Por los años que me ha tocado
vivir, he padecido junto a mis coetáneos la transición entre dos soportes,
digamos, culturales. Lo son también de muchísimos otros contenidos, pero en mis
hábitos predominan los que tienen que ver con la cultura. Creo que, por mi
parte, trato de convivir con ambos lo mejor que puedo. Leo libros y navego por
la red. En la práctica diaria combinan bien, como quien viste pantalones de
tela y luego se enfunda la camiseta de su club de fútbol favorito: se le mira a
la cara, y si se le ve que es un tipo amable, qué importa la indumentaria. Si
me interesa un asunto, me informo allí donde lo encuentre. El problema es de otra índole, como el de la
vida. Y cada vez se me hace más cuesta arriba comprender las profundas
contradicciones de ambos instrumentos: los libros que se escriben para
permanecer, cada día son más perecederos y fantasmales; la red, que estimula el
gesto fungible, sin embargo,
permanece disponible a cualquier hora en cualquier momento, durante todo el
tiempo. Creo que estoy preparado para acostumbrarme a prácticas diversas, pero
no a concepciones tan extremas.
[Epigrama VI-07]

