28 de abril, jueves. Puntos de vista.


En cierta ocasión entró en la clase un periodista. Era un amigo que quería escribir un artículo sobre la secundaria, en uno de aquellos breves momentos en los que la educación captaba las miradas públicas. Concertamos que entrara en el aula sin decir nada, se sentara en un asiento vacío y yo iniciara la clase normalmente. Transcurrida media hora, le presentaría e iniciaríamos un pequeño debate con las preguntas que les hiciera a muchachas y muchachos. Al entrar, cuando le señalé el lugar vacío donde podía sentarse, su compañero de pupitre se lo quedó mirando y le preguntó: «Oye, ¿tú cuántas veces has suspendido curso?». Me encantó la anécdota, cuando mi amigo me la contó al final de la clase, porque es un precioso ejemplo de lo que ocurre constantemente sin que nadie se dé cuenta: de que la perspectiva sea la explicación. Para un alumno, quienes están sentados frente al profesor son alumnos, y a partir de ese principio se organiza el conocimiento.

[Libro V, Epigrama XI]

20 de abril, miércoles. Plaza de Can Basté


Tal vez sea una de las plazas más recientes de la ciudad —inaugurada el 18 de enero de 2020—, aunque ocupa uno de sus rincones más antiguos. Le da nombre una masía del siglo XVIII, y acoge tanto su fábrica señorial y segura de sí misma, hoy modélicamente restaurada, como una tímida capilla, Santa Eulalia de Vilapiscina, de la misma época, aunque construida sobre restos de una casa romana. La nueva plaza articula ambos espacios, el más amplio de la obra civil, el más íntimo y casi rural —una breve cuesta flanqueada por cipreses— de la construcción religiosa. Un puente une ambos edificios, desde la planta noble de la gran masía hasta el balcón posterior de la iglesuela. Una metáfora sobre la función social de lo espiritual petrificada y revestida de inocentes esgrafiados.

         Es posible que pasara muchas veces, de joven, por delante, pero me veo obligado a fiar mi memoria a las fotografías de la época. A mis veinte años, la masía era un edificio triste y deslucido. El tiempo había convertido la antigua decoración en manchas y desconchados, y los regios ventanales padecían contraventanas de bloque suburbial de pisos. La anchura que hoy ocupa la plaza era entonces, claro, un descampado que los vecinos aprovechaban para aparcar, y entre turismos y furgonetas, un feriante había engastado un tiovivo y otro una churrería. El rojo chillón con el que estaban pintados era lo que le daba carácter al lugar. Si pasé de niño por la zona, seguro que estiré del brazo a mi madre para que me permitiera subir al camión de bomberos, mi circulante favorito en el carrusel.

         La masía de Can Basté es ahora un centro cívico municipal. Tiene dos salas de exposición, una ocupa la espaciosa nave del subsuelo y la otra, la buhardilla. Ambas se dedican a la fotografía. Hay también un laboratorio y un aula donde se imparten cursillos. De vez en cuando me paso por Can Basté para ver las exposiciones, voy en metro, me bajo en Virrey Amat, y regreso caminando por la calle Amílcar. Hace unos días recuerdo haber subrayado en un ensayo sobre fotografía de Enrique Lista una frase que quiero mencionar ahora sobre «la capacidad de la fotografía… como un cauce para la circulación de significados», es decir, «una excusa argumental para el relato». Sin las fotografías antiguas de Can Basté no podría haber recordado lo que no me detuve a mirar por parecerme entonces obvio, como todo lo cotidiano. Pero también, en las fotografías que veo expuestas en ambas salas, me detengo a construir el relato de una mirada que no ha sido la mía, en absoluto, hasta que mis ojos no encuadran su encuadre. Can Basté, el descampado que se transforma en plaza: un cauce hacia los significados de la ciudad actual, aunque no consigo dejar de preguntarme qué se habrá perdido en la época las restauraciones del relato del deterioro, las ferias y la desmemoria.

13 de abril, miércoles. Meditaciones sobre el reloj de fichar


He de empezar hoy la segunda parte del ensayo que me he propuesto escribir. Ayer surgió un imprevisto que me alejó de la mesa, del teclado y del ordenador donde tenía previsto comenzarla. Escribí algunas notas a mano, en un cuaderno de bolsillo, y ahora las pasaré a limpio. Decidir el día en el que he de iniciar un proyecto me proporciona el espejismo de un horario y de un calendario. No tengo nostalgia por no necesitar cumplirlos en esta época, alejado de las aulas. Pero sí añoro la sensación de haber acabado el tramo laboral del día, o del trimestre, o, qué sé yo, de cualquiera de los múltiples plazos que un trabajo despliega constantemente. Tengo nostalgia del final de la jornada, de la llegada del fin de semana. De anhelar las vacaciones para hacer lo que ahora hago a diario. Por eso empiezo a escribir hoy mi ensayo con ánimo funcionarial: para ganarme luego su asueto. 

