24 de agosto, martes. El inútil ejemplo de las garrapatas

Un amigo, neófito en estos asuntos, me cuenta que su libro se publica a principios de septiembre y me pregunta si es una buena fecha. La verdad, le digo, no es tan mala como parece. El primer editor al que se le ocurrió presentar novedades el día uno de septiembre fue Jorge Herralde. La campaña de otoño es la que mira hacia Navidad. El grueso de los libros aparece a partir de la segunda quincena de octubre. Hasta entonces las mesas de novedades perpetúan la disposición que tuvieron durante el verano. Aunque tal vez el hueco que vio era otro: todo un mes de septiembre de suplementos literarios sin un título que llevar al papel. De los libros que Anagrama publicaba en septiembre el dossier de prensa necesitaba dos o tres carpetas. En aquel momento, le digo, también había espacio para libros como el tuyo en los periódicos, pero ahora, me parece que da igual cuándo se edite para que nadie le haga caso.

         Hoy creo que salen novedades en septiembre como en cualquier mes, pero quizá algo menos, lo que le proporciona a tu libro, le digo a mi amigo inquieto, la posibilidad de un espacio en las mesas de las librerías. Si se edita al principio, mejor, porque a partir de octubre llega la avalancha de los grandes sellos y ya no dejan respirar a nadie. Este es tu momento: el mes de septiembre. Y el hecho fortuito de que los lectores hayan agotado el acopio de libros que hicieron en junio o, por el contrario, no hayan agotado en vacaciones su cuenta corriente. Luego, en octubre, tu libro se devolverá o, en el mejor de los casos, se arrinconará en un estante.

         ¿Y tú crees que venderé muchos ejemplares?, me pregunta desde la más profunda ingenuidad. «Muchos» es una palabra complicada. Por el editor donde aparece y por su género, es difícil que a una librería lleguen más de tres ejemplares. A las contadas librerías a las que llegue, claro, porque la distribución es un laberinto invadido por una tiniebla perpetua. Así que, como mucho, y con suerte, podrás vender tres ejemplares por librería. Y casi mejor que no los vendas pronto, o tu libro habrá desaparecido para siempre de las mesas donde al menos puede verse. ¿No los repondrán?, insiste, utópico. Si el editor está al tanto, puede. Pero el librero solo sabrá que se ha vendido semanas después, justo cuando ande como loco introduciendo las novedades de los grandes. No se le pueden pedir peras al olmo, pese a que con su altura y frondosidad daría unas cosechas inmensas. Pero…

         Veo languidecer a mi amigo ante las perspectivas nefastas que le acabo de pintar y busco entre mis referencias últimas algo que en el mundo haya crecido. Por compensar. Y lo descubro. Cambio de tema y le cuento que en la Vanguardia del domingo leí un reportaje muy interesante sobre las garrapatas, cuyas picaduras, que a veces se pueden complicar, se han multiplicado desde hace un tiempo. Su ciclo era el del calor, de junio a septiembre, pero con la extensión del período cálido ahora no solo proliferan más, sino también se reproducen durante más tiempo, desde marzo a noviembre. Este es el mundo que se construye a nuestro alrededor, los libros menguan su presencia y las garrapatas la aumentan. 

19, jueves. Agosto. Plaza Frederic Marès

Durante un tiempo he dudado no solo si merecía la pena dedicarle tres párrafos a este lugar, sino si podía ser considerado en verdad una plaza. Lo cierto es que sus características están ahí: una planta rectangular, amplia y despejada, una hermosísima estatua de desnudo femenino en una esquina, cuatro arbolillos y sus sombras bailando por el suelo si hay brisa, una visión privilegiada de la muralla romana y un nombre —ilustre— de plaza. No hay bancos, pero la gente se sienta en los plintos que sujetan las columnas de la verja que impide el acceso al espacio. Y es verdad, un animal enjaulado sigue siendo el mismo animal que en libertad. O de una persona encarcelada, no se duda que sea persona. Así no me queda más remedio que afirmar que esta plaza es una plaza, aunque ahora recelo si he de considerar enjaulada o encarcelada su condición. El nombre que ostenta, Frederic Marès (1893-1991), escultor, coleccionista y benefactor de la ciudad, la merece, aunque este rincón barcelonés, no exento de belleza, antes parece un formalismo. Un merecía una plaza y ahí la tiene. Exquisita e intangible, un escaparate de plaza. Quizá Marès hubiera preferido otra con vecinos que recibieran las facturas y comunicaciones del banco con su nombre en la dirección.

