30, jueves. Enero. Formas de la forma de vida


Para Gustavo C. C.

En el primer párrafo del «Diario de mi mochila», Matsuo Bashō reconoce que empezó «a escribir poesía, al principio solo por el placer de hacerlo, aunque más adelante acabó convirtiéndose en mi forma de vida». Para Bashō «forma de vida» era lo que acababa de emprender, un viaje por las zonas más agrestes de su país para que su poesía alcanzara un diálogo más intenso y auténtico con la naturaleza, el objetivo de su poética. Muchos autores actuales podrían citar la frase en una entrevista, idéntica, para decir posiblemente lo contrario. Hoy convertir la poesía en una «forma de vida» es ganar unos concursos y ser jurado en otros, organizar encuentros poéticos y ser invitado en otros, reseñar libros donde aún paguen y ser reseñado en cualquier sitio y, como fin sublime, tratar de aparecer en el máximo número de antologías. No es lo mismo (por decirlo a lo Alejandro Sanz). 
    Uno empieza a hacer cosas con la idea convencional de encontrar un hueco en lo que hace: publicar un libro, montar una exposición, diseñar el cartel de las fiestas de su barrio, esas cosas. Durante el siglo XX, la estructura cultural del país admitía que cualquier trabajo creativo encontrara su lugar, más o menos. Al margen de la ambición de cada cual, la simple inercia conducía las obras creativas a un lugar reconocido. Pero esta época ya no es aquella. La estructura cultural del país se ha convertido en una —paupérrima— industria cultural por donde solo transitan discursos artísticos que empuja algún viento sociológico o reciben el empuje de una ambición superlativa (parecido al que se necesita para ser presidente del gobierno, por cierto).
    Cuando alguien se siente en las antípodas de este «modelo» de artista... no es raro que se pregunte qué pinta en mitad de este panorama. Una opción es languidecer poco a poco. Nadie le pide que haga nada, y si lo hace va a tener que ir en busca de los lectores, uno a uno, para que le lean. En este caso, el laconismo le da la razón a la mediatizada vida cultural de la época: quien no pase por la ranura de la industria cultura no pinta nada. Es el momento de acordarse de Matsuo Bashō y su «forma de vida» y actuar creativamente, a todas horas y en todas partes en un viaje... hacia ninguna parte. Para nadie En el vacío. Convertir en realidad que sea imposible que uno pueda entrar por las grietas de la vida cultural, ya no por razones de estilo, sino de tamaño. De la insostenible dimensión de una creatividad encarnada como «forma de vida» y no como producción editorial. Asegurarse de que no va a ocurrir nada relevante con lo que uno hace y a partir de ahí, hacer lo que a uno le gustaría que existiera, pero como su gusto carece de valor sociológico, a nadie le importa que no exista.
    En otras épocas uno lo hacía realmente para nadie, porque la creatividad rara vez salía del estudio, pero esta época ha cambiado las reglas. Ahora hay que hacerlo a luz de los pixeles, también para nadie, aunque ahora no sepamos exactamente qué significa este concepto. Y hay que multiplicar la creatividad, también para nadie. Como «forma de vida».

27, lunes. Enero. Lo que está no estando



En agosto de 1981 la escritora catalana Teresa Pàmies (1919-2012) viajó por Galicia en busca de vestigios de Rosalía de Castro. De adolescente había cantado en una coral de su ciudad, Balaguer, y en cierta ocasión añadieron al repertorio una pieza en gallego, con un verso que, tras una guerra y un exilio, a los sesenta y dos años, le seguía obsesionando: «negra sombra que me asombras». De este viaje ha quedado escrita su crónica, que Teresa Pàmies titula con una conclusión: Rosalía no hi era (Rosalía no estaba). Prodigiosa cronista, la autora realiza un interesante ejercicio de no idealización. No encuentra en Compostela las calles donde vivió, lamenta en Coruña el monumento que no le dedican, no ve en Padrón imagen con la que evocar sus paseos por la ribera del Sar. «No la he encontrado, pero existe. Murió, pero está viva… Yo solo he creído verla fugazmente, en el movimiento de las hojas de una acacia, en el lánguido salgueiro envuelto en niebla… en los ojos de alguna mujer perseguida por la misma negra sombra que acuciaba a Rosalía».
     Dos décadas antes el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) había emprendido un viaje con similar propósito. Embarca en un pequeño crucero por el mar Egeo para descubrir en la Grecia actual qué permanece en «la memoria del lugar» de la Grecia clásica. De la ruta que sigue redacta un pequeño diario que fue publicado, décadas después, con carácter póstumo, con el título de Estancias. La experiencia le resulta «decepcionante». Nada de lo que contempla le permite evocar la «idiosincrasia, acariciada desde largo tiempo». Todo le parece sin carácter, vulgar: «la desaparecida belleza de la fiesta en ese lugar se nos escapó».
     Resulta entrañable el conflicto del filósofo con la «Grecia que no estaba», ni siquiera en los lugares donde había soñado descubrirla. Tampoco la evocación y cita de los himnos de Hölderlin le consuela. Hasta tal punto llega su irritación que incluso decide quedarse en el barco, buscando la clave que se le escapa en los fragmentos de Heráclito, mientras el resto de viajeros realiza las visitas previstas. Al llegar a Delos, cuna de Apolo y Artemisa, de repente, la epifanía: «Δήλος, la manifiesta, la desocultante no oculta pero que a la vez oculta y esconde: escondiendo el secreto del nacimiento de Apolo y Artemisa». Sorprendente la imaginación filosófica de Heidegger. En el no mostrar, muestra. El «presente», en el esconder, desvela. «La unicidad de desocultamiento y ocultamiento», germen de «todo poetizar y todo pensar».
     Los dos viajes hacia lo que no está, tanto el del filósofo como el de la cronista, me han parecido dos hermosas poéticas. También el significado del poema es siempre lo que no está en el poema. Esa es la diferencia esencial con el resto de los géneros literarios, por ejemplo, con estas líneas de prosa de dietario cuyo sentido arraiga solo en lo que muestra. En lo que aclara: cualquier ocultamiento resultará trivial, quizá pedante, nada más. El poema que solo aclare, sin embargo, se agota en sí mismo. Solo la unicidad de comprensión e incomprensión salva al poema en la memoria —esos cincuenta años de convivencia de Teresa Pàmies con un verso de Rosalía hasta que decide viajar para comprenderlo. Por cierto, también infructuosamente, como cronista… pero quizá no como simple lectora, porque la imagen fugaz de «alguna mujer perseguida por la misma negra sombra» seguía ocultando lo que desvelaba. El poema.

