24, sábado. Abril. Plaza del pirulí

Cuando le fui a hacer la foto a la placa con el último nombre de esta plaza apareció escopeteado el conserje del edificio a cuya pared apuntaba mi cámara: «No está permitido hacer fotos», me gritó con las mejillas encarnadas. Le miré. Devolví mis ojos al visor y con aplomo disparé ante la repetición cada vez más ansiosa del mensaje. Un poco más abajo se encuentra la manzana de la discordia y esta es, sin duda, la plaza de otras tantas discordias en la ciudad de la eterna discordia. Hasta los conserjes mantienen con celo inquebrantable el espíritu de hacerle la pirula al vecino, impulso que esta ciudad incuba pacientemente para exteriorizarlo de vez en cuando. De hecho, la mayor parte de las manifestaciones políticas o sociales, pacíficas o incendiarias, se convocan en este punto, que solo es plaza en estas ocasiones multitudinarias, cuando la guardia urbana cierra el paso al tráfico. Porque en su origen fue, y aún continúa siéndolo en esencia, una rotonda. El único protagonista de su amplitud son coches, motos y autobuses de línea. Los ciudadanos solo la usan al cruzar los semáforos por el paso de peatones. Un cruce de grandes dimensiones: el Paseo de Gracia y la Avenida Diagonal. Casi un símbolo.

         Barcelona tiene tres plazas relevantes: la plaza San Jaime (núcleo del poder político), la plaza Cataluña (la conquista de la ciudadanía en versión esparcimiento) y esta plaza, que es solo símbolos. Huecos, aunque con valor deíctico: el de su pirulí, por el que se la conoce en la calle. El antiguo nombre popular, recuperado en 2016, «Cinc d’oros», resulta ahora una metáfora incomprensible. Las excesivas dimensiones y complejidad del cruce se habían solventado con cuatro pequeñas rotondas, acentuadas con farol modernista, en sendas esquinas; pero en 1931 se decidió construir una rotonda monumental en medio, y el resultado no tardó en evocar la carta de la baraja española del Cinco de oros: una moneda gorda en el centro y cuatro de calderilla en las aristas. Hoy, desaparecidas las rotondas escuetas, solo luce el As de oros, con el obelisco en el centro, áptero de monumentalidad, ya retiradas las contradictorias República y Victoria que lució en épocas contradictorias. La mera cronología de los nombres de esta plaza es una historia abreviada de la discordia: desde 1981 se había llamado Rey Juan Carlos; antes, desde 1940, plaza de la Victoria; al principio, desde 1931, plaza de Francisco Pi i Margall, que había sido presidente de la primera República española durante un mes. La he denominado plaza de la discordia, pero creo que su significado es más profundo: plaza de la caducidad de las glorias temporales.

         Como las grandes plazas barcelonesas es también territorio fronterizo, entre un Ensanche visionario, pero sin plazas (Ildefonso Cerdá pensó cada interior de manzana como plaza, pero los dueños de los terrenos prefirieron urbanizar los jardines con talleres, almacenes, comercios o aparcamientos) y el encanto provinciano de las plazas de Gracia. El encaje con la antigua villa se establece a través de unos jardincillos, así se denominan, que son la plaza que el Cinc d’Oros nunca tuvo. En ellos nació el poeta Joan Vinyoli, en 1914, y vivió su primera infancia; y ahí, en 1940, se trasladó Salvador Espriu con su familia a un piso en el que viviría el resto de su vida. Una tarde de mi juventud, me crucé con su figura menuda en la rácana acera de la plaza de múltiples nombres. Entonces aún no había leído ningún libro suyo, pero lo miré con atención porque era un poeta, aquello que yo aspiraba a ser. Y con el tiempo me compré un abrigo idéntico al que llevaba Espriu aquella mañana de invierno. «Nuevas miradas por antiguos agujeros», sugiere Georg Christoph Lichtenberg en un aforismo.



19, lunes. Abril. Claudia Andujar

El poeta norteamericano Robert Creeley (1926-2005) anota en un ensayo autobiográfico que al principio estaba convencido de que «toda forma, todo ordenamiento de la realidad implicada, tenía que venir, de algún modo, de la condición misma de la experiencia que la exigía». He recordado esta formulación al contemplar las fotografías que Claudia Andujar (1931) les hizo durante décadas, desde 1970 hasta fechas recientes, a los pueblos indígenas de la selva amazónica, y en especial a la tribu de los Yanomami. La forma que se espera de una experiencia así sin duda es la crónica fotográfica, incluso la imagen antropológica. Nada más lejos de lo que veo en las piezas expuestas en las paredes de la fundación Mapfre. Filtros de colores estridentes, encuadres y enfoques subjetivos, inquietante iluminación, capturas de movimiento, dobles exposiciones sobre el mismo negativo. Creeley cuenta cómo el contacto con otros artistas le hizo «cambiar de opinión por completo» y le abrió paso hacia una manera de pensar el proceso artístico «que hizo de la cosa dicha y de la manera de decirla un hecho integral». Y esta —lo captado por la cámara y la manera de captarlo— es también la poética formal de Claudia Andujar en el magistral retrato de los Yanomami, una obra fotográfica integral en la que la experimentación formal de cada imagen posee el mismo valor que el asunto etnógrafo que retrata.

