Cartas al siglo XX | 10 de abril de 1944, lunes. Lunes de Pascua en mina Clara


La lengua es la que miente. La muerte siempre dice la verdad. El camionero de la carpintería no se atreve ni a acercarse. Da la vuelta en la entrada al recinto y marcha atrás avanza unos metros. En mitad de la explanada se detiene. Tiembla el motor unos segundos y enseguida regresa el silencio de la montaña. Solo murmullos y distante repiqueteo de herramientas. Tarda aún en salir de la cabina, aunque aún se demoran más en acercarse quienes aguardan junto a la boca abierta de la excavación, donde un grupo de hombres se arremolina. El que se aproxima, grita, «¿Cuántos traes?». «De sobra. Vienen treinta. Así lo hemos preferido, aunque ojalá tenga que llevarme de vuelta la mitad», el camionero ha esperado a que llegue su interlocutor para responder. «Treinta...», masculla, «vas a tener que ir a por más».

La lengua lo denomina así, grisú. No es nombre para un gas. Grisú parece el alias de una vedette. Rubia platino y traje largo con lentejuelas brillantes. Baila y canta y su burbujeo celebra que estemos vivos. «Tienes ojos asesinos», le susurran al oído sus pretendientes. Pero es también mentira. Como cuando le gritan en mitad de la actuación «me matas». Nada tiene que ver con la verdad. Grisú no es sinónimo de alegría, por más que la u aguda lo presagie. Es la ropa de viudedad que viste la roca. Un viso negro y un vestido negro que subrepticiamente la desnudan y buscan juntarse en un hueco, y cuando lo hacen y son suficientes las indumentarias que han abandonado la piedra de carbón, entran en combustión por sí mismas.

«Bajemos los que traigo y después contamos». Tres voluntarios se suman a la cuadrilla. Gente de los pueblos de la zona que al escuchar la explosión ha subido a la mina para echar una mano. El primer ataúd que desciende es el que más impresiona. Un rombo hexagonal de madera barnizada en negro, luce clavada encima una cruz de hojalata repujada. Vacío no pesa lo que aparenta. El camionero interrumpe a los paisanos que iban a apilar el segundo sobre el primero. Les da indicaciones. «Así, no, que se rayan. Mejor uno al lado del otro, pero sin dejar espacio. Uno al derecho y otro del revés, para que cuadren». Poco a poco extienden la alfombra de sombría madera sobre las matas secas y el barro removido. Treinta féretros. «Han entrado cuarenta este turno. No sé si alguno va a poder salir por su propio pie».

Lunes de Pascua. Con qué docilidad se expresa. Incluso, con qué dulzor. Revuelo de niñas y niños con labios pringados y en la mano aún un pedazo redondeado de chocolate que aguarda turno mientras se mastica vorazmente el anterior. Que los huevos pascuales ya rotos en múltiples pedazos sean los únicos que manchan los cuellos y los puños de las camisas blancas es la falacia que desvela el día. Son las mentiras del lenguaje y de las costumbres. El polvo del carbón al descender por los canales hasta las vagonetas donde se carga ni siquiera se parece a la polvareda diabólica que genera una explosión de grisú en el corazón oscuro de la mina sin que importe la festividad del día.

O quizá sí que haya afectado. A unos para bien, que hoy no han entrado en el turno para festejar el día con la familia. A otros para mal, por no tener familia en las montañas, han preferido bajar a la mina y cobrar el día. La mayoría han llegado a estos parajes solos, desde pequeños pueblos muy distantes. No habían sido mineros antes, aunque conocían bien la dureza de los oficios de la tierra. Alguno había llegado a pie, desde el otro lado de las montañas, haciendo el camino de vuelta que emprendió unos años antes huyendo del final de una guerra. Ahora escapando, quizá del inicio de otra guerra. El nombre que pronunciaban era el que figuraba como suyo en vida, lo fuera o no. Sin que nadie les pidiera un documento que lo certificara. Y ahora aquel nombre, que tantos había fingido por si el verdadero aún figuraba en algún listado, iba a ser el suyo para siempre en la duración de los certificados y de las lápidas. Hasta lo falso, la muerte lo transfigura en certeza.

