29 de agosto, lunes. Apunte de cronista de tribunales


En los anales procesales del boca a boca se recuerda en los corrillos, con frecuencia, la disputa que mantuvieron en su tiempo el fiscal J.P.S. y el defensor M.M.P. en el juicio del estafador Histórico García Comunal. Las pruebas que la policía había reunido para la resolución del caso se resumen bien en el término circunstanciales. Unos se refirieron a ellas como prometedoras, otros como faltas de consistencia, dado rienda suelta a la inventiva personal en el ámbito de la sinonimia, tan propia de la dedicación.

         Ante la escasa enjundia factual, que incluso hacía bostezar al juez, cuyas canas avisaban más de la proximidad de una jubilación que de la cimentación de una carrera, fiscal y defensor se enredaron en una trifulca dialéctica que acabó arrastrando a los presentes, incluidos el magistrado, los miembros del jurado popular y hasta los bedeles; a todos, menos al acusado, a quien se le contagiaron los iniciales bostezos jurídicos.

         Abrió el melón el fiscal, consciente tal vez de la debilidad de sus argumentos probatorios, cuando espetó ante el tribunal una aseveración inusualmente construida con seriaciones negativas: «Nada se deja de saber nunca. Resulta imposible pensar que Histórico pueda evitar el hecho de que no se conozca su implicación en los sucesos que se le atribuyen y también en los que no se le atribuyen aún, por desconocidos». «¿Y…?», alcanzó a musitar el juez despertado de repente por el alegato de la fiscalía. Que continuó: «De lo que se deriva la conclusión de que en ningún caso puede resultar plausible un veredicto de inocencia, aunque no se haya demostrado el de culpabilidad». Tres o cuatro canas volaron de la cabeza judicial cuando este se la rascó en el tránsito de activarla.

         Como ocurre en los partidos de tenis cuando un jugador saca desde su campo, el turno pasó a la defensa. Se levantó para hablar el abogado, M.M.P., un tipo elegante, con frente amplia y mejillas enjutas, fibroso, pausado. Tardó unos segundos en hacerlo, como quien encaja todos los matices del discurso que le han lanzado. «De hecho», empezó diciendo, «lo habitual es que solo por casualidad se alcance a saber algo certero sobre lo que en realidad ocurrió en la realidad inconfesada de Histórico, y no hay más que echar un vistazo por encima a las pruebas aducidas por el fiscal para descubrir que lo que sabemos es más bien poco y no como excepción, sino como el hábito que mantiene lo real a la hora de manifestarse». Y se dejó caer en el asiento.

La polémica estaba servida junto a cada cerveza con una tapa que pidiera en la barra de un bar un miembro de cualquier escalafón de la judicatura. Y así hasta esta mañana, en la que he asistido a una nueva réplica del debate entre un repartidor de paquetería a domicilio y otro de comida por encargo. Mientras el primero negaba la imposibilidad de no querer conocer el contenido de los paquetes que repartía, el segundo afirmaba que siempre había tenido mal olfato, que ahora su trabajo acentuaba, y que las pizzas le olían a burritos. 

[Cuaderno de ficciones, página 3]


15 de agosto, lunes. ¿Quién reconoce los méritos?


Escribe —diré mejor: desvela— Enrique Lista, en un ensayo sobre fotografía, que son «Otros fotógrafos con posición ya reconocida en ese campo, comisarios, editores, críticos o coleccionistas, [quienes] tendrán más papel en la legitimación que el que pueda tener un supuesto público indiferenciado». Y me pregunto a continuación quiénes serán los lectores diferenciados capaces de legitimar a los poetas del presente. Los poetas con posición militan solo en la mediocridad de sus discípulos, los antólogos andan despistados, los editores cuando no publican premios parece que lo hagan al tuntún, los críticos no existen —los mejores reseñistas parecen asalariados de alguna editorial; los demás, ecos de ecos—, los coleccionistas (o mejor, compradores de libros) tan desorientados como el consumo en general. Pero sí existe una voluntad legitimadora en la poesía. La ejerce cada poeta sobre sí mismo. Se autoedita, se elogia, se publicita, se organiza actos y cuando hace todas estas cosas, el público, indiferente, le considera un gran poeta sin ninguna objeción. 

