CARTAS AL s XX | 25 de abril de 1974, jueves. Grândola, Vila Morena


No digas tonterías. Si ni siquiera ha salido el sol. Es de noche ciega. Qué alucinación es esa de que has oído pasar camiones que hacían al avanzar un estrépito de cadenas. Como si hubiera nevado. En abril. Que estamos en primavera, chiquilla. Ah, o igual te has imaginado que has oído pasar tanques. Tanques que traen de vuelta a los soldados. De una juega. Como no tenían coche para ir, se llevaron un tanque de los hangares. Esa sí que es buena. No sé por qué me despiertas y menos sé por qué tienes esa cara despavorida. Tranquilízate, muchacha. Los tanques no pueden salir a la calle. Solo faltaría eso. Lo tienen prohibido. No quedaría un empedrado en su sitio en toda Lisboa.  ¿No has visto con tus propios ojos cómo los montan en camiones cuando se los llevan de maniobras? Lo vemos continuamente. El cuartel está ahí a la vuelta, ¿o es que no te acuerdas? Pero bueno, de ahí a que los hayas oído pasar por la calle va un sueño. Profundo. Como el que disfrutaba yo cuando me has despertado. Y qué dices que cuenta la radio. Si son las cuatro de la mañana. Qué va a decir la radio. Tonterías. Pondrán fados para los taxistas de servicio. Qué ocurrencia es esa de un comunicado de las fuerzas armadas para que la gente se recoja en sus casas con la máxima calma. Es surrealista. A las cuatro de la mañana todo el mundo está recogido en su casa y durmiendo, menos yo, porque tú te has asustado al oír algún borracho pasar por la calle dándole golpes a los coches aparcados y lo ha empeorado el fado con el que un locutor tristísimo ha recordado una novia que tuvo cuando era soldado y hacía la mili en el Alentejo. ¡Despertarme por una nimiedad así! Venga, por dios. ¿No sabes hacer otra cosa? Que si está pasando algo, que si los militares han salido a la calle y piden para que no se les ataque porque no quieren hacer daño a nadie. Qué despropósito. Sí, ahora invéntate que están dando un golpe de estado. ¡Los militares! Pero si ya mandan. ¿Para qué van a dar un golpe de estado? Si son el ojo bonito del doctor Caetano. Nadie se tira piedras sobre su propio tejado. Ah, que no son los militares, sino los soldados los que han salido. Acabáramos, mientras los mandos duermen, como estaba yo hace un momento, con los angelitos. Así deben de estar ellos ahora. Ay, pequeña. Qué imaginación tienes. Los soldados no son nadie. No son nada. Quien manda son los galones no las garitas. Déjame dormir. Que mañana tengo una jornada de diez horas por delante y esa no hay tanque que me la quite. Ni soldados ni puñetas. No te preocupes, está todo atado y bien atado. El doctor Caetano sabe lo que hace. Es un sabio. Y en las comisarías nos tienen fichados a todos. Aquí no se mueve nadie. Ni que el mundo hubiera nacido esta mañana.

20 de abril, jueves. Jardín de aforismos: césped


El sol de invierno surfea sobre las olas que rompen en la playa con su neopreno plateado.

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Las mañanas de helada avanzo por el borde, en el límite de la maleza, para no estropear con mis huellas la espléndida blancura del camino.

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Al oscurecer, las ventanas de los edificios les envían mensajes de respuesta a las estrellas del cielo en lenguaje de destellos.

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Todos los niños quieren ser futbolistas, pero dudo que sea un deseo suyo, más bien parece fruto de la ciega voluntad que se manifiesta en la infancia por cumplir los deseos paternos. Menos, los de las madres.

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Mis palabras preferidas son aquellas que además de sentido manifiestan en su sonido alguna imprudencia.

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Se podría decir que disfruto equivocándome, aunque solo en los errores que comete quien aprende. Y que echaré de menos cuando haya aprendido.

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En el suelo los pájaros avanzan dando saltitos, frágiles e inseguros. Se muestran curiosos y precavidos, pero cantan y su canto es señal de confianza. En el aire son certeza, potencia y silencio.