A ninguno de los hombres que se iban a convertir en mineros a seiscientos metros en el interior de la tierra le importó que Clara fuera el nombre de la mina de carbón. Es posible que hasta le gustaran las resonancias a señorita de clase alta. No hay mayor engaño que el de las palabras. Entran en Clara como hombres, agrupados por las secciones de cada turno, y salen de Clara con aspecto extenuado, una jornada de trabajo después, como leves destellos de blancura en ojos y dientes bajo la negrura de la boina negra y la piel ennegrecida en el rostro, en las ropas oscuras y en las manos. Y siguen llamándola con este término falaz hasta que un día pascual de abril la vedette Clara Grisú los retiene entre sus faldas negras. Para siempre. «¿Más de estos treinta?», se extraña el camionero. «Treinta y cuatro». Y añade para sí: «Que en paz descansen», una mendacidad que en boca del minero de otro turno que ha acudido al rescate suena incluso verdadera.

20 de enero, martes. Jardín de aforismos


Antes de la entrevista, ¿tomar un café con el entrevistado es más útil que tomarlo con el entrevistador?

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En otra época los libros que no se leían quedaban orgullosamente intonsos, ahora ya no saben cómo disimular su inutilidad.

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Frente a una crítica literaria que se considera injusta, ¿cabe recurso de apelación?

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¿Quién ha dicho que una feria del libro no tiene norias gigantes ni autos de choque?

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Me encantaría que alguien que me conociera poco, solo de saludarnos al pasar, escribiera cada noche las entradas de mi diario.

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Con frecuencia me pregunto qué ha perdido el arte fotográfico con la desaparición de los negativos. Y si esa pérdida se puede extrapolar a la escritura.

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La distancia a la que el lector abandona su teléfono móvil es directamente proporcional al número de páginas que va a leer esa tarde.

15 de enero, jueves | Soportar soportes | Epigrama


Por los años que me ha tocado vivir, he padecido junto a mis coetáneos la transición entre dos soportes, digamos, culturales. Lo son también de muchísimos otros contenidos, pero en mis hábitos predominan los que tienen que ver con la cultura. Creo que, por mi parte, trato de convivir con ambos lo mejor que puedo. Leo libros y navego por la red. En la práctica diaria combinan bien, como quien viste pantalones de tela y luego se enfunda la camiseta de su club de fútbol favorito: se le mira a la cara, y si se le ve que es un tipo amable, qué importa la indumentaria. Si me interesa un asunto, me informo allí donde lo encuentre.  El problema es de otra índole, como el de la vida. Y cada vez se me hace más cuesta arriba comprender las profundas contradicciones de ambos instrumentos: los libros que se escriben para permanecer, cada día son más perecederos y fantasmales; la red, que estimula el gesto fungible, sin embargo, permanece disponible a cualquier hora en cualquier momento, durante todo el tiempo. Creo que estoy preparado para acostumbrarme a prácticas diversas, pero no a concepciones tan extremas. 

[Epigrama VI-07]

12 de enero, lunes | CUARTO EN PENUMBRA



o toca su propia sombra

para comprender que no es nada

Jennifer Clement 

El primer regalo de aniversario que me he hecho, nada más independizarme de la familia, ha sido un galán de noche. De madera barnizada color caoba y barras doradas. Cuando llego, siento que se queda ahí colgado el cansancio del día. Los pantalones los doblo por la línea de tiro para que las perneras caigan rectas, coloco la camisa bien estirada en la percha y encima, con mucho cuidado, la chaqueta del traje. En la bandeja, la cartera y el monedero. Se diría que reconstruyo con mi ropa una réplica de mí mismo, que se queda en silencio, cuando le doy la vuelta al disco y en chándal paso a ser mi cara B. ¿O seré en casa la cara A?

No suelo preguntármelo a menudo, porque ya sé de antemano cuál es la respuesta. Solo vestido de calle puedo ir a los lugares que moldean mi existencia: la oficina, el restaurante del paseo, los bares de tarde. En casa, juego, vagueo y duermo, es decir, dilapido el tiempo. Esta es la razón por la que el galán de noche resulta tan importante para mí. Los jugadores entran en el vestuario en chándal, con auriculares en los oídos y gafas de sol, y solo cuando encuentran en el banco, frente a su número, perfectamente doblada la camiseta que van vestir se transforman en futbolistas. Es lo que me ocurre a mí cada mañana. Tras pasar por el baño, encuentro delante la ropa que me ha de convertir en el que soy.

