28, miércoles. Julio. El cine como espejo

Anoche vi «El rayo verde» (Le Rayon vert), de Eric Rohmer. Aún recuerdo lo impactado que salí del cine tras verla por primera vez, sería hacia 1986, porque entonces Rohmer se estrenaba enseguida. Creo que es el director más generacional que conozco. En los ochenta, cada película suya era esperada con ansiedad y celebrada con colas en la puerta de los cines. Y con horas y horas de conversaciones, después, más extensas y densas que las que se habían contemplado en pantalla. Es posible que hasta en alguna de esas tertulias de café afirmara que Rohmer era el director que más me interesaba. Luego se acabaron los noventa y la vida siguió ya sin el impacto de sus películas. Sin que nadie lo citara ni lo programase. Así que cuando he visto en cartelera «El rayo verde», tal vez mi favorita, me he lanzado como quien descubre un álbum de fotos (de fotos) perdido en un armario.

          Ahora que lo miro con ojos arqueológicos compruebo que como director no parece haber superado el primer curso de lenguaje audiovisual. Como un alumno novato, coloca la cámara delante de la mesa donde están sentados los actores, dice (o diría) «Acción» y solo corta el plano («Corten», habrá dicho) cuando la conversación se ha extenuado por completo. Es lo que hizo mi grupo en el primer ejercicio del primer cursillo de cine al que asistí. Una compañera plantó la cámara delante, otra y yo nos sentamos en un banco y empezamos a hablar sobre un asunto del que habíamos hecho un breve bosquejo. Cuando se acabó la charla ficticia, cortamos. Yo no me acordé de Rohmer luego, cuando el profesor de lenguaje audiovisual nos explicó cómo se filma un diálogo en plano contraplano. Una clase que el director francés se había saltado. Y bien que hizo. Aunque el profesor afeara nuestro ejercicio, a mí esta única vez en la que me he expuesto delante de una cámara me pareció un homenaje al cine que admiré no como un espejismo del tiempo, sino como su espejo.

         Lo que disfruto de «El rayo verde» treinta y cinco años después es el identificar en los diálogos el sentido de las conversaciones propio de aquella época. Pero no en la pantalla, sino entre el público, en sus relaciones personales. Es solo una intuición y no sé si sabré concretarla. Delphine, el personaje principal, interpretado por Marie Rivière, construye su propia identidad a través de sus dubitativas confesiones frente a los demás. No parece hablar desde sus convicciones (ni siquiera cuando justifica desastrosamente su repudio a comer carne), ni desde lo que conoce de memoria por haberse convertido ya en su «relato», sino que se va creando como persona poco a poco en cada una de las diversas conversaciones que mantiene, improvisando sobre quién es y qué espera de sí misma. Carece de un relato apriorístico, lo descubre al hablar. Las dudas, pero también las contradicciones constantes, la ausencia de criterio en sus decisiones, la timidez como estrategia defensiva… no los identifico ahora con una personalidad de ficción concreta, sino como la esencia misma del conversar que se vivía como habitual en la década de los ochenta. No se hablaba para informar de lo que uno sabe, ni para imponer una visión del yo o de su realidad, sino para hallar, en el diálogo, quién es exactamente uno mismo. La conversación como método de conocimiento.

Hoy todo parece más codificado y nadie pronuncia nada que no esté repitiendo. O tal vez solo sea una impresión mía. El caso es que el plano fijo de «El rayo verde» me ha devuelto no solo el sabor de mi juventud, sino su hermenéutica, es decir, el modo de interpretarla. 

20, martes. Julio. Plaza de Virrey Amat

No tendría más de dieciséis años cuando acudía cada tarde a una biblioteca en los bajos del edificio más alto de la plaza, que estaba a veinte minutos a paso rápido desde la casa familiar. Parece mucho, pero no era tanto porque entonces la parada de metro más cercana estaba allí y durante años fue la ruta de salida del barrio. Años después ampliaron otra línea, la que ahora pasa por debajo de la casa de mi madre, que es la que tomo para ir a verla. Visité aquella biblioteca de la Caixa por primera vez para hacer un trabajo escolar, pero enseguida intuí que en las estanterías existía un universo incógnito. Por ejemplo, ahí conocí la revista El Ciervo, en la que décadas después escribiría durante veinte años. Y entre los descubrimientos, lo recuerdo bien, estuvo la poesía de Vicente Aleixandre. Lo que aprendí a leer en sus libros no fueron los temas, como me habían enseñado en el colegio, sino el lenguaje. Casi no entendía nada, pero el idioma brillaba como el sol cegador del mediodía, y tampoco hay que ver nada en concreto para sentirlo pletórico. Y estoy convencido de que uno de los poemas que más me gustaba entonces era «En la plaza», quizá porque en él había referencias que comprendía mejor e incluso ciertas expresiones podía identificarlas al otro lado de la pared acristalada de la biblioteca: «Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia». La época —1976— está entera dentro de este verso.

