21 de septiembre, martes. Plaza Carmen Laforet

A veces paso en autobús por la antigua avenida Borbón, desde 2019 convertida en república de las apelaciones populares como Avinguda dels Quinze en recuerdo de los quince céntimos que costaba el billete de tranvía desde el centro de la ciudad hasta esta zona fronteriza entre los antiguos municipios de Horta y de San Andrés del Palomar. Al paisaje urbano actual aún sobrepongo el largo trazado de paneles de pared idénticos, con ventanas iguales que no servían para ver desde dentro ni relajaba contemplarlas, y el enorme portón por donde entraban y salían autobuses vacíos. Las cocheras de los Quince. Me pregunto si Carmen Laforet pasaría alguna vez en tranvía por delante y si al mirar hacia la enorme techumbre ondulada de la instalación se le ocurriría ni siquiera delirar que ahí en medio, algún día, le dedicaría una plaza la ciudad que con tanta exactitud describió, con la lucidez que le otorgó quizá el escaso tiempo que vivió en ella.

         La ciudad es el ámbito natural de las paradojas. El nombre que perdió la avenida lo perpetúa un gran letrero en la instalación municipal Cocheras Borbón, que no cuida en su interior vehículos de motor como parece anunciar, sino vecinos que quieren hacer deporte. La historia de las Cocheras en el paraje de Torre Llobeta arraiga desde el inicio mismo de los transportes colectivos. A finales del siglo XIX, un tranvía tirado por caballos lo eligió como lugar para el descanso nocturno de los animales que realizaban el trayecto. Cuando en 1901 se electrificó el recorrido, también se necesitaba dónde alojar los convoyes y se reestructuraron las cuadras. Incluso construyeron una capilla, lo que indica lo lejos que se encontraba de cualquier zona habitada. El monótono paredón de las Cocheras que contemplaba en los autobuses de mi adolescencia era una obra de los años cincuenta.  En los pasados años noventa, la empresa fue liberando poco a poco terrenos, hasta que desapareció por completo del barrio, ya urbanizado por los cuatro costados. Su existencia ha sido un buen emblema del siglo XX, una época que la tecnología ha dejado prematuramente anticuada. En su lugar hoy queda un hermoso parque donde los dueños pasean a sus perros, unas instalaciones sanitarias de enigmático uso, un pabellón deportivo y un hueco entre construcciones al que han denominado plaza Carmen Laforet.

         La plaza es un corredor alargado entre tipos contrapuestos de arquitectura. Por una parte, el piso de David, los bloques de viviendas de protección oficial de los años cincuenta, con la humilde y cálida fábrica de color ambarino del ladrillo visto, con ventanas pequeñas alineadas en forma de muestrario de chapuzas en aluminio y diferentes generaciones de toldos. Enfrente, el presupuesto de Goliat, el despliegue horizontal y amurallado del hormigón, disfrazado con una afable vestimenta de listones de madera. Y en medio, entre exóticas palmeras, una hilera de bancos para contemplar el vacío alrededor del cual los monopatinadores, únicos amantes de las plazas duras, realizan carreras que recuerdan a las que los romanos organizaban en sus circos. Nada que evoque, salvo la placa de mármol con su nombre, a Carmen Laforet. Ni siquiera se aventuró por las inmediaciones Andrea, su personaje novelesco, quien sí dejó noticia del tipo de plaza que le gustaba: «Santa María del Mar apareció a mis ojos adornada de un singular encanto, con sus peculiares torres y su pequeña plaza, amazacotada de casas viejas enfrente. (...) Estuvimos allí un rato y luego salimos por una puerta lateral junto a la que había vendedoras de claveles y de retama. Pons compró para mí pequeños manojos de claveles bien olientes, rojos y blancos». Si hay una plaza opuesta a la que le gustaba a Andrea es la de su creadora, en la que hoy Pons no podría ni siquiera regalarle el periódico del día o invitarla a tomar un café. 

15 de septiembre, miércoles. Alegato contra el individualismo

Leo un libro de poemas que publicó en 1966 un poeta cuyo nombre no aparece en ningún recuento panorámico y menos en las antologías. Para mí, también desconocido. La colección, sin embargo, publicó libros de los que aún se habla. Lo encuentro en San Antonio y lo compro por un euro. El ejemplar está sucio y maltrecho. Lo limpio con un trapo, lo cuido como haría un veterinario con un cachorro extraviado en el bosque. El papel es bueno y la tipografía se lee con gusto. Curiosidades de la época, en la página de crédito aparece impresa la dirección personal del poeta. En 1966, claro. Y una extraña mención sobre este dato: «Edición del autor». Repaso los libros de la misma colección que tengo y no aparece nada parecido. ¿Sería un signo de lo que hoy se conoce como «autoedición»?