17, viernes. Enero. Actores de la realidad convertidos en actores de farándula



He de empezar por reconocer que hay algo en la vida política de los últimos meses que me ha desconcertado. Ya sé que siempre manifiesto mi convicción de que un escritor no debe de hablar —demasiado— de política. Pero en esta ocasión me justificaré pensando sobre el asunto no como poeta, sino como profesor.
     Para quienes, por inercia laboral, contemplamos el río desde la orilla de Parménides, el alumnado es siempre el mismo. Se suceden nombres, cursos, generaciones, pero permanecen las ideas que uno tiene sobre cómo administrar el conocimiento. A veces, cuando más asentadas están estas ideas, uno siente temblar y resquebrajarse el suelo que las sustenta. Y dejan de ser operativas. Los hábitos a los que estaba acostumbrado de repente ya no explican la realidad punzante que hay enfrente. Y ha de adaptarlos o incluso cambiarlos radicalmente. Una situación que habré vivido, más o menos, dos o tres veces en tres décadas y media de docencia.
    Ahora la he vuelto a padecer. Una desorientación que, no sé si por casualidad, ha surgido acompasada con la súbita incomprensión de ciertos acontecimientos políticos. Una de las ideas básicas con las que el profesor organiza la clase es la fiabilidad de los conceptos de capacidad, esfuerzo y motivación aplicados al alumnado. A partir de esta fiabilidad establece las diversas pautas pedagógicas con las que enseñar a cada estudiante, ya de modo individual. Uno de los aspectos que más me ha desorientado, en los tiempos recientes, es la inutilidad de los parámetros que iba estableciendo. Así una alumna o alumno con capacidades altas, de repente, mostraba en otro contexto actitudes inesperadas; y al revés, aquellos que más atención exigen, de repente, sorprenden superando expectativas, incluso inauditas. Esto puede que ocurra a veces en casos individuales, pero cuando es la norma, las ideas con las que uno se había habituado a dar clase se convierten en un lastre.
    Hasta donde he podido observar, los conceptos como capacidad, esfuerzo y motivación, que se entendían como una constante de cada individuo, sufren en el presente alteraciones notables según la situación. Su fiabilidad es ahora según y cómo, es decir, coyuntural. Es la actividad realizada la que reparte, cada vez de modo más sistemático, las respuestas del alumnado sobre su capacidad, esfuerzo y motivación. Y no al revés, cuando cada alumno desempeñaba cualquier actividad con la solvencia o dificultad conocidas. A este alumnado me gusta denominarlo, para mi uso propio, Generación Kahott!, con el nombre de una aplicación pedagógica muy simple, pero al mismo tiempo muy atractiva para el alumnado menos interesado en los conocimientos, actividad que tiene la exclusiva virtud de alterar las expectativas habituales del profesorado.
    En la vida política sufro una desorientación parecida. O mayor, porque desde hace un tiempo me siento perdido ante las noticias que leo en la prensa. En algún momento he pensado que había una aceleración de los tiempos políticos; pero, me pregunto, ¿cómo puede desconcertarme algo a lo que estoy acostumbrado, como lector, desde la antigua Grecia? Ya en Sófocles había visto a Edipo razonar sobre la velocidad del tiempo político cuando el sabio Tiresias le había acusado de la más ignominiosa abyección humana, el ser padre y hermano de sus hijos: «Cuando el que conspira a escondidas avanza con rapidez, preciso es que también yo mismo planee con la misma rapidez. Si espero sin moverme, sus proyectos se convertirán en hechos y los míos, en frustraciones». En este razonamiento de Edipo prende mi confusión actual. De la vida política, uno ya entiende que unos acechan y otros actúan. Que la política, como gestión y transformación de la realidad que es, ha de establecer necesariamente una controversia entre opciones opuestas. Opiniones, estas, condicionadas por una trama ideológica que se sustenta en principios filosóficos o económicos. La política es una partida de ajedrez en la que se encaran las estrategias de dos adversarios por saber quién ha de tomar la decisión que construirá la realidad. Las estrategias que usen unos y otros, sean «a escondidas» o planes «con la misma rapidez», después de oírselas a Edipo, ya no pueden asustar a nadie.
     El caso actual es que con esta concepción tradicional de la política uno no se entera de nada. Bueno, puedo opinar acompasando los periódicos que tildan a los políticos de traicionarse a sí mismos. Lo que equivale a interpretar el súbito interés por el conocimiento del alumnado kahott más desmotivado como una dependencia de los juegos de ordenador. Nunca nada es tan sencillo.
    Por mi alumnado kahott sé que a veces las cosas dejan de ser como eran. También en política. Continúa siendo un enfrentamiento de posturas ante lo que ha de ser hecho, pero de repente las «posturas» han dejado de ser lo que eran. Acostumbrado a que las opciones manifestaban la constante, es decir, lo inamovible, no entendía nada. O la dinámica entre aliados y adversarios, otra constante. O al menos, un mecanismo de alta fiabilidad. Hábitos de mirar que ahora emparientan con la ceguera. Porque del mismo modo que cada vez está más en entredicho la finalidad última de la política, el bien social —o el bien de la sociedad que cada época considera como tal—, también están mutando los «participantes de la acción» o actores. Por decirlo con mayor propiedad, los políticos que antes encajaban en el sustantivo del que la RAE admite dos géneros —actor, actora—, ahora les cae mejor el que solo admite el masculino —actor—, frente al femenino —actriz—.
     La constante, la posición, ahora también ya es depende o según. Lo que manda ya no es, como en tiempos de Sófocles, la acción política, sino la coyuntura. El conocimiento necesario para responder desafíos del kahott. La coyuntura es la que organiza alianzas y adversarios, posición que cualquier actor —/actora— puede ahora encarnar como si fuera un actor o actriz. Nadie es amigo o enemigo a priori, se lanzan los dados («a escondidas» o «con rapidez») y lo que ocurra determina amigos o adversarios, siguiendo una lógica que ya nada tiene que ver con las ideas, ni siquiera con las expresadas la semana anterior. A partir de aquí, una bota sobre el adversario, y otra sobre el aliado. Y a esperar que rueden los dados y la coyuntura exija otro paso de baile. Entender las cosas no mejora, sin embargo, mi desconcierto.

