El
nombre de Venecia, repetido por los viajeros exaltados, llega a mis oídos desde
proa como el eco de un orante. Bendición que no puedo rezar yo, retorcido encima
de una caja de madera, por no tirarme al sucio suelo, mientras trato de ocupar
en la realidad el menor volumen posible. La cabeza entre las piernas y los
brazos por encima, porque erguido mi cuerpo gira a la velocidad de una peonza
que hubiera lanzado la estatua de un prócer hecha carne. Sé que el barco de
vapor donde navego desde Trieste se acerca a la ciudad con la parsimonia de dos
cuerpos que aspiran a un coito matrimonial. Es lo que me hace pensar en Felice,
ahora, y en la celebración de una ceremonia que me produce idéntico vértigo al
que padezco por el incesante balanceo de la galerna. Solo consigo desenredar
los pensamientos sobre mi mareo y sobre Felice, como si uno fuera causante del
otro. Escucho el Shemá profano de los
asombrados viajeros entre el chapoteo del oleaje contra el casco sin lograr ni
siquiera acercarme hasta el ventanuco redondo para contemplar también yo el
prodigio que he venido a ver.
Justo en el momento de virar ante la
Punta Sabbioni, tal como había previsto que hiciera la ruta que había trazado
en un pequeño mapa del norte de Italia, adquirido en Trieste, de repente se
desata sobre el barco y sobre Venecia un aguacero. Los viajeros regresan
apresurados a cubierta y se refugian a mi alrededor, dándome algunas patadas en
su pretensión de pegar las narices a un cristal manchado de sal y convertirse
de nuevo en orantes. Solo lo que oigo de sus labios con exclamaciones — ¡Giudecca!,
¡Gran Canal!, ¡cúpula de San Marcos!— es lo único que veo. Por sus voces sé que
el vaporetto Carmen, se llama como
una novia que no es mi novia, se acerca al dique. El hotel no está lejos, lo
sé, hay que caminar un centenar de metros por un paseo junto al canal, al que
los venecianos, con un discernimiento que mi estado tambaleante duda en
reconocer, llaman «Fondamenta», igual que los filósofos a sus creencias.
El Sandwirth es un hotel de estilo
oriental. Cuando lo distingo en la distancia, bajo el paraguas que sostiene un
mozo a mi lado, mientras otro detrás carga con la maleta, empapándose, se lo indico,
casi en italiano: «Per raggiungere questo
hotel è necessario arrivare in carovana di cammelli». Ni un mozo ni el
otro, sin embargo, se inmutan. Será por el chaparrón que está cayendo, así que
me concentro en mí mismo. Las piernas, aún bamboleantes, no están seguras de
sostener ni siquiera el nimio peso de mi cuerpo cuando, por entretenerme con
las vistas, no advierto el charco en el que naufraga mi zapato derecho e,
inmediatamente, el izquierdo. En un instante el agua rodea mis tobillos, como
una bufanda afianzada al cuello en día de ventisca, y traza un círculo perfecto,
pero de súbito helor.
Acabo de escribir, en una habitación
trasera del Sandwirth, una tarjeta postal a Felice. La he comprado en la recepción y me ha
servido a mí también para obtener así al menos una imagen de Venecia. Solo he
sabido escribirle que no cesa de diluviar, como si la inmediatez me rescatara
de los debates que azotan mi interior. La carta que he de enviar a su padre
desde hace semanas; la carta que me da vueltas en la cabeza, más que mi mareo,
sin que me atreva a convertirla en palabras. No concibo que dar el paso que nos
reúna en un único destino suponga que me separe yo del mío. Que no otra
tragedia será renegar del sentido que orienta mi vida, la escritura,
renunciando a los hábitos que lo sostienen. Pero no consigo pensar claro
tampoco ahora. Mañana, si logro dormir esta noche, le escribiré a Felice lo que
hoy no sé ni pensar.
El temporal continúa cuando decido emprender
mi primer paseo por Venecia. La precipitación no se detiene. Me sitúo junto al
botones, en la puerta, y practico mi pobre italiano: «Nessuno mi aveva detto che a Venezia piove». Sonríe y, pensando
quizá en la posible propina, se arriesga con un dato sentimental: «Oggi, tanto quanto a Berlino». Pero ha
fallado en el tiro. En Berlín solo está Felice, a quien la lluvia me había hecho
olvidar por un instante. Y de repente regresa en la voz del botones y me roba
la posibilidad de continuar el diálogo. Me giro hacia la Fondamenta vacía, me cubro con la capa y empiezo a andar en
dirección a la plaza de San Marcos. La lluvia repiquetea en las baldosas a mi
paso. Después de caminar un buen rato sin cruzarme con nadie, veo a un
comerciante, con el delantal abrochado a la prominente cintura, bajo la
marquesina de su establecimiento, tan sin clientes como el paseo. Desde lejos
le pregunto: «¿Piazza San Marco?». Y
de inmediato levanta un brazo en la dirección opuesta a la que avanzo.
