientes trituradores del porvenir, y tal vez el mejor modo de cuidarla sea sentirla sobre la piel. El pasado ofrece un tacto más suave y el aroma que más sosiega el ímpetu. No sé: es una posibilidad.
  Por cierto, el otro día ordenando armarios descubrí, perdido, un jersey negro de cuello cisne, como los que llevaba Alain Delon en Indian Summer (1972), y posiblemente de aquella época, que me vendrá de perlas si continuamos confinados en otoño, como vaticinan los más optimistas.
    Sea como sea, hay que seguir con las listas. Cosas que han desaparecido con el confinamiento: la contaminación del aire, el tráfico, el jaleo de los botellones, la información futbolística. Cosas que han aparecido: los pájaros, la lluvia, la caligrafía y la ropa de andar por casa.

19, domingo. Abril. Resa till Sverige | Viaje a Suecia



Estoy harto de permanecer en casa. He decidido largarme, sobre todo después de encontrar un viaje con un precio muy apañado. A Suecia. A contemplar la primavera nórdica. El deshielo. Las legañas de una naturaleza que se despierta después de un intenso invierno. Desplazamientos, hoteles, comidas y gastos fungibles, incluida una pareja de guías turísticos, todo por 19,50€. Si alguien lo duda, aquí tengo el tíquet. Expedido por la agencia de viajes más completa que conozco: la Compañía Central Librera, SL.
     Suecia es un enorme rectángulo orientado sur-norte. Cinco veces más largo —dos mil kilómetros— que su anchura. Para recorrerlo cuento con la ayuda de dos escritores que admiro. Después de saludar a Agneta Blomquist, le cuento mi propósito. Quiero asistir a la llegada de la primavera en Suecia. A ella se lo digo sin tanta sintaxis: «Våren ja» (Primavera, sí), y Agneta me responde: «Ja, så härligt!» (Sí, ¡que maravilloso!). No he podido leer ningún libro suyo porque aún no los he visto traducidos, pero sigo su página de Twitter. El traductor automático me cuenta más o menos lo que va opinando sobre cuanto ocurre en Suecia, pero cuando Agneta transcribe algún verso los viernes (en el #lyrikfredag) me vuelve loco tratando de comprender el galimatías que me propone como traducción. Hablamos un poco de quiénes somos y descubro que ha sido, como yo, profesora de bachillerato. Eso aumenta la simpatía que ya siento por esta escritora de gesto dulce. Las noches de Santa Lucía, el 13 de diciembre, antiguo solsticio en el calendario juliano, mientras muchachas angelicales, ataviadas con túnicas y coronas de velas, cantan sublimes melodías a sus conocidos; sus alumnos, como final de fiesta y algo mareados, acudían de madrugada a cantar bajo su balcón. Enternecedoras criaturas, pensaba el marido de Agneta.
    Hemos hablado también, cómo no, de lo que tenemos en común todos los habitantes del planeta: la pandemia. Me cita dos versos magnéticos de Gunnar Mascoll Silfverstolpe (1893-1942), el poeta de la luz íntima y de las sensaciones cotidianas: «Det var den tid, då varje timma ägde / en egen kraft, som måste vinnas ut» («Era la época en la que cada hora tenía / una fuerza única que debíamos hacer nuestra»). Silfverstolpe (o Pilar de Plata, como le llama el traductor automático) habla en el poema que los versos cierran de los días finales del verano ante la incertidumbre del largo y lúgubre invierno por llegar; pero resultan luminosos también como receta para este momento, tal como sugiere Agneta: «Det är nog ändå så man måste tänka nu, för vi vet ju inte vad som kommer att hända!» (Es posible que todavía sea así como tenemos que seguir pensando, ¡porque no sabemos lo que sucederá!) Es decir: entregándole a cada hora del encierro el valor de la fuerza del presente con el que la vivimos ante la incertidumbre.
    Lars Gustafsson (1936-2016) es mi otro Virgilio en la visita. Tal vez sea el más carismático de los escritores suecos del siglo XX. Su desaparición hace pocos años supuso una tragedia para la vida cultural sueca. No solo ha escrito inestimables novelas (once han sido traducidas al castellano) y libros de poemas, sino que sus intervenciones constantes a propósito de cualquier acontecimiento nutrían también el pensamiento del presente. En el recorrido por Suecia guiado por su sabiduría no va a faltar, por lo tanto, una visión crítica. Por ejemplo, de los idílicos bosques y su salvaje deforestación. O sobre la destrucción del patrimonio urbano heredado para dar paso a una modernización trivial. Su crónica del presente se entrelaza con la crónica de los hechos que marcaron su generación, como la defensa de la tala de olmos en Kungsträdgården, Estocolmo, en 1971, un hito en la lucha por el respeto humano al medio ambiente.
    He decidido ir a Suecia esta primavera porque para un mediterráneo me ha parecido un tiempo más benigno, pero lo que realmente fascina del norte, sobre todo en las series de televisión y en las películas escandinavas, es el invierno. Anoche vi, para ambientar el recorrido, ese sobrecogedor retrato de la vida rural en el norte de Suecia: «Så som i himmelen» (Tierra de ángeles, 2004). Aunque, puntualizan mis amigos: «en realidad tampoco la oscuridad es total: la nieve lo alumbra todo… y, además, en verano esa mágica tierra del sol de medianoche permanece iluminada todo el día». Y ya puestos, como vea que no se aclare la cuestión vírica, me quedo en Suecia el verano y aguardo ahí el blanco invierno: al menos tendré una hermosa razón para no salir de casa.

