31 de diciembre de 2023, domingo. Meditación del almacenista


Otro año que se va. Todos parecen lentos cuando avanzan, como si arrastraran un gran peso, pero enseguida uno se da cuenta de que han huido ligeros de equipaje. Creo que la razón está en una característica del tiempo de la que no siempre se habla. Su peso. Que al contrario que en los humanos, disminuye con la edad.

En el futuro, el tiempo tiene un peso mayor. A más lejano futuro, peso superior. Por la mañana, en un día laboral, las horas por pasar son las que más pesan. El peso de las de la semana, un lunes, resultan ya enormes. Un año parece insoportable sostenerlo en la cabeza.

En el presente, el tiempo tiene un peso que se equilibra conforme el futuro que se espere en el plazo inmediato. Cuando no se posee peso de futuro el presente es más leve. El momento de abandonar el puesto de trabajo para regresar a casa, por ejemplo.

En el pasado, el tiempo pierde peso continuamente. Un día pesa más que una semana; esta más que un mes; un mes más que un año; un año pesa lo mismo que la década que le precede.

Parece que tendría que ser al contrario. Que el tiempo pasado fuera el más pesado, pero paradójicamente el tiempo resulta más pesado cuanto menos existe. 

26 de diciembre, martes. Cuestión de procedimiento


Veo los capítulos de una serie francesa, Une si longue nuit, hermoso título que aquí se convierte en el rimbombante «La noche más larga». Me llama la atención un subtema que ya he observado en otras películas y series. En esta, tanto el comisario como la abogada del acusado son personajes brillantes, pero  desentonan en el contexto donde aparecen. La razón es fácil de comprender: van a la suya. Quiero decir, no actúan guiados por un procedimiento, ni le prestan atención a las normas, lo que desluce sus resultados. Me ha dado qué pensar, porque desde el primer momento he sentido simpatía por ambos.

         Mi generación creo que comprende muy bien el punto de vista del comisario y de la abogada, aunque en la serie parezcan antagónicos. Soy consciente de lo deficiente que resultó la formación que me dieron, tanto en el viejo bachillerato —memorístico, jerárquico, de contenidos genéricos— como en la masificada y funcionarial universidad a la que asistí. A partir de este punto, el conocimiento que se me ha exigido al realizar las tareas profesionales que he emprendido ha corrido de mi cuenta, y especialmente, de mi experiencia. No entendido este término como tiempo de desarrollo, sino como tiempo de aprendizaje. Ahora bien, aprender con la experiencia tiene sus desventajas, y la fundamental es que está condicionado por la propia personalidad de quien aprende en lugar de por un procedimiento objetivo. Es lo que argumenta a la abogada frente a la colega novata: «yo no tengo método, me fio solo de mi intuición».

         Las generaciones del presente se sitúan en el polo opuesto a la que he descrito como mía. En general han tenido una buena formación: extraordinaria en el caso de BUP, razonable en el bachillerato actual, facultades modernas, profesorado competente, masters por doquier, erasmus variados. Luego, cada empresa dedica infinidad de horas al adiestramiento de empleados. Cursos, cursillos, reuniones, intercambios, estancias conjuntas. Y, sobre todo, una formación férreamente vinculada a los procesos, procedimientos, pautas, normas, métodos, etcétera. Con un único fin: que la experiencia —como tiempo de aprendizaje— no se filtre nunca en la práctica profesional.

         Dos maneras de encarar las cuestiones. Lo que dice el reglamento, lo que sugiere la intuición. No me parece extraño que anden a la greña en series y películas. En general, no me puedo quejar, aún afeados, los personajes hechos a sí mismos suelen ser los héroes de la ficción. Es posible que también de la realidad. Pero no me hago ilusiones. El comisario de la serie acaba de jubilares. La nueva comisaria aplicará el procedimiento a rajatabla. No sé si lo hará mejor (la serie solo tiene una temporada), pero de lo que sí estoy seguro es de que el futuro es suyo. La experiencia como aprendizaje es ya un mito. Como la libertad de prensa cuando ya nadie lea los periódicos. 

20 de diciembre, miércoles. Jardín de aforismos: cobertizo


Hay tiempo libre solo cuando uno no lo quiere para nada, como en la consulta del dentista.

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No escribo aforismos, me ahorro explicaciones.

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Los artistas que trabajan con pinturas acrílicas parecen componer obras destinadas a su venta en mercadillos populares.

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El cultivo del aforismo tiene algo que ver con la práctica de la acuarela, no se necesita precisar lo que se muestra.

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En las excursiones campestres disfruto, sobre todo, cuando tengo la oportunidad de pronunciar ciertas palabras: colina, arroyuelo, hondonada.

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Un aforismo es una puerta que alguien ha dibujado en una tapia. Por la que se puede atravesar al otro lado.

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Aunque nadie lo haya reconocido, sospecho que en la moda masculina se ha vuelto a imponer la cota de malla por debajo de la camisa de flores.