         Guardo un recorte de periódico de 1999 que empieza así: «Cuando dentro de 10 meses finalicen las obras de reforma de la plaza de Virrey Amat, en Barcelona, no quedará ni rastro de su antigua fisonomía». No estoy seguro de si está hablando de la plaza o de la época. De todas formas, el eufórico vaticinio tampoco es del todo cierto. El «antiguo» aspecto de plaza de extrarradio, redonda, con arena llena de socavones, columpios, un círculo de árboles de copa esférica y fatigada, bancos de listones verdes despintados donde de vez en cuando me sentaba con un amigo a ver pasar la tarde, todo ello pervive en mi memoria. Pese a la nostalgia, más de la edad que del urbanismo, no diré nada en contra la nueva plaza cuya reforma quería aproximarla a la plaza Cataluña —en extensión— y que los arquitectos que la diseñaron continúan presentándola como ¡una playa! Traduzco del inglés: «Los volúmenes del estanque, la "playa", la pérgola, las zonas de vegetación y las terrazas se organizan, orientando el acceso, los caminos y las vistas en relación con el paisaje inmediato». La verdad es que es una plaza urbanísticamente atractiva, llena de elementos hiperbólicos (las pérgolas gigantes, el estanque monumental), que son donde más luce la modernidad, pero no sé si este simbolismo arquitectónico coincide con el poético de Aleixandre cuando el poeta se decía a sí mismo: «Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua, / introduce primero sus pies en la espuma, / y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide». El «agua» que entonces significaba la lucha por la libertad, ahora se ha quedado en emblema de la aspiración a un mes de vacaciones en la playa. Las épocas.

         Cuando estudiaba filología, iba y venía cada día varias veces desde la plaza Virrey Amat a la casa de mis padres. Y no fueron pocas las ocasiones en las que me encontraba apoyada en la jamba de alguna tienda, frente a la boca del metro, a una compañera de curso. Que esperaba. A su novio, que también era un colega de la facultad. Quedaban en el metro, sobre todo los fines de semana; ella llegaba puntual a la hora, pero él podía tardar quince minutos, treinta, una hora. O no presentarse. Ya había decidido ella no esperarle más de dos horas. A la segunda hora llegaba, muchas veces, con lágrimas en los ojos. Al principio solo la saludaba, pero con el tiempo me acostumbré a acompañar su espera, sobre todo si yo volvía a casa. Me quedaba charlando con ella de las cosas del curso, de lecturas, qué sé yo, trivialidades. A veces, llegaba el novio, me saludaba y se iban felices los dos. Otras, me decía: «Ya han pasado las dos horas, pero podemos esperar un poco más». Y nos quedábamos allí, en la acera de la plaza —aún arenal con socavones, todavía no playa—, conversando. 

12, lunes. Julio. De la importancia de los helados

Paso por delante de una heladería que hay en la plaza de la Sagrada Familia desde que me acuerdo. Un local pequeño, pintado en un ámbar tostado que parece más óxido del tiempo que pigmento original y que continúa abigarrado de carteles hechos a mano con estética de colegio religioso. No han tocado ni una coma de la pátina que han dejado las décadas en su fisonomía, pero al mirar hacia el interior, a pesar del contraluz, un destello colorista me desorienta. Durante años he elegido en esa esquina helados de Jijona. Humildes en el color —que recuerda el cromatismo de las fotografías de Saul Leiter o Garry Winogrand en los años 50—, pero sin exceso de azúcar y con un vínculo explícito entre producto natural y gusto. No es algo que se adquiera para decorar, sino para ser saboreado.

         Desde las cubas me asaltan desbordados verdes turquesas, azules pitufos, escarlatas, salmones, blancos cegadores y por todas partes brillos y destellos en una sinfonía desbocada de colorantes y texturas sintéticas. Nada del otro mundo, sin embargo, porque abunda en la ciudad esta simbiosis de heladería y fuegos de artificio. La última en caer ha sido Óttimo, una heladería en la plaza Villa de Gracia que fue durante años mi favorita. Es verdad que el local necesitaba una reforma, pero no el estilo heladero. Ahora paso por delante con la nostalgia de los helados de pera y sorbetes de chocolate negro, de matices opacos y sabor profundo. No he vuelto a entrar en Óttimo, pero debo de ser el único, porque desde que ofrecen los volcanes en erupción de helado de colorines carnavalescos hay cola para entrar. La cola que anhela conseguir el traidor a los sabores de Jijona.