         La estética que la fotógrafa suizo-brasileña llevó a los lugares más recónditos de la Amazonia era aquella con la que la generación joven que en los años 60 y 70 intentaba modificar desde sus raíces el orden de la visión establecida frente la realidad. De la misma generación que Creeley, que sus coetáneos Beat, el movimiento hippie y el arte pop. Lo que singulariza la obra de Andujar es que el peso del tema de sus imágenes, su impresionante valor etnográfico, adensó también el trabajo formal de experimentación fotográfica. Y al aumentar la intensidad de lo captado, la concepción integral del acto fotográfico implica que creciera en la misma medida el interés formal de la imagen: el lirismo de la ausencia de iluminación en el blanco y negro, la prodigiosa vitalidad en el color, la libertad de encuadres y enfoques, las veladuras, los contrastes... Contemplar este trabajo formal sobre el inquietante universo indígena resulta el motivo de admiración más relevante de la visita. O, mejor dicho, debería resultar, porque la exposición no solo presenta las piezas ya históricas, fruto de su convivencia artística con los Yanomami durante los años 60 y 70, sino la trayectoria de la fotógrafa y de su país de adopción hasta el presente.

         Y es este presente y sus devastadoras presiones para incorporar la Amazonia a la civilización occidental el que impone sus argumentos sobre la concepción integral de la artista y obliga a regresar al punto de inicio, en el que las formas están condicionadas por las experiencias. Ante tal agresión de la vida indígena, la fotógrafa ha acabado convirtiéndose en un activista en defensa de los derechos del pueblo Yanomami. Quien supo captar las singularidades de su cultura milenaria se ha convertido ahora, muy a pesar suyo, en cronista de su decadencia. Hay dos fotografías que impacta ver reunidas en una misma sala, disparadas por una misma persona. En el plazo de su vida Claudia Andujar pudo mostrar tres yanomamis en plena selva, ataviados con su vestimenta tradicional, apenas un cordel atado a la cintura para fijar el pene y las pinturas y collares rituales, en cuerpos sanos y fibrosos.  Una fotografía de 1970 que resume siglos de una civilización propia. Otra placa, cuarenta años más tarde, muestra a los hijos de aquellos yanomamis con cuerpos y vestimentas que delatan solo marginalidad de otra civilización, la occidental. Una constatación que le da a la obra fotográfica de Claudia Andujar una dimensión que sin duda es la que más lamenta la autora, ser la última testigo de la desaparición de una civilización en manos de la zafiedad y de la codicia del presente.



15, jueves. Abril. Plaza del Norte

La plaza del Norte contribuye con su grano de arena a la desorientación esencial de la ciudad. Tampoco es una plaza de la ciudad, sino de Gracia, cuando era un pueblo desde el que, en días claros, se veía a lo lejos la muralla de otro mundo que ya amenazaba con expandirse sobre la llanura agrícola. A diferencia de aquel monstruo que acabó por atrapar a la villa provinciana, y que desconoce lo que es una plaza, Gracia es un pueblo organizado alrededor de sus plazas. Pero la del Norte tampoco está al norte de Gracia, si acaso al noreste, que es donde los ciudadanos de esta ciudad sitúan el norte, veo, ya desde antiguo. Por eso cuando los barceloneses consultan un mapa de Google orientado no reconocen nada. Viven su ciudad con su particular sentido, más de poblado maya que de campamento romano. Lo que, para ser una ciudad inscrita sobre un plano tan racional, resulta curioso.

         No es la única anomalía de la plaza del Norte. Es tal cual una plaza ferroviaria. La preside la estación, el edificio de los Lluïsos, una institución religiosa que ha derivado en una entidad cultural. Enfrente, al otro lado de la plaza, una serie uniformada de bloques menestrales evoca el alojamiento para el personal ferroviario. En medio, dos líneas paralelas de bancos de madera, bajo la umbría de nostálgicas acacias, no podía reproducir con mayor exactitud el orden de una sala de espera. Una plaza ferroviaria por donde no pasa ninguna línea de trenes.

