CARTAS AL s XX | 18 de julio de 1935, jueves


Espero que a la llegada de la presente te encuentres bien de salud. También que los tuyos, padres y hermanos, disfruten de buen ánimo y no les falte el trabajo. Te escribo para anunciarte una buena noticia y una noticia regular. Empezaré por esta. Sé que te había prometido que a estas alturas del verano habríamos dado un largo largo largo paseo por los campos del trigo ya cosechado y por las viñas en espera de vendimia, los dos de la mano, o quizá abrazados si nos adentrábamos por el pinar de la sierra en busca de setas. ¿De setas en verano?, dirás, y yo te contestaré que son las mejores. Que a tu lado cualquier locura es lo mejor que me puede ocurrir. Pero ya lo has visto. Ha pasado más de medio julio y no he aparecido. Qué voy a decirte. El permiso que esperaba no me lo han concedido. Prefiero no entrar en detalles, porque aún será peor para mí seguir dándole vueltas a este ovillo.  De hoy en un año, esta es la buena noticia que tengo que darte, puedo asegurar que estaremos celebrando esta fecha los dos juntos. Los dos en el café del pueblo tomando un aperitivo. Los dos en el paseo, agarrados del brazo. Los dos, los dos, los dos. ¿Qué es un año? Una sucesión de días que se pasarán de corrido. Una nada el día en el que, de aquí un año, me veas bajar del autobús en la Plaza Mayor con las mangas de la camisa remangadas y el pecho al descubierto.

***

—¿Y si lo dejamos para el próximo verano? Verás, ahora resulta muy precipitado. Anda casi todo pendiente de preparar. Es solo tomar la decisión ahora e inmediatamente se abre una tregua, un tiempo para ir haciéndolo poco a poco. Más pensado. También más relajado. Sin prisas. Es mi propuesta y mi opción. No me veo con cuerpo para acabar en este momento lo que nos queda pendiente. Lo importante no es el cuándo, sino el qué. El verano próximo, por estas fechas, será el momento ideal para empezar.

*** 

Te has ido enfadada y no tienes razón. No he dicho eso que has entendido y que tanto te ha irritado. Quisiera correr detrás de ti a contártelo, pero sabes que tengo el turno de inmediato y no dispongo de tiempo. Pero tampoco quiero esperar a acabarlo para aclararte cuál es mi postura. Así que te la dejo escrita en esta nota. Luego, por la mañana te daré todas las explicaciones que quieras. Por favor, ¿cómo puedes pensar que no quiero que vayamos en busca de ese niño? O de esa niña, lo que dios dictamine será perfecto. Claro que lo quiero, claro que lucharé por ello. Solo te decía que si tuviéramos la fortuna de que se fecunda la semilla de inmediato, el nacimiento nos pillaría en pleno caos de trabajo, de agobios, de piso por encontrar y amueblar y todo lo demás. Que por qué no esperábamos un año. Solo un año. Da igual que cuando crezca cumpla cuatro o cinco años, siempre será nuestro hijo, o nuestra hija; que lo que sea, bienvenido sea. No importa un año antes o después, pero sí importa que se encuentre, cuando llegue, con unos padres bien situados, un piso en condiciones, un futuro despejado. Eso es lo que te decía, nada más. Solo eso. Pero te has dado la vuelta y te has ido sin comprender mis razones.

15 de septiembre, jueves. A vueltas con el «metaverso»


