26 de agosto, lunes. Poética del encuadre


Hace algunas décadas el hijo adolescente de unos amigos estuvo de viaje por Irlanda. A su regreso, la madre le preguntó si había hecho fotos y el muchacho le dijo «alguna» y le entregó la cámara con el carrete en su interior. La madre vio que eran muy pocas, aun así, intrigada, lo llevó a revelar. El resultado fue desalentador, no lo dudo. En el sobre del laboratorio encontró solo tres fotografías. Las tres prácticamente idénticas, solo se diferenciaban en el grado del desenfoque. La imagen que aparecía aún la recuerdo: la cruceta de un poste eléctrico, con un aislador en cada punta y dos cables cruzando un cielo con nubes difusas. ¿Eso es todo lo que daba de sí Irlanda? Como el autor de tan exiguo reportaje es hoy en día un padre de familia y un profesional responsable, para la felicidad de su madre, no cabe atribuir el minimalismo incipiente a ninguna alteración del chaval, sino a un simple problema de la cámara, que posiblemente se disparó por error en un cambio de ubicación. Lo que sí está claro es que aquella adolescencia de 1990 no tiene nada que ver con las del presente. El joven que visitaba Irlanda ni se le pasaba por la cabeza suplantar con imágenes inertes lo que veía y vivía.

         Aquel día fue lo que aduje ante mis amigos, los padres, porque a mí me ocurrió algo semejante: no conseguía acabar nunca los carretes. Y si no lo velaba al sacarlo, el resultado que obtenía del revelado no era más alentador. Luego llegó el teléfono con cámara fotográfica incorporada. Recuerdo que durante cierto tiempo me pareció un añadido perfectamente inútil. Mi perspicacia para intuir la transformación de los hábitos colectivos siempre ha sido próxima a la del basalto. Otro amigo, Marcel, fotógrafo y también aficionado a captar inverosimilitudes con su móvil, un día se entretuvo a explicarme cómo se transformaba la toma realizada en lo que uno quería ver mediante el uso del encuadre. Desde aquel momento, la fotografía cambió para mí. Se convirtió en otra cosa. Hasta entonces cualquier imagen que hiciera emparentaba en algo con las del hijo de mis amigos, mostraba lo que a nadie entretiene mirar. Me explicó con ejemplos que encuadrar una imagen sirve tanto para potenciar el detalle que se desea convertir en una mirada, como para desechar todo lo que molesta alrededor y siempre se cuela cuando se observa otra cosa. Esto es lo que me fascinó: la capacidad del encuadre para aplicar su bisturí sobre la realidad y perfeccionarla.

         El encuadre es la poética del recuerdo, igual que la escritura diarística lo es de la vivencia. Ambas podan y seleccionan primorosamente, sea en las fotografías, sea en los libros. Pero no lo hacen para tergiversar ninguna verdad, ni para ocultar posibles ignominias; no hay dolo en las artes de la jardinería, solo una intrínseca necesidad de mejorar el mundo. En lo visto y en la experiencia convive lo ordinario y lo extraordinario, lo incómodo y lo sublime; juntos aparecen trivialidad y prodigio. La tarea del aficionado a la fotografía, o a la escritura, no es otra que recortar, ordenar, seleccionar y dirigir la mirada hacia lo significativo.  Cuando lo aprendí dejé de apuntar la cámara con el horizonte en la mitad y a lo que saliera. Incluso con frecuencia, sobre un cielo azul de set televisivo, he enfocado la cruceta de un poste eléctrico en el que, de pronto, descubro la flor más hermosa y reveladora en la incomprensible jungla de formas que nos rodea. Al cabo, con el móvil en el bolsillo me siento un discípulo de aquel joven estudiante que estuvo en Irlanda y no quiso contarle lo real de su viaje a nadie.  Aunque haya mejorado en lo casual del enfoque, eso sí. 

20 de agosto, martes. Veinticuatro aforismos para Juanjo Martín Ramos



1

Juan José Martín Ramos, Juanjo, es un clásico de una época sin clasicismos. Cuando abrió los ojos al no mundo contemporáneo solo encontró un ápice de clasicismo entre los modernistas.

2

Los modernistas perdieron su época con la irrupción de las vanguardias y, como quien pierde el tren, se quedaron compuestos y sin horizonte. También Juanjo un día preguntó qué día es hoy, y hoy no llevaba ningún nueve en el nombre. Se había quedado sin siglo.

3

Sin siglo empezó a escribir aforismos. Sin la arcilla de los ochenta, que había moldeado el mundo, y sin el esmalte de los noventa, que lo había coloreado.

4

Coloreado se muestra fugazmente el pensamiento con el destello de un resplandor. Quien lo copie en su cuaderno habrá escrito un aforismo.

5

Un aforismo es un pliegue de mármol en una túnica griega sobre el que se desliza una mano.

6

Una mano de la mano de otra mano escenifican, las dos manos juntas, el hábitat de un aforismo.

7

Un aforismo es para el cuerpo del pensamiento una caricia. Una hoja arrancada por el viento que cae sobre el cauce y se va con el río.

8.

El río es un accidente geográfico clásico. Clásicos son los pliegues y rizos de la piel del agua cuando fluye y también el modo de retratar a los transeúntes que se asoman desde el puente para contemplarlo con el gesto misterioso de un aforismo.

9.

Un aforismo de Juan José Martín Ramos, Juanjo, es un pliegue sobre el lenguaje que produce, al oírlo, un leve calambre semántico que sorprende.

10.

Sorprende, sobre todo, el dejarse sorprender por la ausencia de sorpresa. La verdad se esconde en la aridez de la verdad. Abro comillas: “Todo empieza siempre por querer atrapar la vida en unas imágenes que, al cabo del tiempo, ya nada significan”, fin de la cita. No de la cita que tenemos Juanjo y yo con ustedes, sino de la literaria.

11.

Literaria es la condición que cumple aquel pensamiento que le impulsa, por amor, a desenroscar el capuchón de la pluma.

12.

La pluma del escritor Martín Ramos solo tiembla entintada sobre el papel cuando el propósito promete brevedad.

13.

Brevedad o breverías, una tras otra, también componen un rostro, aunque confiese no haberlo visto el autor.

14.

El autor ignora que la conciencia de que carece de rostro, es decir, de que no tiene nada que decir, de que las imágenes ya nada significan, dice más que cualquier mamotreto de páginas y páginas redactadas por el escritor que sí tiene algo que decir.

15.

Decir es necesario, vivir lo es menos.

16.

Menos es para Juanjo una poética. Cito un aforismo: “Cuando el intruso no es el otro”. Siete palabras bastan para desvirtuar la máscara. Cito otro: “A mí me ha tocado ser yo”. Siete palabras bastan para colocar la nueva máscara.