11 de abril, martes. El entierro


Para la mentalidad tradicional la muerte representa un momento más sagrado que la vida. La vida es un pasar donde ocurren acontecimientos. La muerte es un acto que detiene este transcurrir. Para ir a ver a un familiar existe el tiempo, pero tras su fallecimiento, la desaparición de esta posibilidad obliga a asistir al funeral. Para la despedida, que se celebra como acto único e irrepetible, a diferencia de los que caracterizan a la vida. Desde que salió de su pueblo, muy joven, mi padre solo vio a su madre unas pocas veces, algún que otro verano, pero cuando llegó la noticia de su muerte, corrió a coger un taxi a última hora de la tarde y a emprender el camino durante la noche. Este fue el primer viaje iniciático de mi vida. Debía de tener unos diez años. Mis hermanas se quedaron en la ciudad con unos parientes, pero a mí me permitieron ir, era el mayor. Recuerdo con precisión los detalles de aquel viaje. El restaurante de Zaragoza, a medio camino, donde cenamos con el taxista, que después se tomó un café. El entierro de la abuela Albina, la reunión nocturna de la familia, la visita a casa de mi abuela al día siguiente y su desván. De un baúl lleno de prodigios me traje la montura de unas gafas de nariz, sin varillas, con funda de madera, un termómetro de horno y otros objetos igualmente antiguos e inútiles. El significado sagrado para mi padre de despedirse de su madre coincidió con el significado sagrado del niño que, al abandonar el círculo de sus hábitos, descubría nuevas facetas inesperadas de la vida. No es una casualidad. Las alteraciones a los que obliga la muerte reúnen a personas que tampoco se ven muy a menudo y propician hechos que dejan muescas sobre la piedra. 

[Libro V, Epigrama XXXII]

2 de abril, domingo. Un tebano en el ágora de Ereso.


Las zarzas que invaden los caminos de Ereso arañan sin piedad el terciopelo de los botines bordados. Los pedruscos doblegan las delicadas suelas. El polvo desvirtúa los dorados decorativos de la túnica.  Ninguna casa se parece ni siquiera a la más humilde de Tebas. El día que se vio obligado a partir no dejó fuera de los arcones que le acompañaron ni un solo símbolo de cuantos habían brillado en su vida pública. Altivo, displicente, pletórico de arrogancia, se mantuvo firme entre los poderosos, que le usaron como escuadrón de combate, hasta que se revolvió para blandir la espada contra el pecho de un general propio y supo entonces la dirección que conduce al destierro. Sigue usando el acento tebano entre los isleños, aún más marcado si cabe, que solo con dificultad lo entienden mientras el recién llegado mantiene el porte marcial entre cabreros y pescadores.

         No ha dejado tampoco de escribir discursos. La oratoria le había abierto los altos portones del recinto real. A su paso, la guardia postraba las lanzas, pero el escritor ni siquiera desviaba la mirada de un punto que relumbraba en el interior del palacio al que accedía. Nadie en Ereso aguarda sus discursos, de los que no comprenden ni las pausas, pero el tebano sigue componiéndolos con los mismos artificios que habían deslumbrado a la corte que lo agasajaba. En el miserable foro de la población reúne a los hombres, que acuden a regañadientes por verse obligados a transigir ante tales pamplinas, y delante de su malhumor, que le resulta del todo ajeno, declama sus escritos tocado por un himatión de lana que hace que suden hasta los vocablos.

         Entre los varones que le escuchan, mal barbados y con las greñas al antojo del viento, se sienta sobre una piedra, en lugar de permanecer en pie, el aeda de Ereso. Aunque la memoria le juegue de vez en cuando malas pasadas y mude de una historia a otra sin darse cuenta, sus vecinos le aprecian. Nunca han entendido tampoco qué cuanta al narrar sus intrincados episodios, pero si oyen en la melodía el entrechocar de espadas ya sienten vibrar algo en la parte del pecho de donde emergen las palabras. Les habla en la misma lengua que ellos practican con ovejas y cabras, la que somete a los perros y asusta a las aves que amenazan con mal agüero. Nunca llegará a declamar ni siquiera en Mitilene, pero eso al aeda no le ha importado nunca. Le enorgullece ahora que hayan enviado un personaje tan ilustre y elegante para sustituirle, aunque ese mismo honor le impide manifestar lo que le duele que le hayan sustituido.  