[Libro V, Epigrama XX]

8 de agosto, lunes. Fonollosa


En 1922, el día 8 de agosto cayó en martes. Hoy es lunes y se cumplen cien años del nacimiento en Barcelona de José María Fonollosa. Quizá sea el poeta más insólito de la poesía española del siglo XX, no solo por lo solitario de su escritura, sino por la extrañeza que causa su biografía como escritor. Ausente del país en la década central de la madurez de un poeta, entre los veintinueve y los cuarenta años, escribió en Cuba la parte esencial de una obra que, a su regreso no consiguió atraer el interés de ningún editor ni crítico hasta unos meses antes de su fallecimiento en octubre de 1991. Entonces, cuando cumplía con el más convencional de los hábitos poéticos, publicar un libro, arrancó la rareza. Aquel volumen agotó innumerables ediciones, unas tras otra, y ha sido leído ávidamente por sucesivas generaciones de jóvenes poetas, al mismo tiempo que una absurda leyenda de autoría apócrifa se divulgaba sin ningún interés por las certezas. Por otra parte, el volumen de 1990 era una parte de una obra no solo de mayor extensión, sino también de dimensiones poéticas más profundas, libro que no vio la luz íntegro hasta 2016 (y que este año ha sido reeditado en edición de bolsillo).

         Para celebrar el centenario, una tertulia de jóvenes poetas me ha invitado a charlar con ellos sobre Fonollosa, y al final de la conversación me pide, según el gusto de la época, un lema que invite a su poesía. No dudo un instante: «Enfréntate al otro que no eres tú». Creo que ese es el epicentro de Ciudad del Hombre: el atrevimiento a situar el yo poético en el lugar más extremo al yo que escribe y, por lo tanto, también al yo que lee.

La de Fonollosa, esta poética de la alteridad, es una clara opción de vanguardia, aunque de una estirpe que no siempre se reconoce como tal. Para empezar, parece paradójico denominar «vanguardista» a un poeta que escribió toda su obra madura en impecables endecasílabos —aunque ninguno sonara a endecasílabo—. No pertenece, por lo tanto, a las vanguardias de ruptura formalista que, con el Futurismo a la cabeza, dinamitaron las convenciones del verso tradicional. Y escribió además en un lenguaje inteligible, figurativo, realista, en el polo opuesto de las vanguardias irracionalistas que guiadas por el Surrealismo parecen agotar el crédito de las opciones innovadoras.

Existe, sin embargo, una escritura vanguardista cuya ruptura no afectó a las formas ni a la inteligibilidad de los textos, sino a la raíz del sujeto que escribía. Quizá el autor más emblemático de esta tercer vía fue Fernando Pessoa (1888-1935), cuya dimensión de vanguardia no emerge de la escritura futurista de Álvaro de Campos, sino de la disgregación del autor de su obra en diversas personalidades poéticas, sus heterónimos, alguno de los cuales escribió en rigurosa métrica y entre todos afianzaron una escritura diáfana y racional. La actitud renovadora de Pessoa no está solo en los poemas, sino en la disolución del yo lírico en diversos yoes. Más o menos en la misma época T. S. Eliot (1888-1965) ahondó en la despersonalización del sujeto poético, y ambos abrieron el cauce a una nueva forma radical de escritura en la que el yo se disgregaba o se desvanecía. A esta Vanguardia, que bien podría denominarse Existencialista por destruir el significado unitario, universal y trascendente del ente lírico, pertenece la obra de José María Fonollosa. Este es el ámbito poético con el que dialoga, la cultura literaria con la que su obra entra en relación. En su conjunto Ciudad del hombre representa la dispersión máxima aplicable a la idea de un yo poético, aquel que encarna el de todos los coetáneos que habitan una metrópolis moderna, caracterizada ya en sí misma por la dispersión máxima de quehaceres, intereses, personalidades y aspiraciones entre sus habitantes. 

