CARTAS AL s XX | 20 de abril de1904, miércoles . Los últimos inquisidores



En el cuerpo están las últimas brujas

la que despeñaron en 1904—

LUIS FELIPE VIVANCO


«No ves que va descalza». Quien detiene la marcha responde así al aullido de protesta que acaba de lanzar el emboscado que la encabeza. La luna, en brazos de una sirena de nubes, sin decir nada contempla la escena. Con sendos pasamontañas calados hasta el cuello de la pelliza abotonada hasta la mandíbula, dos tipos sujetan a la mujer vestida con una simple camisa de dormir. Sus pies sangran, magullados en todas partes por las aristas de las piedras que pisa. El del grupo que ha pedido parar la marcha se desata las botas. Se quita los calcetines. «Ahora el descalzo serás tú, ¿te parece bien eso?», grita el que dirige la cuadrilla, y añade para sí: «Qué más dará cómo lleguen sus pies, para lo que los necesita cuando vuele». «Me quedo aquí esperando. Me traéis las botas de vuelta». «Lo que no quieres es implicarte, cobardón». El insultado se acerca a la mujer y le tiende los calcetines. Le sueltan un brazo para que los recoja y luego el otro para que se siente en una piedra a colocárselos. Calla. Ulula por ella una lechuza desde el centro invisible de la noche. Avanzan por una senda escarpada que asciende al risco que domina el valle. Abril tiende una colcha de calma sobre la oscuridad. Aunque ninguno en la partida tenga la suficiente erudición para saberlo, los libros anotan el nombre de La Beata Dolores, ciega desde la infancia, como la última bruja ejecutada. En 1739. Y sesenta y nueve años más tarde la Inquisición fue abolida. Por Napoleón Bonaparte. «¿Por qué hacéis esto?». musita la mujer casi sin formar las palabras en los labios, una vez resguardados sus pies en unas botas de hombre. «Por bruja», clama el guía, «y ahora adelante, que hay que subir a lo más alto».

«¿Estás seguro de que es por aquí?», se atreve a preguntar Blasco. «¡Blasco, no te metas donde no te llaman!» es la única respuesta. El sendero se estrecha, a cada paso más intrincado. Ya no consiguen los dos guardianes ir uno a cada lado de la mujer. Se impone el caminar uno tras otro, en fila. Al poco es Matías, que cierra el grupo, quien sigue dándole vueltas a lo que no entiende. «¿Por qué la has llamado bruja, si la vamos a despeñar por puta?». Luis se detiene de repente y atravesado por la furia se gira: «Y qué más dará una cosa que otra, ¿o es que no son lo mismo?». Se acobarda el esbirro, pero cuando el cabecilla reinicia la marcha se desabrocha la pelliza, se la quita y la coloca, con precaución para que no resbale y se caiga, sobre los hombros de la mujer. Noche desangelada, el cielo nocturno apenas deja ver, entre nubarrones, las lejanas estrellas. Continúan andando en silencio. La línea de tierra despejada desaparece bajo sus pies, y las botas de los caminantes tropiezan con ramas, troncos y pedruscos que en la negrura de la hora se advierten con dificultad. Luis detiene el avance. «Conce, creo que...». El adalid le corta la frase con un latigazo verbal: «¿Cuántas veces tengo que repetir que no me llames así, que ese es el nombre de mi madre, que no el mío?». Blasco titubea: «Siempre, como siempre te hemos llamado, llamado así». Matías resopla: «Estoy cansado, hace frío». «Si no te hubieras quitado la pelliza, valiente gilipollas». Y añade el dirigente: «Este es el camino cierto, estoy seguro, pero de repente ha desaparecido. ¿Qué demonios ha pasado? Ves cómo era una bruja, acaba de hacer un hechizo en nuestras narices. ¿Y si la despeñamos aquí mismo, en esta espesura?». Blasco mira a Matías y este, en voz tenue, repone: «Si no hay ningún peñasco por aquí».