17.

Máscara era la encarnación del destino para los griegos. De los pliegues de sus túnicas nacieron los aforismos. En el barroco fue símbolo y en los pliegues de sus frases emergió la sorpresa. Para la vanguardia fue la multiplicidad del yo y en los ecos balbucientes prendió, lleno de personajes, el vacío.

18.

El vacío lleno de vacío es la máscara desprovista de máscara del yo ausente del yo.

19.

Del yo cuyo decir hurga en el contenido que ya no está, cito, “¿De verdad tengo algo que decir?” Seis palabras.

20.

Palabras que fueron palabra y ahora son palabras. Montonera, pedregal, sotobosque. Ausencia que busca su significado en el abandono de los significados.

21.

Los significados que significan tras la muerte del significado. Yo asomado al puente sobre el río cuyo cauce no fluye. Máscara de la máscara que los tramoyistas extraviaron. Luz apagada de lo trascendente.

22.

Lo trascendente reducido a espejismo. Cito: “Vivimos en relación con los recuerdos que elegimos para atormentarnos”. La luz de una estrella muerta que en el cielo del verano encandila los idilios.

23.

Los idilios deshilados. Cito: “Hoy hacemos el amor; mañana seguiremos pagando facturas”. Sin siglo, sin significados, sin máscara, sin yo, sin ilusión, sin rostro.

24.

Sin rostro, pero con lucidez, con verdad, con clasicismo de túnica griega, con elegancia modernista, con brillo en los ojos, con cazamariposas de relámpagos, con la luz de las supernovas muertas, con el estremecimiento de las palabras, con siete palabras que a veces son seis y otras veinticuatro, con la inmanencia del capuchón sobre la mesa mientras la pluma entinta el papel, con la voz de actor clásico, cuando los lee en voz alta, del escritor y editor Juan José Martín Ramos, mi amigo Juanjo.

12 de agosto, lunes. Colliure



Durante la década de los años noventa del siglo pasado... al empezar a escribir esta frase mi imaginario ha volado hacia 1890, que era lo que ha significado durante dos tercios de mi vida. Ya empezaba a borrarla cuando tres puntos suspensivos me han detenido. Aún me cuesta acostumbrarme al nuevo significado, 1990. Tal vez esta dificultad sea de la que quiera hablar en esta entrada de diario de 2024. Empezaré desde otra cronología.

Después de visitar con asiduidad el pueblo francés de Colliure, célebre en la literatura española por ser donde falleció, en pleno desconcierto personal e histórico, el poeta Antonio Machado, por razones diversas no había vuelto en los últimos veinte años. Creo recordar que fui en 2002 por última vez. El otro día pensé que eran demasiados años y me animé a cruzar la frontera por Portbou y llegar por la carretera de la costa. Hasta realicé el recorrido con cierto optimismo, porque recordaba intensos atascos al atravesar algunas poblaciones, como Banyuls, que en esta ocasión crucé casi sin detenerme.

Colliure es (o tal vez, era) un pequeño pueblo pescador construido sobre una colina frente a una diminuta y armónica bahía bien protegida al norte por un pequeño cabo. Posee, en el centro de la población, un puerto minúsculo y una playa. Sus calles, que ascienden de inmediato por la ladera, forman un denso y laberíntico entramado de casas humildes, pero pintadas con colores vivos. El encanto del lugar es antiguo, y la memoria celebra los años que pasaron pintándolo artistas como André Derain o Matisse. Un mediodía de 1987, acomodado a los horarios que rigen en España, aparqué el coche en el centro mientras sonaban las dos de la tarde en el campanario. No creo que tardase más de tres minutos en llegar al único restaurante que estaba abierto en el puerto. El camarero estaba fumando un cigarrillo en la puerta. Le pregunté si podía entrar, y me respondió con una polisémica sonrisa: Désolé.

Aquel lejano día me quedé sin comer. Este reciente lo difícil era decidir en qué restaurante idéntico a los demás sentarse. A cualquier hora de la tarde. Sé que el ejercicio de contrastar mi memoria de hace dos décadas con lo que iba contemplando resulta vano, pero para situarme haré un rápido apunte. Todos los bajos de todas las calles del antiguo barrio del puerto, antes solitarias y silenciosas, se han convertido en bulliciosos restaurantes o en clónicas tiendas de recuerdos. Las calles que ascienden hacia la colina van sucumbiendo también, una tras otra. Y en las que aún no han llegado los comercios, da la impresión de que los esperen, con decoraciones hiperbólicas para atraer por ellas a los cientos, quizá miles de turistas que las invaden. Por completo, hasta ir molestándose unos a otros. Colliure, un exitoso parque temático de la vida sosegada y apartada del mundo de un pequeño puerto de pescadores en el sur de un país con un norte poderoso.

No sé muy bien de qué me extraño, si mi ciudad es el paradigma de la transformación urbana causada por el turismo depredador, que tras haber acabado con el comercio propio de los barrios, ahora amenaza con invadir las propias viviendas de los vecinos. En una ciudad grande sucumben calles y zonas, pero otras anodinas de pronto se transforman en activos núcleos de vida colectiva de los habitantes. Es decir, en Barcelona ya no hay barceloneses un fin de semana por las Ramblas, pero el Paseo San Juan está animadísimo.

El lejano día aquel en el que quise almorzar en Colliure y no lo conseguí, yo era un visitante como, de hecho, siempre han existido en un lugar tan hermoso. Como a cualquier viajero, no solo me atraía la singularidad de los espacios, sino que disfrutaba también sentándome en el café central de la localidad y mezclándome con los residentes. Incluso padecer sus horarios, en el caso de llegar desde un país con otros muy diferentes. Ese era el hábito de convivencia al que estaba acostumbrado entre locales y foráneos en los lugares atractivos. Y es como he disfrutado, siendo un turista, de las ciudades que me han gustado. Es decir, la circunstancia de que haya visitantes en un lugar resultaba un hecho marginal e intrascendente al discurrir de la vida cotidiana.

Lo que he visto en Colliure, y también en algunas zonas de mi propia ciudad, aunque en este caso creo que sin advertirlo por el mero hecho de esquivarlas, no se corresponde a esa dinámica de viajeros y residentes. En Colliure lo central ahora es el turismo. Todos los servicios, todo el comercio, casi todo el espacio de la localidad está destinado a la fugaz vida de quienes llegan, consumen y se van. En medio, tal vez hayan hecho montones de fotos. Ha habido una transformación: ahora es la vida lugareña la marginal e intrascendente. En Barcelona, ahora son los vecinos de ciertas calles y de ciertos barrios quienes acuden a prorrogar sus contratos de arrendamiento y el propietario, con una sonrisa, les dice: Désolé. Porque ya no pintan nada en la centralidad de la ciudad, ocupada a perpetuidad por transeúntes.