Tal como han defendido las filosofías materialistas de la época, en la existencia solo hay cuerpos y lenguajes. Ciudad del hombre es el ejemplo poético más rotundo de esta idea: cada poema es la encarnación de un cuerpo atravesado por la inmanencia del lenguaje que le da sentido.  Y es al cabo, también fruto de la visión existencialista, una seriación de aullidos de angustia que ensombrece este lenguaje desde su raíz. Habla a través de los poemas de Fonollosa una ciudad entera de condenados a la finitud, entonando cada cual su propio cántico desacompasado, ensimismado, insensible a los demás, ebrio de su propia derrota vital. La misma imagen que durante la segunda mitad del siglo XX europeo ofrecía la sensibilidad poética —anti-sentimental, anti-lírica y anti-optimista— más atenta. No se olvide que Fonollosa celebraba cada año la misma edad que Gabriel Ferrater, Pier Paolo Pasolini y Philip Larkin. Los cuatro centenarios de 2022.

3 de agosto, miércoles. Fábula dominical


En Lisboa, los domingos iba a comer al Tronco, un pequeño restaurante en una calle paralela a la Avenida Liberdade. Una familia de gallegos trabajaba allí. El padre, en el mostrador. Nunca hablaba con nadie, respondía con monosílabos, pero dirigía los movimientos de todos con precisión de escenógrafo. Los dos hijos atendían a las mesas, y madre e hija cocinaban.  Como cerraba la cantina universitaria, íbamos Gianluca y yo sin falta todos los domingos. Solíamos instalarnos en la última mesa, al fondo, donde nadie quería ponerse, frente a la puerta de la cocina. La hija, que tendría nuestra edad, de vez en cuando se asomaba, nos miraba y nos sonreía. Tal vez más a Gianluca, porque como buen italiano vestía con más elegancia que yo. Pedíamos siempre un filete de la casa con patatas, y el plato era una enormidad de carne y un salirse por todas partes de patatas. Comíamos proteínas para una semana de sopa de cantina. Un domingo, acudimos con dos amigas, ni siquiera recuerdo quiénes eran, tal vez dos compañeras de curso. Los platos aparecieron puntuales, pero en ellos se moría de soledad el filete más breve que había visto y patatas cuyo número se podía establecer con los dedos de una única mano. Nos dimos cuenta del error de inmediato. Nunca más nos presentamos acompañados. La comida era más importante que la compañía. Tuvimos que pasar dos o tres domingos de purgatorio, con platos reducidos, hasta que regresó el tamaño XL al que nos habíamos acostumbrado antes de la traición.

[Libro V, Epigrama XIX]

29 de julio, viernes. El taller


En el cultivo de las artes existe un ingrediente de transmisión, una continuidad. Es una idea antigua, porque la época le ha puesto fin. Un artista que enseña a otros su arte se le considera un fracasado. El artista exitoso es el que vive aislado en su burbuja artística. Una idea que en el Renacimiento hubiera sido considerada como una aberración. Pero el momento actual es así. Antes, el músico enseñaba a otros músicos, el pintor mantenía un taller con aprendices, el escritor daba clases de literatura. Ahora solo los músicos, pintores o escritores subestimados se han dedicado, como yo, a la educación. Igual que en tantas otras ideas, no estoy de acuerdo con mi tiempo. O, quizá sea mi época quien no quiere sabe nada de mí. Y la entiendo, yo haría lo mismo si no pensara como pienso. 