         Si regresara a la infancia de repente, creo que elegiría la plaza del Norte para que me llevaran mis padres a la salida del colegio. Es la que más se parece a las plazas donde disfruté de niño. La zona de juegos infantiles está rodeada por una cerca de madera, discreta y práctica, sin asomo de remilgados diseños, y el interior preserva el oro de la infancia: un pavimento de abundante arena. Quizá se refería a esta plaza, la de la infancia recuperada en el significado de sus arreglos urbanísticos, Salvador Espriu cuando escribió «I com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord ellà» («Cómo desearía partir / hacia el norte») en el más famoso de sus poemas, aquel donde reconoce «Però no he de seguir mai el meu somni» («Pero no cumpliré mi sueño») porque por un presente nómada en el tiempo no es necesario que pasen trenes que alejen del lugar.

8, jueves. Abril. Amoríos

De Monsieur Teste, aquel ser simulado que ideó Paul Valéry —en la misma época en la que Pessoa dirigía su orquesta de heterónimos y poco antes de que Machado empezara la contratación de su banda municipal de filósofos apócrifos—, afirmaba su velada esposa: «De hecho, el señor Teste piensa que el amor consiste en poder ser tontos juntos». En el original: à pouvoir être bêtes ensemble. Una definición en la que resulta interesante detenerse.

El progreso del ser humano se construye a partir de la conquista de la racionalidad sobre el pensamiento irracional. En este, el amor no se diferenciaba del resto de los impulsos animales de los humanos. Pero Platón, al inicio del camino de la racionalidad, no encontró razones para contemplar el amor dentro de su cauce. Lo acumuló al paquete de lo mitológico y lo echó fuera de las murallas, junto a sus exégetas, los poetas. Por eso entre la gente todavía recibe el apelativo de poeta quien anda ciegamente enamorado. Es curioso cómo sobreviven estas ideas en el curso de los siglos. Cualquier movimiento filosófico que haya desafiado la racionalidad desde entonces ha esgrimido el amor como arma. Así lo hicieron los medievales con el Amor Cortés frente a la moral religiosa de la época. Los románticos, frente al espíritu pragmático de la Ilustración. 

El movimiento cultural más intenso para integrar el amor en la racionalidad quizá haya llegado desde el cine. La doble exigencia de un final feliz, por un lado, y de una enseñanza positiva para la sociedad, por otro, convergen en el hecho de que las películas ensalcen la alianza entre convenciones sociales y ejemplaridad del amor que Platón rechazaba. Un pacto en el que la sociedad acepta el amor como impulso propio y el amor se deja erosionar las crestas más irracionales. No sé si el amor podrá liberarse alguna vez de su otra cara de la luna. Quizá también el cine contribuya: su irracionalidad ha pasado a la marginalidad social, entendida como sexo, mientras en el centro del fenómeno solo permanece una versión edulcorada por la pureza ideal de los sentimientos. Cómo echo de menos aquella vieja identidad platónica que conectaba a los amantes irredentos con los poetas, y a estos con los vientos de la irracionalidad. Quizá Bukowski y Fonollosa hayan sido los últimos intérpretes de aquella música salvaje que impedía cualquier idea sensata sobre el amor. Cómo añoro la definición de Monsieur Teste.  

3, sábado. Abril. Plaza San Gregorio


Igual que existe en la Iglesia la figura del antipapa, la iglesia de San Gregorio Taumaturgo convierte este lugar en la anti-plaza.  Es cierto que el canon urbanístico consagra la plaza —sobre todo el modelo romano de plaza— en una suerte de pedestal de un gran edificio. El espacio que este requiere para lucir con amplitud y perspectiva. Y en ese espacio, una fuente monumental resulta el adorno más adecuado. El templo dedicado a San Gregorio, fábrica notable por su planta circular, hubiera merecido alrededor, o delante, una plaza con fuente, aunque solo fuera un pilón de dos caños. Pero la singular iglesia de San Gregorio ocupa al completo el espacio de su plaza, en el centro de una rotonda que ordena el tráfico. El edificio religioso es toda la plaza y, de hecho, no hay plaza alguna en la plaza de San Gregorio. Quien quiera pasearla, puede seguir la acera circular, enfrente, y esperar turno en todos los semáforos de las múltiples vías que ahí confluyen, es decir, el anti-paseo.