13, lunes. Abril. Interludio cenobita



Llueve. El flequillo de los toldos me indica que con viento. Un charco que pisan los automóviles al pasar, el color del cielo. Al descorrer las cortinas una súbita alegría y ganas de emprender proyectos interiores: Bah, hoy no me apetece ir a ninguna parte, con lo bien que se está en casa. La vida cenobita tiene sus propias reglas benedictinas. Ayer lucía un sol dominical espléndido. Melancólico, estuve contemplando la tarde por la ventana abierta sobre la arbolada. Solo veía carreras de palomas que volaban, de dos en dos, por el centro de la calle vacía. Sin gente, sin tráfico. El plano de una película sobre el fin del mundo. Nadie que asome y yo, abandonado, huyo de una invasión extraterrestre que amenaza con liquidar la vida en la Tierra. No sé hacia dónde ir. Los supermercados están llenos de zombies, pero yo avanzo a toda pastilla, un fugitivo despeinado y con la camisa por fuera de los pantalones. Corro por avenidas siniestras al sol, con restos calcinados de lo que fue otra vida cotidiana. Exhausto, busco escondite entre los juegos infantiles de un parque de barrio. Mis perseguidores, horriblemente feos, ni me ven al pasar. No se fijan en esas cosas. Permaneceré, acurrucado, a salvo, hasta que acabe la película, me digo. Pero cada quince días ruedan quince días más de metraje y no veo la manera de abandonar el cine para volver a casa. Así que ahí sigo, de cuclillas en un hueco entre los columpios y el tobogán.