[Libro V, Epigrama XVIII]

25 de julio, lunes. Lo que hay detrás de una lengua


En una tertulia que sigo los miércoles, uno de los sabios que la animan realiza una afirmación que me ha tenido en vilo una semana: «las grandes lenguas ya no generan identidades». En cierto modo es cierto. Pero hay algo que me impide otorgar la razón completa a la tesis. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en EEUU, los emigrantes de origen hispanoamericano de ciertos países —no de todos—, les hablen sistemáticamente a sus hijos en inglés. Es algo que también he visto con frecuencia en mi ciudad, incluso entre hablantes de una de sus dos lenguas que les hablan a sus hijos en la otra. Le he dado vueltas al asunto y creo que el problema está en el contenido de la palabra «identidad», a la que suponemos el atributo «cultural», que es lo que se ha perdido. La «identidad» que otorgan las lenguas de prestigio en una sociedad es la del «estatus», es decir, la de «clase», eso que creíamos desaparecido, pero que, como tantas lacras del silgo XIX superadas, regresa vigorizada en el XXI. 

[Libro V, Epigrama XVII]

18 de julio, lunes. Encomio de la correspondencia


El supervisor de guardia aquel día certificó la incorporación de G.B., célebre filósofo y activista social, a su puesto de trabajo. A las puertas del edificio central de Correos llegó acompañado de lo que dijo ser su equipo, que el vigilante de la entrada calificó de «inestable» por la dificultad que observó entre quienes pretendían acceder a las instalaciones para mantenerse vestidos. Como les impidiera el paso, el funcionario G.B. se despidió de los suyos con un gesto ampuloso y a continuación activó el torno de entrada con su tarjeta personal.

         No estaba prevista otra actividad para el empleado G.B., que si bien había concurrido con éxito a las oposiciones para repartidor público de correspondencia en la convocatoria realizada cuarenta y cinco años antes, en el mismo momento de recibir su nombramiento había solicitado una excedencia especial, contemplada por la normativa, que se había extendido hasta la solicitud de reincorporación, que se hacía efectiva en aquel momento.

         Con buen criterio profesional, se le adscribió al cartero G.B., después de valorar su inexperiencia profesional y la inconveniente edad para adquirirla, el servicio de repartidor nocturno de correspondencia urgente, vacante desde que la desaparición de la telegrafía implicara la inutilidad de esta tarea.

No se esperaba, por lo tanto, otro movimiento aquella primera noche laboral de G.B., pero a las dos de la mañana apareció encima de la mesa del supervisor una carta con indicación de extrema urgencia que, dirigida a un domicilio de la ciudad, había sido remitida por alguien cuyo nombre y apellido coincidían con el del repartidor readmitido. Sin otra opción, lo llamó, le entregó en mano la carta y le apremió a realizar la prestación con provecho y agilidad.

Al verle salir, el equipo, que se había refugiado en un portal próximo a la sede de Correos, avivó sus marcas de inestabilidad. Funcionario y compañía caminaron ruidosos por las silenciosas calles hasta la dirección indicada en el sobre, el antiguo domicilio del filósofo, que abrió la puerta de acceso con su propia llave y subió a pie, excitado, los cinco pisos que le separaban de la exactitud de las señas.

Una mujer de edad, con una bata mal cerrada sobre el camisón, que sobresalía por todas partes, abre la puerta y pronuncia el nombre del remitente y mensajero arrastrando los sonidos, como haría la madre ante un hijo reincidente en el mismo capricho. «Otra vez tú», añade, aunque solo con valor retórico. «Reparto nocturno urgente. Si me puede firmar aquí», se limita a decir el activista social con el aplomo de quien está versado en entregas. Pero no puede reprimir a continuación una palabra incoherente con su función: «Ábrala». Y la mujer, despacio, con intriga, acaba abriéndola. Dentro del sobre encuentra una hoja doblada. La desdobla. Por un lado, está en blanco. Por el otro, también. «No me has escrito nada, Georges.» «He tenido mucho trabajo. Es mi primer día en Correos.» «Noche», apostilla la decepcionada destinataria. «Mi primera noche, sí. Qué agobio. Tenía que darme prisa para conseguir traerte personalmente la carta».

