25 de enero, jueves. Tiempo de futuro


Al dar un paseo por los alrededores, de repente, un almendro en flor. Por justificar que me haya plantado delante de su esplendorosa blancura, saco el móvil y lo fotografío. Me doy cuenta de que estoy a contraluz y las flores salen oscuras, pero no me inmuto. Finales de enero, me pregunto si la imagen me da permiso para alentar la llegada de la próxima primavera. Los almendros la anuncian mientras el clima subraya su condición invernal. Forma parte del ciclo de la vida, pero resulta fácil soslayarlo y admirar el augurio. En tiempos del Cid se atendía hacia el lugar desde donde procedía el canto de la corneja; ahora uno busca el pronóstico de la semana próxima en la aplicación del móvil. Tampoco es que se haya adelantado tanto.

     Al Cid el pasado le importa poco. Se sabe que la ira regia lo destierra, pero no se discuten las causas. Ni se lamenta, ni se justifica. Hay épocas que se han construido sobre el pasado, incluso que lo han reproducido con la máxima literalidad. No la medieval ni tampoco el nuevo siglo. El pasado ni apetecía ni apetece. Por razones diversas. En el siglo XII existían escasos registros de lo ocurrido; en el XXI excesivos. Escasez y exceso mantienen parentesco. Es difícil avanzar con su herencia a hombros. El tiempo del Cid es el presente: lo que ve, lo que dice, lo que piensa para ganar una batalla, que gana haciéndolo. Lo que recauda y reparte en cada victoria. Es el canto más entusiasta que conozco dedicado al presente, lo único capaz de redimir cualquier penalidad. No es el caso, sin embargo, de este presente, que desprecia profundamente lo que esté ocurriendo en cada instante; bien porque lo considere reiterativo con lo que se esperaba de él, bien porque al desviarse de lo previsto subraya lo impropio de lo que ocurre. El único tiempo en el que se valora nuestro presente es el futuro. Todos sus esfuerzos están dedicados a modelarlo. Hasta se da el caso de que cuando ese futuro irrumpe antes de tiempo, se le increpa y persigue, como al chatbot de inteligencia artificial por el que tanto se suspiraba y que tantos inconvenientes, de repente, acarrea. Solo por precipitarse: por dejar de ser futuro. Algo parecido casi ocurre con los japoneses y su perfecto alunizaje. Menos mal que la perfección ha resultado tan chapucera como se necesitaba para que sea olvidado enseguida y se esté ya en los próximos proyectos, esos sí, perfectos, a la luna, a marte y quién sabe a qué confín del universo.

     Mi almendro de esta mañana está ya muy viejo, descuidado y sin fuerza para cubrir de blancura la copa por entero, aún así me anuncia la primavera como un único propósito del presente. Y de súbito he visto los campos pletóricos de sensualidad, mis brazos al aire, el abrigo en el armario y la luz cabalgando sobre el día como una amazona que solo retira la montura de su yegua a la hora de la cena. Cada flor del árbol lanza mi vida hacia el futuro. Ya lo estoy viviendo y, acaso, perdiéndome el antiguo heroísmo de la floración de los almendros. Pero soy un hombre de su siglo y solo pienso en el libro que escribiré, en los viajes que preparo, en el más allá temporal que existe en cada paso dado ahora. Porque, la verdad, si despojo al árbol florecido de su poder de augurio, ¿con qué me quedo? ¿Qué demonios hago aquí parado ante esta reiteración cíclica de la vida con la de cosas que tengo por hacer?

20 de enero, sábado. Jardín de aforismos



Resulta difícil sostener el símbolo del agua como principio de la vida ante el cauce de algunos ríos contemporáneos.

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En la antigüedad que alguien fuera el dueño de algo significaba que gobernaba su destino. Ahora la idea se ha simplificado en el derecho a venderlo. Quizá sea eso a lo que se denomina progreso en la civilización.

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Cómo me gustaría salir al bosque por las noches para recoger estrellas del cielo. Las guardaría dentro de un tarro en lo alto de un armario.

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En la lotería, el primer premio debería ser tiempo en lugar de dinero.

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Lo realmente trágico es la coincidencia de dos elementos opuestos.

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Nadie pronuncia ya, en las tertulias radiofónicas y televisivas, el adjetivo «cósmico» para definir sus intereses. Solo se utiliza su raíz en los anuncios de «cosmética».

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La idea tan seductora de nacer dos veces no consigue borrar la certeza de que el final de la primera vida acontece al mismo tiempo que el fin de la segunda.