La mujer ha dejado de gemir. Se concentra en mantener las fuerzas para no desmoronarse y en asegurar cada paso en mitad de la maleza por temor a que si cae herida la abandonen a los animales salvajes en mitad de la sierra. La senda ha desaparecido hace tiempo y el risco hacia el que se encaminan no aparece por ninguna parte. El bosque se presenta cada vez más tupido y ni siquiera ya cuentan con la compañía fugaz de la luna. Los tres hombres avanzan por inercia, sumidos en un desconcierto que atribuyen a la hora y al cansancio. «Si no es el risco, por aquí hay un barranco que para lo que lo necesitamos, nos va a servir lo mismo», afirma Luis, el Conce más pequeño de los hijos del alcalde, al que en el pueblo llaman con el nombre de su mujer. Sabe que su madera de líder le obliga a mantenerse impertérrito en sus opiniones. Solo lamenta haber permitido que el gallina de Tomás se quedará atrás por dejarle las botas a la bruja. O no haberle dado un bofetón al blando de Matías por quitarse la pelliza que ahora la arropa. «Si no hay risco, habrá barranco», se chilla a sí mismo por convencerse. A escasa distancia, escuchan un rezongar entre la fronda que no se ve. «Un jabalí», anuncia Blasco. La mujer se detiene, aterrorizada. Matías la sujeta por los hombros: «Ca, nada de ponerte miedosa ahora, aquí estamos nosotros para defenderte».

El Conce no sabe si sacar la navaja y cortarle el cuello a los tres que le siguen o clavársela a sí mismo, pero lo que no duda ya es que la situación se lo exige. Echa mano al interior de la faja y la extrae. Con parsimonia la despliega. A la palidez repentina de la madrugada, el metal brilla. Y vuelve a brillar la luna, ahora en el claro donde se han detenido. El jabalí se mueve, también cauteloso, entre las matas. «Esta me pide sangre», clama el Conce menor de los Conce. Matías da un paso adelante para situarse delante de la mujer, frente al agresor. Se arranca el pasamontañas: «Por puta se puede despeñar a una mujer, lo dicen todas las escrituras, pero por bruja ni hablar. Por bruja no se le puede tocar ni un pelo. Antes tendrás que pisar mis huesos. Mi abuela era bruja. Les vendía potingues y les hacía remiendos a las jóvenes y conocía todos los secretos y jamás un guardia le arrancó ninguno. Más valiente que un varón, no hubo mujer así en el pueblo. Estamos en 1904 y en 1904 ya no se despeñan brujas». «¿Y tú Blasco, qué opinas?». Blasco se desata el pañuelo del pescuezo y lo anuda en el cuello de la mujer sin decir nada. Luis el Conce clama hacia la luz naciente, que ilumina ya su espalda: «Pandilla de blandos» y sigue adelante por el sendero que no existe. Los dos hombres y la mujer se dan la vuelta cabizbajos, en silencio, para desandar el camino, ahora que se ve dónde se pisa. Y el jabalí entiende que son horas de regresar a su guarida.

20 de diciembre, sábado. Jardín de aforismos



Rara vez se conoce lo auténticamente real de cualquier hecho de la realidad. Incluso de los más triviales. Si no fuera así, la literatura, incluso la más trivial, resultaría prescindible.

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Se suelen buscar los argumentos de la realidad en lo real, cuando la mayor parte de las veces quien actúa lo hace con la mirada puesta en otra parte.

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Una hoja de papel sirve tanto para escribir un poema como para hacer una pajarita. La realidad, con frecuencia, admite este símil para sí misma.

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El sustantivo realidad disfruta con una adjetivación variada. La realidad suele ser menos explícita.

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Escribir compulsivamente sobre la realidad con frecuencia se convierte en un descuido de lo real.

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¿La realidad, modela o se modela? Casi nunca la respuesta resulta real.

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Entre los objetos de deseo clásicos se suelen citar solo metonimias de la realidad, es decir, sus minoraciones.

11 de diciembre, jueves | YO



y siento nostalgia de mí mismo y me echo de menos

de ahí que sin cesar me llame por teléfono y me cuelgue

Józef Baran 

Lo que voy a contar aquí no tuvo instante de inicio como se relata de las catástrofes, ni goza de una fecha para ser recordado, ni siquiera se puede afirmar con verosimilitud que ocurriera. Pudo ser su origen, y entonces hubiera merecido día e incluso hora, aquella lejana visita al otorrino donde me llevó mi madre, de chaval, sospechando mi sordera. El médico me hizo las pruebas al uso entonces y en la siguiente visita, delante de mi madre, puso cara de imbécil y le dijo que no entendía el motivo de su preocupación. Que aquel niño que le había traído a la consulta carecía de cualquier deficiencia auditiva, es decir, que oía perfectamente. Y mi madre, desolada con lo que escuchaba, como quien manda un telegrama de socorro, quiso rebatir el diagnóstico: «¿Entonces por qué no me oye cuando lo llamo?». Y el médico, igual que si se tratara de un campeonato de ping pong, la remató con un golpe ganador: «Llévelo al psicólogo». Y ahí se acabó todo, por fortuna mi madre nunca le tuvo fe a la psicología.