Al día siguiente el empleado G.B. entregó en la oficina de personal una nueva solicitud, la excedencia hasta la fecha de su jubilación legal en el servicio. 

[Cuaderno de ficciones, página 2]

7 de julio, jueves. Nociones de permanencia


La idea de que poseemos objetos que nos sobrevivirán es una concepción barroca. Y el Barroco dio los primeros pasos de la época en la que aún seguimos, aunque es posible que el hecho de que las cosas tengan más esperanza de vida que sus dueños ya haya dejado de ser una de las grandes pesadillas del ser moderno. Hoy los objetos se diseñan para que sean comprados varias veces a lo largo de una vida, es decir, difícilmente ninguno durará más que su dueño. Por mi parte, aún no he terminado de pensar en lo que me sobrevivirá. O tal vez sí. He acumulado carpetas durante años con materiales, los usara o no. La última semana antes de cerrar un ciclo profesional me encontré con un armario lleno. Montañas de papel que no podía conservar. La memoria caligrafiada de algunas décadas de trabajo. Bien, sin tiempo para otra solución, con los ojos cerrados, fue todo a la basura. De reciclaje, por supuesto. No me supo mal. Estaba, quizá, entrenado. Durante años he visitado los Encantes con asiduidad, donde se saldan los restos de vidas que ya no están. Y por el suelo estoy acostumbrado a revolver no solo libros, pinturas o muebles, sino también cartas, diarios, papeles íntimos, económicos, todo cuanto la gente cree que les sobrevivirá. Allí aprendí que la única trascendencia es el presente. Ni siquiera lo que hoy salvo guardándolo se redimirá. Tarde o temprano, acabará en los Encantes.

[Libro V, Epigrama XVI]

21 de junio, martes. Ontología tarifaria


Saco billetes por internet desde años. He visto cómo las tarifas han ido probando diversos modelos, pero últimamente se ha consolidado uno, idéntico para cualquier medio de transporte, que da qué pensar. Aunque se suele presentar en tres posibilidades para despistar sus intenciones, en el fondo consolida dos tipos muy diferentes de tarifa: una en la que desaparecen todos los derechos consolidados en décadas de consumo, y a la que se le añaden incluso condiciones impropias (como la de no poder llevar maleta en un viaje). No es que sea más barata, es que se renuncia explícitamente a cualquier derecho sobre el servicio adquirido (dudo incluso que sea legal ofrecer un servicio sin ninguna garantía y con tales restricciones).  Y otra tarifa que disfruta de los derechos normales y habituales de cualquier tarifa en el pasado. Se diría, sin exagerar demasiado, que una es la tarifa de esclavo y otra la tarifa de ciudadano (como las que debían de existir en las civilizaciones o en los países donde reinó la segregación social). La única diferencia que descubro entre aquellas sociedades infames y la nuestra es que aquí cada cual elige su condición, voluntariamente. El resto es lo mismo. 

[Libro V, Epigrama XV]

17 de junio, viernes. Un libro que no existía


Hace dos años este libro no existía. Guardaba las cartas, ahora sé que son 145 las que conservo, en tres carpetas dentro de una caja de archivo negra. En un lateral había escrito un rótulo, fijado con aironfix, con un nombre: «Rafael». Ha permanecido, en las tres casas donde he vivido, en un estante junto a la mesa de trabajo, siempre a mano. Cuando los editores de Mixtura, Elena Aguilar y Jesús Aguado, empezaron a imaginar su proyecto, el primer libro que soñaron publicar era una antología de cartas de Rafael Pérez Estrada. El propio Jesús tenía unas cuantas y era consciente del valor literario que esta correspondencia escondía. Me pidió ayuda para organizar la antología y lo primero que hicimos fue pedir la lista de corresponsales del poeta malagueño a su Fundación. La lista de escritores cuyas cartas se conservan en su legado nos impresionó. La dividimos por generaciones y aun así resultaba difícil abordar el proyecto por su magnitud. Nos sentíamos desbordados. Fue entonces cuando dije que lo mismo me ocurría a mí cuando tuviera que hacer la selección: ¿cómo elegir diez o doce cartas del centenar largo de las que guardaba, si todas eran, por unas razone u otras, magníficas? La respuesta a esta pregunta que me dieron aquel día los editores de Mixtura tuvo la virtud de generar este libro.