[Libro V, Epigrama X]

8 de abril, viernes. El fotógrafo delante de la cámara: Lee Friedlander


1

Resulta común empezar el retrato del fotógrafo norteamericano Lee Friedlander (1934) mencionando la abrumadora dimensión de su obra: la treintena de gruesos volúmenes publicados, las múltiples exposiciones y los miles de imágenes que ha legado desde que empezara a ganarse la vida con una cámara a los catorce años.  La idea que suscita, sin embargo, no es, en absoluto, la de un fotógrafo hiperactivo. La colección completa de sus placas se debe de parecer mucho a la memoria de cualquier persona inquieta por cuanto le rodea. La única diferencia es que los recuerdos de Friedlander se pueden consultar impresos en blanco y negro: «Tiendo a fotografiar —dijo— las cosas que se encuentran frente a mi cámara». Es decir, lo que cualquier persona sencillamente ve, en el acto espontáneo y casual de la mirada. Aunque no es tan sencillo como eso —cualquiera de sus piezas, que parecen casuales, oculta una composición formal de gran complejidad—, la impresión que recibe el visitante de una exposición de Friedlander es que las fotos que ve han mirado el mundo por él.

         Se observa, sin demasiado esfuerzo, la ascendencia que tuvo en su trabajo Saul Leiter, once años mayor, aunque en el mismo proceso saltan a la vista las diferencias. Los mismos juegos de reflejos y de distanciamientos que en Leiter se acendran en imágenes intensamente poéticas, en Friedlander muestran una imaginación decididamente narrativa, que va desde la ironía hasta la crónica, y desde el apunte descriptivo hasta la explosión emocional. Como la obra de un novelista que hubiera partido de la influencia del poeta más puro.

         Tampoco resulta excesiva para el visitante de imágenes el excesivo número de las disparadas por Friedlander por otra razón. Su obsesión por trabajar formando series evita el efecto caótico de la abundancia. Su obra está perfectamente ordenada gracias a sus motivos recurrentes y a la generosidad de planteamientos al tratarlos. Las series que ha desarrollado en el curso de las décadas también son abundantes, desaparecen y resurgen con el paso de las décadas, y entre todas quiero destacar una que, en este momento, despierta especialmente mi curiosidad. Es frecuente que los fotógrafos deslicen, de vez en cuando, un autorretrato. Suelen ser obras maestras por lo alambicado de su composición, donde el objetivo de la cámara suele apuntar hacia sí mismo guiado por la mirada que se está observando sin conseguir verse, porque habitualmente el ojo que apunta queda oculto por el mecanismo que trata de detener el instante. Obras únicas y complejas, el autorretrato fotográfico acostumbra a ser una especie de arrepentimiento de quien ha caído en la tentación: la prohibida propiedad reflexiva de la imagen fotográfica. Regla que sirve para cualquier integrante de la historia de la fotografía, menos para Friedlander, que ha dejado, aquí y allá, multitud de autorretratos. Yo mismo no encontraría ningún problema, por ejemplo, para acompañar una ideal edición de mis Cien autorretratos ilustrada con los suyos. Es más, tendría ampliamente dónde elegir.

         Si el autorretrato clásico de fotógrafo suele serlo de su cámara, en primer plano, y de un yo que tiende más a la ocultación que a la exhibición —al contrario del embeleso en el yo del autorretrato pictórico—, los de Friedlander son una suerte de anti-autorretratos. Desalojados de ensimismamiento y pretensiones conceptuales, igualan sujeto y objeto en un mismo propósito: la narración de la calderilla de lo cotidiano. Una forma de decirse a sí mismo: mira que yo tan impuro soy, no desentono con las legañas del presente cuando se muestra sin haberlo acicalado previamente. De hecho, en algunos autorretratos frente al espejo aparece el fotógrafo con gesto de recién levantado, sin vestir y sin peinar. Igual que la realidad que tratará de reflejar en cuanto salga a la calle con la Leica.

         La primera característica de los autorretratos Lee Friedlander es, ya se ha mencionado, la abundancia. Y en coherencia, la segunda es la armonía con la que aparecen, perfectamente integrados, dentro de las series en las que esté trabajando en cada momento. Es decir, el yo se concibe también como una de las tantísimas «cosas» que están «frente a [la] cámara», y no solo detrás de ella. Para Friedlander, el fotógrafo no es un demiurgo, sino su opuesto, forma parte activa de la espontaneidad y del acaso en el que transcurre lo real. Al concebirse también como materia visible ante su propia cámara, y no solo como sujeto-creador, resulta del todo coherente —y en absoluto un ejercicio narcisista— que aparezca con tanta naturalidad y frecuencia dentro de las imágenes que capta.

         La tercera característica, ligada a la anterior, es, obviamente la variedad de formas en las que se autorretrata. Aparece como sombra, entera o fragmentada; como reflejo, incorporado a lo que retrate al otro lado del cristal; enmascarado; frente a un espejo, con frecuencia desnudo, sin arreglar o encamado; en el fuera de campo de un retrovisor; en primer plano o en una esquina del plano; detrás de una bombilla encendida o al volante de un coche; en fotos familiares y selfis (antes del concepto actual del selfi), solo, con su mujer o con sus hijos, posando o improvisando gestos teatrales; matizado por la sombra de la cámara o sencillamente expuesto frente al objetivo como evidencia de los estragos de la edad.

Es tal la variedad de autorretratos existente que exige al lector de sus fotografías una comprensión menos descriptiva y más esencial. Esta sería la cuarta característica del dispar conjunto. En múltiples autorretratos, como ya se ha apuntado, el yo se incorpora en plano de igualdad —no como creador, sino como personaje— a la narración de la imagen captada, sea mediante sombras, reflejos o figuras. Existe una fotografía que resulta emblemática de esta categoría: «Cañón de Chelly, Arizona», de 1983. Aquel año Friedlander se encontraba fotografiando el desierto y en cierto momento se detiene sobre un rectángulo de arena pedregosa y matorral bajo, encuadra en él su sombra —dibujada con un fuerte contraste por un sol posiblemente avasallador—, sitúa el círculo de su cabeza en el centro de una mata reseca, algunas piedras formando parte de su constitución, y dispara. El resultado sorprende: el paisaje desértico contribuye a perfilar los detalles profundamente irónicos —melena hirsuta y diversos abscesos repartidos por la piel— del yo.