         A esta plaza en ausencia fui por primera vez en 1981. Desde la Diagonal, había atravesado el Turo Park, jardines que conocía bien, y después de salir por el extremo opuesto, un poco más arriba, en la bocacalle que da a la plaza me detuve. Diría que contemplé un instante las obras del edificio circular, que aún permanecía inacabado (como cualquier iglesia que se precie en esta ciudad, la Catedral gótica solo se acabó a principios del XX y la Sagrada Familia espera otra época gótica para ser concluida), pero, en sentido estricto ni siquiera alcancé a rozar la plaza San Gregorio. En la esquina misma di un giro y encaré el botón de un portero automático, aunque quizá tampoco fuera yo quien lo pulsara. Cuando se abrió la puerta, entramos, conmigo, cinco universitarios. En el tercer piso nos esperaba Jaime Gil de Biedma. Le habíamos abordado a la salida de una lectura y nos dijo: «¿Por qué no venís una tarde a casa, que podremos charlar más tranquilos?». Desde las ventanas del salón se veía la iglesia circular, pero aquella primera tarde nos condujo a un pequeño estudio en el que había un sillón antiguo, de madera noble, alto y ancho, donde se sentó, y almohadones por el suelo, donde nos acomodamos nosotros. Al salir le pedí que me firmara un libro, que me dedicó «después de dos horas de haber —yo— hablado en exceso». Una descripción exacta de lo que ocurrió.

         Igual que los nadadores rozan con la palma de la mano el extremo de la piscina antes de darse la vuelta y encarar la calle por donde habían venido, la plaza de San Gregorio ha sido, y sigue siendo una pared que alcanzo para tocar y darme la vuelta. Uno de mis paseos preferidos por la ciudad tiene ese tope. Llego hasta la puerta del número 6 de la calle Pérez Cabrero y contemplo un instante la portería que crucé algunas veces en un tiempo tan lejano que parece no haber existido nunca. Alzo la vista hasta las ventanas del tercer piso. Y me voy sin pisar la plaza. En el último paseo, que di hace solo unos días para poder escribir luego esta evocación, continué hacia adelante y le di una vuelta completa a San Gregorio por la calzada de los portales y los comercios, donde en cada semáforo, y hay cinco, «esperaba / con los demás, al borde de la señal de cruce». No sé muy bien por qué realizo esta peregrinación habitual hacia el pasado. Por ver, tal vez, cómo «La luz, usada, deja / polvo de mariposa entre los dedos». Dos versos cuyo sutil significado cada vez siento que me gusta más visitar.

29, lunes. Marzo. Eventualidades

En la radio escucho las declaraciones de un psicólogo: «Que ocurran juntos dos eventos no significa que ambos estén relacionados». Los dos «eventos» a los que se refiere son la vacuna y el trombo. Los diccionarios etimológicos anotan el origen latino del término: eventus (lo que llega, acaecimiento). Un significado con el que ha transitado los siglos sin pena ni gloria, aunque con un hijo ilustre: eventual, que ha hecho fortuna en las últimas reformas laborales. Pero me temo que no es este el «evento» que ha colonizado la lengua en la última década, sino una traducción literal del inglés event (algo de importancia que sucede u ocurre, una ocasión pública planificada, las partes de una competición…). Enseguida se percibe que son significados no compatibles con el eventus latino porque nunca hubieran dado vida a un adjetivo como «eventual». Se trata de una de esas palabras que, con cierta edad, uno ha visto llegar por primera vez, incrementar su uso y desertizar la lengua hablada (la escrita no sé, porque no suelo leer a quienes se especializan en eventos), como la del psicólogo que no sabe designar, en la lengua en la que habla, qué tipo de acaecer es una vacuna o un trombo. Una plaga más, como tantas padecidas últimamente: el cangrejo americano, el mosquito tigre, la abeja china…

      La plaga es foránea, pero el defecto es autóctono. La selección léxica, qué palabra es la adecuada para cada significado que se desea expresar, requiere un esfuerzo. O mejor, una suma de esfuerzos, desde conocer las palabras hasta diferenciar sus concreciones. Para este arduo recorrido la lengua ha inventado sus propios atajos: «todos, cosas, muchos, gente…». Los términos que casi no designan nada y que se adecúan a cualquier sentido. No está mal usarlos, claro, ahorran energía. Lo que está peor es importarlos: un anglicismo semántico, un genérico que ha extinguido en el vocabulario de cada vez más personas una docena larga de palabras concretas (acto, recital, actuación, fiesta, celebración, gala, velada, festejo, recepción, ceremonia, espectáculo… incluso, según veo, diagnóstico). Una metonimia, tal vez, de lo que esté ocurriendo con el pensamiento: el talento tradicional cada vez más olvidado, el raciocinio culto menos atractivo, la atención por lo que ocurre en vías de desatención: que vivan los genéricos facilones, y sobre todo que vivan los eventos. Después de todo, la vida no es más que un fenómeno eventual


