20 de agosto, jueves. Jardín de aforismos



Desconfío de quienes ocultan una orden dentro de una condescendiente pregunta.

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El pasado se revive convirtiéndolo en una novela, en la mayor parte de los casos, de ciencia ficción.

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Solo se leen libros para confirmar el prestigio que se les otorga a los autores. De ahí que haya tantos lectores que ni siquiera necesiten ya leer.

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La moda de mostrar las estructuras, igual que la de transparentar la ropa interior solo tiene sentido transformándola en ropa exterior, permite escribir libros sin prosa.

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Con la necesidad de acontecimientos en fin de semana se distrae el pavor a que ocurran de verdad.

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Hijos del matrimonio entre Espacio y Tiempo, una mayoría declara preferir la viudez del primero, pero se comporta como si adorase al segundo: solo le interesa lo que es cada vez más breve, sin otro objetivo.

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La volatilidad de la escritura es el único gran descubrimiento de los contemporáneos.

Anna Turbau y el acontecer de la imagen



La apuesta clara de algunas entidades culturales por la fotografía y las exposiciones de grandes innovadores clásicos que se suceden en la ciudad anima el género también en el ámbito contemporáneo. Y así, instituciones multidisciplinares, de repente, descubren a sus artistas de la imagen. El Palau Robert organiza una excelente muestra de la fotoperiodista y fotógrafa Anna Turbau (1949-2025), desaparecida hace poco más de un año. En el atrio de la exposición la autora saluda desde un magnífico autorretrato dentro del espejo retrovisor de un vehículo, reproducido de manera gigante. Ese mínimo espacio disponible lo comparte la fotógrafa con la puerta del coche y con un fragmento de su cámara, de modo que solo queda a la vista su mirada. Seria, atenta y reflexiva. Que es una firma, de ahí el privilegiado lugar que ocupa en la muestra, pero también una poética fotográfica, una suerte de «Tal como lo he pensado». Porque en cada una de sus copias Anna Turbau ha dejado inscrito entre las imágenes un pensamiento. Sin mensaje no existe fotografía es su lema. 

Fue autora de miles de copias en el desarrollo profesional de la fotografía, en una época de eclosión de la imagen, los años 70, y en medios que enfatizaban su valor comunicativo, como Interviú, Primera Plana o El Periódico, en el que estuvo desde sus inicios. Referencia obligatoria en el fotoperiodismo, también fue profesora de esta disciplina, esta ingente obra dedicada a ilustrar el presente, la noticia y la preocupación del momento no oculta en ningún momento, como cualquier género fotográfico, su aspiración a crear imágenes perennes. La extraordinaria atención que se les presta en el instante de su publicación, contempladas e interpretadas por infinidad de personas al unísono así lo parecen presagiar. Pero el paso del tiempo las sumerge en una severa contradicción, el énfasis en glosar el presente desarbola su interés cuando caduca la intención que les dio origen. Consciente Turbau de que las aspiraciones de su cámara no se satisfacen con lo inmediato, en paralelo emprende otra actividad fotográfica donde trasciende el retrato pragmático y funcional, y aborda proyectos comprometidos con realidades que la actualidad no contempla en absoluto. Que son los que fascinan en esta muestra.

Que aborda en paralelo no es, sin embargo, pese a que lo haya presentado así, una expresión acertada. Son sus principios fotográficos y su propia trayectoria los que transforman una tarea profesional en su continuación artística como fruto de una evolución natural. En 1977, fecha clave en el principio de la ebullición social, política, cultural y artística de su ciudad, Barcelona, Anna es una joven fotógrafa de veintiocho años. Sale con su cámara a capturar imágenes de mítines, manifestaciones, fiestas populares, encontronazos con la policía. Un cronista, como los muchos que ilustran estos acontecimientos que regularmente se producen en las ciudades, suele situarse en un punto intermedio entre manifestantes y policías. Incluso ahora con chalecos reflectantes que indican «Prensa». No existían en 1977, pero tampoco la fotógrafa del despertar de Barcelona lo hubiera vestido. El punto de vista que elegía siempre, según ha declarado ella misma, era el de los manifestantes, justo enfrente de la policía. No es una decisión baladí, Anna desde el principio no piensa la fotografía como una reportera que informa, sino como un sujeto que padece un acontecimiento en el momento que ocurre. La ilusión y el desconcierto, la utopía y el sacrificio, la voluntad y el miedo que muestran las personas en las manifestaciones del 77 son las mismas que muestra la persona que las encuadra en su cámara. No refleja, comparte. Este principio de afinidad lo aplicó Anna Turbau a cualquier reportaje que le encargaran en la revista o el periódico. En cada imagen hay un pensamiento, pero no de quien dispara, sino de quien la protagoniza. 