         En otras piezas se observa el proceso inverso, es el yo quien incorpora la narración a un autorretrato de corte clásico. La placa más significativa de esta función quizá sea la titulada «Clínica Cleveland, Cleveland», de 2011, donde aparece en un plano medio el fotógrafo, con setenta y siete años, reincorporándose con dificultad de la posición de acostado en una cama hospitalaria, ojos entrecerrados y cuerpo desnudo, pero ocupado completamente por apósitos, cables de monitorización y electrodos. Una placa donde destaca el indudable protagonismo de un yo, pero no por sí mismo, sino por el padecimiento de la enfermedad.

         Junto a estas dos categorías —como personaje o como protagonista de una narración—, existen otros autorretratos que despiertan en la mirada de quien los contempla una estela poética. Son quizá aquellas placas donde se evoca a Saul Leiter con mayor claridad. Algunas traslucen una voluntad, incluso, metapoética, como la foto «Oregon», de 1997, con el disparador en la mano, la luz frontal y la sombra de la cámara, sobre el trípode, inscrita en el rostro. Aunque el más excelso autorretrato poético que realizó sin duda es «Maria. Las Vegas. Nevada» de 1970. En una habitación, junto a la cama deshecha, consigue fundir en una única imagen tres imágenes diferentes: el potente reflejo de la luz que cuela una ventana cuadrada, el cuerpo desnudo de Maria, su mujer y protagonista de múltiples retratos, y su propia sombra de fotógrafo con la cámara alzada a la altura de los ojos.

         Suele considerarse a Lee Friedlander como un artista innovador. Pero algunas novedades que se le atribuyen las comparte con muchos fotógrafos estadounidenses coetáneos de los años 60, una época cuyo principal propósito era derribar muros en el crecimiento del arte, también del fotográfico. La observación atenta de los autorretratos, sin embargo, ofrece una visión en la que Friedlander muestra una concepción que se adelanta a su tiempo. Este conjunto fue publicado, bajo el título Self Portrait, en 1970, en edición del autor, luego fue ampliado en 1998 y en 2005 se reeditó con el diseño de la primera edición. A diferencia de los autorretratos pictóricos, incluidos los de aquellos artistas que se pintaron a sí mismos en multitud de ocasiones, no se trata de una reunión de obras individuales. Si se toma como ejemplo la cincuentena de autorretratos de Rembrandt o la treintena de Van Gogh, enseguida se concluye que no forman conceptualmente ninguna unidad. Cada obra brilla en su singularidad. Juntas pueden sugerir algún rasgo de la personalidad del artista, pero no una idea artística diferente. Los cientos de autorretratos de Friedlander, sin embargo, no son una recopilación de fotografías dispersas, sino que forman un único conjunto que los articula y cuyo significado común demuestra el empeño de la autoedición de 1970. Forman, para su autor, una serie. Es decir, se presentan como un significado que trasciende las características individuales de cada pieza, cuyo valor lo adquiere por su relación con el conjunto, igual que los episodios transmiten solo fracciones del significado de una serie fílmica.

         Ahora bien, la seriación en un género artístico tan sensible al significado como es el autorretrato (tanto el pictórico como el fotográfico, ambos artísticos, y cabría añadir también el literario) es un rasgo del arte contemporáneo. El gérmen tal vez tenga su origen en Gerhard Richter (1932), cuya serie de 100 Selbstbildnisse fue desarrollada entre septiembre y octubre de 1993, pero solo expuesta y publicada en 2018. Otros artistas más jóvenes, en España, han mostrado un interés similar en épocas recientes, como Fernando Martín Godoy (1975) y su espléndida seriación de autorretratos en «Black Mirror Self-Portaits» (2018-2021), o la serie «Rostros», con sus vertientes gráfica y poética, en la que trabaja el artista Juan Manuel Uría (1976). A toda esta inquietud contemporánea por seriar la imagen de sí mismo del artista le precede la edición pionera de Self Portrait, que reúne los autorretratos de Friedlander disparados durante los años 60.

         La seriación del autorretrato inicia el camino de regreso del yo que anhelaba, en el autorretrato, su auto-comprensión. La seriación indaga el sentido opuesto, el de la incomprensión, la descomposición y, al cabo, el vacío del yo contemporáneo y su mutación en multiplicidad de fragmentos. Esta tal vez sea la innovación visionaria más importante de un fotógrafo estadounidense —nacido en Aberdeen, Washington en 1934— que parecía un cronista y resultó enmascarar un filósofo existencial en la abrumadora cantidad de imágenes de la memoria de sus lectores que les ha restituido. Incluidas también las que paulatinamente descomponen el yo de quien admira las fotografías de Lee Friedlander.

