Como
este nuestro amor,
que
en sí mismo no es más que una nada.
VIRGILIO GIOTTI
La
primera vez que pedí «un novio» en mis oraciones de niña de colegio de monjas no
sabía lo que era. Aunque quizá sea más preciso decir que desconocía para qué
sirve, porque un novio ya imaginaba que era un chico de mi edad. Por lo que
había observado, los chicos —el colegio masculino estaba en la acera de
enfrente— no tenían mayor interés que una lagartija en el muro del patio. La
mochila a cuestas, despeinados, la camisa del uniforme fugada del pantalón y
los pantalones rebozados de arena y briznas de hierba. Y como único atributo
perenne, una pelota en los pies o en las manos, botándola. Tampoco tenía la
certeza de que supieran hablar como nosotras, pues cuando los escucho, al
pasar, solo oigo o alaridos o bufidos ininteligibles. Que necesitara en mi vida
algo así, en lugar de la precisión en las palabras con la que conversaban mis
amigas, se convirtió en el primer enigma sin resolver que recuerdo. ¿Por qué,
pese al escaso interés que habían despertado en mí los muchachos del colegio de
enfrente, le pedí a la vida que me pusiera uno al lado, sujetándome por la
cintura, como había visto que se colocaban los novios?
La segunda vez que experimenté un
noviazgo fue un tiempo después. En vacaciones. Los chicos, unos del pueblo,
otros —como yo— venidos de la ciudad, seguían formando en la piscina una realidad
paralela. Nosotras tomábamos el sol tumbadas en la hierba, contándonos
anécdotas que nos hacían reír constantemente, mientras ellos no paraban de
moverse, como si tuvieran el mal de San Vito. Jugaban a empujarse unos a otros,
ignoro con qué interés, o se lanzaban en bomba a la piscina, mojando a cuantos
pasaran por su lado. Había observado, sin embargo, que pese a lo repetitivo y
al nulo interés que tenía cuanto hicieran los muchachos, mis amigas desviaban
una y otra vez la mirada hacia ellos, disimulándolo mientras parecía que
escuchaban. Incluso descubrí, de repente, la razón por la que de pequeña había
suspirado por un novio. Desconocía, antes y después, el objeto de esas miradas
medio furtivas, pero no se me había escapado la intensidad con la que se
producían siempre. Esa vehemencia en los ojos era la que contagiaba la
necesidad de saber algo más. Y, por lo tanto, de experimentarlo. En más de una
ocasión estuve tentada de mencionar en el grupo el asunto de los vistazos a los
chicos como quien no quiere la cosa, y no sé por qué no lo hice. Ahora podría
contarlo. La cuestión seguía siendo, ¿por qué crecía tanto el interés hacia
algo que, cuanto más se observaba, menos interesante parecía?
No fue en la piscina donde obtuve un
indicio que resolviera estas cuestiones. Tampoco resultó un amago de respuesta,
sino quizá solo una ampliación del misterio. Ocurrió al final de las
vacaciones. Durante el último fin de semana de agosto en el pueblo se celebran
las fiestas. De otros años sabía que eran horas ajetreadas y risueñas. Las
había vivido muchas veces, primero en brazos de mi padre y más adelante de la
mano de mi madre. Y aquel año, sin discutirlo, me dejaron salir con mis amigas.
Sola, sin compañía de mayores. Como si yo ya lo fuera. El sábado por la noche
se celebraba en la plaza mayor el baile. Bajo los soportales se sentaban, en
sillas que traía de casa cada cual, los abuelos. Los padres permanecían de pie
en la barra que montaban junto a la calle principal. Los chicos se
arremolinaban delante del escenario, donde la banda amenizaba la fiesta, y en
el centro se bailaba. Nosotras, desubicadas, girábamos como satélites, íbamos
de un planeta a otro. Todo parecía seguir, línea a línea, un guion.