2 de agosto, viernes. Oportunidades



Da la impresión de que no se lo piensa dos veces al ver el hueco entre dos vehículos estacionados. Quien conduce gira el volante con brusquedad e incluso acelera, como si alguien le pudiera arrebatar el aparcamiento, pero el coche de repente parece que tropiece, da un bote y se detiene de golpe. Sonrío. Otro que no ha visto el hueco que dejaron los empleados del ayuntamiento al retirar el tronco del árbol que se había secado y se inclinaba peligrosamente, me digo, por decirme algo, acodado a la ventana sin más propósito que dejarme impresionar por esta minucias. Abre la portezuela y veo que en realidad es una conductora, aunque no es otra conductora.

Sin pensármelo dos veces, grito un nombre desde lo alto. El viento sopla en sentido inverso y no lo oye. Veo cómo incrédula contempla la rueda de su utilitario hundida en el parterre vacío. Los empleados podían haber rellenado el hueco con arena, hasta igualarlo con el pavimento, pienso que estará pensando, pero no lo hicieron. Oigo una puerta que golpea a mi espalda, empujada por la corriente, y cierro la ventana. Repito el nombre, ahora en voz baja, y solo para mí. El que urde la trama de los días se divierte con estas cosas.

Mientras desciendo hasta el portal ya ha vuelto a subir al coche, e intenta salir del agujero. Acelera, pero cada vez que suelta el embrague, el automóvil da un brinco y se cala. El viento trae hasta mí el desagradable olor a embrague quemado. Vuelve a arrancar. Sujetando el toro de la casualidad por los cuernos, decido acercarme. En ese justo momento quien aparece en escena, salido no se sabe de dónde, es otro tipo, de mi edad, que de inmediato se presta a dirigirla desde atrás, donde se ha situado con la intención de empujar. La maniobra me pilla a medio camino, más cerca, pero aún a cierta distancia. Me embosco tras el tronco de un árbol, este aún frondoso, y observo. Cecily corrige la maniobra, siguiendo las indicaciones certeras del fulano, y deja el auto a salvo de caer de nuevo en el agujero cuando tenga que salir. Apaga el motor. Desde mi escondite observo. El tipo sonríe con la satisfacción que me hubiera correspondido a mí.

Al tiempo que cierra con llave la portezuela, Cecily mantiene la cabeza orientada hacia el samaritano aparcacoches. Ahora ambos ríen abiertamente. Sus miradas, como dos cables, se reúnen en la intimidad de un conector eléctrico. La realidad, alrededor, deja de existir. Qué rápido ocurre todo cuando acontece. El tipo se presenta, lo intuyo porque le extiende la mano, que Cecily toma, no para estrechársela a distancia, sino para alzarse hasta su altura y alcanzar su mejilla. Un beso, dos beso. Ríen aún con mayor desinhibición. Y yo me siento como aquel a quien han robado no solo la cartera, sino a la par la facultad de reacción. Así paralizado los veo conversar animadamente. Miran los dos hacia la cafetería que hay al otro lado de la calle, junto a mi edificio, y no dudan que es buen lugar para iniciar un idilio. Las oportunidades, decía mi padre cuando le escuchaba con atención para saber qué pensar a la contra, no favorecen a los apáticos.

Corrijo mi posición tras el tronco cuando pasan muy cerca del árbol que me cobija, tanto que hasta escucho sus voces, mezcladas con risas continuas. Hubiera pronunciado por tercera vez un nombre aquella tarde de haber creído en mí. Sin embargo, mis movimientos son lo más taimados que consigo improvisar con la intención de pasar desapercibido. Si no lo logro, dará igual, pues su atención está centrada en ellos mismos, en la simpatía que de repente se han descubierto mutuamente. No es fácil que reparen en mí. Cecily. Estoy convencido de que le gusta que la llamen así, nombre con el que se habrá presentado, que ahora el tipo estará utilizado, igual que hago yo, al referirse a ella. La única diferencia es que a mí me toca ser, como siempre, el cronista. Por eso también conozco el nombre. No soy un apático, mi padre se equivocaba. Sé aprovechar cualquier oportunidad que se me presente para contarlo. 

[Cuaderno de ficciones, página 20]


CARTAS AL s XX | 25 de junio de 1991, miércoles. El partido


Justo antes de que empezara el verano del 91 había cumplido los dieciocho. No era guapo ni muy alto, pero sacaba buenas notas, no sé si estos parámetros mantienen alguna relación. A mí me funcionaban bien. No se puede tener éxito en todas las facetas, era lo que pensaba entonces, basta con obtenerlo en la más importante. Mis amigos se conformaban con que las chicas sonrieran a sus piropos, para mí anhelaba otros horizontes. En septiembre tenía previsto dejar el pueblo y trasladarme a Belgrado. Me había inscrito en la facultad de medicina. Las notas me concedían esa posibilidad y también una la beca del estado, con la que, haciendo monacal vida de estudiante, estaba seguro de que alcanzaría para pagar la residencia y las comidas en la cantina. No pedía para mis expectativas ningún capricho. Yugoslavia había sido un buen padre, repartiendo oportunidades por igual, y eso exigía a sus hijos un comportamiento a la altura. Estaba convencido. Es posible que hubiera turbiedad en el ambiente, y tensiones por todas partes, pero en el instituto no percibía nada de eso. Despertaba a un montón de oportunidades, no me interesaba distraerme. Me gustaba leer, pasear, pescar y pasar la pelota al escolta, desde mi posición de base, para que lanzara a canasta.

Al empezar aquel verano, no solo tenía claros los seis años siguientes de mi vida, sino casi todos los demás. Como si los hubiera vivido ya, pero con la ilusión íntegra de seguir exactamente el camino determinado. Después de los cursos, ya licenciado, tenía la certeza de que no me iba a costar quedarme en el novísimo y mastodóntico Centro Clínico Universitario de la capital para los cursos de especialización. En oncología. Intuía en aquel momento que era la rama de la medicina que más crecería en las décadas siguientes, y yo deseaba estar ahí, en continua formación como especialista. Sabía que ambos propósitos iban a ser difíciles de conseguir, pero me veía con fuerzas y el ánimo que exhalaba desde todos mis poros. Como cuando en un partido de baloncestos el equipo rival es más alto y poderoso. Entonces los puntos arrancados a la adversidad tienen valor doble. Aquel miércoles en el que empezó todo había quedado con mis amigos para entrenarnos en el campo municipal. No apareció ninguno. Pasé la tarde lanzando la pelota al tablero sin oposición. Entrara o no en la canasta, la recogía yo mismo al caer.