         No sé qué tendrá que ver esta pequeña desilusión urbana con la película que vi el otro día, El vicio del poder («Vice», 2018), cinta de Adam Mckay que relata la vida política de quien fue vicepresidente polipotenciario, como se decía antes, de EEUU, el inolvidable Dick Cheney, cuya estela ha dejado un mundo completamente diferente a como era antes de su meteórico ascenso en el gobierno americano. Cheney, como sospechaba, no era un tipo brillante. Había sido un joven mediocre y una parte de su carrera se la debe a ubicarse con perfección a la sombra de quien lo protegía. No es una tarea sencilla; a la que uno tenga un mínimo de personalidad, acaba por salirse del reducto. Pero eso no es lo difícil. La complejidad que le reconozco es cómo siendo intelectualmente humilde para no rebasar los límites, merece que se le proteja.

         No hay, sin embargo, sol en la sombra. Es decir, el algún momento Cheney tuvo que salir de debajo de su árbol protector y brillar por sí mismo. La película muestra ese momento con claridad y siento el mismo estupor que ante los helados con brillantina de nueva generación. En las reuniones a las que asistía, Cheney se dio cuenta de que poco podía hacer ante la impecable preparación de los técnicos y políticos que le rodeaban en el partido Republicano —al que había llegado, por cierto, por mera casualidad, sin padrinos y sin experiencia—. Y entonces se dedicó a exponer, en aquellas reuniones de nivel secundario, ideas disparatadas y estrambóticas que hacían saltar por los aires el asunto que se tratara. Esa costumbre le dio fama de visionario y lo lanzó a las cúspides del partido como el cuidador colombófilo que alza con sus manos la paloma para que emprenda el vuelo con mayor facilidad. Su única virtud era la de destrozar en dos frases los matices sensatos y opacos de la racionalidad con el estupor ante una ocurrencia.

Y ahora me pregunto, ¿no sería Dick Cheney también heladero mayor de los Estados Unidos de América? Una estela que ha dejado un mundo diferente, he afirmado antes cuando pensaba en las secuencias bélicas que encadenaron sus extravagancias, pero tal vez debería haber reparado antes en los helados. Quiero decir, en la manera de pensar de la época, que ante una propuesta racional —un sorbete de frutas que sabe a la fruta del sorbete— se lanza, con entusiasmo avasallador, tras cualquier excentricidad que alguien le ponga delante —cualquier helado con sabor a Pitufo. Y entrega sin rechistar su destino al más explícitamente embaucador. 

7, miércoles. Julio. Plaza Villa de Gracia

En mi vivencia de esta plaza, tan concurrida y animada a cualquier hora, solo hay conceptos. No puedo atravesarla, y lo hago al menos dos o tres veces por semana, sin que me acuerde de quién la perdió, porque durante la mayor parte de mi vida, hasta que se la arrebataron en 2009, la plaza llevaba exactamente ciento dos años dedicada a Rius i Taulet, Francisco; que había sido alcalde de Barcelona y emblema de la moda capilar decimonónica: lucía unas patillas portentosas, que se extendían en caída de barba por el pecho, a uno y otro lado de un mentón perfectamente afeitado, y un prominente bigote que le tapaba la boca. Y calvo. Un hombre de su tiempo, que lo ha perdido en esta plaza, que ya se había llamado de Oriente, de la Villa, de la Constitución, de la República, hasta que Rius i Taulet le proporcionó cierta estabilidad emocional que el nuevo siglo, el actual, le ha quitado. Plaza del oportunismo.

         Este es el primero. El segundo concepto que me llama la atención es el derivado de su principal atributo, la torre del reloj. Obra de Rovira i Trias, Antonio; el arquitecto y urbanista municipal que ideó una Barcelona menestral y provinciana que felizmente le fue arrebatada por el vendaval visionario de Cerdá, Ildefonso. Aunque muchos ayuntamientos ya lo habían incorporado desde que en el siglo XVII se generalizaron las casas consistoriales, el XIX se erigió como el siglo del tiempo contado por un reloj con precisión de minutos. Una normativa decimonónica obligó a que el predominio filosófico de la puntualidad horaria se visualizara desde todos los ayuntamientos del país. Para controlar la respiración del municipio, nada mejor que la torre de la iglesia que solía erguirse enfrente. El problema lo tuvieron las casas consistoriales sin edificio notable alrededor. La solución resultó evidente: una torre, coronada por el rey de su siglo, un reloj con campanario. Los nombres pasan, pero las costumbres permanecen. O se acendran, el siglo XX colocó los minuteros en la muñeca de los ciudadanos y en los escritos de sus filósofos, como quien marca su ganado y encierra la ganadería, y el XXI lo ha introducido en las almas a través del teléfono (llamado) inteligente.