         Una cosa era publicar las cartas que Rafael Pérez Estrada había escrito a diversos corresponsales —lo que con el tiempo se acabará haciendo— y otra muy diferente dar a luz todas las cartas que me escribió a mí. No fue una decisión sencilla, porque, tanto en lo general como en lo personal, he defendido una literatura alejada lo más posible de lo biográfico. Y también esta fue siempre la opción estética de Rafael Pérez Estrada. Publicar su correspondencia parecía, cuando menos, una traición literaria. Con esta idea en la cabeza volví a leer las cartas, veinte años después de que me enviara la última. Lo que me sorprendió es que la biografía —tanto la suya como la mía— no se mostraba nunca como testimonio. Si aparecía, como era obvio que apareciese, lo hacía transformada por el lenguaje en algo muy parecido a una obra literaria de la imaginación. De hecho, Rafael no describía nunca situaciones biográficas, sino que jugaba literariamente con ellas. Y no solo eso, y esta fue la razón que me impulsó a dar a la imprenta este libro, sino que sus cartas conservan un Rafael que añoran quienes le conocieron y que parecía desaparecido para siempre: el Rafael oral, el extraordinario conversador que fue, el ingenioso interlocutor, incluso el brillo sonoro de su voz se puede oír al leer sus cartas.

         Una vez decidida la publicación de la correspondencia de Rafael, ya sabía que las mías no se podrían publicar a su lado, porque sobre todos los papeles personales del Legado pesa una cláusula de privacidad hasta pasados veinticinco años de su fallecimiento, en 2000. Solo sabía, por el cómputo de su archivo, que las mías eran 187 cartas. Ya con el libro mecanografiado y casi compuesto, un día se me ocurrió mirar viejos archivos del ordenador, que habían ido pasando de un aparato a otro a lo largo de los años sin que les diera ninguna importancia. Y allí encontré, sin recordar que existiesen, treinta y nueve borradores de cartas, escritos en la época en la que ya se usaban los ordenadores, pero aún no estaba extendida la conexión a la red. De hecho, estaban en un formato diferente y hubo casi que transcribir los signos que el actual no reconocía. Mis cartas no guardan ningún secreto de mi oralidad, y desde luego son bastante más biográficas de lo que me hubiera gustado. Pero me pareció injusto que desvelara las cartas de Pérez Estrada y ocultara o seleccionara las mías. A los editores la idea les pareció bien, y aquí está Práctica de la emoción.

         El título es una descripción literal del contenido. En el siglo XX la correspondencia había dejado de ser el medio principal de comunicación a distancia entre personas. De hecho, casi cada semana hablábamos por teléfono. Lo que hacíamos Rafael y yo, al continuar escribiéndonos por carta, era regalarnos mutuamente emoción. De esta práctica da cuenta este libro. 

CARTAS AL s XX | 6 de octubre de 1999, miércoles


En el otoño de 1999 me enviaron a cubrir la agonía del siglo XX. No se puede decir que fuera un periodista joven, tampoco uno experimentado. Estaba en el punto donde los que acaban de entrar necesitan poner un pie sobre mi espalda para ascender más rápido, y los que llevan más tiempo siguen mirándome por encima del hombro. Y desde luego ninguna de las dos facciones estaba dispuesta a pelearse por un encargo conceptual. Eso no atraía público a una firma. Así, que me fui rezongando con mi mochuelo a rastras.

