o toca su propia sombra
para comprender que no es nada
Jennifer Clement
El
primer regalo de aniversario que me he hecho, nada más independizarme de la
familia, ha sido un galán de noche. De madera barnizada color caoba y barras
doradas. Cuando llego, siento que se queda ahí colgado el cansancio del día.
Los pantalones los doblo por la línea de tiro para que las perneras caigan
rectas, coloco la camisa bien estirada en la percha y encima, con mucho
cuidado, la chaqueta del traje. En la bandeja, la cartera y el monedero. Se
diría que reconstruyo con mi ropa una réplica de mí mismo, que se queda en
silencio, cuando le doy la vuelta al disco y en chándal paso a ser mi cara B.
¿O seré en casa la cara A?
No
suelo preguntármelo a menudo, porque ya sé de antemano cuál es la respuesta.
Solo vestido de calle puedo ir a los lugares que moldean mi existencia: la
oficina, el restaurante del paseo, los bares de tarde. En casa, juego, vagueo y
duermo, es decir, dilapido el tiempo. Esta es la razón por la que el galán de
noche resulta tan importante para mí. Los jugadores entran en el vestuario en
chándal, con auriculares en los oídos y gafas de sol, y solo cuando encuentran
en el banco, frente a su número, perfectamente doblada la camiseta que van
vestir se transforman en futbolistas. Es lo que me ocurre a mí cada mañana.
Tras pasar por el baño, encuentro delante la ropa que me ha de convertir en el
que soy.
Durante
una época creí, como todos, que completaría mi yo con mi media naranja, cuando
la encontrara. El amor tiene detrás un sistema publicitario asombroso, qué duda
cabe, lo he buscado con ahínco desde la adolescencia, pero no admite un mínimo
análisis realizado con rigor. Partamos de este mismo momento, recién levantado.
Es hermoso hacerlo en pareja, no lo dudo, aunque su belleza resulta efímera.
Unos minutos antes de vestirse y salir pitando, siempre atrasado. Y anodina.
Solo vestido y en la calle, la vida se completa. La auténtica media naranja de
un ser humano es el presupuesto del departamento que dirige. Eso es lo que le
concede durante doce horas al día ser quien es. El resto de horas las consume
el móvil, la televisión y el sueño. Es decir, lo insustancial de la vida.
Con
el presupuesto que tengo hago y deshago. Contrato y dejo con la miel en los
labios a quien me importuna. Proyecto y realizo. Mi pensamiento modifica la
realidad. Que algo exista o no exista solo depende de mí, si los fondos
atribuidos a la sección que dirijo me respaldan. Una persona es lo que es capaz
de hacer con su trabajo, pero un trabajo rinde solo cuando las partidas
atribuidas se corresponden con los proyectos. Por eso mi galán de noche, lejos
de ser un mueble de cierta utilidad para mantener en orden los objetos, es la
gran metáfora de mi auténtica pareja: la gestión de gastos e ingresos. La vida
carece de otra esencia.
Mi
galán de noche soy yo en estado de reposo. Es la tregua que me doy a diario,
antes de volver a empezar. No necesito otra compañía. Vaya, veo que me ha
salido por casualidad una idea perspicaz: la única compañía verdadera es mi
Compañía. No necesito novia, los amigos son otra pérdida de tiempo; las
aficiones, un engañabobos. Nada de eso echo de menos. ¿Para qué necesitaría una
novia si salgo al amanecer y regreso al anochecer? Mi hábitat natural es mi
despacho. Sé que queda muy bien un marquito de plata con un rostro sonriente sobre
la mesa. La retórica es la perdición de la sociedad. Y otro marquito al lado de
tipos fondones disfrazados de futbolistas en un partido previo a una
costillada… que ocurrió hace diez años. La añoranza es una trampa mortal para
espíritus despiertos… que se duermen.
Desconectar
un instante y conectar de nuevo lo más rápido posible es el único juego sensato
de la vida. Y para descansar no se necesitan actividades que también cansen. Es
una obviedad. Me visto el chándal cuando regreso a casa y me tumbo en el sofá a
verme a mí mismo cerrar los ojos. Luego me sobresalto y los ojos se me abren de
repente como platos. Miro las paredes de mi piso, las cortinas que no vale la
pena abrir porque fuera ya está oscuro, el televisor apagado, el tocadiscos en
silencio, el portátil doblado sobre sí mismo. Es mi territorio inútil. Nada hay que me reclame. Pongo un pie sobre
el reposabrazos del sofá y el otro se queda en el aire, sobre la alfombra. Con
un brazo me sostengo la nuca y con el otro me palpo la barba que no me apetece
aún afeitar. De reojo miro, a través de la puerta de mi habitación, el galán de
noche vestido con lo único que sé que es mío. Está a unos metros, podría ahora
levantarme y vestirme para reconocerme como yo mismo, pero si no lo hago y me
quedo aquí tumbado, como se tumba una sombra en el suelo frente al cuerpo que
la proyecta, entonces, ¿quién demonios soy ahora?

