Me he quedado en el sitio donde
me dejaste
para que me encuentres de
nuevo
KATERINA GOGOU
Cuando el giro de la ruleta
pierde impulso, la bola abandona el cilindro donde rodaba en sentido opuesto y
empieza a bailar saltando de una de las treinta y seis casillas a otra cualquiera
y luego a otra hasta que se detiene, ya sin fuerzas para proseguir su danza, en
un hueco cuyo color y número es el que gana la apuesta. La primera vez que
alguien me llevó a un casino, en la jugada siguiente perdí lo que llevaba
apostando por el mismo número que había salido en la anterior. No he vuelto
nunca más. Creo que la suerte funciona con una lógica diferente a la mía. Con
la que tampoco nunca he ganado nada, por cierto.
Viví
en una ocasión muy enamorada. No importa confesarlo aquí. Es como ocurrió, no
me lo estoy inventando. Aunque es verdad que hablar del pasado obliga, en
cierto modo, a una labor de restauración. Y es que nadie se acuerda de cómo se
desarrollaron en verdad los acontecimientos, la memoria los va modelando para
que cuadren unos con otros. Aunque en la vida haya ocurrido todo sin orden ni
concierto, contarlo exige algo más de claridad. Tal vez por eso tengan tanto
arraigo los juegos de azar. Se decide, se pone todo encima de la mesa, la
emoción gira como las aspas de un helicóptero antes de despegar, y la
resolución alcanza de inmediato el ánimo con su dictamen. Tal como deberían ser
también los hechos.
A
lo que me refiero ocurrió hace mucho tiempo, pero después solo ha pasado el
tiempo, que es como el cauce de un río, va marchándose sin necesidad de que se
sepa que se va. No voy a referirme a las barbaridades que hicimos aquellos días
que, focos de un auto encarados en un camino estrecho, me deslumbraron sin
dejarme espacio alrededor. No sé si hemos venido al mundo para vivir
experiencias así. Eso lo digo ahora, después de que la bola se detuviera en la
casilla y la ruleta no empezara a girar nunca más. Entonces creía, muy al
contrario, que aquel vértigo diario era la esencia misma del vivir. Enloquecí
como medida adecuada para comprender aquella locura.
No
es que viviéramos al día, es que el día no mudaba. Aunque tal vez mejor es que escriba
«la noche», porque las horas diurnas las aprovechaba sobre todo para descansar
un poco. Nada de lo que ocurrió lo consigo ordenar para explicarlo. La
confusión era el argumento principal de la armonía con la que se desarrollaban
los hechos alrededor de la intensa vivencia amorosa. Tanto que, si he de ser
sincera, cuando me refiero a esa época nunca sé si narro sucesos o simples
delirios oníricos. Los relatos suelen empezar con el verbo conocer. Pero creo que no existió nunca ese inicio. No puedo decir
«lo conocí en un bar, o en tal calle,
o en un concierto». Si ese verbo fuera una exigencia, solo podría añadir un
lugar: «en una cama». Pero dudo que sepa luego cómo convertir la frase en
convincente.
Eso
sí, aunque no durase mucho, como el giro de la bola en la ruleta, mientras duró
fue eterno. Quiero decir, ya sin exagerar, que era desde entonces para siempre.
Que había encontrado el amor de mi vida, esa porción de mí misma que me
completa. Todo era perfecto. Y devastador. Como una obra maestra de la pintura.
Como una tragedia de Shakespeare. Como un eclipse total. Aunque paseáramos de
día, siempre era por la noche. Y nunca dejaba de lucir el sol. Ah, estaba
enamorada. No había vivido nada parecido antes, pero ni se me ocurría pensar en
una vida, a partir de aquel instante, que regresara a como transcurría antes.
El
amor era tan auténtico, viví en él una verdad tan profunda y decisiva… como
solo puede ocurrir en la ficción. El día en el que me llevaron al casino, años
después, descubrí el error de su mecánica: por más que insistía en ello, me
explicaron que no es posible que la bola se detenga una y otra vez siempre en
la misma casilla. Lo que abrazaba, como una náufraga al palo del barco que la
mantiene a flote, no era madera de un cuerpo humano, sino el hierro del ancla, más
pesado que el agua de una apariencia. Que acabó por sumergirse en lo más hondo
de una fosa marina. Que desapareció en su inexistencia.
Igual
que el jugador recuerda los últimos saltos de la bola de la suerte alrededor
del número de su apuesta antes de caer detenida en la casilla del costado, no
olvido ni siquiera un detalle de aquel momento. La secuencia fue así. Me
condujo a un café donde no habíamos entrado nunca. Bromeó con el camarero, al
que parecía conocer de antes. Me besó, como solía hacer, sin atender a lo
propicio del lugar. Me dejé besar, como me gustaba hacer siempre, fuera donde
fuese. Sus ojos brillaban, como cada día, y su conversación era un cilindro con
un mecanismo debajo de la mesa que le impedía detenerse. No era un día distinto
a los anteriores ni parecía que fuera a desarrollarse de un modo diferente.
Se
levantó y dijo, «ahora vuelvo». Recuerdo que, como su copa estaba a medias,
bebí una primera vez de ella, mezclándola con un sorbo de la mía. Me pareció
algo simbólico en la fecha que menos símbolos requería. Solo cuando la tardanza
en regresar resultó más larga que cualquier actividad que se viera obligado a
realizar, vi que, sin darme cuenta, se había llevado la chaqueta que, al
llegar, dejó colgada en el respaldo de su silla. También las gafas de sol que
había colocado en un lateral. No quedaba nada de su regreso en la
mesa. No supe verlo. Esperé aún una hora. Dos quizá. Tal vez fueran tres. Al
levantarme, apareció el camarero con la cuenta. La pagué y después apuré hasta
el fondo el líquido que había abandonado en su copa. Fue todo lo que me dejó de
él.
Ahora, cuando paso por ese café, que aún existe, saludo por su nombre al camarero. Converso con él un rato, no sé, de tonterías. Es todo cuanto puedo rescatar en lo que ocurre de lo que nunca ocurrió. Acudí cada tarde a ese café durante meses. Primero miraba la puerta, obsesiva. Luego ya aproveché para llevarme un libro y leer. Conocí a hombres que surgieron de la ausencia para ocupar su lugar, y es posible que alguno lo consiguiera. No lo recuerdo bien. El tiempo se fue calmando. Me corté el pelo, drásticamente. Y un día me encaminé, de manera natural, hacia otro café. Aunque a este vuelvo de vez en cuando. Y si alguien me invita otra vez al casino, volveré a apostar por el número que haya salido en la jugada anterior.
[Cuaderno de ficciones, página 44]