         Las columnas de la valla que impide el paso a este lugar privilegiado, clavadas a los podios que los transeúntes usan como bancos, sustentan también una gran pérgola metálica que preserva del acoso del sol al vacío encerrado. Tiene también una sobrevenida función estética sobre la calle que transcurre en paralelo. Por las mañanas, cuando el sol bate la pérgola, la luz se entretiene en convertir cuanto exista o transite por delante en una suerte de crucigrama. Traza sobre las fachadas, el pavimento, las tiendas o las personas, con pulso firme, una cuadrícula gigante que encasilla la visión, igual que el colegial practica dibuja con una pauta por debajo que se transparenta. En este pupitre la luz se transforma en un aprendiz.

         La calle desde la que se admira la plaza se denomina «de la Paja». El sentido figurado del término hace furor en la adolescencia y, en especial, en un adolescente perpetuo, el cantante Javier Gurruchaga, asiduo de la calle, de su nombre pronunciado con una inflexión perversa y de la librería de libros viejos de Ángel Batlle que hay enfrente de la plaza. Si Valle Inclán hubiera vivido en Barcelona, inspirado en este comercio bibliófilo hubiera escrito tal cual escribió la escena del librero Zaratustra en Luces de bohemia: «Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero». Solo hubiera añadido a la frase del coloquio «y los hermanos». Aunque entrara muchas tardes para perderlas en el escrutinio de sus paredes, no estuvo nunca entre mis librerías favoritas, pero el otro día pasé por la calle de la Paja y vi el local vacío y estuve a punto de llorar. 

11 de agosto, miércoles. Adelantar hacia atrás

Desde hace treinta (o quizá sean cuarenta) años uso la misma marca de champú. Cuando empecé a comprarla era un producto novedoso, luego dejó de serlo, claro, pero no sentí ningún impulso por sustituirlo por otro nuevo. Ni siquiera me resistí, ni se me pasó por la cabeza. Funcionaba bien. La verdad es que en estas décadas no ha cambiado demasiado, ni el diseño, ni el bote. Pero, de repente, en el estante donde lo suelo encontrar en la tienda descubro un formato innovador de champú, propuesto por la misma marca. En lugar del líquido embotellado en el plástico habitual, una pastilla. Envuelta en papel. Una pastilla de champú con una especie de manopla de rejilla, de las de toda la vida, para facilitar su uso sobre el cabello. Una pastilla como las que se usaban para el jabón convencional antes de que se decidiera que los envases de plástico molaban más. Ahora se descubren algunos aspectos no demasiado simpáticos de la modernidad plastificada y la respuesta ingeniosa es una pastilla de champú. Un volver al pasado para progresar. Quién se lo hubiera dicho, tan moderna como se sentía la época apretando el bote.


7, sábado. Agosto. Plaza San Felipe Neri

A Salvador Dalí le enloquecía encontrar centros del universo en sus lugares biográficos. Como no he nacido ni resido en sitios que brillaran por algún aspecto cardinal, me gusta pensar esta plaza, con la ayuda de un verso de Raquel Casas Agustí, como el «lloc on volia néixer, la meva plaça». Tal vez ombligo de ciudad o incluso yema de su huevo. O simplemente su mejor biblioteca: cada una de las piedras que se mire cuenta una historia. Incluso si cierro los ojos para oír despeñarse el agua de la fuente que hay en medio —un pilón octogonal de cuyo centro emerge un monolito con pila intermedia y por encima cuatro caños que la desbordan—. Si recuerdo el verso de Edith Södergran, «Cruzo la plaza con mi futuro en el pecho», solo he de cambiar una de sus palabras por «pasado». La primera vez que la crucé, a finales de los años setenta, era un espacio sórdido. Se accedía con miedo, se atravesaba con pavor y se salía con el propósito de no regresar. Mal iluminada, hedionda, con cuerpos abandonados a los delirios artificiales por los suelos, entre desperdicios y despojos. Cuando acompaño a alguna persona que no conoce la ciudad, disfruto iniciando la visita en San Felipe Neri. Ante el sonido armónico del agua, bajo la sombra catedralicia de los tres soberbios tipuanas que huyen hacia el cielo y entre la dignidad de la piedra, siempre hay alguien que me dice: qué lugar tan romántico.