[Cuaderno de ficciones, página 6]

28 de marzo, martes. Lección de poética nocturna


Lo fascinante de la pintura de Turner es que lo circunstancial de la escena era más importante que el tema. Le gustaba más pintar el paisaje de fondo que los personajes que daban nombre al cuadro. Lo que los pintores dejan para que lo acaben sus discípulos o aprendices fue lo que pintó Turner, y dejó expresiones, rostros, pliegues en las ropas para el empleado que había en él. Poco a poco se olvidó de que los cuadros tenían una historia que contar, un asunto que desarrollar, una narración, y solo se entregaba a las partes insustanciales del cuadro. Solo pintaba poesía.

[Libro V, Epigrama XXI]

20 de marzo, lunes. Jardín de aforismos: enramada



Un charco de luz que declina, la tarde. Salto encima y los últimos brillos me salpican las piernas.

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El día se sienta en el suelo, cansado, con la mirada fija en el fuego, que, indiferente, no deja de bailar.

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El misterio lo es porque cuanto más se conoce resulta más misterioso. Cuantas más veces se entra, más se tiembla al entrar. Cuanto más se piensa, más se descubre uno a sí mismo.

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Converso con el panadero, que me cuenta lo que le oyó decir a su padre, también panadero, que se lo había oído decir a su padre, el abuelo del panadero, que era también panadero. Un saber elaborado durante tanto tiempo al calor del horno. Un pensamiento crujiente.

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Incongruencias del tiempo: me reconoce y saluda un antiguo alumno por la calle y compruebo que tiene bastante más edad que la mía cuando le daba clase.

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Fotografío las mañanas grises y gélidas de enero para refrescarme durante las olas de calor del verano. Las imágenes no consumen electricidad. 

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El escritor que escucha el canto de sus lectores es un marinero, acercándose a la isla de las sirenas, que no se llama Ulises. 

9 de marzo, jueves. Cuestión de tilde



[Por la actualidad que tiene la reflexión el día de hoy, en el que se va a debatir en la sede de la  RAE si tilde sí o tilde no en el adverbio «solo», adelanto una entrada del volumen Azada de jardín (Diario) que en estos momentos se encuentra en imprenta.]

 11 de mayo de 2021, martes

Durante décadas he tenido que explicar —y preguntar y corregir y calificar— como correcto un galimatías ortográfico que la Real Academia Española daba por norma. No era solo uno, sino varios, pero uno era el más doliente. Escribir así la palabra «sólo» me parecía una aberración. Las llanas acabadas en vocal, dice la ley ortográfica superior, no llevan tilde. Pues a esta se lo obliga. Tilde diacrítica, me responde el manual. Ya, le digo yo. Ahí está el problema. La tilde diacrítica sirve para distinguir un monosílabo tónico (él, qué…) de otro átono (el, que…) porque la tilde es un signo gráfico de la prosodia, es decir, una señal de que se han de pronunciar de manera diferente monosílabos formados por las mismas letras. Porque la tilde solo muestra cómo se ha de pronunciar cualquier palabra. Por ejemplo, los términos: público / publico / publicó necesitan la concurrencia de una tilde sobre su tónica (o su ausencia, en el caso de las llanas) para saber cuál es su sonido correcto, dado que en principio cualquiera de las tres sílabas que la forman admiten tonicidad. Esta es la norma general que opera en la acentuación.

         «Sólo», decía la RAE, lleva acento cuando es adverbio, pero no cuando es adjetivo, «solo». La primera aberración de la norma es que la tilde ha de distinguir dos palabras con idéntica prosodia, lo que va absolutamente en contra de su esencia. Las dos palabras poseen sílaba tónica en posición llana. Que la tilde diacrítica no distinga sonido, sino formas, categorías morfológicas, es la cara B de la misma aberración. Similar a usar un cuchillo para comer un plato de sopa. Como si bajo, el adjetivo se escribiera así, pero bajo, el sustantivo que nombra un instrumento musical, tuviera que ir por ello acentuado: bájo*.