Como poeta me veo impelido a decir algo en contra del neologismo de moda: metaverso. Ya sé que la raíz «verso» en esta palabra no tiene nada que ver con la poesía. Es algo que se podría discutir etimológicamente, aunque en este caso ni siquiera interesa demasiado. Lo pernicioso del metaverso procede de su descarado diseño para sustituir lo real. No lo que ocurre en la realidad, que nunca podrá dejar de ocurrir, sino la realidad como fuente de los significados biográficos, es decir, aquello que significa para una vida. Es algo un paso más allá de lo que ocurre en este momento con la informática —por ejemplo, ahora se quejan en las bibliotecas universitarias por el hecho de que ni profesores ni alumnos se acerquen ya a los libros de una manera significativa. Este ir más lejos trata de encasillar en el tiempo digital todas las sensaciones, los efectos, las emociones, las ideas que antes emergían del trato con la realidad. El verso vive de estos significados, que emanan de lo real y al mismo tiempo lo explican, lo contradicen o lo interpelan. Cuando los significados posibles lleguen codificados del metaverso, los versos habrán caído en desuso: se vivirá una realidad perfectamente codificada. Prisiones a la puerta de las cuales se prevén enormes colas para acceder. 

[Libro V, Epigrama XXII]

11 de septiembre, domingo. Has tenido una amiga


En la radio escucho una anécdota musical que me emociona. Hablan de James Taylor. En mitad de un concierto le pidió que subiera al escenario a su amiga Carole King, que estaba entre el público escuchándole. Carole King era entonces, sobre todo, compositora, y Taylor había cantado alguna de sus canciones. En aquella ocasión los dos interpretaron una pieza nueva, aún desconocida, «You’ve Got A Friend». Meses más tarde Taylor, en el estudio de grabación, había cerrado ya el nuevo álbum cuando el ingeniero de sonido descubrió que quedaban unos minutos libres. El mismo técnico le recordó aquella canción que le había oído cantar junto a Carole King, y le sugirió que la grabaran con la banda como prueba. Improvisaron los arreglos y al oír el resultado ya intuyeron que sería el emblema de Mud Slide Slim and the blue horizon. El disco apareció en abril de 1971. La canción llegó enseguida al número uno. Poco después se publicaba en la voz de su autora, Carole King, en un disco ya mítico de la música del siglo XX, Tapestry.

         Mi ejemplar de Tapestry lo conseguí, creo, en 1973. La memoria suele ser un archivo olvidadizo que solo conserva algunas postales de uno mismo. Una que guardo intacta es la de aquella mañana de sábado. El anterior había ido al centro con mis padres a comprar un tocadiscos. Imagino la lata que les habría dado. El vendedor incluyó en la adquisición un disco de James Last, un adalid de la música orquestal, y mi padre sacó del desván uno de sus sueños de adolescencia y se llevó un LP de Carlos Gardel. Aquella semana, entre Last y Gardel, casi consiguen hacerme odiar la música, pese a lo extraordinariamente bien que sonaba mi tocadiscos, el único que tuve mientras duró la primera vida del vinilo. Al sábado siguiente reuní 300 pesetas, ignoro de dónde las sacaría, y me fui a un supermercado, un modelo de comercio entonces novedoso, de hecho, el primero que se abría en el barrio, en la esquina de Capitán Arenas con Manuel Girona. Había visto que en una esquina, bajo los ventanales que daban a la calle, había un aparador con discos. De madera lacada en blanco. Allí pasé las horas estudiando todos los discos. Dudo que tuviera entonces ninguna otra información más allá de la obvia (Beatles o Rollings). Podría haber comprado un disco de cualquier grupo que conociera de nombre, pero algo, ya no puedo recordar qué, me condujo a elegir el disco de una cantante absolutamente desconocida para mí. Carole King. No sé ahora si me atrajo la cubierta —la serenidad de un interior, el banco de madera, el cojín, las cortinas, el gato desenfocado, una puerta cerrada al fondo—, o quizá la imagen de la cantante —sobre todo la melena rizada, parecida a la que tuve cuando dejaron de obligarme a ir al barbero—. De todas formas, no solo fue mi primer disco, sino que se ha mantenido durante casi cincuenta años en el número uno de mi hit parade.