24, miércoles. Marzo. Plaza Montserrat Roca

Nunca la he llamado así. Se lo pusieron en 1992 en honor al centenario de la primera directora de escuela que tuvo el distrito de San Andrés del Palomar, Montserrat Roca i Baltà, que había nacido en 1892 en Cuba y murió en 1982, época en la que mis amigos y yo visitábamos su plaza antes de que existiera. No recuerdo que tuviera otro nombre. Tampoco lo he encontrado en los mapas. Que fuera una plaza fantasma se acerca más a mi evocación que lo que ahora veo. Una placita muy bien cuidada, con un parque infantil en forma de media luna, alfombrado con tartán rojo y acotado por una cerca de cilindros metálicos. Aire joven y moderno, en un barrio envejecido de calles estrechas y casas de planta baja.

   Es una plaza triangular, fruto del desdoblamiento de la calle Virgilio, que a su vez se origina en el desdoblamiento de la calle Segre. Por debajo de este galimatías urbanístico se percibe el rumbo de los caminos de la antigua villa rural absorbida por la ciudad, cuyo ordenamiento dejó triángulos perdidos para la construcción de casas y edificios. Ni siquiera estoy seguro de que nadie la pensara como plaza. Parece parte del ensanchamiento que requiere un desdoblamiento de caminos, acaso simple explanada para el descanso en las rutas de carruajes.

Diría que han plantado más acacias. O que han plantado acacias. No reconozco tanta frondosidad. En los años ochenta era lo más parecido a un baldío de frontera. Tres o cuatro bancos  rotos y los mismos raquíticos arbolillos. Suelo de arena. Nada más y nadie más. Una excelente razón para que un grupo de jóvenes pasara las horas, inadvertido. «Un campo llano muy tranquilo o más bien un campo a punto de convertirse en ciudad», escribe tras un paseo por las afueras Virginia Wolf un día de octubre de 1917, en su Diario, y algo parecido podría haber escrito en el mío sobre una de aquellas tardes, en particular de 1978. La soledad del lugar resultó propicia para que nos sentáramos en un banco, en esta ocasión sin otras compañías. Las circunstancias del encuentro posiblemente fueran premeditadamente casuales. Ambos éramos estudiantes, con horario de no tomárselo demasiado en serio. Hablábamos. Nos habíamos conocido unas semanas antes. Reíamos. Íbamos intimando entre juegos de palabras. La tarde avanzaba ya con alguna prisa por extender sombras. Quizá fuera octubre. Y tampoco circulaban muchos coches por la calzada. Después del primer beso, aquella tarde, que debió de ocurrir como en las películas, un significado obvio para una forma de mirarse, la plaza sin nombre y sin nadie, otras tardes, se fue convirtiendo para nosotros dos en una habitación propia.

16, miércoles. Marzo. El hortelano acuarelista

Durante los últimos años de su vida mi padre se convirtió en un acuarelista compulsivo. Pintaba láminas a todas las horas del día. Resultó una afición beneficiosa para la familia, que dejó de preocuparse por los regalos. Por muchos cuadernos, papeles, pinturas, pinceles que recibiera cada temporada, nunca le sobraban. Al principio copiaba imágenes que veía en fotografías, pero pronto empezó con las series. Tuvo una época paisajista, otra de marinas, una muy extensa de retratos, en fin, fue agotando uno a uno todos los subgéneros de la acuarela. Se instaló en mi antigua habitación de adolescente, y donde aún permanecen las estanterías con los libros que tenía cuando me fui de casa. Quitó la que había sido mi cama y colocó una vieja cómoda alargada que ignoro de dónde sacaría. En sus cajones amontonaba las pinturas. Cuando falleció, una tarde en la que hacía compañía a mi madre, decidimos ordenar su pinacoteca. Vaciamos los cajones, y en todos, ocultos bajo las láminas y al fondo, descubrimos unos sobres blancos con una palabra garabateada encima. Los mismos que encontré después, en verano, cuando me puse a organizar sus herramientas en el garaje de la casa de campo. Los mismos sobres, idéntica ocultación. Los abrimos, claro, y contenían semillas. Sobres con semillas de tomates, pimientos, calabazas que mi padre había utilizado durante años en su huerto, el que ya no podía cuidar cuando se dedicó a la pintura. El secreto de mi padre: sus semillas.  