15 de enero, lunes. Anatomía del miedo


Miedo, no. Nunca hubiera dicho que vivo con miedo. Sí con precaución. Prefiero hablar de prudencia. De previsión. De orden. De cautela. Eran las palabras que usaba para organizar mi vida. Creo que es lo conveniente, pero no por miedo. Si a eso ahora le llaman miedo, cuando me traspasaba un calambre de miedo, entonces lo que padecía eran auténticos ataques de pánico. Es posible, sin embargo, que algo de miedo sí sintiera. No a hacer lo que tuviera que hacer en cada momento, sino por evitar consecuencias que no me iban a gustar. ¿Te ríes? Pues no veo el motivo de tanta risa. A las cosas que se hacen hay que buscarles un sentido. Tengo la impresión de que abusas de la palabra miedo. Nunca me he considerado miedoso. Sí, preparado para lo que hacía. Lo que implica conocer las consecuencias y evitarlas. Eso nunca ha sido miedo. Lo contrario sí me parece peligroso, ser negligente, confiado. ¿No es peor que el miedo? El caso es que nunca había sabido antes, ni siquiera en los momentos de pánico, qué era realmente el miedo.

         Porque nunca se me había ocurrido antes llamarlo pronóstico. No puedo decir que no fuera amable, que su trabajo lo ha elegido él, y bien se debe de ganar la vida, pero yo no lo querría para mí. Es verdad que seguramente es mitad y mitad. A unos les anuncia buenas noticias. Pero ¿y a los otros? Personas a las que tiene que ponerles delante, en su más cruda realidad, lo que nunca antes han conocido, el miedo. El miedo auténtico. No las tonterías que tú llamas miedo. A partir de ese momento, lo de las consecuencias pasa a ser un juego de niños. La despreocupación, una quimera. La distracción, una utopía. Cómo una sola palabra, tan inofensiva, le cambia a uno la vida. Y alguien tiene que pronunciarla para que exista un desgraciado que la escuche, en este caso, yo. Para que oiga decirlo como quien no dice nada, como quien habla de los resultados de la liga durante el fin de semana, y de repente ya nada sea igual a como era antes. Antes de entrar en la consulta. Antes de oírle interpretar unos análisis.

         «Tiene muy mal pronóstico», dijo, «su tumor». Ahí arrancó el miedo, como un zarpazo repentino que extirpa el pensamiento. Y no deja nada en qué pensar. Luego siguió con las estadísticas, que ya ni recuerdo haber oído, y con las previsiones, las que ponen en marcha un reloj que avanza hacia atrás en lugar de hacia delante. Como cuando de niño me gustaba ver lanzar los cohetes a la luna. De eso me acordé. Por fin se cumpliría mi deseo infantil de ser astronauta. Oiría descontar el tiempo que falta. Diez. Tramitar la baja. Luego, la larga enfermedad. Nueve. Sesiones de quimioterapia. Ocho. Sesiones de radioterapia. Siete. Análisis y pruebas. Seis. Consultas y pronósticos. Cinco. Tratamiento experimental. Cuatro. Más análisis y más pruebas. Tres. Ya no siento nada. Dos. Paliativos. Uno. Despedida… Cero. Ya iré camino de la luna. En la luna no existe el miedo. Ni los pronósticos. Ni las precauciones. No hay atmósfera y eso significa que no hay corrupción de la materia. Ni tiempo. La luna es un espacio puro. Allá arriba siempre; por esencia, inalcanzable. De niño quería ser astronauta. Invertir el sentido de los relojes. ¿Habré logrado, por fin, aunque solo sea una de mis aspiraciones? Sí, al menos esta, estoy seguro. Me iré contento, por fin habré sabido lo que es de verdad el miedo. 

[Cuaderno de ficciones, página 14]

9 de enero, martes. Navegar en estanques


Por mi ciudad corren dos ríos y no tiene ninguno. Ambos están situados en los extremos, son sus límites al norte y al sur. Fueron ríos en otro tiempo, y hasta se desbordaban con furia; ahora son un hilo de agua turbia que baja entre dos enormes losas de hormigón que forman sus márgenes por donde incluso resulta grato pasear. Que no exista un gran río que la cruce por el centro me parece un déficit de mi ciudad. Copenhague tampoco tiene río, pero se lo han inventado. Un largo y estrecho estanque hace de río decorativo entre el casco antiguo y los nuevos barrios por donde la ciudad crecía. Resulta agradable pasear bajo los tilos y contemplar el agua, aunque al falso río le falta lo esencial, el sonido del agua cuando fluye. La música áspera y delicada de la vida. La mayor parte de los ríos que atraviesan ciudades también carecen del rumor de las aguas al pasar, los han desviado por otros lugares y en el casco urbano han dejado un simulacro de río; hermoso, sí, pero inane. Este es el dilema en el que andamos sin saberlo: amamos fantasmagorías inocuas de lo que admiramos por su esencia salvaje. 