         Lo cuento con el halo nostálgico de lo anecdótico, pero al recrearlo me doy cuenta de que hay en la circunstancia ciertas premoniciones. En aquel instante de mi primera decisión importante, me fie más de la intuición en el vacío que del suelo sólido de las referencias proporcionadas por la época. No sé tampoco si este comportamiento poseía en el momento algún componente sociológico. Si los adolescentes de los 70 preferían indagar en lo desconocido, o si solo era una rareza mía, que he mantenido toda la vida. En música y en literatura. Para bien y también para mal, pues siempre he preferido encontrar a consolidar. Al menos de la mitad de los libros que he leído carecía de influjo externo para leerlo. Creo que, si aquel día hubiera elegido un disco de los Beatles, ahora esperaría para leer a que aparecieran los best sellers de la temporada. Es decir, sería otra persona. Si Carole King no se hubiera decidido a cantar aquella noche junto a James Taylor quizá su historia musical se hubiera trenzado de otra manera. Hay en lo fortuito siempre detrás un elemento que parece fruto de la necesidad, sin que se consiga saber nunca dónde acaba lo casual, dónde asoma lo esencial, qué decide el devenir de los acontecimientos; si lo eventual moldea el carácter, o lo sustancial condiciona cuanto ocurre. Quiero decir, claro, sin que uno lo sepa sobre sí mismo.

6 de septiembre, martes. Paradojas futbolísticas


De vez en cuando me cuelo en algún campo de fútbol de barrio y asisto al entrenamiento de un grupo de escolares, sentado entre sus pacientes padres. A poco que uno se fije en lo que ocurre dos aspectos le llaman la atención. El primero es que el entrenamiento se convierte, si todo va como se espera, en una coreografía. Los jugadores se mueven con una armonía que se diría científica, trazando perfectas líneas de un armazón conceptual exacto. El segundo es que estos movimientos están dirigidos solo por voces que mandan. No se explica, no se razona, solo se dan órdenes. En absoluto me extraña. El fútbol es una estructura jerarquizada, donde únicamente se tiene en cuenta una opinión, que, claro, se convierte para los demás en una orden. La paradoja es que siendo un juego tan antiguo régimen, es decir, tan antidemocrático, haya acabado convirtiéndose en el emblema de la democracia occidental.

[Libro V, Epigrama XXI]

29 de agosto, lunes. Apunte de cronista de tribunales


En los anales procesales del boca a boca se recuerda en los corrillos, con frecuencia, la disputa que mantuvieron en su tiempo el fiscal J.P.S. y el defensor M.M.P. en el juicio del estafador Histórico García Comunal. Las pruebas que la policía había reunido para la resolución del caso se resumen bien en el término circunstanciales. Unos se refirieron a ellas como prometedoras, otros como faltas de consistencia, dado rienda suelta a la inventiva personal en el ámbito de la sinonimia, tan propia de la dedicación.

         Ante la escasa enjundia factual, que incluso hacía bostezar al juez, cuyas canas avisaban más de la proximidad de una jubilación que de la cimentación de una carrera, fiscal y defensor se enredaron en una trifulca dialéctica que acabó arrastrando a los presentes, incluidos el magistrado, los miembros del jurado popular y hasta los bedeles; a todos, menos al acusado, a quien se le contagiaron los iniciales bostezos jurídicos.

         Abrió el melón el fiscal, consciente tal vez de la debilidad de sus argumentos probatorios, cuando espetó ante el tribunal una aseveración inusualmente construida con seriaciones negativas: «Nada se deja de saber nunca. Resulta imposible pensar que Histórico pueda evitar el hecho de que no se conozca su implicación en los sucesos que se le atribuyen y también en los que no se le atribuyen aún, por desconocidos». «¿Y…?», alcanzó a musitar el juez despertado de repente por el alegato de la fiscalía. Que continuó: «De lo que se deriva la conclusión de que en ningún caso puede resultar plausible un veredicto de inocencia, aunque no se haya demostrado el de culpabilidad». Tres o cuatro canas volaron de la cabeza judicial cuando este se la rascó en el tránsito de activarla.