Todavía aquel día, lo recuerdo bien, mientras regresaba botando la bola por las calles desiertas, seguía seguro en el diseño de mi vida. Era algo en lo que no conseguía dejar de pensar. Después de los años de especialidad en el Clínico, creía que no me apetecería quedarme en un hospital tan grande, en una ciudad tan complicada como Belgrado. Probaría fortuna en Zagreb. Desde pequeño tengo idealizado el Hospital de las Hermanas de la Misericordia, donde estuvo ingresado mi abuelo. Desde la tarde en la que mis padres me llevaron a visitarle. Las paredes blancas, las camas blancas, los uniformes blancos. Tal vez fue la infancia la que lo idealizara, pero ahí estaba como un mito, útil para dar vigor. Entonces, cuando lo pensaba, veía el transcurso de mis años futuros como quien asiste a una representación teatral cuyo final también tenía previsto. Cuando me jubilara regresaría al pueblo que iba a abandonar pasadas las vacaciones de verano. Mis padres ya no estarían en este mudo, probablemente, arreglaría la casa, le añadiría un piso superior para disfrutar de mejores vistas, convertiría el huerto en jardín e iría cada mañana hasta la panadería a comprar un pan cocido en leña por el bisnieto de quien la había abierto décadas atrás. Justo antes de empezar a disputar un partido de baloncesto, por complicado que sea el rival, es cuando más fácil parece poder ganarlo.

Algo de aquel futuro que dibujaban mis deseos se ha cumplido en el día de hoy. He vuelto al pueblo de mi infancia y de mi adolescencia. Y estoy ante la casa de mis abuelos, que luego fue de mis padres y ahora no es de nadie. Y a partir del regreso hasta parece cumplido cuanto soñé en este mismo lugar hace tres décadas: estoy frente a la casa de mi infancia, tras una vida laboral ya concluida que ha transcurrido, curiosamente, en un hospital, no el que anhelaba, pero sí en la misma ciudad. Incluso la oncología tiene, al cabo, su protagonismo. No es lo mismo contar un partido que disputarlo. En el relato los pases llegan al jugador para el que estaban destinados, los lanzamientos atraviesan la red, los rebotes siempre van a manos de quien los espera. En el partido no siempre las cosas salen como se han pensado.

Ante un diagnóstico poco favorable hasta las diferencias entre lo proyectado y lo que fue parecen nimias. No me fui en septiembre, sino una noche de agosto, tumbado en la caja abierta de un camión, con el miedo atragantado en los ojos. Me arrastré por el barro con una vieja escopeta en las manos, respiré polvo de cemento en las casas abatidas por la artillería enemiga, comí rábanos arrancados en los campos sin siquiera detenerme a limpiar la tierra que los envolvía. Me hirieron y pude quedarme, después, en la retaguardia, trasladando hombres cuyas heridas les forzaban a maldecir su mala suerte por haber salido del percance con vida. La guerra se acabó aquí para que pudiera empezar unos kilómetros más allá y yo me quedé en el hospital. Durante treinta años he seguido arrastrando enfermos de aquí para allá en una camilla. En un hospital de Zagreb, como anhelaba. Uniforme blanco, igual que en mis recuerdos infantiles. Todo se parece tanto a como había previsto vivir mi vida. Ocurre algo parecido que con el resultado del partido después de jugado. Es el mismo que cuando el silbato de inicio aún no ha sonado, aunque se haya invertido la atribución de las cantidades.

Como la casa. Está ahí, delante de mí. Tal como la persona permanece en el cadáver que se visita en el velatorio. Es la calavera de una casa. Las ventanas son agujeros. El tejado, un enorme hueco. Las baldosas de la fachada, ennegrecidas, han sido pintarrajeadas con las palabras más soeces del idioma. Ni siquiera sé si aún pertenece a mi familia, es decir, si es mía. ¿Para qué la querría en los pocos meses que me vaticina un diagnóstico de oncología que no he podido firmar yo? ¿Y qué importancia tiene ya el haber nacido con una nacionalidad que no existe? La vida se parece a esos jugadores chupones, que después de asistir a la charla del técnico hacen lo que les parece, no se la pasan a nadie, avanzan solos entre las líneas dejando adversarios detrás, lanzan ellos mismos, la pelota rebota en el aro, remonta el tablero y abandona la cancha por detrás de la canasta.

20 de julio, sábado. Jardín de aforismos



Entre la opinión de los campesinos y la de los marineros, los isleños solo aprenden a desarrollar argumentos a la contra.

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No saber a quién darle la razón es un indicio interesante.

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«Liquidación de existencias» anuncian algunos comercios a fin de temporada, sin darse cuenta de lo que están diciendo.

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Los mensajes sin remitente conocido son los más valorados en la fundación de las religiones.

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Todo cuanto le ha servido al arte para existir, desde ese mismo momento le resulta inútil para avanzar. Al contrario, por cierto, de lo que ocurre en el amor.

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Que solo los locos dicen la verdad era una hipérbole que, con el tiempo, se ha ido deshinchando.

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Hay virtudes que ya no admiten ser encarnadas. La bondad parece algo positivo, pero decir de alguien que es bondadoso es incluirlo en la categoría de los imbéciles.

11 de julio, jueves. La caravana


Lo cierto es que solo descubrí el desangelado y cochambroso lugar donde vivía cuando por primera vez lo vi reflejado en sus ojos mientras lo contemplaban en silencio. No tenía gran cosa y solo recibía una ínfima paga de beneficencia. Pero era dueño de una caravana anclada en el campo donde el municipio permitía subsistir a quienes no tenían otro lugar donde caerse muertos. La compré en un desguace hace unos años con lo que me dieron por el despido. Me preocupaba la idea de tener que dormir en la calle. Creo que el suelo, mugriento, no había sido barrido nunca. El polvo invadía cualquier superficie. Los platos sucios rebosaban el mínimo fregadero. Algún que otro zapato desparejado viajaba como un nómada por cualquier parte. La ropa, toda de la que disponía, se amontonaba sobre una silla de tijera. No había botellas por el suelo porque no había bebido nunca y no iba a empezar ahora que apenas tenía para comer. Aquel era el espacio donde vivía a diario y para mí, un hogar. Así se lo había dicho cuando la encontré, desvalida, en los soportales de la plaza vieja, después de que la hubieran zarandeado algunos adolescentes desalmados. Los brazos de la mujer sangraban, moteados por unas pústulas que tenían mala pinta. Le dije que había sitio para dos en mi caravana. Que no quería nada de ella, solo que se repusiera y que, cuando quisiera, podía regresar a la calle. Me sentía magnánimo por poseer ocho metros cuadrados que eran míos. Pero no había previsto que, nada más abrir la portezuela, se me caería encima la desolación absoluta en la que vivía sin darme cuenta.