         Las niñas y niños que juegan en la plaza han descubierto una función novedosa para la torre octogonal erguida en el centro, ahora portería de sus partidos de fútbol. No existe en ningún otro espacio urbano nada con una dimensión tan precisa. Y cuando la disputa es completa y no un simple entrenamiento, la necesidad de otra portería la resuelve la puerta del ayuntamiento de distrito, antigua casa de la Villa. Incluso el guardia municipal que la vigila se aparta a una jamba para dejar espacio a las estiradas del portero. Cada vez que cruzo entre los futbolistas, jugándome el tipo y con nostalgia de no ser yo quien corra tras la pelota, me llevo la mano a los conceptos y evoco unos versos de Olvido García Valdés: «Un momento / de sol, una plaza mayor invernal, un reloj / con once campanadas sonando al sol, ¿quién / era?», o mejor, ¿quién soy yo cuando, en mitad del bullicio de la vida, sin atreverme a contar aún las campanadas que suenan, voy pensando qué me arrebatará la plaza que lleva mi nombre en mi propia vida?

3, sábado. Julio. De túnica

La túnica civil fue un gran invento cultural de Grecia. Los griegos, enamorados de la civilización, se encontraron ante una difícil disyuntiva. Creían que la desnudez era un signo salvaje, propio de pueblos incivilizados y épocas anteriores. Pero les encantaba la desnudez. Los atletas desnudos, los guerreros desnudos, los filósofos desnudos. Incluso Praxíteles tuvo la audacia de esculpir, por primera vez, una mujer desnuda de las dimensiones de una mujer: La «Afrodita del Gnido», que abrió las puertas de par en par a un fértil género escultórico. En el arte no fue difícil superar la paradoja: la destreza técnica y la perfecta expresión de lo bello dotó al desnudo de civilización, permitió que se superara y olvidase su origen agreste. ¿Y en la vida? Ahí es donde aparece el protagonismo de la túnica y de sus pliegues. El oxímoron perfecto: la desnudez vestida y el vestido como imagen del desnudo. Tela por fuera y desnudez por dentro. Ante la mirada, la túnica viste el cuerpo que se imagina desnudo. Los griegos inventaron eso que la civilización sigue amando tanto: los espejismos. El descubrimiento griego es el cuento del Rey Desnudo pero al revés: todos van vestidos con túnicas, pero solo se contemplan como cuerpos desnudos. Voy por las calles veraniegas y reconozco qué cerca de esta época siguen estando los griegos en el arte de la tergiversación. 

29, martes. Junio. Crónica no del todo deportiva

El encuentro entre Croacia y España de octavos de final de la Eurocopa que veo en la tele resulta algo más que entretenido. Un partido, si es bueno, se convierte en una obra de teatro en la que emerge una visión dramática del enfrentamiento no de los equipos, sino de su pensamiento. En el fútbol todavía se mantiene un pensamiento colectivo en acción, que evoluciona, avanza, retrocede y se complica conforme dictan las circunstancias. Es algo que ya ha desaparecido de las expectativas de la época. El pensamiento colectivo solo se concibe como estático (los jóvenes son así y los banqueros asá), una escultura que no admite variaciones, solo erosión y deterioro. Porque el individualismo ha alcanzado el tuétano de la sociedad; incluso el fútbol, siempre colectivo, se ha contaminado. Se insiste en hablar del protagonismo de un futbolista cuando sin otros diez que jueguen alrededor pocos partidos podría ganar.

El de ayer fue un repertorio clásico del pensamiento colectivo. Durante los primeros veinte minutos Croacia salió como el espejo de España, que se miraba en él para gustarse, sin que al espejo le importe lo que haga quien se contempla en él, porque es bien sabido que los espejos no son susceptibles de ser atravesados. En este punto España decide, sin atenerse a ninguna lógica, hacer trizas el guion con un intento de suicidio. 1-0. Croacia de inmediato sale del espejo. El instinto depredador del fútbol emerge para consolidar la tentativa. España ni sabe ser un espejo, parece una tapia llena de grietas. Le salva que por ellas no cabe una pelota.

         En la segunda parte quien copia el espectacular giro de guion son los croatas. Se despliegan en el campo como quien se desabrocha el cuello de la camisa frente a Drácula. 1-3. Todo parece claro para el final de una teleserie de las que se ven echando cabezadas en el sofá. Los croatas, de repente, deciden convertir las ranuras de la portería de España en boquetes a base de balonazos. Y lo consiguen, porque emerge en su pensamiento la brutalidad primitiva del orgullo, que lo arrasa casi todo. 3-3. Acaba el partido como empezó. En la prórroga, ya fuera de la lógica del partido, solo podía ganar, ya fuera del tiempo cronológico, quien tuviera héroes que necesitaran reivindicarse como tales. Los croatas, de osco uniforme y fuerza anónima, poco podían hacer frente a un apolíneo delantero vestido con túnica blanca con un pueblo detrás que lo vilipendiaba con gritos que solo anhelaban tornarse cánticos de amor.