         Durante un tiempo yo mismo creí que el problema se reducía a que no me gustaba el nombre que mis padres me habían puesto al nacer. Quizá porque era también el nombre de mi abuelo. Ernesto. O porque hubiera otros Ernestos en el colegio con los que me disgustara compararme. Razones para pelearse con un nombre sobran en todas partes. Pero admiraba a mi abuelo y solo había otro Ernesto en el colegio, un chico mayor que había ganado el campeonato escolar de ajedrez. Tal vez por esa coincidencia, al ser el Ernesto de quinto grado una celebridad, en clase pasaron a llamarme Néstore, por un ejemplo de anagrama que puso el profe de lengua de turno un día que no tenía ganas de explicar sintaxis. Y Néstore fue una revelación, me encanta. Estaba seguro de que si algún día tenía un hijo, se lo pondría. Aunque, me llamaran con mi nombre o con mi apodo, seguía sin darme la vuelta para responder. Todo lo que se refería a mí, no iba conmigo.

         La adolescencia fue la mejor época de mi vida. Lo que fuera que me pasara le ocurría a mis compañeros. Ellos sí atendían por su nombre, claro, pero ahí se les acababan las certezas. Qué felicidad sentí la tarde que, al salir de clase, estuvimos debatiendo cómo se averiguaba si uno en el fondo era heterosexual o homosexual o transexual o queer, si su sexo computaba como binario o como impar. No todos estaban al tanto de estos caprichos de la naturaleza, y a la lista de las esencias hubo quien planteó añadir su amor al fútbol. «¿Cómo se llama el que solo es futbolista?», preguntó uno. «¿Futbolero?», le respondía otro, y así. Ahí me di cuenta de que ninguno de mis compañeros se comprendía a sí mismo. Incluso llegué a disfrutar de la ventaja que les llevaba a todos ellos. Yo sí que sabía con certeza quién no era en absoluto: yo. Ni mi nombre era mi nombre, ni mi cuerpo me pertenecía, ni mi vida era el tiempo que pasaba conmigo. Con alborozo intuí que a ellos les ocurría más o menos lo mismo, pero aún no lo habían descubierto.

         Lo triste para mí se reanudó cuando supe que, como los productos lácteos, la adolescencia tenía fecha de caducidad. Y una vez consumida, y puesto a reciclar su envase, comprobé con pavor cómo cada cual salía del túnel, antes o después, con un yo firme y seguro como el forjado de un edificio en construcción. Todos, menos yo, a quien la adolescencia no le sirvió ni siquiera para dudar de sí mismo. Es decir, para recelar de quien no era. De repente me encontré abocado a una vida adulta cuyas dimensiones no conseguía comprender. La que ha llegado hasta el día de hoy sin ofrecerme ni siquiera un mero pacto de convivencia. Continúo sin reconocer mi nombre y apellidos como míos, y ni un solo recuerdo conserva el germen de una emoción sentida como propia. En cierta ocasión me tocó una participación de la lotería de Navidad que había comprado a un vecino por quitármelo de encima, y aunque se trataba de una cantidad respetable, no se me ocurrió ir a cobrarla, del mismo modo que a nadie se le pasaría por la cabeza ir a cobrar el boleto de otra persona.

         La conciencia de la vida adulta me trajo inéditos sinsabores. Por lo que les pasaba a mis conocidos intuía que, tarde o temprano, me enamoraría. Había flirteado antes con algunas chicas, claro. Salidas al cine, a bailar, un fin de semana. Me alentaba comprobar que me interesaba por ellas, que apreciaba su compañía y que a mi yo le habían gustado. Pero se mostraba tan escuálido ese yo que se encandilaba que pronto percibían mi desinterés, que en general lo era por todo, y si te he visto no me acuerdo.  El descrédito del yo resulta corrosivo. La gente a quien odia es a los narcisistas. Por mi parte, cuando me cruzaba con alguno, estudiaba sus hábitos de un modo obsesivo, lo admiraba e incluso pretendía imitarlo. Lo que hubiera dado por quererme solo una pequeña parte de lo que ellos se amaban a sí mismos. Tal vez fuera un error fijarse en este modelo a la hora de mantener una relación, porque si bien es cierto que uno ha de hallar algo bueno en sí mismo, lo que tiene que aprender sobre todo es a querer a la otra persona.