7 de diciembre, jueves. Balada del llanto


En el silencio de la noche, un ladrido basta para despertarlo. Si otro perro le responde, aunque sea a lo lejos, llora. Y ya no hay manera de dormirlo. Enciendo la luz de la lámpara más tenue que tengo. Si abro los postigos de la ventana, el resplandor de la farola ilumina más. Le susurro palabras dulces. Me muevo despacio por la habitación. Dudo. Y rezo para que el susto que ha alertado al perro haya pasado de largo. Y se tumbe, cierre los ojos. Esté calladito. En las noches en calma, no hay ningún otro ruido. Ningún argumento para que no siga durmiendo. Solo si uno ladra. La cerilla que inicia, a veces, el incendio de ladridos. Y cuando se despierta, abre los ojos de par en par. Ríe o llora, según. Quiere que le coja. Levantarse. Jugar. Pero de repente mira la ventana y la oscuridad le asusta. No hay nadie más en casa. Solo estamos el bebé y su madre. A veces me gustaría verme en una fotografía así, bailando con él en brazos en mitad de la noche para tratar de calmarlo. Creo que la imagen me produciría una ternura infinita. La necesito, porque no siempre la experimento mientras protagonizo la escena.

         Pero no hay nadie para fotografiarnos. Ni al bebé, ni a mí. Ni cámara. La aborrecí. Le empecé a hacer fotos, como una posesa, al recién nacido. Hasta que me puse a verlas. En todas estaba solo. Un bebé precioso, muy bonito, pero tumbado en la cuna, en mitad de mi cama, en el sofá, en la alfombra, en el cochecito, en el césped del parque. Yo hacía las fotos y su madre no aparecía por ninguna parte. Un día fui a hacernos un selfi y casi se vuelca desde brazo con el que lo sostenía. Ya no le hago fotos. Que lo guarde la memoria, y si la memoria lo borra con el tiempo, que lo lamente la melancolía, que para eso está. Cuando viene alguien a casa, a verlo, a veces nos hacen fotos juntos. Pero se las llevan. Me da cosa pedírselas. Mendigar una estampita. Si ha quedado bonita me la envías, me atrevo a sugerir. Claro, claro, me dicen. Pero tengo la impresión de que cuando salen de casa las borran de inmediato, para que no ocupen el espacio de las fotos que les gusta hacer. ¿Para qué quieren una foto nuestra, del bebé y mía, si no somos nada suyo?

         A veces, cuando los perros se han lanzado a una sinfonía desaforada de ladridos, y ya nada hay en el mundo que pueda sujetarlo a la cuna, lo levanto y lo paseo por las habitaciones. Le cuento cómo será su vida cuando sea mayor. Habrá unos años hermosos, mientras te lleve de la mano al colegio cada mañana, le explico. Pero cuando crezcas te pelearás conmigo. Querrás dejar los estudios, irte por ahí, vivir tu vida. Enterrarme. Aprovechar que no tienes padre para deshacerte de tu mami, le digo. Te olvidarás de escribirme y yo, como una idiota, abriré cada mañana el buzón que sabré que permanece, como siempre ha estado, vacío. El trabajo te absorberá mucho cuando te telefonee para saber de ti. Me lanzarás promesas, le cuento, igual que de niño le vas a lanzar migas a los peces del estanque, y luego te darás la vuelta y echarás a correr a la caza de una lagartija. Es la vida, le aclaro. Y él me responde: gu gu. Y danzamos, solos en mitad de la noche, los dos completamente despiertos, el ballet de La bella durmiente.

[Cuaderno de ficciones, página 13]

CARTAS AL s XX | 16 de junio de 1962, sábado. Garota de Ipanema


En aquella época admiraba a un poeta portugués que nadie conocía en Brasil, Fernando Pessoa, aunque se había hecho llamar por otros nombres, como quien huye de que alguien le reconozca. Tenía un alter ego, Álvaro de Campos, que era un poeta futurista y escribía sonetos. Aún recuerdo uno de memoria, en especial unos versos que creía escritos para mí: «Ve a dar después / la noticia a esa extraña Cecily» —¿quién sería mi Cecily?— «Que creía que yo sería grande». ¿Heloísa? Sí, tal vez lo haya sido. ¿Creía Helô que el camarero que le vendía cigarrillos sueltos a diario sería grande? Quienes me rodeaban sí han acabado siendo grandes, los mayores de la música popular brasileña, y grande en especial resultó aquel día que ahora, antes que recuerdo, se ha convertido en la única historia que se puede contar de mi vida. Ni sé las veces que la he explicado. Hasta la muchachita de los cigarrillos ha acabado siendo una celebridad que vende bikinis por todo el mundo. Todos enormes menos yo, el único que estaba seguro que de verdad lo sería.

Sea como haya sido, el caso es que todo empezó por mí. Sin mí, nada de lo que ocurrió hubiera existido. Y no lo digo por las bebidas que les serví aquella tarde, como tantas, a Tom y Vinícius, dos habituales del Bar Varela, en Ipanema, donde trabajaba como camarero. Tom mediaba la treintena, yo era más joven, solo la presentía, y Vinícius era mayor y un escritor conocido. Un señor. Aunque se comportaba como un adolescente. Habían venido a trabajar. La mesa estaba invadida por papeles. Era un sábado de junio. Empezaba entonces el invierno. No había demasiada clientela, así que me distraía oyéndoles discutir.

