2 de octubre, viernes | LA CONSISTENCIA DE LA NADA



Como este nuestro amor,

que en sí mismo no es más que una nada.

VIRGILIO GIOTTI 

La primera vez que pedí «un novio» en mis oraciones de niña de colegio de monjas no sabía lo que era. Aunque quizá sea más preciso decir que desconocía para qué sirve, porque un novio ya imaginaba que era un chico de mi edad. Por lo que había observado, los chicos —el colegio masculino estaba en la acera de enfrente— no tenían mayor interés que una lagartija en el muro del patio. La mochila a cuestas, despeinados, la camisa del uniforme fugada del pantalón y los pantalones rebozados de arena y briznas de hierba. Y como único atributo perenne, una pelota en los pies o en las manos, botándola. Tampoco tenía la certeza de que supieran hablar como nosotras, pues cuando los escucho, al pasar, solo oigo o alaridos o bufidos ininteligibles. Que necesitara en mi vida algo así, en lugar de la precisión en las palabras con la que conversaban mis amigas, se convirtió en el primer enigma sin resolver que recuerdo. ¿Por qué, pese al escaso interés que habían despertado en mí los muchachos del colegio de enfrente, le pedí a la vida que me pusiera uno al lado, sujetándome por la cintura, como había visto que se colocaban los novios?

         La segunda vez que experimenté un noviazgo fue un tiempo después. En vacaciones. Los chicos, unos del pueblo, otros —como yo— venidos de la ciudad, seguían formando en la piscina una realidad paralela. Nosotras tomábamos el sol tumbadas en la hierba, contándonos anécdotas que nos hacían reír constantemente, mientras ellos no paraban de moverse, como si tuvieran el mal de San Vito. Jugaban a empujarse unos a otros, ignoro con qué interés, o se lanzaban en bomba a la piscina, mojando a cuantos pasaran por su lado. Había observado, sin embargo, que pese a lo repetitivo y al nulo interés que tenía cuanto hicieran los muchachos, mis amigas desviaban una y otra vez la mirada hacia ellos, disimulándolo mientras parecía que escuchaban. Incluso descubrí, de repente, la razón por la que de pequeña había suspirado por un novio. Desconocía, antes y después, el objeto de esas miradas medio furtivas, pero no se me había escapado la intensidad con la que se producían siempre. Esa vehemencia en los ojos era la que contagiaba la necesidad de saber algo más. Y, por lo tanto, de experimentarlo. En más de una ocasión estuve tentada de mencionar en el grupo el asunto de los vistazos a los chicos como quien no quiere la cosa, y no sé por qué no lo hice. Ahora podría contarlo. La cuestión seguía siendo, ¿por qué crecía tanto el interés hacia algo que, cuanto más se observaba, menos interesante parecía?

         No fue en la piscina donde obtuve un indicio que resolviera estas cuestiones. Tampoco resultó un amago de respuesta, sino quizá solo una ampliación del misterio. Ocurrió al final de las vacaciones. Durante el último fin de semana de agosto en el pueblo se celebran las fiestas. De otros años sabía que eran horas ajetreadas y risueñas. Las había vivido muchas veces, primero en brazos de mi padre y más adelante de la mano de mi madre. Y aquel año, sin discutirlo, me dejaron salir con mis amigas. Sola, sin compañía de mayores. Como si yo ya lo fuera. El sábado por la noche se celebraba en la plaza mayor el baile. Bajo los soportales se sentaban, en sillas que traía de casa cada cual, los abuelos. Los padres permanecían de pie en la barra que montaban junto a la calle principal. Los chicos se arremolinaban delante del escenario, donde la banda amenizaba la fiesta, y en el centro se bailaba. Nosotras, desubicadas, girábamos como satélites, íbamos de un planeta a otro. Todo parecía seguir, línea a línea, un guion.

         De repente, uno de los chicos, uno más al que ni siquiera había singularizado nunca con una mirada específica, se acercó. Supe que se dirigía a mí porque todas mis amigas se apartaron, como en los encierros cuando pasa un toro. El toro era uno de los chicos y yo, al parecer, la plaza. No debió de caminar muy rápido hacia mí, si calculo que me dio tiempo a pensar tales metáforas de lo que estaba ocurriendo. «¿Quieres bailar esta canción conmigo?». Un rayo fortuito que hubiera impactado desde el cielo en mi cabeza no me hubiera ocasionado tanta zozobra. Que la realidad interviniera de modo tan descarado en mis disquisiciones sobre idilios no lo tenía, en absoluto, previsto. Me sorprendió, sin embargo, lo fácil que resultó resolver la situación frente a la explosión nuclear que se había producido en mi pensamiento. Dije: «Sí ». Se dio la vuelta y le seguí hasta el centro de la plaza. Solo entonces comprendí que la orquesta había empezado a interpretar los lentos y las parejas acudían entrelazadas a bailarlos. Puso sus manos sobre mis hombros y yo las mías en su cintura. Y me vino a la mente lo mucho que me gustaba de niña dar vueltas en el tiovivo. ¿Existirá alguna relación oculta entre aquella forma de girar y esta?

         El fruto de la noche, sin embargo, solo empecé a saborearlo entre mis amigas al verano siguiente. Que un chico hubiera sacado a bailar a una chica le proporcionaba galones. Un rango de general frente a las muchachas soldados, a quienes nunca nadie les había pedido un baile. No puedo decir que estuviera de acuerdo con este escalafón, pero tampoco me rebelé. Me favorecía y, aun desconociendo las razones, incluso me gustaba. Lo que no tuve en cuenta fueron las responsabilidades que el generalato conlleva. Porque a los pocos días apareció en la piscina mi pareja de baile, se acercó —al tiempo que mis amigas volvían a salir de estampida—y dijo que me invitaba a tomar un refresco sentados en la terraza del bar. «¿Quieres venir?». Solo había estado sentada en la terraza del bar en compañía de mis padres. Repetí la respuesta. No recuerdo bien si me planteé en aquel momento la posibilidad de que hubiera en el repertorio de réplicas otra alternativa. Creo que di por hecho que solo existía la opción única: «Sí».

         La tercera vez que aterrizó la idea de una relación de novios en mi vida fue ese mismo verano, unos días después de la invitación. Habíamos salido a pasear por las afueras del pueblo. Los dos solos. Lejos de los repasos e inspecciones en las miradas de mis amigas cuando conversábamos en la piscina. Y también de sus amigos, no menos interesados en el asunto. La tarde empezaba a caer con desgana. La luz doraba los campos y también las copas de los pocos árboles que había plantados por el camino que avanzaba entre las fincas agrícolas. Era como la casulla verde de un sacerdote gigante en el momento de la consagración, sobre el destello blanquísimo del amito, y tocada por una estola dorada. Estas comparaciones no se las conté a mi amigo aquella tarde, claro, solo las pensaba como protección hacia donde me encaminaba sin ningún parapeto posible. Acercó sus labios, muy despacio, en dirección a los míos, pero en esta ocasión no preguntó nada. Agradecí la lentitud que me ayudó a imaginar en el ínterin la pregunta que no había formulado y también mi respuesta. La unívoca. Sus labios llegaron hasta los míos. Y ahí estuvieron un rato detenidos. Cuando los apartó me alegré de que hubiera ocurrido, igual que cuando una entrega en clase un trabajo que le ha costado mucho acabar. Ya había cumplido todos los requisitos. No había nada que temer en el futuro, ni que ansiar, porque tampoco había nada en el proceso que hubiera sido así tan especial. 

[Cuaderno de ficciones, página 45]