        La dimensión exacta de ese empeño por preservar las semillas la descubro ahora en uno de los capítulos de Un pequeño mundo, un mundo perfecto (Ed. Elba, Barcelona 2020), del paisajista italiano Marco Martella (1962). Se trata de una breve colección de crónicas escritas tras la visita a algún jardín, unos conocidos, otros recónditos. Esta breve descripción del libro era la que tenía cuando empecé a leerlo, y la expectativa era la obvia, que un especialista me enseñara a contemplar especies, orden, cuidado… y también léxico, para saber lo que uno mira, porque si «el de jardinero quizá sea, ante todo, un trabajo de la mirada», el de paseante es «ante todo» un humilde aprendizaje «de la mirada». Era, repito, lo que esperaba de un cronista de jardines.

         La mejor lectura es la que deshace lo previsto. En uno de los capitulillos del libro, titulado «Semillas», descubro el sentido del secreto de mi padre. Martella cuenta en él la historia de Miguel Cordeiro, un estudiante portugués, activista en París y, por una de esos giros inesperados que da la vida, hortelano en Normandía. Acomodó en el invernadero de su huerto los armarios inservibles de la casa para albergar una colección de semillas autóctonas, «el único acto verdaderamente político que ahora conocía era hacer lo que él hacía: conservar las semillas. “No vale la pena pensar en el mañana, ¿entiendes? Tenemos que pensar en el pasado mañana…”». Eso es, pienso ahora, lo que hacía mi padre. Su herencia, unos sobres con las semillas de los mejores productos del huerto, cuando él ya no podía cultivarlos, para esa abstracción que es el futuro.

         Un pequeño mundo, un mundo perfecto no es, como esperaba, una crónica de jardines, sino de jardineros y amantes de los jardines. «Desde siempre, —escribe Martela en su poética— un vínculo indisociable une al hombre y al jardín, un vínculo creado y recreado en función de las preguntas que los seres humanos han hecho a la naturaleza», y de ese vínculo trata su libro. Las visitas del paisajista italiano a los jardines no son para catalogar especies, sino para descubrir el pensamiento humanista que sobrevive entre las plantas y árboles. El de, entre otros jardineros o amantes de los jardines, Arthur Conan Doyle, Philippe Jaccottet, Chateaubriand, Hermann Hesse, Vita Sackville-West o Pia Pera. No es este, sin embargo, el único propósito de Martela escritor. Dolido por la actual desacralización de la naturaleza, rastrea en los viejos jardines la poesía que estos tuvieron y conservan a espaldas de una época que se la niega para abarrotarlos con las funciones pragmáticas del ocio, opuestas a lo que siempre fueron, objetos de mera, y trabajosa, contemplación.

 [Clarín nº 151, enero-febrero, 2021]

10, miércoles. Marzo. Plaza Bonanova

Hasta hace poco, apenas unos meses, no había comprendido en absoluto el sentido que tenía la Plaza Bonanova para mí. Una plaza señorial, hubiera empezado escribiendo. Y hubiese continuado: que no está pensada para ser transitada a pie, sino en coche. Si las calzadas fueran ríos, y nada desmiente el hecho de que funcionen como cauces contaminantes, la plaza Bonanova sería el manantial de la calle Muntaner, una de las pistas de descenso libre hacia el centro desde la ciudad alta. Mi visión actual de la plaza son dos semáforos no combinados, el del paseo San Gervasio para entrar y el de la curva a la izquierda para salir por Muntaner. Desde la ventanilla de un vehículo, con suerte la mirada advierte un monolito de piedra clara, a la sombra de los plátanos, frondosos, con sendas pilas y caños a ambos costados. Es una fuente decimonónica que no cuadra con el suelo enlosado en pretenciosos tonos gris perla y granate. Luego salta el verde y la plaza y su fuente desaparecen sin determinar qué significado han aportado al conductor.

         Para mí la plaza Bonanova tenía un prefacio: una mañana de zafarrancho cada seis meses. Mi madre se levantaba temprano. Batía a mano, con ritmo sostenido, los ingredientes secretos de una vieja fórmula para convertir las magdalenas en el prodigio de sabor que la historia de la literatura ha consolidado. Distribuía en bandejas decenas de envoltorios de papel estrellado y los rellenaba con el espesor de la masa que con tanto esfuerzo había preparado. Luego las horneaba, una bandeja tras otra, mientras un aroma dulce a obrador invadía todas las estancias del piso. Elegía las mejores. Las empaquetaba con sumo cuidado y por la tarde íbamos los dos a la plaza señorial. De hecho, aparte de la iglesia, solo conserva un edificio con esta característica. Nuestro objetivo. Ahí recibían las magdalenas con muchos elogios —«Le gustan tanto al señor»—, a mi madre con muchas sonrisas y a mí con una moneda de diez duros, que era la más grande de las monedas de la época.