10, viernes. Abril. Meditación de Viernes Santo



Como la facultad de filología estaba en el centro de la ciudad, a la salida de las clases me aficioné a visitar las librerías de viejo que proliferaban en las inmediaciones. Lo hacía, digamos, por inercia. Sin ninguna idea detrás de esta costumbre, pero la teoría apareció pronto. En una de las conversaciones entre compañeros, sentados en un banco del claustro a ver pasar las horas, alguien dijo que con seguridad era el primero en leer tal título, el que en aquel momento lucía bajo el brazo. No se me había ocurrido pensar que la lectura admitiera no solo número —singular o plural—, sino también numerales. Es decir, que ser el segundo que leía un libro no era lo mismo que ser el primero. El descubrimiento me dejó impactado.
    Aquel mismo día recorrí varias librerías de novedades y en todas vi, en señera posición, el libro que mi colega se enorgullecía de haber leído antes que nadie. Me sentí timado por su teoría: era una lectura plural. Luego, cuando entré en una de libros usados, conforme a mi costumbre, me atrajo una penosa edición de un autor raro de los años 20 con un precio asequible. La compré y al abrir sus páginas, en el metro, de repente pensé: ¿qué valor tiene ser el primero si se puede ser el único? Revelación que se convirtió en mi lema de lector. Antes leer un libro que nadie esté leyendo ahora que cualquier novedad que ande en manos de muchos.
   Con este propósito tengo en el estudio un estante improvisado con libros que esperan que los lea en solitario. Los miro estos días cenobitas con cierta abulia, ellos me devuelven la mirada diciéndome: «recuerda que estabas interesado por mí». Y es cierto, pero los elegí cuando era libre de entrar y salir de una librería, y hoy hace veintisiete días que algo tan simple se ha convertido en una quimera. Estos días elijo libros entre los que tienen ya acomodo en los estantes. A veces porque ilustran el presente, como el Viaje alrededor de mi habitación; otros, por el espejismo de la rebeldía, y así he releído los libros de Cioran que más había subrayado en su época.
     Fue un aforismo de Cioran, tal vez por la oscilación de los opuestos, lo que me recordó que hace años me hice con un ejemplar de los Pensamientos de Pascal que nunca llegué a leer. O solo por encima. Lo abrí y estos días veo que su tono desaliñado y áspero me atrae más de lo que hubiera imaginado. Sus frases, a veces a medio construir, parecen grafitis grabados con punzón en la pared de una celda.
   Es una edición en tapa dura, papel fino y tamaño A6, aunque con algún centímetro más de altura. Tipografía clara. Nada del otro mundo. Cuando entra el sol en casa, me siento en la tribuna, me pongo la gorra y leo. Nuevos hábitos de confinado. Fue en un momento de estos, leyendo al sol, cuando tuve otra epifanía bibliófila. Al tomar el volumen —estrecho y alto— con la mano izquierda y con los dedos de la derecha pasar adelante o atrás las páginas, en busca de algún fragmento que pretendía releer, me di cuenta de que repetía un gesto que había visto antes. Un gesto que advertí grabado en mi memoria, y olvidado hace décadas. Me detuve al instante. Y lo vi de nuevo, en el modo cómo mi mano sostenía el libro y mis dedos lo hojeaban. Era el mismo gesto que había visto hacer tantas veces a los curas que en el colegio nos daban clase o, quizá, lo que llamaban entonces con el oxímoron ejercicios espirituales —una suerte de iniciación al género de terror—, de pie, con una biblia en las manos. Idéntico gesto al que ahora veía encarnado en mis manos.
   Me he preguntado qué puede habérmelo sugerido. No creo que sea la tapa dura, ni el tamaño, tantos libros así habré leído sin ningún flashback. Ha de ser una razón temática, lo veo ahora. Leer, como antes oía leer, escritura religiosa me ha mandado de viaje a lo más recóndito de mi infancia. Y desde allí, desde la mirada del niño que fui, ingenuo y siempre asustadizo, ¿no habrá seguido vigente durante toda mi vida el gesto de manejar un libro como el designio de una salvación? Me ha dado qué pensar, en esta época en la que no hay otros viajes con los que distraerse.