Vinícius de Moraes, el poeta, había escrito una escena para un musical en la que trabajaban juntos. Se la explicaba a Tom en voz alta y con profusión de gestos. No necesitaba estar encima de ellos para seguir la secuencia. La cosa iba así: el personaje llega cansado de todo, de tantas complicaciones, de la ausencia de poesía, ni pajaritos vuelan por el cielo, con miedo a la vida y con miedo al amor. Y en una tarde así, tan vacía, ve una muchacha preciosa que avanza meciéndose camino del mar. Este era el motivo de la discusión. Tom Jobim aducía que aquella muchacha era de cartón. Que a la legua se veía que no existía. Que no servía como revulsivo de la abulia del personaje. No mostraba vida. Ni alma. Vinícius defendía a brazo partido lo que había imaginado. «Verás —decía—, está hecho polvo, necesita un horizonte. La escena es exactamente eso, una epifanía, ¿no lo ves?». Y Tom reponía: «Claro que lo veo, pero la muchacha que aparece de la nada carece de cuerpo, no existe. Nadie la ve. Ni tu personaje, que la describe con la misma pasión que un funcionario sella una póliza». «En absoluto —clamaba el poeta espoleado porque había dedicado a la administración pública una parte de su vida—, lo decisivo es que el personaje la vea, y a través de él el público será capaz de admirarla en su mente como si fuera de carne y hueso, bien real». Y remataba la faena con un buen ataque: «Además, que sea creíble o no solo depende de tu música, así que ponte las pilas».

De repente Tom se calla, deja de objetar, se queda con la vista perdida, pero no se le ha extraviado. Ahí es donde entro yo en escena. Me llama: «Oh, Paulo, ¿de quién es esa guitarra?». Y señala un bulto que parece olvidado en una esquina del bar, al final de la barra. «Es que después tengo ensayo —le digo—, pero si quieres te la presto». «Claro», afirma. La desenfundo y se la acerco a la mesa. Marca un par de notas y me dice que está bien afinada. Se lo agradezco igual que Álvaro de Campos las palabras de su extraña amiga Cecily. No sé si Tom Jobim también creía que yo sería grande, pero él ya lo era. Como nacido de la nada empieza a tocar, en mi guitarra, un compás de samba, pero más lento, más etéreo, una ensoñación de música con la virtud de arrancar aquel instante del tiempo.

Y como por arte de magia, en aquel exacto instante entra en el bar una jovencita ataviada para adentrarse de inmediato en la playa. Cruza la sala por completo con paso descuidado, pasa delante de la mesa donde Tom rasguea mi guitarra y se detiene al final de la barra, donde le vendo a diario un par de cigarrillos sueltos del paquete que tenemos para estos casos. Me deja en la mano los cruzeiros habituales, se da la vuelta y se dirige hacia la calle con la misma dulzura en el paso que Tom le imprime a las notas en la guitarra, que sigue sonando, casi sin que nadie pulse las cuerdas, porque tanto Vinícius como Tom se han quedado con la boca abierta como si por delante de ellos hubiera atravesado la sala una visión. Y en ese mismo momento, la voz rota de Vinícius, como si estuviera recitando de memoria una letanía, empieza a cantar sobre los compases de Tom: «Mira qué cosa más linda, más llena de gracia, es la muchacha que viene y que pasa con dulce balanceo camino del mar. Moza de cuerpo dorado por el sol de Ipanema, su contoneo es más que un poema, es la cosa más linda que he visto pasar».

«¿Quién es?», me pregunta luego Vinícius enseñándome la servilleta donde ha caligrafiado de cualquier manera todo lo que se le ha ido ocurriendo mientras improvisaba. Como respuesta solo sé balbucir algunas informaciones inconexas: «La llaman Helô, es una vecina a quien sus padres no le dejan fumar». Y el poeta, con los ojos iluminados, clama: «Benditas prohibiciones».

25 de noviembre, sábado. Práctica del enamoramiento


En cierta ocasión tuve un novio que había asistido a la boda de su madre con su padre. Algo atrasada, pensé. Al llegar a la adolescencia sus padres, que no se habían casado en su momento, decidieron pasar por el aro. Lo hicieron por él, le habían dicho, según me contó. Y el caso es que siempre se habían llevado bien, o eso es lo que él veía, pero a partir de la boda empezaron a elevar el tono de voz cuando discutían, a tratarse con silencios en lugar de con explicaciones y a hacérselo pasar al pobrecito de mi novio, entonces un chaval sobre el que no solo había caído la losa de un matrimonio, sino que muy pronto se vio venir encima el derrumbe de una separación. Mejor, un divorcio. Porque si los padres se habían dado tregua para una cosa, no se la dieron para la otra. Ay, mi novio. Veía en él algo raro, pero ambos éramos jóvenes cuando nos conocimos y aún no teníamos organizado el catálogo de las rarezas humanas.