         Trágico, le corrijo. A los soldados les gusta decir que una bomba nunca cae donde ha caído otra, pero aquí uno de los edificios de la plaza se mantiene erguido para desmentir la ciencia bélica. Hospicio infantil durante la guerra, se coló una bomba por un ventanuco del subterráneo, abierto a pie de calle, donde se habían escondido niñas y niños, huérfanos del conflicto, durante el bombardeo. Cuando acudieron los primeros vecinos para ayudarlos a salir por el socavón abierto, otra bomba, lanzada por otro avión de la escuadra que martirizaba a los barceloneses, impactó en el mismo lugar causando una masacre entre los rescatados y los salvadores. De la metralla que se esparció por la plaza aquel día aciago guarda memoria la viruela que pica por completo la fachada de la iglesia contigua. Una imagen que aún impresiona. Hoy, el antiguo hospicio es un colegio de barrio y la plaza, el patio de recreo. Muchas mañanas me he sentado en el suelo a ver correr a los niños detrás de una pelota y oír cantar como goles los balonazos que impactaban contra los sillares medievales.

         La noche más hermosa que recuerdo en San Felip Neri fue una de mayo, hace años, durante la Semana de Poesía de la ciudad. El escenario se alzaba contra el muro lateral de las dependencias de la iglesia, la base del pentágono que forma la planta de la plaza, y junto a él había instalado un trapecio portátil. Entre lectura y lectura, las luces se apagaban y un único foco iluminaba los movimientos inverosímiles de la acróbata, cuya sombra armónicamente se retorcía, engrandecida, sobre la pared de piedra mientras los chorros de la fuente cantaban las viejas nostalgias de la plaza. 

3, martes. Agosto. Brevedad y tiempo

Ahora una carta electrónica llega mucho antes que el medio más rápido del siglo XX. No se suele pensar demasiado en este cambio de hábitos. El telegrama fue el recurso para las urgencias que se extendió durante décadas. Hace dos o tres años Correos, que aún mantenía el servicio, aunque solo se utilizaba para felicitar cumpleaños, lo cerró. No más telegramas. Un telegrama era un giro de guion: o el anuncio de un premio; o, lo más común, de un fallecimiento. No resultaba raro ver a una persona buscando un taxi con un telegrama en la mano. Cuando el taxista se detenía, el alterado cliente le preguntaba: «¿Puede llevarme usted a Burgos?».

            Es exactamente lo que hizo un día mi padre con la noticia del fallecimiento de su madre, mi abuela Albina, en la mano. Casi ni le dio tiempo a mi madre a dejar a mis hermanas con alguien, y a mí, que tendría unos diez años, me permitieron subir al taxi. Mi primer gran viaje en coche. Nos detuvimos a cenar en Zaragoza, en un restaurante enorme, techos de basílica, abarrotado. Mi gesto sin duda eran dos ojos de par en par tratando de captar matices inéditos de la realidad. Aún recuerdo lo que más me impresionó. Los moños que lucían las mujeres. Un concurso no hubiera reunido tantos. Arrancaban en la nuca desnuda y se alzaban imperturbables muy por encima de la línea craneal. Competía la variedad de formas en cada cabeza, que se lograban gracias una diestra distribución estructural de horquillas. Después del postre, el taxista pidió un café y le sirvieron una taza casi vacía, con un culo en el fondo de un brebaje denso y oscuro. Se habló un rato sobre el café y los viajeros regresamos a la carretera. Me dormí soñando con los moños estrambóticos que había visto, un sueño que reapareció durante años. De madrugada llegamos al pueblo. Mi padre me subió en brazos hasta una cama y yo, que iba despierto, me hice el dormido.

            Infinidad de tareas que durante el siglo XX ocupaban un tiempo, ahora se resuelven en un santiamén. Ensobrar la carta, sellarla, buscar un buzón, aguardar a que llegara, esperar la respuesta que hoy se lee en segundos, lo que se tarde en teclearla. Y no digamos las horas que pasamos en aquel viaje por humildes carreteras de un único carril por sentido, curvas pronunciadas por todas parte y socavones frecuentes. ¿Cuántas ocupaciones cuyo cumplimiento ahora aún consume un tiempo en el futuro inmediato serán más breves, o incluso instantáneas? Es una pregunta que no despierta ningún entusiasmo, porque a estas alturas del siglo XXI ya se sabe de sobras que la brevedad de las tareas consume infinitamente más tiempo personal que su proceso dilatado.