         Por suerte al día siguiente hizo bueno. Continuaba el frío, pero en la explanada se estaba bien. Después de curar, como pude, los arañazos y las pústulas reventadas en los brazos, desplegué la tumbona, la instalé en ella y le eché una manta por encima. Acrílica, calentaba de lo lindo. Me pareció que seguía agotada, porque a los pocos minutos volvió a quedarse dormida. Bajo un benigno sol de invierno. Tuve que apropiarme de una escoba en la portería de uno de los bloques del vecindario próximo. Una lata me sirvió de cubo. Compré una botella de lejía y una pastilla de jabón barato en el ultramarinos. Rasgué una vieja camiseta de alpaca en forma de trapos de limpieza, abrí las ventanillas, ajusté la puerta bien abierta y me puse a limpiar década y media de cotidianidad. Aún me acordaba de cómo se hacía. Tuve que echar mano de otra camiseta, acabé con todos los trapos ennegrecidos, pero al final hasta los cristales parecían haber estrenado gafas nuevas. El mundo exterior era perfectamente visible y el interior, vaciado de inmundicias, de repente, sin que hubiera sido capaz de imaginarlo antes, lo descubría lleno de algún tipo de sentido. Como un texto en una lengua desconocida que, de repente, es posible comprenderlo. Cuando a través de la portezuela abierta echó un vistazo al interior de la caravana, desde la tumbona, tras haberse despertado, y sonrió, en su mirada escuché una melodía que, de repente, empezaba a sonar en medio de la vacuidad que había sido mi vida. 

[Cuaderno de ficciones, página 19]

2 de julio, martes. Jeff Wall, escenógrafo



La primera vez que vi una fotografía de Jeff Wall (1946) fue en septiembre de 1990, y también entonces oí, al verla, su nombre, que no me sonaba de nada. Lo mencionó el novelista Pedro Zarraluki, entusiasmado con la fotografía cuyos derechos había conseguido para la cubierta de su novela El responsable de las ranas (Anagrama, Barcelona, 1990). Lo cierto es que la fotografía de Wall —«El pensador», de 1986— ilustraba a la perfección el título de aquel libro. Nada más novelesco que el tipo lunático que en la imagen medita sentado sobre un trono de residuos, con una espada, en lo alto de una colina a las afueras de una ciudad que se extiende, a lo lejos, como si fuera la charca de ranas que cuida. La novela de Zarraluki empezaba a narrarse desde la fotografía de cubierta. Al autor la idea le encantaba y a sus conocidos no se les escapó el lejano parecido del pensador con el novelista, al que a partir de entonces decidieron llamar con el apelativo de «responsable de las ranas», no por lo que contara en el texto, sino por el poder narrativo de la imagen de la cubierta, que no solo connotaba el título, sino que también era capaz de destilar, como una novela, la realidad en personajes. 

Algunas décadas más tarde, en la exposición «Cuentos posibles» de la Virreina que ocupa al completo sus salas expositivas de la planta noble, vuelvo a enfrentarme con el filósofo de las ranas, ahora convertido en una transparencia dentro de una caja de luz de dos metros once de alto por dos metros veintinueve de largo. Una visión impactante. Como la de un anuncio dispuesto para iluminar la ciudad desde la cubierta de un edificio de oficinas de varios pisos contemplado a un metro de distancia. Jeff Wall lo ha entendido muy bien desde el principio: en el arte contemporáneo ha desaparecido el contenido simbólico, solo pervive la pura emotividad objetual. El impacto de la presencia. La forma en sí misma convertida en su contenido. Es más, lo ha entendido tan bien que es uno de los precursores, desde el inicio de sus trabajos, en evitar el vacío hacia el que amenaza despeñarse el arte contemporáneo mediante la sustitución del pensamiento por un discurso social inconcreto. Degradación, pobreza, abandono, exclusión… Es decir, una transparencia iluminada que ocupa toda la pared de una sala de exposiciones, donde normalmente se cuelga media docena de piezas de buen tamaño; ese impacto, y, en su interior, un contenido social estereotipado, ofrecen una muestra ideal para cualquier pinacoteca contemporánea. No es un demérito, es solo la constatación de un estado de las cosas, y Wall ha sabido ofrecer, desde el principio, lo que sin mencionarlo se le pide.

         Y ha creado también una narrativa a partir de su obra: su insoslayable carácter narrativo. «Cuentos posibles» es un título espléndido. Sugerente. Cada fotografía, como «El pensador» de la cubierta de la novela de Zarraluki, es susceptible de evocar un relato. La pieza que muestra la habitación subterránea donde un tipo vive bajo un techo infectado por cientos, acaso miles, de bombillas, bajo el que trabaja, come, duerme e incluso cuelga la colada, inmediatamente parece despertar la fabulación. Es cierto que existen en las piezas de Jeff Wall elementos narrativos, aunque sin trama que los enlace; igual que existen elementos temáticos sociales, pero sin alusión a un conflicto real o lacerante. Es, digamos, como un juego: hay piezas de cuento y títulos con significados, y el visitante disfruta acertando al colocar cada uno en su casilla, impactado por la explosión de luz que emana de la imagen, que es lo único relevante en la experiencia artística propuesta. El juego intelectual añadido a la iluminación no sobrepasa casi nunca las dimensiones de un juego infantil; cuando se apaga, no queda nada.

         Hay otro factor relevante que demuestra la perfecta adaptación del fotógrafo al universo del arte contemporáneo. Desde que empezó a fotografiar, en 1978, solo ha realizado doscientos montajes fotográficos, de diversos tamaños y en diversas modalidades de exposición entre las que la caja de luz es las más característica; unos son enormes, otros poseen medidas más convencionales. Pero doscientas piezas en cuatro décadas y media no alcanzan a las cinco fotografías por año de media. Cinco fotografías es lo que selecciona un fotógrafo en una mañana de trabajo. A diferencia de todos los fotógrafos que han existido, Wall ha optado por apostarlo todo a un único número, el de la frugalidad. Y en esta actitud hay que reconocer una valiente coherencia: no existen tantos relatos disponibles como para ilustrar el ingente número de imágenes que produce un fotógrafo, para el que cada una de las placas es la tesela del mosaico simbólico que es su propia sensibilidad artística. Como artista contemporáneo, Wall le ha dado la vuelta a esta situación, reconociéndole a cada pieza su propia independencia creativa, es decir, su capacidad para generar un relato autónomo, ajeno al autor, que no es más que un mero propiciador de la experiencia artística, casi un técnico en iluminación. Esta concepción no admite las cifras de un catálogo fotográfico habitual. Solo es capaz de absorber las escasas piezas, doscientas, realizadas por un artista que trabaja para museos. Treinta y cinco son las que contemplo en la Virreina. Con la boca abierta, eso sí, por el impacto visual de los montajes (el anuncio de las alturas a un metro de distancia).