         Seguimos unos años juntos. Más de lo que hubiera pronosticado al empezar. No era difícil convivir con él. He de confesar que yo arrastraba un secreto desde el principio. No era mi príncipe azul. Una tontería mía, creía. Pero conforme iba pasando el tiempo me daba cuenta de dos realidades contradictorias que no sabía cómo armonizar. Cada vez nos iba mejor como pareja, pero yo seguía con las antenas encendidas por ver si pasaba por mi costado el hombre del que me iba a enamorar perdidamente. Es curioso cómo se encadenan ambas actitudes. Cuanto más deseaba descubrir el amante que tenía predestinado para mi felicidad, más feliz y a gusto vivía junto al muchacho que vio cómo sus padres se casaban. Como si la faceta secreta fuera la gasolina del motor que movía la vida cotidiana. Yo me entiendo, aunque he de reconocer que tampoco entonces, ni ahora, me entendía a mí misma.

         Hay alguien por encima que mueve los hilos. De eso estoy convencida. Si no, por qué los padres de mi novio, bueno, de mi ex, un día se llevan bien y cuando vuelven de la boda ya no se soportan. Alguien se desternilla de risa ahí arriba creando astracanadas con la vida de la gente. Como si lo nuestro no fuera padecer un trabajo salvaje, unos alquileres de estrangulamiento y el azote de un consumismo feroz, y estuviéramos en este mundo solo para dar pábulo a argumentos de vodevil. El caso es que el titiritero que nos ha convertido a todos en títeres decidió sacarme a escena en su guiñol. Y a partir de ese instante dejé de ser yo misma para encarnar los hilos que activaban mis manos, que adelantaban mis piernas cuando salía de casa sin desearlo y que movían mis labios sin que yo quisiera pronunciar ni siquiera una palabra.

         Todo empezó por una subida de alquiler. Hacía tiempo que vivíamos juntos, como una pareja estable. En un piso pequeño, pero con luz natural. Nos quejamos de unas humedades, el propietario las arregló a regañadientes, pero al acabar el plazo del contrato quiso cobrárselo en el nuevo precio. En ese momento de indecisión, cuando no sabíamos si asumir el encarecimiento o buscar otro piso, por salir del bache le propuse que nos casáramos. Qué error. Fue como abrir el cuarto oscuro bajo la escalera en una película de terror. Arañas gigantes es lo más amable que asomó. A mi novio se le vino encima la boda de sus padres y le aplastó la herida, aún palpitante, de aquel divorcio cuya culpa los desalmados progenitores le habían atribuido. No quería no casarse y no podía asentir ante la idea de casarse. Le había lanzado a un laberinto del que él no sabía salir. Yo sí hubiera sabido sacarle. Pero, y aquí es donde empezó a mover los hilos el titiritero, coincidió su crisis con el final de mi larga larga aspiración.

Me enamoré perdidamente. De un sátrapa. Creo que lo sabía antes incluso de conocerlo, pero eso me dio igual. Me importaba un pimiento. Lo único para lo que vivía era para adorar a mi amor. No a mi amado recién conocido, no. Al amor que sentía por él. Esa experiencia era la que me cautivaba. Deshice el noviazgo a las primeras de cambio. No me costó mucho. Mi novio se revolvía envuelto en una sustancia caliginosa que lo cegaba para cualquier decisión razonable. Cogió sus cosas, se fue y me dejó, para iniciar mi calvario, el precio del alquiler íntegro al albur de mi salario. Ni me importó. Por primera vez en mi vida amaba. Y aquel amor hiperbólico que sentía lo justificaba todo. Duró lo que un covid, dos o tres semanas, pero arrasó con todo lo que había sido mi vida. Creo que no me arrepiento de nada. Mi caso no pasa de asunto para un sainete, pero aquellas semanas en las que estuve enamorada, oh, ya nadie me las puede arrebatar. Creo que estoy de nuevo dispuesta a encontrar otro novio cotidiano, aunque preferiblemente nacido dentro del matrimonio. 

[Cuaderno de ficciones, página 12]

20 de noviembre, lunes. Jardín de aforismos: madreselva


Lo invisible mantiene su condición porque no puede ser borrado.

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Vagón vacío en una vía muerta. ¿Por qué me veo en pie frente a una puerta, con una maleta en una mano y la otra sin alcanzar el agarradero que me ayude a subir hasta el primer peldaño de la portezuela?

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Creo que las flores tienen cierto parentesco con las manos. No solo en el hecho de tener cáliz y pétalos, sino también en su propensión a la caricia.

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Hay pensamientos que nunca sé cómo calificar. En el corredor de la hospedería, sin dar con mi habitación, ¿me es grato o me inquieta?

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Las cascadas disimulan con su intenso rumor de agua el recogimiento de una vida interior.

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Un motín de guijarros iracundos en la senda. ¿Protestan acaso por mi paseo matinal?

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«Un único muro media entre viajero y abismo», leo en una guía del Monasterio de Piedra de 1882. Algunos días recuerdo la frase, en especial por la constatación de que existía, entonces, un muro.

17 de noviembre, viernes. Evocación de Rafael Pérez Estrada


A Rafael Pérez Estrada, en especial en sus últimos años, le gustaba insistir en el concepto de la brevedad (o de breverías, como le gustaba llamarlas). No creo que se refiriera a la práctica de lo breve —las 2.140 páginas de los tres volúmenes de su Obras Reunidas lo desmentirían en seguida— sino como concepto literario. La brevedad como sobresalto estético, sorpresa, inquietud, como emoción. Una brevedad como metafísica. El concepto de emoción también es importante en su poética.