En todo caso, es un elemento singular de este libro. En cierta ocasión, de paseo por el Paralelo con el novelista Antonio Rabinad, me hizo entrar en un bar para que viera la hora. Miré el reloj y le dije: «Las cinco y cuarto». ¿Dónde está el reloj?, me preguntó. Y caí en la cuenta: toda la pared del bar era una cristalera y el reloj se veía reflejado en ella. Así que me puse a buscarlo, y no tardé en descubrir el hallazgo. El reloj estaba en el tramo de pared sobre el alféizar de entrada, pero no era un reloj cualquiera, los números estaban puesto al revés y las manillas corrían en sentido inverso, para que lo pudiera reflejar el cristal de manera convencional. Como Rabinad era un clásico, sentenció la experiencia con un adagio: «Cada bar tiene siempre algo que no tiene ningún otro, y hay que descubrirlo». No he olvidado la lección, y aunque visite pocos bares nuevos, porque lo único que me gusta es volver a los bares donde ya he estado, aplico la enseñanza sistemáticamente a los libros. Y aun en el más humilde encuentro algo que le es propio.

La lectura del libro resulta agradecida. El autor perteneció al círculo de Miguel Labordeta, según descubro en Internet, y se le nota. De todas formas, a los aciertos que disfruto me encantaría quitarle mucha retórica de la época que hoy suena a chatarra. Quedarían unos versos estupendos para leerlos en el siglo XXI. Los poemas tendrían que poder ser remodelados por las generaciones posteriores con naturalidad, como ocurría en las civilizaciones y períodos que carecían de escritura. La poesía era un corpus único que se iba adecuando a las sensibilidades de cada época. En lugar de aumentar desproporcionadamente el volumen de la poesía existente, con libros y libros que desaparecen igual que aparecen, la lírica debería crecer desde un reducido número de poemas modificados por cada generación, a la manera de los cantares épicos.

Se me dirá que ya ocurre algo así con la tendencia a la clonicidad de tantos escritores; hay una diferencia esencial, los copistas actuales deterioran el modelo, pero el propósito de la panlírica generacional sería, claro, mejorarlo.



8 de septiembre, miércoles. «El ausente»

El ausente fue un libro soñado. Ocurrió una mañana de julio de 2018, en la librería Walther Köing, en el Barrio de los Museos de Viena, en la mesa de arte contemporáneo. El libro que empecé a hojear, 100 Selbstbildnisse (Köln, 2018) —una edición de los cien autorretratos que Gerhard Richter había dibujado entre septiembre y octubre de 1993—, de repente se convirtió en una epifanía. Imaginé los dibujos a lápiz de Richter convertidos en cien poemas. Cien textos alrededor de un ente inasible, yo. Vi el libro ya escrito. Casualmente el libro que soñé estaba impreso en octavo y cada poema ocupaba la mitad de la página en un rectángulo semejante al que Richter trazaba para inscribir dentro el dibujo. En el rectángulo tipográfico vi inscritas mis palabras.

         No conseguí que la idea se me fuera de la cabeza hasta que no empecé a escribirlo. El primer autorretrato fue redactado a los pocos días de regresar de Viena, el día 13 de julio. Mi intención era comprobar lo imposible del propósito y olvidarlo. Pero el segundo lo escribí al día siguiente, y el tercero el día 15, y así en días consecutivos agoté el mes de julio. El libro soñado era imparable, algo en él se empeñaba en brotar. A borbotones. Ninguno de los poemas partía de una idea previa, pero las palabras se cosían a la hoja con una seguridad y una certeza que no dejaron de sorprenderme hasta el final. Cien autorretratos que tuvieron en mí solo el albañil que con paciencia los fue colocando en el mosaico del suelo por donde pisaba. El último lo escribí el día 13 de noviembre de aquel año, a las 13:19, según señala mi cuaderno. Era el 99. El 100, poema guía, o índice, del conjunto, lo había escrito el mismo día que el primero.