         Como ocurre en los partidos de tenis cuando un jugador saca desde su campo, el turno pasó a la defensa. Se levantó para hablar el abogado, M.M.P., un tipo elegante, con frente amplia y mejillas enjutas, fibroso, pausado. Tardó unos segundos en hacerlo, como quien encaja todos los matices del discurso que le han lanzado. «De hecho», empezó diciendo, «lo habitual es que solo por casualidad se alcance a saber algo certero sobre lo que en realidad ocurrió en la realidad inconfesada de Histórico, y no hay más que echar un vistazo por encima a las pruebas aducidas por el fiscal para descubrir que lo que sabemos es más bien poco y no como excepción, sino como el hábito que mantiene lo real a la hora de manifestarse». Y se dejó caer en el asiento.

La polémica estaba servida junto a cada cerveza con una tapa que pidiera en la barra de un bar un miembro de cualquier escalafón de la judicatura. Y así hasta esta mañana, en la que he asistido a una nueva réplica del debate entre un repartidor de paquetería a domicilio y otro de comida por encargo. Mientras el primero negaba la imposibilidad de no querer conocer el contenido de los paquetes que repartía, el segundo afirmaba que siempre había tenido mal olfato, que ahora su trabajo acentuaba, y que las pizzas le olían a burritos. 

[Cuaderno de ficciones, página 3]


15 de agosto, lunes. ¿Quién reconoce los méritos?


Escribe —diré mejor: desvela— Enrique Lista, en un ensayo sobre fotografía, que son «Otros fotógrafos con posición ya reconocida en ese campo, comisarios, editores, críticos o coleccionistas, [quienes] tendrán más papel en la legitimación que el que pueda tener un supuesto público indiferenciado». Y me pregunto a continuación quiénes serán los lectores diferenciados capaces de legitimar a los poetas del presente. Los poetas con posición militan solo en la mediocridad de sus discípulos, los antólogos andan despistados, los editores cuando no publican premios parece que lo hagan al tuntún, los críticos no existen —los mejores reseñistas parecen asalariados de alguna editorial; los demás, ecos de ecos—, los coleccionistas (o mejor, compradores de libros) tan desorientados como el consumo en general. Pero sí existe una voluntad legitimadora en la poesía. La ejerce cada poeta sobre sí mismo. Se autoedita, se elogia, se publicita, se organiza actos y cuando hace todas estas cosas, el público, indiferente, le considera un gran poeta sin ninguna objeción. 

[Libro V, Epigrama XX]

8 de agosto, lunes. Fonollosa


En 1922, el día 8 de agosto cayó en martes. Hoy es lunes y se cumplen cien años del nacimiento en Barcelona de José María Fonollosa. Quizá sea el poeta más insólito de la poesía española del siglo XX, no solo por lo solitario de su escritura, sino por la extrañeza que causa su biografía como escritor. Ausente del país en la década central de la madurez de un poeta, entre los veintinueve y los cuarenta años, escribió en Cuba la parte esencial de una obra que, a su regreso no consiguió atraer el interés de ningún editor ni crítico hasta unos meses antes de su fallecimiento en octubre de 1991. Entonces, cuando cumplía con el más convencional de los hábitos poéticos, publicar un libro, arrancó la rareza. Aquel volumen agotó innumerables ediciones, unas tras otra, y ha sido leído ávidamente por sucesivas generaciones de jóvenes poetas, al mismo tiempo que una absurda leyenda de autoría apócrifa se divulgaba sin ningún interés por las certezas. Por otra parte, el volumen de 1990 era una parte de una obra no solo de mayor extensión, sino también de dimensiones poéticas más profundas, libro que no vio la luz íntegro hasta 2016 (y que este año ha sido reeditado en edición de bolsillo).