         Ninguna relación anterior, sin embargo, ha tenido nada que ver con lo que experimento cada día desde que me he enamorado. No se puede decir que camine, cuando en verdad vuelo sobre el pavimento si voy con ella, y si ando lejos, cierro los ojos para verla y continúo levitando sobre la realidad. Es un tópico, lo sé. Pero al pensarlo descubro que una de las características del estado que disfruto es vivir lo manido como si ocurriera por primera vez sobre la faz de la tierra. Tan enamorado ando que tarda poco en aparecer frente a mí el dilema crucial: ¿me he enamorado yo o el yo que vive de okupa en mi yo? Lo planteo tal que así y desde entonces no puedo dejar de darle vueltas a la formulación. Me pasma. Nunca antes había atribuido algo a un yo distinto al yo que soy siendo otro. El otro, antes constante presencia en mi constante ausencia, se ha convertido ahora en solo una opción. Entre dos. ¿Habré dado el paso definitivo? El que llevo una vida buscando. ¿Me habré encontrado, al fin? ¿Será este yo, desconocido hasta ahora, mi auténtico yo? Temblando saco el móvil del bolsillo y marco mi número. Y el teléfono suena. Y lo descuelgo. Porque me llama a , el enamorado. 

[Cuaderno de ficciones, página 35]


3 de dicimebre, miércoles | César Malet y la libertad


La historia de la fotografía suele pasar de puntillas sobre uno de los medios más comunes en la siempre compleja supervivencia económica de los fotógrafos, que es su dedicación a la publicidad. La fotografía publicitaria tiene su propia historia, con sus hitos, pero se escribe en otro libro. En ocasiones los fotógrafos publicitarios son también excelentes retratistas y eso les permite vivir en dos mundos paralelos a la vez. La exposición que el Archivo Fotográfico de Barcelona dedica a reivindicar la obra artística de César Malet (1941-2015) contempla desde una única perspectiva los tres fotógrafos que fue: el magnífico cronista autobiográfico, el retratista privilegiado de una época de efervescencia cultural y el soberbio fotógrafo publicitario. Las tres facetas consideradas como caras de un mismo prisma, por cuya unidad y ausencia de jerarquías su autor siempre apostó. Aunque no se trata del propósito externo de reivindicar actividades diferentes, ni siquiera tampoco —como ocurre en los fotógrafos publicitarios de referencia— de elevar las exigencias estilísticas del anuncio, Malet inscribe todas sus tomas, sea cual sea su intención, en un ámbito conceptual superior al de la mera imagen, que se podría denominar: expresiones de la libertad.  Aquella libertad que durante los años 50, 60 y 70 estaba ausente de la sociedad donde vivía y que él se arrogó para sí mismo y para el conjunto de su obra fotográfica. Entre los papeles expuestos en las vitrinas, un lúcido casi manifiesto programático ofrece la clave: su práctica fotográfica, que despreciaba los géneros estancos, aspiraba a mostrar, al completo y en toda su complejidad, densidad de pensamiento

Este conjunto de lemas, que iluminan su visión «del mundo, el arte y la sociedad» y que suponen una actividad fotográfica unificada a través de una dimensión filosófica, podría parecer una mera proclama coyuntural. Sin embargo, a poco que uno se pasee por la exposición no le va a costar ver cómo los conceptos subrayados prenden en cada una de las tomas como una conciencia que actúa en el mismo instante del encuadre y del disparo de la cámara. Enunciados que parecen genéricos, como «Experiencias simultáneas», «Individuo consciente» y «Toma de conciencia inmediata», cobran relieve y concreción en una fotografía, por ejemplo, cuyo título se puede tomar como un emblema: «Sesión de moda de la firma Santa Eulàlia en las barracas de Montjuïc, 1960». Es el título, pero la realidad fotográfica de la imagen —el elegante vestuario de la elitista sastrería del Paseo de Gracia en el interior de una barraca, junto a ladrillos no revestidos, cajas de botellas vacías apiladas, sifones vacíos y una damajuana, todo en perfecto caos— lo convierte en la corporeidad de un pensamiento.