Durante una época creí, como todos, que completaría mi yo con mi media naranja, cuando la encontrara. El amor tiene detrás un sistema publicitario asombroso, qué duda cabe, lo he buscado con ahínco desde la adolescencia, pero no admite un mínimo análisis realizado con rigor. Partamos de este mismo momento, recién levantado. Es hermoso hacerlo en pareja, no lo dudo, aunque su belleza resulta efímera. Unos minutos antes de vestirse y salir pitando, siempre atrasado. Y anodina. Solo vestido y en la calle, la vida se completa. La auténtica media naranja de un ser humano es el presupuesto del departamento que dirige. Eso es lo que le concede durante doce horas al día ser quien es. El resto de horas las consume el móvil, la televisión y el sueño. Es decir, lo insustancial de la vida.

Con el presupuesto que tengo hago y deshago. Contrato y dejo con la miel en los labios a quien me importuna. Proyecto y realizo. Mi pensamiento modifica la realidad. Que algo exista o no exista solo depende de mí, si los fondos atribuidos a la sección que dirijo me respaldan. Una persona es lo que es capaz de hacer con su trabajo, pero un trabajo rinde solo cuando las partidas atribuidas se corresponden con los proyectos. Por eso mi galán de noche, lejos de ser un mueble de cierta utilidad para mantener en orden los objetos, es la gran metáfora de mi auténtica pareja: la gestión de gastos e ingresos. La vida carece de otra esencia.

Mi galán de noche soy yo en estado de reposo. Es la tregua que me doy a diario, antes de volver a empezar. No necesito otra compañía. Vaya, veo que me ha salido por casualidad una idea perspicaz: la única compañía verdadera es mi Compañía. No necesito novia, los amigos son otra pérdida de tiempo; las aficiones, un engañabobos. Nada de eso echo de menos. ¿Para qué necesitaría una novia si salgo al amanecer y regreso al anochecer? Mi hábitat natural es mi despacho. Sé que queda muy bien un marquito de plata con un rostro sonriente sobre la mesa. La retórica es la perdición de la sociedad. Y otro marquito al lado de tipos fondones disfrazados de futbolistas en un partido previo a una costillada… que ocurrió hace diez años. La añoranza es una trampa mortal para espíritus despiertos… que se duermen.

Desconectar un instante y conectar de nuevo lo más rápido posible es el único juego sensato de la vida. Y para descansar no se necesitan actividades que también cansen. Es una obviedad. Me visto el chándal cuando regreso a casa y me tumbo en el sofá a verme a mí mismo cerrar los ojos. Luego me sobresalto y los ojos se me abren de repente como platos. Miro las paredes de mi piso, las cortinas que no vale la pena abrir porque fuera ya está oscuro, el televisor apagado, el tocadiscos en silencio, el portátil doblado sobre sí mismo. Es mi territorio inútil.  Nada hay que me reclame. Pongo un pie sobre el reposabrazos del sofá y el otro se queda en el aire, sobre la alfombra. Con un brazo me sostengo la nuca y con el otro me palpo la barba que no me apetece aún afeitar. De reojo miro, a través de la puerta de mi habitación, el galán de noche vestido con lo único que sé que es mío. Está a unos metros, podría ahora levantarme y vestirme para reconocerme como yo mismo, pero si no lo hago y me quedo aquí tumbado, como se tumba una sombra en el suelo frente al cuerpo que la proyecta, entonces, ¿quién demonios soy ahora? 

[Cuaderno de ficciones, página 36]


2 de enero, viernes | Dinamita Davey


Wikipedia le cuenta, a quien quiera saberlo, que la fotógrafa neoyorkina Moyra Davey nació en 1958, en Toronto. A los treinta años se trasladó por estudios a San Diego, en California. Sus primeras exposiciones, durante los años 90 e inicio del nuevo siglo fueron en Canadá, después en Nueva York y de ahí ha presentado obras por toda Europa. En España, en 2012 el Reina Sofía adquirió una obra suya, «Mary, Marie», y en 2020 el Artium Museoa de Vitoria inauguró una exposición monográfica sobre su obra. Ese mismo año la editorial valenciana Concreta tradujo y realizó una hermosa edición de uno de sus libros, Quema los diarios, cuya primera edición se había publicado en Brooklyn, en 2014. Cuando compré este libro en Art Libris 2025, de Barcelona, no tenía ni idea de todo cuanto he escrito hasta el último párrafo, pero nada más llegar a casa Internet me puso al día.