No son frecuentes los partidos con argumentos tan complicados. Pero en las fases finales de un campeonato suelen aparecer los grandes temas del teatro universal. El partido de Portugal, la víspera, fue una obra de Sófocles: Edipo que no entiende por qué no gana cuando juega mejor que el destino (los belgas, que jugaron un partido mediocre, de hecho, como se muestra el destino siempre para los mortales). El partido de España, en cambio, fue obra de Esquilo. Esquilo era general del ejército griego y sabía que no existe victoria sin padecimiento. Sufrir es la única victoria heroica.

23, miércoles. Junio. Plaza de los Jardines de Alfabia

La racionalidad ordena, pero en sus extremos sobreviven las paradojas. En los últimos tiempos el mismo espacio de relajación y esponjamiento recibe en la ciudad dos nombres: Plaza y Jardines. En general, el primero respeta los espacios tradicionales así denominados y nombra los nuevos que poseen una singularidad en el plano urbanístico. Es decir, distribuyen el tráfico a su alrededor. Cuando el espacio se encuentra dentro de la regularidad del plano, tras el derribo de almacenes y edificios viejos que no son sustituidos por otros nuevos —no se olvide que en algún momento del siglo XX Barcelona tuvo la misma densidad que Bombay—, las plazas conquistadas a la edificación se denominan «Jardines», con frecuencia solo de forma retórica. Es un criterio. El espacio que la ciudad le dedica a los Jardines de Alfabia, en la isla de Mallorca —uno de los topónimos mallorquines que abundan en el barrio de Porta—, se llama «plaza» porque lo obtuvo antes de los criterios, pero no es literalmente una plaza. Y mucho menos lo que el nombre evocado sugiere.

         El significado paradójico, sin embargo, no está en el nombre, sino en el trazado. Se podría concebir este espacio como maniobra diversiva: una Rambla ideada para justificar la edificación de un polígono de bloques que superaba las alturas permitidas en la ciudad. Se construyeron los edificios alrededor de 1960 y el espacio común quedó, después de vendidos los pisos, abandonado a su destino, primero, como descampado, casi vertedero, luego, conforme el desarrollismo se imponía, como aparcamiento vecinal. Hoy, urbanizada desde 2018 sin ningún atributo, es una suerte de enlosado baldío por donde casi nadie pasea y bancos donde casi nadie se sienta. Su linealidad, fruto del plano, se interrumpe en seguida en la calle que continúa, hija ya de la urbanización asilvestrada de la zona. A esta plaza se llega, como sugiere en un poema Luis Felipe Vivanco, «Por las calles prosaicas de las afueras… con el alma descalza».

         La plaza de los Jardines de Alfabia tuvo, en la época en la que el barrio de Porta crecía de manera desordenada y desatendida, un breve protagonismo que, por edad, no alcancé a conocer. Fue la boite Coconut (1969-1973). Una discoteca abierta al aire moderno de los tiempos, donde actuaron en directo Los Diablos, Fórmula V, Lone Star, Nino Bravo y Tony Ronald, que acabó su concierto con la camisa hecha jirones repartida entre las vocingleras fans. Recuerdo que en mi adolescencia huía de estos grupos y cantantes, pero hoy, algunas décadas después, recuerdo perfectamente letras y melodías de aquellas canciones que detestaba. De los olvidos de esta plaza se sale con el alma descalzada.

16, miércoles. Junio. Balada de la ventana

En Lisboa existe una calle llamada Rua das Janelas Verdes, que incluso exhibe prestigio literario, con la que soñé en los años de mi juventud. También en español ofrece un sugerente eneasílabo: «Calle de las Ventanas Verdes». No está céntrica, así que pasaron unos meses de mi vida lisboeta en los que conocí calles, y nombres de calles, pero me olvidé de la única con la que había viajado idealizada.

Un día en el que no tenía nada que hacer, un domingo por la mañana, me encaminé hacia mi calle anhelada. La recorrí desde un principio que no tenía hasta un final que tampoco. El inicio lo señalaba el mero cambio de otro nombre de calle para el mismo trazado, que en cierto punto continuaba, pero ya con otro nombre. La Rua das Janelas Verdes no era más que un trozo de una calle muy larga, sin otra personalidad urbanística que la de heredar un antiguo camino entre poblaciones. Angosta, con el paso incesante de coches y autobuses en ambas direcciones, una acera rácana, incómoda y ruidosa. Obviamente, no tenía ventanas verdes, entre otras cosas porque en su estrechez era difícil contemplar las ventanas con cierta perspectiva. No sé si lo continuará siendo, pero aquel día de 1983 pensé que había conocido la calle más inocua de Lisboa.