Otros de los conceptos de una vida concebida con libertad es «Desnudo». La historia de la fotografía ha concedido al desudo humano un valor simbólico, sin duda, excepcional. Sea con una proyección artística o meramente erótica, o ambas fundidas, César Malet perteneció a una generación cuya juventud y madurez transcurrió en la imposibilidad de afrontar el desnudo de una forma clara, abierta y natural. El erotismo, por otra parte, resultó un ingrediente indiscutible del momento —presente en la obra de los escritores, cineastas, artistas e intelectuales, a quienes también retrató desde la amistad—, y posiblemente el término programático «Desnudo» expresara también esta reivindicación generacional. Malet no podía censurarse a sí mismo el fotografiar cuerpos desnudos. Joan de Sagarra opina lo mismo en una columna periodística de la época: «César Malet, joven fotógrafo con una rara sensibilidad e indiscutible talento, nos muestra a través de sus fotografías [toda la belleza de ese cuerpo sorprendido por el alba] esa «luz inoportuna» que, según el poeta, escupe el alba, un alba con la que el fotógrafo, como un chiquillo maravillado, colabora con la cámara en un crimen cotidiano. ¿Complacencia, autocomplacencia? Pues sí. Y también arte auténtico y auténtico erotismo».

Se refiere a la serie «Informe personal sobre el alba», que se publicó junto a textos de Carlos Barral. Pero también podría incluir la espléndida serie «Res» de 1967, donde primerísimos primeros planos, con la ayuda de pequeñas piedras porosas y circulares, desvelan otra dimensión del cuerpo humano desnudo. Y sus desnudos, que se encuentran sin duda entre los más extraordinarios de su siglo, no solo se ensimismaron en placas que resultarían admirables hoy en cualquier sala de exposiciones del planeta, sino que además las entregó a la imprenta para que se reprodujeran como cubiertas de libros de la época. La afirmación de que Malet trabajaba con un único concepto fotográfico se comprueba en estas prácticas. Y ese concepto era la libertad. También de los prejuicios profesionales de cualquier especie. 

Los libros en los que mostró sus trabajos fotográficos, puesto que solo organizó una exposición antológica al final de su vida, no fueron nunca, tampoco, publicaciones de fotógrafo. Ya se ha citado el Informe personal sobre el alba de Carlos Barral, que César Malet reinterpretó en imágenes de un desnudo. Otro título célebre fue Infame turba (1971), una colección de espléndidas entrevistas a escritores —tanto de la generación del 50 como de la del 68— realizadas por el escritor mexicano Federico Campbell (1941-2014), que César Malet —ambos tenían la misma edad— ilustró con veintiséis retratos que durante mucho tiempo conformaron la imagen pública de estos escritores. En la exposición se pueden admirar veintiuno de estos retratos y los contactos de algunos, donde las marcas caligráficas han dejado rastros de las dudas y decisiones del fotógrafo a la hora de elegir la placa que se iba a publicar. 

Junto a estas dos variantes —la fotografía publicitaria, y también la artística, pues ambas partían de la misma investigación formal, y los retratos generacionales— la tercera, como cronista de su época, le sitúa entre los grandes fotógrafos catalanes, tanto de la generación anterior (Colom, Català-Roca, Terré, Masats) como de la suya (Miserachs), junto a los que rara vez se le cita. Realiza una crónica de raíz biográfica. Prende durante el servicio militar en Sidi-Ifni y se desarrolla en los lugares y ambientes que frecuenta. Y en cada una de las series aprovecha la ocasión para deslizar un autorretrato, que le sirve también como otro concepto, junto al de la libertad, que engloba la actividad fotográfica: el vínculo autobiográfico que le exige a su labor de cronista. Como si cada foto expuesta fuera, en realidad, un poema lírico. Incluso las imágenes de cronista que no tienen, en apariencia, nada que ver con el fotógrafo, las reúne, absorbiéndolas, con el lema: «Elección personal del autor». César Malat fue un extraordinario fotógrafo y, además, en su práctica, uno de los más lúcidos teóricos del arte fotográfico, cuyas ideas es posible que aún sigan ocultas en sus negativos, pendientes de ser reveladas.