         Hay una característica de Wall que aprecio. Él mismo la ha señalado: «Me parece que las mejores obras de arte visual permanecen vacilantes, indecisas ante la pérdida de identidad». No sé muy bien si estas palabras recogen lo que quiso decir, porque encuentro la cita en un periódico alemán, y supongo que está tomada de alguna rueda de prensa realizada con motivo de una exposición en un museo de Múnich. Pero en la propia imprecisión de la frase descubro una clave que valoro en Wall. Se podría decir que sus doscientas imágenes se pueden agrupar, por su génesis, en tres apartados. En primer lugar, están los que se podrían denominar «cuentos encontrados», como la transparencia que muestra la cueva urbana donde, en Harlem, un hombre real vive bajo 1.369 bombillas colgadas en el techo. En segundo lugar, están los «cuentos escenificados», donde la puesta en escena que se plasma en la fotografía a veces acierta, como en «El pensador», pero en otras resulta molestamente evidente; por ejemplo, en la foto donde capta un tipo a la mitad de una voltereta en el centro de un café convencional. Y, en tercer lugar, las imágenes con un «cuento ausente», en las que desaparece cualquier expresión de una identidad en la mirada, tanto de la fotografía, como del fotógrafo, como del visitante de la exposición. Son encuadres sobre espacios olvidadizos e insustanciales, con frecuencia en las afueras industriales de las ciudades, rincones anodinos, caóticas instalaciones eléctricas, tránsitos espurios, localizaciones sin propósito, especificidad ni interés. Estas son las piezas que más me atraen, tal vez porque me permiten añorar la desidentidad en la mirada de un coetáneo suyo, Guido Guidi, fotógrafo y, solo por esta condición, artista. 

CARTAS AL s XX | 1 de enero de 1901, martes. Lo que así empieza


Para el día de Año Nuevo del nuevo siglo, insisten, hay que preparar algo. Tengo quince años y me da igual no hacer nada. Mi universo se limita a tres edificios lejos de todas partes, aislados en el trazado inexistente de una calle como tres dientes residuales en la boca de un vagabundo. Mis amigos, ninguno de mi edad. Todos mayores. Sus propósitos, un crucigrama que voy rellenando día a día. Las chicas son lo más importante para ellos, pero nunca hablan con ninguna. A mí me aburre pensar tanto en lo que no existe. Prefiero jugar a fútbol, un deporte nuevo. Pero solo tenemos, en nuestra calle de ninguna parte, un equipo, y hay que partirlo para poder disputar un partido. Lo más peliagudo es quién se queda con el portero, porque solo disponemos de uno que consiga, aunque solo sea de vez en cuando, parar un balón que le chuten. ¿Quién?

         Tampoco es que este Año Nuevo sea el definitivo. Para unos, ya se ha cumplido la celebración inaugural doce meses antes, en 1900. El nueve imponía mucho entonces. Pero he leído una lección de matemáticas, no muchas más, donde explica que el año cero, como su nombre indica, no existe, y que el cien es el número cien de una serie de cien. Luego el 1900 es el cien del siglo diecinueve. Y el primer día del siglo XX, hoy, este Año Nuevo. Aun así, hay cabezas donde no entra el concepto. Mis amigos del barrio se han apuntado a la teoría por el lado de la fiesta, y eso me complica la jornada, porque yo lo hubiera pasado de muerte, como solemos hacer en festivo, enfrentándonos los once que somos a otro barrio del más allá. ¿Del más allá de dónde?

          Llego el primero y los demás van apareciendo de uno en uno. Vestidos de domingo. He colocado cinco sillas alrededor de una mesa en la taberna y solo hay que añadir una. Los seis viajes que hace el camarero, bueno, en realidad siete, porque uno repite vaso. No siempre los trajes que lucen se ajustan a las medidas de mis amigos. Las madres han tratado de disimularlo, cogiendo telas o ensanchándolas, en prendas heredadas, y ya de otro siglo. El único que se ha puesto unos pantalones de tela compatibles con un revolcón por la arena soy yo, soñando con un buen partido. Los demás, de punta en blanco, están más callados que de costumbre. Urden algo. Pero no sueltan prenda. Se levantan los cinco al unísono y les sigo por inercia. El siglo empieza como se ha acabado el anterior, pienso, dejándome igual de solitario. El camino hasta la población es largo. Huertos, algún redil, maleza casi por todas partes a la espera de futuras calles que existen no se sabe en la cabeza de quién. Alcanzar las obras del tranvía significa que ya estamos cerca. ¿De qué destino?

         No sé dónde vamos, pero mis compinches sí. No dudan al girar hacia una calle estrecha en lugar de seguir rectos hacia la plaza. Se detienen frente a un portal cualquiera de un edificio casi en ruinas. Es un callejón sucio y sombrío. Un bebé llora en algún piso. Una pareja discute en otro. Lo puedo oír todo por el silencio en el que hemos ido y en el que mis camaradas continúan. Ahora cuchichean. Decretan colecta. Una peseta por cabeza. Es mi capital para todo el mes, pero la tengo. Viaja en el bolsillo abotonado de mi pantalón de tela recia. ¿Una peseta, para qué?

El mayor del grupo, saca un montón de palillos, de los que usa para escarbar entre los dientes y pasear en los labios. Parte uno por la mitad. Alinea el resto en su mano, con el puño cerrado. Mis amigos van extrayéndolos de ahí. Cada cual, uno. Los que van saliendo, palillos enteros. «No puede ser, ¡le ha tocado al churumbel!» oigo gritar cuando veo el palillo partido en mi mano. Discuten. «Volvemos a empezar», sugieren varios. Pero se impone sobre estos deseos un criterio de realidad: «También ha puesto su peseta». «Es que la tarifa son siete, y si no, no alcanzamos», oigo un lamento a mi lado. ¿Alcanzamos a qué?