         No creo que valga la pena adentrarse en más explicaciones, pero no puedo callarme dos implicaciones de esta norma que suponen sendas aberraciones más. Una, exigir al hablante conocimientos filológicos para escribir con corrección su propia lengua, es decir, que sepa distinguir un adverbio de un adjetivo. La morfología es una parte de una teoría lingüística, y hay varias. Es bueno que los hablantes tengan ligeras ideas de cómo se organiza su lengua, pero no me imagino a un cirujano examinando de anatomía al paciente que espera ser operado, ni al expendedor de billetes de autobús preguntando a quien desea viajar los rudimentos básicos de la mecánica. Otra aberración semejante es desconocer que la propia lengua tiene recursos propios para evitar la posible ambigüedad de una homonimia (de la que hay cientos en la lengua), de forma que si alguien desea expresar que no va a aparecer nadie esa noche a acompañarle escribirá «Ceno solo» y el lector no tendrá ningún problema en entenderlo, porque si hubiera deseado decir que no realiza en ese momento ninguna otra acción, esté solo o acompañado, dirá: «Solo ceno». Y también se le entenderá. Entonces, ¿qué necesidad hay de tildar una de esas dos expresiones? Una palabra llana acabada en vocal con tilde es una falta de ortografía: «sólo», tan aberrante como sería «cára» (que puede ser sustantivo o adjetivo) o «bánco» (que puede ser el ámbito natural de los ricos o de los pobres, según se use), o cientos de palabras homónimas que son el embeleso de los poetas vanguardistas.

         Esta discusión que emprendo, la redacto con once años de retraso. En noviembre de 2010, una nueva Ortografía de la RAE aconsejaba prescindir de la tilde en el adverbio solo. Por fin, me dije, pero apenas pude disfrutar del cambio porque, por suerte para mí, en mi último período de profesor acumulé las materias de literatura que ningún otro profesor del departamento quería impartir.

         Vivía en ese limbo ortográfico feliz, escribiendo cientos de solo maravillosamente con la cabeza descubierta, cuando recibo las pruebas de unas traducciones. Les echo un vistazo y me quedo de piedra. Alguien ha corregido todos mis solos, en el texto de presentación y en el texto traducido, y los ha convertido en sólo. Los cuento. En todo el libro hay veintiséis. Veo erratas hasta en el título del libro que nadie ha tocado, solo los sólo. Hablo con el editor, once años después de que la RAE decidiera ser consecuente con sus propias normas ortográficas, y me lo confirma. Ha sido él. En su editorial, todos los libros acentúan «sólo» si es adverbio. Reviso el libro y no existe ningún «solo» adjetivo del que deban distinguirse los adverbios. Veintiséis a cero. Una tilde realmente necesaria. Una tilde que regresa como una pesadilla recurrente, un mal que uno ve reaparecer cuando ya estaba curado. Un agobio: tener que discutir obviedades. Recordé, entonces, que cuando empecé a dar clase una parte del alumnado aún acentuaba sistemáticamente fué y fuí, tilde que había sido suprimida en 1956, treinta años antes de que empezara yo a trabajar.  Descuelgo el teléfono para decir que siento todos los problemas ocasionados, y que retiro las traducciones.

CARTAS AL s XX | Un día de enero de 1961. Paul Celan en Tubinga


Aún recibe visitas el poeta. Las dos ventanas que durante años dieron hacia el río ahora miran a un interior sin muebles, de planta circular y vieja tarima en el suelo. Las gaviotas revolotean alrededor. Enero agita las ramas secas de los árboles de ribera como lo harían los ancianos del lugar durante una visita histórica con sus banderas infantiles de apolillada tela.