2, jueves. Abril. Atasco en el presente o «Encerrados con un solo juguete»



La vida enclaustrada ofrece a los legos en el cenobio vertientes filosóficas que solo se aprecian con la experiencia. Quiero decir: que convierte en práctica algunas ideas teóricas. La perseverancia del mismo lugar como el exclusivo de la vivencia desdibuja el pasado, por el mero hecho de que el pasado estaba construido con reglas diferentes, acaso opuestas, a las actuales. También difumina la idea de futuro que se tenga, ante la incertidumbre que rodea el hecho de que la situación actual posea un final solvente. Sin reconocimiento del pasado y sin certeza del futuro, la existencia se restringe al presente, el más escurridizo de los tiempos. El que «en un punto se es ido / y acabado» ahora insiste, persiste, se inmoviliza —«Amontono lo gastado, no dejo de fabricarlo y de precipitar en él al presente» escribe E.M.Cioran como si fuera un comentarista de Jorge Manrique—. Ni se convierte en pasado, pues sus condiciones existenciales se perpetúan con la excepción que convierte el presente en el mismo presente que era; ni hay horizonte visible de que a continuación pueda aparecer, para desbancarlo, el futuro. Insólita circunstancia, porque, como observa Pascal, «Jamás nos atenemos al tiempo presente».
   Este presente estirado, por encierro en su propia excepcionalidad y sin poder abandonarla, prende en el lugar también de modo diferente. El lugar es la única condición que permite existir al presente. Pasado y futuro carecen de lugar, poseen memoria o proyecto, pero no una concreción locativa. El lugar es, en exclusiva, el territorio del presente. Esta es, sin embargo, una idea teórica, claro, en una situación convencional donde el tiempo varía el lugar a su antojo. De hecho, con la velocidad de las comunicaciones, incluso astilla la vivencia del presente, que será cada uno de los estadios, cada vez menores, por donde pasa la carrera vivencial. De hecho, no es el tiempo el que corre, sino la sucesión de espacios.
     En la reclusión social, la pérdida del dinamismo espacial imprime la sensación de que el tiempo se estanque, algo del todo inverosímil. Tanto como que se acelere. Ahora el tiempo solo transcurre en un lugar, que a su vez es el único escenario del tiempo. El lugar al que remitía el presente fugaz del ser-y-al-punto-ya-no-ser ahora persiste, día tras día. Extiende la experiencia del presente, como si el presente hubiera dejado de dar paso al siguiente presente, y este a la sucesión de presentes que desvelan el futuro y ensanchan la memoria del pasado. En el confinamiento, el presente pierde su condición filosófica de volátil e inaprensible —«Inútil intentar asirme a los segundos, los segundos se escapan», escribe Cioran en La caída en el tiempo—, porque el lugar lo ha fijado. Ha convertido en reo al tiempo. David —el espacio— acaba de derribar de una certera pedrada al poderoso gigante Paso del Tiempo.
    En televisión —único transmisor de imágenes de la realidad en la vida cenobita— veo el ingenioso modo de entrenar de una nadadora olímpica en la época de las piscinas clausuradas. Se coloca un arnés cuyo correaje la fija a un poste junto a una piscina infantil, inflable, no mayor de dos metros de diámetro, dentro de la cual, con sublime estilo, nada largas distancias sujeto el cuerpo al palo inamovible. No he visto mejor metáfora del confinamiento: nadamos en la piscina del tiempo sin conseguir avanzar ni un milímetro. El presente, que —escribe Pascal— «nunca es nuestro fin», ahora carece de fin. El presente extraño.