         El dibujo de cubierta es de Rafael Pérez Estrada. Es un dibujo extrañamente no concluido. Se conserva junto a otros de 1990. En cuanto consideraba acabado un dibujo, aunque solo fuera una mera caricatura, lo primero que hacía era firmarlo y fecharlo. Recibí muchas recriminaciones suyas, orales y escritas, por mi fea costumbre de no ponerle fecha a nada. Hoy, la de vueltas que da la vida, poseo anotación del día en el que redacté cada uno de los cien poemas, incluida la hora en la que acabé la escritura, y el dibujo de Rafael, paradójicamente, carece de fecha. La mañana vienesa en la que soñé este libro no se me apareció este dibujo, pero cuando revisaba obras de Rafael con el propósito de encontrar alguna que pudiera ilustrarlo, nada más verlo supe que aparecía ya en la cubierta que había soñado.

7 de septiembre, martes. Plaza del Diamante

La calle que desemboca en la plaza del Diamante se llama Topacio; la que cierra por debajo, Oro; su paralela, Perla; por encima queda la calle del Rubí. Parecen las dependencias de una joyería, y al parecer es lo que ocurrió. La finca rústica donde están ubicados los alrededores de la plaza pertenecía a un joyero de Barcelona que, conforme la urbanizaba, iba dándole nombre a las travesías con sus piedras y metales preferidos. Es, quizá, la plaza más literaria de Barcelona, gracias a que la genial escritora Mercè Rodoreda (1908-1983) la eligió como título de su mejor novela: La plaça del Diamant (1962). No solo como título, en la carpa que se monta cada año durante las fiestas de Gracia arranca la vida de su protagonista, y en el vacío de la plaza, muchos años después, una madrugada, contempla el extraño dibujo que los acontecimientos han trazado con sus días. Este símbolo de angustia existencial de la Colometa, protagonista de la novela, parece haber descendido hasta sus entrañas: en 1992 se descubrió y restauró un refugio antiaéreo de la Guerra Civil, el número 232. Esto es lo que hay que contar de la plaza cuando se la presenta.

         La atravieso casi a diario, desde la calle Asturias, antes calle Esmeralda, hasta Verdi, por la que suelo subir o bajar en los paseos por el barrio. La sensación que tengo es siempre paradójica. Posee una hermosa y equilibrada planta de aspecto cuadrado. Espaciosa. Todo parece respirar en su enlosado de plaza dura, casi siempre desierto. O, con suerte, ocupado por un músico o artista callejero que entretiene a la gente, que solo se arremolina y la utiliza en el flanco norte. Ahí, unos arbolillos de escasa altura, pero frondosos, cobijan la terraza de un bar frecuentada a cualquier hora. Un parque infantil con cerca, en el otro extremo, atrae a las parejas jóvenes de la zona, que intiman mientras sus descendientes se liberan del control familiar. Existe también, entre terraza y parque, un banco de piedra corrido, en el que es fácil ver turistas comiendo, adolescentes de charla, ancianos de descanso y contempladores de ciudad de diversa especie. Un banco de plaza comunitario, algo insólito en una ciudad donde la conciencia de propiedad privada se extiende hasta la baldosa que se pisa cuando se camina.

         Vida al norte, desierto al sur. La distribución de la plaza parece un vaticinio. No hay nada habitable, ni bancos ni terrazas, entre los dos accesos al refugio antiaéreo, que los niños usan como porterías para sus partidos de media tarde. A veces, cuando cruzo por aquí rememoro la visita a este espacio que realizó Natàlia (a quien la vida rebautizó como Colometa) en las últimas páginas de la novela de su vida: «y entré en la plaza del Diamante: una caja vacía hecha con casas viejas y el cielo como tapadera». Da la impresión de que la realidad se esmere por estar a la altura del arte literario. Unas páginas antes, la protagonista confesaba que había «sentido repentinamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia… sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos amasa». Mercè Rodoreda dejó esta plaza impregnada para siempre con su melancolía existencial. 

4 de septiembre, sábado. Amores de valquiria y corneta

Hace unos días compré en los Encantes por dos euros una biografía de Chopin, de 1952, bien editada en octavo con tapa dura, excelente papel y mejor tipografía. Me llamó la atención que en un anexo se incluyeran las cartas que el músico envió a George Sand —que el traductor de la época, con una lógica que aplasta, traduce en el texto como «Jorge Sand»—. La mayor parte de las misivas tiene escaso interés para el curioso. Ni siquiera son cartas, sino notas que se dejaban en lugares públicos o se encargaba llevar a los criados para concertar citas o avisarse de asuntos particulares de la vida cotidiana. El grueso de la relación epistolar lo forman las que se escribieron tras la ruptura, donde resulta interesante apreciar cómo la pérdida de intimidad va fosilizando la expresión.

