Mostrando entradas con la etiqueta Dana Lixenberg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dana Lixenberg. Mostrar todas las entradas

12 de octubre, martes | Dana Lixenberg y la arruga del mundo


Dana Lixenberg nació en 1964. En Ámsterdam. Entre los veinticinco y los cincuenta y cuatro años estuvo afincada en Nueva York y fotografió Estados Unidos, después regresa a su país. Y es posible que quien mejor ha retratado a los estadounidenses en el tránsito de un siglo al otro haya sido esta fotógrafa holandesa, que se ha interesado con idéntica intensidad —asombrosamente alta tanto en volumen como en valor artístico— por los anónimos habitantes de los barrios marginales de Los Ángeles como por las más célebres personalidades destacadas de todos los ámbitos sociales, culturales, cinematográficos y políticos. Cada época posee la imagen de sus contemporáneos que los fotógrafos han legado. Unas veces desde obras valoradas por su calidad artística, como los retratos de los primeros grandes maestros —Félix Nadar (1820-1910), Julia Margaret Cameron (1815-1879) o August Sander (1876-1964)—, pero en la mayoría de ocasiones, desde el invento de la fotografía, por los centenares de fotógrafos ahora anónimos, pero que en su momento regentaron estudios respetados por sus convecinos, que recurrían a ellos para que fijaran en cartulina los momentos más importantes de sus vidas. Como Melitó Casals, Meli, el gran fotógrafo de Figueres, cuya ciudad le ha brindado este año un magnífico homenaje con tres exposiciones simultáneas. 

Tupac Shakur, 1993

En el curso del siglo XX el retrato ha desplegado un universo de posibilidades difíciles de clasificar. Pero ha brillado sobre todo a partir de dos premisas que no han interesado en absoluto a Dana Lixenberg: el estilizado retrato en estudio a lo Irving Penn (1917-2009), por una parte, y el instante inverosímil y chocante, a lo Richard Avedon (1923-2004), por otra. Lixenberg, al contrario que esta ruta de sofisticación, establece un puente a través de los retratos descarnados de Dorothea Lange (1894-1965) y de Diane Arbus (1923-1971) hacia los tres retratistas clásicos, Nadar, Sander, pero sobre todo hacia la idealización de la imagen de Cameron. No es esta, en absoluto, una regresión artística, ni siquiera un repliegue, sino una relectura de la tradición del retrato que se replantea sus esencias y selecciona sus principios, aunque provengan de orígenes opuestos —fundidos el idealismo de Cameron y el realismo de Lange y Arbus—. La fotografía, como también otras artes contemporáneas, ha padecido una desaforada evolución hacia lo no contemplado aún. El más difícil todavía. La imagen nunca disparada. El retrato en el que lo único que estorba a la imaginación es el rostro del retratado. Una carrera en un circuito cerrado que trata de ganarse a sí misma. Dana Lixenberg es, por el contrario, una fotógrafa tranquila. No solo renuncia a superar la ocurrencia de la víspera en sus disparos, sino que opera con el pensamiento fotográfico opuesto. En sus retratos no le preocupa repetir un encuadre, solo le interesa que lo encuadrado contenga un significado propio. Fotografió en 1992 a los habitantes de Los Ángeles para realizar la crónica de los graves disturbios producidos en la ciudad, pero regresó al año siguiente, en 1993, ya con el ambiente calmado, para retratar a los auténticos habitantes de la barriada de Imperial Courts, con la ayuda para convencerles de que posaran, eso sí, de uno de sus vecinos, recién salido de la cárcel. Y después regresó en 2008 para captar el paso del tiempo entre los residentes del barrio. La poética fotográfica de Lixenberg se sostiene, a la contra de las modas, sobre este sólido pilar: el arte no corre por ver lo nunca visto, sino que se adentra en lo conocido para hallar lo nunca descubierto en lo que se mira.

Diez años antes de que naciera Dana, un filósofo francés, Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), escribió una sentencia que parece redactada para describir la obra de la fotógrafa holandesa: «ver es adivinar en la arruga de un rostro todo un mundo semejante al nuestro». Tanto en las fotografías de los habitantes de un barrio humilde como en los retratos de celebridades Dana practicó la misma técnica. Busca captar a las personas en sus propios espacios biográficos, aunque negándole al contexto cualquier asomo de protagonismo. Incluso expulsándolo completamente de la imagen. A veces parecen placas disparadas en estudio; no obstante, aunque no trascienda ningún detalle, del lugar del retrato procede algo esencial para su trabajo, la luz natural. En los contactos que realizaba en película instantánea se percibe esa persecución de la luz real de un instante del protagonista. Nada a su alrededor posee simbología propia; si existe decorado, es solo el que acompaña con naturalidad a la persona. En la selección final de la imagen, ni siquiera se elige la que le favorece más. Resulta sorprendente contemplar las pruebas de luz realizadas ante Allen Ginsberg, donde en todas ilumina su rostro en posición de sentado, pero después selecciona como definitiva una gelatina de plata donde aparece de pie, con una actitud casual, cabizbajo, con los ojos en sombra, con la ropa ladeada, en la cocina de su apartamento. Es decir… «la arruga de un rostro» donde leer Howl.

Nora Iyatunguk, 2007

En las series de retratos que expone intercala fotografías del lugar que reflejan solo el contexto general donde ocurre la sesión. Suelen ser espacios vacíos y que no haya nadie es lo que sorprende. En algunas muestra la amplitud del rincón de un patio entre dos edificios, con objetos y suciedad por el suelo y, tal vez, una silla. Otra pieza, magnífica, está protagonizada por las mesas de jardín preparadas para celebrar un cumpleaños infantil, con el cielo poblado de globos, y ninguna persona sentada en las sillas. De repente, en una colección expuesta de retratos, estos lugares vacantes funcionan como instantes de reflexión en la lectura de los retratos. Son solo espacios donde no aparece ningún rostro —ninguna arruga— interpelando al visitante. Tal vez actúen estos vacíos como recordatorio del destino que comparten los lectores de imágenes con los retratados, una suerte de cerrar los ojos para ver el mundo en el que un día todos serán esa ausencia. No me atrevería a negar la dimensión metafísica de las imágenes de Dana Lixenberg.


Fiesta de nacimiento de Tish, 2008