31, martes. Marzo. Trhiller cenobita



En la vida cenobita los detalles cobran importancia. Es en lo único donde se reconocen las leyes de la realidad. La puerta lateral del edificio donde vivo da a un pasaje que comunica la calle con la plaza, a la que da la puerta principal. A cubierto del pasaje, de vez en cuando duerme alguna persona sin techo. Aparece un día; otro, desaparece. En el tránsito de la vida cotidiana uno ni repara. Justo cuando empezó el confinamiento, un hombre joven, de trentaitantos años, se instaló junto a la puerta del edificio. Un cartón en el suelo y un libro. Esas eran sus pertenencias. Como había un libro, me fijé. Se titulaba Atlas fotográfico de Aragón, o algo así. Desde entonces no salgo de casa, con la excepción cada tres o cuatro días de comprar el pan o bajar la basura. Un día, a media mañana, le vi leer su libro. Estaba sentado en un colchón. Días más tarde me llamó la atención una maleta usada a un lado. Y esta mañana de martes, desde el viernes que llevaba sin salir, he visto en el pasaje, junto al colchón recogido contra la pared, además de la maleta y el libro, dos mantas dobladas, un rollo industrial de papel de manos, una bandeja de bollos del súper y diversas y abultadas bolsas de plástico.
    Y como los detalles es lo único de lo que dispone la vida encerrada para comprender la realidad, me entretengo en elevar esta nimia observación a categoría: qué capacidad extraordinaria tiene Occidente para acumular pertenencias. Miro a mi alrededor y me asustan los estantes que veo, no solo llenos de libros —algunos los leí hace décadas, otros aguardan hace años ser leídos—, si no todo tipo de objetos, desde postales y fotografías hasta recuerdos variopintos. Es como si hubiera desplegado mi memoria en posesiones. Un desesperado intento, quizá, de convertir en material lo intangible.
    Y como tampoco tengo nada mejor que hacer se me ocurre relacionar el fruto de mi observación con las consecuencias de la pandemia que en estos momentos padece casi todo el planeta. ¿Tendrá algo que ver? Sigo tecleando a ver dónde me lleva la escritura. En las civilizaciones antiguas se hubiera vinculado la situación presente con el enfado de los dioses. O de un dios único. Una leyenda, o incluso un mito, consagraría la experiencia. En estos momentos, sin embargo, estoy convencido de que habrá cientos que piensen escribir un relato de ciencia ficción —sin darse cuenta de que redactarán uno costumbrista— o una novela policíaca. Así que no me queda más remedio que ponerme en esta perspectiva si no quiero sentirme más antigualla de los que soy.
    Si el ataque del virus formara parte de un thriller, para descubrir al culpable debería determinar su móvil. Durante los primeros días me tuvo alucinado el modus operandi del virus: establece una cadena de contagios tan dinámica entre personas hasta llegar a un anciano, que al fallecer concluye el proceso expansivo. La tasa de letalidad por edades resulta impresionante: parece que solo afecte a personas mayores. Daba por hecho que ese era el móvil, lo que me ha mantenido desorientado muchos días: ¿qué tipo de móvil es ese? Hay una incongruencia esencial en él: habrá quien lo piense —el arco que traza el rencor en los humanos es vasto—, pero quien piense así no puede tener los conocimientos necesarios para actuar sobre la realidad como le gustaría a su degradación moral. O dicho al revés, ninguna persona competente puede compartir esta idea. Como consecuencia del argumento, el fallecimiento de ancianos solo puede ser un efecto colateral. Lo culpable es establecer infinidad de cadenas de contagio para que se propague la evidencia de gravedad.
    La pregunta central del thriller sigue sin respuesta: ¿quién se beneficia, de una manera objetiva, de la situación creada por la expansión pandémica? Quien se beneficie tendrá un móvil, asevera el comisario de película que hay en mí. Por la experiencia que tenemos hasta el momento, existe un único beneficiario de la situación creada por el virus pandémico de incierto origen: el Medio Ambiente. El modo cómo se ha regenerado la calidad del aire en las grandes ciudades con la caída de la actividad humana es pasmoso. Lo que hace un mes los mapas coloreaban de rojo, con índices muy altos de contaminación del aire, hoy los veo con un utópico cartel verde y una cifra de polución singularmente baja. Ni pizca de aire degradado sobre las ciudades. La única certeza del virus es constatar su carácter reivindicativo del Medio Ambiente. Un virus activista: ha conseguido frenar al dios de la Economía para detener el pernicioso Cambio Climático: un virus justiciero. 
   ¿Qué hay de verídico en este razonamiento? Eso es lo de menos. Antiguamente existían dioses; hoy, científicos. Habrá quien crea en el espíritu de la Tierra. Unos se entretienen en el cenobio con crucigramas; otros, con musarañas.