Qué extraña pareja. Chopin, casi un niño, frágil, músico obsesivo, con la melancolía por único horizonte; Sand, mayor, a rebosar de experiencias mundanas, dominante, impenetrable tras lo adusto de sus trajes varoniles. Pasaron ocho años juntos, entre los cuales dos meses invernales en Mallorca a los que el biógrafo dedica cuatro páginas llenas de padecimientos. El autor, André Maurois (1885-1967), fue un polígrafo todoterreno.  A mediados del siglo pasado se puso de moda traducir sus libros variopintos y hoy es el rey de los mercadillos de libros viejos. Su biografía, que con acierto se salta cronologías o datos concretos y tiende a la redacción expresiva, se lee como un cuento de hadas vuelto del revés.

En las escasas cartas donde media una separación temporal, la distancia le da alas descriptivas a Chopin y el lector aburrido despierta. En 1844, durante el despiadado diciembre de Nohant, se compara con el hijo de Sand: «sonrosado, fresco, caliente y llevaba las piernas desnudas. Yo estaba amarillo, ajado, frío, y tres franelas bajo el pantalón». Un poco más adelante, una confesión de Chopin le encoje el corazón al lector: «no he ido tampoco a casa de Madame Doribeaux, porque no tengo ropa buena, lo cual hará que no haga visitas inútiles». Aunque al final de la carta, otra referencia al vestuario se lo dilata: «Imagino que es por la mañana, y está usted en ropa interior con sus queridos fanti que le ruego bese de mi parte». 

24 de agosto, martes. El inútil ejemplo de las garrapatas

Un amigo, neófito en estos asuntos, me cuenta que su libro se publica a principios de septiembre y me pregunta si es una buena fecha. La verdad, le digo, no es tan mala como parece. El primer editor al que se le ocurrió presentar novedades el día uno de septiembre fue Jorge Herralde. La campaña de otoño es la que mira hacia Navidad. El grueso de los libros aparece a partir de la segunda quincena de octubre. Hasta entonces las mesas de novedades perpetúan la disposición que tuvieron durante el verano. Aunque tal vez el hueco que vio era otro: todo un mes de septiembre de suplementos literarios sin un título que llevar al papel. De los libros que Anagrama publicaba en septiembre el dossier de prensa necesitaba dos o tres carpetas. En aquel momento, le digo, también había espacio para libros como el tuyo en los periódicos, pero ahora, me parece que da igual cuándo se edite para que nadie le haga caso.

         Hoy creo que salen novedades en septiembre como en cualquier mes, pero quizá algo menos, lo que le proporciona a tu libro, le digo a mi amigo inquieto, la posibilidad de un espacio en las mesas de las librerías. Si se edita al principio, mejor, porque a partir de octubre llega la avalancha de los grandes sellos y ya no dejan respirar a nadie. Este es tu momento: el mes de septiembre. Y el hecho fortuito de que los lectores hayan agotado el acopio de libros que hicieron en junio o, por el contrario, no hayan agotado en vacaciones su cuenta corriente. Luego, en octubre, tu libro se devolverá o, en el mejor de los casos, se arrinconará en un estante.

         ¿Y tú crees que venderé muchos ejemplares?, me pregunta desde la más profunda ingenuidad. «Muchos» es una palabra complicada. Por el editor donde aparece y por su género, es difícil que a una librería lleguen más de tres ejemplares. A las contadas librerías a las que llegue, claro, porque la distribución es un laberinto invadido por una tiniebla perpetua. Así que, como mucho, y con suerte, podrás vender tres ejemplares por librería. Y casi mejor que no los vendas pronto, o tu libro habrá desaparecido para siempre de las mesas donde al menos puede verse. ¿No los repondrán?, insiste, utópico. Si el editor está al tanto, puede. Pero el librero solo sabrá que se ha vendido semanas después, justo cuando ande como loco introduciendo las novedades de los grandes. No se le pueden pedir peras al olmo, pese a que con su altura y frondosidad daría unas cosechas inmensas. Pero…

         Veo languidecer a mi amigo ante las perspectivas nefastas que le acabo de pintar y busco entre mis referencias últimas algo que en el mundo haya crecido. Por compensar. Y lo descubro. Cambio de tema y le cuento que en la Vanguardia del domingo leí un reportaje muy interesante sobre las garrapatas, cuyas picaduras, que a veces se pueden complicar, se han multiplicado desde hace un tiempo. Su ciclo era el del calor, de junio a septiembre, pero con la extensión del período cálido ahora no solo proliferan más, sino también se reproducen durante más tiempo, desde marzo a noviembre. Este es el mundo que se construye a nuestro alrededor, los libros menguan su presencia y las garrapatas la aumentan. 