CARTAS AL s XX | 25 de junio de 1920, viernes. Grand Prix de París


El día 25 de junio París vibra de nuevo con los vítores y algaradas que arrancan en el velódromo de Vincennes y su vértigo recorre las calles que, durante los años sin Grand Prix, solo habían transitado las campanas enloquecidas de las ambulancias y el zumbido de los aviones que presagiaban los estruendos. Concluida la suspensión, las carreras ciclistas, que solo unos privilegiados contemplan, inundan con nombres de favoritos las conversaciones de los parisinos y con boletos de apuestas sus bolsillos. El doctor Guinon acude temprano a la Sociedad Médica de Hospitales y permanece varias silenciosas horas sentado en la sala de espera, con la cabeza entre las manos. Hacia el final de la mañana asoma por una puerta lateral un funcionario con los manguitos a medio extraer. «No creo que esté esperando a nadie, ¿verdad?», le dice con una sonrisa benevolente, y sin aguardar una respuesta inquiere: «¿Quién cree usted que puede ser este año el sucesor del añorado Léon Hourlier? Su bicicleta no corría con ruedas, iba sobre alas».

El doctor Guinon se ajusta las varillas de los anteojos tras las orejas, se yergue, abandona un sobre sellado con lacre encima del asiento que ha ocupado y apenas cuenta con voz para sugerir: «Cuando haya descubierto a su campeón, entrégueselo después, por favor, al secretario del Presidente». Una plaga de pulgas asola las ensimismadas calles de la capital liberada de las bombas. Es tal la euforia que abarrota los comercios y construye colas en la puerta de los restaurantes que a nadie le importa demasiado rascarse la nalga algo más de lo conveniente. El doctor Guinon, como más tarde lo confirmará el profesor Teissier y lo comprueban otros profesores en el curso de sus investigaciones, ha sospechado que los cuadros cada vez más frecuentes de fiebre, tos y vómitos no se corresponden al catarro común que la mayoría de médicos diagnostican, porque los bultos que los acompañan en algún lugar del cuerpo son auténticas bubas de la peste negra.

Transcurrida una semana de la denuncia sin que llegue a ningún hospital ni gabinete médico normativa específica sobre la existencia de un brote de peste bubónica, el doctor Guinon se dirige de nuevo, ahora por carta, a la Sociedad reiterando la conclusión de sus observaciones, aún más certeras dado el incremento de pacientes con síntomas inequívocos. «Casuales», le matiza el secretario en su oficina cuando frente a él, tras solicitar la preceptiva visita, repite los argumentos una semana más tarde. «¿Usted cree que si tuviéramos alguna constancia de lo que usted nos avisa no habríamos actuado ya con todos los efectivos de esta institución? Cómo no avisar entonces a los hospitales de París, ordenar la limpieza concienzuda de los lugares públicos, encerrar por edicto a los ciudadanos en sus casas y suspender cualquier actividad colectiva, entre ellas los fastos del recién recuperado Grand Prix, que ojalá pudiera volver a ganar nuestro valiente Léon Hourlier, que dios lo tenga en tan merecida gloria. ¿Ve usted que eso ocurra? ¿Verdad que no? Pues esta es la prueba de que lo que usted ve en su gabinete son meros constipados de primavera. No sea alarmista, no quiera amargarnos la gran fiesta de la paz. Además, no quiera ver con dos ojos lo que no están viendo, con multitud de facultativos detrás, los hospitales más importantes de Francia. No sea tan presuntuoso».

De regreso a la consulta en el Barrio Latino, se encamina dirección a Notre Dame para cruzar los puentes del Sena a través de la isla donde también está situado el mayor hospital de la ciudad, la Casa de Dios, frente a cuya puerta el doctor Guinon se detiene. Del cabás extrae una máscara de tarlatana, que se coloca sobre nariz y boca. Tras un árbol se aposta, de incógnito, como si fuera un maleante a la espera de un asalto. Ve acercarse pacientes aturdidos que son transportados en parihuelas por personas sin ninguna protección. Dos guardias impiden la entrada a los que van llegando y los enfermos se quedan alineados sobre la calzada, al pie de la fábrica del hospital, según el hábito que se había fraguado durante la guerra con los muertos tras los bombardeos. Que ahora los alineados estuvieran solo desfallecidos por la fiebre no parece una diferencia significativa.

