15 de septiembre de 1913, lunes | Franz Kafka en Venecia



El nombre de Venecia, repetido por los viajeros exaltados, llega a mis oídos desde proa como el eco de un orante. Bendición que no puedo rezar yo, retorcido encima de una caja de madera, por no tirarme al sucio suelo, mientras trato de ocupar en la realidad el menor volumen posible. La cabeza entre las piernas y los brazos por encima, porque erguido mi cuerpo gira a la velocidad de una peonza que hubiera lanzado la estatua de un prócer hecha carne. Sé que el barco de vapor donde navego desde Trieste se acerca a la ciudad con la parsimonia de dos cuerpos que aspiran a un coito matrimonial. Es lo que me hace pensar en Felice, ahora, y en la celebración de una ceremonia que me produce idéntico vértigo al que padezco por el incesante balanceo de la galerna. Solo consigo desenredar los pensamientos sobre mi mareo y sobre Felice, como si uno fuera causante del otro. Escucho el Shemá profano de los asombrados viajeros entre el chapoteo del oleaje contra el casco sin lograr ni siquiera acercarme hasta el ventanuco redondo para contemplar también yo el prodigio que he venido a ver.

         Justo en el momento de virar ante la Punta Sabbioni, tal como había previsto que hiciera la ruta que había trazado en un pequeño mapa del norte de Italia, adquirido en Trieste, de repente se desata sobre el barco y sobre Venecia un aguacero. Los viajeros regresan apresurados a cubierta y se refugian a mi alrededor, dándome algunas patadas en su pretensión de pegar las narices a un cristal manchado de sal y convertirse de nuevo en orantes. Solo lo que oigo de sus labios con exclamaciones — ¡Giudecca!, ¡Gran Canal!, ¡cúpula de San Marcos!— es lo único que veo. Por sus voces sé que el vaporetto Carmen, se llama como una novia que no es mi novia, se acerca al dique. El hotel no está lejos, lo sé, hay que caminar un centenar de metros por un paseo junto al canal, al que los venecianos, con un discernimiento que mi estado tambaleante duda en reconocer, llaman «Fondamenta», igual que los filósofos a sus creencias.   

         El Sandwirth es un hotel de estilo oriental. Cuando lo distingo en la distancia, bajo el paraguas que sostiene un mozo a mi lado, mientras otro detrás carga con la maleta, empapándose, se lo indico, casi en italiano: «Per raggiungere questo hotel è necessario arrivare in carovana di cammelli». Ni un mozo ni el otro, sin embargo, se inmutan. Será por el chaparrón que está cayendo, así que me concentro en mí mismo. Las piernas, aún bamboleantes, no están seguras de sostener ni siquiera el nimio peso de mi cuerpo cuando, por entretenerme con las vistas, no advierto el charco en el que naufraga mi zapato derecho e, inmediatamente, el izquierdo. En un instante el agua rodea mis tobillos, como una bufanda afianzada al cuello en día de ventisca, y traza un círculo perfecto, pero de súbito helor.

         Acabo de escribir, en una habitación trasera del Sandwirth, una tarjeta postal a Felice.  La he comprado en la recepción y me ha servido a mí también para obtener así al menos una imagen de Venecia. Solo he sabido escribirle que no cesa de diluviar, como si la inmediatez me rescatara de los debates que azotan mi interior. La carta que he de enviar a su padre desde hace semanas; la carta que me da vueltas en la cabeza, más que mi mareo, sin que me atreva a convertirla en palabras. No concibo que dar el paso que nos reúna en un único destino suponga que me separe yo del mío. Que no otra tragedia será renegar del sentido que orienta mi vida, la escritura, renunciando a los hábitos que lo sostienen. Pero no consigo pensar claro tampoco ahora. Mañana, si logro dormir esta noche, le escribiré a Felice lo que hoy no sé ni pensar.

         El temporal continúa cuando decido emprender mi primer paseo por Venecia. La precipitación no se detiene. Me sitúo junto al botones, en la puerta, y practico mi pobre italiano: «Nessuno mi aveva detto che a Venezia piove». Sonríe y, pensando quizá en la posible propina, se arriesga con un dato sentimental: «Oggi, tanto quanto a Berlino». Pero ha fallado en el tiro. En Berlín solo está Felice, a quien la lluvia me había hecho olvidar por un instante. Y de repente regresa en la voz del botones y me roba la posibilidad de continuar el diálogo. Me giro hacia la Fondamenta vacía, me cubro con la capa y empiezo a andar en dirección a la plaza de San Marcos. La lluvia repiquetea en las baldosas a mi paso. Después de caminar un buen rato sin cruzarme con nadie, veo a un comerciante, con el delantal abrochado a la prominente cintura, bajo la marquesina de su establecimiento, tan sin clientes como el paseo. Desde lejos le pregunto: «¿Piazza San Marco?». Y de inmediato levanta un brazo en la dirección opuesta a la que avanzo.