19, jueves. Agosto. Plaza Frederic Marès

Durante un tiempo he dudado no solo si merecía la pena dedicarle tres párrafos a este lugar, sino si podía ser considerado en verdad una plaza. Lo cierto es que sus características están ahí: una planta rectangular, amplia y despejada, una hermosísima estatua de desnudo femenino en una esquina, cuatro arbolillos y sus sombras bailando por el suelo si hay brisa, una visión privilegiada de la muralla romana y un nombre —ilustre— de plaza. No hay bancos, pero la gente se sienta en los plintos que sujetan las columnas de la verja que impide el acceso al espacio. Y es verdad, un animal enjaulado sigue siendo el mismo animal que en libertad. O de una persona encarcelada, no se duda que sea persona. Así no me queda más remedio que afirmar que esta plaza es una plaza, aunque ahora recelo si he de considerar enjaulada o encarcelada su condición. El nombre que ostenta, Frederic Marès (1893-1991), escultor, coleccionista y benefactor de la ciudad, la merece, aunque este rincón barcelonés, no exento de belleza, antes parece un formalismo. Un merecía una plaza y ahí la tiene. Exquisita e intangible, un escaparate de plaza. Quizá Marès hubiera preferido otra con vecinos que recibieran las facturas y comunicaciones del banco con su nombre en la dirección.

         Las columnas de la valla que impide el paso a este lugar privilegiado, clavadas a los podios que los transeúntes usan como bancos, sustentan también una gran pérgola metálica que preserva del acoso del sol al vacío encerrado. Tiene también una sobrevenida función estética sobre la calle que transcurre en paralelo. Por las mañanas, cuando el sol bate la pérgola, la luz se entretiene en convertir cuanto exista o transite por delante en una suerte de crucigrama. Traza sobre las fachadas, el pavimento, las tiendas o las personas, con pulso firme, una cuadrícula gigante que encasilla la visión, igual que el colegial practica dibuja con una pauta por debajo que se transparenta. En este pupitre la luz se transforma en un aprendiz.

         La calle desde la que se admira la plaza se denomina «de la Paja». El sentido figurado del término hace furor en la adolescencia y, en especial, en un adolescente perpetuo, el cantante Javier Gurruchaga, asiduo de la calle, de su nombre pronunciado con una inflexión perversa y de la librería de libros viejos de Ángel Batlle que hay enfrente de la plaza. Si Valle Inclán hubiera vivido en Barcelona, inspirado en este comercio bibliófilo hubiera escrito tal cual escribió la escena del librero Zaratustra en Luces de bohemia: «Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero». Solo hubiera añadido a la frase del coloquio «y los hermanos». Aunque entrara muchas tardes para perderlas en el escrutinio de sus paredes, no estuvo nunca entre mis librerías favoritas, pero el otro día pasé por la calle de la Paja y vi el local vacío y estuve a punto de llorar. 

11 de agosto, miércoles. Adelantar hacia atrás

Desde hace treinta (o quizá sean cuarenta) años uso la misma marca de champú. Cuando empecé a comprarla era un producto novedoso, luego dejó de serlo, claro, pero no sentí ningún impulso por sustituirlo por otro nuevo. Ni siquiera me resistí, ni se me pasó por la cabeza. Funcionaba bien. La verdad es que en estas décadas no ha cambiado demasiado, ni el diseño, ni el bote. Pero, de repente, en el estante donde lo suelo encontrar en la tienda descubro un formato innovador de champú, propuesto por la misma marca. En lugar del líquido embotellado en el plástico habitual, una pastilla. Envuelta en papel. Una pastilla de champú con una especie de manopla de rejilla, de las de toda la vida, para facilitar su uso sobre el cabello. Una pastilla como las que se usaban para el jabón convencional antes de que se decidiera que los envases de plástico molaban más. Ahora se descubren algunos aspectos no demasiado simpáticos de la modernidad plastificada y la respuesta ingeniosa es una pastilla de champú. Un volver al pasado para progresar. Quién se lo hubiera dicho, tan moderna como se sentía la época apretando el bote.