Aunque aquella experiencia había afectado a su idealización previa, con el tiempo me di cuenta de que el nombre de la calle permanecía indeleble en mis evocaciones. Tal vez porque la calle en realidad no nombra las ventanas de esa vía en concreto, sino todas. Las ventanas son verdes, pero no porque las hayan pintado así, como pensé en su momento que ocurría. El verde es el que entra en salas y habitaciones a través de las ventanas. El color del aire, de las arboledas urbanas y de los paisajes campestres, pero también de cuanto no está enmarcado, aunque aparezca en la mirada de quien se asoma a la ventana: el prado donde se sueña abrazado por la persona que ama. Incluso si la persona a la que ama, a su lado, mira a través de la misma ventana idéntico prado.

11, viernes. Junio. Plaza de San Vicente

Para reconstruir recuerdos infantiles, hoy entro en la plaza no por donde solía hacerlo, sino a espaldas de San Vicente, cuyo pedestal está erguido sobre una fuente, en el centro de un elegante cuadrado de recogidas, casi íntimas dimensiones. Insertas hay dos orlas cuadradas, la de plátanos frondosos y altos —uno de ellos supera los diez metros—, y la interior de fresnos menudos y delicados. En verano esta combinación construye con sus sombras combinadas la nave principal de un templo de aire y umbría. En los bancos, alrededor, veo orar dispersos algunos jóvenes solitarios con el cable del auricular prendido a la oreja. Dos mujeres parecen confesarse vidas inefables. «Tal vez nos salga al encuentro una plaza, una tregua, un cielo humano de hojas, humo, voces», es lo que esperaba hallar al regresar aquí, acordándome de un verso de Blanca Varela. Los trazos y murmullos que pueblan su silencio son los que el tiempo ha olvidado.

La forma de la estatua, por la espalda, dibuja un rombo con un círculo enigmáticos. De frente, el alba sacerdotal y el brazo dulcemente colocado contra el pecho sosiegan la imagen. De niño me inquietaba el objeto redondo que sobresalía a los pies del santo. Es un bulto que rebasa la linealidad del monumento. Como un grano hiperbólico. Una década después de haber visto casi a diario este San Vicente, conocí otro, en Lisboa. Allí los símbolos son más explícitos: dos cuervos sobre una carabela. Por hacer algo en mitad la plaza, busco en el móvil alguna pista. Y la encuentro. Tras el triste martirio en una cruz en aspa de Vicente, cristiano hispanorromano del siglo IV, alguna leyenda cuenta que fue lanzado al río Turia con una piedra de molino atada al cuello. Aun así, sus restos milagrosamente salieron a flote y de allí fueron trasladados en barco a Lisboa, custodiados por dos cuervos, uno en proa y otro en popa. Con Blanca Varela, que parece empeñada en acompañarme esta mañana de evocaciones, me digo: Ah, «Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro pierde los ojos y cae».

Los dos párrafos que llevo escritos en esta página los he visto aparecer en la pantalla del ordenador, impulsados por mis diez dedos que conocen, sin que yo lo sepa, la ubicación correcta de cada uno de los caracteres que forman este texto. Que es un conocimiento raro entre los varones de mi generación lo supe nada más llegar al cuartel donde iba a transcurrir mi servicio militar. Me apunté a una prueba de mecanografía. Antes de que el capitán acabara cada una de las frases del dictado, ya había dejado yo de teclear. Miraba entonces a mi alrededor y veía a los participantes, una sala llena de jóvenes pelados, pinchar con dos dedos a la captura de lo oído letra a letra. Esta virtud que me permite escribir casi al ritmo del pensamiento se la debo a esta plaza. Un día de inicios del verano entré en su penumbra boscosa, temprano, de la mano de mi madre. En un edificio frío y vulgar había entonces una academia —ahora hay una guardería infantil, y en tiempos fue un Instituto donde dio clases de joven el político Francisco Cambó, que llegaría a ministro de la Monarquía y a diputado de la República—. Aún recuerdo el zaguán oscuro donde entré de la mano de mi madre, que lo dejó allí mismo todo atado: Que venga el niño mañana a las nueve. Tenía doce años y llegaba cada día, solo, a esa hora. En la entrada del edificio —contraventanas cerradas, se colaba un ápice de luz por la puerta principal—, habían colocado una mesa, una silla y una máquina de escribir, como decorado de una obra de teatro expresionista. A las nueve en punto aparecía un señor que me entregaba sin abrir la boca unas hojas de ejercicios que tenía que realizar, a máquina, yo solo, único alumno. Desaparecía. A las doce en punto reaparecía, me retiraba las hojas y me mandaba a casa. Aquellos ejercicios que realizaba eran series, una tras otra. Hoy casi podría llamarlo «poemas concretos». Creo que en aquélla lúgubre academia —«Todo cabe en dos ojos deslumbrados, todo el color en un violento despertar en una plaza, a solas»— aprendí mecanografía en soledad, y también el arte de conseguir expresarme a través del obsesivo desarrollo de seriaciones. Como la de estas plazas, por ejemplo. 