26, jueves. Marzo. El mundo, la biblioteca (nunca fue tan así)



En su biografía de Rainer Maria Rilke (1875-1926), evoca Antonio Pau el posible primer paseo que dio el poeta por las calles de París, recién llegado y tras alojarse en un hotel del Barrio Latino. Aquella tarde de finales de agosto de 1902 pudo pasar por delante de tres hospitales parisinos —batas blancas, inválidos, gente cabizbaja y huidiza—, y sin duda no muy diferente debió de ser su recorrido real, pues el mismo día le escribe a su mujer: «Me asustan tantos hospitales, están en todas partes… A veces se tiene la sensación de que en esta inmensa ciudad hay ejércitos de enfermos, multitudes de moribundos, pueblos de muertos». Una sensación tan intensa que la conservará para reproducirla en el célebre inicio de su novela biográfica Los apuntes de Malte Laurids Brigge: «¿De modo que aquí vienen las gentes para seguir viviendo? Más bien hubiera pensado que aquí se muere».
    Con ser contundentes estas apreciaciones sobre la vida urbana, son propias de la perspectiva desde la que se observa la realidad: primeras impresiones de quien acaba de llegar. En París reside Rilke algo más de una década —aunque con constantes y extensos viajes— y ahí escribe las dos colecciones de Neue Gedichte (Nuevos Poemas) donde hay textos que afinan más en sus símbolos de la vida de ciudad. Me gusta en especial uno —ubicado en el Jardin des Plantes parisino, como indica el epígrafe, aunque obviamente se refiere al zoo instalado en su interior— que se titula «La pantera». Compuesto por tres cuartetos, el primero es una prodigiosa descripción de lo que pudo observar Rilke ante el felino: «Su vista se ha cansado tanto de ver pasar / los barrotes, que no retiene nada. / Le parece que hubiera mil barrotes / y tras los mil barrotes ningún mundo».
    Hasta hoy siempre había leído este poema como símbolo de la vida urbana, encerrada en la jaula de su propia magnitud —edificios, tránsitos, multitudes—, pero recibo el correo de un amigo que se define como «una persona que recorre el pasillo de un piso del Ensanche» y descubro una nueva, inédita, lectura de «La pantera», emblema ahora del confinamiento. El «ningún mundo» ya no es un horizonte filosófico, sino la misma ciudad que hasta ahora interpretaba el papel de jaula.
   De hecho, otro maestro de la cuarentena domiciliaria, Xavier de Maistre (1763-1852), describió el itinerario concreto del felino, de mi amigo y de medio planeta en estos momentos: «cuando viajo por mi habitación, rara vez recorro una línea recta; voy de mi mesa hacia un cuadro que está colocado en un rincón, de allí parto oblicuamente para ir a la puerta; pero aunque al partir mi intención sea dirigirme allí, si me encuentro en el camino con mi butaca, no me lo pienso, y me acomodo de inmediato». Este fue el único recorrido posible durante cuarenta y dos días de su encierro, que se corresponden con los cuarenta y dos capítulos de su manual de ironía filosófica titulado Viaje alrededor de mi habitación, libro que me recuerda en un mensaje de móvil mi amigo Juanjo Martín Ramos, editor de Polibea y novelista.
    Me ha reconfortado leer a Rilke y a Xavier de Maistre estos días en los que me dirigía a «la butaca» con un libro, pero por el camino siempre encontraba otros que mitigaran la orfandad de referencias sobre lo que nos está ocurriendo. Es lo que acaba de ocurrirme ahora. Me topo en los estantes, buscando otro libro por la C, con los de E. M. Cioran (1911-1995) y me voy hacia el sofá con sus Silogismos de la amargura (1952). De repente descubro con pavor qué hay al otro lado de un confinamiento: «Oblíguese a la gente a acostarse durante días y días: los colchones lograrían lo que ni las guerras ni los eslóganes han conseguido. Pues las maniobras del Tedio superan en eficacia a la de las armas y a las de las ideologías». No puedo decir ahora que Cioran me reconforte, mejor diré que me proporciona motivos para el insomnio.