         «Claro que subimos todos, faltaría más», se impone el que hace las veces de capitán de nuestro equipo. «Y le ayudamos a elegir. Al menos que nos gratifiquen la vista. Que una peseta es una peseta». Sin entenderlo aún, voy comprendiendo. Este año cumpliré dieciséis. Ya seré un hombre. Si hay una guerra me darán un uniforme azul con botones dorados y un fusil. La verdad es que no me atrevía a pensarlo, pero ya imaginaba cómo sería mi primera vez. Y hasta tengo candidata. La nieta de doña Julia. Viene con su familia a verla con frecuencia. Si me cruzo con ella en la escalera, me sonríe. Entonces le hago una leve genuflexión y se ríe. No sé si eso será amor, pero cada vez que ocurre siento un cosquilleo por todo el cuerpo y los ojos que se van de su órbita. Era mi favorita para la primera vez, y la segunda, y la tercera… Y ya no podrá ser porque elegirán para mi estreno la que les gustaría a ellos. Los rasgos opuestos, seguro, a la encantadora nieta de doña Julia. ¿Por qué me meto donde no me llaman? ¡Qué siglo me espera!

20 de junio, jueves. Jardín de aforismos


Está ahí desde hace ni se sabe cuánto tiempo, sin embargo, de la luz solar solo hemos aprendido a desarrollar trópicos.

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Aún se ignora qué lección de vida nos ha proporcionado la civilización azteca.

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La fe en la ciencia reconforta tanto como la obligación de que los yogures anuncien su fecha de caducidad.

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Antiguamente los artistas trabajaban en una obra, ahora lo hacen en una pieza. La lucidez deslumbra ahí donde no se la espera.

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No siempre se ha comprendido el mensaje secreto de la impaciencia que ocasiona las guerras. Su designio, que se anhela por ser inapelable, se demora durante extensos períodos de tiempo.

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La indiferencia, que suele ser lo más despreciable de una identidad que la posea, es, al cabo, lo único que la puede salvar.

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A veces creo que se le otorga demasiada importancia a quien solo se expresaba a través del ding-dong, luego aprendió a decir también tic-tac, y ahora incluso sabe permanecer perfectamente mudo.

12 de junio, miércoles. Amar la fotografía


Retrato de noviaobra de un fotógrafo anónimo, posiblemente realizado en Madrid hacia 1925.



Una pequeña editorial madrileña ha puesto en práctica este invierno la buena idea de presentar en público los libros que publicó en 2020 y 2021, y que el confinamiento, primero, y las medidas por la pandemia, después, le impidieron celebrar con normalidad. Bajo el mismo designio inicio el comentario de Carrete del 36 (2021), un libro publicado en la época más propicia para pasar injustamente desapercibido.

Es frecuente ilustrar con fotografías los textos literarios. El propio Fernando Castillo (1953) había incluido una pequeña colección de sugerentes imágenes para acompañar el recorrido memorialista del viajero en su Atlas personal (Renacimiento, Sevilla, 2019)Lo que le proporciona singularidad a Carrete de 36 es que invierte esta inercia ilustrativa de la foto, que en este volumen se convierte en la única protagonista, acompañada por un pequeño ensayo que la ilustra. El título no puede ser más elocuente al aludir a las treinta y seis fotos que se obtenían de un carrete cuando el fotógrafo lo extraía de la cámara después de treinta y seis disparos. El mismo número que en el presente volumen conforma un interesante y particular antología de fotografías del siglo XX —la más antigua es de 1903, la más reciente, del 2000— donde, lo primero que llama la atención es la ausencia de las fotos icónicas de la época, contrariedad que el ensayista irá resolviendo poco a poco, al paso que demuestra la cantidad de obras maestras del siglo que le dio madurez y carácter a la fotografía que están a la espera de ser reivindicadas como tales.

Carrete del 36 es, en primer término, una amena historia ahistórica de la fotografía, es decir, el autor no sitúa las obras en ninguna cronología, de hecho, resulta significativo que haya renunciado a cualquier orden cronológico o de acontecimientos a la hora de mostrarlas: a una pieza de 1943 le sigue una de 1930 y a esta una de 1950, y así sucesivamente. De esta manera cada imagen aparece implicada en su propio contexto histórico, social y artístico. El libro no es un recorrido ferroviario de momentos y evoluciones, sino un conjunto de 36 viajes singulares, cada uno al interior de una imagen. Así, junto al interés del conjunto de la obra, destacan algunos pequeños ensayos memorables, unos porque explican de modo brillante el sentido profundo y humanístico de la obra de fotógrafos no siempre muy conocidos, como los dedicados a Giuseppe Cavalli, a Bernard Plossu o a Horácio Novais. O porque incluyen en esta historia no oficial de la fotografía piezas que son a veces la única prueba de oscuros episodios históricos que parecen extraídos de una novela de espionaje, como la vista del Bajo Manhattan tomada desde un submarino alemán en plena Guerra Mundial.

En segundo lugar, Carrete del 36 es una reflexión sobre los acontecimientos esenciales del siglo XX y también sobre sus giros y evoluciones artísticas, que se han descrito ya a través de los documentos, de la literatura y de las obras de arte, ahora contados desde la evocación fotográfica. Hechos trascendentes, como guerras y posguerras; pensamientos radicales, como los derivados de las vanguardias o de los realismos, plasmados ahora en las instantáneas del momento. El protagonismo de lo fotográfico es el punto de vista dominante, el narrador de los acontecimientos y la justificación de los datos, y este aspecto resulta revelador incluso cuando se trata asuntos bien conocidos. La lectura del libro demuestra que la fotografía no es un elemento circunstancial de la sensibilidad artística en el siglo XX, sino un actor más en pie de igualdad con las otras disciplinas heredadas de la tradición, sobre todo por su voraz capacidad de crear formas de mirar inéditas.

En tercer lugar, es una guía para descubrir fotógrafos, un campo de una feracidad inusitada que oculta no pocas sorpresas. Ya sea por ámbitos geográficos: húngaros, alemanes, franceses, italianos, españoles… O por ciudades emblemáticas: de París, de Nueva York, de Nápoles… O por géneros fotográficos: fotoperiodistas, documentalistas, líricos, metafísicos…  O por corrientes artísticas: subjetivos, neorrealistas, de la Nueva Visión… Incluso por predilecciones temáticas: fotógrafos de la ciudad, de la noche… Y es también Carrete del 36 un compendio excepcional de comentarios de la imagen fotográfica. Igual que la disciplina del comentario de texto consiguió darle a la comprensión literaria general una profundidad desconocida por las panorámicas generalistas, Fernando Castillo, sin proponérselo, culmina una precisa guía para indagar en los secretos de las fotos cuando se las observa con detenimiento en su singularidad.