2

Una vez concluido el ensayo-polaroid sobre los autorretratos de Lee Friedlander, de paseo por una céntrica avenida de la ciudad asisto a una escena, por otra parte, harto habitual. Contemplo con indiferencia una pareja de jóvenes sentada en la mesa de una terraza, sonriente más por lo feliz que se ven los dos al estar juntos que por lo que en ese momento se estén contando. La muchacha, en un gesto repentino y casi automático, toma el móvil, estira el brazo, encuadra su jovialidad y dispara. El hecho ofrece una respuesta inmediata cuya pregunta surge diáfana en el pensamiento: ¿Para qué se fotografía uno a sí mismo?

         Recurrir al señuelo de la permanencia parece casi obligado frente a la conciencia de la finitud, y no solo del tiempo de cada cual, sino, y quizá más decisivo, de la felicidad que le toque en suerte. Más que un espejo, la fotografía se convierte así en el espejismo por excelencia. Quizá también en su tortura, ante la imposibilidad tantas veces de reproducir, tiempo después, aquello que se fotografió, sea la lozanía física o el instante prodigioso. Ahora bien, la fotografía, en sí misma, resulta ajena a esta conceptualización como espejismo de la permanencia o como condena de la finitud. Eso es lo que subraya la obsesión por los autorretratos de Friedlander. El error de la respuesta obvia está en que no es tal. La permanencia que ofrece el hecho fotográfico no puede localizarse en el porvenir, ni siquiera como espejo de un pasado. No resulta convincente otorgar a una simple imagen, siempre circunstancial, un valor metafísico.

La respuesta de la fotografía, cuya historia técnica no solo la ha acercado al instante, sino que lo ha superado siendo más rápida que el ojo que la guía, solo se concibe anclada en el presente. ¿Para qué nos fotografiamos? No para salvar el momento, sino para celebrar su existencia. Esta es la respuesta de Friedlander. La función de la imagen fotográfica no es prestigiar un instante (de particular felicidad, por ejemplo) frente a cualquier otro, sino solo mostrar que ocurría. En los múltiples autorretratos donde aparece en un interior doméstico, semidesnudo o con ropas de andar por casa, siempre despeinado, incluso ojeroso, ofrece una respuesta rotunda a la preocupación por la finitud: la esencia de la fotografía no es producir un ente estático ni una trascendencia propensa a la melancolía, sino solo revelar un presente: su intrínseca resistencia a lo que desaparece y la sustancial intrascendencia. Su certificación, en suma, de que cuánto se ha perdido —este sentido aparece conforme el joven fotógrafo se convierte en un fotógrafo maduro y luego, incluso, anciano— es lo que sostiene y da sentido a lo que aún permanece, al contrario de lo que ocurre con la fotografía del momento feliz, cuya obvia desaparición niega todo sentido posterior. La vida que muestra la fotografía en la que Lee Friedlander cree no es un collar de perlas, sino la soga que cada día más deshilada sujeta el ser a la existencia mientras la cámara lo capte.

Y su verdad está en mostrar no lo que fue, sino lo que sigue siendo, tal como es sujetado, en cualquier instante, a ese instante. En ello reside la hermosa parábola del paso del tiempo que siempre emociona leer en las fotografías. En especial en las del fotógrafo que decidió tomarse a sí mismo como escritura.

2 de abril, sábado. Didáctica


A los profesores de antes les encantaba mandar deberes. El peor era, sin duda, aprenderse las conjugaciones. Qué pesadilla. Nada tan aburrido como memorizar el pretérito imperfecto —pero si es imperfecto, por qué narices hay que estudiar cosas defectuosas—, el pretérito pluscuamperfecto —menuda arrogancia la de quien dice de sí que es más que lo máximo—, el condicional —como el preso que sale de la cárcel, qué modelo para adolescentes—, el imperativo —para qué aprender unos modos tan antidemocráticos—. Engrudo insoportable hasta que un día quedamos después de clase para estudiar juntos los verbos y descubrimos el verbo «amar»: amo-amas-amamos. Las formas entraban solas en la memoria (alguna también en los labios). Y nos pusieron, a los dos, un Sobresaliente.

[Libro V, Epigrama IX]

28 de marzo, lunes. Edith Södergran, notas de lectura


1.

El pueblo donde Edith Södergran vivió la mayor parte de su vida (en aquel momento pertenecía a Finlandia; ahora a Rusia), llamado entonces Raivola, estaba en el interior, rodeado de bosques. Junto a un lago. El mar no quedaba lejos. A una hora a pie. Pero el camino era solitario y el mar, cuando se llegaba, era aún más solitario. El Báltico. En aquella época, junto al mar, no había cultivos ni vida. Solo playas de piedras. Edith se sentaba en una y escribía. Hay muchos poemas que muestran detalles del sendero, de las rocas, de la escasa vegetación, de las nubes grises del Norte. Nadie alrededor, solo la escritura. 

2.

Otros días, Edith Södergran se acercaba dando un paseo hasta la orilla del lago, junto al pueblo. Se sentaba entre los árboles y raras veces veía pasar a alguien por el camino. Mientras esperaba —qué, no se sabe—, conversaba con cuanto creciera a su alrededor, serbales jóvenes o flores grandes y luminosas. Y garateaba en su cuaderno: «tengo un solo nombre para todo, y es amor».

3.