Unos metros más allá del árbol que le oculta observa la llegada de una carretilla tirada por un burro con la caja cubierta por una lona. Cuando el muchacho que la acompaña se dirige a hablar con la guardia para preguntar dónde deja la carga, el doctor Guinon se acerca. Al destapar la lona aparecen, amontonados uno sobre otro, tres cuerpos abatidos. Con la ayuda para moverlos de una lezna quirúrgica, los examina con atención. Las manos del hombre muestran múltiples cicatrices y diminutas incrustaciones metálicas entre las largas uñas, posiblemente debidas a un trabajo metalúrgico. Las manos de la mujer, que debieron ser hermosas, aparecen sin vida, desgastadas, quizá, de fregar los suelos ajenos con exceso de lejías. El tercer cadáver descompone el cuerpo del doctor. Una niña de unos ocho años permanece debajo, aplastada por los otros dos, con los ojos abiertos y en blanco. Cuando regresa a su transporte el muchacho, un mozalbete que con dificultad alcanza los catorce años, le pregunta cómo los ha encontrado, a lo que le responde solo lo que anda pensando en ese momento: «Al cementerio, me han dicho, abren una fosa por las mañanas y la cierran antes de mediodía. He de darme prisa o se quedarán al aire el resto de la jornada. ¿Está lejos el cementerio? No sé si voy a llegar a tiempo». Guarda silencio un instante, mira a los ojos del extraño que le contempla tras los anteojos y con la cara cubierta, y añade como una siniestra coda a sus cavilaciones: «Son mi madre y mi padre. Es mi hermana. Estaban resfriados anoche, pero esta mañana, al despertarme, los he encontrado así, y no sabía qué hacer y aún sigo sin saberlo».

CaoCultura, 15 de diciembre de 2023. Enlace

31 de diciembre de 2023, domingo. Meditación del almacenista


Otro año que se va. Todos parecen lentos cuando avanzan, como si arrastraran un gran peso, pero enseguida uno se da cuenta de que han huido ligeros de equipaje. Creo que la razón está en una característica del tiempo de la que no siempre se habla. Su peso. Que al contrario que en los humanos, disminuye con la edad.

En el futuro, el tiempo tiene un peso mayor. A más lejano futuro, peso superior. Por la mañana, en un día laboral, las horas por pasar son las que más pesan. El peso de las de la semana, un lunes, resultan ya enormes. Un año parece insoportable sostenerlo en la cabeza.

En el presente, el tiempo tiene un peso que se equilibra conforme el futuro que se espere en el plazo inmediato. Cuando no se posee peso de futuro el presente es más leve. El momento de abandonar el puesto de trabajo para regresar a casa, por ejemplo.

En el pasado, el tiempo pierde peso continuamente. Un día pesa más que una semana; esta más que un mes; un mes más que un año; un año pesa lo mismo que la década que le precede.

Parece que tendría que ser al contrario. Que el tiempo pasado fuera el más pesado, pero paradójicamente el tiempo resulta más pesado cuanto menos existe. 

26 de diciembre, martes. Cuestión de procedimiento


Veo los capítulos de una serie francesa, Une si longue nuit, hermoso título que aquí se convierte en el rimbombante «La noche más larga». Me llama la atención un subtema que ya he observado en otras películas y series. En esta, tanto el comisario como la abogada del acusado son personajes brillantes, pero  desentonan en el contexto donde aparecen. La razón es fácil de comprender: van a la suya. Quiero decir, no actúan guiados por un procedimiento, ni le prestan atención a las normas, lo que desluce sus resultados. Me ha dado qué pensar, porque desde el primer momento he sentido simpatía por ambos.

         Mi generación creo que comprende muy bien el punto de vista del comisario y de la abogada, aunque en la serie parezcan antagónicos. Soy consciente de lo deficiente que resultó la formación que me dieron, tanto en el viejo bachillerato —memorístico, jerárquico, de contenidos genéricos— como en la masificada y funcionarial universidad a la que asistí. A partir de este punto, el conocimiento que se me ha exigido al realizar las tareas profesionales que he emprendido ha corrido de mi cuenta, y especialmente, de mi experiencia. No entendido este término como tiempo de desarrollo, sino como tiempo de aprendizaje. Ahora bien, aprender con la experiencia tiene sus desventajas, y la fundamental es que está condicionado por la propia personalidad de quien aprende en lugar de por un procedimiento objetivo. Es lo que argumenta a la abogada frente a la colega novata: «yo no tengo método, me fio solo de mi intuición».