Esta secuencia de virtudes, que podría fácilmente ampliarse, no agota los intereses que despierta el volumen. Y entre estos destacan las seis placas cuyos autores son desconocidos. Una es la foto de Nueva York realizada posiblemente a través del periscopio de un submarino alemán, pero el resto son obras de fotógrafos «anónimos», en un auténtico homenaje a la práctica del oficio durante todo el siglo XX. En especial a la de aquellos fotógrafos ambulantes que se ganaban la vida por las calles, o de quienes acudía a inmortalizar pequeños festejos privados. En ambos casos no solo ofrecían el objetivo de la cámara que utilizaban, sino también, en ocasiones, sus excelsos conocimientos que iban más allá de los meramente profesionales y apuntaban a un claro aliento artístico, como las que Fernando Castillo incluye en el volumen, entre las firmadas por los grandes fotógrafos del siglo, captadas en el exterior de un taller metalúrgico francés, en una bodega andaluza o frente a la belleza inquietante de una novia madrileña el día de su boda. Incluso a partir de una de estas fotografías, disparada por un amateur, se puede intuir y descubrir instantes de la intrahistoria que la Historia de los acontecimientos suele pasar por alto, como ilustra la pieza de los republicanos españoles paseando por el París recién liberado por ellos. Además de un libro, Carrete de 36 es una auténtica declaración de amor a la fotografía.

Publicado en Cao Cultura el 17 de mayo de 2024. ENLACE.


7 de junio, viernes. Un fotógrafo en el desierto


El ronroneo del motor de la vieja furgoneta se ha convertido en la banda sonora de mi existencia. Temo apagarlo y que nunca más arranque. Su tembleque, una manera de respirar. Así he viajado hasta el confín del estado, primero por autopistas que le alejan a uno de la ciudad, luego por cuidadas vías nacionales; después, un desvío hacia una humilde carretera comarcal y, ahora, este camino sin ninguna indicación de destino que me ha traído a este lugar, que es como cualquier otro.  Cuando el motor exhala un gemido y se detiene, tras darle media vuelta a la llave de contacto, me incomoda el silencio que se impone alrededor. Como quien se cuela en una fiesta sin que nadie le haya invitado.

         Me entretengo, por eso, dentro de la cabina. No he de molestarme mucho en comprobar que no hay nadie en varios kilómetros alrededor. Los que llevo en el camino de arena, cada vez más tortuoso. Nadie, humano. Zorros, lagartos, coyotes, linces, por supuesto. Es posible que alguna tortuga se acerque también a husmear las sobras de la comida cuando la deje sobre una piedra. No cuento los insectos, para no nublar el día tan hermoso que hace. El sol en lo más alto del mediodía y un cielo azul contra el que cualquier mata de ocotillo se convierte en la visión de las uñas del diablo cuando asoman desde las profundidades de la tierra.

         Despacio, me quito las zapatillas de conducir y me calzo las botas de montaña. Antes de poner un pie en el suelo ya resuenan los guijarros aplastados por su suela. Estoy ansioso por escuchar esa melodía bajo mis pasos, pero tampoco me atrevo a abrir la portezuela y explorar el espacio que me acoge. No acabo de distinguir la diferencia entre no querer alejarse demasiado de la furgoneta, de momento, y no salir de su protección amniótica. Salto por encima del asiento del conductor y me dejo caer sobre la colchoneta que he extendido en el centro de la parte posterior, a ambos lados, acumuladas, bolsas y cajas con alimentos y utensilios. Rebusco en una de ellas y encuentro enseguida lo que anhelo. Un libro. La luz que cuela la ventanilla se concentra sobre la página por donde lo abro al azar. Y leo. El silencio y la quietud del vehículo me acunan.

         Es el libro que me ha traído hasta aquí. Son las memorias de un mítico fotógrafo del desierto. Reviso las páginas donde habla de las neveras que conservan los rollos de película, sin los cuales no obtendrá ninguna de sus impresionantes imágenes. Durante un tiempo estuve estudiando sus encuadres sobre vistas urbanas. Me levantaba de madrugada para dirigirme a barrios periféricos y poder plantar la cámara en mitad de una avenida vacía y aguardar a que las primeras luces dibujaran delante lo que soñaba captar, aunque siempre se adelantaba el tránsito y antes de que pudiera disparar, ya estaba el espacio infectado de coches. En uno de aquellos días, sin nada con que alimentar el objetivo pese al madrugón, decidí emular los viajes de mi ídolo. E irme al desierto.

         Que está ahí, al otro lado de la ventanilla. Ya no necesito cuidar las películas. Una simple tarjeta de memoria me permite disparar cientos de veces la réflex, que tampoco pesa demasiado. El trípode lo llevo en el macuto, y lo monto al instante. Hasta puedo sacar el móvil y aunque no tenga cobertura, dejar listas un montón de fotos impactantes para enviar a los amigos en cuanto me acerque a una gasolinera para repostar. Todo es mucho más fácil, y, sin embargo, continúo sin atreverme a abandonar la colchoneta, a la que llega la luz, pero ninguna imagen del exterior. Me bastan las líneas tipográficas, que me sé casi de memoria de tantas veces como las he leído, para sentir pleno el instante.

         Ya estoy aquí. Busco en otra bolsa y doy con los bocadillos que me había preparado por si el viaje se alargaba más de lo previsto. Así, tumbado boca arriba, mastico el pan de ciudad y los embutidos del supermercado. Y continúo releyendo las aventuras padecidas por el fotógrafo del desierto. En el desierto también yo. El silencio dentro de la furgoneta, con las ventanillas cerradas, es absoluto. Una cámara acorazada no lo lograría tan perfecto. Solo cuando me muevo, resuenan por debajo muelles y planchas metálicas, pero quieto, estoy donde no recuerdo haber estado nunca: en la ausencia absoluta de ruido. ¿Cómo captar eso con una cámara? Extraigo la mía de su funda y fotografío el techo de la furgoneta. En el visor observo el rectángulo oscuro con algunas raspaduras que lo cruzan en diversos sentidos. No es una pieza despreciable. Mi primera foto en el desierto.

         Sin darme cuenta, el sol ha caído por el oeste y lo veo enrojecer sobre una lejana cordillera. Me asusta pensar que la furgoneta no pueda arrancar su viejo motor y regreso nervioso al asiento del conductor. Introduzco la llave. Le doy media vuelta. Tose, pero no arranca. Siento que mi cabeza va a desmoronarse de un momento a otro. Lo intento de nuevo. Giro. Y el motor le devuelve a mi vida su banda sonora. Me hundo en el asiento, suspiro. Lo he conseguido. Se enciende. Me digo de inmediato, si me apresuro tal vez consiga llegar a la carretera comarcal antes de que anochezca del todo. La idea me propulsa, como una explosión bajo los faldones de un cohete. Y salgo disparado. Tal vez la foto del crepúsculo, de fondo, con una mata de ocotillo en primer plano no fuera una mala idea, aunque tuviera que detener el vehículo y salir al exterior para hacerla. Pero inmediatamente se impone un pensamiento sensato; ya la haría, más adelante, cuando vuelva otra vez al desierto.

[Cuaderno de ficciones, página 18]