         La obra de Moyra Davey posee una evidente dimensión internacional, se podría afirmar que su lugar natural de expansión no solo es el norte del continente americano, sino también toda Europa. Galerías, museos, editoriales siguen con atención su obra. Ha cumplido los 67 años y, sin embargo, da la impresión de que sea una joven promesa del arte a la que ya se le prestará atención cuando madure. Tal vez no sea por ser ella quien es, sino una cuestión más amplia, de dimensión generacional. Los nacidos en un arco de fechas que va desde 1955 hasta 1965 es, con alguna excepción que confirma el conjunto, como si fueran transparentes para quienes trazan mapas artísticos y literarios. Así que no me importa confesar que el primer impulso de reivindicación de su talento que realizo es generacional: tiene edad de haber sido mi hermana mayor.

         Desde la adolescencia, su primer acercamiento al arte ya arrancó con la combinación asistemática de imágenes con escritura. Y en eso ha continuado durante toda su carrera hasta el presente. El rasgo principal de sus proyectos artísticos ha sido la práctica de la fotografía —también el cine— hermanada con la escritura y de la literatura diluida en la figuración. De ahí que no solo el epicentro de su obra lo constituyen sus libros de artista, sino que sus obras plásticas de un modo u otro apelan a los géneros que se expresan mediante el lenguaje. La pieza que conserva el Reina Sofía, «Mary, Marie», resulta emblemática. Se trata de una composición de doce piezas individuales (organizadas en un tablero geométrico de cuatro horizontales por tres verticales) en las que aparece en todas, junto a otros elementos gráficos, menciones explícitas al hábito epistolar.

         Podría afirmarse, por otra parte, que lo epistolar es un componente troncal de su expresión artística. Todos los elementos de una carta aparecen citados continuamente en sus obras: sellos, timbres, direcciones, aerogramas, etiquetas postales, dobleces del papel extraído de un sobre, léxico, caligrafía… incluso en sus libros incluye la correspondencia que ha mantenido durante su escritura, como ocurre en Quema los diarios. El término «Letter» (carta) es omnipresente. Muchos de los sellos que utiliza son de correo internacional, y dada la raíz biográfica de la que emanan sus proyectos, se comprende que el fruto de sus continuos viajes por el continente americano y por Europa haya generado intensas amistades que han vivido de un presente, pero también de una ausencia que en otros momentos era compensada por las cartas. De modo que en la percepción de la realidad conviven presencia y correspondencia. Tengo la impresión subjetiva, que no podría ofrecer de un modo estadístico, de que su generación, que también es la mía y que vio desaparecer en plena madurez la correspondencia a través de los servicios de correos, fue especialmente afecta a escribir y recibir no solo cartas, sino también extensas cartas.

         Otro elemento esencial de la obra de Moyra Davey, junto a lo epistolar, es el diario. Quema los diarios tiene ese protagonismo enfático, aunque su vínculo con el diario es más profundo que un título y una anécdota. Su escritura es profundamente diarística, dado que prende en la biografía más radical. Su prosa no es que hable de sus lecturas, recoge el párrafo exacto —en este caso de Jean Genet— que está leyendo, el sueño que ha tenido esa noche y de repente le asalta, aquello por lo que le distrae el perro del vecino, lo que hace al salir de casa e incluso anota sus acciones privadas: «Meo detrás de un automóvil estacionado en 155th Street y me pregunto por qué no podemos mear en el parque como los perritos o en las rocas del Hudson, donde me pongo en cuclillas y pienso en Roni Horn», (una artista neoyorkina cuya obra exhala una pureza de texturas y colores extraordinaria). Y también se trata la obsesión diarística con argumentos falaces, como haría un adicto a cualquier cosa: «Mi incertidumbre sobre el diario se traduce en que ahora solo escribo en minilibretas. Si no puedo abandonar la práctica por completo, al menos puedo reducirla».

         Este es  el espíritu que anima la obra de Moyra Davey, construida siempre sobre una contradicción en apariencia insalvable. Sus piezas son un cruce inverosímil entre la geometría más convencional en la estructura, respetada con reverencia, y el mayor desconcierto, animado por la vorágine de lo fortuito, en el contenido. Algo así se podría decir de sus fotografías: que encuadran escenas de una cotidianidad inmediata —la fotografía es otro diario de la artista—, pero con una suerte de descomposición interna tan acentuada que las convierte en imágenes insólitas. En el fondo plantea un principio también generacional que se podría formular metafóricamente así: en las revoluciones gastronómicas, la vajilla resulta indiferente. Y la misma apreciación sirve para describir su escritura: apegada con tanto ímpetu a lo ordinario —incluso con rasgos de hiperactividad—que resulta un fascinante acceso a su extraordinario universo personal. El de Moyra Davey, una hermana mayor en las ideaciones artísticas sobre la expresión dinamitada del yo.