         Las generaciones del presente se sitúan en el polo opuesto a la que he descrito como mía. En general han tenido una buena formación: extraordinaria en el caso de BUP, razonable en el bachillerato actual, facultades modernas, profesorado competente, masters por doquier, erasmus variados. Luego, cada empresa dedica infinidad de horas al adiestramiento de empleados. Cursos, cursillos, reuniones, intercambios, estancias conjuntas. Y, sobre todo, una formación férreamente vinculada a los procesos, procedimientos, pautas, normas, métodos, etcétera. Con un único fin: que la experiencia —como tiempo de aprendizaje— no se filtre nunca en la práctica profesional.

         Dos maneras de encarar las cuestiones. Lo que dice el reglamento, lo que sugiere la intuición. No me parece extraño que anden a la greña en series y películas. En general, no me puedo quejar, aún afeados, los personajes hechos a sí mismos suelen ser los héroes de la ficción. Es posible que también de la realidad. Pero no me hago ilusiones. El comisario de la serie acaba de jubilares. La nueva comisaria aplicará el procedimiento a rajatabla. No sé si lo hará mejor (la serie solo tiene una temporada), pero de lo que sí estoy seguro es de que el futuro es suyo. La experiencia como aprendizaje es ya un mito. Como la libertad de prensa cuando ya nadie lea los periódicos. 

20 de diciembre, miércoles. Jardín de aforismos: cobertizo


Hay tiempo libre solo cuando uno no lo quiere para nada, como en la consulta del dentista.

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No escribo aforismos, me ahorro explicaciones.

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Los artistas que trabajan con pinturas acrílicas parecen componer obras destinadas a su venta en mercadillos populares.

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El cultivo del aforismo tiene algo que ver con la práctica de la acuarela, no se necesita precisar lo que se muestra.

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En las excursiones campestres disfruto, sobre todo, cuando tengo la oportunidad de pronunciar ciertas palabras: colina, arroyuelo, hondonada.

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Un aforismo es una puerta que alguien ha dibujado en una tapia. Por la que se puede atravesar al otro lado.

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Aunque nadie lo haya reconocido, sospecho que en la moda masculina se ha vuelto a imponer la cota de malla por debajo de la camisa de flores.

7 de diciembre, jueves. Balada del llanto


En el silencio de la noche, un ladrido basta para despertarlo. Si otro perro le responde, aunque sea a lo lejos, llora. Y ya no hay manera de dormirlo. Enciendo la luz de la lámpara más tenue que tengo. Si abro los postigos de la ventana, el resplandor de la farola ilumina más. Le susurro palabras dulces. Me muevo despacio por la habitación. Dudo. Y rezo para que el susto que ha alertado al perro haya pasado de largo. Y se tumbe, cierre los ojos. Esté calladito. En las noches en calma, no hay ningún otro ruido. Ningún argumento para que no siga durmiendo. Solo si uno ladra. La cerilla que inicia, a veces, el incendio de ladridos. Y cuando se despierta, abre los ojos de par en par. Ríe o llora, según. Quiere que le coja. Levantarse. Jugar. Pero de repente mira la ventana y la oscuridad le asusta. No hay nadie más en casa. Solo estamos el bebé y su madre. A veces me gustaría verme en una fotografía así, bailando con él en brazos en mitad de la noche para tratar de calmarlo. Creo que la imagen me produciría una ternura infinita. La necesito, porque no siempre la experimento mientras protagonizo la escena.

         Pero no hay nadie para fotografiarnos. Ni al bebé, ni a mí. Ni cámara. La aborrecí. Le empecé a hacer fotos, como una posesa, al recién nacido. Hasta que me puse a verlas. En todas estaba solo. Un bebé precioso, muy bonito, pero tumbado en la cuna, en mitad de mi cama, en el sofá, en la alfombra, en el cochecito, en el césped del parque. Yo hacía las fotos y su madre no aparecía por ninguna parte. Un día fui a hacernos un selfi y casi se vuelca desde brazo con el que lo sostenía. Ya no le hago fotos. Que lo guarde la memoria, y si la memoria lo borra con el tiempo, que lo lamente la melancolía, que para eso está. Cuando viene alguien a casa, a verlo, a veces nos hacen fotos juntos. Pero se las llevan. Me da cosa pedírselas. Mendigar una estampita. Si ha quedado bonita me la envías, me atrevo a sugerir. Claro, claro, me dicen. Pero tengo la impresión de que cuando salen de casa las borran de inmediato, para que no ocupen el espacio de las fotos que les gusta hacer. ¿Para qué quieren una foto nuestra, del bebé y mía, si no somos nada suyo?