El río olvida cuanto sabe. El señor del que te he hablado se ha quedado largo rato contemplando la superficie. Como si tratara de leer una página sumergida en la corriente. No era alto, ni tampoco bajo. Una frente amplía, eso sí, despejada, era lo único que le recuerdo. El cabello peinado hacia atrás. Vestía un abrigo pardo, de solapas anchas, que le ocupaban todo el pecho. De paño. El corte un poco amanerado, no lo ha comprado por aquí. Al referirse a él, su acompañante le llamaba Paul. No dice casi nada un nombre. Ni sé por qué lo recuerdo.

En Tubinga nos conocemos todos. Cada ventana tiene una mirada que, en invierno, se acostumbra a discernir el grado de la oscuridad. El día transita fugaz por ella. Hay quien desde su cuarto reconoce las personas que han pasado por las huellas que dejan sobre el hielo. Los zapatos de ciudad que llevaba el forastero darán qué pensar a más de uno, pero si advierte que se dirige hacia la torre del poeta dejará de calentarse la cabeza.

Dicen que recibía visitas. En su tiempo nadie daba nada por lo que sacarían en claro de su conversación, es lo que dicen los mayores que lo escucharon de sus mayores. Hoy, cuando vuelve alguien a mirar las ventanas desde la orilla del Neckar, me parece que aún ha de sacar menos. El señor Paul da la impresión de que mire con ceguera. Ha anotado algo a lápiz en un pequeño cuaderno, que después guarda en el bolsillo interior del abrigo.

Hablaban entre ellos en alemán. Me he acercado, haciéndome el tonto, por oírles. No reconozco el acento y menos interpreto sus cuchicheos. No sé por qué razón me ha impresionado esta pareja que ha venido a visitar a nadie, que ya era nadie cuando estaba vivo. Dicen de Hölderlin que fue también un profundo pensador. Yo me lo creo todo. No tengo paciencia para los libros. Solo las revistas y en las revistas no salen los poetas. Tampoco sé si los visitantes lo son. De hecho, no sé nada.

Si me acercase a hablar con los dos, confieso que tentaciones he tenido, creo que la conversación no nos conduciría a ninguna parte. Como mucho a saber de dónde vienen o cuándo piensan partir. Le preguntaría al señor Paul por las raíces del mundo y qué me iba a responder. Nada. Lo mismo que sacaban quienes acudían a visitar a la eminencia encerrada saco yo de los que ahora vienen a visitar la torre. Un balbuceo de trivialidades. Un responso como los del cura cuando alguien se muere, que a todos despide con idénticos elogios. 

2 de marzo, jueves. Lo que no dicen las estadísticas


La llegada a la adolescencia de niñas y de niños siempre ha sido diferente. Las niñas despiertan mucho antes, claro. Pero tal vez haya en el presente aspectos que no siempre se han tenido en cuenta. Oí el otro día en la radio el resultado de una encuesta que parecía seria en el que los chicos daban una respuesta por encima del 75% a la pregunta de si están satisfechos con su vida; mientras que las chicas no llegan al 50%. La distancia entre un dato y otro es un abismo. Me dio qué pensar.

No es la típica diferencia entre chicas y chicos. Creo que tiene que ver con el modo de relacionarse con la sociedad. En los chicos, por hábito general, su socialización se cumple casi exclusivamente a través del deporte, y el deporte es una fuente inagotable de euforia. Aun cuando su equipo pierda, siempre está la posibilidad de que gane el siguiente partido. Pero entre las chicas se ha extendido una socialización a través de la concienciación social, en especial, en relación al cambio climático, a la destrucción del planeta, a las crisis económicas y a los desastres migratorios.

En ocasiones, sin embargo, la adolescencia carece de herramientas para distanciar la preocupación seria por estas cuestiones de la propia conciencia individual, de modo que resulta fácil caer en una situación de malestar, de hondo pesimismo existencial, incluso de depresión. Creo que esa es la razón de la infelicidad de muchas adolescentes. Cuando la preocupación social invade la esfera personal se presenta una incómoda paradoja, porque el propósito es encomiable, pero la consecuencia negativa de no saber cómo encauzar esa energía, tan positiva, creo que ya se refleja en las estadísticas.