6, lunes. Enero. Crónica de un libro abandonado



Abandono Desde mi celda (Acantilado, 2019), las memorias de Juan Antonio Masoliver Ródenas (1939), en la página 182. Cien antes del final del libro, unas cien después de que dejara de tener el menor interés para mí lo que iba leyendo.
     No sé si por las malas influencias de la lectura, el caso es que empezaré por un recuerdo personal. En cierta ocasión, hará una década más o menos. Quizá más. Un grupo de poetas barceloneses quisimos hablar con Francisco Rico. La idea era que prologase un proyecto en el que andábamos entonces y, como tantos, quedó en nada. Justo después de aquel cordialísimo encuentro. Éramos cinco o seis, la reunión se prolongó en un pub céntrico, en el subterráneo de El paraigua, pero creo que no hablé en toda la noche. Casi nadie tuvo ocasión de hablar, a excepción del profesor Rico. Asumimos el papel de alumnos aquella noche. Me recuerdo encantado, sin embargo, de oírle hablar. Siempre he admirado sus libros de crítica y, sobre todo, el rigor que trajo a las ediciones filológicas. Aquella noche pudo haber sido una fiesta. Una clase particular y nocturna de Francisco Rico. La tengo grabada entera en la cabeza, de lo incomprensible que me resultó. Se pasó toda la noche contando anécdotas triviales de personajes importantes con los que había tratado. Una tras otra, uno tras otro. Sin descanso. Es obvio que Rico ha conocido y ha sido amigo de grandes nombres propios del siglo pasado, y de este, de la Corte hacia abajo. Pero, para mí, el más importante de todos los nombres que iba recitando como guiado por las cuentas de un rosario, era el suyo. Y me dejó este mal sabor. Si alguna vez he de contar que estuve con Rico charlando, aunque solo hablara él, estos detalles no aparecen en las evocaciones, ¿qué diré? ¿Que estuve con alguien que conocía a mucha gente importante? Hay tanta gente importante en esta época que eso está a mano de cualquiera. ¿Por qué tenía Rico la necesidad de ir de nombre en nombre como las mariposas de flor en flor? Si lo hubiera hecho yo, que en cierta ocasión tomé una copa con Rico, se entendería por mi escaso mundo, pero ¿él? No le he descubierto aún respuesta a este sinsentido. ¿Es que quería ser más de lo que es?
     Pues me he encontrado ahora otra vez ante la misma pregunta. He leído casi todas las novelas de Juan Antonio Masoliver Ródenas y todos, creo, sus libros de poemas. Es uno de los escritores que más admiro de la generación anterior a la mía. Y cada libro suyo lo he leído con una proximidad especial. Y de hecho, así han transcurrido, más o menos, las primeras setenta páginas del libro. Su autorretrato de infancia y adolescencia. Me ha parecido genial el diálogo inicial del autor con su libro, con su memoria, consigo mismo. No quiere ser un escritor, solo desea escribir. No puede ser más reveladora esta idea, al menos para mí como lector, que cada vez detesto más a los escritores profesionales, sus libros huelen a negociado literario en cada página, y cada vez amo más a quienes escriben sin saber para qué ni cómo. Con sus memorias, alejándose de cronologías, siguiendo el zigzag de los recuerdos, interrumpiéndose a sí mismo… Con el libro, dejando que sea él quien se escriba. Unas memorias que hablan con su propia escritura.
      En la lectura de un libro convergen diversos intereses del lector. He empezado refiriéndome al central, la confluencia de subjetividades literarias entre quien lo ha escrito y quien lo lee. No es sin embargo el único. Antes de él se encuentra, sobre todo para quien lee literatura, la lengua. Unas memorias, sin embargo, exigen un pacto lingüístico entre escritura y comunicación. Masoliver lo resuelve bien. Con equilibrio. Ha escrito mejor sus otros libros, pero no trivializa los usos lingüísticos, ni siquiera cuando copia su propia oralidad, que es lo que peor resuelve —muchos de los episodios se intuyen trasladados a la escritura desde las muchas veces que se han repetido en conversaciones, y se nota; de hecho, uno de los errores esenciales es identificar la gracia oral y la escrita, dos géneros que jamás deben mezclarse—.
      En el otro polo de intereses se encuentran los valores, digamos, objetivos, de lo que cuenta. Lo que el lector aprende de una época, de una vida… También resulta este aspecto gratificante en el primer cuarto de Desde mi celda. Aunque mi experiencia por las edades que evoca transcurriera dos décadas después, el franquismo logró estancar el tiempo, y así identifico en lo que narra detalles de la vida de entonces que no siempre se cuentan, pero que la marcaron profundamente. Por ejemplo, los miedos. Los miedos de la época, todos difusos, incluso absurdos, pero intensos. Los describe con exactitud y los reconozco de mi propia infancia, muchos años más tarde.
     Todos estos encantos de las Memorias de Masoliver Ródenas acaban a partir de su incorporación al mundo profesional. Desde ahí hasta la página 182 donde lo dejo, el libro se convierte en las páginas amarillas. Una sucesión de nombres, de los que apenas se dice nada, salvo el encomio de la amistad que les une, cuando no recoge alguno de esos penosos tópicos que recorren las conversaciones del mundillo. Al principio, cuando habla de sus amigos, conocidos, profesores, colegas, casi todos anónimos, en el sentido de desconocidos por quien lee, la escritura mantiene su interés, pero pronto revivo el episodio que viví con Rico. Y el Masoliver que ha tratado, ha bebido, se ha codeado e incluso ha dormido en las casas de los grandes escritores del siglo XX, en esa incesante retahíla de nombre ilustres, me deja impávido. Yo quería hablar con Rico, de él, no de los demás. Yo quiero leer a Masoliver por su escritura, no por su agenda de amistades. En la página 182 ya no he podido seguir.
     En el abandono hay dos matices. Esa carga de nombres que no me dicen nada de puro brillo, pero también una cierta desilusión. Igual que había explicado tan bien las vicisitudes de ser niño de pueblo y luego adolescente de ciudad, me hubiera encantado que retratara esa huidiza época que es la juventud. Que se viera cómo la vivió. Por casualidad traté, ya en edad adulta, a dos de sus grandes amigos de entonces, Luis Maristany y Rosa Maria Solà. Al primero lo cita dos o tres veces para exaltar la amistad, pero no hay ni siquiera reflejada una única tarde de vida verdadera de dos amigos en la Barcelona de entonces.
    De hecho, yo, que conocí a Juan Antonio Masoliver Ródenas en una ocasión, y me maravilló con su lucidez y agilidad mental, con su capacidad para el aforismo verbal que de repente abre cascadas de significados en aquello de lo que se esté hablando, que cuenta anécdotas que el receptor revive con él, en fin… Podría escribir en unas memorias mías media página dedicada a su nombre y figura, a quien vi una única tarde en mi vida. Como lector ya sé el valor que tienen estas evocaciones, lo que no encuentro es la dimensión más honda de la amistad. De todas formas, no abandono el libro descorazonado. No me cuenta lo que me interesa, pero felizmente he leído sus novelas y poemas, todos ellos escritos a partir de un magma biográfico, en el que emerge esa imagen de la vida, intensa y lacerante, por la que vale la pena leer. Al cabo es un libro mal titulado. Debería leerse: Fuera de mi celda. Memorias mundanas.