En cualquier trabajo profesional de la fotógrafa se percibe el punto de vista de quien lo padece, no de quien lo registra. Esta simbiosis de pensamiento entre quien está fuera y quien está dentro emerge en Turbau desde esos mismos inicios. Una placa de 1977, «Ocupación de un piso, Distrito V, Barcelona», muestra una niña en la puerta de un desvencijado y posiblemente poco higiénico urinario. Lo que sobrecoge en la foto es que no solo desea establecer una idea crítica sobre el acontecimiento que ilustra, la ocupación de un piso posiblemente abandonado hace años, objeto sin duda del encargo, sino también, y sobre todo, el desconcierto y casi pavor de la niña que lo va a ocupar, que por ósmosis artística es la que percibe quien contempla la imagen. Es decir, desde su temprana actividad de cronista del presente ya Anna Turbau había comprendido la línea de evolución que la conduciría en muy poco tiempo a sus proyectos de expresión fotográfica personal, por no decir lírica. 

Esta condición de su obra fotográfica muestra una curiosa dimensión de la subjetividad artística. Aquellos fotógrafos que han destacado por su altura poética, en la elección de sus contactos se reconoce una indiscutible personalidad, en muchos casos incluso vinculada a vicisitudes biográficas y sentimentales, y también un talante artístico y una exploración de significados singulares, acompañados por una subjetividad detectable en todas las placas. Anna Turbau se caracteriza por mostrar indiscutiblemente este perfil lírico y artístico, pero construido no con una única subjetividad en la selección de planos, situaciones y encuadres, sino con la afinidad de los protagonistas de sus fotografías. De la autora se puede afirmar lo que comúnmente se opina de los grandes novelistas: que han entregado todo su genio personal a la creación de unos determinados personajes inmortales. Con la única diferencia de que Turbau no practica en su obra fotográfica un género narrativo, sino poético. Con dos vertientes, la poética del acontecimiento colectivo y la poética del acontecer personal. 

3 de agosto | LABERINTO



Me anticipa por todas partes

la huella de mi ausencia

DINU FLAMAND

La niebla, como un cubo de agua sucia volcado sobre el pavimento, arruina la claridad del día. No hacen más que quejarse mis amigas, con las que salgo a pasear las mañanas de domingo. Bajo el vestido llevan el bañador puesto, con un recambio y una toalla en el bolso. Les gusta caminar hasta el paseo marítimo y luego darse un baño antes de regresar para la comida familiar, que en ninguna de nuestras casas se perdona. Pero los planes quedan afeados hoy por la bruma. En voz baja me atrevo a sugerir que, si no se puede ir a la playa, tal vez podríamos tomar el camino inverso y subir hasta la ladera del parque donde hay un laberinto. «Ya está la agorera —me dicen—, hay que tener fe en que cuando lleguemos al mar ya se habrá impuesto el sol». «¿A que no te has puesto el bañador?», me preguntan. «Con el día que hace», les respondo. «Desmoralizas al más eufórico», me espetan en la cara mis amigas. Ir hasta la playa cada domingo me aburre, la compañía tampoco me motiva, solo la niebla, de repente, despierta el ápice de una ilusión en mi interior.

         No sé cuándo empecé a distanciarme de mis amigas, con las que salgo desde que éramos unas crías. Recuerdo que una vez, al regresar de una excursión escolar, la profesora, que había contado cuántas éramos mientras subíamos al autocar, una vez arriba, volvió a recorrer el pasillo de una punta a otra hasta en dos ocasiones numerándonos de nuevo cada vez. El conductor se impacientaba, pero la profesora no le daba permiso para salir. Pasó lista y la lista le cuadró con los presentes que las alumnas iban diciendo al oír sus nombres. Yo me mantuve callada, porque se saltó nombrarme. Así que volvió a recorrer el autocar contando, esta vez en voz alta, para no descontarse, y tocando en cada número la cabeza de cada una de nosotras. Pero al acabar, tampoco le dio permiso al conductor para arrancar. «¿Pasa algo, falta alguna?», preguntó. «No, al contrario, me sobra una», dijo descorazonada la responsable del viaje. «Bueno, entonces no hay ningún problema, nos vamos», repuso el hombre, pragmático. Y arrancó. Aún se debe de preguntar la profe de historia qué pasó aquel día en el que yo estuve presente y ausente al mismo tiempo.