En el primer libro de Edith Södergran, publicado a los veinticuatro años, hay un poema titulado «Violetta Skymningar» (Atardeceres violeta), que es el himno feminista más exaltado que conozco. Que no sea en este momento histórico un cántico de la época indica la escasísima divulgación de la poesía. Se abre el poema con un verso que parece obvio, pero que en absoluto lo es: «Llevo en mí los atardeceres violetas de mi origen...». No habla de la condición de mujer, sino de la conciencia de serlo, que es algo diferente. Luego la ensalza desde un punto de vista casi mitológico, pero termina con una hermosa observación: «Solo los rayos del sol condecoran dignamente el dulce cuerpo de una mujer». Una segunda estrofa traza un vilipendio del hombre: «es una mentira». Y la tercera es una invitación a la unión de las mujeres («Bellas hermanas») en su identidad mitológica y revolucionaria. Y concluye, es la frase que tengo subrayada en el libro, con una definición de la nueva hermandad que aún me sobrecoge: «estrellas sin vértigo». 

4.

Abro el libro de Södergran que tengo junto al teclado desde hace unos días, y leo una página al azar. En el primer verso del poema que aparece, «Scherzo», tanteo el tono del poema: «Las estrellas allá arriba inequívocamente claras, mi corazón en la tierra inequívocamente claro». Esta es una de las características de la poeta: recrea los motivos que condujeron a la poesía decimonónica a la más oscura melancolía y los resucita pletóricos de claridad y fuerza significativa. Pregunta al tiempo si se está burlando de ella; el tiempo, «Un peligro para los pies cansados de la bailarina». Pero entonces, aparece el giro genial: «¡Tiempo, muere!» Y a partir de aquí, la renovación absoluta del sombrío simbolismo romántico: «Toda estrella me besa en la boca: ¡quédate conmigo!».

 5.

Leo el poema «La canción de la nube», de Edith Södergran. El primer verso me sitúa sin preámbulos en su ámbito simbólico: «Arriba en las nubes vive todo lo que necesito». De repente, descubro que hoy este verso puede ser leído perfectamente en un sentido literal, dilapidado por la lengua de la época todo su valor simbólico. La metáfora de la nube, que tiene raíces populares (ese fantástico «estar en las nubes»), y un extenso viaje literario, desde la antigua poesía de la India hasta hoy, que no ha extinguido aún su impulso poético, me doy cuenta de que ha sido robada por el lenguaje de la robótica. Ahora están en la nube los archivos informáticos guardados por las empresas del ramo en grandes computadoras instaladas en desiertos, donde el precio del terreno resulta ínfimo. Y la nube significa antes esa instalación que el lugar de encuentro de los solitarios. Como «ventana», y no solo tantas palabras que la informática se ha quedado impunemente, sino que la idea misma de nombrar metafóricamente ahora es suya.

6.

Leí la Poesía Completa de Edith Södergran con lentitud. Empecé el libro el día 5 de noviembre de 2018 y lo acabé el 30 de junio de 2019. Doscientos veintiún días, tal vez. Doscientos veintiuno es el número de sus poemas. Cada día leía uno. Pensaba sobre él. Y luego escribía un aforismo, no directamente relacionado con el poema, sino vinculado a alguna sensación o palabra de sus versos. El aforismo era como una carta que escribiera a la autora cada día, y el poema era como una carta que recibiera desde Finlandia a diario. Nunca había tardado tanto en la lectura de un libro. Casi un año. Pero al terminar, lamenté que el volumen solo tuviera doscientos veintiún poemas. Podría haber seguido leyendo uno al día durante un tiempo indefinido. Antes que una lectura, fue una convivencia con Södergran. 

7.

Aquel año, en el curso de Literatura Universal, tuve como alumno a un joven finés. Había venido aquí de niño y hablaba un español perfecto, pero felizmente no había perdido su lengua familiar. Terminaba las tareas antes y mejor que el resto de los alumnos, y un día que ya había acabado la suya me senté junto a él, frente al ordenador donde trabajaba y le pregunté por Finlandia. Su familia era del norte del país. Un desierto de hielo la mayor parte del año. En Google me mostró, emocionado, la casa de su abuela. Y también la casa de su tío, junto a una granja de renos. Otro día le pregunté si conocía a Edith Södergran. Tenía algunas noticias, pero muy vagas. Le conté algunos datos que conocía y fuimos a ver en las aplicaciones de Google el pueblo donde vivió, Raivola. Mi alumno me impartió, a partir de ese lugar, una breve lección de historia finlandesa. Entonces le pregunté si podíamos traducir alguno de sus poemas. Y al poco descargó uno en finés. Södergran era finlandesa, pero escribía en sueco, no obstante, encontró sus poemas en finés. Todavía no he podido deshacer el lío lingüístico de la zona. Cuando empezó a traducirlo, el texto me pareció muy familiar desde el principio. Comentábamos el significado de las palabras y decidíamos las posibilidades de una mejor traducción. Fue un ejercicio interesante. Y poco a poco vi aparecer en español el poema que había leído la víspera. Entre los doscientos veintiún poemas, el que traducíamos era el que acababa de leer la tarde anterior. La coincidencia me produjo un escalofrío. La vida a veces juega con sus reos al escondite.