6, domingo. Junio. Maneras de ser lector

Visito, como tantos domingos, el mercado dominical de libros viejos de San Antonio. Lo hago temprano, de modo que no tropiece con otros husmeadores de tesoros. Ya he sido asiduo visitante del mercado en otra época (o quizá en otra vida). En los ochenta pasaba la mañana entera en el puesto que cuidaba el novelista Antonio Rabinad, de quien aprendí la suerte de torear clientes para que dejaran de dudar ante el precio de un libro que les apetecía. Casi siempre sé valorar lo que descubro, aunque aprenderlo me costó pérdidas que recuerdo más que las adquisiciones. Como el Quijote de Calleja, en octavo, por solo mil pesetas frente al que dudé un instante y antes de que el libro, que estaba en mis manos, volviera a su lugar mientras me decidía, otra mano lo retiró al instante, pagó encantado, y se lo llevó.

         Hoy he visto, nada más llegar, una preciosa edición del Poema del Mio Cid, de 1961, encuadernado en tapa dura, con la reproducción facsímil del manuscrito y su transcripción. Durante años hubiera pagado cualquier precio por este libro. Pero ahora paso las reproducciones del original y las recuerdo casi de memoria: tantas veces como las he consultado en Internet. De repente descubro al lector que ya no soy, que la época me ha arrebatado. Así que dejo el volumen admirable entre los que aguardan quien los lea. Un poco más adelante veo un libro de 600 páginas con un título que atrae El arte de falsificar el arte. Publicado en 1960, como yo. Acudo al índice: el arte de la falsificación y sus límites, grandes falsificadores, «Treinta Van Gogh en busca de su autor».... Una tentación, pero lo devuelvo a su sitio, podría haber sido un buen lector de este libro, pero ya no lo soy. Estas informaciones curiosas ya se encuentran, de hecho, lejos de mis —cada día menos— curiosidades. Me he obsesionado tanto por descubrir los lectores que ya no soy, que ante un libro reciente (a mitad de precio) no he sabido qué hacer. Un volumen sobre cine (ya no tengo tiempo ni memoria para convertirme en lector cinéfilo), pero escrito en forma de diario. Lo ojeo y, en efecto, me parece fiel a la deambulación del género.  Y sí soy, ahora, lector de diarios, sobre todo si se escriben con tema, es decir, como exilio de las convenciones de otros géneros. Pero la duda me detiene. Sigo por los puestos sin encontrar nada, hasta que me doy cuenta de que no veré nada interesante porque ya lo he visto. Acabada la ronda del mercado librero, me doy la vuelta y regreso al dietario cinéfilo.  Me esperaba. Descubro que me alegra descubrir el lector que aún no sabía que era.



2, miércoles. Junio. Plaza de las Beatas

El mejor plano que conozco de esta plaza es el nadir. Uno levanta la vista y las fachadas de los edificios encuadran el cielo, nuboso o despejado, en un trapecio que cabe entero en la mirada. O, también, en el objetivo de la cámara bocarriba. Todo lo que hay en la plaza se puede contar con los dedos de una mano: una palmera, dos portales, dos bocacalles y cuatro edificios (dos frontales, uno lateral y unas traseras). Se la encuentra el viandante en el trazado medieval de la ciudad, y más que una plaza parece una chicane entre dos calles rectas, una que llega por el sudeste y otra que continúa por el noroeste. Los honores de plaza —y no plazuela, como lo son las de su breve dimensión— se los debe a la Casa de los Entremeses, que continúa más allá encajada por la estrechura de la calle de las Beatas, una casa noble de cuatro plantas dieciochescas.

         El nombre de las plazas con el tiempo se desvirtúa y se convierte en literatura. No puede uno pasar por su escasez de realidad sin imaginar en el vacío un coro de mujeres con velo negro y manos orantes. Es lo que a mí se me ocurre, pero otros prefieren actualizarlo: la forma catalana del nombre, «Beates», solo necesita una ele en medio para cambiar el paradigma de la imaginación: «Beatles». El nombre original deriva de la Orden Tercera de las religiosas dominicas, fundada por Sor Juana Morell en Barcelona, en 1522.  Beatas era el apelativo que las distinguía de las religiosas de la Orden Segunda, y su convento estuvo ubicado en esta plaza, en las inmediaciones del gran monasterio dominico de Santa Catalina, derribado en el siglo XIX y convertido en un mercado que hoy luce una reforma espléndida, con una cubierta espectacular, obra del añorado arquitecto Enric Miralles y de Benedetta Tagliabue.