3, viernes. Enero. Meditación de invierno o el mes de los Portales



Es creencia común que los antiguos vivían en la ignorancia mientras nosotros, los modernos, sabemos porque hemos inventado la ciencia. Aprovecho la llegada del mes de los Portales, que es el tiempo del regreso al hogar huyendo del invierno, para poner algunos ejemplos. Es frecuente, en mi ciudad, acudir en los días festivos a la Plaza Cataluña, cuyo pavimento está decorado con una enorme rosa de los vientos. Como se sabe, los vientos se ordenan conforme a los puntos cardinales, pero el norte que señala la rosa de los vientos de la Plaza de Cataluña indica el noreste —se puede comprobar fácilmente en la aplicación «satélite» de Google Maps—. No he oído que nadie se quejara nunca —ahí sigue, en las fotos de millones de turistas— por un error de orientación que le hubiera costado el puesto —o algo más valioso para la vida— a cualquier centurión romano.
      Y puestos a repasar las celebraciones de estos días, la fiesta del solsticio de inverno la veneramos cuatro días más tarde y habiendo dividido el año en doce meses, lo empezamos la otra noche por el undécimo, tras el séptimo (septiembre), el octavo (octubre), el noveno (noviembre) y el décimo (diciembre). La secuencia no admite dudas. Es decir, modernos amantes de la ciencia que se pierden antes de que acabe la decena. En fin.
      A mí me gusta en estas fechas acordarme de la ignorancia de los antiguos. Pondré otro ejemplo, paralelo a la rosa de los vientos barcelonesa. En Irlanda, a unos cincuenta kilómetros al norte de Dublín, se conserva un complejo funerario fascinante. El monumento principal, conocido como Newgrange Tumulus, es un círculo de algo más de cien metros de perímetro, una formidable construcción —4.500 m2— de enormes piedras, que deja en su interior una estrecha y larga galería, 19 metros, por las que hay que caminar casi a rastras, que finaliza en un pequeño ábside cruciforme, el lugar donde depositaban los muertos. Cada año, la mañana del solsticio de invierno —poco antes de las 9— los rayos de sol entran por un pequeño vano sobre la puerta e iluminan el corredor hasta la cámara mortuoria durante algunos minutos.
      Es decir, nuestros antepasados del 3.200 antes de nuestra era, más o menos, sabían algo que nosotros hemos olvidado por completo. Que no se celebra el tiempo, por más que se chille o se repita Feliz Año Nuevo. Que el tiempo cronológico no es más que el movimiento del espacio. Que lo «Nuevo» no puede nunca ser el tiempo, un mero cómputo que no admite novedad alguna, sino el lugar, que es lo único que cambia en nuestras vidas. Nuestra ventana ya no es hoy, en relación al sol, lo que era ayer. Que sea Newgrange un palacio mortuorio es lo que le da el sentido definitivo al peregrinar humano a través de sus espacios. No es el cálculo del movimiento, sino su significado, algo que a veces se confunde cuando se eleva el tiempo a la categoría de tema. El que se emprende para seguir el camino de los muertos, sea este el que cada cual crea que es. Acercarnos a este «camino» no nos «renueva» a nosotros ni a nuestro «tiempo», pero sí a la vida. La que renacerá en el lugar cuando hayan pasado los doce meses cabales. En marzo. Cuando se haya fundido la nieve, hayan florecido los almendros y el espacio recobrado sea nuevamente, y de verdad, Nuevo
     A nosotros, los modernos, nos engañan con cualquier superchería luminosa. Si conociéramos el cielo —el de verdad, es que está por encima de las farolas—, al menos conservaríamos algo del saber de los antiguos.


30, lunes. Diciembre. ¿Cuándo escriben los escritores? Divertimento de fin de año



A los poetas del Siglo de Oro uno se los imagina siempre en mitad de una vida ajetreada, llena de actividades ajenas a la escritura. El caso de Lope de Vega resulta ejemplar. Apenas pudo hacer algo con su tiempo que no fuera ensuciarse los dedos con la pluma de cálamo. Solo sus comedias, repartidas por los días que vivió, le salen a una media de doscientos versos. No he hecho la estadística de los sonetos, pero tampoco se queda atrás. Sin embargo, si uno piensa en Lope no lo ve jamás quieto, siempre de aquí para allá, siempre con las manos limpias, cortejando a unas, visitando a otras. Cada poeta del Siglo de Oro tenía una vida en su siglo y otra, que es la que nos ha legado, personal, más obsesión que oficio. Es la impresión que da. En el XVIII ocurre al revés. Los escritores supieron extraer todo el jugo social a su posición. Si escribían o no, no se sabe, pero en lucir galas de homenaje y recibir agasajos eran maestros.
     El Romanticismo le dio la vuelta a la imagen de los escritores. Dejaron de tener vida civil para dedicarse en exclusiva a la escritura. De hecho, la mayoría escribió poco. Obras intensas, sí, pero breves. Al peso, una nimiedad. Sin embargo, no es posible imaginar la vida de un poeta romántico sin verlo pluma —mejor, plumilla metálica— en mano. La estilográfica solo llegó a tiempo para los simbolistas. Tal vez por eso mantiene su encanto. Los simbolistas son la quintaesencia de esa concepción de la escritura como don sagrado.
     No todos los románticos se llevaron bien con la época, pero ninguno desmiente la trascendencia de su vocación. Fueron hábiles también en cobijar su oficio bajo el amparo de la filosofía y sublimaron la triple asociación que los justificaba: Belleza-Verdad-Bondad (BVB). Ante tamaña idealización, ¿quién no se rinde? Los realistas. Como su nombre indica, bajaron de los cielos la función del escritor y lo pusieron, no a escribir obra, sino a publicar libros. Voluminosos al principio, aunque luego se dieron cuenta de que les retribuía lo mismo uno de cuatrocientas páginas que uno de doscientas. Fueron grandes trabajadores de la escritura, o mejor, buenos operarios. Cobraban por horas.
     El siglo XX, cuando lo dejaron actuar las guerras y las posguerras, que en general relegan las ensoñaciones de la escritura al altillo de los trastos inútiles, supo aprovechar las dos enseñanzas del siglo precedente, sabiamente combinadas. A la idea de cobrar por los libros —libros, no obra—, le vincularon la propuesta filosófica romántica, aunque con otra filosofía. Y transformaron la BVB en un trinomio que sirvió para que fueran muchos los escritores que, como había ocurrido en el siglo XVIII, escalaran rápidamente los arduos peldaños sociales: Prestigio-Dinero-Poder (PDP). Escritores tan famosos, ricos y prepotentes en su momento no los ha habido como en el siglo XX. Quizá la imagen aberrante de Cela paseándose por el país con un Rolls Royce, una «choferesa negra» —como la llamaban entonces— y el escudo de una petrolera sea el emblema del PDP; aunque con el tiempo se vea que a muchos les amarillea el papel de ese prestigio. Paradojas de la época: cuando no es necesario imaginarse a los escritores porque salen en la tele, se le ve en tan penosa pose.
      El siglo XXI ha arrinconado la literalidad de la «escritura» —de la raíz indoeuropea skrībh, que significaba rayar, arañar— para acoger con brazos abiertos un artilugio cuya concepción implica la sustitución del usuario en un plazo mayor o menor de tiempo. Es decir, los escritores —como ya han hecho los traductores— enseñamos a redactar a nuestros verdugos. Una paradoja que, aun sin producirse todavía —salvo para quienes respondan sus correos electrónicos con las frases de «inteligencia artificial» que les ofrece gratis la cuenta—, ya ha producido daños irreparables en la imagen del escritor. Más profundos incluso que el circo finisecular. Para empezar, ha reducido las trimembraciones filosóficas del pasado a dos elementos. Los centrales, Verdad y Dinero, han desaparecido por completo del horizonte cultural. Y los otros dos se han emparejado, anulándose uno al otro entre los diversos derivados de la Multitud, algo así como: [(Belleza + Prestigio = Todos) + (Bondad +Poder = Nada)]. De modo que la fórmula filosófica que ampara el presente de los escritores sería una suerte de doble binomio TT-NN, que traducido suena a Todos hacen de Todo, Nadie vale Nada.