         Para celebrar el centenario, una tertulia de jóvenes poetas me ha invitado a charlar con ellos sobre Fonollosa, y al final de la conversación me pide, según el gusto de la época, un lema que invite a su poesía. No dudo un instante: «Enfréntate al otro que no eres tú». Creo que ese es el epicentro de Ciudad del Hombre: el atrevimiento a situar el yo poético en el lugar más extremo al yo que escribe y, por lo tanto, también al yo que lee.

La de Fonollosa, esta poética de la alteridad, es una clara opción de vanguardia, aunque de una estirpe que no siempre se reconoce como tal. Para empezar, parece paradójico denominar «vanguardista» a un poeta que escribió toda su obra madura en impecables endecasílabos —aunque ninguno sonara a endecasílabo—. No pertenece, por lo tanto, a las vanguardias de ruptura formalista que, con el Futurismo a la cabeza, dinamitaron las convenciones del verso tradicional. Y escribió además en un lenguaje inteligible, figurativo, realista, en el polo opuesto de las vanguardias irracionalistas que guiadas por el Surrealismo parecen agotar el crédito de las opciones innovadoras.

Existe, sin embargo, una escritura vanguardista cuya ruptura no afectó a las formas ni a la inteligibilidad de los textos, sino a la raíz del sujeto que escribía. Quizá el autor más emblemático de esta tercer vía fue Fernando Pessoa (1888-1935), cuya dimensión de vanguardia no emerge de la escritura futurista de Álvaro de Campos, sino de la disgregación del autor de su obra en diversas personalidades poéticas, sus heterónimos, alguno de los cuales escribió en rigurosa métrica y entre todos afianzaron una escritura diáfana y racional. La actitud renovadora de Pessoa no está solo en los poemas, sino en la disolución del yo lírico en diversos yoes. Más o menos en la misma época T. S. Eliot (1888-1965) ahondó en la despersonalización del sujeto poético, y ambos abrieron el cauce a una nueva forma radical de escritura en la que el yo se disgregaba o se desvanecía. A esta Vanguardia, que bien podría denominarse Existencialista por destruir el significado unitario, universal y trascendente del ente lírico, pertenece la obra de José María Fonollosa. Este es el ámbito poético con el que dialoga, la cultura literaria con la que su obra entra en relación. En su conjunto Ciudad del hombre representa la dispersión máxima aplicable a la idea de un yo poético, aquel que encarna el de todos los coetáneos que habitan una metrópolis moderna, caracterizada ya en sí misma por la dispersión máxima de quehaceres, intereses, personalidades y aspiraciones entre sus habitantes. 

Tal como han defendido las filosofías materialistas de la época, en la existencia solo hay cuerpos y lenguajes. Ciudad del hombre es el ejemplo poético más rotundo de esta idea: cada poema es la encarnación de un cuerpo atravesado por la inmanencia del lenguaje que le da sentido.  Y es al cabo, también fruto de la visión existencialista, una seriación de aullidos de angustia que ensombrece este lenguaje desde su raíz. Habla a través de los poemas de Fonollosa una ciudad entera de condenados a la finitud, entonando cada cual su propio cántico desacompasado, ensimismado, insensible a los demás, ebrio de su propia derrota vital. La misma imagen que durante la segunda mitad del siglo XX europeo ofrecía la sensibilidad poética —anti-sentimental, anti-lírica y anti-optimista— más atenta. No se olvide que Fonollosa celebraba cada año la misma edad que Gabriel Ferrater, Pier Paolo Pasolini y Philip Larkin. Los cuatro centenarios de 2022.