         A veces, cuando los perros se han lanzado a una sinfonía desaforada de ladridos, y ya nada hay en el mundo que pueda sujetarlo a la cuna, lo levanto y lo paseo por las habitaciones. Le cuento cómo será su vida cuando sea mayor. Habrá unos años hermosos, mientras te lleve de la mano al colegio cada mañana, le explico. Pero cuando crezcas te pelearás conmigo. Querrás dejar los estudios, irte por ahí, vivir tu vida. Enterrarme. Aprovechar que no tienes padre para deshacerte de tu mami, le digo. Te olvidarás de escribirme y yo, como una idiota, abriré cada mañana el buzón que sabré que permanece, como siempre ha estado, vacío. El trabajo te absorberá mucho cuando te telefonee para saber de ti. Me lanzarás promesas, le cuento, igual que de niño le vas a lanzar migas a los peces del estanque, y luego te darás la vuelta y echarás a correr a la caza de una lagartija. Es la vida, le aclaro. Y él me responde: gu gu. Y danzamos, solos en mitad de la noche, los dos completamente despiertos, el ballet de La bella durmiente.

[Cuaderno de ficciones, página 13]

CARTAS AL s XX | 16 de junio de 1962, sábado. Garota de Ipanema


En aquella época admiraba a un poeta portugués que nadie conocía en Brasil, Fernando Pessoa, aunque se había hecho llamar por otros nombres, como quien huye de que alguien le reconozca. Tenía un alter ego, Álvaro de Campos, que era un poeta futurista y escribía sonetos. Aún recuerdo uno de memoria, en especial unos versos que creía escritos para mí: «Ve a dar después / la noticia a esa extraña Cecily» —¿quién sería mi Cecily?— «Que creía que yo sería grande». ¿Heloísa? Sí, tal vez lo haya sido. ¿Creía Helô que el camarero que le vendía cigarrillos sueltos a diario sería grande? Quienes me rodeaban sí han acabado siendo grandes, los mayores de la música popular brasileña, y grande en especial resultó aquel día que ahora, antes que recuerdo, se ha convertido en la única historia que se puede contar de mi vida. Ni sé las veces que la he explicado. Hasta la muchachita de los cigarrillos ha acabado siendo una celebridad que vende bikinis por todo el mundo. Todos enormes menos yo, el único que estaba seguro que de verdad lo sería.

Sea como haya sido, el caso es que todo empezó por mí. Sin mí, nada de lo que ocurrió hubiera existido. Y no lo digo por las bebidas que les serví aquella tarde, como tantas, a Tom y Vinícius, dos habituales del Bar Varela, en Ipanema, donde trabajaba como camarero. Tom mediaba la treintena, yo era más joven, solo la presentía, y Vinícius era mayor y un escritor conocido. Un señor. Aunque se comportaba como un adolescente. Habían venido a trabajar. La mesa estaba invadida por papeles. Era un sábado de junio. Empezaba entonces el invierno. No había demasiada clientela, así que me distraía oyéndoles discutir.

Vinícius de Moraes, el poeta, había escrito una escena para un musical en la que trabajaban juntos. Se la explicaba a Tom en voz alta y con profusión de gestos. No necesitaba estar encima de ellos para seguir la secuencia. La cosa iba así: el personaje llega cansado de todo, de tantas complicaciones, de la ausencia de poesía, ni pajaritos vuelan por el cielo, con miedo a la vida y con miedo al amor. Y en una tarde así, tan vacía, ve una muchacha preciosa que avanza meciéndose camino del mar. Este era el motivo de la discusión. Tom Jobim aducía que aquella muchacha era de cartón. Que a la legua se veía que no existía. Que no servía como revulsivo de la abulia del personaje. No mostraba vida. Ni alma. Vinícius defendía a brazo partido lo que había imaginado. «Verás —decía—, está hecho polvo, necesita un horizonte. La escena es exactamente eso, una epifanía, ¿no lo ves?». Y Tom reponía: «Claro que lo veo, pero la muchacha que aparece de la nada carece de cuerpo, no existe. Nadie la ve. Ni tu personaje, que la describe con la misma pasión que un funcionario sella una póliza». «En absoluto —clamaba el poeta espoleado porque había dedicado a la administración pública una parte de su vida—, lo decisivo es que el personaje la vea, y a través de él el público será capaz de admirarla en su mente como si fuera de carne y hueso, bien real». Y remataba la faena con un buen ataque: «Además, que sea creíble o no solo depende de tu música, así que ponte las pilas».