26, jueves. Diciembre. Midiendo la métrica



Con frecuencia, al hablar, una misma palabra posee significados dispares. De hecho, es algo que ocurre con todas las palabras. Esta es la riqueza de la lengua y, a veces, la pobreza de los hablantes, que prefieren los significados contables. Las civilizaciones antiguas, por ejemplo, desconocían la relación palabra-objeto. Nombraban características, esencias, formas de aparecer. Y el mismo vocablo servía para peine y para rastrillo, pongo por caso. La riqueza de la lengua estaba en establecer asociaciones, no en identificar cada cual con su par, como necesitan urgentemente que ocurra los traductores automáticos. Pensaban la lengua igual que ahora los humoristas buscan perversas asociaciones entre las palabras y la realidad. Y también cuando el coloquio se desinhibe, pero prefiero el símil de humorista. El día en el que triunfe la utopía de una palabra igual a un único significado se quedarán, como los traductores, sin trabajo. Y los demás, sin sonrisas ni buenas traducciones.
      Este extenso párrafo que precede ha intentado alejar el inicio del asunto que me he propuesto tratar esta tarde. Es una estrategia diversiva para ver si en el camino descubro otro motivo y me olvido del previsto. Pero no logro engañarme. Lo enunciaré, a ver si me da ánimos: voy a hablar de métrica.
     Con ser palabra de significados restringidos, conviene desde el principio distinguir dos modos de encararla. El renacentista y el neoclásico. La métrica renacentista tenía, a su vez, dos principios cuya enseñanza es posible que no haya caducado del mismo modo que su moda, la ropa acuchillada, continúa vigente. El primero es que la métrica se convirtió en el modo de integrar —entreverar sería palabra más acertada— el significado en todos los niveles del lenguaje, desde el sonido, el ritmo, el léxico —obviamente—, la sintaxis, hasta la estructura. Es decir, el significado dejaba de significar desde las palabras para sonar, ritmar, reiterar y fluir desde el propio lenguaje como una orquesta sin solistas. Visto desde esta perspectiva, la métrica no es un conjunto de reglas, sino el camino para ahondar en la capacidad significativa del lenguaje.
     El segundo principio renacentistas es que la métrica estaba al servicio del poeta para que este alcanzara la mayor perfección y excelencia posible en su obra. Era la pértiga que consigue alzar al atleta varias veces por encima de su altura. 
     La métrica neoclásica —y su nombre no la sitúa solo en el siglo XVIII, el siglo XX ha sido feraz en métricas neoclásicas— prende en la concepción opuesta. Es aquella métrica que, desligada por completo del significado, solo tiene un único fin: cumplir con rigor el conjunto de normas fosilizadas en su manual de uso. Es decir, coloca a los poetas a su servicio. Pese a la inutilidad de sus enseñanzas, no se puede dar por agotada esta especie de métrica fósil. Cada vez que la poesía pierde la confianza en sí misma, recurre al manual de normas. Y no solo la poesía, la política tendría mucho que contar sobre el asunto.
     Realizada esta advertencia, la definición de métrica surge diáfana. Es, literalmente, la partitura del poema. Es decir, cómo quiere el autor que el poema se lea en voz alta. Cómo distribuye acentos y sílabas, dónde coloca las pausas, incluso en qué tempo desea que el poema sea leído y, quizá también, comprendido. Desde este punto de vista, la métrica no puede ser fallida. Puede ser clásica, contemporánea o al libre albedrío, pero siempre reflejará el modo cómo el poeta ha pensado la dicción del poema. El poema sí puede ser fallido, por pobreza en sus recursos o simplicidad en su contenido. Pero no su métrica. Incluso cuando altere las normas de la métrica clásica —por hipermétrico, por ejemplo— responderá siempre a la idea fonética que el poeta mantiene de su poema. Podrá ser un mal poema, pero será por otras razones. Es como quien dice es un mal coche porque está sucio; podrá ser un mal coche, pero los buenos también se ensucian.
     La concepción de la «métrica» resulta, pues, diversa, pero también lo son las rigurosísimas normas que infringe quien no se atiene a las reglas. Voy a poner un ejemplo. En medios medievalistas hubo una cierta polémica de ecdótica en la transcripción de un alejandrino del Libro del Buen Amor que normalmente se lee así «Como al ave que sale de uñas del açor» (801). Un medievalista lo consideró verso hipométrico y propuso en su lugar esta lectura del verso, que entonces sería «métricamente perfecto»: «Como el ave que sale de manos del açor». He contado los términos literales del debate. Pero para la métrica ambos versos son alejandrinos perfectos, aunque uno no lo sea para un especialista en poesía medieval. Porque “de manos” tiene las mismas tres sílabas que “de uñas”, pues siendo la “u-“ inicial tónica, no podrá formar sinalefa —no se puede pronunciar en castellano— con la átona precedente. Como se ve, ni siquiera las normas ya son lo que eran.


21, sábado. Diciembre. Mirando a quien mira



Los documentales pertenecen a un género cinematográfico que no facilita las afirmaciones claras. En general se opina que resultan muy necesarios y que hay que apoyarlos, pero luego nadie va a verlos al cine. Ya los echarán por la tele, se piensa a menudo. Y, de hecho, da pereza ir a ver un documental, pero si al final uno se anima el resultado es casi siempre satisfactorio. En fin, un género esquivo hasta con sus detractores. Es lo que me ocurrió el jueves pasado. Se proyectaba un «pase extra» de «Elliott Erwitt. Silence Sounds Good», película de Adriana Lopez Sanfeliu (1). Menos mal que mis amigos Laura [Pérez Vernetti] y Andrés [Salvarezza] (2), que lo vieron en el pase normal, me avisaron de su interés.
      Elliott Erwitt (1928) era para mí, hasta este documental, uno de los grandes fotógrafos contemporáneos. Ahora es también un rostro familiar —a veces amable, otras crispado—, un fantástico conversador y alguien que lucha denodadamente con la edad sabiendo que no conseguirá vencerla, pero de momento puede ir ganando batallas. «Solo soy serio en no tomarme nada en serio», dice de sí mismo, pero no es más que una frase. Su ejemplo es un poco menos retórico y algo más hondo. Erwitt se muestra exigente y riguroso solo en un aspecto, su trabajo. La fotografía. El resto —su casa, su forma de relacionarse, su manera de hablar y hasta de pensar— son de una informalidad que roza el descuido. Un carácter, se diría, muy neoyorquino. Un modelo que aquí a veces llega deteriorado, a través de imitadores que resultan descuidados en la esencia de su trabajo e inoportunamente exigentes en inocuas formalidades.
      El documental regala algunas reflexiones sobre el arte que no dejo pasar por alto. La primera es posible que suene a tópico; de hecho, la puede decir cualquier persona, pero en la voz de Elliott Erwitt gana una connotación que estremece. «Una fotografía no es más que una mirada». Se da por sentado que el hecho de que la gente mire es, digamos, objetivo. Igual que se cree que la gente entiende lo mismo al leer lo mismo. O piensa cuando está pensando. Mirar, pensar, leer… lo más arduo que un ser humano tiene que aprender suele estar ausente de cualquier aprendizaje reglado. Se da por hecho. Y así nos va. Me gusta ver cómo miran los adolescentes. Si caminan por el campo, miran al suelo; por la ciudad, miran a un desconocido punto de fuga (4). Si se les obliga a detenerse en un mirador, contemplan su móvil. Es obvio, nadie les ha enseñado a mirar y no son capaces de ver nada. Eso pone nervioso a cualquiera. La cosa empeora, porque en esta época se nutren a todas horas de imágenes, compulsivamente, como quien trata de ocultar que en realidad no entiende nada de lo que ve. Si uno les deja una cámara, inmediatamente posan y se fotografían a sí mismos. Una fotografía es solo el resultado de lo que uno sabe ver cuando mira.
      Más adelante Erwitt formula otra definición interesante: «La fotografía es composición, contenido y magia». El interés aparece cuando la directora del documental, y a su vez amiga del fotógrafo, le pide que explique qué es magia. Elliott se niega. Adriana insiste con un argumento algo pedestre: «si lo cuentas en todas las entrevistas que te hacen». Elliott responde que realmente los periodistas siempre le preguntan lo mismo, se irrita y se cierra en banda. ¿Qué magia sería aquella que se pueda explicar?, debe de pensar Erwitt. Y tiene razón. ¿Cómo le denominamos a eso que hace que, ante dos composiciones correctas y un contenido similar, insistamos en mirar solo una de las dos? Magia. Los clásicos, los antiguos, conocían bien el efecto. Destacar era imponer en una reunión de poetas la visión propia ante un tema obligado. Los participantes decían lo mismo, con técnica parecida, pero solo uno enamoraba a todos. Hoy el arte le ha dado la vuelta al calcetín: lo obligado es que nadie lo haya hecho antes. La magia ha pasado a ser una cuestión policial. Si se descubre un precedente, el encanto se devalúa. Cosas de la época.
     Aquello que Erwitt dice se ha dicho ya muchas veces, pero él lo repite con magia. Lo que, sin embargo, no se suele decir es lo que espontáneamente suelta mientras su editor y él miran fotos antiguas. Llegan a una donde aparece un niño negro, con una sonrisa espléndida, que está apuntándose con una pistola en la sien. Erwitt la hizo cuando tenía veintipocos años. «Es mi favorita —dice—, es mi favorita porque no tiene significado. Cada uno puede ver en ella lo que quiera ver». Y es cierto. Ante esa foto —niño sonriente con pistola en la sien— uno no sabe qué ha de pensar. Esta es su lección magistral en la película. Una fotografía no es una mirada que crea significados —nos ahogamos en su exuberancia—, sino que los destruye.