21 de febrero, martes. Elogio de lo impreciso


Recuerdo haber oído, no sé muy bien dónde, la anécdota que narraba la sorpresa de un técnico alemán que vino a solucionar un problema en las instalaciones del metro de la ciudad y descubrió una nueva medida de presión: «un poquitín más». Lo impreciso tiene mala prensa en la sociedad tecnológica, pero a veces se echa de menos. Por ejemplo. En el pueblo donde pernocto en fechas de asueto hay dos campanarios. La historia es simple. En el siglo XIX se ordenó que todas las casas consistoriales tuvieran delante un reloj público con la hora oficial del reino. Como delante del Ayuntamiento solía estar la iglesia, se instaló el reloj en su campanario. Pero en este pueblo en concreto, la iglesia, románica y anterior a la población, se encuentra en un extremo y la plaza Mayor en otro. Así que situaron reloj y campanario en una vieja torre de vigilancia que había más o menos delante. El caso es que al siglo XX llegaron dos campanarios. La habitación donde duermo está justo a medio camino entre los dos, así que escucho a ambos con la misma intensidad. Primero sonaba el de la torre civil y unos minutos después el de la iglesia. Ese vivir el mismo instante dos veces resultaba reconfortante, sobre todo por las mañanas. Pongamos que uno había previsto levantarse a las 8. Oía las campanadas, pero sabía que aún disponía de varios minutos de relajación, fuera del tiempo, antes de volver a escucharlas. Una prórroga. El siglo XXI ha traído un cambio en el funcionamiento de los campanarios. Ahora suenen los dos a la hora en punto, y es un guirigay desacompasado de campanas en las que es imposible no ya saber la hora, sino ni siquiera sentir un ápice de su grata armonía. La precisión temporal tiene sus desventajas. 

[Libro V, Epigrama XXX]

14 de febrero, martes. La crítica y yo, crónica de un idilio


En el orden del día de la tertulia galáctica de los miércoles se informa de que se hablará sobre la crítica: su función, su utilidad y su objetividad. Interesante asunto. Tanto que despierta inmediatamente el diario dormido bajo un montón de libros y papeles en la mesa de trabajo. Lo busco. Lo encuentro. Y nada más verlo, sin alcanzar aún a abrirlo por la primera página en blanco, ya estoy escribiendo con la mente.

         Como hoy es catorce de febrero, se impone una confesión romántica con aires de estribillo: No puedo vivir sin la crítica. Lo he intentado muchas veces, porque nada hay más espurio que hablar sobre una novedad mientras es novedad. Por una razón evidente, cuando se marchite lo novedoso caerán a su lado las hojas que lo ensalzaron, y otra que pertenece a las esencias: lo valioso de la poesía es su permanencia, que es aquello que constantemente contradice el acento sobre lo nuevo. Pero el amor siempre ha despreciado las advertencias de lo obvio.

         La crítica tiene una evidente función social. Ni siquiera me entretengo en definirla porque hacia esta crítica que introduce un título —para bien o para mal del título— en la sociedad cultural nunca he sentido el mínimo interés. Amo la crítica por su función exclusivamente personal. El diálogo con la contemporaneidad poética me parece central en la formación poética, en paralelo al diálogo con la tradición. Es cierto que el diálogo se establece en la lectura, pero se consolida con la escritura. Solo cuando se busca la expresión adecuada para lo que se ha pensado se consigue reflexionar de verdad, más allá de las impresiones y las intuiciones. Sobre la mayor parte de los libros que uno lee no escribe nada, pero la tarea de escribir sobre algunos mejora su percepción lectora, de la misma manera que una tabla de ejercicios físicos de unos minutos ayuda a mantener el tono físico vital.