7, sábado. Agosto. Plaza San Felipe Neri

A Salvador Dalí le enloquecía encontrar centros del universo en sus lugares biográficos. Como no he nacido ni resido en sitios que brillaran por algún aspecto cardinal, me gusta pensar esta plaza, con la ayuda de un verso de Raquel Casas Agustí, como el «lloc on volia néixer, la meva plaça». Tal vez ombligo de ciudad o incluso yema de su huevo. O simplemente su mejor biblioteca: cada una de las piedras que se mire cuenta una historia. Incluso si cierro los ojos para oír despeñarse el agua de la fuente que hay en medio —un pilón octogonal de cuyo centro emerge un monolito con pila intermedia y por encima cuatro caños que la desbordan—. Si recuerdo el verso de Edith Södergran, «Cruzo la plaza con mi futuro en el pecho», solo he de cambiar una de sus palabras por «pasado». La primera vez que la crucé, a finales de los años setenta, era un espacio sórdido. Se accedía con miedo, se atravesaba con pavor y se salía con el propósito de no regresar. Mal iluminada, hedionda, con cuerpos abandonados a los delirios artificiales por los suelos, entre desperdicios y despojos. Cuando acompaño a alguna persona que no conoce la ciudad, disfruto iniciando la visita en San Felipe Neri. Ante el sonido armónico del agua, bajo la sombra catedralicia de los tres soberbios tipuanas que huyen hacia el cielo y entre la dignidad de la piedra, siempre hay alguien que me dice: qué lugar tan romántico.

         Trágico, le corrijo. A los soldados les gusta decir que una bomba nunca cae donde ha caído otra, pero aquí uno de los edificios de la plaza se mantiene erguido para desmentir la ciencia bélica. Hospicio infantil durante la guerra, se coló una bomba por un ventanuco del subterráneo, abierto a pie de calle, donde se habían escondido niñas y niños, huérfanos del conflicto, durante el bombardeo. Cuando acudieron los primeros vecinos para ayudarlos a salir por el socavón abierto, otra bomba, lanzada por otro avión de la escuadra que martirizaba a los barceloneses, impactó en el mismo lugar causando una masacre entre los rescatados y los salvadores. De la metralla que se esparció por la plaza aquel día aciago guarda memoria la viruela que pica por completo la fachada de la iglesia contigua. Una imagen que aún impresiona. Hoy, el antiguo hospicio es un colegio de barrio y la plaza, el patio de recreo. Muchas mañanas me he sentado en el suelo a ver correr a los niños detrás de una pelota y oír cantar como goles los balonazos que impactaban contra los sillares medievales.

         La noche más hermosa que recuerdo en San Felip Neri fue una de mayo, hace años, durante la Semana de Poesía de la ciudad. El escenario se alzaba contra el muro lateral de las dependencias de la iglesia, la base del pentágono que forma la planta de la plaza, y junto a él había instalado un trapecio portátil. Entre lectura y lectura, las luces se apagaban y un único foco iluminaba los movimientos inverosímiles de la acróbata, cuya sombra armónicamente se retorcía, engrandecida, sobre la pared de piedra mientras los chorros de la fuente cantaban las viejas nostalgias de la plaza. 

3, martes. Agosto. Brevedad y tiempo

Ahora una carta electrónica llega mucho antes que el medio más rápido del siglo XX. No se suele pensar demasiado en este cambio de hábitos. El telegrama fue el recurso para las urgencias que se extendió durante décadas. Hace dos o tres años Correos, que aún mantenía el servicio, aunque solo se utilizaba para felicitar cumpleaños, lo cerró. No más telegramas. Un telegrama era un giro de guion: o el anuncio de un premio; o, lo más común, de un fallecimiento. No resultaba raro ver a una persona buscando un taxi con un telegrama en la mano. Cuando el taxista se detenía, el alterado cliente le preguntaba: «¿Puede llevarme usted a Burgos?».

            Es exactamente lo que hizo un día mi padre con la noticia del fallecimiento de su madre, mi abuela Albina, en la mano. Casi ni le dio tiempo a mi madre a dejar a mis hermanas con alguien, y a mí, que tendría unos diez años, me permitieron subir al taxi. Mi primer gran viaje en coche. Nos detuvimos a cenar en Zaragoza, en un restaurante enorme, techos de basílica, abarrotado. Mi gesto sin duda eran dos ojos de par en par tratando de captar matices inéditos de la realidad. Aún recuerdo lo que más me impresionó. Los moños que lucían las mujeres. Un concurso no hubiera reunido tantos. Arrancaban en la nuca desnuda y se alzaban imperturbables muy por encima de la línea craneal. Competía la variedad de formas en cada cabeza, que se lograban gracias una diestra distribución estructural de horquillas. Después del postre, el taxista pidió un café y le sirvieron una taza casi vacía, con un culo en el fondo de un brebaje denso y oscuro. Se habló un rato sobre el café y los viajeros regresamos a la carretera. Me dormí soñando con los moños estrambóticos que había visto, un sueño que reapareció durante años. De madrugada llegamos al pueblo. Mi padre me subió en brazos hasta una cama y yo, que iba despierto, me hice el dormido.