Notas: 
1. El acento ausente es cosa de la autora, no mío. 
2. En su Diario, que leo estos días, veo que Virginia Woolf pone el nombre de sus amigos y el editor contemporáneo añade entre corchetes el apellido. Como mi diario jamás tendrá editor ni comentarista, me toca, como autor —cervantinamente (3)— ser también su editor, así que les pongo yo los corchetes. Y comento en nota al pie: «Laura Pérez Vernetti, dibujante de cómics, y Andrés Salvarezza, fotógrafo, a quienes el autor conoció en un ascensor del Ateneo a principios de siglo». 
3. Por el hecho de que Cervantes el único papel que se atribuye a sí mismo es el de haber comprado su libro en un mercadillo. Aunque bien pensado, no solo lo compró, sino que también pagó un traductor. Posiblemente fuera el primer productor de la historia. A falta de productores en la época, tuvo que ingeniárselas. 
4. Vivo a cinco minutos del instituto —cruzo tres calles— y mis compañeros, que tardan cuarenta minutos en llegar, me dicen —diciéndoselo a sí mismos—: «te encontrarás con alumnos por la calle». Suelo responderles: Continuamente, aunque rara vez me ven.


16, lunes. Diciembre. Lorca en miniatura



Apenas miden nueve centímetros y medio de ancho, doce de alto. Dos miniaturas. Los encuentro muertos de frío en el montón de lo más barato en un puesto en San Antonio, el mercado dominical de libros viejos. Pago un euro y medio por cada uno. Solo ver el diseño geométrico de los cinco rectángulos enmarcados ya me ha producido un escalofrío. Es el que utilizó Josep Janés i Olivé, poeta y editor, en los volúmenes que publicó en 1937 y 1938, en la editorial que fundó durante la Guerra Civil.
     Esta es la colección de menor tamaño de cuantas fue publicando Janés en aquellos años aciagos. La denominó Oreig de la Rosa dels Vents. Proyectó un volumen semanal. Y en las solapas aparece la lista de los libros que quería traducir al catalán y publicar. Los poetas alemanes seleccionados, que no llegaron a salir, eran Hölderlin y Rilke. Los rusos, que tampoco, Pushkin y Maiakovski. Y el país en guerra, razón por la que solo alcanzó a publicar diez números. Cinco poetas catalanes, uno francés (Mallarmé), dos ingleses (Shelley y Poe), uno portugués (Teixeira de Pascoaes) y García Lorca, que no se edita traducido, sino en versión original. Entre 1940 y 1941 por lo menos media docena de editoriales publicará literatura clásica en volúmenes de tamaño similar, entre ellas la célebre colección Yunke, la colección Más allá de Afrodisio Aguado, ediciones de la Gacela, la colección valenciana Flor y Gozo, la colección Polen o la colección Muérdago de editorial Tartessos, entre otras. Todas ellas con multitud de títulos y ediciones, fruto del final de la guerra y del heroico ejemplo de La Rosa dels Vents.
      Sus volúmenes se imprimían en un papel de mala calidad, oscuro, áspero, pero con una tipografía modélica. Hay descuidos de bulto: el número dos sale dos veces y, claro, no hay tres; y el precio, 1,5 pesetas, se mantiene en varios volúmenes después de subirlo a 2 pesetas, enmienda que se hace con un sello de goma. Sin embargo, cada uno iba precedido por un pequeño estudio. El propio editor prologa el de Federico. Habla de «formas», de «raíces» (y cita la poesía árabe), de «música». Hace observaciones que se agradecen: «su poesía es fluida, pero no sencilla». Y cierra la nota biográfica final con una frase de hielo: «Su trágica muerte se produjo a medidos de 1936». La antología elige poemas de cada libro y acaba con una sección de «Poemes diversos» con tres textos que más tarde formarían parte del póstumo Poeta en Nueva York (1940).
      El ejemplar que encontré ayer en el mercado le suma a la trágica época en la que fue impreso lo mal que le ha tratado el tiempo. Manchas de tinta secas, papel sucio, aunque los pliegos fueron cortados perfectamente, sin rasguños. Manchas ocres del tiempo sobre el mal papel, pero felizmente ninguna anotación. No siempre van de la mano libro y lectura en lo que uno encuentra en el mercado de viejo. En ocasiones es sobre todo lectura (libros corrientes más baratos), y alguna vez, con suerte, son sobre todo el libro, una edición primera, o curiosa, como la que encontré ayer y me traje a casa no por leerla, sino por salvarla. La edición que luego, por la tarde, abrí solo por contemplarla y me quedé atrapado en la tipografía, en el tiempo que latía en el papel, en la inagotable sorpresa lorquiana, leyendo una vez más los poemas en los que mi memoria, solidaria con su fatiga por lo diminuto, sustituía a los ojos.