21 de marzo, lunes. De las estaciones

Hoy el calendario dice que empieza la primavera. En el termómetro, todavía no; aunque la efeméride le proporciona al día un toque de optimismo. Es curioso que la misma palabra sirva para las épocas climáticas del año y para las paradas del tren. Ambas deben de ser, creo, lugares de paso. Los trenes llegan y parten. El tiempo hace lo mismo, se acerca una fecha y sin darse uno cuenta ya se ha ido a la siguiente. Cualquier tránsito entre un lugar y otro tiene un inicio y un final. El frío y el vacío del invierno terminan con el florecimiento primaveral. Recuerdo que antes había personas, generalmente ancianos o niños pequeños, acompañados, que a diario acudían a la estación solo para ver pasar los trenes, sin tomarlos nunca. Es una costumbre que socialmente se miraba con indiferencia, posiblemente por su carácter improductivo. Todo lo que no desemboca en la economía parece no existir. Cada vez encuentro más interesante esta actitud: vivir el tiempo como si no estuviera obligado a subirme a sus vagones fugaces. 

[Libro V, Epigrama VIII]

13 de marzo, domingo. Testarudez del anticuado

Las llamadas de teléfono fueron el signo del siglo XX. Una época que había visto cómo la comunicación a distancia pasó de ser una utopía a un privilegio, y de un privilegio a una necesidad; y de algo necesario a una trivialidad. Ahora, los jóvenes del siglo XXI, que guardan un teléfono en el bolsillo desde niños, no lo usan para hablar. Prefieren la escritura —sobre todo la pictográfica, la de la prehistoria—. El teléfono es un dispositivo mudo que es capaz de decirlo todo. Se ha convertido en identidad: certifica la vacunación, se paga con él, se sube uno a aviones y a trenes y pronto validará quién es quién, sin necesidad de más tarjetas, ni carnets, ni objetos reales. Lo veo venir, sin embargo, mantengo mi teléfono móvil sin ninguna aplicación, aunque sepa que es como leer un libro con las páginas en blanco. O peor, una identidad sin contenido.

[Libro V, Epigrama VII]

7 de marzo, lunes. Plaza del Monasterio

En el refectorio del convento de las clarisas las paredes piden por activa (Silentium) y por pasiva (Audi tacens —escucha lo que calla—) aquello que la plaza ofrece como si la ciudad, a su lado, no existiera todavía. Un mosaico decimonónico en el arco de entrada al recinto lo anuncia: «Caserío de Pedralbes». Su planta cuadrangular hasta parece que se mantenga a propósito alejada del Monasterio, que establece su propio vacío alrededor: una escalinata monumental que salva el desnivel de la ladera, su amplitud, una rústica calleja ahora ya deshabitada. La plaza solo muestra lo que la ensimisma: siete cipreses, algunos bancos de piedra y un dadivoso almez que, en los días soleados de invierno, cuando ha perdido el tupido manto verde que nacerá en primavera, dibuja sombras fractales sobre los parterres de hierba con problemas de calvicie y sobre la arena de lugar antiguo.

Como de otra época es igualmente el leve abandono, la soledad propicia, una impresión que reconoce solo el presente, aquel «Fin del sueño: / Plaza sin caballo» —indemne al futuro y desentendida del pasado— que acertaban a señalar dos versos de Rafael Pérez Estrada. También fue el poeta malagueño habitante de esta plaza en diversas ocasiones. Alguna diurna, para visitar la iglesia y, en el extremo de la nave, la humilde ventanilla que conectaba con la clausura; pero la mayoría nocturnas. En sus múltiples visitas a la ciudad, cuando tras la cena la insistencia de luces y algarabías le desazonaba con su desmesura de tiempo inexistente, me pedía que fuéramos a la plaza de las monjitas, donde la noche recobra su corporeidad de presente, sin importarle de dónde procede o hacia dónde conduce. En la plaza, cinceladas sobre los muros de piedra del silencio, las palabras reposan sobre la certeza de sus significados.

Cuando camino por el empedrado de la calzada compruebo que es el único espacio de la ciudad cuya piel no he visto mudar. Se mantiene idéntica a como era hace décadas, cuando por alborotados que llegáramos, muchachos que venían huyendo de la escuela, lo solitario del paraje nos sosegaba de inmediato. Es posible que subiéramos y bajáramos un par de veces las escaleras, persiguiéndonos y acaso dando algún grito. Por desfogarnos. Pero pronto el silencio nos vencía y, sentados alrededor de las carteras amontonadas en el suelo, nos adentrábamos en el sinuoso juego de las confidencias. Quizá ahora sea también igual a como era siglos atrás. No parece que la plaza sea un espejo de semblantes, sino de la conciencia. En su contemplación no se progresa ni se envejece. Uno percibe solo lo que permanece de sí mismo desde la adolescencia. Breve revelación.

2 de marzo, miércoles. Cuaderno a rayas

Recorro la ciudad antigua con un amigo que la visita. Hago lo que hace tiempo que no hacía: contemplarla. Entramos en iglesias, atravesamos calles y plazas, nos detenemos ante edificios con alguna gracia, pero sin exceso de fama. Lo que encuentro, sobre todo, son vallas. De obras, de prohibición de acceso, publicitarias, en las plazas, en las iglesias (que ahora, descubro, son de pago), no sé, vallas por todas partes. Incluso nos acodamos en alguna para ver de lejos lo que veníamos a comprender de cerca. Las vallas me recuerdan las líneas en los viejos cuadernos de ortografía: también estaba prohibido saltárselas. La ciudad, cada vez más, parece la caligrafía de un médico, entre barrotes. 

[Libro V, Epigrama VI]

[25 de febrero, viernes]. ¿En público o en privado?