28, miércoles. Julio. El cine como espejo

Anoche vi «El rayo verde» (Le Rayon vert), de Eric Rohmer. Aún recuerdo lo impactado que salí del cine tras verla por primera vez, sería hacia 1986, porque entonces Rohmer se estrenaba enseguida. Creo que es el director más generacional que conozco. En los ochenta, cada película suya era esperada con ansiedad y celebrada con colas en la puerta de los cines. Y con horas y horas de conversaciones, después, más extensas y densas que las que se habían contemplado en pantalla. Es posible que hasta en alguna de esas tertulias de café afirmara que Rohmer era el director que más me interesaba. Luego se acabaron los noventa y la vida siguió ya sin el impacto de sus películas. Sin que nadie lo citara ni lo programase. Así que cuando he visto en cartelera «El rayo verde», tal vez mi favorita, me he lanzado como quien descubre un álbum de fotos (de fotos) perdido en un armario.

          Ahora que lo miro con ojos arqueológicos compruebo que como director no parece haber superado el primer curso de lenguaje audiovisual. Como un alumno novato, coloca la cámara delante de la mesa donde están sentados los actores, dice (o diría) «Acción» y solo corta el plano («Corten», habrá dicho) cuando la conversación se ha extenuado por completo. Es lo que hizo mi grupo en el primer ejercicio del primer cursillo de cine al que asistí. Una compañera plantó la cámara delante, otra y yo nos sentamos en un banco y empezamos a hablar sobre un asunto del que habíamos hecho un breve bosquejo. Cuando se acabó la charla ficticia, cortamos. Yo no me acordé de Rohmer luego, cuando el profesor de lenguaje audiovisual nos explicó cómo se filma un diálogo en plano contraplano. Una clase que el director francés se había saltado. Y bien que hizo. Aunque el profesor afeara nuestro ejercicio, a mí esta única vez en la que me he expuesto delante de una cámara me pareció un homenaje al cine que admiré no como un espejismo del tiempo, sino como su espejo.

         Lo que disfruto de «El rayo verde» treinta y cinco años después es el identificar en los diálogos el sentido de las conversaciones propio de aquella época. Pero no en la pantalla, sino entre el público, en sus relaciones personales. Es solo una intuición y no sé si sabré concretarla. Delphine, el personaje principal, interpretado por Marie Rivière, construye su propia identidad a través de sus dubitativas confesiones frente a los demás. No parece hablar desde sus convicciones (ni siquiera cuando justifica desastrosamente su repudio a comer carne), ni desde lo que conoce de memoria por haberse convertido ya en su «relato», sino que se va creando como persona poco a poco en cada una de las diversas conversaciones que mantiene, improvisando sobre quién es y qué espera de sí misma. Carece de un relato apriorístico, lo descubre al hablar. Las dudas, pero también las contradicciones constantes, la ausencia de criterio en sus decisiones, la timidez como estrategia defensiva… no los identifico ahora con una personalidad de ficción concreta, sino como la esencia misma del conversar que se vivía como habitual en la década de los ochenta. No se hablaba para informar de lo que uno sabe, ni para imponer una visión del yo o de su realidad, sino para hallar, en el diálogo, quién es exactamente uno mismo. La conversación como método de conocimiento.

Hoy todo parece más codificado y nadie pronuncia nada que no esté repitiendo. O tal vez solo sea una impresión mía. El caso es que el plano fijo de «El rayo verde» me ha devuelto no solo el sabor de mi juventud, sino su hermenéutica, es decir, el modo de interpretarla. 

20, martes. Julio. Plaza de Virrey Amat

No tendría más de dieciséis años cuando acudía cada tarde a una biblioteca en los bajos del edificio más alto de la plaza, que estaba a veinte minutos a paso rápido desde la casa familiar. Parece mucho, pero no era tanto porque entonces la parada de metro más cercana estaba allí y durante años fue la ruta de salida del barrio. Años después ampliaron otra línea, la que ahora pasa por debajo de la casa de mi madre, que es la que tomo para ir a verla. Visité aquella biblioteca de la Caixa por primera vez para hacer un trabajo escolar, pero enseguida intuí que en las estanterías existía un universo incógnito. Por ejemplo, ahí conocí la revista El Ciervo, en la que décadas después escribiría durante veinte años. Y entre los descubrimientos, lo recuerdo bien, estuvo la poesía de Vicente Aleixandre. Lo que aprendí a leer en sus libros no fueron los temas, como me habían enseñado en el colegio, sino el lenguaje. Casi no entendía nada, pero el idioma brillaba como el sol cegador del mediodía, y tampoco hay que ver nada en concreto para sentirlo pletórico. Y estoy convencido de que uno de los poemas que más me gustaba entonces era «En la plaza», quizá porque en él había referencias que comprendía mejor e incluso ciertas expresiones podía identificarlas al otro lado de la pared acristalada de la biblioteca: «Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia». La época —1976— está entera dentro de este verso.

