Porque
esta noche
me
he visto yo como si me miraras.
Hilda Hilst
Ya
no existe el Niño Rico. Me temo que la frase de inicio que acabo de anotar no
sea cierta. Tenía cuatro años menos que yo, y si estoy aún vivo, es plausible
pensar que él también lo esté. Aunque, claro, en otro continente, al otro lado
del planeta. En verano, tomando el sol en la playa o comiéndose un helado como
aquellos que mamá a escondidas le compraba. Mientras aquí, si levanto la vista
veo colgados pelliza, bufanda y gorro por si quiero salir a la calle. Nunca me
acostumbro, aunque en este clima hayan nacido mis antepasados, a que en agosto
tengo que morirme de frío. Será quizá porque nací allá. Y solo pisé este país
cuando cumplidos los dieciocho vine a conocer a los abuelos maternos y ya me
quedé para siempre. Me acogió la única familia que reconozco, aunque si mamá ha
dicho la verdad, a Europa ya viajó embarazada de mí, aunque nadie lo supiera,
ni siquiera ella, porque el acontecimiento había ocurrido en la despedida. Así
que en esta pequeña ciudad del interior tengo un padre fantasma, que nunca he
conseguido saber quién es. Mamá se llevó el secreto al otro mundo.
De joven me torturaba tratar con
varones de la edad de mi madre. Cualquiera podía ser el padre desconocido.
Buscaba parecidos, escudriñaba signos y sobre todo interrogaba a cualquier
conocido sobre quién pudo ser el novio. «Tu mamá era una niña cuando se fue, no
le dio tiempo a intimar con nadie, si no, se hubiera quedado aquí». Esta fue la
respuesta que he hallado en todas mis indagaciones. Aunque no sé por qué le doy
relieve a este aspecto, en el fondo nunca me ha importado lo más mínimo no
tener padre. Menudo descanso ha sido. Si lo buscaba entonces era por vincularme
a otra familia, la que me faltaba, otros abuelos, tíos, primos… esa red que en
este país es tan importante. La que descubrí aquí cuando llegué y me salvó la
vida.
Hasta
que vine, mi única familia había sido mi madre, pero yo no era la única persona
que cuidaba como a un hijo. Creo que esta asimetría fue la que me forzó a huir
en cuanto tuve edad para desaparecer. No he comprendido nunca a mamá. La
obedecí, la quise, a regañadientes la adoraba. A los cuatro años pasé a tener
un hermanito que jamás fue mi hermano. El Niño Rico. Contrataron a mi madre,
aceptando que viviera conmigo, como interna en una casa bien para cuidar un
recién nacido, al que querían mucho un ratito cada día para darle las buenas
noches, pero cuidarlo, mejor que lo criara otra persona. En este caso dos, mi
madre y yo. Desde que nació, los tres vivimos en una misma burbuja dentro de
una casa que tenía otros dueños. Cuando fue creciendo, el renacuajo y yo
jugamos juntos, me llevaron al mismo colegio para que lo vigilara durante el
día y en julio, el de allá, para pasar el verano viajábamos los tres solos, en
tren, a la casa con piscina de los abuelos del Niño Rico, también ricos.
Cada
año hacíamos dos viajes, el de ida y el de vuelta. Al bajar del tren, en un
apeadero solitario en mitad de la montaña, nos esperaba el chófer y aún
recorríamos unos cuantos kilómetros antes de llegar. De todos aquellos viajes
conservo en la memoria solo uno, pero no uno concreto que ocurriera, sino el
que reúne los recuerdos de todos, las diversas anécdotas de cada año, sumadas y
articuladas en un solo viaje. A veces soy mayor, incluso estudiante de
bachillerato, en otras un crío de primaria, sin que eso importe. El tiempo ha
compactado lo que fue ocurriendo durante casi dos décadas en un mismo traslado
a la costa. Conversaciones que recuerdo bien, pequeños acontecimientos de la
travesía, qué se yo, pensamientos que recorrieron mi cabeza, anécdotas que oí
contar a otros viajeros, paisajes que encuadraban las ventanillas e iban
cambiando con el paso de los años, las idas o las vueltas, todo ello, en mi
imaginación, ocurrió en un único viaje que recorre toda mi infancia y
adolescencia.
Yo
era cuatro años mayor que mi falso hermano. Si, por ejemplo, había cumplido
catorce años, él tenía diez, pero la vida, como si fuera el director de una
gran orquesta sinfónica, la dirigía el Niño Rico desde el podio, con una batuta
en la mano y extendida en el atril la partitura de su antojo. Así que a mí me
tocaba cumplir años hacia atrás. Vivía una segunda vez la edad que ya había
vivido. Mi madre requiere, quizá, otra metáfora. Ella era como un titiritero.
En sus dedos estaban prendidos los hilos invisibles que nos movían a él y a mí.
Esto lo sé ahora, entonces consideraba, como mucho, que era el primer violín de
la orquesta, el que se levanta a saludar junto al director, que siempre era el
Niño Rico.
Lo llamo así, porque era como en secreto nos referíamos a él mamá y yo, pero tenía nombre, Leopoldo, como su padre y como su abuelo. Leo para nosotros. «Leo, ¿a qué jugamos?». Su favorito era el veo-veo. «Veo veo, ¿qué ves? Una cosita, ¿Y de qué color es? ¡Amarilla!». Entre susurros, al oído, le decía a mamá: «Por favor…», y ella me devolvía una mirada inquisitiva, sin matices, y ya estaba yo, con quince años, buscando en el tren alguna chuminada de color amarillo para contentar al mocoso. Luego quería ir al bar del tren porque había visto unas bolsitas de snacks que le gustaban. Mi madre le decía que sí, que enseguida le acompañaba, pero que estaba muy cansada por el viaje y tenía que descansar unos minutos. «¿Cuántos?», preguntaba. «Tres», respondía mamá. «Tú –tú siempre era yo–, cronometra». «¿Una partida, más?», insistía yo tras el inapelable codazo de mamá. Así toreábamos entre los dos sus inoportunos antojos. Todas aquellas miradas y aquellas órdenes se me fueron quedando dentro, atravesadas. Una excusa me sirvió para regresar al lugar de donde había salido como unas pocas células, fruto de una improvisada despedida, y nunca más quise volver al país del Niño Rico, aunque ya también lo fuera de mamá, que allá lejos se quedó para siempre, sin que le ofreciera nunca la oportunidad para que me legara el recuerdo de una mirada diferente, más cariñosa y menos inquisitiva, con la que también ahora pudiera mirarme a mí mismo.
[Cuaderno de ficciones, página 46]

