La
lengua es la que miente. La muerte siempre dice la verdad. El camionero de la
carpintería no se atreve ni a acercarse. Da la vuelta en la entrada al recinto
y marcha atrás avanza unos metros. En mitad de la explanada se detiene. Tiembla
el motor unos segundos y enseguida regresa el silencio de la montaña. Solo
murmullos y distante repiqueteo de herramientas. Tarda aún en salir de la
cabina, aunque aún se demoran más en acercarse quienes aguardan junto a la boca
abierta de la excavación, donde un grupo de hombres se arremolina. El que se
aproxima, grita, «¿Cuántos traes?». «De sobra. Vienen treinta. Así lo hemos
preferido, aunque ojalá tenga que llevarme de vuelta la mitad», el camionero ha
esperado a que llegue su interlocutor para responder. «Treinta...», masculla,
«vas a tener que ir a por más».
La lengua lo denomina así, grisú.
No es nombre para un gas. Grisú parece el alias de una vedette. Rubia platino y
traje largo con lentejuelas brillantes. Baila y canta y su burbujeo celebra que
estemos vivos. «Tienes ojos asesinos», le susurran al oído sus pretendientes.
Pero es también mentira. Como cuando le gritan en mitad de la actuación «me
matas». Nada tiene que ver con la verdad. Grisú no es sinónimo de alegría, por
más que la u aguda lo presagie. Es la ropa de viudedad que viste la roca. Un
viso negro y un vestido negro que subrepticiamente la desnudan y buscan
juntarse en un hueco, y cuando lo hacen y son suficientes las indumentarias que
han abandonado la piedra de carbón, entran en combustión por sí mismas.
«Bajemos los que traigo y después
contamos». Tres voluntarios se suman a la cuadrilla. Gente de los pueblos de la
zona que al escuchar la explosión ha subido a la mina para echar una mano. El
primer ataúd que desciende es el que más impresiona. Un rombo hexagonal de
madera barnizada en negro, luce clavada encima una cruz de hojalata repujada.
Vacío no pesa lo que aparenta. El camionero interrumpe a los paisanos que iban
a apilar el segundo sobre el primero. Les da indicaciones. «Así, no, que se
rayan. Mejor uno al lado del otro, pero sin dejar espacio. Uno al derecho y
otro del revés, para que cuadren». Poco a poco extienden la alfombra de sombría
madera sobre las matas secas y el barro removido. Treinta féretros. «Han
entrado cuarenta este turno. No sé si alguno va a poder salir por su propio
pie».
Lunes de Pascua. Con qué docilidad se
expresa. Incluso, con qué dulzor. Revuelo de niñas y niños con labios pringados
y en la mano aún un pedazo redondeado de chocolate que aguarda turno mientras
se mastica vorazmente el anterior. Que los huevos pascuales ya rotos en
múltiples pedazos sean los únicos que manchan los cuellos y los puños de las
camisas blancas es la falacia que desvela el día. Son las mentiras del lenguaje
y de las costumbres. El polvo del carbón al descender por los canales hasta las
vagonetas donde se carga ni siquiera se parece a la polvareda diabólica que
genera una explosión de grisú en el corazón oscuro de la mina sin que importe
la festividad del día.
O
quizá sí que haya afectado. A unos para bien, que hoy no han entrado en el
turno para festejar el día con la familia. A otros para mal, por no tener
familia en las montañas, han preferido bajar a la mina y cobrar el día. La
mayoría han llegado a estos parajes solos, desde pequeños pueblos muy
distantes. No habían sido mineros antes, aunque conocían bien la dureza de los
oficios de la tierra. Alguno había llegado a pie, desde el otro lado de las
montañas, haciendo el camino de vuelta que emprendió unos años antes huyendo
del final de una guerra. Ahora escapando, quizá del inicio de otra guerra. El
nombre que pronunciaban era el que figuraba como suyo en vida, lo fuera o no.
Sin que nadie les pidiera un documento que lo certificara. Y ahora aquel
nombre, que tantos había fingido por si el verdadero aún figuraba en algún
listado, iba a ser el suyo para siempre en la duración de los certificados y de
las lápidas. Hasta lo falso, la muerte lo transfigura en certeza.
A ninguno de los hombres que se iban a convertir en mineros a seiscientos metros en el interior de la tierra le importó que Clara fuera el nombre de la mina de carbón. Es posible que hasta le gustaran las resonancias a señorita de clase alta. No hay mayor engaño que el de las palabras. Entran en Clara como hombres, agrupados por las secciones de cada turno, y salen de Clara con aspecto extenuado, una jornada de trabajo después, como leves destellos de blancura en ojos y dientes bajo la negrura de la boina negra y la piel ennegrecida en el rostro, en las ropas oscuras y en las manos. Y siguen llamándola con este término falaz hasta que un día pascual de abril la vedette Clara Grisú los retiene entre sus faldas negras. Para siempre. «¿Más de estos treinta?», se extraña el camionero. «Treinta y cuatro». Y añade para sí: «Que en paz descansen», una mendacidad que en boca del minero de otro turno que ha acudido al rescate suena incluso verdadera.