23, lunes. Marzo. Maneras de establecer distancia



Los colaboradores radiofónicos exprimen bibliotecas, archivos o Wikipedia en busca de precedentes del confinamiento. Desde los históricos a los cinematográficos, todo sirve. Desde Simón Estilita hasta la voz de E.T. La erudición como consuelo.
    Mi amigo Sergio Gaspar, poeta, se acuerda de Segismundo encadenado: «Ahora sé los peores padecimientos de Segismundo: no poder ir al peluquero ni al podólogo», me escribe en un correo electrónico. En cuanto se detiene el tiempo acelerado, vanguardista, aflora el tiempo clásico: la vida que reescribe el mito como forma de proporcionarse hondura, o si no, al menos, relieve.
    Me acuerdo entonces de la gran confinada, por voluntad propia, de la poesía: Emily Dickinson. Redujo su experiencia a las dimensiones de su cuarto, en el piso alto de una casa de dos plantas rodeada por una generosa naturaleza y encarada a la calle mayor de una localidad, Amherst, en el centro de Massachusetts, acaso también del Universo.
    Uno de sus admiradores, corresponsal paciente e incluso prólogo de enamorado, cuenta que en la última de sus visitas no consiguió ni siquiera hablar cara a cara con ella. Desde el pie de la escalera le gritaba por el hueco y desde arriba le llegaba la voz de Emily.
    Sus biógrafos exaltan lo apreciada que era en la comunidad la repostería que Emily horneaba en la casa de Amherst. Los agraciados iban a buscar los pasteles al caer la tarde a la casa de paredes ámbar. Emily los colocaba en una cesta a la que ataba una cuerda y deslizaba los dulces amorosamente desde la ventana alta.
    El siglo XX supo descubrir en su poesía un extraño y fascinante universo personal, pero nada permitía intuir —eso que solo les ocurre a los clásicos— que el nuevo siglo, el XXI, descubriría en el confinamiento de Emily Dickinson un excelso modelo de comportamiento ante pandemia vírica. En  aquel tiempo no había coronavirus, claro, pero es posible que existieran otros filamentos malignos de los que también conviene evitar contagio: la estupidez, la agresividad, la ignorancia o la insensibilidad.

22, domingo. Marzo. Canción de los pájaros



El otro día, el quinto o el sexto del confinamiento, abrí la ventana porque hacía un sol hermoso fuera, por ver si me dejaba dentro alguna limosna de calle en forma de aire, y lo que se coló fue el trino repujado de un pájaro. Y poco después los gritos de un niño que jugaba en un balcón próximo. Ni un solo coche por la calzada. De repente, la falta de realidad revela otras realidades agazapadas.
    En la comida nos acordamos, entre risas, de las gaviotas. Con una puntualidad que ya quisiéramos para el alumnado, aparecen a las 12, se reparten jerárquicamente las papeleras del patio del instituto donde encuentran con facilidad restos de comida e incluso bocadillos enteros que se llevan pletóricas en el pico. Nos las imaginamos estos días llegar a su hora y encontrar, jornada tras jornada, vacíos los patios, las aulas, las papeleras. ¿Qué les pasará a estos humanos que ni siquiera asisten a la escuela?
   Mi amigo Fernando Fuentes, arquitecto, fotógrafo y observador de nubes, me envía un texto que ha escrito para acompañar tres fotos de un colega fotógrafo en una exposición virtual, que es la única realidad ahora permitida. Es la historia de lo que está ocurriendo contada por los pájaros. Un poema inquietante.
    En la radio —una realidad interina que sustituye a la realidad contagiada— esta mañana un colaborador ha explicado cómo ve desde el interior de casa comer a los pájaros que acuden a su balcón con solo colocar un poco de grano en un recipiente. Los pájaros acabarán siendo la metáfora de este tiempo de reclusión. Aquella realidad aplastada por la frenética realidad en la que se había convertido lo real antes de que se obligara por decreto a descubrir en el picotear de un pájaro la inaudita dimensión del silencio.