Y resulta interesante añadir la idea de la transformación utópica de la realidad. Hay escritores que describen la realidad, otros que la recrean, los más se ajustan a sus características y geometrías. Rafael pertenece a una estirpe de poetas que muestra en su obra una realidad trascendida, sublimada, desbordada, casi alucinada, deslumbrante, y la presenta no como una impostura, sino como la única forma posible de lectura de lo real. 

Ahora bien, para formular el elemento medular de su obra, creo que RPE coincidiría con William Carlos Williams, quien publicó en 1923 un extenso poema La primavera y todo que inicia su época vanguardista, donde se pregunta asuntos esenciales de la creatividad contemporánea: «¿A quién le importa nada de lo que hago? ¿Y eso qué me importa?» Y unas líneas después, a otra pregunta aún más decisiva él mismo se responde: «¿A quién entonces me dirijo? A la imaginación». La imaginación es el germen de la obra perezestradiana, pero también, como intuye William Carlos Williams, el exclusivo receptor de la obra. La imaginación se escribe a sí misma ante la propia imaginación, esta es la auténtica vanguardia que ampara sus textos. Un asombroso prodigio al que se asiste con solo abrir alguna página de cualquier libro de Rafael Pérez Estrada. Y leer.

         A Rafael Pérez Estrada le protege del paso del tiempo todo que no fue. No fue un escritor sociológico, en absoluto; ni costumbrista, más bien se sitúa en el polo opuesto; ni apegado a las modas de su época; ni descuidado en la forma; ni trivial en el contenido. No tiene, de hecho, ninguna de las razones de caducidad más evidentes. Su obra, por el contrario, crece conforme más se conoce. Apela a la imaginación, que es una constante de la creatividad en cualquier época. Es compleja, es decir, cualquier futuro encontrará en ella rasgos que la reflejan, aspectos que posiblemente los lectores coetáneos del Rafael ni los han visto. 



Actos de la entrega del Legado «in memoriam» de Rafael Pérez Estrada en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. En Madrid, el jueves 16 de noviembre de 2023.
 

11 de noviembre, sábado. El poema ante el gigante


Aquellos elementos cuya naturaleza los distingue y clasifica a simple vista acostumbran a ser los más complicados de definir. Una témpera y una fotografía, por ejemplo. Una de estas parejas tan opuestas y, sin embargo, tan íntimamente entreveradas, me preocupa. Es la que forman la prosa y el verso. Cualquier colegial sabe diferenciar un texto en prosa de un poema sin ni siquiera haber leído una sola palabra de ninguno de los dos escritos. Y ahí comienza el problema. En cuanto uno empieza a leer, las desemejanzas se evaporan. En una época me interesaba la prosa que a propósito anhelaba la tensión extrema del verso, y ahora me preocupa que observe por todas partes lo opuesto, que la poesía se escriba con la misma lógica sintáctica que la prosa.

         En una sala de las exposiciones temporales del museo Reina Sofía encuentro un excelente motivo para comparar. La obra del pintor norteamericano, de origen lituano, Ben Shahn (1898-1969) se ve siempre con simpatía. El parnaso artístico del siglo XX tiene tantos dioses que la obra de un mortal siempre se acoge con delicadeza de criterio. Molestan un poco, lo confieso, las explicaciones que se leen en las salas sobre el pintor, cartelista y fotógrafo, cuyo único valor parece ser el de haber sido un artista comprometido con su tiempo. Eso resulta evidente, pero quizá merezca ver su obra en un museo por alguna, aunque sea menor, razón artística. En este debate interno andaba, más aburrido que atento, cuando me detuve ante una pintura al temple con el retrato de cuatro tipos sentados en la valla de un parque neoyorquino. Resultó para mí una sorpresa porque momentos antes había visto la misma imagen, al pasar por la sala anterior, en una fotografía que no me había contado nada. La pintura, sin embargo, me pareció de repente extraordinaria, pero no en sí misma, como imagen de una realidad, sino como interpretación artística de una placa fotográfica.

         Fue la primera que vi, pero no la única. Ben Shahn como fotógrafo fue un cronista de su tiempo. Tuvo talento como retratista y es cierto también que su interés por los sectores más depauperados o marginales de la sociedad norteamericana ha legado ásperas deflagraciones en forma de imagen. No fue un gran fotógrafo. Tampoco un gran pintor. Sin embargo, toda su actividad reunida ofrece no pocos atractivos. Uno es el hecho de que utilizara la fotografía como fuente de inspiración para sus cuadros, en especial tras el final de la guerra mundial, que le sume en una especie de depresión social en la que su pintura, siempre tan extrovertida, dio un giro radical hacia la introspección.