11, miércoles. Diciembre. Lo que sucede cuando no pasa nada



Al final de la mañana el cielo se ha ido cubriendo como una llamada telefónica a deshora. Tras varios días soleados y anticiclónicos, radiantes, una luz taciturna ha invadido el ambiente. A primera hora de la tarde ha empezado a chispear. No he comprendido la euforia que me ha hecho, en la misma boca del metro, darme la vuelta y emprender el camino a casa a pie. He pensado al principio que lo hacía por llevar en la bolsa de la espalda un paraguas. Lo he abierto. Encima, una lluvia bien educada hacía sus pinitos en el teclado sin demasiada pericia. Se diría que transcribía un poema en la máquina de su hermano mayor. Lo oigo como quien escucha ruidos en el piso de arriba. Una grisura monótona apaga el despropósito de colores chillones en el que hemos convertido la ciudad. Luego he pensado que de ahí procedía la alegría.
      Solo después de caminar un buen trecho he descubierto la razón. Bajo este mismo cielo plomizo, bajo esta penumbra húmeda y viscosa he vivido durante las últimas tardes. Tardes así: «los árboles estaban completamente negros y el cielo, encapotado —un martes de enero de 1915— sobre Londres». Hoy páginas y realidad se han fundido, no he tenido que vivir bajo dos luces diferentes. Por eso he vuelto caminando. Para disfrutar de la lectura.
      Virginia Woolf inicia su diario el primero de enero de 1915. Escribe en él durante treinta y tres días seguidos. El tres de febrero lo abandona. El trece lo reanuda solo por tres días. Luego empieza a sentirse mal y el malestar desemboca en una desbordada crisis nerviosa. No reanudará su diario hasta el verano de 1917, y con entradas menudas, el día resumido en unas pocas líneas.
      El dos de enero del 15 empieza así: «Si tuviera que elegir un día representativo de nuestra vida —de la suya con Leonard Woolf— elegiría uno así». Desayuna. Habla con su casera. «L. & yo nos sentamos a garabatear nuestras cosas». Leonard una reseña, Virginia cuatro páginas de una novela desconocida. Comen. Leen los periódicos. Salen con el perro a dar un paseo. Hablan de la nueva costumbre de ponerle cortinas a las ventanas. El 29 de enero se pregunta: «¿Diré que «hoy no ha sucedido nada» como hacíamos en nuestros diarios cuando empezaban a decaer? No sería verdad. El día ha sido más bien como un árbol sin hojas». Trabajan en sus escritos, comen, pasean hasta el río, toman el té a la vuelta. Luego Leonard acude a una reunión.
       A veces me pregunto para qué se escriben diarios si en su esencia aspiran a reflejar eso, el tronco despojado de la vida cotidiana. Porque cuando describen las hojas del árbol, aquellos días llenos de sucesos, pierden su naturaleza de diarios al ocultar lo que realmente pasa por la vida, el tiempo. El que he tardado en llegar, caminando bajo la lluvia menuda, londinense, de la tarde, y el tiempo que le he dedicado a escribir en una cuartilla estas notas, que solo pueden acabar con una pregunta cuya respuesta se parece a un partido de tenis, cualquier término que se afirme inmediatamente sale disparado hacia el opuesto, que, a su vez, tras ser pronunciado regresa hacia el contrario: ¿El árbol es el tronco o son las hojas? ¿La vida, continuidad o excepción?

7, sábado. Diciembre. Lo poético de la poesía.



El otro día, en la prueba final de la evaluación le propongo al grupo de primero de bachillerato, en clase de Lengua, que componga un «Alfabeto medieval» con las nociones que se han explicado sobre la cultura medieval. Una de las alumnas, Minerva, acaba su trabajo con la siguiente entrada: «Verso: era lo que hacía literaria la obra».
    Desde entonces me da vueltas en la cabeza la curiosa redacción de esta frase. No es aplicable a la Edad Media. Don Juan Manuel, por ejemplo, sí tuvo una conciencia literaria escribiendo en prosa, aunque obviamente esta palabra aún no existiera. La Celestina prefirió el modelo humanístico, en prosa, al clásico, en verso. Pero es una buena manera de comprender la clasificación aristótelica. Verso épico y verso dramática. La literatura de la época. 
     Traslado el asunto a la clase de Literatura Universal, donde tengo menos alumnos (solo el 20% del alumnado de letras, mientras el 80% restante cursa a esta hora Economía y Administración de Empresas, cosas de la época). Les pregunto qué identifica a la poesía como poesía. A coro responden: la rima. Hay uno que disiente: que no llega al final de la hoja. Una perífrasis que hubiera entusiasmado a Góngora. Como estamos en Literatura Universal, les digo, vamos a investigar qué identificaba como poesía al Poema de Gilgamesh, unos, y qué a la Ilíada, otros. Se ponen a buscar y lo encuentran pronto.
      El Poema de Gilgamesh, según explican unos tras leerlo en Wikipedia, posee una métrica parecida a la hebraica. Investigan un poco más. Se basa en paralelismos semánticos, generalmente repitiendo conceptos en dos hemistiquios dentro de un mismo verso. Buscamos ejemplos. Están por todas partes: «Lo oculto vio, desveló lo velado». La Ilíada está compuesta, dicen inseguros los otros, por hexámetros dactílicos, sin que sepamos qué significa eso, añaden. Se lo explico. Y les conduzco desde allí a la métrica silábica y a la rima románicas, exactamente aquello que convierte en poética una obra. El timbre nos devuelve a los asuntos mundanos. El recreo, cada cual con su bocadillo en las manos.
     Mientras aguardo en el Café que se libere La Vanguardia, le doy vueltas a lo que hace poética una obra. La rima ya es de museo, y aunque siga creyendo en el verso métrico compruebo que cada día estoy más solo organizando los acentos. Basta con abrir cualquier libro de poemas para, al empezar a leer, sentir un pequeño arañazo en las palabras, detenerse y ver un acento en quinta. El Arte Mayor Castellano lo tuvo. Duró menos de cien años, época en la que los poetas cultos prefirieron, por evitarlo, el octosílabo, un verso de arte menor. Pero es tan frecuente ya esa medida libre que no me queda más remedio que darme por perdido. No hay nada peor que quedarse el último en el cuarto de la tradición y que le toque a uno apagar la luz.
     Ahora bien, precisamente por esas libertades, la pregunta cobra mayor inquietud en este momento: ¿qué se considerará hoy que convierte en poesía a un poema? La respuesta que se aproxime más a esta cuestión quizá sea la que le he leído a Giorgo Agamben quien, siguiendo las huellas de Walter Benjamin, plantea ideas como que el «habitar en la lengua no va dirigido solo al intercambio de mensajes, sino que es sobre todo gestual y expresivo». La observación es interesante, pero difícil de concretar, y cuando lo hace apunta hacia territorios aún más difusos: «el vocabulario de toda lengua contiene en realidad en su interior una lengua inexistente que nadie o casi nadie conoce, y precisamente esa es la lengua de la poesía». Una idea tan sugerente como el fantástico helado que una tarde de intenso calor se come alguien delante de nosotros el día en el que hemos salido a la calle sin ni siquiera unas monedas en el bolsillo. Sugerente definición de lo poético, lo escrito en la lengua interior de una lengua, pero ¿cómo escribir un poema con palabras inexistentes?
      A un autor anterior, historiador del arte, le leí en cierta ocasión una idea interesante, aunque no venía a cuento de nada de lo que trataba en el libro donde la escribió. De repente la recuerdo. La busco. Sí, aquí está. Menos mal que indiqué el número de página en la última hoja de cortesía. El libro es un pequeño alegato contra la pintura contemporánea y se titula Ver y saber. Lo publicó en 1948 el historiador y marchante Bernard Berenson (1865-1959), hoy casi en el olvido. La frase parece no decir nada: «Lo prosaico es probarlo y retocarlo [la creación artística] con la pluma y el lápiz para que signifique para los demás casi lo mismo que para nosotros». Y sin embargo, lo dice todo.
     Si la prosa («lo prosaico») es sincronizar el significado entre escritor y lector (es decir, el «intercambio de mensajes»), la poesía solo puede ser la asimetría del significado para quien la escribe y «para los demás». Es decir, la esencia de esa «lengua inexistente» que es la lengua de la poesía consiste en una disfunción comunicativa entre autor y lector. No quiere decir que no se tengan que entender (temor que intuyen tantos lectores que sienten alergia ante el verso), sino que no es un elemento relevante que ambos entiendan lo mismo ante lo escrito. Y esta idea, tal vez sí sea lo que convierte en poético un poema. Visto desde el lector, en lugar de la comprensión cabal de un mensaje, lo inherente a la prosa, la poesía es la construcción del significado propio en las formas novedosas y ajenas. Una definición estupenda para un momento histórico especialmente preocupado por adiestrar todos los significados mediante el desprestigio sistemático de la forma (igual que las autopistas de pago son el modo de adiestrar todos los caminos gratuitos tras su previo desprestigio). Poesía, la dicción agreste.