De repente Tom se calla, deja de objetar, se queda con la vista perdida, pero no se le ha extraviado. Ahí es donde entro yo en escena. Me llama: «Oh, Paulo, ¿de quién es esa guitarra?». Y señala un bulto que parece olvidado en una esquina del bar, al final de la barra. «Es que después tengo ensayo —le digo—, pero si quieres te la presto». «Claro», afirma. La desenfundo y se la acerco a la mesa. Marca un par de notas y me dice que está bien afinada. Se lo agradezco igual que Álvaro de Campos las palabras de su extraña amiga Cecily. No sé si Tom Jobim también creía que yo sería grande, pero él ya lo era. Como nacido de la nada empieza a tocar, en mi guitarra, un compás de samba, pero más lento, más etéreo, una ensoñación de música con la virtud de arrancar aquel instante del tiempo.

Y como por arte de magia, en aquel exacto instante entra en el bar una jovencita ataviada para adentrarse de inmediato en la playa. Cruza la sala por completo con paso descuidado, pasa delante de la mesa donde Tom rasguea mi guitarra y se detiene al final de la barra, donde le vendo a diario un par de cigarrillos sueltos del paquete que tenemos para estos casos. Me deja en la mano los cruzeiros habituales, se da la vuelta y se dirige hacia la calle con la misma dulzura en el paso que Tom le imprime a las notas en la guitarra, que sigue sonando, casi sin que nadie pulse las cuerdas, porque tanto Vinícius como Tom se han quedado con la boca abierta como si por delante de ellos hubiera atravesado la sala una visión. Y en ese mismo momento, la voz rota de Vinícius, como si estuviera recitando de memoria una letanía, empieza a cantar sobre los compases de Tom: «Mira qué cosa más linda, más llena de gracia, es la muchacha que viene y que pasa con dulce balanceo camino del mar. Moza de cuerpo dorado por el sol de Ipanema, su contoneo es más que un poema, es la cosa más linda que he visto pasar».

«¿Quién es?», me pregunta luego Vinícius enseñándome la servilleta donde ha caligrafiado de cualquier manera todo lo que se le ha ido ocurriendo mientras improvisaba. Como respuesta solo sé balbucir algunas informaciones inconexas: «La llaman Helô, es una vecina a quien sus padres no le dejan fumar». Y el poeta, con los ojos iluminados, clama: «Benditas prohibiciones».

25 de noviembre, sábado. Práctica del enamoramiento


En cierta ocasión tuve un novio que había asistido a la boda de su madre con su padre. Algo atrasada, pensé. Al llegar a la adolescencia sus padres, que no se habían casado en su momento, decidieron pasar por el aro. Lo hicieron por él, le habían dicho, según me contó. Y el caso es que siempre se habían llevado bien, o eso es lo que él veía, pero a partir de la boda empezaron a elevar el tono de voz cuando discutían, a tratarse con silencios en lugar de con explicaciones y a hacérselo pasar al pobrecito de mi novio, entonces un chaval sobre el que no solo había caído la losa de un matrimonio, sino que muy pronto se vio venir encima el derrumbe de una separación. Mejor, un divorcio. Porque si los padres se habían dado tregua para una cosa, no se la dieron para la otra. Ay, mi novio. Veía en él algo raro, pero ambos éramos jóvenes cuando nos conocimos y aún no teníamos organizado el catálogo de las rarezas humanas.

         Seguimos unos años juntos. Más de lo que hubiera pronosticado al empezar. No era difícil convivir con él. He de confesar que yo arrastraba un secreto desde el principio. No era mi príncipe azul. Una tontería mía, creía. Pero conforme iba pasando el tiempo me daba cuenta de dos realidades contradictorias que no sabía cómo armonizar. Cada vez nos iba mejor como pareja, pero yo seguía con las antenas encendidas por ver si pasaba por mi costado el hombre del que me iba a enamorar perdidamente. Es curioso cómo se encadenan ambas actitudes. Cuanto más deseaba descubrir el amante que tenía predestinado para mi felicidad, más feliz y a gusto vivía junto al muchacho que vio cómo sus padres se casaban. Como si la faceta secreta fuera la gasolina del motor que movía la vida cotidiana. Yo me entiendo, aunque he de reconocer que tampoco entonces, ni ahora, me entendía a mí misma.