         La pieza que atrajo mi interés se titula «Carnival [Parque de atracciones]» y es una obra al temple pintada en 1946. En primer plano se observa un hombre de mediana edad que duerme tumbado sobre un banco de madera. En segundo plano una pareja abrazada, de espaldas, observa una atracción de feria denominada comúnmente como rana o saltamontes de la que la pintura recoge el giro en altura de uno solo de sus múltiples brazos. Ambos planos conviven en el fondo neutro y atemporal de un cielo con nubes. El significado introspectivo del cuadro deriva de la tensión que se establece entre ambas imágenes, el durmiente y los que se divierten. Y en esa sintaxis ilógica encuentra su propia lógica artística. Lo que más me interesó, sin embargo, es que esta pintura nace de la mezcla de dos fotografías previas. Una donde un comerciante de un mercadillo popular echa una cabezada sobre alféizar de su puesto; otra donde una pareja se abraza en la cesta giratoria de una rana de feria, en el marco de un parque de atracciones. Ambas fotografías —con su propia imagen encuadrada desde la realidad, con una conjunción espacio-temporal concreta y con una sintaxis de elementos visibles lógica— me parecieron el equivalente a lo que en la escritura exige la prosa: una trama semántica diáfana y una sintaxis congruente, ambas coherentes con el asunto que se desarrolla. Y la témpera, cuyo tema se nombra en el título, «Carnival», de repente ofrece una unión de elementos que evocan significados diferentes, paradójicos, incoherentes. Cualidades que si definen algo es la escritura poética, que escarba en la lógica expresiva para enterrarla con la arena que ha extraído.

         Como basta pensar en un asunto para que los ejemplos acudan raudos a las manos de quien los busca, leo estos días un libro donde una misma historia se cuenta dos veces. Una, primera, en verso; otra, después, en prosa. Se trata de Decir (Árdora Ed., Madrid, 2023), un extenso poema de Marina Oroza, donde la autora cuenta dos veces una misma vicisitud biográfica. Es importante leer primero el poema y después la narración para descubrir que el recuerdo de los hechos en la forma poética (donde la lógica emocional y evocativa desplaza a la concatenación espacio-temporal y donde la sintaxis expresiva entierra el orden que exige la coherencia) no solo no oculta ningún significado de los hechos que de manera ordenada expresa la narración en las páginas finales, sino que los potencia hacia una vivencia interior e individual, lírica, y los multiplica exponencialmente en el lector. Un libro ejemplar, como también lo son los cuadros de Ben Shahn inspirados en sus fotografías, para un debate en profundidad sobre cómo actúa un poema (ahora que ha perdido rima e incluso métrica) para mantener su identidad frente a las depredaciones contemporáneas de la prosa.  

Ben Shahn, «Carnival [Parque de atracciones]», Temple sobre masonita.

CARTAS AL s XX | 15 de junio de 1977, miércoles. Autorretrato en elecciones

    

El miércoles 15 de junio a las seis de la mañana aún es de noche, aunque el cielo rompa ya la hondura de su oscuridad. En nada, en cuanto salgamos de la ciudad, brillará el día. A las ocho tiene que estar cada uno de nosotros en un colegio electoral de Tarragona. He acabado COU y luego la selectividad. Todo bien, aunque para acceder a filología no existen intrigas. Todavía no puedo votar, pero sí trabajar. No recuerdo dónde encontré la información de aquel trabajillo en el que nadie me pidió ningún documento ni firmé contrato alguno. Al final de la jornada sé que me entregarán un sobre con lo pactado. Eran las primeras elecciones generales después de las últimas de la República. Aún a Cortes, pero se podían presentar los partidos políticos y su finalidad no implicaba iniciar una legislatura, sino aprobar una Constitución. No sé si todos estos detalles los conocía entonces, aunque tenía mucho interés por el proceso. Y algo más por sacarme un extra para las vacaciones del 77, que serán, luego, memorables.

   Hemos quedado con nuestro jefe de equipo, y chófer, en la Plaza Cataluña. Entonces era fácil plantear algo así. Incluso aparcar en cualquier sitio. El tipo que nos esperaba era mayor, no sé, con el tiempo le echo unos cuarenta años, aunque ahora no lo hubiera calificado así, antes hubiera escrito que aún era joven. No tanto como nosotros, yo tengo diecisiete y los otros tres que me acompañan, ya universitarios, solo alguno más. Lo único que me interesa del inicio del viaje es el coche donde nos van a llevar. Un 1430, verde. Un clásico de la época. Entonces me fascinaban los automóviles, pero mi práctica se limitaba a subirme en ellos, generalmente en el asiento posterior. El viaje a Tarragona, en un 1430, resulta una experiencia iniciática, más que las elecciones. Atento a los ruidos del motor, inconfundible; al cuentaquilómetros, vertiginoso; al juego de las marchas y, circunstancialmente, también al desconocido paisaje que encuadra la ventanilla.