Leo un libro de Michel Tournier titulado el Espejo de las ideas, que se publicó en 1994, cuando su autor cumplió los setenta años. No es un dato trivial. Hay encomiable capacidad de síntesis o, lo que es lo mismo, una disposición a prescindir de conocimientos inútiles. Un libro escrito solo con la memoria personal, sin abrir demasiados libros o, mejor, solo por las páginas que se recuerdan con agrado.

         La idea que organiza el libro es muy simple y se materializa en un mínimo tratado de ideas enfrentadas. «El hombre y la mujer» es el primer capítulo. «El amo y el criado» o «La sal y el azúcar» andan por en medio. «El ser y la nada», el cierre. Una vez acabado el libro, el lector continúa unos días con esta dinámica, aunque casi todas las dicotomías que se le ocurren ya las ha tratado Tournier de una manera explícita o implícita. Persevero hasta que encuentro un antagonismo propio: «Público y privado». Me llama la atención que, entre las cincuenta y cuatro parejas de conceptos encarados, no se le hubiera ocurrido tratar estos. Me lo deja a mí, lo compruebo y se lo agradezco.

         En la concepción de lo público existe un galimatías de significados que implican a su vez nuevas oposiciones, al que conviene poner algún orden. En síntesis, se pueden considerar dos dimensiones del término. En su forma externa, público es o bien una manera de transporte, lo que inmediatamente implica una nueva dicotomía entre lo colectivo y lo individual; o bien, más genérico, un mecanismo para sufragar actividades sociales, así en el concepto servicios públicos sobrevuela otra oposición entre impuestos y patrimonio personal. Esta dimensión de lo público que se orienta hacia la sociedad colectiva o hacia la sociedad de individuos posee un interés que no ha conseguido caducar pese a la infinidad de debates (económicos, políticos, filosóficos) que le preceden. De hecho, continúa siendo la auténtica oposición de fondo en la sociedad del presente.

         Una segunda magnitud de lo público cabría identificarla en las esferas de la intimidad, es decir, allí donde se permite un acceso a los demás o se les niega. Lo privado es susceptible de diversas gradaciones: yo-pareja-familia-amigos-conocidos. A partir de este punto, el resto que accede a una biografía lo hace de manera pública. Hay públicos que forman conjuntos concretos, como los profesionales (por ejemplo, el alumnado de una clase), y otros, difusos, a los que puede pertenecer cualquiera que asista o se conecte. Esta es una escala que ha permanecido durante décadas estable. Lo privado convertido en público formaba parte de un código, porque el comercio con la intimidad poseía denominaciones peyorativas concretas para cada caso. De ahí que, a diferencia de la dimensión externa de la oposición público-privado, la íntima carecía de interés hasta hace bien poco. Pero la irrupción de las redes sociales —Facebook (2004), Twitter (2006), Instagram (2010), Onlyfans (2016), Tik Tok (2016)— ha transformado radicalmente la oposición, anulándola. En el ámbito digital lo privado ha dejado de ser un concepto admitido. Toda biografía (la personal, de pareja, familiar, amistosa) es, por sí misma, pública. Lo privado parece relegado a una opción militante y negacionista de la época.

         Pero no escribo, como hacía Tournier, un ensayo divulgativo, sino un diario. Y este recorrido que he realizado desde su lectura, pasando por la sociología impresionista, ha de tener como fin cuestionarme la razón por las que escribo estas páginas privadas con la finalidad de que algún día sean públicas. Me pongo a ello.

         Los géneros literarios memorísticos nunca se han contado entre los que comercian con la intimidad. Tengo la impresión de que se agrupan entre aquellos con público profesional, en los que una intimidad diluida forma parte de la dinámica ordinaria. Pondré un ejemplo: si durante una clase el profesorado menciona alguna anécdota personal, o responde en ocasiones a las inquietudes del alumnado («¿Tiene hijos, profe?»), esas desviaciones de lo privado hacia lo público contribuyen a establecer vínculos entre personas que comparten una esfera. Algo así ocurre también con los lectores, con quienes el escritor de memorias o de diarios comparte una intimidad moldeada por la escritura que raras veces trasciende las fronteras del hecho lector, creando así una esfera allí donde no existe, entre dos desconocidos, el autor y el lector, que, de repente, dejan de serlo en el ámbito simbólico.

         Aun así, no deja de intrigarme el hecho de que nunca hubiera querido escribir un diario convencional, cronológico, y ahora ande ya por su segundo volumen, este, una vez publicado el primero. La justificación de Dedos de leñador (días de 2019), y realmente el motor de su escritura, fue el hecho de verme en mi último curso completo como profesor y ser consciente de que jamás había escrito sobre este asunto. Aun ahí aparece una sombra de duda: ¿y por qué creía necesario hablar de ello?

         También lo público y lo privado constituyen un paradigma literario. Y especialmente en la poesía. El término implícito en este género, la lírica, contiene una oposición como significado. Según el diccionario de la RAE, lírico es el «Género literario, generalmente en verso, que trata de comunicar mediante el ritmo e imágenes los sentimientos o emociones íntimas del autor». Comunicar (en concreto: recitar o publicar) e intimidades son evidentes opuestos.