         Salí a la calle con un par de ideas en la cabeza. La más concreta era el temor a que con el siglo acabara el tiempo. Me puse al tanto de las profecías, aquello en lo que nunca había creído, por si acaso. Pero lo que encontré fue un debate, digámoslo así, nominalista. Era lo único que interesaba. Unos, bajo el amparo de la imagen, decían que el siglo acababa con la ristra de nueves que no admiten discusión. Y los otros, los matemáticos, decían que, obviamente, el cien no llega en el 99, sino en el cien. Me metí en ese berenjenal y casi no salgo. Porque a nadie le interesaba realmente el fiambre del siglo XX, sino cuándo celebrar la llegada del nuevo. Lo nuevo inquieta, interesa. Lo vi claro, es de lo que tenía que hablar.

Cuando llamé al periódico para informar del renovado enfoque de mi artículo, me espetó el jefe de redacción que me atuviera a lo pactado. Que sobre el XXI ya había nombrado al efecto un equipo de redactores jóvenes —«como corresponde», apostilló—. Estaba al borde de la dimisión cuando oí en la radio, mientras buscaba al acaso una emisora solo con música, una noticia que me estremeció. Aquella misma mañana habían encontrado tendido en el cuarto de baño de su casa, en la calle São Bento número 193, de Lisboa, el cuerpo sin vida de Amália Rodrigues. No me entretuve ni en coger una muda, desde donde estaba me fui directo al aeropuerto y a las cinco de la tarde era uno más entre la multitud inquieta y compungida que frente a su casa aguardaba la salida de féretro de la cantante. A las cinco y media se abrió la puerta del garaje, y asomó el morro grisáceo del coche fúnebre. La multitud y yo mismo arrancamos un aplauso enfebrecido, como si en aquel mismo momento se hubiera despedido en el escenario tras dos horas de concierto.

Con ella se iba el siglo XX. Su voz doliente. Amália Rodrigues había visto desaparecer, en los años inmediatos, a sus amigos más íntimos, a conocidos y colaboradores, a su marido, y ya no tenía sentido llevar el tiempo más allá de la que había sido su centuria y a la que le había marcado el paso con tanta precisión. Había nacido en 1920, como el siglo verdadero, tras dos décadas de ajetreado espejismo, con tres intentos de suicidio, en 1934, en 1938, en 1942, los mismos que el propio siglo, alguna de sus canciones fue prohibida por el salazarismo en los años 60, como las ideas que rejuvenecían la época, y en 1974 publicó el cántico a la celebración de la juventud invertida del siglo que había nacido anciano: «Meu amor é marinheiro / E mora no alto mar / Coração que nasce libre / Não se pode acorrentar [amordazar]». Y aún le guardó el XX que encarnaba un último hito: el traslado de sus restos, con honores militares —como corresponde al siglo— desde el cementerio de los Prazeres hasta el Panteón Nacional de Lisboa, la primera mujer entre tanto prócer varonil.

Es lo que conté en mi artículo, pero ya compuesto el número, llegó en el último minuto un anuncio y el jefe de redacción decidió que la página que había que levantar era la mía. Se ha quedado el retrato del siglo XX en su voz más doliente agazapado para siempre en las hojas de este diario.

2 de junio, jueves. Al perder el sentido.


A veces percibo una profunda trivialización en el sentido de las palabras. En las conversaciones casuales que escucho al azar y, sobre todo, en los nuevos hábitos de los locutores en los medios de comunicación. Se ha puesto de moda una suerte de repetición rotatoria de las frases que desvirtúa su significado. Convierte los contenidos en estribillos de ninguna canción. Es curioso, lo que debería servir para construir pensamiento es cada vez más una pantomima en la que las palabras son marionetas de feria a las que se disparan significados, sin que ninguno acierte, con un rifle de cañón desviado.

[Libro V, Epigrama XIV]