3 de agosto, miércoles. Fábula dominical


En Lisboa, los domingos iba a comer al Tronco, un pequeño restaurante en una calle paralela a la Avenida Liberdade. Una familia de gallegos trabajaba allí. El padre, en el mostrador. Nunca hablaba con nadie, respondía con monosílabos, pero dirigía los movimientos de todos con precisión de escenógrafo. Los dos hijos atendían a las mesas, y madre e hija cocinaban.  Como cerraba la cantina universitaria, íbamos Gianluca y yo sin falta todos los domingos. Solíamos instalarnos en la última mesa, al fondo, donde nadie quería ponerse, frente a la puerta de la cocina. La hija, que tendría nuestra edad, de vez en cuando se asomaba, nos miraba y nos sonreía. Tal vez más a Gianluca, porque como buen italiano vestía con más elegancia que yo. Pedíamos siempre un filete de la casa con patatas, y el plato era una enormidad de carne y un salirse por todas partes de patatas. Comíamos proteínas para una semana de sopa de cantina. Un domingo, acudimos con dos amigas, ni siquiera recuerdo quiénes eran, tal vez dos compañeras de curso. Los platos aparecieron puntuales, pero en ellos se moría de soledad el filete más breve que había visto y patatas cuyo número se podía establecer con los dedos de una única mano. Nos dimos cuenta del error de inmediato. Nunca más nos presentamos acompañados. La comida era más importante que la compañía. Tuvimos que pasar dos o tres domingos de purgatorio, con platos reducidos, hasta que regresó el tamaño XL al que nos habíamos acostumbrado antes de la traición.

[Libro V, Epigrama XIX]

29 de julio, viernes. El taller


En el cultivo de las artes existe un ingrediente de transmisión, una continuidad. Es una idea antigua, porque la época le ha puesto fin. Un artista que enseña a otros su arte se le considera un fracasado. El artista exitoso es el que vive aislado en su burbuja artística. Una idea que en el Renacimiento hubiera sido considerada como una aberración. Pero el momento actual es así. Antes, el músico enseñaba a otros músicos, el pintor mantenía un taller con aprendices, el escritor daba clases de literatura. Ahora solo los músicos, pintores o escritores subestimados se han dedicado, como yo, a la educación. Igual que en tantas otras ideas, no estoy de acuerdo con mi tiempo. O, quizá sea mi época quien no quiere sabe nada de mí. Y la entiendo, yo haría lo mismo si no pensara como pienso. 

[Libro V, Epigrama XVIII]

25 de julio, lunes. Lo que hay detrás de una lengua


En una tertulia que sigo los miércoles, uno de los sabios que la animan realiza una afirmación que me ha tenido en vilo una semana: «las grandes lenguas ya no generan identidades». En cierto modo es cierto. Pero hay algo que me impide otorgar la razón completa a la tesis. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en EEUU, los emigrantes de origen hispanoamericano de ciertos países —no de todos—, les hablen sistemáticamente a sus hijos en inglés. Es algo que también he visto con frecuencia en mi ciudad, incluso entre hablantes de una de sus dos lenguas que les hablan a sus hijos en la otra. Le he dado vueltas al asunto y creo que el problema está en el contenido de la palabra «identidad», a la que suponemos el atributo «cultural», que es lo que se ha perdido. La «identidad» que otorgan las lenguas de prestigio en una sociedad es la del «estatus», es decir, la de «clase», eso que creíamos desaparecido, pero que, como tantas lacras del silgo XIX superadas, regresa vigorizada en el XXI. 

[Libro V, Epigrama XVII]

18 de julio, lunes. Encomio de la correspondencia


El supervisor de guardia aquel día certificó la incorporación de G.B., célebre filósofo y activista social, a su puesto de trabajo. A las puertas del edificio central de Correos llegó acompañado de lo que dijo ser su equipo, que el vigilante de la entrada calificó de «inestable» por la dificultad que observó entre quienes pretendían acceder a las instalaciones para mantenerse vestidos. Como les impidiera el paso, el funcionario G.B. se despidió de los suyos con un gesto ampuloso y a continuación activó el torno de entrada con su tarjeta personal.

         No estaba prevista otra actividad para el empleado G.B., que si bien había concurrido con éxito a las oposiciones para repartidor público de correspondencia en la convocatoria realizada cuarenta y cinco años antes, en el mismo momento de recibir su nombramiento había solicitado una excedencia especial, contemplada por la normativa, que se había extendido hasta la solicitud de reincorporación, que se hacía efectiva en aquel momento.