         Las vanguardias literarias, en especial aquellas que ahondaron en las cualidades existenciales del ser humano, como los heterónimos de Fernando Pessoa, los apócrifos de Antonio Machado o los correlatos objetivos de T. S. Eliot, desvincularon el yo del ámbito íntimo del poeta. Cuando Pessoa escribe «pero, si pedí amor, ¿por qué me trajeron / callos a la manera de Oporto fríos?» y atribuye estos versos a Álvaro de Campos, lo que hace es desplazar un fracaso amoroso desde su propia intimidad a la del poema, cuyo vínculo lírico se establece ahora el nombre del heterónimo, es decir, con un ente literario. La intimidad de la poesía del siglo XX, a diferencia del Romanticismo decimonónico, reside dentro de las fronteras textuales de la obra.

         Con esta concepción literaria he escrito todos los libros que he publicado. También la mayoría de libros que he leído. Ante cualquier dato personal que descubra entre los versos, no se me ocurre darle valor en relación al poeta, sino exclusivamente en relación a la subjetividad creada por el texto.

         Han pasado cien años desde entonces. Y hasta yo mismo, fiel intérprete de la subjetividad impostada, empiezo a dudar de su validez. De hecho, de eso exactamente se trata: de dar validez a lo leído. En el sistema inaugurado por las vanguardias existencialistas la autenticidad de la experiencia lírica no procedía de su vínculo con un yo biográfico, como había ocurrido en el Romanticismo, sino con un yo literario, sea Álvaro de Campos, un correlato objetivo, o la subjetividad autónoma presente en cualquier buen poema. Un siglo —con frecuencia basta un par de décadas— es tiempo suficiente para erosionar una idea literaria. Tengo la impresión de que los lectores han empezado a descreer de la propia escritura como autentificadora de valores literarios. O dicho de otra manera, han vuelto a creer en la existencia de un yo biográfico que dé valor a lo escrito. Nunca más regresará el yo Romántico, por más que se le añore, pero ha vuelto sin duda a la literatura, también a la poesía, su funcionalidad. Un yo testimonial, pero solo en función externa, de notario, que el lector exige (y acaso también el autor necesite) para (paradójicamente) certificar el valor literario de lo que lee.

         Desacreditadas las ideas estéticas, devaluados los movimientos, decepcionados receptores y emisores de la intimidad imaginaria, surge la necesidad de establecer nuevos parámetros de lo que es y no es arte literario. La punta del iceberg de esta nueva modulación se encuentra en el auge de la escritura hiperbiográfica, en ocasiones denominada autoficción, que conquista con tanta facilidad a los lectores de novelas y da alas a los nuevos poetas. No es más que un síntoma de la efervescencia que late en lo más profundo de la literatura, la liquidación de valores y la ausencia de recambios. De modo que, mientras tanto, regresa una suerte de pararromanticismo que sume la literatura contemporánea en la más honda —y atroz— de las paradojas: solo la biografía real de un autor es capaz de dar autenticidad a su imaginación.

         Como estoy escribiendo un diario, no un ensayo, la deriva a la que me ha conducido la reflexión a partir del libro de Tournier, en realidad, no importa demasiado. Aunque creo que me ha servido para comprender por qué escribo este libro. Yo mismo, tras cuatro décadas de escritura constante, me he visto obligado a escribir bajo la subjetividad de mi propio yo biográfico —las páginas de este libro son su ejemplo— para que la prosa que hacía tuviera un significado para mí. Porque escribir ahora mismo una novela con su intimidad elucubrada en la propia mecánica de la escritura es lo que menos me apetece hacer. Incluso menos que volver a dar clase. Cómo será de profunda la mudanza de hábitos literarios que no me ha importado ir en contra de lo que había pensado y defendido desde siempre.

         Michel Tournier acaba cada una de sus oposiciones con una cita. Espléndidas, la mayoría. Me he puesto las pilas y he encontrado una adecuada a mis reflexiones tournerianas: «No hay vida privada que no esté condicionada por el contexto más amplio de una vida pública», George Eliot. Tenía otra para elegir, que me gustaba más porque acaba donde me había llevado a mí la reflexión, en la desaparición de la incompatibilidad entre lo privado y lo público: «Sé muy bien que en la infancia de cada persona hubo un jardín, / particular o público, o del vecino. / Sé muy bien que jugar era su dueño. / Y que la tristeza lo es de hoy», Álvaro de Campos. Me doy cuenta, sin embargo, de que el curso de los pensamientos me ha conducido a un lugar que no está en la cita de Eliot ni en la de Pessoa, porque la oposición se ha transformado en «Yo y el otro», y su única cita válida sigue siendo la que escribió en una carta un adolescente visionario: «Je est un autre», Arthur Rimbaud.

[Clarín nº 157. Enero-febrero, 2022]

17 de febrero, jueves. Disconformidades


Existe un misterio en la desnudez. Creo que tiene que ver con las pérdidas, aquel efecto de las glaciaciones que tuvieron que padecer los primeros sapiens tras su salida de África. Somos el único ser para el que existe la desnudez. Hay algunos dueños de perros que, en invierno, les ponen chalecos y bufandas, y crean una imagen paródica de su animal. La desnudez evoca una época idílica, africana, de convivencia con la naturaleza. Así somos los humanos, hermosos y débiles. El vestido trajo a la mente del sapiens un concepto diferente de la naturaleza: lo que debe ser dominado. Primero las pieles, luego el fuego, más tarde las verduras y también algunos animales. El agua. En esto sigue embarcada nuestra especie. En dominar. La luna, Marte, las estrellas. Solo cuando estamos desnudos aparece otro significado en lo que nos rodea. El que favorece los abrazos. El regreso de la dominación a la entrega.

[Libro V, Epigrama V]