         Hasta que no leí, hace unos meses, el libro de Anne Carson sobre la Economía de lo que no se pierde, no había entendido nunca lo que ocurría en aquellas sesiones semestrales, que con los cursos escolares acabé por pensar que eran de mero vasallaje. Cómo agradecí a Anne Carson que me aclarara esta extraña entrega. Estaba tan sumido en la economía monetaria que no era capaz de percibir que entre mi madre y los señores de la Bonanova sobrevivía un vestigio de la antigua economía que había regido las civilizaciones antes de la invención del dinero. El «intercambio de dones» que los griegos denominaron ξενíα (xenia). Antes de que yo naciera —el dato hasta es significativo, porque puso en peligro que ahora pudiera estar escribiendo tranquilamente este texto— mi madre había sido tratada en el recién inaugurado Hospital Valle de Hebrón. Segunda mitad de los cincuenta. La enviaron a casa, después de la operación, pero no solo no se recuperaba, sino que empeoraba día a día. El señor de la Bonanova que apreciaba las magdalenas fue el único que se preocupó por ella. La ingresó en la clínica de su yerno. Volvieron a intervenir y encontraron un resto de gasa olvidado en el interior. Mi madre se salvó, y cada seis meses lo agradecía con una bandeja de las mejores magdalenas que había horneado (las imperfectas, con riquísimas excrecencias que habían rebosado el envoltorio, eran para nosotros). Otra economía posible le ha cambiado el nombre personal a la plaza Bonanova. Ahora empiezo escribiendo: la plaza de las Gracias.

2, martes. Marzo. De profes bordes y alumnado guay

Una noticia, esparcida a bombo y platillo por la prensa, sobre la acusación de «abuso de poder» de un grupo de alumnos de teatro a uno de sus profesores ha coincidido con la visión de una película reciente, «La profesora de piano» (2019) del director alemán Jan Ole Gerster. Y ambos hechos entreverados, dan qué pensar.

   El cine ha consolidado la imagen convencional del profesor déspota, con frecuencia altivo, egocéntrico y cruel. De hecho, ni siquiera importa la carrera por presentar un personaje cada vez más despiadado, que es el único rasgo donde una cinta puede lucir originalidad. Las películas de danza, por ejemplo, no se entienden sin esta figura desalmada. Frente a ella, también las cintas compiten por dibujar un discípulo lo más desamparado posible (lo más cuculi). La película que tal vez sea el canto del cisne de este mito moderno es «Una razón brillante» (Le brio, 2017), del francés Yvan Attal. No pueden hallarse en polos más opuestos de las sociedades del presente el displicente y racista profesor Mazard y su alumna emigrante Neïla Salah. Su final, sin embargo, confirma la expectativa común: a pesar de ser antagónicos en todo, ambos comparten, sin saberlo, un valor superior: el aprendizaje, que es el triunfador absoluto en este combate desigual —en el que, por cierto, el profesor soberbio siempre tiene las de perder ante la ineptitud, que puede ser enorme, pero mayor es su juventud—.

       Es más fácil comentar películas que noticias de prensa huidizas. En este caso, lo único que resulta interesante subrayar es que la acusación de «abuso de poder» se produzca ahora. Generaciones de alumnos de teatro, de danza, o de cualquier ámbito, han padecido un profesorado insufrible al que jamás acusarían de «abuso», porque (creo) la mayoría les agradece en el alma —como Neïla Salah al final de su película— el suplicio cuya superación les ha ayudado a brillar en sus estudios. Pero algo ha cambiado en el relato del aprendizaje. Los alumnos se rebelan contra el profesor difícil y a las exigencias de profesoras y profesores de piano se les atribuye ahora no solo el fracaso de un discípulo, sino la perpetuación del fracaso como germen en la enseñanza de la música. Si a esta coincidencia se suma la campaña promovida por diversos frentes institucionales para Cambiar el bachillerato y adecuarlo a la época (lo que, según tengo entendido, no significa hacerlo más competente), en seguida se comprenderá que algo sí ha empezado a desmoronarse.

    Que cambien los principios míticos de la enseñanza es una consecuencia obvia, pues la práctica de la obtención del conocimiento ha cambiado ya, en poco tiempo, de la noche al día. De igual manera que los mitos del trabajo alienado («Tiempos modernos», 1936) han pasado a las vitrinas de los museos desde la implantación de los robots en las cadenas de montaje, el mito del profesor arrogante (pero también el del profesor entregado y hasta del simpático) ha quedado solo como un mero estorbo frente al aprendizaje en el autoservicio de la tecnología. O peor, como el mayor impedimento para que cualquiera alcance el éxito personal (cuyo precio, por cierto, ha caído en picado al ser desplazada la excelencia por el efectismo). Antes niñas y niños querían ser de mayores maestros, ahora prefieren ser influencers.