Nada más alcanzar los soportales del
Café Florián me quito la capa, que chorrea agua como lo haría un arroyo de
montaña. La sacudo y la doblo. Entro. El camarero me señala desde la otra punta
una mesa para dos en una esquina de la sala. Ocupo la silla destinada a Felice
con mi capa y mi sombrero, completamente calados. En la otra, me siento.
Observo alrededor penosas pinturas ricamente enmarcadas, espejos enormes,
molduras al gusto del siglo pasado pintadas en dorados. En un café de estación
ferroviaria me sentiría más a gusto, sin duda. Se acerca el camarero y parece
no tener mucho trabajo, porque consigo de su paciencia que avance mi práctica
del italiano más que con todos los botones del Sandwirth juntos. Cuando se da
la vuelta para ir en busca del servicio que he encargado se instaura en mi
mente el primer instante de sosiego en Venecia. Que al momento siguiente se
estrella contra el suelo igual que haría una copa de vino rozada con el codo
sin querer al levantarse.
Sin que lo advierta se ha acercado
desde una mesa vecina, arrastrando su propia silla con una mano y su taza
humeante en la otra, un desconocido. Me pide permiso para sentarse a mi mesa en
alemán y sin que me dé tiempo a rechazar su oferta, se sienta. Se presenta
formalmente como ritter von Pflügler,
Ingeniero de Construcciones de Siemens
& Halske. Me tiende la mano. Respondo por inercia: «Franz Kafka,
Administrador de Seguros». «Su alemán —me replica de inmediato— me evoca el
este». «Praga». «Claro, qué cabeza
tengo», y utiliza el sustantivo birne
en lugar de kopf, como haría
cualquier mozo de cuerdas berlinés. «¿De turismo?», le pregunto no sé por qué,
pues lo que en este momento deseo es que desaparezca de inmediato y me deje a
solas con la ausencia de Felice. «En absoluto, querido amigo, estoy aquí en
Venecia para desempeñar una misión altamente secreta».
Que
tampoco se esmera demasiado en ocultar. El caballero Pflügler me cuenta, sin
que yo ni siquiera se lo haya sugerido, que le ha enviado su empresa a la
ciudad para preparar un proyecto innovador. «Ya sabe, queridísimo amigo —la
confraternización resulta fácil con Pflügler—, que Siemens & Halske hace
treinta años puso en pie la primera línea comercial de tranvías en el mundo, —y
puntualiza— capital Berlín». «Claro», afirmo desde mi ignorancia absoluta sobre
la historia de los tranvías. Mi asentimiento, sin embargo, resulta una llave
certera para adentrarse más a fondo en la materia reservada de su presencia en
Italia. «Siemens & Halske se propone construir un servicio completo de
tranvías para Venecia». Según me cuenta, sus planes son para una primera línea,
que recorrerá el Gran Canal por ambos márgenes y conectará con una segunda
línea que realizará un trayecto perimetral a toda la isla, más una tercera
línea que conectará con el continente por San Giuliano. Los convoyes
discurrirán —continúa la efervescencia de sus explicaciones— sobre una
plataforma cuya estructura metálica se fijará en el fondo del canal mediante
los mismos pilotes de madera de roble hincados en la arcilla que sostienen
todas las construcciones de Venecia. «Si un palacio barroco se mantiene en pie,
¿no lo hará el paso fugaz de un tranvía?».
Mareado,
ahora no por la galerna, sino por el torrente de confidencias técnicas del
caballero Pflügler, y casi sin probar la consumición que había pedido, me levanto
como puedo, pese a sus protestas, saludo y abandono el Florián. San Marcos se
mantiene tan enorme como desangelado bajo el azote incansable de la lluvia. Avanzo
pegado a las paredes hasta que consigo llegar al Sandwirth. Y al fin obtengo,
como premio al ajetreo de este día, el silencio de la habitación que acompasa
el ya tenue repiqueteo de las gotas en la ventana. Tomo asiento frente a una
cuartilla. Retiro el capuchón, con la vaga intención de escribir a Felice la
carta prometida, sin embargo, la tinta de la pluma abre los ojos, como quien se
despierta de un sueño alterado, y reconoce como suyos la cama, la mesa, las
ropas en el respaldo de la silla y el álbum de postales ilustradas de Venecia,
pero en absoluto las súbitas rarezas de su cuerpo, «echado sobre el duro
caparazón de su espalda».