De repente, uno de los chicos, uno más
al que ni siquiera había singularizado nunca con una mirada específica, se
acercó. Supe que se dirigía a mí porque todas mis amigas se apartaron, como en
los encierros cuando pasa un toro. El toro era uno de los chicos y yo, al
parecer, la plaza. No debió de caminar muy rápido hacia mí, si calculo que me
dio tiempo a pensar tales metáforas de lo que estaba ocurriendo. «¿Quieres bailar esta canción conmigo?». Un rayo fortuito
que hubiera impactado desde el cielo en mi cabeza no me hubiera ocasionado
tanta zozobra. Que la realidad interviniera de modo tan descarado en mis
disquisiciones sobre idilios no lo tenía, en absoluto, previsto. Me sorprendió,
sin embargo, lo fácil que resultó resolver la situación frente a la
explosión nuclear que se había producido en mi pensamiento. Dije: «Sí ». Se dio la
vuelta y le seguí hasta el centro de la plaza. Solo entonces comprendí que la
orquesta había empezado a interpretar los lentos y las parejas acudían
entrelazadas a bailarlos. Puso sus manos sobre mis hombros y yo las mías en su
cintura. Y me vino a la mente lo mucho que me gustaba de niña dar vueltas en el
tiovivo. ¿Existirá alguna relación oculta entre aquella forma de girar y esta?
El fruto de la
noche, sin embargo, solo empecé a saborearlo entre mis amigas al verano
siguiente. Que un chico hubiera sacado a bailar a una chica le proporcionaba
galones. Un rango de general frente a las muchachas soldados, a quienes nunca
nadie les había pedido un baile. No puedo decir que estuviera de acuerdo con
este escalafón, pero tampoco me rebelé. Me favorecía y, aun desconociendo las
razones, incluso me gustaba. Lo que no tuve en cuenta fueron las
responsabilidades que el generalato conlleva. Porque a los pocos días apareció
en la piscina mi pareja de baile, se acercó —al tiempo que mis amigas volvían a
salir de estampida—y dijo que me invitaba a tomar un refresco sentados en la
terraza del bar. «¿Quieres venir?». Solo había estado sentada en la terraza del
bar en compañía de mis padres. Repetí la respuesta. No recuerdo bien si me
planteé en aquel momento la posibilidad de que hubiera en el repertorio de
réplicas otra alternativa. Creo que di por hecho que solo existía la opción
única: «Sí».
La tercera vez que
aterrizó la idea de una relación de novios en mi vida fue ese mismo verano,
unos días después de la invitación. Habíamos salido a pasear por las afueras
del pueblo. Los dos solos. Lejos de los repasos e inspecciones en las miradas
de mis amigas cuando conversábamos en la piscina. Y también de sus amigos, no
menos interesados en el asunto. La tarde empezaba a caer con desgana. La luz
doraba los campos y también las copas de los pocos árboles que había plantados por el camino que avanzaba entre las fincas agrícolas. Era como la casulla
verde de un sacerdote gigante en el momento de la consagración, sobre el
destello blanquísimo del amito, y tocada por una estola dorada. Estas
comparaciones no se las conté a mi amigo aquella tarde, claro, solo las pensaba
como protección hacia donde me encaminaba sin ningún parapeto posible. Acercó
sus labios, muy despacio, en dirección a los míos, pero en esta ocasión no
preguntó nada. Agradecí la lentitud que me ayudó a imaginar en el ínterin la
pregunta que no había formulado y también mi respuesta. La unívoca. Sus labios
llegaron hasta los míos. Y ahí estuvieron un rato detenidos. Cuando los apartó
me alegré de que hubiera ocurrido, igual que cuando una entrega en clase un
trabajo que le ha costado mucho acabar. Ya había cumplido todos los requisitos.
No había nada que temer en el futuro, ni que ansiar, porque tampoco había nada
en el proceso que hubiera sido así tan especial.
[Cuaderno de ficciones, página 45]