         Guardo un recorte de periódico de 1999 que empieza así: «Cuando dentro de 10 meses finalicen las obras de reforma de la plaza de Virrey Amat, en Barcelona, no quedará ni rastro de su antigua fisonomía». No estoy seguro de si está hablando de la plaza o de la época. De todas formas, el eufórico vaticinio tampoco es del todo cierto. El «antiguo» aspecto de plaza de extrarradio, redonda, con arena llena de socavones, columpios, un círculo de árboles de copa esférica y fatigada, bancos de listones verdes despintados donde de vez en cuando me sentaba con un amigo a ver pasar la tarde, todo ello pervive en mi memoria. Pese a la nostalgia, más de la edad que del urbanismo, no diré nada en contra la nueva plaza cuya reforma quería aproximarla a la plaza Cataluña —en extensión— y que los arquitectos que la diseñaron continúan presentándola como ¡una playa! Traduzco del inglés: «Los volúmenes del estanque, la "playa", la pérgola, las zonas de vegetación y las terrazas se organizan, orientando el acceso, los caminos y las vistas en relación con el paisaje inmediato». La verdad es que es una plaza urbanísticamente atractiva, llena de elementos hiperbólicos (las pérgolas gigantes, el estanque monumental), que son donde más luce la modernidad, pero no sé si este simbolismo arquitectónico coincide con el poético de Aleixandre cuando el poeta se decía a sí mismo: «Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua, / introduce primero sus pies en la espuma, / y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide». El «agua» que entonces significaba la lucha por la libertad, ahora se ha quedado en emblema de la aspiración a un mes de vacaciones en la playa. Las épocas.

         Cuando estudiaba filología, iba y venía cada día varias veces desde la plaza Virrey Amat a la casa de mis padres. Y no fueron pocas las ocasiones en las que me encontraba apoyada en la jamba de alguna tienda, frente a la boca del metro, a una compañera de curso. Que esperaba. A su novio, que también era un colega de la facultad. Quedaban en el metro, sobre todo los fines de semana; ella llegaba puntual a la hora, pero él podía tardar quince minutos, treinta, una hora. O no presentarse. Ya había decidido ella no esperarle más de dos horas. A la segunda hora llegaba, muchas veces, con lágrimas en los ojos. Al principio solo la saludaba, pero con el tiempo me acostumbré a acompañar su espera, sobre todo si yo volvía a casa. Me quedaba charlando con ella de las cosas del curso, de lecturas, qué sé yo, trivialidades. A veces, llegaba el novio, me saludaba y se iban felices los dos. Otras, me decía: «Ya han pasado las dos horas, pero podemos esperar un poco más». Y nos quedábamos allí, en la acera de la plaza —aún arenal con socavones, todavía no playa—, conversando. 

12, lunes. Julio. De la importancia de los helados

Paso por delante de una heladería que hay en la plaza de la Sagrada Familia desde que me acuerdo. Un local pequeño, pintado en un ámbar tostado que parece más óxido del tiempo que pigmento original y que continúa abigarrado de carteles hechos a mano con estética de colegio religioso. No han tocado ni una coma de la pátina que han dejado las décadas en su fisonomía, pero al mirar hacia el interior, a pesar del contraluz, un destello colorista me desorienta. Durante años he elegido en esa esquina helados de Jijona. Humildes en el color —que recuerda el cromatismo de las fotografías de Saul Leiter o Garry Winogrand en los años 50—, pero sin exceso de azúcar y con un vínculo explícito entre producto natural y gusto. No es algo que se adquiera para decorar, sino para ser saboreado.

         Desde las cubas me asaltan desbordados verdes turquesas, azules pitufos, escarlatas, salmones, blancos cegadores y por todas partes brillos y destellos en una sinfonía desbocada de colorantes y texturas sintéticas. Nada del otro mundo, sin embargo, porque abunda en la ciudad esta simbiosis de heladería y fuegos de artificio. La última en caer ha sido Óttimo, una heladería en la plaza Villa de Gracia que fue durante años mi favorita. Es verdad que el local necesitaba una reforma, pero no el estilo heladero. Ahora paso por delante con la nostalgia de los helados de pera y sorbetes de chocolate negro, de matices opacos y sabor profundo. No he vuelto a entrar en Óttimo, pero debo de ser el único, porque desde que ofrecen los volcanes en erupción de helado de colorines carnavalescos hay cola para entrar. La cola que anhela conseguir el traidor a los sabores de Jijona.