23, martes. Febrero. Plaza Masadas

Existen tres o cuatro tipologías de plaza. Por antonomasia lo son las que poseen una personalidad urbanística autónoma, bien sea su origen un plano o un uso colectivo en el curso del tiempo. Hay otras cuyo carácter urbanístico depende o está vinculado a un trazado, como calles que se ensanchan sobre el plano para albergar un recinto más amplio. Ambas son modelos de plazas urbanísticas, pero la plaza Masadas no es encrucijada de calles ni se encuentra en el mapa con una identidad urbanística propia, sino que ocupa el mismo terreno que las islas de edificios adyacentes, con la única salvedad de que la fachada principal de las construcciones de la plaza no da a las calles que la rodean, sino hacia su patio interior. Es una plaza con ideación arquitectónica. Su emblema son los pórticos neoclásicos que la conforman como espacio. Que enseguida perdió su condición de centro y adquirió la de mercado cubierto, que mantuvo durante algo más de un siglo, hasta que a finales del siglo pasado lo derribaron y recuperó su alma de plaza.

         El nombre procede del propietario de los terrenos cuando su uso era agrícola, Can Masadas, y la plaza porticada fue proyectada en 1877 por el heredero como centro de la urbanización de la antigua finca. El espíritu de la ciudad diluyó aquel pequeño núcleo de Masadas del XIX en un barrio obrero mayor, del XX, construido en el camino entre San Andrés y Barcelona, con un importante relieve industrial, La Sagrera. Ahí se instaló en 1908 la fábrica de automóviles Hispano Suiza, que en 1946 fue sustituida por la de camiones Pegaso, hoy un parque urbano. En La Sagrera, cerca de la plaza Masadas, vivió el poeta Juan Carlos Mestre en su época de estudiante. Su calle procedía de la urbanización del camino de acceso a una de las antiguas industrias de la zona, que en los años ochenta seguía en activo. Cuando la fábrica abría las puertas evacuaba una columna de obreros uniformados con monos azules y manchas de grasa en rostro y manos, idéntica imagen a la que consagraron cien años antes los hermanos Lumière como inicio del cinematógrafo. Una salida que coincidía a menudo con la del poeta de su casa, vestido con traje blanco de lino, corbata estrecha, de hilos brillantes y nudo oriental, sombrero panamá y una cartera de mano, de piel, con papeles y libros, sin que jamás pensara que, al avanzar juntos, ni unos ni otro desentonaran.

         La plaza Masadas no admite transeúntes. Se accede a su recinto porticado para permanecer. Dependiendo de la edad, de mayor a menor, se va para sentarse en un banco, ocupar una mesa en la terraza de un bar o jugar al escondite por toda la extensión cercada, segura, de la plaza. Es lo que le otorga un significado más arquitectónico que urbanístico. Se está, no se transita. Las personas, sean mayores o niños, al confluir, intuitivamente conforman círculos. No se observan en sus movimientos de interior líneas paralelas de exterior. Mi familia, en la edad infantil de los nietos, celebraba en una terraza los aniversarios que caían durante las estaciones amables. Alrededor de una mesa con refrescos, nos reuníamos abuelos, hermanos y niños con la misma intimidad y confianza que si estuviéramos en el patio de una antigua casa solariega, de las que la ciudad densa ya olvidó construir hace siglos.

19, viernes. Febrero. Encomio de lo no leído

Escribir en la piel del amante posee una antigua tradición libertina. A los heterodoxos del siglo XVIII les gustaba redactar cartas sobre una persona desnuda. Les parecía el hecho más sacrílego ante la sociedad puritana e intransigente que detestaban. Lo que me atrae de esta idea no es la parte erótica, sino la literaria. En aquella época aún se pensaba que la escritura formaba parte de lo trascendente. Y era capaz también de proporcionar al sexo, la gran aspiración, una dimensión mayor que la fisiológica, casi una filosofía de vida combinado con la palabra. El sexo trivial que practicaban dejaba así de serlo y se convertía en un rito iniciático gracias a la tinta.

La escritura sobre la piel, ahora un hecho trivial si se tiene noticia de su existencia, sigue el sentido contrario al que emprendieron los libertinos del XVIII. Devuelve a la piel —no leída por no publicada— el misterio que ha perdido con la trivialización de la intimidad. Si en épocas de ocultación lo explícito goza de un sentido; en las explícitas ha de tener significado por lógica solo lo implícito, aquello que permanece callado. El pudor, la opción clandestina.