14, sábado. Marzo. Balada del virus



Que los virus poseen una naturaleza enigmática uno lo descubre en cuanto sale de la consulta del doctor con un cuadro de síntomas complejo y sin ninguna receta en la mano. Buenas palabras sí, recomendaciones, pero cero medicamentos, cuando los hay a cientos para todo. Menos para el virus que le afecta. Que recuerde, en dos ocasiones he padecido un virus de cierta importancia y no diré que es la peor enfermedad, en absoluto, pero suele manifestarse de una forma caótica y asilvestrada que desorienta.
    Existe otro tipo de enfermedades sobre el que me da la impresión que tampoco se sabe demasiado. Las autoinmunes. De repente el propio organismo empieza a destruir elementos esenciales para su funcionamiento. En cierta ocasión padecí un episodio autoinmune, felizmente no patológico, y cuando pregunté por el origen del problema el especialista me indicó una extensa lista de posibles causantes. Entre los cuales, cómo no, estaba el haber estado en contacto con ciertos virus. Y ahí aparece la conexión más irracional que se pueda imaginar: el cuerpo enloquece persiguiendo un intruso, lo confunde con cualquier elemento, a veces vital, y lo destruye pensando que así se salva del virus cuando en realidad aumenta los trastornos a sí mismo e incluso pone en riesgo su vida.
     Recuerdo ahora los episodios médicos porque estos días he escuchado atentamente los noticiarios y me he paseado por mi ciudad, que sin estar en la lista de las más atacadas por el coronavirus, languidece fruto del daño que se infringe a sí misma. Calle, cafés, comercios vacíos. Escuelas, institutos, universidades cerradas. Parques infantiles, sin embargo, con algún que otro niño, pero alejados entre sí. Actos de todo tipo, desconvocados. Gente evitando a la gente. Mascarillas en boca y nariz. Una pasmosa ausencia de turistas en las puertas de la Sagrada Familia —que ha sido lo que más me ha impresionado—. Los supermercados sin papel higiénico, arroz, pasta o carne. La bolsa desplomándose. Las visitas médicas por otros motivos, anuladas. Suspendidas las visitas domiciliarias de los servicios asistenciales. Cerrados los comedores sociales. Y las autoridades aumentando la puja. Estado de Alarma. Hay quien pide ya el de Sitio. El cierre de fronteras. La anulación total de la vida social.
    Cada día se diagnostican cientos de cánceres, algunos todavía letales, se asiste a pacientes con crisis cardiovasculares, se recogen heridos en el asfalto de las carreteras, incluso miles de personas se contagian a diario de virus domésticos, como el de la gripe, que también puede ser mortal… sin que la vida social y económica se vea afectada en absolutamente nada.
    ¿No parecen todas estas medidas antipandemia una reacción autoinmune? Si se piensa la sociedad como un cuerpo (a los dos se les llama también «organismos»), en ocasiones ambos, sociedad o cuerpo, sufren violentas agresiones. La reacción es idéntica. Las plaquetas corren al unísono para suturar la hemorragia, y las manifestaciones de solidaridad y duelo se suceden uniendo a la gente en un único sentimiento de repulsa. El ataque de un virus de extraño origen, sin embargo, ha logrado en poquísimo tiempo desintegrar los resortes sociales, individualizar las respuestas, suspender los motores económicos, confinar las voluntades, desmovilizar la economía, despertar el odio al semejante… igual que un cuerpo que destruye las plaquetas de la sangre —pensando que ese es el virus— mientras se desangra.