   No es la primera vez que hago algún trabajo de verano, pero sí es el que tiene la jornada más larga para una tarea tan exigua. A las ocho de la mañana tenemos que estar presentes cada uno en el colegio electoral que le ha tocado y constatar que todo funciona bien. A mediodía apuntamos el porcentaje de participación que se hace público, y tras el cierre del colegio, tomamos nota de los resultados que se cuelgan en un folio sobre la puerta de entrada. Luego hay que buscar una cabina y transmitirlos a un número de teléfono de Madrid. Nunca he sabido quién estaba interesado en aquellos datos, si era un partido, una institución o un periódico. Cumplo mi breve labor y durante las horas de votación vago por Tarragona. Por la Rambla, por la zona del teatro romano, por la playa. Asoma el verano, se está bien en la calle. A mediodía me como el bocadillo que traigo preparado de casa. A las doce de la noche hemos quedado en una plaza céntrica con nuestro jefe de equipo. Nos reparte los sobres y parece contento. Nosotros, más. En el viaje de regreso mis compañeros duermen, he conseguido colarme en el asiento junto al conductor y recuerdo la intensidad de esta aventura novedosa, que me dejen ir sentado delante.

   En las siguientes elecciones, dos años después, ya pude votar. Y también trabajo, en este caso como interventor de un partido sin afiliados. He vivido desde entonces infinidad de procesos electorales. Se podría decir que estoy aburrido de ellos, aunque de vez en cuando las urnas plantean situaciones curiosas. Así que siempre le echo un vistazo a los resultados. Las elecciones antes eran la manera en la que la gente decía si estaba de acuerdo con el gobierno que había tenido o si ya no soportaba más sus errores y lo enviaba a casa. Es decir, eran un termómetro del acuerdo o del enfado de la ciudadanía. Los partidos se limitaban a seleccionar los mejores para cuando les tocara probar su eficacia. Era todo muy aburrido, pero con un aliciente: no se planteaban como una competición deportiva, sino con seriedad. Con resultados para unos cuantos años.

   En algún momento, sin embargo, apareció la estrategia que tan bien ha retratado José María Eça de Queirós y todo se malbarató. En una de sus novelas, el escritor portugués plantea un caso premonitorio. El diablo se presenta ante un tipo corriente y le ofrece una fabulosa riqueza solo a cambio de que apriete un botón. ¿Un botón, para qué? Ah, para nada, un chino en China se morirá. Y el sujeto tentado aprieta, claro, y ahí empieza la novela. Y también nuestro presente. Estoy convencido de que el diablo ahora se presenta ante un tipo cualquiera y le propone: Di lo primero que se te pase por la cabeza mientras aprietas este botón y los ciudadanos te harán diputado. Porque a los ciudadanos ya no les importa lo que se ha gestionado, sino solo y exclusivamente lo que nunca pueda ocurrir.

  Este experimento diabólico no hubiera tenido ningún efecto, como máximo el de un ministro alelado en un gobierno, de no ser por una nueva estrategia del infausto, que no existía en tiempos de Eça de Queirós. El diablo no le ha ofrecido la opción de ascenso rápido a un único candidato, sino a todos los que se apuntan, de jóvenes, a un partido. Y estos, a su vez, no solo se lanzan a apretar el botón, sino que no quitan el dedo de encima por nada del mundo.

20 de octubre, viernes. Jardín de aforismos: arriate



Recuérdame lo que pensé entonces de la atmósfera, le dice el canto rodado a la ola que acaba de abandonarlo en la playa, ojalá supiera echar de menos.

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La oscuridad de la noche es incomprensible hasta que la rompen las primeras luces del día. Sin ese sinsentido, desconocería sus límites el sentido.

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Solo disponían de una copa. Compartirla era un acto hermoso, pero impedía brindar. Es todo lo que sacaron en claro.

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De conversación con los guijarros, las botas me llevaban más alegres hasta la estación. Desde que asfaltaron el camino solo oigo leves gemidos apesadumbrados.

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En un abrazo las manos, de repente, se sienten castigadas de cara a la pared.

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Lo que florece los brotes, reverdece la hierba y canta en las fuentes de los parques urbanos es la necesidad de recuerdos.

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Dentro del cubo donde lo lanza, el pez recién atrapado salta y se retuerce encarándose a su destino. Sentado sobre la lona de una silla de tijera el pescador de caña no consigue comprender el mensaje.

11 de octubre, miércoles. Fábula del Parque del Laberinto


«Parque del Laberinto» (fragmento). José Manuel Benítez Ariza

Nunca nos hicimos una foto, tal vez por eso ahora puedo evocar con tanta precisión gestos y conversaciones de la época. Aquello que las imágenes fijas desprecian. No hacerse fotos parecía lo normal entonces. La cámara, el carrete, la funda eran objetos vinculados a los viajes. O a las fiestas, que bien pensado es otra forma de vivir lo excepcional, ya no en el espacio, sino en el tiempo. Quizá por esta razón recuerdo los detalles antes que los rostros, y de mí obtengo un protagonismo más difuso. Frente a una fotografía donde aparece quien la observa el diálogo suele entablarse con uno mismo, si ha cambiado o si sigue siendo el mismo. Ese misterio del devenir. Y los demás se convierten en paisaje. La memoria, sin embargo, no opera como la fotografía, sino como el objetivo de la cámara: mira, pero es incapaz de verse, salvo frente a un espejo, que es la desviación de Narciso, pero no la mía ahora. No tengo delante ninguna instantánea que muestre lo que digo, solo una luz tenue, diluida y oxidada por los años.