         Lejos de considerar la niebla como una traición al espíritu dominical, según especulan mis amigas, a mí me parece de lo más oportuna. Incluso simbólica. Que corte los edificios por su base, anulando sus excesos en la altura, lo creo un acierto urbanístico. Que anule por completo el paisaje de montaña que constriñe la ciudad, le devuelve amplitud y horizonte. Aunque no se vea, ahora sí se puede soñar. Y mientras crece mi entusiasmo, en mis amigas aumenta el malhumor. Cuando intento razonar alguna de las impresiones que tengo, una clama, cortando de raíz mis argumentos: «¡Pero si no se ve nada de lo que existe!». Y enseguida entiendo que detestan aquello que a mí me encanta. Descubro en la niebla, sin darme cuenta, un espejo donde comprenderme. Igual que ocurre con la niebla, siento que no se percibe mi presencia, como si un manto perpetuo me recubriera cuando estoy con los demás. A veces es solo verbal, nada de lo que me gusta coincide con las apetencias del resto, siempre opino lo contrario de lo que debería decir para que mi parecer existiera en la suma con las demás, y no restara, como ahora, cuando todas se empeñan en continuar hacia la playa mientras suspiro por ir al parque.  Pero en otras ocasiones es también real, continúan a buen ritmo avenida adelante, aunque me haya detenido a observar cómo evoluciona entre dos edificios una masa compacta de aire oscuro, y cuando me quiero dar cuenta ya solo me veo desaparecer de sus miradas, que tampoco se dan la vuelta para buscarme.

         En un antiguo almacén del colegio de chicos, dos calles por encima del nuestro, los curas habían organizado un baile. Enviaban al más joven y torpe de los novicios a vigilar. Se quedaba como una estatua en una esquina, sudando bajo los hábitos, y a mí me daba mucha penita porque parecía que estuviera castigado cara a la pared. Aunque mirara hacia la sala, más oscura de lo permisible, a distancia se veía que tenía los ojos en el cogote. Nunca le vi censurar un beso o una inexistente distancia entre dos cuerpos en los lentos, nada de todo aquello que justificaba su presencia. Cómo simpatizaba con el vigilante. Estaba sin estar, como yo, a quien nunca se acercaba ningún chico para pedirme que bailara. Durante los lentos bebía mi naranjada sentada en un peldaño de la escalera y contemplaba con admiración el humo de los cigarrillos que también estaba prohibido que se fumaran. No sé si ahí nació mi afición a la niebla. Quizá. Un día me acerqué al novicio de turno, haciéndome la tonta. Tropecé con él a propósito, aunque disimulándolo, y le pedí perdón. Me sonrió mirando al más allá. Traté de explicarle que yo no quería, que había trastabillado, que me aburría como él. Y a todo sonreía en silencio sin bajar la mirada del anclaje que tenía en algún rincón del techo.

No sé por qué me acuerdo con tanta frecuencia de mis avatares de niña tonta adolescente. Ahora que mis amigas de toda la vida ni siquiera se dan cuenta de que me han abandonado. No lo pienso dos veces. Me cuelo en el metro y aunque tenga que hacer dos transbordos, me dirijo sin haberlo decidido al parque. Antiguo jardín de una finca de adinerados, en el centro hay un laberinto dibujado con setos. Es a donde quería ir sin atreverme a quererlo y, sorprendentemente, aquí estoy, en una de sus calles sin salida. Las paredes de ciprés son más altas que yo y la niebla descansa sobre ellas como la techumbre de una cabaña que me da albergue. Camino despacio por los engañosos pasillos del laberinto mientras a mi lado pasan corriendo niñas y niños. Chillan nerviosos mientras anhelan una salida con la que, ávidos por encontrarla, se topan antes de lo que en verdad desean. Contemplo la misma desazón por hallar lo que esperan no descubrir nunca que ha caracterizado los días de mi vida. Ahora, sin embargo, avanzo reconciliada con los caminos que no llevan a ninguna parte, curtida ya en el arte de no esperar nada de mi presencia.

[Cuaderno de ficciones, página 43]