20 de septiembre, domingo | Jardín de aforismos



Detengo la mano que se acerca a la mejilla un instante antes de acariciarla. Un breve impulso bastaría para alcanzarla. De hacerlo, no significaría nada; quieta, tampoco.

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Le doy vueltas al fragmento que acabo de escribir. Con un proemio ganaría consistencia; con un remate, inteligibilidad. Sin nada más, perseverancia en el vacío.

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La lámpara de mesa traza sobre la frase un círculo de luz que facilita su lectura al tiempo que la redacto. Lejos de esta intimidad, es raro que vuelva a expresar lo mismo.

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El testigo que no ha podido demostrar su presencia deja en nada su testimonio. A veces, quien oculta que no estuvo resulta más convincente.

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Que se sepa, nadie se ha preocupado por determinar las consecuencias de que en la infancia ya no se intime con el ángel de la guarda.

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Que las adivinanzas hayan dejado de desvelar secretos del idioma es solo un síntoma más.

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El mensaje de los bajorrelieves funerarios de la antigüedad no ha variado en siglos ni un ápice. Parece la única certeza.