         Entre las pocas cosas que hay, no existe ningún banco ni asiento público, pero el último día que atravesé la plaza y estuve fotografiándola, bajo las ventanas del Círculo Artístico de Sant Lluc, que solo ofrece su fábrica lateral, dos balcones y tres ventanas, algún vagabundo había colocado un sofá de salón, de color verde intenso con algunas sombras de tizne, junto al que guardaba, entre cartones y plásticos, otras míseras pertenencias. Con ser un objeto poco apetecible para el descanso, allí, junto a los pilones de la basura, recreaba un hogar inexistente. O mejor, su simulacro, una imagen que provocaba en el paseante ocioso una cierta compasión, casi un reflejo, por la pobreza del mendigo y también de la historia de la propia plaza, que —como anota Franz Kafka en su Diario del año 1911— «es en realidad la compasión por el triste destino de tantas aspiraciones nobles y sobre todo de las nuestras».


26, miércoles. Mayo. ¿Los autorretratos de Vincent van Gogh son su diario?


Ayer recibí los ejemplares de un libro recién impreso. Una preciosa edición de Juanjo Martín Ramos, mi editor «de cámara». Por la noche me siento y leo unas cincuenta páginas. La primera lectura de un libro, normalmente la única, reconozco que es una sensación, aunque no sabría adjetivarla. Una sensación, sin más. No siempre grata. He corregido seis juegos de pruebas de imprenta, y ahora leo frases, expresiones, palabras que me veo capaz de mejorar. ¿Por qué el libro que se podría escribir es siempre mejor que el que se ha escrito? Donde de verdad disfruto es en los pasajes que no recuerdo en absoluto. De muchas entradas del diario reconozco lo que leo, pero en otras es como si las leyera por primera vez. Y se cuelan en el espejismo de que sea yo mismo un lector mío. No como otro leyéndome a mí, o yo leyendo a otro, sino siendo yo mismo quien lee a otro escritor que resulta que soy yo. Creo que me he adentrado en un galimatías. Mejor dejarlo.

Desde hace algo más de una década inicio cada año, en enero, un proyecto literario. Nada ambicioso ni una novela, ni en ensayo, nada de eso—; una simple serie. Un año fueron haikus; otro, epigramas. Cosas así, leves. Que no pese dejarlo guardado después en un cajón. Tampoco es un proyecto privilegiado, simplemente es un propósito para distinguir, en algo, un año de otro. A finales de 2018 se me ocurrió escribir un diario. Cronológico, al uso, convencional en todo. Pero como era una serie, alguna condición debería cumplir. Resultó, en este caso, obvia: que fuera diario, literalmente. Sin saltarme ningún día. Sin festivos.

El uno de enero de 2019 escribí la primera entrada. Un par de folios. Por la noche los descarté. Ocurrió lo más desalentador: carecía del tono que quería y de tiempo para conseguirlo. Aunque reparé en un par de líneas de lo redactado que me gustaban. Borré lo demás y ahí vi, agazapada, la melodía que deseaba para este libro. La mañana del dos de enero, de vacaciones navideñas, escribí otro folio. Lo revisé al anochecer y no tuve que añadir ni quitar nada. A los diez días, multipliqué lo que había escrito por 365 y me asustó el volumen de páginas que podría tener mi diario. Aquel volumen carecía de sentido, había dejado de ser un proyecto leve. Seguí escribiendo, pero con la certeza de que tenía que acotarlo: «cien días». El universo en una brizna de hierba.

         Elegí escribir en 2019 un diario porque presentí que era el último. De hecho, hasta ahora, lo ha sido: el 2020 amaneció con el regalo envenenado de una pandemia que impuso graves alteraciones de la vida cotidiana que aún no han desaparecido. No fui tan vidente, claro. El 2019 era el último curso que impartiría íntegro, después de treinta y cuatro años de dar clase. No había formado parte mi oficio de mi mundo literario. Es cierto que en dos novelas —Al oeste de Varsovia y Doménica— hay un contexto académico en la trama, pero queda tan lejos de mí como cualquier otra profesión que aparezca en estas u otras novelas. Solo si escribo un diario, pensé, podré hablar de mis horas docentes reales. Fue el propósito. Luego, he comprobado que apenas le dedico alguna que otra entrada a las clases, pese a haber sido el contexto necesario de todas ellas, porque al escribir día tras día, sin interrupción, se descubre que lo presencial, aunque ocupe muchas horas, resulta nimio al lado del pensamiento. Lo que apenas consume tiempo real con frecuencia se extiende hacia el infinito por el tiempo mental. Y este vive como un monje benedictino copiando la escritura del pasado sobre el pergamino de la memoria. Es lo que el diario ha acabado enseñando al profesor: la mayor parte de las horas que uno transita ocurren en medio de un desierto de hechos insignificantes. La presión de la escritura continua acaba olvidándose de la descripción de anécdotas para adentrarse en los enigmas del autorretrato. Es lo que refleja el río cuando uno se asoma a sus aguas con la intención de verlas pasar.