         Con buen criterio profesional, se le adscribió al cartero G.B., después de valorar su inexperiencia profesional y la inconveniente edad para adquirirla, el servicio de repartidor nocturno de correspondencia urgente, vacante desde que la desaparición de la telegrafía implicara la inutilidad de esta tarea.

No se esperaba, por lo tanto, otro movimiento aquella primera noche laboral de G.B., pero a las dos de la mañana apareció encima de la mesa del supervisor una carta con indicación de extrema urgencia que, dirigida a un domicilio de la ciudad, había sido remitida por alguien cuyo nombre y apellido coincidían con el del repartidor readmitido. Sin otra opción, lo llamó, le entregó en mano la carta y le apremió a realizar la prestación con provecho y agilidad.

Al verle salir, el equipo, que se había refugiado en un portal próximo a la sede de Correos, avivó sus marcas de inestabilidad. Funcionario y compañía caminaron ruidosos por las silenciosas calles hasta la dirección indicada en el sobre, el antiguo domicilio del filósofo, que abrió la puerta de acceso con su propia llave y subió a pie, excitado, los cinco pisos que le separaban de la exactitud de las señas.

Una mujer de edad, con una bata mal cerrada sobre el camisón, que sobresalía por todas partes, abre la puerta y pronuncia el nombre del remitente y mensajero arrastrando los sonidos, como haría la madre ante un hijo reincidente en el mismo capricho. «Otra vez tú», añade, aunque solo con valor retórico. «Reparto nocturno urgente. Si me puede firmar aquí», se limita a decir el activista social con el aplomo de quien está versado en entregas. Pero no puede reprimir a continuación una palabra incoherente con su función: «Ábrala». Y la mujer, despacio, con intriga, acaba abriéndola. Dentro del sobre encuentra una hoja doblada. La desdobla. Por un lado, está en blanco. Por el otro, también. «No me has escrito nada, Georges.» «He tenido mucho trabajo. Es mi primer día en Correos.» «Noche», apostilla la decepcionada destinataria. «Mi primera noche, sí. Qué agobio. Tenía que darme prisa para conseguir traerte personalmente la carta».

Al día siguiente el empleado G.B. entregó en la oficina de personal una nueva solicitud, la excedencia hasta la fecha de su jubilación legal en el servicio. 

[Cuaderno de ficciones, página 2]

7 de julio, jueves. Nociones de permanencia


La idea de que poseemos objetos que nos sobrevivirán es una concepción barroca. Y el Barroco dio los primeros pasos de la época en la que aún seguimos, aunque es posible que el hecho de que las cosas tengan más esperanza de vida que sus dueños ya haya dejado de ser una de las grandes pesadillas del ser moderno. Hoy los objetos se diseñan para que sean comprados varias veces a lo largo de una vida, es decir, difícilmente ninguno durará más que su dueño. Por mi parte, aún no he terminado de pensar en lo que me sobrevivirá. O tal vez sí. He acumulado carpetas durante años con materiales, los usara o no. La última semana antes de cerrar un ciclo profesional me encontré con un armario lleno. Montañas de papel que no podía conservar. La memoria caligrafiada de algunas décadas de trabajo. Bien, sin tiempo para otra solución, con los ojos cerrados, fue todo a la basura. De reciclaje, por supuesto. No me supo mal. Estaba, quizá, entrenado. Durante años he visitado los Encantes con asiduidad, donde se saldan los restos de vidas que ya no están. Y por el suelo estoy acostumbrado a revolver no solo libros, pinturas o muebles, sino también cartas, diarios, papeles íntimos, económicos, todo cuanto la gente cree que les sobrevivirá. Allí aprendí que la única trascendencia es el presente. Ni siquiera lo que hoy salvo guardándolo se redimirá. Tarde o temprano, acabará en los Encantes.

[Libro V, Epigrama XVI]