         No sé qué tendrá que ver esta pequeña desilusión urbana con la película que vi el otro día, El vicio del poder («Vice», 2018), cinta de Adam Mckay que relata la vida política de quien fue vicepresidente polipotenciario, como se decía antes, de EEUU, el inolvidable Dick Cheney, cuya estela ha dejado un mundo completamente diferente a como era antes de su meteórico ascenso en el gobierno americano. Cheney, como sospechaba, no era un tipo brillante. Había sido un joven mediocre y una parte de su carrera se la debe a ubicarse con perfección a la sombra de quien lo protegía. No es una tarea sencilla; a la que uno tenga un mínimo de personalidad, acaba por salirse del reducto. Pero eso no es lo difícil. La complejidad que le reconozco es cómo siendo intelectualmente humilde para no rebasar los límites, merece que se le proteja.

         No hay, sin embargo, sol en la sombra. Es decir, el algún momento Cheney tuvo que salir de debajo de su árbol protector y brillar por sí mismo. La película muestra ese momento con claridad y siento el mismo estupor que ante los helados con brillantina de nueva generación. En las reuniones a las que asistía, Cheney se dio cuenta de que poco podía hacer ante la impecable preparación de los técnicos y políticos que le rodeaban en el partido Republicano —al que había llegado, por cierto, por mera casualidad, sin padrinos y sin experiencia—. Y entonces se dedicó a exponer, en aquellas reuniones de nivel secundario, ideas disparatadas y estrambóticas que hacían saltar por los aires el asunto que se tratara. Esa costumbre le dio fama de visionario y lo lanzó a las cúspides del partido como el cuidador colombófilo que alza con sus manos la paloma para que emprenda el vuelo con mayor facilidad. Su única virtud era la de destrozar en dos frases los matices sensatos y opacos de la racionalidad con el estupor ante una ocurrencia.

Y ahora me pregunto, ¿no sería Dick Cheney también heladero mayor de los Estados Unidos de América? Una estela que ha dejado un mundo diferente, he afirmado antes cuando pensaba en las secuencias bélicas que encadenaron sus extravagancias, pero tal vez debería haber reparado antes en los helados. Quiero decir, en la manera de pensar de la época, que ante una propuesta racional —un sorbete de frutas que sabe a la fruta del sorbete— se lanza, con entusiasmo avasallador, tras cualquier excentricidad que alguien le ponga delante —cualquier helado con sabor a Pitufo. Y entrega sin rechistar su destino al más explícitamente embaucador. 

7, miércoles. Julio. Plaza Villa de Gracia

En mi vivencia de esta plaza, tan concurrida y animada a cualquier hora, solo hay conceptos. No puedo atravesarla, y lo hago al menos dos o tres veces por semana, sin que me acuerde de quién la perdió, porque durante la mayor parte de mi vida, hasta que se la arrebataron en 2009, la plaza llevaba exactamente ciento dos años dedicada a Rius i Taulet, Francisco; que había sido alcalde de Barcelona y emblema de la moda capilar decimonónica: lucía unas patillas portentosas, que se extendían en caída de barba por el pecho, a uno y otro lado de un mentón perfectamente afeitado, y un prominente bigote que le tapaba la boca. Y calvo. Un hombre de su tiempo, que lo ha perdido en esta plaza, que ya se había llamado de Oriente, de la Villa, de la Constitución, de la República, hasta que Rius i Taulet le proporcionó cierta estabilidad emocional que el nuevo siglo, el actual, le ha quitado. Plaza del oportunismo.

         Este es el primero. El segundo concepto que me llama la atención es el derivado de su principal atributo, la torre del reloj. Obra de Rovira i Trias, Antonio; el arquitecto y urbanista municipal que ideó una Barcelona menestral y provinciana que felizmente le fue arrebatada por el vendaval visionario de Cerdá, Ildefonso. Aunque muchos ayuntamientos ya lo habían incorporado desde que en el siglo XVII se generalizaron las casas consistoriales, el XIX se erigió como el siglo del tiempo contado por un reloj con precisión de minutos. Una normativa decimonónica obligó a que el predominio filosófico de la puntualidad horaria se visualizara desde todos los ayuntamientos del país. Para controlar la respiración del municipio, nada mejor que la torre de la iglesia que solía erguirse enfrente. El problema lo tuvieron las casas consistoriales sin edificio notable alrededor. La solución resultó evidente: una torre, coronada por el rey de su siglo, un reloj con campanario. Los nombres pasan, pero las costumbres permanecen. O se acendran, el siglo XX colocó los minuteros en la muñeca de los ciudadanos y en los escritos de sus filósofos, como quien marca su ganado y encierra la ganadería, y el XXI lo ha introducido en las almas a través del teléfono (llamado) inteligente.