         Nada más alcanzar los soportales del Café Florián me quito la capa, que chorrea agua como lo haría un arroyo de montaña. La sacudo y la doblo. Entro. El camarero me señala desde la otra punta una mesa para dos en una esquina de la sala. Ocupo la silla destinada a Felice con mi capa y mi sombrero, completamente calados. En la otra, me siento. Observo alrededor penosas pinturas ricamente enmarcadas, espejos enormes, molduras al gusto del siglo pasado pintadas en dorados. En un café de estación ferroviaria me sentiría más a gusto, sin duda. Se acerca el camarero y parece no tener mucho trabajo, porque consigo de su paciencia que avance mi práctica del italiano más que con todos los botones del Sandwirth juntos. Cuando se da la vuelta para ir en busca del servicio que he encargado se instaura en mi mente el primer instante de sosiego en Venecia. Que al momento siguiente se estrella contra el suelo igual que haría una copa de vino rozada con el codo sin querer al levantarse.

         Sin que lo advierta se ha acercado desde una mesa vecina, arrastrando su propia silla con una mano y su taza humeante en la otra, un desconocido. Me pide permiso para sentarse a mi mesa en alemán y sin que me dé tiempo a rechazar su oferta, se sienta. Se presenta formalmente como ritter von Pflügler, Ingeniero de Construcciones de Siemens & Halske. Me tiende la mano. Respondo por inercia: «Franz Kafka, Administrador de Seguros». «Su alemán —me replica de inmediato— me evoca el este». «Praga». «Claro, qué cabeza tengo», y utiliza el sustantivo birne en lugar de kopf, como haría cualquier mozo de cuerdas berlinés. «¿De turismo?», le pregunto no sé por qué, pues lo que en este momento deseo es que desaparezca de inmediato y me deje a solas con la ausencia de Felice. «En absoluto, querido amigo, estoy aquí en Venecia para desempeñar una misión altamente secreta».

         Que tampoco se esmera demasiado en ocultar. El caballero Pflügler me cuenta, sin que yo ni siquiera se lo haya sugerido, que le ha enviado su empresa a la ciudad para preparar un proyecto innovador. «Ya sabe, queridísimo amigo —la confraternización resulta fácil con Pflügler—, que Siemens & Halske hace treinta años puso en pie la primera línea comercial de tranvías en el mundo, —y puntualiza— capital Berlín». «Claro», afirmo desde mi ignorancia absoluta sobre la historia de los tranvías. Mi asentimiento, sin embargo, resulta una llave certera para adentrarse más a fondo en la materia reservada de su presencia en Italia. «Siemens & Halske se propone construir un servicio completo de tranvías para Venecia». Según me cuenta, sus planes son para una primera línea, que recorrerá el Gran Canal por ambos márgenes y conectará con una segunda línea que realizará un trayecto perimetral a toda la isla, más una tercera línea que conectará con el continente por San Giuliano. Los convoyes discurrirán —continúa la efervescencia de sus explicaciones— sobre una plataforma cuya estructura metálica se fijará en el fondo del canal mediante los mismos pilotes de madera de roble hincados en la arcilla que sostienen todas las construcciones de Venecia. «Si un palacio barroco se mantiene en pie, ¿no lo hará el paso fugaz de un tranvía?».

         Mareado, ahora no por la galerna, sino por el torrente de confidencias técnicas del caballero Pflügler, y casi sin probar la consumición que había pedido, me levanto como puedo, pese a sus protestas, saludo y abandono el Florián. San Marcos se mantiene tan enorme como desangelado bajo el azote incansable de la lluvia. Avanzo pegado a las paredes hasta que consigo llegar al Sandwirth. Y al fin obtengo, como premio al ajetreo de este día, el silencio de la habitación que acompasa el ya tenue repiqueteo de las gotas en la ventana. Tomo asiento frente a una cuartilla. Retiro el capuchón, con la vaga intención de escribir a Felice la carta prometida, sin embargo, la tinta de la pluma abre los ojos, como quien se despierta de un sueño alterado, y reconoce como suyos la cama, la mesa, las ropas en el respaldo de la silla y el álbum de postales ilustradas de Venecia, pero en absoluto las súbitas rarezas de su cuerpo, «echado sobre el duro caparazón de su espalda». 

Foto de Jordi Canals