         Aquel primer día de curso éramos tres alumnos en un pasillo tratando de descifrar el enigma de un horario. Después de una educación completa solo con compañeros varones en el aula, el colegio admitía en COU grupos mixtos, y, de repente, de las chicas que admirábamos desde lejos cuando salían de la escuela de las monjas, ahora dos estaban a mi lado, en el piso más alto, el de los mayores, donde tampoco nos dejaban pasar antes. Los tres alumnos éramos dos chicas nuevas en la institución y yo, que había ido escalando niveles en el edificio como quien ve pasar paradas del tranvía donde nunca se va a bajar. Y sin tenerlo previsto se encuentra al final del trayecto. Los tres compartíamos un mismo hueco en el tablero de ajedrez del horario escolar que acababan de entregarnos. Éramos los de griego y aquella hora resultó que la teníamos en blanco. Luego, otro día, deberíamos quedarnos una hora más, pero los lunes, de repente, la libertad. Que no era un mero hueco en el horario, sino el hecho de que, por ser mayores, nos dejaran salir y entrar sin ningún control. Un día de septiembre, caluroso, ¿quién se quedaba ahí, en el pasillo?

         Bastaba cruzar la carretera, con un carril en cada sentido, y seguir un sendero para entrar en el parque. Estábamos a las afueras de la ciudad. En plena ladera de la montaña. Aquella había sido una antigua finca de recreo decimonónica, con un laberinto en el centro y algunas construcciones neoclásicas con revoques desconchados y sed de pintura. Bajo la umbría de unos pinos, ni sé cómo llegamos, los tres solos. Y el hielo por romper. Pensé que me tocaba a mí empuñar el piolet, pero de golpe sentí que la superficie helada del desconocimiento se hundía, con los tres encima, sobre las cálidas aguas de la charla más animada. Me había enamorado algunas veces. De una amiga de mi prima que la acompañaba a las celebraciones familiares. De una muchacha que iba con sus padres al mismo campo con asadores de piedra, explanadas para jugar a pelota y mesas de madera donde acudían los míos a pasar los domingos. De la hija del maestro en el pueblo donde pasábamos las vacaciones. En fin, un largo historial de deslumbramientos y ninguna novia.

         Mis dos nuevas compañeras, de súbito, eran reales. Y los lunes, el día de la semana más esperado por mí. Los tres salíamos de clase de lengua, dejábamos el macuto en el aula, y cruzábamos la carretera atropellándonos las voces. Lo que daría por recordar sus nombres ahora. Es cierto que puedo inventarlos, pero me da pereza. Una de mis compañeras tenía un apodo, ese sí que lo sé, pero prefiero olvidarlo. La otra estudiaba piano y una vez tocó frente a mí las notas del «Para Elisa», que desde entonces es mi pieza musical favorita, y no me cuesta nada evocarla como Elisa, aunque no fuera su nombre. Las dos eran opuestas en todo. Una vestía con ropas varias tallas por debajo de la suya, la otra con las mismas tallas desajustadas, pero por encima. Una era ya una mujer de mundo que rebosaba personalidad; la otra, una muchacha temerosa y desconcertada. Una no callaba, a la otra le costaba hablar. Una se pintaba las uñas y los labios, la otra siempre llevaba el pelo recogido en una trenza. Eran tan diferentes que nunca en otro contexto se hubieran encontrado en conversaciones tan íntimas como las que manteníamos cada semana.

         Durante muchos meses dudé de cuál de las dos enamorarme. Eso lo recuerdo bien. Antes que una duda era, para mí, una encrucijada. Qué camino seguir, el mundano o el místico. Se divertían las dos conmigo, eso seguro, pero no vi en ninguna un interés especial por mí. Eso relajó mi elección. Enamorarse era, en aquella adolescencia del final de la dictadura que viví, una suerte de vicio solitario. La duda se fue extendiendo por los meses del curso. ¿Cuál de las dos merecía mi encandilamiento secreto? El dilema me resultaba indisoluble. Es más, empecé a encontrarle encanto a esta dificultad. Unos días me enamoraba de una, y para ello necesitaba pensarme a mí mismo como el piloto de la motocicleta que jamás tendría, con el casco en la mano izquierda y el cigarrillo, que nunca había fumado, en la derecha. Otros días me imaginaba aún más tímido de lo que siempre he sido, torpe y apocado, pero con un cazamariposas en la mano.

         El curso es una extensa línea de tranvía que, en cierto punto, sin que nadie lo sospeche, no se vuelve a detenerse en ninguna parada prevista, ya empeñado solo en llegar al final. El último mes, aún con clases, el agujero negro de nuestros lunes desapareció como por arte de magia. Mi compañera mundana se echó un novio en ciencias al que no le importaba hacer campana en la hora de nuestro hueco. Y la melancólica prefirió ensayar a aquella hora en el piano del teatro la pieza que quería tocar en el ya inminente festival de fin de curso. Me fui el primer lunes de mi súbita soledad al parque y vagué por el interior del laberinto como si no supiera de memoria el camino certero de salida. Como si fuera posible aún perderse entre los setos y no volver a salir nunca a la realidad. 

[Cuaderno de ficciones, página 11]