         Las niñas y niños que juegan en la plaza han descubierto una función novedosa para la torre octogonal erguida en el centro, ahora portería de sus partidos de fútbol. No existe en ningún otro espacio urbano nada con una dimensión tan precisa. Y cuando la disputa es completa y no un simple entrenamiento, la necesidad de otra portería la resuelve la puerta del ayuntamiento de distrito, antigua casa de la Villa. Incluso el guardia municipal que la vigila se aparta a una jamba para dejar espacio a las estiradas del portero. Cada vez que cruzo entre los futbolistas, jugándome el tipo y con nostalgia de no ser yo quien corra tras la pelota, me llevo la mano a los conceptos y evoco unos versos de Olvido García Valdés: «Un momento / de sol, una plaza mayor invernal, un reloj / con once campanadas sonando al sol, ¿quién / era?», o mejor, ¿quién soy yo cuando, en mitad del bullicio de la vida, sin atreverme a contar aún las campanadas que suenan, voy pensando qué me arrebatará la plaza que lleva mi nombre en mi propia vida?

3, sábado. Julio. De túnica

La túnica civil fue un gran invento cultural de Grecia. Los griegos, enamorados de la civilización, se encontraron ante una difícil disyuntiva. Creían que la desnudez era un signo salvaje, propio de pueblos incivilizados y épocas anteriores. Pero les encantaba la desnudez. Los atletas desnudos, los guerreros desnudos, los filósofos desnudos. Incluso Praxíteles tuvo la audacia de esculpir, por primera vez, una mujer desnuda de las dimensiones de una mujer: La «Afrodita del Gnido», que abrió las puertas de par en par a un fértil género escultórico. En el arte no fue difícil superar la paradoja: la destreza técnica y la perfecta expresión de lo bello dotó al desnudo de civilización, permitió que se superara y olvidase su origen agreste. ¿Y en la vida? Ahí es donde aparece el protagonismo de la túnica y de sus pliegues. El oxímoron perfecto: la desnudez vestida y el vestido como imagen del desnudo. Tela por fuera y desnudez por dentro. Ante la mirada, la túnica viste el cuerpo que se imagina desnudo. Los griegos inventaron eso que la civilización sigue amando tanto: los espejismos. El descubrimiento griego es el cuento del Rey Desnudo pero al revés: todos van vestidos con túnicas, pero solo se contemplan como cuerpos desnudos. Voy por las calles veraniegas y reconozco qué cerca de esta época siguen estando los griegos en el arte de la tergiversación. 

29, martes. Junio. Crónica no del todo deportiva

El encuentro entre Croacia y España de octavos de final de la Eurocopa que veo en la tele resulta algo más que entretenido. Un partido, si es bueno, se convierte en una obra de teatro en la que emerge una visión dramática del enfrentamiento no de los equipos, sino de su pensamiento. En el fútbol todavía se mantiene un pensamiento colectivo en acción, que evoluciona, avanza, retrocede y se complica conforme dictan las circunstancias. Es algo que ya ha desaparecido de las expectativas de la época. El pensamiento colectivo solo se concibe como estático (los jóvenes son así y los banqueros asá), una escultura que no admite variaciones, solo erosión y deterioro. Porque el individualismo ha alcanzado el tuétano de la sociedad; incluso el fútbol, siempre colectivo, se ha contaminado. Se insiste en hablar del protagonismo de un futbolista cuando sin otros diez que jueguen alrededor pocos partidos podría ganar.

El de ayer fue un repertorio clásico del pensamiento colectivo. Durante los primeros veinte minutos Croacia salió como el espejo de España, que se miraba en él para gustarse, sin que al espejo le importe lo que haga quien se contempla en él, porque es bien sabido que los espejos no son susceptibles de ser atravesados. En este punto España decide, sin atenerse a ninguna lógica, hacer trizas el guion con un intento de suicidio. 1-0. Croacia de inmediato sale del espejo. El instinto depredador del fútbol emerge para consolidar la tentativa. España ni sabe ser un espejo, parece una tapia llena de grietas. Le salva que por ellas no cabe una pelota.

