Una
disminución drástica
de
pronombres en las primeras semanas de matrimonio
Verónica Forrest-Thomson
Del
noviazgo ya traía amputado uno. Doloroso. Aunque había sido yo misma quien le
di un tirón con las pinzas de las cejas y lo extirpé. Por precaución. No hay
errores mayores que los dictados por la cautela, y así el pronombre en tercera
persona del singular, masculino, desapareció de mi vocabulario. Ahora, con qué
naturalidad reaparece. Durante un tiempo, cuando lo usaba con la misma
frecuencia que ahora, en realidad tenía dos. Parecían iguales, pero los
distinguía a la perfección. Disfrutaba con el primero, un él nocturno,
eventual, siempre dándome sorpresas. Incompatible con un cauce que recorre los
campos y los fertiliza, aunque favorece la construcción de ciudades para que en
sus márgenes haya paseos arbolados por donde se pueda pasear al atardecer sin
más, solo para contemplar el oro efímero del momento. Que era lo que hacía con él. A veces en mitad de un tema, los
apuntes extendidos sobre la mesa, el calendario despeñándose desde el
acantilado sobre la fecha del examen. Y en aquel momento, tras semanas de
silencio, sonaba el teléfono del piso, mis compañeras se peleaban por cogerlo
mientras yo rezaba: no, no, no. Pero sonaba en el pasillo mi nombre con
tonillo de reproche y no me equivocaba. Era él.
Apagaba el flexo y ahí se quedaban los folios, a oscuras; y yo, llena de luz.
Este era el él que decidí
enterrar tras arrancármelo. Me quedé con el otro él. El que llamaba a
horas convenidas, perseveraba día a día, me animaba antes de los exámenes
difíciles y al día siguiente me invitaba al cine. Y un día, al salir, después
de celebrar que se habían publicado las notas del último examen de la carrera,
me propuso que nos casáramos. En esta ocasión, he de reconocer que fue el él
que me desconcertó. Murmuré que, si quería, también podíamos irnos a vivir
juntos, que no era necesario nada más suntuoso. Entonces fue cuando me habló de
ellos. Su familia. Tan tradicionales, tan piadosos. Ahí fue cuando decidí, ya
que había dejado que decidieran todo por mí, prescindir del primer él,
el imprevisible. Y en el mismo dictamen vi que también desaparecía el segundo.
Al principio pensé que era más seguro para mí evitar confusiones en voz alta
entre uno y otro. No fuera a aparecer alguna noche de luna el primer pronombre
y lo prefiriera al segundo. Qué ingenua era. Supongo que lo propio de una
recién casada. Sin que me diera cuenta, al poco ya había incorporado como lo
más natural del mundo el pronombre que sustituye a los dos cercenados: tú.
Hasta llegué a celebrarlo con
sinceridad en mi conciencia. No propiamente por la novedad, sino por el hecho
de que apareciera de repente. Con este movimiento gramatical se abría una
puerta desconocida en las expectativas. El tú la había cruzado con
solvencia, pero detrás seguro que aparecían otros. Existía uno que me despertaba
una especial ilusión, el nosotros. Lo esperaba con ansia: una viajera en
el andén con la maleta apretada entre las manos tensas cuando el reloj señala
la hora de paso del expreso. Y mientras lo aguardaba, también creía que
pudieran llegar más, así por sorpresa, al andén de mi vida. Como, ya puestos, vosotros.
Es decir, diferentes nosotros incorporados al círculo esencial, amigos
también casados con quienes mantener conversaciones cómplices sobre hipotecas,
días de vacaciones y procesos de fertilidad. Me hacía ilusión que esos vosotros
entraran por la puerta del matrimonio en nuestro nosotros y lo hicieran
crecer. Qué ingenua fui. Miraba con ansiedad hacia el túnel de la estación y
ningún farol lejano rasgaba su oscuridad. No hubo ningún nuevo vosotros. Tampoco
el nosotros llegaba, solo se prolongaron las sesiones de cine a media
tarde, con películas cada vez más ñoñas que elegía el único pronombre que había
sometido, como rey absoluto, al resto de la declinación. Me fui quedando cada
día más evanescente alrededor del tú.
Digo alrededor con candidez.
Antes como aspiración a alcanzar una unidad superior, que me acogiera también a
mí, que como reproche. Recién casada, todo se vive con ilusión. No tanto por la
realidad cotidiana, que resultaba bastante más aburrida que los días en el piso
de estudiantes, sino por el empeño en la construcción de aquella promesa
implícita de un nosotros rutilante. Eso sí me emocionaba. Me esforzaba
en que todo fuera perfecto en nuestra nueva vida. Incluso, diría sin arrobo, maravilloso.
Qué altruista resulta el idioma en materia de espejismos y qué pobre en matices
pronominales. Ni sé el tiempo, los años, que continué en el andén, a la espera
de aquel tren anunciado por la megafonía. Al principio de pie, con la maleta
sujeta en alto, para no perder tiempo cuando llegara. Luego ya me senté, con la
maleta al principio pegada a mi cuerpo, muy cerca, por si acaso. Pero ante el
constante paso de la nada, la fui alejando por si me molestaba para fumar algún
cigarrillo ocasional. Echaba de menos el pronombre tachado. Y acabé por
tumbarla en el banco para que me sirviera como almohada si me tendía a dormir.
Derrotada en la estación del tú.
Tardé en despertar. Y despierta, aún
dilaté más el averiguar qué me sucedía. En realidad, no resultaba una tarea
sencilla. Si se extravía la llave del coche, el coche sigue ahí, aparcado donde
siempre, pero no se puede usar pese a que el coche esté a la vista y a la
espera. Lo mismo le ocurrió a la persona que era. Se quedó sin pronombre. Si se
miraba al espejo, el espejo le devolvía una imagen correcta y completa; aunque,
¿cómo usarla si se desconoce el código que la activa? No fue fácil reconocer
que había perdido la llave y aún más complicado, encontrarla. Igual que haría
la dueña, busqué la llave del coche en todos los bolsillos, cajones, bolsos,
miré en el interior de los jarrones, detrás de los libros en la estantería,
encima de los armarios, debajo de las alfombras, dentro del buzón. Nada. Cuanto
más excedida la búsqueda, más ausente la llave. Ya la daba por perdida cuando
me dio por mirar a través de la ventanilla dentro del automóvil y allí la vi,
en su sitio, colgando. Ocurrió en la calle, un día, de repente me crucé con
él. El primero, claro; con el segundo de los dos desaparecidos dormía cada
noche y sus ronquidos nocturnos acaparaban los bolsillos, cajones, bolsos… de
mi vida. Nos reconocimos enseguida. Yo le llamé por su nombre, pero él prefirió
ser infinitamente más explícito. Y fue quien me señaló la ventanilla del coche
aparcado para que mirara. Dibujó en su rostro una sonrisa capaz de iluminar un
campo entero de agricultura extensiva y no pronunció mi nombre, que quizá había
olvidado, pero con su grito inaugural me devolvió por entero a mí misma. ¡Tú!,
clamó, y en ese instante supe que él había vuelto a nacer en mi
vocabulario y yo había vuelto a ser yo.
[Cuaderno de ficciones, página 42]