            Infinidad de tareas que durante el siglo XX ocupaban un tiempo, ahora se resuelven en un santiamén. Ensobrar la carta, sellarla, buscar un buzón, aguardar a que llegara, esperar la respuesta que hoy se lee en segundos, lo que se tarde en teclearla. Y no digamos las horas que pasamos en aquel viaje por humildes carreteras de un único carril por sentido, curvas pronunciadas por todas parte y socavones frecuentes. ¿Cuántas ocupaciones cuyo cumplimiento ahora aún consume un tiempo en el futuro inmediato serán más breves, o incluso instantáneas? Es una pregunta que no despierta ningún entusiasmo, porque a estas alturas del siglo XXI ya se sabe de sobras que la brevedad de las tareas consume infinitamente más tiempo personal que su proceso dilatado.

28, miércoles. Julio. El cine como espejo

Anoche vi «El rayo verde» (Le Rayon vert), de Eric Rohmer. Aún recuerdo lo impactado que salí del cine tras verla por primera vez, sería hacia 1986, porque entonces Rohmer se estrenaba enseguida. Creo que es el director más generacional que conozco. En los ochenta, cada película suya era esperada con ansiedad y celebrada con colas en la puerta de los cines. Y con horas y horas de conversaciones, después, más extensas y densas que las que se habían contemplado en pantalla. Es posible que hasta en alguna de esas tertulias de café afirmara que Rohmer era el director que más me interesaba. Luego se acabaron los noventa y la vida siguió ya sin el impacto de sus películas. Sin que nadie lo citara ni lo programase. Así que cuando he visto en cartelera «El rayo verde», tal vez mi favorita, me he lanzado como quien descubre un álbum de fotos (de fotos) perdido en un armario.

          Ahora que lo miro con ojos arqueológicos compruebo que como director no parece haber superado el primer curso de lenguaje audiovisual. Como un alumno novato, coloca la cámara delante de la mesa donde están sentados los actores, dice (o diría) «Acción» y solo corta el plano («Corten», habrá dicho) cuando la conversación se ha extenuado por completo. Es lo que hizo mi grupo en el primer ejercicio del primer cursillo de cine al que asistí. Una compañera plantó la cámara delante, otra y yo nos sentamos en un banco y empezamos a hablar sobre un asunto del que habíamos hecho un breve bosquejo. Cuando se acabó la charla ficticia, cortamos. Yo no me acordé de Rohmer luego, cuando el profesor de lenguaje audiovisual nos explicó cómo se filma un diálogo en plano contraplano. Una clase que el director francés se había saltado. Y bien que hizo. Aunque el profesor afeara nuestro ejercicio, a mí esta única vez en la que me he expuesto delante de una cámara me pareció un homenaje al cine que admiré no como un espejismo del tiempo, sino como su espejo.

         Lo que disfruto de «El rayo verde» treinta y cinco años después es el identificar en los diálogos el sentido de las conversaciones propio de aquella época. Pero no en la pantalla, sino entre el público, en sus relaciones personales. Es solo una intuición y no sé si sabré concretarla. Delphine, el personaje principal, interpretado por Marie Rivière, construye su propia identidad a través de sus dubitativas confesiones frente a los demás. No parece hablar desde sus convicciones (ni siquiera cuando justifica desastrosamente su repudio a comer carne), ni desde lo que conoce de memoria por haberse convertido ya en su «relato», sino que se va creando como persona poco a poco en cada una de las diversas conversaciones que mantiene, improvisando sobre quién es y qué espera de sí misma. Carece de un relato apriorístico, lo descubre al hablar. Las dudas, pero también las contradicciones constantes, la ausencia de criterio en sus decisiones, la timidez como estrategia defensiva… no los identifico ahora con una personalidad de ficción concreta, sino como la esencia misma del conversar que se vivía como habitual en la década de los ochenta. No se hablaba para informar de lo que uno sabe, ni para imponer una visión del yo o de su realidad, sino para hallar, en el diálogo, quién es exactamente uno mismo. La conversación como método de conocimiento.