         En la segunda parte quien copia el espectacular giro de guion son los croatas. Se despliegan en el campo como quien se desabrocha el cuello de la camisa frente a Drácula. 1-3. Todo parece claro para el final de una teleserie de las que se ven echando cabezadas en el sofá. Los croatas, de repente, deciden convertir las ranuras de la portería de España en boquetes a base de balonazos. Y lo consiguen, porque emerge en su pensamiento la brutalidad primitiva del orgullo, que lo arrasa casi todo. 3-3. Acaba el partido como empezó. En la prórroga, ya fuera de la lógica del partido, solo podía ganar, ya fuera del tiempo cronológico, quien tuviera héroes que necesitaran reivindicarse como tales. Los croatas, de osco uniforme y fuerza anónima, poco podían hacer frente a un apolíneo delantero vestido con túnica blanca con un pueblo detrás que lo vilipendiaba con gritos que solo anhelaban tornarse cánticos de amor.

No son frecuentes los partidos con argumentos tan complicados. Pero en las fases finales de un campeonato suelen aparecer los grandes temas del teatro universal. El partido de Portugal, la víspera, fue una obra de Sófocles: Edipo que no entiende por qué no gana cuando juega mejor que el destino (los belgas, que jugaron un partido mediocre, de hecho, como se muestra el destino siempre para los mortales). El partido de España, en cambio, fue obra de Esquilo. Esquilo era general del ejército griego y sabía que no existe victoria sin padecimiento. Sufrir es la única victoria heroica.

23, miércoles. Junio. Plaza de los Jardines de Alfabia

La racionalidad ordena, pero en sus extremos sobreviven las paradojas. En los últimos tiempos el mismo espacio de relajación y esponjamiento recibe en la ciudad dos nombres: Plaza y Jardines. En general, el primero respeta los espacios tradicionales así denominados y nombra los nuevos que poseen una singularidad en el plano urbanístico. Es decir, distribuyen el tráfico a su alrededor. Cuando el espacio se encuentra dentro de la regularidad del plano, tras el derribo de almacenes y edificios viejos que no son sustituidos por otros nuevos —no se olvide que en algún momento del siglo XX Barcelona tuvo la misma densidad que Bombay—, las plazas conquistadas a la edificación se denominan «Jardines», con frecuencia solo de forma retórica. Es un criterio. El espacio que la ciudad le dedica a los Jardines de Alfabia, en la isla de Mallorca —uno de los topónimos mallorquines que abundan en el barrio de Porta—, se llama «plaza» porque lo obtuvo antes de los criterios, pero no es literalmente una plaza. Y mucho menos lo que el nombre evocado sugiere.

         El significado paradójico, sin embargo, no está en el nombre, sino en el trazado. Se podría concebir este espacio como maniobra diversiva: una Rambla ideada para justificar la edificación de un polígono de bloques que superaba las alturas permitidas en la ciudad. Se construyeron los edificios alrededor de 1960 y el espacio común quedó, después de vendidos los pisos, abandonado a su destino, primero, como descampado, casi vertedero, luego, conforme el desarrollismo se imponía, como aparcamiento vecinal. Hoy, urbanizada desde 2018 sin ningún atributo, es una suerte de enlosado baldío por donde casi nadie pasea y bancos donde casi nadie se sienta. Su linealidad, fruto del plano, se interrumpe en seguida en la calle que continúa, hija ya de la urbanización asilvestrada de la zona. A esta plaza se llega, como sugiere en un poema Luis Felipe Vivanco, «Por las calles prosaicas de las afueras… con el alma descalza».

         La plaza de los Jardines de Alfabia tuvo, en la época en la que el barrio de Porta crecía de manera desordenada y desatendida, un breve protagonismo que, por edad, no alcancé a conocer. Fue la boite Coconut (1969-1973). Una discoteca abierta al aire moderno de los tiempos, donde actuaron en directo Los Diablos, Fórmula V, Lone Star, Nino Bravo y Tony Ronald, que acabó su concierto con la camisa hecha jirones repartida entre las vocingleras fans. Recuerdo que en mi adolescencia huía de estos grupos y cantantes, pero hoy, algunas décadas después, recuerdo perfectamente letras y melodías de aquellas canciones que detestaba. De los olvidos de esta plaza se sale con el alma descalzada.