12 de enero, lunes | CUARTO EN PENUMBRA



o toca su propia sombra

para comprender que no es nada

Jennifer Clement 

El primer regalo de aniversario que me he hecho, nada más independizarme de la familia, ha sido un galán de noche. De madera barnizada color caoba y barras doradas. Cuando llego, siento que se queda ahí colgado el cansancio del día. Los pantalones los doblo por la línea de tiro para que las perneras caigan rectas, coloco la camisa bien estirada en la percha y encima, con mucho cuidado, la chaqueta del traje. En la bandeja, la cartera y el monedero. Se diría que reconstruyo con mi ropa una réplica de mí mismo, que se queda en silencio, cuando le doy la vuelta al disco y en chándal paso a ser mi cara B. ¿O seré en casa la cara A?

No suelo preguntármelo a menudo, porque ya sé de antemano cuál es la respuesta. Solo vestido de calle puedo ir a los lugares que moldean mi existencia: la oficina, el restaurante del paseo, los bares de tarde. En casa, juego, vagueo y duermo, es decir, dilapido el tiempo. Esta es la razón por la que el galán de noche resulta tan importante para mí. Los jugadores entran en el vestuario en chándal, con auriculares en los oídos y gafas de sol, y solo cuando encuentran en el banco, frente a su número, perfectamente doblada la camiseta que van vestir se transforman en futbolistas. Es lo que me ocurre a mí cada mañana. Tras pasar por el baño, encuentro delante la ropa que me ha de convertir en el que soy.

Durante una época creí, como todos, que completaría mi yo con mi media naranja, cuando la encontrara. El amor tiene detrás un sistema publicitario asombroso, qué duda cabe, lo he buscado con ahínco desde la adolescencia, pero no admite un mínimo análisis realizado con rigor. Partamos de este mismo momento, recién levantado. Es hermoso hacerlo en pareja, no lo dudo, aunque su belleza resulta efímera. Unos minutos antes de vestirse y salir pitando, siempre atrasado. Y anodina. Solo vestido y en la calle, la vida se completa. La auténtica media naranja de un ser humano es el presupuesto del departamento que dirige. Eso es lo que le concede durante doce horas al día ser quien es. El resto de horas las consume el móvil, la televisión y el sueño. Es decir, lo insustancial de la vida.

Con el presupuesto que tengo hago y deshago. Contrato y dejo con la miel en los labios a quien me importuna. Proyecto y realizo. Mi pensamiento modifica la realidad. Que algo exista o no exista solo depende de mí, si los fondos atribuidos a la sección que dirijo me respaldan. Una persona es lo que es capaz de hacer con su trabajo, pero un trabajo rinde solo cuando las partidas atribuidas se corresponden con los proyectos. Por eso mi galán de noche, lejos de ser un mueble de cierta utilidad para mantener en orden los objetos, es la gran metáfora de mi auténtica pareja: la gestión de gastos e ingresos. La vida carece de otra esencia.

Mi galán de noche soy yo en estado de reposo. Es la tregua que me doy a diario, antes de volver a empezar. No necesito otra compañía. Vaya, veo que me ha salido por casualidad una idea perspicaz: la única compañía verdadera es mi Compañía. No necesito novia, los amigos son otra pérdida de tiempo; las aficiones, un engañabobos. Nada de eso echo de menos. ¿Para qué necesitaría una novia si salgo al amanecer y regreso al anochecer? Mi hábitat natural es mi despacho. Sé que queda muy bien un marquito de plata con un rostro sonriente sobre la mesa. La retórica es la perdición de la sociedad. Y otro marquito al lado de tipos fondones disfrazados de futbolistas en un partido previo a una costillada… que ocurrió hace diez años. La añoranza es una trampa mortal para espíritus despiertos… que se duermen.

Desconectar un instante y conectar de nuevo lo más rápido posible es el único juego sensato de la vida. Y para descansar no se necesitan actividades que también cansen. Es una obviedad. Me visto el chándal cuando regreso a casa y me tumbo en el sofá a verme a mí mismo cerrar los ojos. Luego me sobresalto y los ojos se me abren de repente como platos. Miro las paredes de mi piso, las cortinas que no vale la pena abrir porque fuera ya está oscuro, el televisor apagado, el tocadiscos en silencio, el portátil doblado sobre sí mismo. Es mi territorio inútil.  Nada hay que me reclame. Pongo un pie sobre el reposabrazos del sofá y el otro se queda en el aire, sobre la alfombra. Con un brazo me sostengo la nuca y con el otro me palpo la barba que no me apetece aún afeitar. De reojo miro, a través de la puerta de mi habitación, el galán de noche vestido con lo único que sé que es mío. Está a unos metros, podría ahora levantarme y vestirme para reconocerme como yo mismo, pero si no lo hago y me quedo aquí tumbado, como se tumba una sombra en el suelo frente al cuerpo que la proyecta, entonces, ¿quién demonios soy ahora? 

[Cuaderno de ficciones, página 36]