Hoy todo parece más codificado y nadie pronuncia nada que no esté repitiendo. O tal vez solo sea una impresión mía. El caso es que el plano fijo de «El rayo verde» me ha devuelto no solo el sabor de mi juventud, sino su hermenéutica, es decir, el modo de interpretarla. 

20, martes. Julio. Plaza de Virrey Amat

No tendría más de dieciséis años cuando acudía cada tarde a una biblioteca en los bajos del edificio más alto de la plaza, que estaba a veinte minutos a paso rápido desde la casa familiar. Parece mucho, pero no era tanto porque entonces la parada de metro más cercana estaba allí y durante años fue la ruta de salida del barrio. Años después ampliaron otra línea, la que ahora pasa por debajo de la casa de mi madre, que es la que tomo para ir a verla. Visité aquella biblioteca de la Caixa por primera vez para hacer un trabajo escolar, pero enseguida intuí que en las estanterías existía un universo incógnito. Por ejemplo, ahí conocí la revista El Ciervo, en la que décadas después escribiría durante veinte años. Y entre los descubrimientos, lo recuerdo bien, estuvo la poesía de Vicente Aleixandre. Lo que aprendí a leer en sus libros no fueron los temas, como me habían enseñado en el colegio, sino el lenguaje. Casi no entendía nada, pero el idioma brillaba como el sol cegador del mediodía, y tampoco hay que ver nada en concreto para sentirlo pletórico. Y estoy convencido de que uno de los poemas que más me gustaba entonces era «En la plaza», quizá porque en él había referencias que comprendía mejor e incluso ciertas expresiones podía identificarlas al otro lado de la pared acristalada de la biblioteca: «Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia». La época —1976— está entera dentro de este verso.

         Guardo un recorte de periódico de 1999 que empieza así: «Cuando dentro de 10 meses finalicen las obras de reforma de la plaza de Virrey Amat, en Barcelona, no quedará ni rastro de su antigua fisonomía». No estoy seguro de si está hablando de la plaza o de la época. De todas formas, el eufórico vaticinio tampoco es del todo cierto. El «antiguo» aspecto de plaza de extrarradio, redonda, con arena llena de socavones, columpios, un círculo de árboles de copa esférica y fatigada, bancos de listones verdes despintados donde de vez en cuando me sentaba con un amigo a ver pasar la tarde, todo ello pervive en mi memoria. Pese a la nostalgia, más de la edad que del urbanismo, no diré nada en contra la nueva plaza cuya reforma quería aproximarla a la plaza Cataluña —en extensión— y que los arquitectos que la diseñaron continúan presentándola como ¡una playa! Traduzco del inglés: «Los volúmenes del estanque, la "playa", la pérgola, las zonas de vegetación y las terrazas se organizan, orientando el acceso, los caminos y las vistas en relación con el paisaje inmediato». La verdad es que es una plaza urbanísticamente atractiva, llena de elementos hiperbólicos (las pérgolas gigantes, el estanque monumental), que son donde más luce la modernidad, pero no sé si este simbolismo arquitectónico coincide con el poético de Aleixandre cuando el poeta se decía a sí mismo: «Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua, / introduce primero sus pies en la espuma, / y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide». El «agua» que entonces significaba la lucha por la libertad, ahora se ha quedado en emblema de la aspiración a un mes de vacaciones en la playa. Las épocas.

         Cuando estudiaba filología, iba y venía cada día varias veces desde la plaza Virrey Amat a la casa de mis padres. Y no fueron pocas las ocasiones en las que me encontraba apoyada en la jamba de alguna tienda, frente a la boca del metro, a una compañera de curso. Que esperaba. A su novio, que también era un colega de la facultad. Quedaban en el metro, sobre todo los fines de semana; ella llegaba puntual a la hora, pero él podía tardar quince minutos, treinta, una hora. O no presentarse. Ya había decidido ella no esperarle más de dos horas. A la segunda hora llegaba, muchas veces, con lágrimas en los ojos. Al principio solo la saludaba, pero con el tiempo me acostumbré a acompañar su espera, sobre todo si yo volvía a casa. Me quedaba charlando con ella de las cosas del curso, de lecturas, qué sé yo, trivialidades. A veces, llegaba el novio, me saludaba y se iban felices los dos. Otras, me decía: «Ya han pasado las dos horas, pero podemos esperar un poco más». Y nos quedábamos allí, en la acera de la plaza —aún arenal con socavones, todavía no playa—, conversando.