         Cabría también preguntar qué legitima al crítico que trabaja desde la esfera de lo personal y no desde la voluntad de intervención social de su criterio. Estoy convencido de que el interés de la cuestión reside en plantearla al revés: qué legitima el valor de la opinión de un crítico que se propone convertirse en la opinión social. Pero no me meteré en camisas de once varas. Lo que justifica mi opción personal por la crítica es la propia poesía, que es una apuesta por la expresión individual. Es cierto que en algunas épocas o en ciertos lugares la poesía ha tenido un claro relieve social, pero este factor es añadido, no está en la definición del género, cuyo territorio fundacional concluye en los límites de lo lírico. No es más importante Campoamor por aclamado en vida que Bécquer por desconocido. De hecho, en realidad ocurre lo contrario, porque la legitimación de la poesía no está en la aceptación social del momento, sino en el reconocimiento de una dimensión personal, desde la que —estoy convencido— también se puede escribir sobre lecturas.

         Sobre la objetividad crítica se puede decir lo mismo que sobre la aspiración a una lengua codificada en la equivalencia de un signo para cada significado. El día que triunfe una lengua así reducida se habrán quedado todos los humoristas sin trabajo y el resto de la población muda, porque fuera del horario laboral de los controladores aéreos solo vale la pena hablar para hacer malabares con el lenguaje. Por otra parte, para huir de los juicios objetivos sobre expresiones subjetivas ya basta la experiencia de haber leído a los formalistas.

         La utilidad de la crítica es un asunto de mayor calado. Si se acepta la idea de Paul Celan de que cada poema es un momento en la historia del decir, la mera aseveración incluye en la definición la presencia del crítico. Pueden existir acontecimientos en sí mismos, pero el concepto de historia implica su registro, y este es impensable sin un registrador. No hay historia sin historiadores. Ni historia del decir sin críticos que lo hayan analizado y explicado. Por lo tanto, creo que la exégesis poética es inherente al hecho creativo. Una creación valiosa sin exégesis es un producto de la imaginación.

Esta es una idea genérica sobre el asunto de la utilidad, hay otra más sutil y concreta. La concepción del arte moderno se construye sobre una distancia entre el objeto artístico, en este caso el poema, y el referente humano (por no llamarlo temático) que le da vida. El amor manifestado no es lo que le da valor al poema de amor, sino la interpretación artística del sentimiento. Esta distancia que se establece puede ser de diversos tipos: formal, irracional o existencial. En diferentes épocas predomina una u otra. Hay distancias muy complejas y otras sencillas de comprender. La crítica suele ser la encargada de guiar el camino entre un punto y otro. En su época Fernando Pessoa era considerado un poeta «hermético» por sus incomprensibles juegos de identidad. Hoy los heterónimos se estudian en el colegio y fascinan a los niños. 

También la crítica es la encargada de mensurar la dimensión de la distancia que un poeta establece entre su poema y las realidades temáticas que aborda. De ahí que sea tan importante la crítica para el poeta que aspiro a ser. Comprender el modo de significar de los demás poetas a mi alrededor ayuda a encontrar lo singular en la manera de interpretar la herencia común. 

Una última pregunta me resta por responder: «¿las reseñas deben hablar solamente de obras sobre las que tienen una opinión favorable?». La respuesta, para mí, surge de inmediato. Le ha de resultar imposible hablar de una obra que no admire al exégeta que escribe crítica solo como fruto de un enamoramiento por la obra que ha leído. San Valentín no esperaba menos de mi crónica.

9 de febrero, jueves. Jardín de aforismos: plantas aromáticas


El día se despierta hoy con pereza. Se nota que ayer trasnochó contemplando la redondez de la luna.

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La única entidad a la que no me importaría pertenecer es a la Asociación de Arraigados en el Desarraigo (AAD).

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La miel, en su tarro, refleja y dora los primeros indicios de luz que filtra la ventana de la cocina.

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Son tan eficientes los algoritmos que eso les convierte casi en reales, y cuanto más se acercan a la realidad, menos eficientes.

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Los pájaros que trazan líneas al atardecer son mi canal privado de televisión. Retransmiten el presente.

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La lluvia repiqueteando en las tejas. La melodía de los días íntimos, quiero decir, interiores.

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He ido a ver el mar. Respiraba sosegado, como uno de esos perros viejos que dormitan en el zaguán de la casa que antes vigilaban.