         Hay alguien por encima que mueve los hilos. De eso estoy convencida. Si no, por qué los padres de mi novio, bueno, de mi ex, un día se llevan bien y cuando vuelven de la boda ya no se soportan. Alguien se desternilla de risa ahí arriba creando astracanadas con la vida de la gente. Como si lo nuestro no fuera padecer un trabajo salvaje, unos alquileres de estrangulamiento y el azote de un consumismo feroz, y estuviéramos en este mundo solo para dar pábulo a argumentos de vodevil. El caso es que el titiritero que nos ha convertido a todos en títeres decidió sacarme a escena en su guiñol. Y a partir de ese instante dejé de ser yo misma para encarnar los hilos que activaban mis manos, que adelantaban mis piernas cuando salía de casa sin desearlo y que movían mis labios sin que yo quisiera pronunciar ni siquiera una palabra.

         Todo empezó por una subida de alquiler. Hacía tiempo que vivíamos juntos, como una pareja estable. En un piso pequeño, pero con luz natural. Nos quejamos de unas humedades, el propietario las arregló a regañadientes, pero al acabar el plazo del contrato quiso cobrárselo en el nuevo precio. En ese momento de indecisión, cuando no sabíamos si asumir el encarecimiento o buscar otro piso, por salir del bache le propuse que nos casáramos. Qué error. Fue como abrir el cuarto oscuro bajo la escalera en una película de terror. Arañas gigantes es lo más amable que asomó. A mi novio se le vino encima la boda de sus padres y le aplastó la herida, aún palpitante, de aquel divorcio cuya culpa los desalmados progenitores le habían atribuido. No quería no casarse y no podía asentir ante la idea de casarse. Le había lanzado a un laberinto del que él no sabía salir. Yo sí hubiera sabido sacarle. Pero, y aquí es donde empezó a mover los hilos el titiritero, coincidió su crisis con el final de mi larga larga aspiración.

Me enamoré perdidamente. De un sátrapa. Creo que lo sabía antes incluso de conocerlo, pero eso me dio igual. Me importaba un pimiento. Lo único para lo que vivía era para adorar a mi amor. No a mi amado recién conocido, no. Al amor que sentía por él. Esa experiencia era la que me cautivaba. Deshice el noviazgo a las primeras de cambio. No me costó mucho. Mi novio se revolvía envuelto en una sustancia caliginosa que lo cegaba para cualquier decisión razonable. Cogió sus cosas, se fue y me dejó, para iniciar mi calvario, el precio del alquiler íntegro al albur de mi salario. Ni me importó. Por primera vez en mi vida amaba. Y aquel amor hiperbólico que sentía lo justificaba todo. Duró lo que un covid, dos o tres semanas, pero arrasó con todo lo que había sido mi vida. Creo que no me arrepiento de nada. Mi caso no pasa de asunto para un sainete, pero aquellas semanas en las que estuve enamorada, oh, ya nadie me las puede arrebatar. Creo que estoy de nuevo dispuesta a encontrar otro novio cotidiano, aunque preferiblemente nacido dentro del matrimonio. 

[Cuaderno de ficciones, página 12]

20 de noviembre, lunes. Jardín de aforismos: madreselva


Lo invisible mantiene su condición porque no puede ser borrado.

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Vagón vacío en una vía muerta. ¿Por qué me veo en pie frente a una puerta, con una maleta en una mano y la otra sin alcanzar el agarradero que me ayude a subir hasta el primer peldaño de la portezuela?

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Creo que las flores tienen cierto parentesco con las manos. No solo en el hecho de tener cáliz y pétalos, sino también en su propensión a la caricia.

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Hay pensamientos que nunca sé cómo calificar. En el corredor de la hospedería, sin dar con mi habitación, ¿me es grato o me inquieta?

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Las cascadas disimulan con su intenso rumor de agua el recogimiento de una vida interior.

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Un motín de guijarros iracundos en la senda. ¿Protestan acaso por mi paseo matinal?

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«Un único muro media entre viajero y abismo», leo en una guía del Monasterio de Piedra de 1882. Algunos días recuerdo la frase, en especial por la constatación de que existía, entonces, un muro.