26, martes. Noviembre. Adicción al articulista



Al entrar en la cafetería donde acudo cada día a media mañana tropiezo con un tipo que hace el mismo gesto que yo. Si se tratara de una jugada deportiva, estoy convencido de que la posición estaba a mi favor, pero sin árbitro a la vista, he preferido dejarle paso y entrar detrás. Inmediatamente me he dado cuenta del error. Colgados delante, un ejemplar de El Periódico y otro de La Vanguardia. Mi rival antideportivo ha retirado el primero y se ha quedado con el segundo.
     Acudir a diario a la misma cafetería proporciona ciertos privilegios. Por ejemplo, llevo años sin pedir la consumición. Con el diario en la mano, me siento en el mismo lugar siempre que puedo y a los dos minutos aparece en la mesa el café tal como lo tomo. Un privilegio, claro, exclusivo para quienes disfrutan repitiendo lo que les gusta. Si tuviera yo un carácter caprichoso o tal vez propenso a las novedades no le sacaría ningún partido a este hábito. De hecho, tendría que acudir cada día a una cafetería diferente. Y aunque hay muchas, los días son más numerosos y me obligarían a repetir. De este modo, apreciando lo idéntico, me ahorro inocuas frustraciones. Aunque estas acechan desde cualquier esquina. Hoy, por ejemplo, hubiera elegido La Vanguardia que se ha llevado el infractor de puertas, y me ha tocado conformarme con El Periódico.
      Leo un par de columnas de opinión interesantes, una incluso muy interesante, y un reportaje atractivo. De reojo, sin embargo, controlo si queda libre La Vanguardia. Solo cuando me levanto para ir a pagar también lo hace el tipo de la puerta, y de pie en el mostrador, con cierta ansiedad, al borde mismo de llegar tarde a clase, abro el diario por la segunda página para leer el «Artículo del director». Y en ese mismo momento me doy cuenta de que soy un adicto a las columnas de Màrius Carol.
      Si pienso un poco, la primera adicción que recuerdo es la de los artículos de Francisco Umbral en El País. El personaje que había creado de sí mismo era tan repulsivo que he de reconocer que resultaba seductor. Esa petulancia aciaga, esa pedantería agreste de Umbral chocaba con una sociedad que empezaba a gustarse mucho a sí misma. El desvío sociológico de Umbral hacia el camino sin salida del ensimismamiento presagiaba lo que en la actualidad es el pensamiento concebido como vacuidad. Es una pena que cuando pasé a sus novelas no las encontré a la altura del escritor que intuía. Con una excepción, su canto agónico, Mortal y rosa, uno de los mejores libros escritos en el siglo XX en español. Su columna diaria en El País nada tenía que ver con personaje y novelista. Era pura creación lingüística. Una incongruencia conceptual en las páginas de un periódico: Umbral usaba una lengua que no servía para describir la realidad, sino para crearla. Tan portentosa era. Como leer en un diario no lo que ocurrirá al día siguiente, sino cómo se pensará y cómo se expresará lo que quiera que ocurra al día siguiente. Solo por leer la columna de Umbral compraba el periódico cada mañana. No hacerlo un día se castigaba con el desconocimiento de la profecía.
      Es curioso que los escritores que me han causado adicción en los periódicos no me han atraído en los libros. Durante otra época anduve colgado de la columna de última página en El País de Félix de Azúa. Nunca he podido acabar ninguna de los libros suyos que he empezado, por pesados, obvios, romos. Sin embargo, sus columnas eran vibrantes. Brillantes lingüística y conceptualmente. Durante una época se convirtieron para mí, como hubiera reconocido Barthes, en respiración. Esa bombona de lucidez que se necesita cuando los pulmones agonizan en un medio de oxígeno intelectual empobrecido. En otra época me aficioné a las viñetas de El Roto. Hasta que un día, como hizo Jorge Riechmann en el título de uno de sus libros, dejé de comprar aquel periódico. Ahora leo el que compra el dueño de la cafetería donde acudo a desayunar. Cosas de la época.
      Màrius Carol, periodista conocido antes de acceder a la dirección de La Vanguardia, nunca me había despertado el mínimo interés. Si se le escucha hablar parece que esté haciéndolo para alguien que está por detrás de uno. Esa sensación incomoda. Fomenta la antipatía. Pero un día, por casualidad, leí su «Artículo del director», en la página dos de La Vanguardia, y desde entonces creo que no me he perdido ninguno. Habla, por lo general, de asuntos de actualidad, pero parte o concluye siempre en una cita, un hecho, una referencia cultural o literaria. Esa relación entre lo contingente y la mención culta de repente crea una distancia con lo real que me despierta el gusto por pensar de nuevo lo cotidiano y perecedero, ahora a partir de la dimensión oblicua de lo literario.
      Hay un concepto que siempre me ha interesado mucho. Lo acuñó Jaime Gil de Biedma cuando publicó su último libro de versos, Poemas póstumos. Eran los poemas que había escrito tras la muerte de todo aquello en lo que había creído en la escritura de sus libros anteriores. Hay vida —era un grito más o menos así— después de todos los desengaños. Pues descubro en las columnas de Màrius Carol mi lectura póstuma de los diarios, después de la muerte del periodismo como género literario y su transformación en subgénero de la publicidad.